El teatro uruguayo · Capítulo real 4 de 6

ESCENA XIII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 11 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

Pancho. — Güeno, se hará como usté mande, don Belisario, pero pa eso no hay necesidá de ponerse así.

Belisario. — Sí, sí, me persigue, no puedo mirarlo ., . me persigue . . . mira los cuervos como revolotean . . . mira los sauces , . . mira . . . mira. ..

Pancho. — Pero lo qué, don Belisario, lo qué ?

Belisario. — ( Con voz ronca. ) Mira los sauces, mira los cuervos . . . luira . . . mira . . . ( Queda un momcnío en estado de exasperación creciente. ) ( Luego como si despertara de pronto, en una ansiedad suprema. ) Dónde están los muchachos ? Llámalos, llámalos; que vengan en seguida ... en seguida . . .

Pancho. — Güeno. don Belisario, en seguida; pero no se ponga así ... ( 5e levanta y le mira como temiendo alejarse de su lado. )

Belisario. — Andá, andá pronto Pancho, pronto.

Pancho. — Güeno, en seguida, calmesé que vienen en seguida, . . ( Vacila un momento y kiego sale apresuradamente. )

ESCENA XIII

Don Belisario se queda mirando fijamente hacia el estanque, como quien mira un espectro. AI sentirse solo, la sensación de pavura se hace más intensa. Abre desmesuradamente los ojos., crispa los puños arañando los brazos del sillón y haciendo esfuerzos inauditos para ponerse de pie. Luego como si viera a alguien frente a él, murmura primero y luego va alzando la voz hasta llegar a gritar desesperadamente.

Beíjsakio. — No Natalia, no; uo los unas así, yo no quiero . . . yo no (¡uicro. Sepáralos, so]>aralos . . . Se])ai'alos. Natalia, sepáralos !

TELÓN LENTO

ACTO 111

Un salón amueblado semi - lujosamente. A la derecha un escritorio ministro y algunos sillones ; a la izquierda, en segundo término formando esquina, utia gran caja de hierro ; más hacia el primer término una biblioteca. En las paredes de la derecha una serie de cuadros representando individuos de la familia ; en la de la izquierda sobre el escritorio un gran retrato al óleo representando un general. A la izquierda en primer término y a la derecha y primero y segundo puertas de entrada y salida. El foro representa un porlierrier detrás del cual se verá confusamente el jardín iluminado por la luz de la luna. Una gran lámpara de pie colocada rn el centro, ilumina la habitación.

Anselmo, Pancho y eJ Intho. Anski >MO senlddo jun~ fo al escritorio^ concluye c/e escribir. Panc'HO Je pie del ofro lado, mira a AxSEL^K). El Indio .se /i.i quedado parado junio a la puerla de la izc/uierda y espera órdenes.

Anselmo. — ( Concluye de escribir. ) ( A Pancho. ) Podrá estar de vuelta esta noche.

Pancho. — Cuestión de horas. Son cuatro leguas escasas.

Anselmo. — Bueno, entonces que vaya ya.

Pancho. — Sí. (Al Indio.) Tenes que dir 1; sia el pueblo. ¿ Sahés ? Le decís a j\féndez, el boticario, que es pal patrón, que ya sabe.

Anselmo. — (Alcanzándole el papel que dcaba de escribir. ) Y le entrega esto, ([ue lo pre]jai-e en seguida.

Pancho. — Y a ver si te movés. Mira que te quedamos esperando.

Indio. — Pierda cuidan, don Pancho. Nada más ?

Pancho. — No, nada más. Podes ir diendo.

( El Indio sale por la izquierda. Anselmo apoya la cabeza eníre las manos y queda pensativo, Pancho permanece paradQ, apoyándose sobre el respaldo de una silla. ) ( Pausa. )

Dichos menos El Indio

Pancho. — Y qué tal, Anselmo. Qué te parece a vos esto ?

A.vjSELMO. — ( Preocupado. ) Mu_y extraño, viejo, muy extraño.

Pancho. — Pero entonces, ¿ la cosa es de peligro ?

Ansel:\io. — No, tanto como de ])eligro, no. Pero es raro. Tan })ien que estaba al principio ... Y luego de repente, esto así . . . Debe de liaber sufrido alguna contr;>ricdad. I^]l no le iui dicho na' da, viejo.

Pancho. — A mí qué querés vos que me dijera. Puede ser muy ))ien que sea eso mesmo que vos decís : algún disgusto.

AN.SELi\r(). — Alguna preocupación; quién sabe! , . . De qué hablaban cuando le dio eso ?

Pancho. — De nada . . . de las hacdendas . . . qué sé yo. Hablamos de tantas cosas . . .

Anselmo. — Sí, pero usted no rej^aró si a^gún deta"

lie . . . alguna cosa cualquiera . . . Diga, no hablaron de la enfei-niedad ?

Pancho. — Sí, don Belisario habla siempre de su enfermedad. El pobre no jniede conformarse con su suerte.

Anselmo. — Debe ser eso.

Pancho. — Pero entonces, vos no sabés ? . . .

Anselmo. — Sí, viejo, sí. Se trata de una alteración de nervios. Pei'o si esa alteración ha tenido alguna causa, ya la cosa no es tan complicada, se explica perfectamente.

Pancho. — Pero entonces, la cosa no es de peligro.

Anselmo. — No, tanto como de peligro no, viejo, pero es raro. ¿ Usted no sal)e si tío ha recibido alguna carta ?

Pancho. — Puede ser, pero a mí no me lia dicho nada. A mí qué querés vos (|ue me diga.

Anselmo. — En fin, vamos a ver. Por ahora hay que tratar de que no se repita.

DrCHOS y Gacha, que entrará por ia puerla del segundo término de Ja derecha, cerrándola luego suavemente, como si temiera hacer ruido.

Anselmo. — ( A Gacha. ) Se ha dormido ?

Gacha. — Sí, Juana ha quedado allí. ¿Qué te parece, x'^nselmo ; tú crees que será grave ?

Anselmo. — No, hija, no. Una crisis sin importancia. V'oy a ver cómo va eso.

( Anselmo se levanta y se encamina hacia la puerta. Gacha hace ademán de seguirlo. )

Anselmo. — ( Deleniéndola. ) No, no. Tú quédate íkiuí, Gacha. No sea que vayamos a despertarle.

( Enfra por la puerta de la izquierda, cerrándola luego con mucho cuidado. Gacha se sienta junto al escritorio Y se queda pensativa. Don Pancho acerca una silla y se sienta. ) ( Breve pausa. )

Pancho v Ga(;ha

GaCMA. — ( Enjugándose las lágrimas. ) l'ero cosa horrible, Dios mío ! Se fijó como estaUa ? I*arc" cía que los ojos querían saltársele de las órbitas, qué cosa horrible. Nunca le había dado un ataque como este.

Pancho. — En fin, pobre don Belisario. Quien lo veía hace un año y quien lo ve aura. Un hombre que vendía salú.

Gacha, — ( Llorando. ) Pol)re ])apá. Si al menos Anselmo ])udiera hacer alo'O ... si consiguiera curarlo ... .i

Pancho. — Y lo conseguirá, muchacha, lo conseguirá ; el muchacho sabe mucho . . .

Gacha. — Sí, Anselmo es un gran médico, pero muchas veces . . . cuando está en la voluntad de Dios . . .

Pancho. — La volunta de Dios ! . . . La voluntá de Dios ! . . .

Gacha. — Pobre ])apá. Qué castigo más horrible. Seis meses postrado en un sillón, sin poder caminar, sin poder moverse. . . como una criatura.

Pancho. — En fin que se le va'hacer muchacha.

ijue 8u le va'licicer. Cuando la suerte se inclina. . .

Anselmo entra de nuevo y va a sentarse junio a PaNCHO

Anselmo. — Duerme. Buena señal. Gacha. — ¿ Está mejor ?

Anselmo. — Sí, ya lia pasado todo. Este desfallecimiento general es un buen síntoma. La cosa tiene menos importancia de lo que yo creía.

Pancho. — Quien sabe, muchaclio, quien sabe. Naide puede saber lo que vendrá dispués, muchacho .. •

Anselmo. — Oh, no. La cosa es clara. No ha sido sino un cúmulo de circunstancias que han provocado la crisis. Un estado de ánimo especial debido a quien sabe qué cavilaciones ... la debililidad, la hora . . . Todo ha influido.

Gacha. — Y tú crees ? . . .

Anselmo. — Sí, sí, ya no hay nada que temer. Todo se reduce a una pequeña crisis nerviosa, un modesto susto»^

Gacha. — Una pequeña crisis ! . . . Pero no viste como estaba ?

Anselmo. — Pero si eso no es nada, mujer ; si todas

estas cosas se presentan así. Gacha. — En fin. Dios te oiga, Anselmo. Pancho. — ¿ Y no habrá peligro de que vuelva el

mal ?

Anselmo. — No, no ; absolutamente. Ahora lo que hay que tratar es de infundirle fe ; sugestionarlo con nuestro optimismo, convencerle de que mejorará. ¿ No te parece, Gacha ?

Gacha. — Sí, sí. Nosotros liaremos todo lo ])ORÍblp,.

Anselmo. — (A Pancho. ) Y usted también, viejo. Nada de su filosofía pesimista ; nada (ie « ouauíio el genei'ítl xmvíh y cuando usted era un gurí » ¿ sabe ? Nada de eso. viejo. Hay <|ue hablarle de ([ue tiene buen color, de que está más grueso^ de que pronto estará mejor, ¿ sabe ?

Pancho. — Puede ser que sea como vos decís, muchacho : pero uo te ])ensós (jue eso es lo mesmo que giuctear el nuiucarrón aguatero que de puro manso ni se espantan las moscas. Don Belisario compriende muy bien su estado. El uo es ning-iín gurí ¡ qué diablo !

Gacha. — Sí, bueno, pero si nosotros en lugar de consolarlo lo ayudamos a desesperarse . . .

Anselmo. — Mire, viejo. A los enfermos hay que tratarlos igual que a las criaturas. Ni más ni menos.

Pancho. — En fin ; será como vos decí : será como vos decís, muchacho. Pero mira, cuando un animal está resabiau, al ñudo es jialmearle el lomo. Las cosas vienen porque tienen que venir. No hay seca sin falta é lluvia . . . muchacho, ni se forman ])antanos sino dispués (1^ mucho llover. Te lo dice un viejo que será todo lo gaucho bruto que vos querás, pero que sabe muchas cosas . . .

Anselmo. — Bueno, bueno, viejo. No se trata de eso ahora. El caso es que no llueva sobre mojado.

Gacha. — ( Irscuchcnulo. ) A vei-? Parece que se ha despertado. Vo}'^ a ver. ( Sale. )

Pancho y Anselmo

Anselmo. — Dígame, viejo. Usted me oculta algo. Usted debe saber algo de esto que le pasa a tío Belisario. El lia tenido alguna mala noticia ¿ verdad ?

Pancho. — Mirá mucliacho. Yo no sé nada. Puede ser que sea como vos decís. El hombre estal)a muy preocupan. Pero yo no sé. Que querés vos que yo sepa.

Anselmo. — Oh, l)ah ! El debe haberle dicho algo ; usted debe saber algo, viejo, y hace mal de ocultármelo.

Pancho. — Pero qué querés que yo sepa? Qué querés que me venga a decir a mí ? Vos comprendés que si el hombre tiene alguna pena enchiquerada en el alma, no me la va a venir a largar a mí, vos comprendés.

Anselmo. — Sí, pero usted algo ha pescado, viejo 5 usted conoce mucho a tío.

Pancho. — Mirá muchacho. A mí no me vengás a querer met^r en el brete. Yo no sé nada ché. Y aun que supiera, , . Si es algo que vos podás saber, don Belisario te lo dirá, y si no. . .

Dichos y Gacha que se asoma a la puerta Gacha. — Anselmo.

Anselmo. — ( Poniéndose de pie. ) Qué hay. Gacha ? Se ha despertado tío ? ( Va hacia la puería. )

Gaüha. — Sí, ligúrate qué locura. Quiere levantarse. x^NSELisio. — Oh no. Esa es una barl)arida(i. Gacha. — Yo ya le dije, ]iero no quiere hacerme

caso. Es mejor que vengas tú, Anselmo. Anselmo. — Sí, hombre, sí. Que se deje de niñerías.

( Sale con Gacha. )

ESCENA VIH Menos Gacha y Ansei^mo

Pancho. — ( Poniéndose de pie. comienza a pascar. ) Cf^sa negra la vida. . . Cosa negra ! Mire usté quien lo iba a j^ensar. En íin. las cosas hay que tomarlas asigún se presentan.

( Se oyen en la pieza vecina las voces de Anselmo, don Belisario y Gacha. )

Anselmo. — Pero, tío, caramba. Parece mentira. Vendremos todos para aquí y será lo mismo.

Gacha. — Pero si aquí estaremos lo mismo, papaíto.

Belisario. — No, no, déjame. Quiero ver el jardín. Esta pieza es demasiado triste.

Anselmo. — Pero parece mentira, tío. Parece mentira.

ESCENA TX

La sirvienía sale con el sillón y lle^a hasfa la mUail de la escena, junto al foro. Luego como hablando con alguien adeníro.

CklM).\. — Aquí

Anselmo. — No, no. Póngalo más allá. El jardín se ve lo mismo,

Criada. — ( Avanzando hasía el primer término de la escena. ) Aquí, ¿ no '?

Anselmo. — Sí, por alií ; ahí noniás. ( La criada sale y vuelve con dos almohadas que coloca sobre el asiento de! sillón. Luego se queda parada como esperando órdenes. )

Dicrros, Don Bklisakio, Anski.mo y G acuta. d primero vendrá sostenido por los dos últimos que le llevarán cuidadosamente hasta el sillón.

Anselmo. — Bueno. Ahora estará contento. Ahora ya ve el jardín.

Belisarto. — Sí, sí, aquella pieza es muy triste. (Anselmo y Gacha colocan a don Belisario en el sillón.)

Gacha. — Así vas a tener frío en las ])iernas, ])apaíto. Será mejor (|ue te tapemos con nna fraseada. ( A la criada. ) Tráete una frazada, Juana.

( Juana sale y vuelve al momento con la frazada ; luego se retira. )

Dichos menos la criada

Gacha. — ( Arreglando la frazada sobre las piernas del enfermo. ) Así, verdad, papaíto ? Te sientes mejor? ( A Anselmo. ) Está mejor, verdad ? No sientes frío, papaíto ?

Belisario. — No, hija, no. Ahora dame un beso. ( Gacha le rodea el cuello con los brazos y lo besa repetidas veces. ) Gracias, hija mía, gracias.

Paníjho. — Entonces ya resucitó el dejunto ?

Brlisakio. — Ab, ¿estás ahí, viejo? Ven, acércate. ( Pancho arrima su silla liasta junfo al enfermo. ) Estuve muy mal, verdad ?

Anselmo. — No, tío; ¡qué había de estar mal! Un ]>equ(iño desfallecimiento. Seguramente ha sido la debilidad.

Gacha. — Claro, papaíto, y además no hay que pensar en eso ahora. A(|url!o ya pasó ; ahora a me' jorarse. No es verdad, ])a])aíto? A^erdad que vas a tratar de ponerte bueno. Verdad que sí ?

Pancho. — Sí, don Belisario, sí ; ahora hay que pensar en ponerse güeno, hay que pensar en ponerse güeno. Qué diablo.

Belisario. — No, viejo, no. Yo ya no tengo remedio. Soy un árbol podrido, soy un árbol que tiene que caer.

Gacha. — ( Suplicante. ) Pero papá . . .

Anselmo. — Bah, bah, tío : ¿ ya empezamos ?

Belisario. — Sí, hijo, sí ; so_y un árbol i)odrido. La primera racha me derribará. Ahora sólo debo pensar en ustedes.

Gacha. — Pero papaíto, por favor ! . . . no digas eso, papaíto.

Anselmo. — Sí, tío, sí. Hay que dejarse de niñerías sentimentales. Hay que pensar en vivir y vivir muchos años, tío ; en eso es en lo que se debe pensar.

Gacha. — Sí, papaíto mío, alégrate. No digas más esas cosas que me jjonen triste. Hazlo por mí, ])apaíto, por tu Gachita querida.

Belisario. — Por ti, sí, hija mía, por ti ; debo hacerlo por ti. ( Pausa. ) Miren, déjennos solos con xlnselmo. Tengo que hablar con Anselmo.

Pancho, — Aura ? . . .

Anselmo. — Luego, tío, luego. Tenemos mucho tiempo para conversar. Usted no se muere todavía.

Pancho. — Claro, don Belisario, claro.

Gacha — No ha de ser tan urgente ese asunto, papaíto.

Belisario. — No, no. Es nada más que una cosa que tengo que conversar con Anselmo esta noche mismo. Unas palabras nada más : una cosa sin importancia.

Anselmo. — Por eso mismo, tío. Lo mismo da que esperemos hasta maiiaua.

Belisario. — No, no. Es que no estaré tranquilo, es que me ahoga.

Gacha. — Pero papaíto, por Dios.

Belisario. — Sí, hija, vayanse, sí. Un momentito nada njás ; tengo que hal)lar dos palabras con Anselmo.

Pancho. — Sería mejor que lo dejara pa mañana, don Belisario.

Belisario. — No, viejo ; vayánse no más que yo sé lo que hago. Anda tú también, Gacha; un momentito.

Gacha. — Jesús que secreto.

Belisario, — Anda, Gacha, anda.

Ansrlaio. - ( A Gacha. ) Sí, anda, no lo contraríes. ( Gacha y Pancho salen por la derecha. )

Menos Pancho y Gacha

Anseí.mo. — Bueno, ya estamos solos. Vamos a ver

ese asunto de tanta importancia. Belisario. — Cierra esa puerta.

Anselmo. — ( Bromeando. ) Caracoles.

Bblisario. — Acércate, Anselmo ; tenemos que hablar. Tenemos qne hablar.

Anselmo. — ( Acercando lina silla. Se sienfa. ) Soy todo oídos.

Beltsario. — Dime, Anselmo: ¿Tú me quieres? ¿Tú crees que me debes algo ? Crees ([ue he hecho algo por ti ?

Anselmo. — Pero qué cosas se le ocurren, tío. Cómo no he de quererlo, cómo no estarle reconocido, Usted lo ha sido todo para mí.

Beltsario. — Bueno. Anselmo. Entonces escucha: en nombre de ese carino, eu nombre de ese recono" cimiento, tengo que pedirte un favor.

Anselmo. — ¿ Un favor?

Bellsario. — Sí; es necesario que mañana mismo te marches para Montevideo.

Anselmo. — ¿ Qué me marche para Montevideo ? Tiene alguna comisión (pie dai-me para Monte^'idooV

BelisaRIO. — Nojiijo, no. Entiende l)ien. Es necesario que te vuelvas.

Anselmo. — ¡ Que rae vuelva ! . . . Nos volveremos todos.

Belisario. — No. Es necesario (¡ue nos dejes. Tú te volverás para Europa. !^iS necesario (pie uos separemos.

Anselmo. — Pero qué dice, tío, ahora, tan luego aliora.

Bellsarío. — Si bijo, sí, abora; todavía es tiempo. Anse!..mo. (Deseiifendiéndose.) Ihi fin, mañana babla-

remos de eso, tío ; mañana hablaremos. Belisario. — No, Anselmo, no; es necesario que sea

alioi'a mismo, quiero que te marches mañana. Anselmo. — ( Palenuilmenfe.) Bueno, tío, se hará lo que

usted quiera, ])ero ahoia no hablemos de eso.

Belisario. — No, Anselmo, no ; tú crees que _yo desvarío pero te equivocas. Anselmo. Estoy en mi sano juicio.

Ansel^io. — Eah, bab ! tío, dejémonos de eso, abora.

Cómo quiere usted que yo me vaya y los deje ;

¿ por qué motivo ? Belisario. — ( Realzando las palabras. ) Ab ! bas dicbo

LOS DE.JE.

Anselmo. — Sí, tío, sí : a usted sobre todo.

Belisario. — No, sobre todo a mí, no. Tú no me dices la verdad, Anselmo.

x4.NSELMO. — ( Golpeándose la frente como quien acierta en una cosa. Jovial. ) Ab ! babía sido por eso ... De manera que estaba resentido por eso ; porque no le liemos dicbo nada, verdad? Tiene razón, tío, liemos sido unos grandes egoístas ; deberíamos liabérselo dicbo en seguida y usted está resentido por eso ¿ verdad ?

Belisario. — No me preguntes nada, Anselmo; no me preguntes nada.

Anselmo. — ¿Pero por qué, tío? ¿Está resentido por_ que no le liemos dicbo en seguida ? Pues bien, no es para tanto ; aún es tiempo.

Belisario. — Pero qué dices, Anselmo !

Anselmo. — Eso, tío, lo que debía baberle dicbo ba~ ce ya tiempo, que Gacba y yo . . .

Belisario. — ( Interrumpiéndole. ) Calla Anselmo, calla? no digas más, calla ; por eso mismo es que te mando que te marcbes.

Anselmo. — ¿Por eso mismo? No le entiendo, tío.

^Bemsario. — Escucba, Anselmo, escúcbame, y teñen cuenta que estoy en el uso de toda mi razón, Gacba es 3'a una mujer ; tú eres un liombre.

AnseljNío. — Por eso mismo, tío.

Belisario. — ¡ Por eso mismo ! Por eso mismo te

pido que te marches. ])orque es un peligro que estén ustedes juntos. ^; l']ntiendes ? Anselmo. — Pero tío ! . . . Usted no tiene derecho de dudar de mí. Nosotros nos queremos, nos casaremos. . .

Belisakio. — Calla. Cállate, Anselmo. Te lo prohil)o. Anselimo. — Ah, sí, ya entiendo. Ya entiendo. (Pausa.)

( Con sarcasmo. ) Por eso habUha usted de o-rati-

tud, por eso me recordó hace un momento todo

lo que le debo. Belisario. — Pero comprende, Anselmo. Anselmo. — Sí, sí, comjirendo. comprendo. Soy un

hijo sin padres, un bqtroso social. Com]n-endo,

comprendo. Belisario — Anselmo ! . . .

Anselmo. — ( Sarcásfico. ) Sí, tío, sí ; no se moleste usted, no se moleste usted; yo h^ ayuihiré a exponer sus razones: (larha es rica, es educada, y yo soy un miserable expósito ... be sido muy ingenuo, tio.

Belisario. — Calla, cállate, Anselmo ; te lo mando, te lo ruego.

Anselmo. — No, señor tío, no ; no lo mande ni lo ruegue. Yo soy un gi'au ilcsagradecido. Usted- se ha gastado un platal cu darme una carrera, en bacerme un hombre.

Belisario. — No se trata de eso, Anselmo.

Ansel:mo. — Sí, señor tío, sí, se trata de eso. Gaclia es rica, es hermosa, es educada ; hay (]ue ])ensar en casarla Iden. Mi señor tío ha peusatio en casarla bien. Es claro, algún hombre de posición^ algún nomlire aristocrático. El caso es hacer un acontecimiento social, una boda comentada por los diarios y celebrada en los salones, no es eso ?

Belisario. — No prosigas Anselmo, no prosigas.

Anselmo. — No, no ; déjeme usted ; ahora me toca acusarme. Yo soy un miserable, un pobre diablo ; usted me ha criado, me lia recogido y me ha hecho un liombre, se ha gastado un dineral en darme una carrera y ahora yo le pago poniendo los ojos en su hija, desbaratando todos sus castillos. Soy un gran miserable, señor tío !

Belisario. — Pero no, Anselmo ; si no es eso, si tú. no comprendes.

Anselmo. — Comprendo sí, señor mío, comprendo.

Belisario. — Pero no, Anselmo, si no es eso, si yo te aprecio, si yo te considero un hombre de bien; pero ponte en mi caso! ... Es imposible.

Anselmo. — Sí, es imposible. Yo la adoro, nos adoramos, pero las conveniencias sociales se oponen y usted dice que es imposible. Yo, es claro, como usted ha hecho algo ]tor mí debo sacrificarme a mi gratitud. Y que ella se muera de pena y que yo reviente de rabia, eso todo es secundario, la gratitud ante todo, ¿no es eso? La gratitud ! Y qué tengo yo que agradecerle después de todo ? Que me ha educado, que me ha dado una carrera ? Y'' para qué ? Para luego concluir en esto, en que usted también me desprecia, en que usted también me considera indigno ?

Belisario. — No, Anselmo, no: es que no quiero, es que no puedo consentirlo.

Anselmo. — Que no quiere, que no puede ! Y^ a nosotros qué nos importa ? Quién es usted para no querer ? Lo queremos nosotros, ¿ lo entiende usted ? Lo queremos nosotros y será.

Belisario. — Anselmo, ¡ por favor !, escúchame, escúchame, Anselmo. Acércate, escúchame. Es que

lo que t\\ pretendes no puede ser, porque es inicuo, porque es monstruoso, porque eso va contra todas las le3''es humanas. Lo comprendes ahora? Gacha es tu hermana.

Anselmo. — Qué, qué dice? Gacha. . .

Belisario. — Es tu hermana !

Anselmo. — Mi hermana, mi hermana, entonces usted . . . Usted es aquel ! . . .

Belisario. — Sí Anselmo, so_y tu padre, soy tu ])adre, Anselmo.

Anselmo. — Mi padre ! . . .

Belisario. — Sí, tu padre. Tu padre ! . . .

Anselmo. — No, mi padre no. No basta engendrar un hijo para tener el derecho de llamarse su padre. Usted no es nadie para mí. Nadie I

Belisario. — Anselmo !

Anselmo. — Mi padre ! Mi padre ! El hombre que mató a mi madre, el padre que se fingió muerto porque tuvo vergüenza de llamarme su hijo y resucita ahora para quitarme a mi novia. Es tu padre. Abrázale, hijo, que es tu padre.

Belisario. — Perdóname, Anselmo. Soy tu padre.

Anselmo. — ¡ Mi padre ! ¡ Mentira ! ¡ Mentira ! Usted no es nadie para mí, nadie, nadie. Pero a mí no me importa nada de usted, a mí no me importa nada de nadie. Gacha me quiere, Gacha es mía, lo entiende usted, ha sido mía, es mía, mía.

Belisario. — Me matas, Anselmo, me matas. Llámala. Llámala.

Anselmo, — ( Sarcásfico. Refrocediendo hasía el final déla escena con los brazos cruzados y la mirada exíraviada fija en don Belisario. ) Llámala. Llámala.

Belisario. — Sí, llámala, llámala. ( Con desesperación. ) Gacha. ¡ Gacha hija mía !

( Hace esfuerzos para ponerse de pie. Se suspende

los brazos en flexión y llega hasía incorporarse a medias, luego cae de nuevo en el sillón. Anselmo le mira extraviado, sobreencogido, como si se luchara eníre su deseo de socorrerle y su instinío que le aleja cada vez más. )

ESCENA XIII Dichos y Gacha

( Eníra apresuradamente y al ver a don Belisario lanza un grito y se inclina sobre éste instintivamente, palpándole el pecho como para cerciorarse de si vive. )

Gacha. — ( Sacudiéndole. ) Papá, papaíto ! socorro. ( Luego repara en Anselmo, que se va alejando cada vez más. ) ( Lo llama desesperadamente, luego corre hacia él y lo arrastra, lo trae hasta llegar a inclinarlo sobre el cuerpo de don Belisario. Anselmo, al sentir el contacto de Gacha, se deja arrastrar inconscientemente.)

Gacha. — Anselmo ! . . . Se muere, se muere ; sálvalo, sálvalo, Anselmo.

Belisario. — ( Abre los ojos y hace esfuerzos para hablar. Luego estira los brazos, coge a Gacha por las manos y la atrae hacia él. ) Gacha . . . hija mía . . . escucha ... el estanque . . .

Gacha. — Sálvale. Anselmo.

Anselmo. — ( irguiéndose de repente, como presa de una momentánea locura. ) No, no. No puedo. Gacha, no puedo !

Gacha. — Anselmo !

Belisario. — ( Con la voz casi apagada. ) El están-

que ... el estanque. ( Hace un supremo esfuerzo por explicarse y luego se deja caer sin vida. ) Gacha. — ( Horrorizada. ) Papaíto ! ( Se arroja sobre él, frenética de desesperación. )

( Anselmo, sin dar un paso, sin hacer un movimienío, mira la escena con los ojos exíraviados. )

TELÓN LENTO

BOCETO DRAMÁTICO

PERSONAJES

Samuel José María Anastasio

Ramona

Petrona

Un Muchacho

ACTO ÚNICO

La escena représenla un puesto de esíancia. A la derecha un rancho de íerrón grande y en segundo íérmino oíro más pequeño. El felón del foro represeníará una extensión de campo. A la derecha, una pequeña chacra.

Samuel, Anastasio y Ramona, aparecerán sentados junto a Ja puerta del rancho, tomando mate.

Samuel. — ( Reflexivamente. ) Mala laya e' gente estos puebleros.

Anastasio. — Hay que tener pacencia compadre ; el hombre pobre es ansina como animal matau.

Samuel, — ( Con rabia contenida. ) Pacencia ! . . . pacencia ! Es lo único que le dejan tener a uno. Pacencia ! . . . Pero mire compadre : el campo e' la pacencia tiene también su alambran lindero. .. Y cuando un gaucho llega juyendo a un alambran . . .

Ramona. — Pero si ni la pena vale ese trompeta. Anastasio. — Ta claro, compadre. Que va a valer eso.

Samuel. — Tampoco vale nada la crucera y sin embargo, deja el veneno donde clava el diente. Ramona. — Sí che j pero por matar a una crucera.

naide te dice nada ¿ sabes ? Y hasta te agradecen qne limpies el campo.

Anastasio. — Clavan. En vez a un mal entraña de estos, se lo hacen pagar por güeno.

Samuel. — Mala laya e'gente !

Anastasio. — Mesmo compadre. Dende que murió el finan Mendes, parece que ya ni el pasto juera el mesmo diantes. ( Pausa. ) En fin, vale más no hablar porque al fin de cuentas el que pierde siempre es uno. Pero es ansina mesmo. ¿ Pa qué quiere él esas desgraciadas crias ? Pa qué ? Total no alcanzan ni a cien ovejas.

Ramona. — Las ovejitas no sería nada ¿ Y ías cuatro lecheras que nos quitó ? — ¿Y el malacarita e' el gurí ? — Y el zaino viejo e' acarriar agua ?

Samuel. — Y . . . y . . . todo lo demás . . . ¡trompeta!

Anastasio. — Y eso que yo se lo dije : Mire patrón que esos animales son del puestero ... el finau Méndes se los había dau. Pero ... el hombre no quiere saber de cuentes. Dice que a él le ha costau su plata y que los animales tienen la marca del. Ni el diablo lo saca d' ay. ( Se oye denfro del rancho el vagido de un chico de pecho. )

Samuel. — ( Con odio reconcenfrado. ) La marca del . , . La marca del . . . ( A Ramona. ) A ver vos si agarrás ese gurí. Se está desgañitando e' gritar.

( Ramona en(ra en el rancho y sale con una criaíura en los brazos. )

Anastasio. — Y la madre no está ay ?

Ramona. — Ta'nel arroyo, lavando.

Samuel. — ( Mirando fijamenfe al muchacho. ) Miseria ! Miseria ! ( Pausa. ) Emprieste juego, compadre.

Anastasio. — ( Le da a encender. ) Con ponerle mala trompa a la desgracia no se saca nada, amigo Muel.

Samuel. — No. Si le parece que las cosas se presientan como para recibirlas con cara e'fiesta!... Ay tiene'eso . . . Un hijo e'prestau. ¡Mala laya!

Ramona. — El pobrecito no tiene la culpa. Inocente !

Anastasio. — A mí se mi hace, comadre, que la culpa no la tiene naides. Jué una desgracia e'la muchacha ! . . .

Ramona. — Y güeno. Qué se le va a hacer.

Samuel. — ( Sordamente. ) Qué se le va a hacer ? . . . Si no juera por ustedes. . . canejo ! ( Se levanta lerdamente y entra en el rancho. Luego sale y se encamina hacia la izquierda. ) ( Llamando. ) Che vos. Vení pa cá. Que hacés áy con esa gallina ?

Dichos / Un muchacho que aparecerá por la izquierda con uim gallina en la mano.

Muchacho. — Nada, tata. Ta'ba mirando esta batarasa que me parece que está R,pestada.

Samuel. — Güeno. Dejala nomás y andá a trairte la majadita pal corral. Andá.

( El muchacho suelta la gallina y sale. Samuel lo mira un momento y luego vase por el segundo término de la derecha, caminando muy lentamente. )

Dichos menos el Muchacho y Samuel

Anastasio. — ( Haciendo referencia a Samuel. ) Pobre mi compadre. Lo tráin medio trastornan los disgustos.

Ramona. — Tamién ! . . . el pobre . . .

Anastasio. — Todo le cái mal de un tiempo a esta parte.

Ramona. — Ansina es. Cuando la desgracia comienza a llegarse a un rancho, es como un vecino que se aficiona a las visitas. Primero cai una vez dispués dos, y dispués va aquerenciándose y se hace tan de la casa que ni los perros le ladran.

Anastasio. — Es lo que le ha pasau a mi compadre.

Ramona. — Ya ve. Primero el muchacho.

Anastasio. — Pobre Ramoncito. Tan guapo que dicen qu'era.

Ramona. — Pa lo que le valió . . . Hubiera sido un flojón hubiera güelto como los otros.

Anastasio. — Ansina es ; lo mataron por demasinu guapo.

Ramona. — Pobrecito m'hijo.

Anastasio. — Pobre mi compadre, digo yo. Cha digo! Y pa completar el guascaso, la desgracia e'la gurisa. Jué perra. No saber quien juó el tordo que puso ese güevo.

Ramona. — Y pa qué ?

Anastasio. — Pa qué ? — Pa obligarle a reparar su daño. Ahijuna. Tripas le habían de faltar de no.

Ramona. — Con eso no sí hace nada, compadre Anastasio. No sí hace nada,

Anastasio. — Be verdad. Nada. Cuando el hombre no es de lay!... (Pausa.) Ahí viene la gurisa... Cargadita e'ropa.

Ramona. — Eso sí ; al trabajo no le hace asco.

Anastasio. — Pobrecita m'hijada.

Dichos / PetroNA, que entrará por la izquierda con una palangana llena de ropa en la cabeza.

Petrona. — Gttenos días, padrino, ¡ qué milagro ! Y madrina y Anastasia, güeñas ? ¿ Cómo se han perdido, eh ?

Anastasio. — Qué si han perdido ! . . . ¿Y vos ?

Padrino ya no sirve pa nada, ya no se le va a

ver . . . No se acuerda naide del. Ramona. — Es que una está tan atariada ! . . . El

tiempo es poco pa pasárselo lavando en el arroyo.

En la estancia ensusean tanta ropa ! . . .

( Mientras Ramona habla, Peírona se acerca a ella y

empieza a acariciar al muchacho. ) Petrona. — ( Como hablando con el chico. ) ¿ Y m'hi-

jito querido ? ¿ Cómo está mi ricurita querida ?

Lloró mucho él ? Lloró mucho por su mamita ? Ramona. — Toma, agárralo pues. Está todo mojau. Petrona. — Venga con su mamita, venga . . . Mire

como me conoce, el mañero este. Venga con

mamita, venga. Le vamo a mudar la ropita. Sí? ( Entra en el rancho. Ramona se levanta y empieza a

mirar la ropa que ha traído Petrona en la palangana. ) Ramona. — Es una temeridá la ropa que ensusea

esta gente. Y dispués si no está bien lavada^

hay que oiría a la mangangasa e'la patrón a. ( Váse por la izquierda. )

Dichos menos Petrona. Eníra Samuel por el se~ gundo término de la derecha.

Samuel. — Güeno, compadre. Cuando quiera podemos hacer el aparte. Con eso ya pueden dir señalando las que sean del patrón. (Se sienía frente a Anasíasio. Luego ceba un mate y se lo alcanza a esle.) Sirvasé compadre. Debe estar friaso.

Anastasio. — ( Probando. ) Un poquito nomás. ( Pausa. ) Ya trajo la majada ?

Samuel. — Sí, ya está ay el gurí. ( Pausa. ) Se me lleva la flor, compadre ! . . .

Anastasio. — Y . . . güeno. Que le vamo a hacer. Pior sería que tuviera que levantarla e'el campo.

Samuel. — Qué se le va a hacer. Qué se le va hacer. Pa'esto ha trabajau un cristiano dende la mañana hasta la noche toda su cochina vida. Usté es honran, es trabajador ... es güeno. Se uñe como un güey al arau e'el trabajo y tira y tira ... Y ansina un día y ansina un año y an_ sina toda la vida. ¿ Y pa qué, canejo, pa qué?

Anastasio. — Pa qué, mesmo, pa qué, si no ha de ser pal güey el amasijo. ( Pausa. ) Pero al fin de cuentas no es pa tanto compadre.

Samuel. — Que no es pa tanto !

Anastasio. — Ta claro. Usté ansina mesmo no está t^an mal tratan e'la suerte. La vida e'el puestero no es mala. No tiene quien lo mande, está independiente, como quien dice. Tiene su rg,ncho, su

chacra, su majadita . . . Trabaja, es verdad, pero al fin del año tiene el gusto e ver que las ovejas han parido y ha crecido el máis.

Samuel. — Pa los otros, canejo, pa los otros. Pa los que se han pasau el invierno en la ciudá echaus pansa arriba. Pa ellos ha crecido el máis y han parido las ovejas.

Anastasio. — Que quiere, compadre. El mundo es ansina y no hay güelta que darle. Aura tiene que darle al patrón la mita e'la parisión del año ... Y güeno. Pior sería que lo obligara a dejar el campo.

Samuel. — Tendría que ver, canejo. Tendría que ver.

Dichos y Petrona que sale de nuevo con el chico en brazos.

Petrona. — Mireló que güen moso está áura, Padrino.

Anastasio. — No va a'ser ? Si es igualito a vos . . .

Petrona. — Güeno, aura dele un beso a tata viejo. ( Acerca el chico a la cara de Samuel. )

Samuel. — ( Empujándola brufalmeníe. ) Saque ese guacho di'ay, canejo !

Petrona. — ( Con rabia. ) Jesús ! Ni que juera la peste ! Siempre sismando con él. Como si usté juera mejor.

( Samuel queda mirándola con encono. ) Anastasio. — Güeno, güeno, compadre. Vamo a ha-

cér el aparte. Samuel. — Vamo, sí, vamo. Es mejor.

( Ambos salen por el segundo íérmino de la derecha.

Pefrona se sienta algo afectada y empieza a acariciar al chico. )

Petrona. — Angelito de Dios. Naide más que sii madrecita pa quererlo. Naide nicás que su madrecita. ( Permanece un momento llorando con el rostro junto al de su hijo. Luego se levanta, entra en el rancho y sale llevando un cajón que hace de cuna. ) Ta dormidito. Inocente. ( Lo coloca en el cajón con mucho cuidado. En este momento entrará José María por el lado de la izquierda. Petrona al erguirse se encuentra frente a él y tiene un gesto mezcla de ansia y de sorpresa. )

Petrona y José María

Petrona. — ( Anhelante. ) José María ! José María. — ( Con marcada frialdad. ) El viejo está ahí ?

Petrona. — ( Desconcertada. ) Tata ? Sí, esta'a^^ en el corral, con el capataz.

( José María hace medio mutis como para dirigirse a la derecha. Petrona lo mira un momento indecisa y luego con resolución. ) — José María,

José María. — ( Con fastidio. ) Qué querés ?

Petrona. — Tengo que hablar con usté.

José María. — C'onmigo ? Bueno, después hablaremos. Ahora no puedo.

Petrona. — No, no. Si no es pa pedirle nada. Es *^ no más que pa decirle una cosa.

José María. — Bueno, pues ; decila. Que estás esperando ?

Petrona. — Mirá, José María : Yo hacía tiempo que

quería hablar contigo, sabes ? Dende antes de que jueras pal pueblo. ( Notando en José María un gesío de fastidio. ) No, si no era pa reprocharte nada. Vos te has portau conmigo como un cochino. Yo te lo he dau todo 3^ vos en pago me has engañan y me has hecho una desgraciada, pero eso no importa. La culpa la tuve yo, que me he creído en la muerte del zorro,

José María. — Bueno, largá el royo de una vez y déjate de música. Qué querés ?

Petrona. — Y entoavía me preguntás lo que quiero? Ahi tenés al gurí. Es tu hijo. El pobrecito no tiene la culpa de que yo sea una campusa desgraciada, indina de hacerse querer por vos. Nunca juiste capaz de acercarte a él pa darle un beso ni pa hacerle una caricia.

José María. — Yo ? Y que tengo yo que ver con el gurí ?

Petrona. — Qué tenés que ver? Y no es tu hijo, decí, no es tu hijo ?

José María. — Mi hijo ! . . . Eso lo decís vos y lo dice el viejo, porque yo tengo plata y les conviene colgarme el chivo muerto. ¿ No ? — Pero les ha fallan el golpe, che ! Yo no soy asilo e'güerfanos pa cargar con guachos de naides.

Petrona. — Qué ? . . . qué decís ?

José María. — A mi no me consta que el muchacho sea mío, últimamente.

Petrona. — No te costa ! No te costa ! Canalla ! No te basta con haberme hecho desgraciada a mí, no tenés ni cariño pa tu hijo. ( Tomándole de un brazo. ) Mirálo. Mirálo. Mirá esa cara, mirá esos ojos si no son los tuyos. Mirálo, mirálo.

José María. — ( Desasiéndose de ella con un ademán brusco. ) Salí de áy con ese bacara^^ gediondo ! i Qué embromar también !

( Sale prccipiíadamenfe por el segundo lérmino -de la derecha. )

Petkona. — Canalla ! Canalla ! ( Mirando al hijo. ) Naide más que su madrecita pa quererlo. Angelito e'Dios. ( Se arroja sobre él llorando desesperadamente, )

ESCENA VIH

Menos José María. En seguida Samuel, que enfrará por la izquierda, como mirando a JosÉ MaríA que se aleja ; luego observa a PetronA un momento.

Samuel. — ( Con rabia, ) Trompeta ! Trompeta ! Petrona. — Tatita, tatita, qué desgraciada soy, tatita.

Samuel. — Sí, sí. Llorá nomás mija, llora nomás.

( Se oye la voz algo lejana de Ramona que grita. ) Petrona, che Petrona. A ver si venís a ayudarme pues. Has oído ?

Petrona. — (Se levanta, se enjuga las lágrimas con la mano, mira un momento a la criatura y luego dirigiéndose a Samuel. ) Tata, repáreme el gurí un momentito. Haga el favor ! ( Sale por la izquierda. Salé ahogando los sollozos. Samuel la mira alejarse, luego lija la vista en el niño y entra en el rancho secándose los ojos. )

Anastasio y José María que entrarán conversando, por el segundo término de Ja derecha.

José María. — Reparaste bien si están todas? Anastasio. — Si patrón. Justas.

José María. — Está bien. Podes ir arriando nomás. ( Anaslasio sale por el segundo íérmino. )

Dichos me/705 Anastasio. Luego Samuel.

José María. — Samuel ! Samuel ! Samuel. — ( Saliendo del rancho. ) Qué ha}^ ? José María. — Diga. Usté tiene algo que decirme a mí ?

Samuel. — ( Midiéndolo con una mirada de odio. ) Aura

no . . . En otra ocasión tal vez . . . José María. — No, no. Hable nomás. Desde que

volví del pueblo, lo noto muy retoban a usté. Samuel. — Retoban ?

José María. — Sí, sí, retoban. Hoy cuando lo llamé

al pasar por las casas, ¿por qué no vino? Samuel. — No lo habré oído.

José María. — Sí, no lo habré oído. Buenas piesas son ustedes. Se piensa que me va a asustar con ponerme mala cara ¿ no ?

Samuel. — Mire, patrón. Déjeme a mi con mi cara nomás y quédese usté con sus cosas.

José María. — Qué decís ?

Samitel. — Mire, patrón, es o-iieno que hablemos mi momento.

José María. — Hablá, (leseml)iicliá pues, (^ué tenes que decir ?

Samuel. — (^ue tengo que decirle? Escúcheme bien, patrón. Usté com])ró este campo hace dos años. ¿ no es eso ?

José María. — Sí ; y qué.

Samuel. — Y cuando usté com]ir(') ya me encontró a

mí, aquí en el puesto. es eso ? José María. — Sí.

Samuel. — Yo estaba aquí dende hacía muchos años, patrón. Cuando ricién vine al puesto e'la cuchilla, en vida e'el finan mi ])adie, yo era entoavía un g'urí. Esto no sci ví;! pa u;iila como quien dice. El ])asto era ruin y las agiuidas malas y el campo sucio y yeno e'chircas que lo tapaban a uno con caballo y todo. Jué cuando ricién compró el finau Mendes. Hace uua güeña chorrera de años.

Josi: María. — Así me han dicho, y de ahí?

Sami ií;.. Nada. Le decía que aquí me enyunté. que aquí levanté mi rancho _y dende entonces hasta áura todo el mundo me vido trabajando aquí toda la vida. Las picadas que hay en aquel montecito, las hice 3^0: yo he quemau las chircas y he removido la tierra y he limpiau las aguadas pa que el ganau no reventase e' peste. Las ovejitas las juí com])rando poco a poco. Hoy una puntita de cien al finau D. Goyo ; mañana otra puntita en otra parte y ansina todas.

José María. — Si, yo no lo pongo en duda . . .

Sa:muel. — Lo que tengo no lo he robau. Es mío j canejo ! Demasiau lo sabía el finau Mendes.

José Mai^a. — Si, bueno, pero yo no tengo nada

que ver con esas historias. Yo he comprado esto. Me ha costado mi plata y ei dueño ahora soy yo.

Samuel. — Aiisina es. Aiisina es. Yo lie echan mi vida en sudor sobre estos ])astos, pero usté ha echau un puñau de libras y el que ha comprau es usté, Ansina es. Ansina es. Yo soy aquí un agregau. No soy naide. Si quiero tener aquí mis ovejitas, tengo que darle a usté la mitá e'las crías ; si (|uiero tener aquí mi ranclio . . .

José María. — Mire, mire, ché. Si no le conviene ya sabe. Levanta su majada y se va pa otro lado.

Samuel. — Sí, pa otro lau. A limpiar otro campo ; a echar la vida arrancando otras chircas . . . pa que dispués venga otro don José María . . .

José Makía. — ¿ Qué está diciendo ?

Samuel. Nada. Nada. Que usté tiene razón e'reclamar lo su3'0.

José María. — Bueno, Inieno, y ya sabe. Cuando no le guste no tiene más que decírmelo. Por eso no vamos a peliar. ( Se levanta y hace ademán de marcharse. )

Samuel. — ¿ Ya se vá a dir ?

José María. — Sí, qué quiere?

Samuel. — Nada. ( Con rabia. ) Es que entoavía me queda otra cosa pa decirle. Es que yo soy un gaucho pobre, pobre, pero muy honran ¿ entiende ?, muy honran.

José María. — ( Entre inquietud y amenaza. ) ¿ Qué decís ?. . .

Samuel. — [Tsté se olvida algo, patrón, y yo como honran que soy, no quiero que me lo deje.

José María. — Déjame pasar, bandido.

vSamuel. — No, si no te via matar; te vas a dir, pero te vas a dir sin dejar nada, nada. ¿ Ves ese gurí, lo ves, sotreta lo ves ? Ya te lo estás He-

vando, y'¿i. ya. ( Lo amenaza con el cuchillo. ) José María. — ( \acila un momento dominado por la actitud de Samuel. Su rostro debe demostrar el terror que siente. Luego, dominado por el miedo, inconscientemente casi, va retrocediendo hasta llegar junto al niño y queda parado, inmóvil, completamente sin dominio sobre si mismo. )

Samuel. — ( Lo coge violentamente obligándole a inclinarse sobre la cuna. ) Aiisina, ansina, ansina sí te podrás dir. Las vaquitas, las ovejitas y el gnaclio, el guacho, tamién, ¡ canejo ! que ese tamién es de tu marca !

DRAMA EN TRES ACTOS

PERSONAJES

. GOYA

Asunción

Pancha

Gumersindo

Gervasio

Arturo

Julián

M A CHITO

La escena en uno de los (le{)artanientos de la República. — E])oca actual.

ACTO PRIMERO

Sala espaciosa, un fanío modesía. A la izquierda; dos ventanas que se supone miran a la calle. Al foro, puería de comunicación con el zaguán, y a la derecha otra que comunica con las habitaciones interiores. A la izquierda, algo apartado de las dos ventanas, se ve un escritorio. En las paredes, retratos de militares y una panoplia con armas antiguas.

Aparecen en escena ASUNCION y la vieja PANCHA. La primera sentada en un sillón de pQja, tiene junto a si una pequeña mesita de labores.

Pancha. — Así es el mnndo, comadre . . . Mientras precisan de uno, ay los tiene ; pegaos como garrapata . . . Mucho Don y mire usté y que sé yo, y saludo de arriba y saludo de abajo . . • Después cuando se sirvieron de uno y no lo precisan más pa nada. ( Haciendo mención de dar un puntapié. ) Toma por sonso.

Asunción. — Así es pues, comadre.

Pancha. — Me lo va a decir a mí que conozco a esta gentuza más que a la palma de mis manos ! Me lo va a decir a mí ! Figúrese en toda

EL LEÓN CIEGvO

esta tropilla de años que me lian i!;alopeau sobre el lomo, si habré visto perrerías. Esto que le está pasando aura al coronel mi compadre, yo hacía tiempo que lo había pronostican. Bastantes veces se lo dije a mi comadre « la cliajaza ». Si se véia, comadre, si se véia. Tanto coronel nadado y tanto oroico y tanto abrir cluses con el nombre e'mi compadre pintan en los vidrios como letrero e'boliche, y que el coronel pa aquí, y que el coronel pa allá, y que tal y qué sé yo. ¡ Macanas, comadre, macanas ! Más tardó el pobre en perder la vista que ellos en darle la patada.

Asunción. — Así es mismo ; comadre, así es . . .

Pancha. — Güeno, pa decir la verdá a mi compadre también se le jué un poco la mano, eli ? Esas cosas no se hacen así ; si los agarró y sabía que eran unos pillos, lo que hubiera debido hacer, como dice el máistro, es mandarlos jucilar. — Si yo sé muy bien como se hacen estas cosas ! — Se les dice que pueden dirse, y cuando los hombres montan a caballo pa clavar la rajada ante que uno se arrepienta, se les manda meter bala nomás . . . por haber querido juirAistá . . . Ansina naides puede protestarla dispués. Pero mi compadre se entusiasmó con el gañote y ta' claro, se enredó en las guascas.

Asunción. — Lo que hizo Gumersindo está bien hecho ; eran dos picaros !

Pancha. — Sí, serían dos picaros noniás. Pero áura las cosas ya no se hacen como antes. La gente no dentra por el cuchillo, comadre ! Si hubiera hecho como digo yo ! . . .

Asunción. — Lo mismo hubiera sido . . .

Pancha. — Sí, pero . . . aistá . . . aura no podrían

decir que jué un asesinato. Hubiera sido un justiciamiento, como dice el máistro. Pero ta claro la gente j^a se sabe como es ; lo vieron hundido a mi compadre y todo el mundo a echarle piedras encima. Ya se sabe : cuando una párese está por cáir, hasta los perros ... la mojan !

Asunción. — Así es, comadre, así es.

Pancha. — ¡ Y todo lo que dicen del aura ! ¡ Ave María Purísima ! Que es un pillo, que es un asesino, que ha desonrau al partido ... y que patatín y que patatán y que tal y que sé yo.

Asunción. — ( Con indignación. ) ¡ Dicen !

Pancha. — Velera comadre (jué cosas ! . . . Cuando venía pa aquí, ¿ sabe ? pasé por la estación. El gentío e'gente que se había juntau'áy pa esperarlo a mi compadre ! ^ Se acuerda cuando jueron con músicas y banderitas a esperarlo a las chacras cuando golvió de la última ? ¡ Lo mesmo ! Taban los Pérez, los hijos del sordo Antúnez, los Gutiérrez, los Meneses . . . ¡ Oh ! pero lo que es aura no gritaban como antes, « viva el león coloran », no, no. ¡ Las cosas que decían de mi compadre ! Cuando yo llegué, ¿ sabe ?, taba discursiando el ])elau López ! ¡ Viera comadre la lengua e'víbora que tiene el pelan ese ! ( Remedándolo. ) Que por esto y que por aquello y que tal y que sé yo y que si asesino y que si bandido y que si crápula y que si mal colorau . . . Figúrese que hasta se dejó decir que en cuantito llegara nomás, debían reunirse todos y relincharlo.

ASUNCH)N. — ¿ Lo qué ?

Pancho. — Algo así era nomás. Y la gente j^a se taba intusiasmando. La suerte jué que en una de esas, allá cayó el comisario Bermúdez con

lOG

toda la iriilicada. ¡ Viera coiiiadrc, que año e'clavar la rajada ! Ni uno sólito quedó pa remedioSe resolvieron los grupos como la mugre con el jabón.

Asunción. — ¡ Bandidos ! ¡ Dispués de haberse pasan la vida guasquiándose por ellos ! ¡ Pobre mi Gumersindo !

Dichos y Gova, que entraré por lo puerla de ¡a derecha

GoYA. — (A Asunción. ) < Qué pasa viejita, ya llegó el tren ?

Pancha. — ¡ Sí, como pa llegar ! ( Disponiéndose a rcpelir el cuenfo. ) Vieras mijita el gentío e'gente que se había juntau en la estación a esperarlo a mi compadre. Y las cosas que decían ! Que por esto y que por aquello y que tal y que sé yo, y que si bandido y que si asesino . . . Taba contándoselo a mi comadre.

GoYA. — Oh ! ya vino usted con sus charlas a afligírmela a la viejita. no ? Ya le he dicho, Pancha, que no quiero que me venga a([uí a traer cuentos; ya se lo he dicho ...

Pancha. — Pero ha visto, comadre ? ¿ Ha visto ?

GoYA. — ( A Asunción. ) No haga caso, viejita, no se disguste : todo eso no son nomás que charlas de esa vieja conversadora.

Asi^NCiÓN. — No mijita, no ; - es la ])ura verdá, nomás.

Pancha. — ¿ Charlas ? Andá a preguntarle a tu pa-

riente el pelau López, todo lo que se dejó decir. . . GoYÁ. — Bueno, bueuo, se acabó. Ya le tengo diclio

que no quiero que venga a traerle cuentos a la

viejita. Demasiados sufrimientos tiene ella. Asunción.. — Dejala mijita, — la pobre no lo hace

por mal.

GoYA. — Olí ! ni por bien tami)Oco. 8i fueran buenas noticias, pierda cuidado que no se apuraría tanto en venir con el parte. ( Se dirige hacia la veníana. )

Pancha. — Tomá, chúpate esa; chu])ate esa, por comedida, aistá. Métase una a hacer servicios después . . .

Asunción. — No haga caso, comadre ; es que la pobrecita tiene miedo que yo me disguste.

Pancha. — A otro can con ese güeso, comadre : mire que yo soy zorra vieja y sé muy bien lo que son guascas. ( Misteriosa. ) Lo que hay aquí es que la muchacha tira pal lau d'ella ^ sabe ? Eso e'lo que hay ; — de tal palo tal leña, comadre, — y el que ha nacido e'tigre tiene que ser overito, — ta claro. El padre nada menos que caudillo e'los blancos ! Ese lechuzón de don Gervasio . . . mala entraña, blanco picaro . . .

Asunción. - Bueno, bueno ; ya sabe que no me gusta que me hable mal de mi compadre.

Pancha. — Pero si es la verdad, comadre. Si yo siempre lo digo. Jué una macana e'ini compadre dejar que Juliancito se casara con una blanquilla de estas. Porque es al ñudo, comadre ; — blanco bueno y burro parejero . . .

Asunción. — ( Enérgica. ) Bueno, se acabó — ¿ me ha óido ? — se acabó. No quiero que me venga con esas cosas. ( Cosi entre sollozos. } El pobrecito m'hijo . . ,

Pancha. — Perdone, comadre. ¡Si seré auiiiuil ! No me acordaba que el fiiiadito Hilario también era e'el otro pelo. Pobrecito no ? ¡ Tan guapo que era ! La pinta e'el padre ! Y mire usted que cosas ¿ no ? Salirles blanco el muchacho ! ¡ Las cosas que hacen los partidos ! Si yo siempre lo digo, comadre : una será todo lo colorada que se quiera, — eso sí : — pero hay que reconocerlo : el pelo no tiene nada que ver con la laya de cada uno. Hay mucho blanco decente poF'ay . . .

AsuNCi<')N, — ¿ Entonces ?

Pancha. — Pues está claro, comadre. Si todos senio^ criollos, como dice el máistro !

(toya. — Todavía está ahi usté? Bueno, pero ya sabe. No quiero que me la disguste a la viejita.

Pancha. — Pero no, muchacha, — si no es pa disgustarla ; vengo a decírselo nomás, — pa que sepa lo trompetas que son. Porque a mí me da rabia lo que le están haciendo a mi com_ padre.

(xOYA. — Bueno, bueno ; déjelos nomás.

Pancha. — Pa mí, no es porque sea coloran, i sal)és ? Porque yo no tengo opinión, che. Una vive de su trabajo y necesita e'todos. Yo soy amiga e'todos, che. Ay lo tenés a tu tata ;* somos como chanchos con el comandante^ che. Porque mirá : no es porque sea tu tata ni porque vos estés presente, che, ^; sabés ? porque yo lo que pienso se lo digo y no le lavo la cara a naides. Pero hay que reconocerlo. Como ])ersona decente . . . tu tata, che ! Hay que sacarle el sombrero. Aquí y ande quiera !

Goya. — Bueno, bueno ; asómese a ver (juien llama, vaya.

Pancha. — ( Mirando por la puerta del foro. ) Pero mira, che, hablando e' Roma, el burro que se asoma. ¡ Si había sido tu padre en persona ! ( A don Gervasio, con mucha zalamería. ) Cómo le va, comandante ! . . . Riciencito estábamos haciendo ausencias de usté. ( Goya sale al encuentro de don Gervasio. )

Gervasio. — ¿ Cómo está, mijita'-^ . . . ( Entra por el foro con Goya y Pancha. )

Dichos y Gervasio

Goya. — Pase tata: aquí está la viejita.

Gervasio. — ¿ Cómo le va, comadre ; qué tal ?

Asunción. — Ya lo ve, compadre ; siempre con mi reuma. ¿Y usted? ¡ Qué milagro ! ¿ qué anda haciendo por aquí?

Gervasio. — Aquí me tiene, comadre ; rabiando con toda esa manga e'ingratos . . .

Asunción. — ¿ Pero ha visto cosa igual, compadre ?

Gervasio. — Son una manga e'trompetas. ( A Goya. ) Y Julián, che?

Goya. — Fué a la estación a esperar al viejo. Estoy con miedo que le vaya a suceder algo entre toda esa gentuza . . .

Gervasio. — No, áurano hay naides po'allá; la polesía no los deja allegarse. ¡Si era un escándalo aquello! Había e'ser yo comisario, canejo . . . había e'ser jo !

Asuxci<')N. — ( A Pancha.) Vaya, Pancha; a ver si en-

cilla un amarii'O ])a mi coin]ia(lre . . . Pancha. — Lo <|iie yo estalta ])eusau(lo . . . (Sale.)

ESCEXA IV

DlCHf)S, menos PanCHA

Gervasío, — Viera, comadre, que mano-a e'trompetas !

GoYA. — Bali ! No hay que hacer caso.

Gervasio. — Que no hay que liacer caso ? A mangasos hahía e'disolverlos yo. Desagradecidos ! Ing-ratos ! Tratar así a mi coni])adre, dispués de liaherse sacrilicau toda hi \'ida ! Porque el liomhre está ciego, no? Porcjue ya no puede ganar peleas, ni sacar diputaus ])or el cabresto.

Goya. — Sí . . . eso !

AsUNCi(')N. — Aistá, compadre, aistá ; pa que aprendan ustedes. ^' disjtués, sacrifí(|uese por su paitido ; dejen casa, dejen familia, dejen hacienda, guasí[uéBnse, reviéntense, sá((uenlos a tiotf a punta e'lanza, ])elian(lo si es ])0sil)le contra sus j)ropios hijos ... ¿Y total, pa qué ? Pa hacerles el caldo gordo a los dotores ! pa qne dispués le salgan con que si mató, con que si asesinó . . . como si las peleas se ganaran con discursos.

Gervasio. — Así es, comadre ; así es disgraciadamente. Uno se pasa la vida rompiéndose el alma contra sus mismos hijos o contra sus mismos amigos por levantarlos a ellos 3' dispués

le salen con eso. Esa es la verdá. Y sino . . . aA^Mo tiene a mi compadre : ay me tienen a mí. El, coronel e'los coloi-aiis, 3^0 comandante e'los blancos . . . tan amigazos en la paz como enemigos en la guerra ; ay nos tiene. Cuando yo he andan de un lau en una pelea, guasquiándome por los míos, del otro lau lo he visto siempre a mi compadre rehollando la lanza entre la humadera. ¡ Si sabré yo la laya de hombre que es !

GoYA. — Sí, pero yñ, no. les servía, había que levan, tar otra cabeza,

Gervasio. — Sí. había que hundirlo a mi compadre. Si es lo que pasa siempre, canejo . . .

GoYA. — Y lo peor es que ustedes no lo quieren comprender . . .

Gervasio. — Lo comprendemos, sí mijita, lo comprendemos. Demasían sabemos nosotros que los únicos que sacan tajadas en estas cosas son los doto res !

Asunción. — Mala gente !

Gervasio. — Mala gente ? ¡ De lo pior, comadre, de lo pior ! Si uno los junta a todos en un lote 3^ los cambea por mierda, entoavía son caros. Oh! demasían lo comprendemos nosotros, sí ; demasían lo comprendemos. Lo que hav es que uno no es como ellos ... y tiene su cosa metida aquí adentro . . . que por más que uno grite 3^ patée, lo arrastra, comadre, lo arrastra . . .

Asunción. — Así es desgraciadamente. Es lo «j[ne dice Gumersindo ; es el maldito lión que está metido de la entraña pa dentro.

Gervasio. - Ay lo tiene al finadito Hilario . . .

AsuN(!i<')N. — Pobre mijo !

Gervasio. — ... qué necesidá tenía él de dir a la

guerra a peliar contra el mesmo padre, como quien dice ?

GoYA. — El pobre se em^^eñó en ir . . .

Gervasio. — Conmigo juó. Era de lay el mucliacho. i Pobrecito ! Yo estaba d'el como a un tiro é lazo, cuando cayó, peliando a facón limpio nomás ! . . . Yo mesmo lo sepulté. Ay, en la falda e'el Colorau, debajo una piedra que tenía la forma e'un corazón.

Asunción. — Hijo e'mi alma !

Dichos y Pancha que vuelve con el mafe

Pancha. — Aquí lo tiene, comendante; como pa usté.

Gervasio. — Parece que juera el destino de uno, comadre; ay está Arturito tamién. Me ha salido colorau ! Quien sabe si mañana no es mi mesma lanza la que. . . ( Transición. A Pancha. ) Tome^ lleve, ta güeno.

Dichos menos Pancha. Luego Machito que entrará enjugándose las lágrinms, llevando un libro bajo el brazo.

Goya. — Me tiene intranquila, Julián.

Gervasio. — Déjalo, mijita. ; ya vendrá áura con mi

compadre, no te 2)reo('upés. ( Por Machito, que en-

Ira. ) Ola aparcero ! . , .

GoYA. — ¿ Ya lo largaron de la escuela, a esta hora ? . . . ( Machito se refugia eníre las piernas de don Gervasio, haciendo pucheros. )

Asunción. — Alguna picardía grande debe haber hecho. Es una temeridá lo diablo que es.

Gervasio. — ¿ Ah, sí ? Con que esas tenemos^ no ?

Machito. — Abuelito ! Abuelito !

GoYA. — No, no ; venga para acá.

Gervasio. — Déjalo, déjalo vos. A ver, cuénteme a mi, cuéntele a su abuelito, vamo a ver.

GoYA. — No ve ? Así me lo tienen perdido al muchacho.

Gervasio. — Déjalo, déjalo, que él se lo va a contar todo al abuelito. ¿ Qué jué lo que le pasó a^ hombre ?, vamo a ver . . .

Machito. — Yo no quiero ir más a la escuela, abuelito. No vo\" más y no vo^^ más y no voy más.

Asunción. — No ve ?

Gervasio. — Cuénteme a mí, vamo a ver. ¿ Por qué

no quiere ir más ? ¿ Le ha pegau el máistro ?

¿ Lo ha puesto en penitencia ese picaro ? Goya. — Por bueno no ha de \liaber sido. Gervasio. — Cállese la boca usté : él me lo va a

contar todo a mí. Machito. — Yo no quiero ir más, abuelito . . . Gervasio. — Bueno, pero por qué, vamo a ver. ¿ Le

pegó el máistro, no ? Déjemelo a mí no más.

Yo le vi'a enseñar a ese picaro. Machito. — No, el máistro no . . . son los gurises. Gervasio. — Y qué l'han hecho los gurises, vamo

a ver.

Machito. — Me dicen, me dicen cosas . . . del otro abuelito . . . dicen que ... es un asesino el otro abuelito . . .

Asunción. — Angelito !

Gervasio. — ( Tomándolo en brazos. ) Hijo mío ! hiji-

to ! hijito ! Gervasio. — No ve . . .

GoYA. — Venga, venga mijito, no va a ir más, no va a ir más. Bueno, y ahora no llore. Venga, vamos a lavarle la carita.

Dichos, menos Goya y M acuito

Asunción. — L^n asesino ! Un asesino mi pobre Gumersindo !

Gervasio. ~ Déjelos, comadre. Déjelos nomás ! Dónde irá el gil 6}^ qne no are . . .

Asunción. — Todos, todos están contra él, todos. Los diarios, los hombres, hasta las mismas criaturas ! Y sin embargo él no es malo, compadre. Yo sé que él es güeno.

Gervasio. — No va a ser ! Si lo sabré yo ! Dénde criaturas así, (nie hemos andau siempre juntos. En el ]>iig'> nos llamaban los acollaraus. A ocasiones nos peliábamos por causa e'los partidos . . . Las trompiaduras que nos hemos dau • Y siempre golvíamos a juntarnos después. Y toda la vida lo mesmo ! Si lo conoceré 3^0 ! Guapo como naides : honrau, noble como las mesmas lanzas ! Lo que se llama un criollo de una sola pieza, comadre.

Asunción. — Y sin embargo, ya ve. Todos a perseguirlo, todos a tirarle a la cabeza como si juese nn animal dañino . . .

Gervasio. — Es que no comprenden, es que no saben nada de estas cosas. Total ¿ cuál es el delito (le mi compadre ? ¿ Que mató a dos ? Bien hecho ! Pa qué se dejaron agarrar, canejo ! Si el prisionero hubiera sido él, lo hubieran tratan lo mesmo.

Asunción. — Sí, pero . . .

Gervasio. — Qué pero ni pero ! O es que se han créido esos zonzos que las guerras se hicieron pa andar a besos ? Lo que hizo mi compadre lo hubiera hecho yo tamién ( Transición. ) En tiempo e'paz no digo que no ; el alma daría uno por aliviarle una disgracia a cuahiniei-a. Pero en la guerra es diferente : el eneniio'o es enemigo.

Dichos y Arturo, que entrará por la puerfa del foro.

Arturo. — Buenos díus, madrina. ¿ Qué hace, tata ? AsuNCi<')N. — ¿ Cómo anda eso por ay, Arturo ? Arturo. — Eeo, madrina ; la gente muy regüelta. Gervasio. — Aistá lo que hacen ustedes con sus

diaruchos. Vos tamién tenés mucha culpa e'todo

esto !

Arturo. — Pero no, tata. Es que usté no se da cuenta de la situación. Padrino se colocó en mal terreno ; con las cosas como estaban había que salvar la responsabilidad del partido.

Gervasio. — No señor, canejo ! Los hombres deben ser hombres. La justicia se defiende siempre aunque se hunda quien se hunda. ( Transición, )

Güeno, pero ánra, no vamo a hablar de eso. ¿ Ya llegó el tren ? Akturo. — Sí ya debe haber llegado ; padrino no ha de demorar. ( Reparando en Goya que aparece por la puería de la derecha. ) ¿ Cómo te va, hermana ? i Has estado llorando ? ¿ Y Machito, che ? Por Julián no te pregunto porque acabo de dejarlo recién.

Dichos y Go^-a

Goya. — Ah !

AiiTTiRO. — Sí. ( Transición. ) Mira, ahí vienen.

Asunción. — Bendito sea Dios. Ahí está. ( Se acerca a la ventana con Goya y Arturo y luego, cuando el diálogo lo indique, se precipitan ansiosos hacia la puerta del foro. Se oye fuera la voz de Gumersindo que ruge como hablando con alguien. ) Dígale nomás que no necesito de nada . . . que no preciso de naides !

Dichos, més Gumersindo y Julián (//ye Qulran por

la puería del foro.

Goya. — ( Acercándose hacia Gumersindo como para abrazarle. ) Viejito ! Asunción. — ( Haciendo lo propio. ) Gumersindo !

Gumersindo. — ( Apartándola suavemente, ) No se me allegue, mijita : no se me allegue naides. No, ni vos tampoco, Asunción. Naicles !

( Las mujeres, sobrecogidas, van retrocediendo hacia la derecha. Gumersindo sigue avanzando hacia primer término, tanteando con la mano como para no tropezar. )

Gumersindo. — Se acabó ! Se acabó ! No quiero a naides aquí. ¿ Me han óido ? A naides ! Se acabó !

Dichos y Machito que entrará atropelladanienle.

Maghito. — Tata viejo ! Tata viejo ! La bendición.

A mi primero, tata viejo ! Gumersindo. — ¿La bendición ? Vaya y pídasela

a la vieja, mijito. Yo 3'^a no puedo bendecir a

naides. Sálgase mijito, sálgase ; no se me allegue

que se ensucea las manitas. Machito. — Es que yo quería contarle una cosa . . . GoYA. — Machito !

Machito. — Se lo voy a contar y se lo voy a contarGumersindo. — Bueno, contála, pues ! (toya. — Venga para acá, le digo ! Gumersindo. — Déjelo, canejo !

Machito. — Es que no quiero ir más a la escuela ¿ sabe ? Porque los gurises . . . me dicen . . . cosas feas de usté . . . dicen . . .

Gumersindo. — Que soy un asesino ¿ no ? Pues es la verdá, mijito. Usté no lo sabía pero es la

verdá. Su tata viejo es nn asesino ¡ Un asesino!

( Machifo reírocede espantado y corre a refugiarse en brazos de Goya. ) Ahora yd. lo sabe, mijito : ya lo saben todos. Déjenme, déjenme. No se me allegue naides. No quiero a naides aquí, ¿ me han oido ?

Julián. — ( Conteniendo a las mujeres. ) Pero, Ave María, tata ! Ahí está su compadre don Gervasio, que viene a saludarlo, tata.

Gumersindo. — Ah ! ¿ Está ay ? AUéguese, compadre. Apreté juerte. Apreté juerte, nomás, que entre nosotros, no nos manchamos las manos.

( Quedan un momento abrazados en medio de la escena. Las mujeres, Machito y Julián van saliendo lentos por la puerta derecha, sollozando ahogadamente. )

Djciio.S, menos ASUNCIÓN, GOYA, MachITU y JULIÁN

Gumersindo. — ( Por Arturo. ) ¿ Quién está ay, compadre ?

Arturo. — Soy yo, coronel . . .

Gumersindo. — Yo ya no soy coronel, amig-uito. Me han echao de la milicia los suyos. Ya no soy naides.

Arturo. — Pero no, ]);h1i¡uo.

Gumersindo. — Lo decís vos, no ?

Arturo. — Cualquiera que comprenda, ])adrino.

Gumersindo. — Sin embaj-go, no era tu diario el que

decía . . . todas a([uellas cosas ? Arturo. — Ahora no habla con el periodista, padrinoGumersindo. — Ah, sí ! es verdá que ustedes son

como los lobinzones pa cambiar de forma. ¿ Y . di'ay ?

Arturo. — Vea, padrino ; lo estaba esperando precisamente para conversar de eso. Usté sabe que yo lo estimo. Usté sabe que yo soy de los que van también. Pero póngase usté en nuestro caso. Había necesidad de deslindar posiciones, de descartar responsabilidades. Había que levantar al partido.

Gumersindo. — Sí, diciendo que yo era indino dél . .

Arturo. — Nuestro periódico no dijo eso.

Gumersindo. — Algo parecido ; que el partido no tenía la culpa de que yo juera lo que juera.

Arturo. — En el caso de que se probara la acusación. Hasta tanto no llegara la oportunidad de rehabilitarlo ante la opinión pública.

Gumersindo. — Muy bien ; lias hablan como un libro, muchacho.

Arturo. — En cuanto a lo de que lo han echau del ejército, tampoco es exacto, padrino. El gobierno no ha querido expulsarlo de ninguna parte ; al contrario, se le ha concedido el retiro, la jubilación.

Gumersindo. — Sí, ponele nombres, nomás . . . Me han echau, che, me han echau. Porque tienen miedo ; porque el gobierno y el partido y todos^ todos son lo mesmo, todos ! Se sirven de uno, lo soban, lo manosean, y dispués lo largan cuando ya no les sirve. ¿ No es eso, compadre ?

Gervasio. — Ansina mesmo es. Ansina mesmo.

Arturo. — Pero no, padrino; si había la mejor intención de sacarlo a flote. Lo que hubo fué que. . . usté se empacó. . . se empeñó en no negar. . .

Gumersindo. — En no negar ? ¿ Y pa qué lo iba a ]!j.egar, canejo ? Si lo hice, si jué asi mesmo I

Arturo. — Sí, ])ero ciertas cosas. . .

Gumersindo. — ¿ Ciertas cosas qué ? Si jué asi inesmo. Pa qué lo iba a negar ? Los maté, los maté, jué ansina mesmo, aiisina mesmo jné.

Arturo. — Bueno, ahí está. Es que hay ciertas cosas que no pueden, que no deben decirse cómo son. Los principios modernos hacen sagrada la vida.

Gervasio. — ¿ Y pa qué hacen guerra, entonces ?

Gumersindo. — Mira muchacho, vení pa acá : vos no sos como ellos, vos sabes ser hombre cuando se precisa ! Si juera otro el ([ue me hablara así. me le hubiera ráido en la cara o le hubiera escupido en la trompa. Pero a vos no. Te conozco? te has hecho a mi lau y se que sos güeno, que sos güeno pa todo. Por eso me duele que seas vos que me venga a decir eso. Vos que me has visto cómo sé peliar, vos que te has queniau conmigo, que juiste mi brazo derecho ! Me duele que seas vos el que me venga a hablar así, a decirme esas cosas ! Demasiau sabes vos que no soy como se creen ellos.

Arturo. — Por eso precisamente es que he querido hablarle; hacerle com])render ciertas cosas.

Gumersindo. — Güeno, liablá pues, hablá nomás. Hacé de cuenta (jue estás escribiendo pa tu diario.

Arturo. — Lo que hay padrino es que. . . los tiempos de ahora, son otra cosa. Las guerras ya no son lo que eran antes.

Gumersindo. — Los hombres, canejo ! Los hombres es que no son lo (|ue eran antes.

Gervasio. — Eso, compadre, eso.

Arturo. — Si pero. . . hay que adaptarse a la época.

Gumersindo. — Mirá muchacho; dende (jiie yo tenía catorce años, ¿ sabés ? que ando metido en estas

cosas. El finau tata jiié el primero que me llevó a la guerra. Con la gente e'Máximo Pérez. Dejuramente has oído hablar dél. Era todo un criollo.

Gervasio. — Una gran lanza.

Gumersindo. — Un gran corazón de hombre. Con él jué que aprendí como se pelea entre machos. Dispués. . . jué Goyo Geta el que me hizo oficial. ¿ Y sabés vos por qué me hizo ? Por esto mesmo de aura, che. Por matar ! Por haber matau sin lástima !

Arturo. — Pero. . .

Gumersindo. — Jué una tardecita, pocos días antes del Sauce. Nos traían mal, che ; nos traían remañaus los blancos !

Gervasio. — Lindas peleas, compadre !

Gumersindo. — Lindas ? ¡ lindazas ! Güeno, como te decía. Una tardecita me habían mandan en una comisión, ¿ sabés V a bombiar. Me acuerdo como si juese áura. Había una guardia sobre el paso. Taban churrasquiando. Confiadazos los blancos ! Dejé el mancarrón y me les juí allegando, me les juí allegando y ay nomás, ay nomás me los dejé. Eran tres, che ! Por eso jué que me hicieron oficial. Dispués . . . Todos los galoncitos que juí - estibando poco a poco uno encima d'otro? todos los gané ansina, todos me los dieron por eso. Por haber sabido matar sin lástima, sin asco ! Todos los gané por eso.

Arturo. — Bueno ; ahí está. Pero es que no fué precisamente por el hecho de haber matado.

Gumersindo. — Mirá, muchacho ; yo no sé si habrá sido mesmo por haber matau ; lo que te puedo asegurar es que no jué por resucitar a naides. ( Pausa. ) Y dispués quieren que uno se aver-

güence de ]ial)er matan como liombre ! Que lo niegue ! ¿ Pero cómo lo va a negar nno ? Si es todo su orgullo, si es toda su sencia, si es pa lo único que ha servido uno en toda su perra vida ! Si es el destino e"el criollo ; achurrar o que lo achurren. x\nsí murió mi tata, y mis hermanos los cuatro y hasta mi hijo . . . Vos sabés. Aquel era e'el otro pelo y jueron los nuestros los que se lo limpiaron. ¡ Quién sabe si no juimos nosotros niesmos !

Arturo. — ¡ Es duro ! . . . ¡Es duro !

Gumersindo. — Es como debe ser ; la guerra es la guerra, pa los hombres se hizo ! Pa matar, ansí, sin miramientos, sin lástima !

Gervasio. — Ansina es, compadre. Y mire, se lo declaro ; lo que usted hizo lo hubiera heclio yo también. Cuando yo caiga no les viá ])edir perdón. ( A Arfuro. ) Lo (jue hay es que ustedes son otra laya e'gente. Nosotros los viejos aquellos ya nos vamos diendo. Nos pasa lo que al ganan montaraz ; los alambraus jueron acabando con él, las ciudades van concluyendo con nosotros.

Gumersindo. — Ansina es, compadre. No somos de estos tiempos.

Gervasio. — De todo aquello de antes, no nos queda más que la divisa. Es lo línico que nos queda.

Gumersindo. — Ni eso, compadre, ni eso. Si ya no hay partidos en este país. No hay más que políticos ! ¡ pura política ! Antes, nosotros éramos los dueños. Los partidos eran pa nosotros, pa los hombres, pa los liones ! Aura ... los zorros nos han red otan. Ya no sirve pa nada ser lión !

Gervasio. — ¿ Pa nada ?

( Se oye confusamenfe el griterío de la multitud que

se acerca. Ruido de crisííilcs rolos y voces de « que lo linchen ...» « Que lo linchen ...» « ¡ Abajo ! i Muera ...!») Gumersindo. — Sí ; tiene razón ... Pa algo sirve . . .

ESCENA XIII

DICHOS. Asunción, Goya y Julián, que cnlrdn dlmpclláddnienle.

Asunción. — ¿ Has visto ? Estás viendo la insolencia de esos picaros ?

Goya. — Tata, por favor. . . huya. . . lo quieren linchar, huya. , . Son capaces de todo esos bandidos. . .

Julián. — Si, tata. Podemos juir por el fondo. Es mejor.

Gumersindo. — ¿Lo qué ? Vos tamién ! ( Por Arturo que martilla una pistola. ) Déjeme a mí nomás. Déjeme solo : no necesito de naides. Déjeme solo nomás, solo ! ( Va tanteando por las paredes hasta dar con la panoplia, de donde toma un facón. ) Aura. . . Aura sí ! . . . (Lo desenvaina, vuelve a envainarlo y se lo coloca en la cintura. ) Aura sí ! Abrame esas ventanas, compadre; ábralas bien. ( Dirigiéndose hacia la ventana. ) Aquí está, sotretas, aquí está el lión ! ( Tantea buscando el picaporte. )

Asunción. — ( Que le mira hacer, entusiamándose. ) Así, Gumersindo, así. . .

Goya. — ( Abalanzándose para impedirle salir. ) Viejito, ¿ qué va a hacer ? , . . Viejito !

Asunción. — ( Reíeniéndola de un brazo, la aparta violcníameníe. ) Retírate vos ! Déjalo hacer !

Gumersindo. — ( Abriendo la ventana y asomando el cuerpo para afuera en actitud de desafio, rabiosamente. ) Aquí está, sotretas, aquí está el lión !

( Hay un momento de silencio en la turba estupefacta. Luego se produce la reacción y estalla una formidable silba que ahoga los gritos de Gumersindo, que continúa agitando el facón en actitud de rabioso desafío. )

ACTO II

Patio de esíancia a la aníigua. A derecha e izquierda dos ranchos de terrón grandes ; al foro, a la derecha, un rancho pequeño, también de terrón, y luego, completando el espacio, un gran galpón abierto y a medio quinchar, ñn el ángulo del segundo término de la izquierda, entre el galpón y el rancho lateral, habrá una portera de alambre para entrada y salida.

GoYA y Julián entran por e! segundo término de la izquierda. JuLIÁN vestirá bombachas, botas, chambergo, etc.

GoYA. — ¿ Y dónde lo viste a Arturo, che ?

Julián. — ( Muy preocupado ) Lo encontré ay nomás, cerca e'la pulpería. Anda en no sé que negocios de compra de ovejas . . .

GoYA. — Mira ! ¿ Y no te dijo si vendría hasta aquí ?

Julián. — Puede ser ; no me dijo nada. ¿ Y cómo sigue la vieja, che ? ( Se sienta en una silla que habrá junto a la puerta del rancho de la izquierda, muy pensativo, como dominado por algún secreto pesar. )

12G

GoYA. — Pasó líi noche bien. Estoy con ciiitlíulo por ella, Julián ! Aquí, así, tan ajiartados de todos, sin nn médico a quien lecun-ii' en un caso de apuro . . . ¿ Por qué no le hablas al viejo de volvernos ? Sería muy conveniente !

Julián. — Sí, andá a decírselo vos ! No quiere ni oir hablar del pueblo ; y, qué querés, che : a mi se me hace que tiene razón. Es una mugre aquello ! . . .

GoYA. — Sí, pero ... la viejita . . .

Julián. — Ni ella misma, che ; maldita la gracia que le haría la cosa. ( Pausa. ) ¿ Y el machito dónde anda ?

GoYA, — Por ahi debe andar nomás ; judiando con

esa pobre oveja. ¿ Por qué lo dejas que ande así

con ese pobre animalito, Julián ? Julián. — Y . . . el viejo se lo dió pa él. Déjalo que

juegue, no le hace daño el pobrecito ! GoYA. — Mira, Julián : por él más que nada, es que

me gustaría que nos fuéramos ; aquí, sin ir a la

escuela, y con el viejo que lo pierde con sus

mimos ... y entre esa gente , . . Julián. — Bah ! así es como deben criarse los guri-

ses, che.

GoYA. — Sí, ])ero, es que ... en fin, yo no se como explicártelo. ¿ Sabés lo que me dijo anoche ? Que le gustaba ir a la carniada por ver como torcían los ojos los animales cuando le metían el cuchillo !

Julián. — Y bueno, déjalo ; que se vaya haciendo hombre, che : eso es bueno. Cuando yo era como él ya sabía carniar. Es que vos lo querés criar hecho un mandria al muchacho. ( Pausa. ) Pei-o uiii'á, no me hables de eso, déjame. ( Apoyn UM codo sobre la rodilla y comienza a jugür, haciendo

dibujos en el suelo con la sofera del rebenque. ) En fin, en fin ! qué se le va a hacer.

GoYA. — Qué te pasa que andas tan tristón ?

Julián. — Yo no sé, vieja ; de pensar noraás.

GoYA. — ( Con inquietud. ) A VOS te ]ia pasado algo, Julián ; decime . . .

Julián. — Nada, viejita, nada : qué qiierós que me pase ? De pensar nomás . . .

Se levanta y va hacia el galpón ; mira un momento hacia el campo, y luego vuelve pausadamente, silbando muy bajito. Coya le sigue con la vista ; él llega junto a ella y se entrepara como para decir algo ; luego se encamina hacia el galpón. )

GoYA. — Che, Julián !

Julián. — Ahora vengo, mijita ; ya vengo,

( Vuelve a mirar hacia el campo haciendo pantalla con la mano, y luego entra en el galpón. Goya continúa de pie un momento siguiéndole con la vista. )

Dichos menos Julián. En seguida. Gumersindo, que entrará con Machito por eJ segundo término de la izquierda, con una lanza en la mano.

Gumersindo. — No faltaba más, canejo ! Nada menos

que m.i lanza ! . . . No faltaba más ! Machito. — Fué pa jugar nomás ... * Gumersindo. — Pa jugar ! ¿ Y usté se ha créido, amiguito, que las lanzas se hicieron pa juguete e mocosos ? Cuidadito que me la güelva a tocar, me ha óido ? Cuidadito ¡

GoYA. — Qué, qué le ha hecho, viejo ?

Gumersindo. — Qué me hizo ? Nada ! Figuráte vos ! Agarrar mi lanza pa juguete e gurises ! Figuráte vos ! Era lo único que me faltaba, canejo !

GoYA. — Pero qué muchacho bandido ; mire si se cae y se lastima ! . . . Sinvergüenza ! Yo le voy a enseñar ! ( En actitud de castigarle. )

Gumersindo. — Porque se puede lastimar, no ? Nada más que porque se puede lastimar ! Está güeno. ( Transición. ) Vaya, mijito, póngala donde estaba y no la toque más, ¿ sabe ? Esto no es pa juguete. Cuando usté sea hombre .... En fin, cuando vos llegués a ser hombre, ya no habrá quedan en esta tierra ni quien sepa contarte lo que jué una lanza. Andá. Ponéla a}^ donde estaba nomás. Jué perra ! . . .

( Machiío toma la lanza, la pone en ristre dirigiéndose hacia el rancho de la derecha como para lancear a alguien y se mete en el rancho, (jumersindo avanza caminando como con miedo de tropezar, hasta dar con la silla, donde se sienta rozongando. )

GoYA. — Pero viejito !

Gumersindo. — Salí, salí !

GoYA. — Pero ])or qué, viejo ?

Gumersindo. — Por qué ? Mirá vos, mi lanza ! Un arma que jué el lujo del finan tata ; ([ue hace más de cien años que no sabe lo que es andar al ñudo ! En mano e gurises, pa juguete, como un palo e'escoba ! Un arma que si supiera ha~ blar, te podía contar de punta a punta toda la historia de este páis ¡ En fin, como ha de ser. ( Pausa. ) Y Julián donde anda, ché ?

GoYA. — Yo no sé ; salió recién.

Gumersindo. — Ta güeno. ¿ Y Asunción no se ha levantau ?

GoYA. — No, todavía no ; no está bien la viejita. Gumersindo. — En fin, en fin ! ( Goya eníra en el rancho de la izquierda. )

ESCIENA ITI

Menos GoYA, Juego Maciiito que se acerca muy zalamero a Gl'MERSINDO.

Machito. — Se amig-a, tata viejo . . . No la via'tocar más . . .

Gumersindo. — Allegiiesé nomás; venga pa'ca. ¿Dónde

dejó sn ovejita ? ¿ Ya se cansó de ella ? Machito. — ( Con desprecio. ) Ta'ay ; animal zonzo !

Me da rabia ! Gumersindo. — Y por qué le da rabia ? Machito. — No quiere aprender a topar ! Animal

zonzo ! . . . No sirve nomás que pa la carniada. Gumersindo. — Sirve, sí, amiguito, sirve; lo que hay

es que usté entoavía no sabe apreciar. Es un

bicho muy güeno la oveja ! Machito. — Demasían manso ; da'asco de tan manso! Gumersindo. — Güeno, eso sí, pero de todas maneras . . . pa lo que sirve ser bravo . . . ¿ Usté sabe

lo que es un lión ? . . . Machito. — Bicho lindo ! Ese sí ; con unas crines

grandotas ! ¿ Usté vido alguno, tata viejo ? Gumersindo. — No viá ver ! En mis tiempos los

matábamo a facón limpio nomás. Aura ya no

quedan ... Se jueron acabando. Machito. — Qué lástima ! ¿ no ?

Gumersindo. — No, no es lástima mijito; es como debe ser nomás. Eran l)ic]ios de otros tiempos !

Dichos y Julián

Julián. — Cliá gurí de porquería ! Vení pá acá, decí ¿ juiste vos que me anduvistes con las boliadoras ? — Decí.

Machito. — Jué pa boliarla a la guacha que andaba matreriando.

Julián. — Yo te via'enseñar a vos. ¿ Dónde las metiste ahora ? — Decí.

Gumersindo. — ¿ Andás por voliar algiín venau '? Ya he dicho que no quiero que se me persiga a esos animalitos; tan acabando con ellos e'puro vicio nomás.

Julián. — No, es nomás pa tenerlas a mano. ¿Dónde las metiste ?

Machito. — Ay'tan, en el galpón, con mis garras.

Julián. — Yo te via'dar garras a vos ! ( Eníra en el rancho de la izquierda y sale luego con una nialcla y un poncho, encaminándose hacia el galpón. )

Menos JULIÁN. Luego (AOYA. Machito. — Ta'malo el viejo !

Gumersindo. — Tiene razón amiguito; las garras ajenas no se tocan.

GOYA. — ( Saliendo del rancho de la derecha. ) Pero todavía está ahí usté, majaderiando a su tata viejo ? Vaya mijito; vaya a jugar. . .

Gumersindo. — Déjalo, pues ! (Luego en un íono de completa suavidad. ) Tábamo conversando. Los gurises son güenos amigos de los viejos, — ¿ no es verdá, mijito ? — Con ellos es con los únicos que podemo hablar de los tiempos de'antes.

( Pancha sale del rancho del foro y se queda un niomenío mirando al viejo y al chico. Luego se acerca a Goya. )

DTCHOS y PANCHA

Pancha. — Te has fijao el viejo, che ? Está medio ido. Uno se acerca a'él y parece mudo, che ; en cuantito uno le'habla, lo espanta con un rebuzno ! Y'ay lo tenes : con el gurí se deja hacer cualquier cosa ... Ta medio ido el viejo, che !

Goya. — Y, bueno, déjelo . . .

Pancha. — Es que a una le da rabia, che : a una la dejan sin tener con quien hablar !

Goya. — Bueno, bueno : ya apareció aquello . . .

Gumersindo. — ( Enojado, a Machifo. ) Güeno, déjeme. Basta e'prosa . , .

Pancha. — Se le puso bravo, che ; dejuramente le ha preguntan algo fiero el gurí ... — ( Machifo se aleja como corrido, haciendo muíis por el foro. — Gumersindo queda inmóvil un momento ; luego se para, vuelve a sentarse, enciende un cigarro y queda con la

cabeza gacha. Las mujeres le miran con curiosidad. íll queda un momenío así, luego saca del bolsillo de adentro del saco una cajiía de cartón, la destapa, toma una divisa que hay dentro y deja caer la cajila en el suelo. ) — La divisa e'el fiiiadito, che . . .

GoYA. — Bueno, déjelo. ( Entra en el rancho. Pancha queda un momento mirando y luego se acerca. )

Pancha. — ¿ Tá llorando, coronel "? . . .

Gumersindo. — ¿ Llorando, yo ? ( Furioso. ) Salg-asé de aquí ! No quiero naides, aquí, ¿ me ha óido ? ( Apreta la divisa en el puño cerrado y queda mirando fieramente a Pancha, que se va alejando medrosamente hasta hacer mutis en el rancho del foro. Corto silencio. Vuelve a estirar la divisa, acariciándola con las manos. ) El lión ! el lión I

Menos las anleriores, luego MaCHíTO y en seguida DON GeiivASIO que enlra por el ángulo del segundo lérmino de la izquierda.

Machito. — Ta abuelito ! ¡ el otro abuelito ! GuMEKSiNDo. — AUeguesé, comi)adre ! ¿ Qué güenos

vientos ? AUeguesé ! Gervasio. — Ahí me tiene compadre ; iba pal huí

del monte y me llegué hasta aquí, a machucarle

la mano ! — Y la muchacha ? Gumersindo. — Ay, debe andar nomás, con la vie-

jita.

Gervasio. — Y como vá de sus males mi comadre ? Gumersindo, — Mal nomás ; se me hace que se nos

vá. En fin, qué se le va a hacer ! ( A Machifo. ) Vaya mijito, dígale a mamita que está mi compadre. ( Muíis de Machiío. Pausa larga. ) Gervasio. — ¿ Qué estaba haciendo, compadre; recordando ?

Gumersindo. — Ansina es ; recordando. Amarguiando

en el corazón pa pasar el rato. Gervasio. — ( Siempre por la divisa. ) Lindo mucha"

cho ! Tigrazo ! Lo que es ese, no le desmintió

la cría.

Gumersindo. — El lión ! . . .

Gervasio. — Y . . . qué se le va a hacer. En esta

tierra . . . ¿ Sabe que hay novedades ? . . . GíTMERSiNDO. — ¿ Otra vez ? . . .

Gervasio. — Ansi es, compadre ; no sabemo estar en paz.

Gumersindo. — Qué lástima, no ? Tan linda que iba la esquila ! ( Pausa. ) Entonces usté ?

Gervasio. — Y . . . qué le vamo a hacer !

Gumersindo. — Y ya andan muy regüeltas las cosa ?

Gervasio. — No, entoavía no ; pero no va a demorar. Anoche recibí un propio e'mi compadre el coronel Meneses.

Gumersindo. — Ta güeno ! ¿ Y Arturito ?

Gervasio. — No sé si sabrá la cosa. Puede que ya ande nomás por'hay, repuntando a los del . . .

Gumersindo. — Cosa triste la guerra ! ¡ Y tan linda que es ! . . .

Gervasio. — Igualito que las hembras, compadre ; lindas y perras al mesmo tiempo ! ( Pausa. ) Lástima que esta vez ya no nos vamo a ver po'allá.

ESCENA Vlir Dichos y Goya

GOYA. — Cómo está, Tatita ? ¡ qué milagro ! Gervasio. — Milagro no. Venía a saludarlos ; me

voy (le viaje. Goya. — ¿ Dónde va ?

Gervasio. — Allá . . . rLiml)0 a Cerro Largo. Unos campitos que me han ofrecido, l)aratitos riomás. . • Vi'a darle un vistazo a la cosa. ( Parándose. ) Güeno compadre.

Goya. — ¿ Ya se va ?

Gervasio. — Si mijita : ({uiero llegar antes del mediodía a la casa e e'l gringo Facioli. Goya. — Y vuelve pronto ?

Gervasio. — Pronto nomás ... Si no le doy de

almorzar a los caranchos po'el camino ! Goya. — Ave María, tata ! — ¿ Por (|ué no se es])era

a tomar unos amargos ? Gervasio. — Güeno. si te aj)urás ... ( Goyti se

dirige apresuradamenfe hacia el rancho del foro. ) Gumersindo. — Entonces se va, nomás. Gervasio. — Y ... no hay más remedio ; no es cosa

e'facilitar.

Gumersindo. — Lástima que yo ya no sirvo pa'esto !

Gervasio. — Y aunque sirviera !

Gumersindo. — Claro ; que vayan a huscar a los

dotores áura ! Gervasio. — Bien dicho, compadre ! Cuando no lo

precisan, lo patean a uno ; que se amuelen. Gumersindo. — Vea compadre, y sin embargo, —

¿ quiere creer ? — dispués de lo que pasó y todo, parece que me diera tristeza no poder dir,

Gervasio. — Eh ... la costumbre ! Uno se ha criau en eso ! Yo . . . qué quiere ; dispués que vide lo que le hicieron a usté los suyos, habia tencionau no meterme más en nada ; porque todos son lo mesmo, lo mesnio ! Y sin embargo ya ve ; apenas recibí el propio, ya se jueron al diablo los proyetos.

Gumersindo. — Es lo que pasa simpre, compadre . es el maldito lión que está metido de la entraña pa adentro.

Gervasio. — ( Observando. ) Mirá, aquél ... Sí mesmo : es Arturo.

Gumersindo. Lindo muchacho ! Lástima que esta vez no va conmigo !

Gervasio. — Quién sabe con qué cascarria le toca servir. Es una lástima ! ( Arturo saluda desde afuera : — Buenos días, geníe ! . . . )

Dichos y Arturo. En seguida, Goya.

Arturo. — Andaba en busca suya, tata. ¿ Cómo está padrino ?

Goya. — Cómo te va, xlrturo ? Me dijo Julián que había estado contigo ; ¿ cómo estás ? ( Le da e! mate a Gervasio. )

Arturo. — Lindo, hermanita ; lindo nomás !

Gervasio. — ( Devolviéndole el mafe. ) Ta'muy frío, che ; toma,

GOYA. — Es que estaba medio apagado el fuego. Esta Pancha es una calamidad. ( Vuelve hacia el rancho. )

Gervasio. — ¿ Te lias enteran de las novedades que hay ?

Arturo. — Y, qué se le va' hacer. Por eso lo andaba buscando. Ya debía estar a monte, tata ; no ande facilitando . . .

Gervasio. — ¿ Ya anda gente por a^^, che ?

Arturo. — Sí ; en el paso quedó el comisario López.

Gervasio. — Güeno ; ya lo sabes : esta vez no vas a dir con tu padrino. Es una lástima. Pero ya sabe, amiguito : no hay que año jar !

Gumersindo. — Lo que es éste ! . . .

Arturo. — Lo vamo a extrañar, padrino.

Gumersindo. — Qué querés, muchacho ; no es culpa mía.

Gervasio. — ( Poniéndose de pie. ) Güeno, compadre ; será hasta que concluya ... si güelvo.

Gumersindo. — Y si me encuentra — Machuque, compadre. ( 5e abrazan. )

Gervasio. — ( A Aríuro ) Y vos, che ... (Se abrazan. )

Arturo. — Adiós, tata.

Gervasio. — Hasta más ver, amiguito. Y no se olvide quien es.

GoYA. — Ya se va ? Mire, y yo que le traía uno caliente ¡ Bueno ; tomeló para el estribo. ( Todos se encaminan hacia el ángulo de la izquierda, acompañando a Gervasio. )

Dichos y Julián

Julián. — ¿ Ya se va, don Gervasio ?

Gervasio. — Sí, m'liijo ; llevo prisa ; llegué a saludar nomás. — Adiosito.

Julián. — Hasta luego, pues. ( Se encamina silbando bajito hasta el primer término. Arturo saluda con la mano a Gervasio, que ya ha desaparecido con Goya y Gumersindo detrás del rancho de la izquierda, y se acerca a Julián. )

Arturo. — Y, che ? . . .

Julián. — Es que no sé cómo decirle a la ]>obre Goya.

Arturo. — No le digás nada. Julián. — Me va a ver salir. Arturo. — Tenés razón.

( 5e oye la voz de Goya y Gumersindo : Hasta luego, tata . . . Salú, compadre ; hasta pronto. ) Julián. — Me da pena el gurí, che. Arturo. — ¿ Y cómo hacemo ?

Julián.- — Güeno ; mira, esperáte ... Le voy a dar un beso a la viejita. ( Entra en el rancho de la derecha y sale luego en dirección al galpón. En este intervalo, han reaparecido Goya y Gumersindo, que vuelven hacia donde estaban colocados. Gumersindo se sienta de nuevo, y Goya se dirige otra vez hacia el foro, muy preocupada ; saluda con la mano en dirección al campo, y qntra en el galpón. )

Ajrnruo y Gijmbhsindo. Luego, Goya y Machito

GUiMERSiNDO. — Entonces, ¡iinii^'uito. cstiiiiió otra vez de patriada, no ? Ta giieno, ta, güeno !

Arturo. — Y qué quiere, })adrino.

GíTMERSiNDO. — ¿Y por qué 's la cosa, che ?

Artuho. — Yo no sé. Vaya uno a saber !

Gumersindo. — Ta güeno, ta güeno! Ynnio'a ver cómo se portan esta vez. ¿ No saben quién los manda ?

Arturo. — No sé. Algún coronel de esos ... o algún dotor, como se véia por ay la vez pasada.

Goya. — ( Desesperadamente. ) Tata, tata ! hermanito ! decíle que no se vaya ! digalé. tata, que no se vaya !

Gumersindo. — Qué hay ; qué alboroto es ése, mijita ? Goya. — ( Llorando desesperadamenfe. ) Julián, tata;- que

ha reventa u la- guerra, y se quiere ir ! Gumersindo. — Lo qué ? . . .

Goya. — Sí, se quiere ir. No le deje, tata ; dígale que no ; me lo van a matar, tata ; me lo van a matar !

Gumersindo. — Güeno ; cálmese, mijita, que no se

irá ! ¿ Dónde está, él ? Machito. — Tá en el galpón ensillando ! Ti(nie una

divisa más linda ! Grandota ! Gumersindo. — Vaya mijito, llameló. Goya. - Si tata ; decile vos también Arturo ! No lo

dejen que se vaya ; me lo van a matar.

ERNESTO HERRERA 139

Arturo. — ( Dando vueltas al sombrero. ) En fin, en fin !

Cómo ha de ser ; cómo ha de ser ! Gumersindo. — ( A Julián que viene con Machilo. ) Venga

p'acá ami güito ; venga p'acá. ¿ En qué anda

usté ? ¿ No le da pena estar'aj^ liaciendo llorar

a su mujercita ? Julián. — Y que le vamo a hacer, tata ; usté sabe :

reventó la guerra . , . CtUMERSIndo. — ¿ Y vos querés dir tamión, no ? Julián. — Y uno qué va a hacer, tata ; usté vé . . .

se van todos . . . GoYA. — Pero vos no, Julián, vos no te podes ir ;

hacelo por mí, por el viejo, por esa pobre cria-

turita.

Julián. — Pero si es cosa e'poco tiempo, m'hija.

Arturo. — Sí, hermana, no hay que desesperarse por eso, qué diablo ! Ya ves vos ; no es a la primera que va, y sin embargo. . .

GoYA. — Y si me lo matan ? ¡ decí ! ¿ si me lo matan ?

Arturo. — Y m'hija, qué querés ; los criollos ! . . , Gumersindo. — Entonces vos tamién querés dir, no ?

Vos tamién querés ser lión ? ¡ Desgraciau ! ¡Vos

tamién querés ser lión ! Julián. — Y qué quiere, tata ; uno es hombre. Gumersindo. — Hombre ? Ay'tenés a tu mujercita,

la pobre ; se va a morir de pena si te pasa algo.

Ay lo tenés al gurí, y a la viejita enferma . . .

Sin naides que sirva pa nada en esta casa. Ay

los tenés. No les va a quedar naides. Yo ... ya

lo ves vos ; ya no sirvo más que pa estorbo. No

les queda naides. Julián. — Pero yo . . .

Gumersindo. — Sí, vos ; ¿ no has pensado en esos pobres infelices, decí ; np has pensau ?

Julián. — Pero niio qué va a hacer tata ; ¡ qué le va a hacer ! Usté vé . . . todos van . . . ¡ Hay algo que lo arrastra a uno !

Gumersindo. — ¡ El lión ! ¡ El lión !

GoYA. — No lo deje que se vaya, tata ! Por lo que más quieras, Julián . . . ¡ Yo me muero !

Julián. — Pero Goya, caramba ; no seas así ; no te pongás así, sé razonable ; yo vuelvo ; yo te juro que vuelvo ! Pero déjame, Goya ; vos comprendés ... i Yo no me puedo quedar ! La bendición, tata.

Gumersindo. — No le doy nada, canejo ; vaya si quiere.

Goya. — ¡ No, Julián ! ¡ No ! j no !

Julián. — Déjame Goya; dame un beso . . . juerte.

( Hay un largo momento de indecisión ; kiego resuella-

menfe. ) Vamos cuñau . . . ArtuiíO. — ( Se levanta precipitadamente limpiándose las

lágrimas. ) Perdona herraanita ! Hasta la güelta

padrino. (Julián besa repetidas veces a Macliito y lo

lleva hasta el galpón. ) Machito. — Tatita ! tatita ! Julián. — Hijo e'l alma !

Goya. — ( Se queda inmóvil ; luego, lanza un grito y cae a los pies de Gumersindo llorando desesperadamente. )

Menos Arturo y Julián

Goya. — ( Luego de un momento de llanto. ) ¡ Viejo, viejo !

todos se nos van ! Gumersindo. — Cómo ha de ser, mijita ; cómo ha de

ser ! ... El pobrecito Hilario, áura Julián ! ¡ El lión ! ¡ es el lión !

Machito. — ( Gritando desde el foro. ) Tata viejo, tata viejo ! Venga a ver qué tropilla e' gente ! ( Lo toma por el brazo, arrastrándole tras él, hasta el segundo término. ) Venga ver ! . . . venga ! Ya van costiando la cuchilla !

Gumersindo. — ¿ Son muchos ?

Machito. — Uf ! ¡ una cliorrera ! ( Mirando hacia el campo. ) Va el hijo e ' el ñato Gurmendes, los Fagundes, los tres Meneses, los Pérez . . . ¿ Y aquel del tordillo ? Ah, mira ! el viejo Gutiérrez ! Tatita y tío ya los van alcanzando nomás.

Gumersindo. — ( Queda embelesado, en éxtasis, viviendo su pasado, al evocarlo ante la idea de la tropa que se aleja. ) Todos, todos ! Los mesmos de siempre ! ( Pausa. Piensa un momento, y luego, repentinamente, con mucha ansiedad : ) ¿Y quién los manda, che ?

Machito, — ( Haciendo pantalla con la mano. ) No se ve bien ; ¿ a ver ? Parece el viejo Laguna.

Gumersindo. — ( Estallando. ) No ve, canejo, esa cascarria ! Si no sirve pa nada el viejo ese ! No digo yo ; ¡ si es al ñudo ! ¡ es al ñudo ! ( Luego de una pequeña pausa, sintiendo renacer sus fuerzas con todos sus antiguos entusiasmos. ) A ver, che ; ensilláme el oscuro, anda.

GoYA. — Pero usté también, viejo ! ¡ Usté también i Pero qué va a hacer ! No ve que usté ya no sirve.

Gumersindo. — ( Desesperadamente. ) Tenés razón. Pa nada. Es una desgracia. ( Dejándose caer sobre la silla, desesperadamente. ) ¡ Estoy hecho una desgracia !