El teatro uruguayo · Capítulo real 3 de 6
ESCENA XIV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
ESCENA XIV
Menos Gacha y Anselmo : Belisario y Pancho permanecen largo rato inmóviles y silenciosos, como abrumados por un hondo pesar.
Pancho. — ( Coge la pava, llena el mate, vuelve a dejar la pava en el suelo, levanta la cabeza, se seca rápidamente las lágrimas con la manga izquierda y estirando la derecha hacia don Belisario : ) Muchachos ! . . . muchacljos ! . . . ( Pausa. ) Sirvasé don Belisario, debe estar güeno ; acabo de darle güelta la pisada.
Belisario. — ( Levanta la cabeza y como evitando la mirada de Pancho. ) Ah ! ( Coge el mate y sorbe varias veces. ) Sí, está bueno ; cada vez cebas mejor, viejo. Cada vez está más amargo.
ESCENA XV
El peón sale de la cocina y se dirige hacia el foro
Peón. — Güeno, entonces tengo que dir pal potrero
é la invernada. No ? Pancho. — Sí hombre, ya debías -estar diendo. ( El peón sale por la izquierda. )
ESCENA XVI
Menos el peón
( Don Belisario y Pancho vuelven a quedarse silenciosos. )
Pancho. — Qué tiene, don Belisario , se lia quedan triste . . .
Belisario. — Triste no, viejo ... O quizás sí. Siento algo raro, Pancho; como si un enorme peso gravitara sobre mí.
Pancho. — Un peso ? Sí ; en fin . . . la vida es así mesmo, don Belisario. ( Pausa. )
( Don Belisario le entrega el mate ; Pancho lo llena y comienza a sorberlo en silencio. )
Belisario. — En qué piensas, Pancho ?
Pancho. — En la vida don Belisario, en la vida.
Belisario. — La vida ! . . . la vida ! . . .
Pancho. — Es como un tiro é lazo ; a unos los deja juir y a otros los guapea cuando no los piala de volcan.
Belisario. — Como a mí, viejo.
Pancho. — Como a usted... y como a muchos. La disgracia es un güen gaucho ; pocas veces erra un tiro é lazo. ( Pausa. )
( Se oye la voz de Toribia que canta dentro de la cocina ) :
El dolor es un veneno Y hay que chuparlo de un trago; Cuantimás le hacemos asco Nos resulta más amargo. Belisaiíio. — Me pasa algo raro, viejo ; muy raro. El corazón rae pesa como si fuera de plomo.
Pancho, — ¿El corazón?
Belisario. — Sí, tú quizá no me comprendes . . . siento que me pesa muclio el corazón.
Pancho. — Comprendo, sí don Belisario; _ya lo creo que comprendo.
Belisario. — Oh sí, veo que me comprendes. Nunca me había pasado esto, Pancho; siempre que venía aquí me encontraba muy bien, 3^ ahora . . . ahora no sé lo que siento que me abruma.
Pancho. — El estanque, don Belisario, el estanque !
Belisario. — Tienes razón, tienes razón viejo. (Transición violenta. ) Hay que hacerlo desaparecer. Manda que lo sequen, que lo cubran de tierra; manda que corten los sauces . . . Haremos levantar una capilla sobre el estanque.
Pancho. — Y pa qué, don Belisario ! El estanque no está áy
Belisario. — Tienes razón Pancho, tienes razón; no es allí no, no es allí. ( Pausa -Transición. ) Pero yo no he tenido la culpa ... 3^0 he hecho todo lo que he podido ; he hecho todo lo que debía hacer.
Pancho. — No, don Belisario, no. No crea ... no crea . . .
Belisario. — ( Con desesperación. ) Pero qué más podía hacer yo ? No le he recogido ? No le he criado ? No lo he hecho un hombre ?
Pancho. — Sí, todo lo que usté quiera don Belisario, pero . . .
Belisario. — Pero qué. Pancho, qué más podía hacer yo?
Pancho. — Qué más podía hacer? — Nada don Belisario, nada. Mejor no hubiera hecho nada. Hubiera sido mejor?
Belisario. — Pero cómo, viejo ?
Pancíio, — Dejando al mucliacho que se criara así iiomás, aquí en el campo. Aquí tenemos la disgracia de ser unos brutos, ])ero tenemos también la suerte de comprender menos. El muchacho es hijo e'naides.
Belisario. — Pero yo qué puedo hacer, santo Dios ! Yo no puedo liacer más de lo que hice.
Pancho. — Si se hubiera llevan de mi consejo . . . Yo soy un gaucho bruto, don Belisario; pero no se está al ñudo oclienta años mirando correr la vida.
Belisario. — Pero no, viejo ; si tú salces mejor que yo que aquello no era posible.
Pancho. — Yo no lo veo, don Belisario ; la muchacha era güeña ; pobre eso sí, pero güeña. Y usté la quería . . .
Belisario. — Sí, pero tú no comprendes las circunstancias. Natalia no era una mujer para mí. Tú comprendes que el nombre de mi padre . . .
Pancho. — No, don Belisario, no. El nombre é el general Gutiérrez, se deshonra sacándole el cuerpo al peligro o no matando en giiena lay. . . Pero casándose asigún el corazón lo manda . . . No, don Belisario, no.
Belisario. — Pero no, Panclio . . . Tú miras las cosas bajo un punto de vista que no puede ser el nuestro ; tú no ves nada, Pancho.
Pancho. — Mire, don Belisario : si el general hubiera vivido, dejuramente le liubiera dicho lo mesmo que le dije yo.
Belisario. — Sí, es posible : pero nosotros vivimos en otra esfera . . . En otro mundo que no es el mundo de ustedes.
Pancho. — ( Reflexivo. ) Sí, ya sé, la ciudá : el mundo é los hombres estruídos. (Pausa.) En fin, será así,
sení como nsté dice . . . ])ero ... y disjíués . . . Belisakio. — Después . . . ( Con resolución, ) Yo nunca,
podía pensar que Natalia fuera a liacer lo que
hizo i qué diablo ! Pancho. — Güeno, sí, yo comprendo todo eso, pero...
f.; y el muchacho ? Belisakio. — Y que iba a hacer yo del muchacho»
vamos a ver. Yo no podía presentarlo como mi
hijo.
Pancho. — Pero sí lo es . . .
Belisario. — 8í, lo es, pero 3^0 no podía decirlo sin provocar el escándalo. Mi esposa debía ignorarlo. Yo no podía presentarme a ella con el muchacho y decirle : este es mi hijo. Yo no podía . . .
Pancho. — Pero si era la verdá, don Belisario.
Belisario. — Era la verdad, sí : jiero hay verdades ([ue no pueden decirse, viejo. Es que tú no conoces nuestro mundo.
Pancho. — Sí, poco a poco voy comprendiendo lo que es ese tal mundo, don Belisario ; pero que quiere : pa mí y pa todos los que no estamos en su mundo . . . las mujeres güeñas son todas dinas y los hijos... guachos o no. todos son hijos^
Belisario. — Sí, sí : pero la familia ... la sociedad ...
Pancho. — ( AAeneando la cabeza. ) El corazón, don Belisario, el corazón !
FIN DEL PRIMER ACTO
ACTO II
La misma decoración del acío anterior. Junio al aljibe se ve aún el sillón de paja de don Belisario.
Anselmo aparecerá sentado en el banco cíe hierro, con la cabeza apoyada sobre e/ brazo como presa de una gran preocupación. dtACilA, de pie a unos dos pasos de él, Je mira en silencio, mientras sus manos juguetean con un ramo de flores. Dentro de ¡a cocina se oye el son de una guitarra y a intervalos una voz que canta.
(xACHA. — ( Acercándose. ) Estás triste. Anselmo !
Anselmo. — ¿ Triste ? • Gacha. — ( En fono de dulce reproche. ) Sí triste ¿ qué te pasa? ¡Parece «jiie no fueras feliz !
Anselmo. — Soy feliz sí. (i a fluí, tan feliz como no lo he sido nunca. ( Apasionado. ) ¿Y cómo puedo no serlo, alma mía? ^; acaso no estás a mi lado?
Gacha. — ( Acercándose más. ) Sí. Anselmo, sí: estoy a tu lado . , . para sieuipi-e ! . . . Verdad que para siempre. Anselmo ? ^Anselmo. — Oh sí. Gacha mía : ya no nos separaremos más ; hemos nacido el uuo para el otro. Somos dos almas funduhts en un idilio.
Gacha. — ( Mirando sus llores. ) Gomo dos flores en un mismo tallo.
AnsEL^íO. — ( Tomándole las manos. ) Como dos ])Hjaros en una misma rama. ¡ Gnclia ! ¡ Gaclia mía !
Gacha. — ( Frenética. ) Tuya, sí Anselmo ; toda, toda tuya. ( Pausa. )
( Se oye dentro de la cocina la voz de! guifarrista que canta un estilo melancólico. )
Gacha. — Pero tú no estás alegre . . . Los pájaros cuando están juntos ... ¿no los has observado? Anselmo ? Se arrullan y cantan ! cantan y las ramas se mueven y las hojas se agitan y parece que todo se estremeciera de emoción. ¿Por qué no cantas, Anselmo ?
Anselmo. — ¿ Por qué no canto, Gacha ? ( Con amargura. ) Ah sí, es verdad, yo no canto.
Gacha. — Pero los pájaros cantan.
Anselmo. — ( Mira fijamente a Gacha, luego con acento de profunda tristeza. ) Es que nosotros somos dos pájaros 3ol)re una rama siniestra.
Gacha. — ( Sorprendida. ) Siniestra ! No entiendo ¿ Por qué has dicho siniestra ?
AxSLLMo. — Siniestra, sí Gacha, siniestra. ( Pausa. ) Mira, mira el estaiique.
Gacha. — ( Pensativa. ) Como un símbolo.
Anselmo. — El símbolo de mi vida : el símbolo de toda mi vida. ( Pausa. )
( Vuelve a oírse la voz del guitarrista. )
Gacha. — Pero Anselmo, por Dios ! ¿ por qué piensas en eso ? ( Apasionada. ) Mírame a mí : fúndete en mí ; yo soy el ¡jresente . . . Aquello no es nada más que el pasado.
Anselmo. — ( Sordamente. ) Tienes razón, Gacha ; es el pasado. Es el pasado y sin embargo vive. Y me atormenta ... si supieras todo lo que me atormenta ! . . . Estoy frente al estanque.
Gacha. ( Acariciándole. ) Qué alma tienes, Anselmo.
( Pausa. ) ¿ Piensas en todo aquello, verdad ? Anselmo. — En todo aquello, sí ; en todo aquello. ( Pausa larga. )
Dichos / un peón^ que afráviesa la escena sin decir una palabra, y penetra en la cocina.
Los anteriores
Anselmo. — Sabes ? Los otros días estaban los peones allí conversando. Hablaban de leyendas, de cosas sobrenaturales, de espíritus. Imagina tú, ¡ de espíritus !
Gacha. — ( Con ansiedad. ) Y tú escuchaste ! . . ,
Anselmo. — Sí, escuché ! Decían que se había vuelto a ver la luz, estremeciéndose sobre el estanque.
Gacha. - Ah, sí; la luz mala. Quién hace caso de esas tonterías, Anselmo !
Anselmo. — ¿Y sabes lo que decían. Gacha ? Decían que era mi madre que salía del estanque para verme. Pobre madre !
Gacha. — Oh ! no pienses en eso, Anselmo ! ( Le acaricia. )
Anselmo. — Déjame, Gacha ; déjame. ( Pausa. ) Qué alma de gentes ! Si supieras todo lo que me impresionó aquello ! Mi madre ! . . .
Gacha. — La amas mucho, verdad ?
Anselmo. — Sí, mucho. Pero no es solo amor lo que siento. Yo no sé ; es algo inexplicable. Es como un amor abrasado por odio ; es como
una ravicia que concluye siempre por hacerme crispar los puños.
Gacha. — Odio ! Y tú odias ? A quién, Anselmo?
Anselmo. — Odio sí (xaclia ; profundamente, rabio- . sámente. Odio a la causa de todo aquello; a mi padre, a la sociedad, a todo, a todo lo que empujó a mi madre hacia el estan(íue. Siento como si me odiara a mi mismo.
(tacha. — Pero qué locuras dices, Anselmo. Dices que odias a tu ])adre ! . . .
Anselmo. — Sí, Gacha, sí; lo odio.
Gacha. — ( Espantada. ) Pero tu padre lia muerto, Anselmo.
Anselmo. — Quizá es por eso que lo odio ; porque
no puedo abofetearle ! Gacha. — Pero eso es una locura ; una locura. Al
fin y al cabo era tu ])adre, el hombre que te
dió el ser.
Anselmo. — ( Sordamente. ) El hombre (|ue me lo robó todo. ( Pausa. )
TouiBlA .sa/e de la cocina con una jarra en la mano. Llega hasta el aljibe, saca agua, llena la jarra, mira a los anteriores y se vuelve a meter en la cocina cantando inten ■ cionadamente.
Maldita la cocina
Maldito el humo
Maldita quien se fía
En hombre alguno
Porque son tales, poríjue son tales
Que hasta con sus miradas
Son criminales.
Los anteriores
Gacha. — Pero eso no debe ser así, Anselmo ; tú
eres bueno, tú debes 2:)erdonar . . . Anselmo. — No, Gacha, no. El odio es santo ; el odio
es bueno.
Gacha. — Oh no ; tú debes olvidar, Anselmo.
Anselmo. — Es que tú no me comprendes, Gacha; es que no puedes comprenderme. Tví te has criado junto a tus padres, tú has vivido el afecto . . . Yo he sido como una mata de abrojos que ha florecido espinas, sin una gota de rocío y sin un l)eso del sol.
Gacha. — Pero y yo; Anselmo j yo.
Anselmo. — Tienes razón, alma mía; tú eres rocío y eres sol, tú harás que mi alma florezca . . . pero tengo tantas espinas, Gacha ... tú no has podido impedir que crecieran mis espinas.
Gacha. — Pero tú, me haces sufrir, Anselmo. Yo te amo. No te basta con mi amor V Y"o te daré todos los besos que te faltaron ; pero no quiero que estés triste ¿ sabes ? — Yo no quiero.
Anselmo. — Oh sí, Gacha ; tú me querrás mucho ; los dos nos querremos mucho. Yo reconcentraré en tí el amor de todo lo que no pude amar ; tú me querrás con todo el cariño de todos los que debieron quererme.
Gacha. — Oh sí, Anselmo mío, sí ; pero yo no quiero que estés triste; yo no quiero que odies.
Anselmo. — Es que tú no sabes todo lo que he sufrido ; es que tú no puedes darte cuenta de toda mi espantosa soledad.
Gacua. — Fué ella quien te enseñó a odiar verdad ? Anselmo. — Sí, fué ella; es lo único que tengo que
agradece j-le. Gacha. — Pero qué locuras dices ! . . . Anselmo. — Es que tú no me comprendes, es que
tú no puedes comprender. Piensa como me crié,
piensa como he vivido ; j^iensa como lie vivido,
Gracha ! . . .
Dichos y Don Pancho
( 5e cisonia a la puerta de la izquierda como para dirigirse hacia los muchachos. Luego, al escuchar las últimas palabras de Anselmo, se queda parado como no sabiendo que hacer. )
Anselmo. — Cuando era muy mucliaclio todavía, oí contar muchas veces la historia de mi madre, ¿sabes, Gacha? La historia mía, la historia del estanque! Me la ingirieron como una bebida muy amarga, que _yo no pude saborear, pero que me quedó aquí dentro. Des23ués . . . cuando tenía doce años, me llevaron para Montevideo. Tenía aquí mis afectos; amaba el lugar, las casas, las personas entre las que había vivido y que eran como mi familia ; el campo, los pájaros . . . todo lo amaba y me lo quitaron todo !
Gacha. — Fué ])or tu l)ien, Anselmo.
Anselmo. — Fué por mi bien, lo com])rendo ; fué por mi bien, pero me lo quitaron. ( Pausa. ) Me llevaron para allá, lo recuerdo como si fuera ahora. Todo era extraño para mí ; tan extraño !... Cuando llegué, tío Belisario me recibió en sus
brazos; yo me puse alegre otra vez; pensaba que iba a encontrarme entre personas que conocía ! Pero no. Me llevó a una casa grande, muy extraña, y allí me dejó solo, rodeado de cosas todas muy extrañas. Gacha. — El colegio.
Anselmo. - Sí, el colegio ; era el colegio. Allí me educaron, allí empecé a pensar, a comprender, y allí empecé a sentir todo el peso de mi soledad. Nunca me olvidaré de todo aquello ! Los jueves y los domingos, todos mis compañeros amanecían muy alegres ; reían de una manera ! ... Si vieras. Gacha, cómo reían ! A eso de la una empezaban a llegar las visitas ; las madres, los padres, los hermanos ... y todos recibían las suyas, y todos tenían a alguien que venía a traerles bombones y a acariciarles dos veces por semana. ( Transición. ) A veces, venía también alguien por mí, era tío Belisario ; cómo se lo agradezco, pobre tío ! También venía a visitarme, también me traía bombones . . . pero no me besaba ! Entonces yo me preguntaba porqué no había besos para mí, por qué no tenía yo una madre como todos ; por qué estaba tan solo ! Y entonces me acordaba de aquella historia vieja : de aquella bebida amarga, y la sentía que me quemaba el pecho, y me apretaba la garganta, y me nublaba la vista como si estuviera borracho ; sentía como si estuviera borracho de hiél.
Gacha. — ¡ Anselmo ! ¡ Anselmo ! cómo te adoro, Anselmo !
( Los dos se quedan unidos de las manos, mirándose fijameníe. Pancho permanece un momenío silencioso, jugando nerviosamente con la sofera del rebenque, luego avanza unos posos en dirección al grupo. )
Pancho. — ( Murnuirando. ) MiicliacUos . . . ¡Qué muchachos !
( Anselmo y Gacha se vuelven rápidamenle, confusos y sorprendidos. . Anselmo. — ¡ Ali ! ¿ Estaha aquí usted, viejo ?
Pancho. — Sí, muchacho sí ; ricíén salgo é la cocina ; no se puede estar áy con ese maldito humo. ( Se seca las lágrimas con la manga del saco. Anselmo y Gacha se quedan mirando al suelo en silencio. )
Gacha. — ¿ Quieres que vayamos liasta el jardín, Anselmo ?
Anselmo. — Sí, iremos hasta el jardín. Quiere venir con nosotros, viejo ?
Pancho. — No, muchachos, no. Vayan ustedes nomás, yo tengo que ir hasta allí a ver como anda eso.
( Anselmo y Gacha salen muy despacio por el segundo término de la izquierda. El viejo les mira alejarse ; luego castiga la bola con la sofera, menea la cabeza y murmura como hablando consigo mismo. ) Qué muchacho : ¡ qué muchacho ! ( Luego con resolución. ) Y dispués de todo tiene razón, tiene toda la razón ¡ qué diahlo !
Menos Anselmo y (tacha, Luego e/ indio que habla desde adentro.
Pancho. — ( Encaminándose hacia la cocina. ) ¿ Y ya concluyó ese trabajo? Ta güeno, ta güeno. (Entra.) Indjo. — f-; No quiere un amargo, don Pancho ? Pancho. — No^ aura no ] dispués. ( Vuelve a salir de
la cocina y se encamina liacia la casa. Atiendo vuelve a oírse el guilarreo y la voz del canfor. Se oye a don Belisario que llama desde dentro las casas '• Gacha. ) Pancho. — ¿ Precisa algo, dou Belisavio ? ( Enira y sale luego con la sirvienta llevando entre los dos a don Belisario, hasta sentarlo en el sillón, que está junto al aljibe. )
Pancho, Don Belisario y la criada
Belisario. — Dónde están los muchachos, Pancho ?
Pancho. — Se jueron reciensito pal jardín, don Belisario, ¿ quiere que los llame ?
Belisario. — No. no ; déjalos.
( Va cayendo la farde. Se oye el jop - |op y el silbido de los paisanos que arrean el ganado. Dentro de la cocina suena aún la guitarra. )
La criada ayuda a acomodar al enfermo en el sillón y Mego vuelve a enfrar en la casa.
Pancho. — Quiere que llame a los muchachos^ Don
Belisario. Belisario. — Sí, sí : llámalos.
( Pancho se pone de pie y hace ademán de salir.
Don Belisario le detiene como espantado ante la idea
de quedarse solo. ) Belisario. — O no. Mejor quédate aquí conmigo.
Tomaremos unos mates. Pancho. — Güeno, voy entonces a buscar la pava.
Belisarií). — No, no ; no va,yaR tú; llama a algún
peón que la traiga. No quiero que tú te estés
incomodando ; para eso están ellos. Pancho. — Pero si es nomás que dir hasta la cocina,
si no es incomodidá ! . . . Belisario. — No, no : quédate aquí conmigo, no te
va^^as. Llama a algún peón : mira, allí viene uno.
DiOHOS y Nicanor que viene Je Jó derecha y se dirige a lá cocina.
Pancho. — Nicanor ! Che Nicanor ! ¿ Estás sordo vos ?
Nicanor. — Mande, don Pancho. ( Se llega hasía el grupo. )
Pancho. — Vení pa cá. En que andás vos?
Nicanor. — Recién acabamos é carnear.
Pancho. — Y cuál carnearon, che ?
Nicanor. — La va(}uilloncita barrosa, aquella (|ue
apartó usté el otro día. Pancho. — Y acondicionaron bien el cuero? Nicanor. — Allá quedó Juan.
Pancho. — Güeno, mii-á : ándate allí a la cocina r te trais el mate é el patrón y la pava.
Nicanor. — Güeno : voy enseguida.
Pancho. — A ver si te movés.
( Nicanor se encamina muy despacio hacia el galpón. Luego sale silbando y armando un cigarro. Después enfra en la cocina. Don Pancho se ha vuelto a seníar freiüe a Don Belisario, apoya los codos sobre las rodillas y se pone a jugar con el rebenque. Don Belisario queda mirando hacia el foro. ) ( Pausa. )
BeliSARIO. — ( Mirando a Pancho. ) En qué ¡piensas, viejo y
Pancho. — En qné viá pensar ! . . . En la vida, en la vida. Cosa ne^Ta la vida, don Belisario, cosa negra !
Belisario. — Estás hecho un filósofo, viejo. Pancho. — Qué quiere, don Belisario, la vida tiene la culpa é todo.
Dichos y Nicanor que sale de la cocina con el cigarro en hs labios y 1^ pava y el mafe en la mano.
Pancho. — Le echaste la yerba? ¿de cuál le echaste?
Nicanor. — E' la del patrón.
Pancho. — Güeno, está g-üeno : andá nomás.
( Nicanor deja la pava en el suelo junto a Pancho.
le entrega el mate a este y se vuelve hacia la coc'na
cantando a media voz. )
Porque bien lo sabés china Que no te puedo olvidar, Que pa dejarte é querer Precisa hacerse matar.
Menos Nicanor
( Pancho toma la caldera y ceba el mate con mucho cuidado. Don Belisario mira fijamente hacia el estanque.) ( Pausa. )
Belisario. — ( Ansiosamente. ) Pancho !
Pancho. — ( Sobrecogido. ) Qué hay, don Belisario ?
Belisario. — No, nada: (jue me des pronto el mate. Dónde estarán los niucliaclios ?
Pancho — Por á V; don Belisario ; por áy nomás. Se jneron pal jardín. ( Le alcanza el mate. ) ( Pausa. )
( Belisario queda con el mate en la mano, sin tomar, como pensando insistentemente en algo. )
Pancho, — Qué tiene, don Belisario ? ¿ se siente mal ? ¿ quiere que llame a Anselmo ?
Belisario. — No, no, déjalo : no tengo nada. Son cosas, viejo ; cosas.
Pancho. — Pero qué cosas, don Belisario ? Tuvo alguna mala nueva é la ciudá ? Le pasa algo ?
Belisario. — Sí, me pasa, viejo, me pasa. Siento como una inquietud, como una angustia mu}^ grande : siento como si tuviera miedo !
Pancho. — ( Sin comprender. ) Miedo ! Usté miedo. Y de quién ?
Belisario. — Tú no me com])rendes, viejo. Siento miedo, sí, miedo. Miedo por el ayer, miedo del mañana , . . En fin, tú no me comprendes,
Pancho. — Sí, don Belisario, sí: lo comprendo muy bien. Yo los he visto criar a todos ustedes, don Belisario, cdino no viá (•<-)mprender. (Pausa.) Yo también nnu lias \-eccs lo ]»ensé, Jué una macana suya trair a los nnicliachos aquí juntos . . . Yo también muchas v-eces lo he pensao.
Belisario. — ( Anonadado. ) Pero cómo ! . . . A tí también se te ha ocurrido . . . Tú también has pensado . . .
Pancho. — Sí. don Belisario, sí : el muchacho tiene aura treinta años ; ella diesiocho . . . Cómo no lo viá pensar, don Belisario.
Belisario. — ( Sordamente. ) Es hon-ible, es horrible! ( Apoyo la cabeza entre las dos manos y queda así un
momenío ; luego orosigue, exasperándose cada vez más.) A^^er estaban aquí juntos : los vi mirarse y se me nubló la vista. Creí M<livinarlo todo. Hasta me pareció que allá en el estanque, los árboles se movían de una manera siniestra. ( Transición. ) Pero no, no puede ser. Sería aljsurdo, sería terrible !
Pancho. — Sería natural, don Belisario ; sería natural.
Bblisario. — ( Espanfado. ) ¿Pero qué dices Pancho? Sería terrible. (Exasperándose.) Son liermanos, Pancho. Olvidas que son hermanos.
Pancho. — (Impasible.) Pal mundo de ustedes no, don Belisario.
Belisario. — ¿Pero (|ué tiene que ver el mundo? Tienen la misma sangre. ( Recalcando desesperadamente la frase. ) ¡ Son hermanos !
Pancho. — (Calmosamente.) Sí, son hermanos... Pero ellos no saben nada... naide sabe nada. . nosotros noniás lo sabemos, don Belisario.
Belisario. — (Anonadado.) Oh, hay que cortar todo eso. Ha}^ que acabar de una ve/ con todo esto,
Pancho. — Si juera tiempo . . .
Belisario. — ( Como quien busca un motivo para dudar. )
¿Pero tú crees, viejo, tú crees? Pancho. — ¿ Lo qué ? Belisario. — ¡ Eso . . . eso . . . !
Pancho. — ( Desentendiéndose. ) Yo no creo nada . . . !
Belisario. — -Pues entonces hay que cortar de una vez. Hay que separarlos ; todavía es tiempo. ' Pancho. Tiempo es siempre . . . pero ... Si los muchachos no quisieran . . . ( Como con miedo de hablar claro. ) Si víí estuvieran así . . . vanio . . . tan añudan 3 ...
Belisario. —( Desesperadamente. ) Oh! yo no sé, vie-
jo. ¡Tú me abrumas! (Anhelante.) Tví crees que h'dvíi podido suceder? ... ¿ Qué la voz de la sangre ? . . .
Pancho. — En fin, puede ser que sea como usté dice pero yo en su caso . . . que quiere que le diga: yo en su lugar no me hubiera fiau mucho de la tal voz de la sangre.
Belisario. — Olí! no quiero ni j^ensarlo. No puede ser. Aun no es tiempo . . . tiene que ser tiempo, ( con resolución, ) Los separaremos y se cortará todo.
Pancho. — En fin, usté sabrá lo que hace, don Beli_ sario : usté es un hombre estruido y sabe lo que se debe hacer.
Belisario. — Pero, tú en mi caso, qué harías, vamos a ver ¿ qué harías ?
Pancho. — Yo en su caso . . . que quiere que le diga don Belisario; yo en su caso no hubiera hecho nada de lo que usté liizo.
Belisario. — Pero no, si no es eso; si no es eso lo que te pregunto ... te hablo de ahora.
Pancho. — Aura ... ( buscando una nueva evasiva ) 3''0 hubiera empezado por no fiarme de la tal voz de hi sangre, porque, mire don Belisario, los caballos, los animales, también tienen sangre y sin eml)argo . . .
Belisario. — ( Impaciente. ) Dále ! Pero si no es eso, si no es eso! Suponte que estás tú en mi lugar, ahora, en este momento.
Pancho. — En este momento . . . ( como temiendo expresar lo que piensa ) yo empezaría ])or sondiar la cosa. . . y dispués. . . asigún lo que resultara. . . si ya no hubiera remedio. . .
Belisario. — ( Enérgico. ) Remedio hay siempre.
Pancho. — Remedios j)a matar lo» enfermos no son
remedios, don Belisario. Yo. . . ( vacilando ) si las cosas estuvieran tan así. vamo. si los muchachos estuvieran ya muy añiidaiis . . . ( con resolución ) yo dejaba correr la bola, que diablo, que al fin y al cabo, los únicos que estamos en la cosa somos usté y yo, y a nosotros ya no nos queda mucho tiempo e vida y . . . bien podemos cargar con el secreto.
Belisario. — ( Exasperado. ) Oh no, no, no ! Eso es im])0sible, monstruoso, monstruoso ! ( con exaspeación creciente, casi anormal. ) Todo antes que eso, ¿ lo oyes ? Todo . . . todo . . .
Pancho. - (Tratando de calmarlo.) (4üeno, don Belisario, güeno : pero no se pong'así, no se pong'así. Las cosas hay que tomarlas asigún se presentan, ilon Belisario. ( Pausa. )
BemSARIQ. — ( Pasa de la exasperación a la congoja. ) Oh viejo qué caro estoy llagándolo todo ; qué caro viejo . . . qué caro ! ( Mira fijamente el estanque.)
Pancho. — No es ])a tanto don Belisario, no e* pa tanto.
Belisario. — ( Sigue mirando al estanque como quien se encuentra frente a un acusador ; luego en un tono de suprema angustia, como hablando consigo mismo, como delirando. ) Sí, sí, me persigue, no puedo mirarlo. Mañana hay que tapar todo eso, hay que cortar los sauces . . . mañana mismo, ¿ lo oyes ? . . . mañana mismo !