El teatro uruguayo · Capítulo real 6 de 6
ESCENA XV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 7 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
ESCENA XV
Menos Alfredo. Car:\IEN queda un momento en silencio, tratando de ocultar su rostro a Jas miradas de AliCIA.
. Alicia. — ¿ En qué piensas ?
Carmen. — En nada. ( Luego. íorzadamenfe. ) Me estaba acordando . . . del encuentro famoso de la vez pasada. No habíamos hablado de eso. Pero, che, quién iba a pensarlo ! ^^Te fijaste cómo se puso ? Bien dicen que donde fuego hubo . . .
Alicia. — ( En íono casi de reproche. ) Yo no sabía que Carlos había vuelto a frecuentar tu casa. Tú nunca me habías hablado.
194 LA MORAL UE MISIA PACA
Carmí:x. — ¿ No te ]ial>ía ('iclio ? Hnce tiempo. Tú sabes que sien)])i'e liiiii amigos con iMirií^ne.
¿ Pero no te lo li;tl)ía (liclio entonces ?
Alicia. — Si me lo liii)»ii i;is didio. no lia1)ría ido.
Carmen. — Hija, supoiigw (¡nc no ])ensar;is que el encuentro fué proNOcado por mí.
Alicia. — Oh, no, Carmen ! ¿ Cómo puedes suponerlo ? 8ólo que, como tú com})renderás . . . No está bien.
Carmen. — ¡ Ave María, mu jer ! Si por el hecho do haber tenido amores con una persona, no fuéramos a poder tratarla des])ués de casadas . . . Para ti debe ser lo mismo que si no lo hubieras conocido nunca !
Alicia. — Sí, tienes razón : tienes razón, pero . . .
Carmen. — Ah ! . . . Compi'endo !
Alicia. — ¿ Qué quieres decir ?
Carmen. — Nada ; que a las mujeres, el afán de casarnos pronto y de cualquier manera, nos hace hacer muchas tonterías, hijita.
Alicia. — Carmen !
Carmen. — Bah ! ¿ Vas a decirme que no lo querías cuando lo dejaste para casarte con Legrand RecuíM'da que . . .
Alicia. — ¡ Carmen, tu !
Carmen. — Pero no seas tonta, mujer ! Si no hay ningún delito en eso ; si eso es precisamente lo que contribuye a realzar más tu virtud ! Serle fiel al marido queriéndolo . . . Vaya una gracia ! En cambio, tener otro amor que nos aturde dentro del pecho, llamándonos, invitándonos a una dicha que tiene todos los encantos de un edén cerrado ; y tener el estoicismo suficiente para permanecer sordas a la voz del corazón — y continuar al lado del que nos es indiferente y hasta
odioso muclias veces, sólo por respeto a nuestra dignidad de esposas ! Ahí está la verdadera virtud !
Alicia. — La v^M•(l;ul(M■a virtud ! La verdadera virtud ! Acal)as de hacer una amarga ironía, querida !
Carmen. — De manera que . . .
Alicía. — 8í, Carmen, a ti no puedo ocultártelo :
soy muy dpsi;Taciada ! Carmen. — Alicia !
Alicia. — Sí ; — vas a reprochármelo quizá. — Es justo. Tú eres feliz con tu marido ; tú no comprendes eso ! — Tú no sabes lo triste, lo amargo que es sentirse joven y fuerte, sentir la sangre en las venas que nos llega galopando al corazón, como una imperiosa exigencia de la vida, que nos reclama amores puros, sinceridad ! Y tener que fingir siempre ! — ¡ Tener siempre y en todos los momentos que falsificar ternuras, que mentir amores, para arrojárselos a un intruso que se cree nuestro dueño ! ¡ Oh !, tú no sabes lo doloroso que es eso !
Carmen. — Calla Alicia, calla ; no digas más ! Me haces daño ! Me haces daño !
Alicia. — A tí, Carmen ! — Quizá tú también, pobrecita ! — Sí, tú y aquella y la de más allá y casi todas ! — Es muy triste pensarlo ; es muy triste, querida ! ( Pausa. )
Carmen. — Pero me dejas asombrada ! — De manera que entonces . . .
Alicia. — Sí, desde aquella vez, desde aquel encuentro, la vida es un infierno para mí. — Tú sabes lo que son esas cosas. El amor permanece oculto en un rincón del alma; se le cree muerto ! ¡ Se llega hasta olvidarlo i ¡ Y de pronto renace y
crece y se torna más potente y más imperioso y más irresistible ! Yo no sé ; yo no sé . . .
Carmen. — Pero tú . . . ¿ luchas todavía ?
Alicia. — Y lucharé. Lucharé y venceré. Tengo fuerzas para resistir, para no dejarme arrastrar. Pero temo, sin embargo !
Carmen. — Oh sí, lucha ; lucha, Alicia! Evítalo ! Evítalo !
Alicia. — Sí. He ahí la virtud de que hablabas ! Sustraernos, negarnos al amor ; ocultarlo, vencerlo, extirparlo, como una mala simiente ! —
Y seguir mintiendo ! y seguir mintiendo ! Si supieras todo lo que yo lucho por vencer a mi sinceridad que se revela ! — Muchas veces, cuando lo tengo a mi lado ; cuando siento su aliento junto a mi cara ; cuando oigo su voz, pidiéndome amores ; me entra una rabia sorda, contra mí misma, contra él . . . Qué sé 3'0 ! Me enloquece el deseo de revelarlo todo, de saltar por encima de todo 3^ decirle de una vez : sal, no te quiero, no puedo ser tuj^a, no puedo ser tuya ! ( Rompe a llorar. )
Carmen. — Ave María! ; qué locuias, Alicia ! . . . No hay necesidad de llegar a esos extremos.
Alicia. — Sí, te comprendo; ¡ el adulterio! La mentira que se complica, que se hace más asquerosa todavía ! El eterno engaño : siempre el engaño
Y por encima, el constante ultraje al amado verdadero, obligado siempre a la obsesión eterna de nuestra mentira, obligado siempre a la idea fija de que las caricias, las ternuras nuestras, no son sino un asqueroso duplicado de las ternuras y las caricias que le damos al otro. ( Reparando en Carmen que ha echado a llorar. ) Qué! ¿Lloras? — Perdóname, Carmen ! — Quizá tú , . .
Carmen. — Olí, no ! ¿ Cómo puedes pensarlo ? — Es solo la idea la que me ha hecho daño. Pero mira; no hablemos más. ¿Para qué? Esto no tiene remedio !
Alicia. — Tendría ; tendría !
Carmen. — El divorcio !
Alicia. — El divorcio ! Cómo y con qué derecho, infeliz ! La ley te contestará que debes estar contenta de tu marido, puesto que no te deja faltar ni el pan ni sus caricias ! No, hay otro I más radical ; más verdad !
Carmen. — Oh, no, Alicia ! El escándalo ! Es demasiado funesto ! Es demasiado funesto ! — Mejor será dejarlo así ; que las sombras sigan cubriendo las desnudeces de nuestra honestidad !
Alicia. — Quizás tengas razón ; quizás tengas razón ! — Pero son tan tristes, tan espantosas las ruinas de nuestros sueños ! — ¡ Vivir ! ¡ amar ! ; ser felices ! ¡ dárselo todo al amado ! ¡poder exigirlo todo de él ! — ¡ Vivir ! . . . ¡ vivir esplendorosamente el amor ! ¡ la vida !
( 5e oye adeníro la voz de Legrand que llama : Alicia ! Alicia ! )
Carmen. — La realidad !
Alicia. — ( Acudiendo. ) Voy, voy. ( Entra y se oye su voz. ) No sabía que estuvieras ahí. Estaba con Carmen. ~ Necesitas algo ? — Sí ? — ( Se oye confusamente la voz de Legrand y suenan unos besos. )
198 LA MORAL DE MISLl TACA
ESCENA XVI
Dichos y MiSIA Paca, que entrará por la segunda puerta de Ja izquierda
Paca. — Al oir los besos se detiene, sonríe picarescamente y luego, dirigiéndose a Carmen, que se ha puesto de pie, dando la espalda como para ocultar su emoción, ) ¡ Hola ! ¿ Idilio ?
CaiiMEN. — ( ñn un supremo esfuerzo por dominarse. ) Parece ! Parece ! ¡ Son muy felices !
Paca. — En plena luna de miel, hijita ; ahora como el primer día : ¡ En plena luna de miel !
ACTO III
La misma decoración del acto aníerior.
Carmen, Paca, Enrique y Legrand Paca. — ¿ En el de las 10 ?
Enrique. — Sí, en el « Eolo ». Carmen no conoce la « vecina orilla », y como es posible que todavía tenga que demorar allí un par de meses . . .
Legrand. — Bien hecho. Yo también hace tiempo que tengo la idea de una escapadita hasta allí. Lo malo es este maldito trabajo, que no le da a uno tregua para nada. A Carmen va a sentarle bien el paseo.
Paca. — Y con las ganas que tenía de ir !
Legrand. — Sí, y sobre todo, estando Enrique allá-
Carmen. — Sí, claro ; eso principalmente. Lo que no le perdono es que me haya robado estos dos meses. Debió llevarme desde el principio, ya que lo pensaba. ¿ No le parece ?
Legrand. — Sí, efectivamente ; pero , . .
Carmen. — Sí, sí , sé. Una tem})oraditH de vacaciones, de dragonees. Pasar por solteros, hacer conquistas, divertirse ; olvidarse de que son casados. Eso les sienta bien a todos los maridos.
Paca. — Ya apareció aquello.
Lkgrand. — Son cargos graves, amigo !
Enrique. — Bah ! demasiado sabe Carmen a qué atenerse a ese respecto. Me conoce lo suficiente para no pensar en serio semejantes cosas.
Carmen. — Sí, sí : ])obres de nosotras ! Siempre conocemos lo suficiente a nuestros maridos, y sin embargo . . .
Legrand. — Bah ! Aprensiones, aprensiones. A ustedes les seduce de tal manera la idea de tener a don Juan Tenorio por marido, que se pasan viendo a doña Inés hasta en la cocinera.
Paca. — Y no siempre andamos descaminadas.
Carmen. — Sí, eso digo yo. Lástima que no esté aquí Alicia, para decirnos lo que opina !
Legrand.- j Salió Alicia?
Paca. — Sí . . . no sé. Creo ([ue fué a luicer unas compras ... o unas vi-sitas ... no sé.
Legrand. — Pero ... no reciben hoy, ustedes ?
Paca. — Sí, pero supongo que vendrá. No ha de demorar tanto en volver.
20i
Dichos y Alfredo
Alfredo. — ¿ Con que de marcha, entonces ? Enrique. — Así es.
Alfredo. — Un paseito saludable. ¿ Y por mucho tiempo ?
Enrique. — No sé. — Tal vez nos radiquemos allí definitivamente. — ¿ Decía, Legrand ?
Legrand. — Hablábamos con Carmen, del viaje. Parece que va no tiene miedo de naufragar.
Enrique. - Oh, no hay peligro.
Alfredo. — ( Sarcástlco. ) Sí, los barcos modernos son de muy sólida construcción.
Paca. — Sin embargo, se dan casos . . .
Leorand. — Bali ! ; un porcentaje insignificante. Y después, con los medios de que se dispone actualmente ...
Alfredo. — Sí ; y en el peor de los casos, lo más que suele pasar es que se hunde el barco. — El contingente se salva siempre de cualquier manera.
Carmen. — Sí ; se ha progresado mucho en ese sentido.
Paca. — Y lo que es a tí, no parece que te preocupe mayormente el asunto.
Legrand. — Oh ! no, no. Tenga la seguridad de que no renunciaría al viaje por un riesgo más o menos. — ¿ Verdad ?
Carmen. — No, efectiy amenté.
202 LA MORAL DE MiSIA PACA
Alfredo. — Cuestión de temperamento. Legrand. — O (le ganas de ir.
Enrique. — Sí ; también, también ! — Alicia está demorando.
Carmen. — Si . . . si tienes mucha prisa, nos despediremos luego.
Paca. — Sí, eso es. En la dársena.
Enrique. — Sí ; será lo más práctico ; porque aun tengo mucho que andar, hoy.
Carmen. — Podíamos hacer una cosa : Alienen a buscarnos a casa y luego vamos todos juntos ; les queda de paso.
Paca. — Sí, eso es; eso es.
Enrique. — Superior ! — ¿ Usted viene ahora con
nosotros, no ? Legrand. — Sí, sí. Vamos a ver si arreglamos eso
de una vez.
Enriqují. — Bueno, hasta luego, entonces. Salud,
amigo — hasta más ver. Alfredo. — Felicidad ! felicidad ! — Adiós, Carmen ! CUrmex. — Alfredo ! . . .
Alfredo. — Adiós, prima. — Y no tengas miedo; no naufragarás. ¡ Tú no naufragarás nunca !
Salen LeGRAND, EnRIQUE, Car^MEX y MlSIA PaCA. oyen fuera besos y voces de despedida. ALFREDO ha vuelto a sentarse junto al escritorio, y apoya la cabeza sobre la mano. Queda así un momento ; Juego, se levanta, mira por la puerta, vuelve al escritorio, se sienta nuevamente, saca un revólver del cajón, lo examina un momento, se cerciora de que está cargado, y luego lo mete en el bolsillo del saco.
ERNESTO HERRERA 203
murmurando: "Bueno' . Queda nuevamcnfe en una acíiíud de profundo ensimismamienio. MiSlA PaCA entra, lo mira* tiene un gesto de desaliento y luego se acerca a él.
Paca. — Alfredo.
Alfredo. — Ah ! ¿ estaba ahí ? Creí que había ido también a acompañar a los viajeros.
Paca. — ¿Qué te pasa ? ¿ Te sientes enfermo ? Estás pálido !
Alfredo. — No, no . . . Al contrario ... Al contrario ... Por qué me lo pregunta ? Paca. — Por nada, por nada. Alfredo. — Sí, sí. Paca. — ¿ Dices ?
Alfredo. —- No, nada. Estaba pensando en el examen. Paca. — Alfredo ! Alfredo. ~ ¿ Qué, mamá ?
Paca. — Dime la verdad, Alfredo ; tú sufres. Hace días que te noto preocupado, fúnebre ! Dices que es el examen, y hace ya más de una semana que no te veo abrir un libro. Vuelves a pasarte fuera de casa los días ... y las noches ; ya no estudias . . .
Alfredo. — ¿ Para qué ?
Paca — ¿ Para qué ? ¿ Ves cómo no me equivoco ; cómo no son infundados mis temores ?
Alfredo. — Pobre mamá ! ¿ Y qué es lo que usted teme ? Vamos a ver. ¿ Que vuelva a mi antigua vida ; que me arroje de nuevo en los braaos de . . •
Paca. — Sí, eso, eso.
Alfredo. — No, no ; tranquilícese ! Ya no. Ya no.
Ya no puede ser ! Paca. — ¿ Me lo prometes ? Alfredo. — Sí, vieja, sí | se lo prometo.
Paca. — Lo dices de iiua manera . . . como si te pesara.
Alfredo. — No, no. Es el recuerdo. Paca. — ¿El recuerdo ?
Alfredo. — Sí, madre, sí : he sido muy cobarde. Pero no hablemos de eso. ¿ Para qué ?
Paca. — No te entiendo, hijo mío • no te entiendo !
Alfredo. — Es justo. No lo entendería aunque se lo explicara ! ¿ Para qué volver a hablar de ella? Me ha visto usted abandonarla fríamente, calculadamente ! Aquella mujer había sido mi tabla de salvación, y yo procedí con ella como todos los náufragos : apenas vi brillar en el horizonte la lucecita soñada, la abandoné a las olas ! ¡Y las olas se la llevaron ! Ya no volvería a alcanzarla.
Paca. — Ni la necesitas.
Alfredo, — Sí. tiene razón ; ya no la necesito. Esta vez no me serviría !
Paca. — ¿ Esta vez ? — Entonces ! . . .
Alfredo. — Sí ; para qué ocultárselo. — Es como lo sui)one. — Es la lucecita que se aleja de nuevo.
Paca. — No tienes derecho a reprochárselo, Alfredo !
Alfredo. — No, no se lo reprocho. Es lógico. Tiene que ser así. — Es su moral que lo exige !
Pac.4. — Mi moral y la de todas las personas honestas, Alfredo. — Piénsalo un poco, reflexiónalo un poco. — ¿ Con qué derecho pones tú tus esperanzas en una mujer que no se ])ertenece, que no puede amarte sin faltar al más sagrado de los deberes ? — ¿O piensas que puede destruirse así, por el capricho, por la veleidad de un momento, la felicidad y la honra de una familia ?
Alfredo. — ¿Y si ella me amara ?
Paca. — Ella no puede amarte.
Alfredo, — Supóngalo,
p^CA. — No pnedo suponerlo. Carmen es una mujer honrada. (!on solo admitir esa posibilidad, la injuriaríamos.
Alfredo. — Tiene razón. Tiene razón. — Perdóneme. — Estoy diciendo tonterías. — No haga caso. Es que he vivido la infamia, y a veces me siento un poco contaminado de su amoralidad. — ¿ Lo ve usted ? — Ahora me olvidaba de que estábamos hablando de una mujer honrada ! — ¡ No podemos encontrarnos nunca ! — ¿ Para qué hablar entonces de estas cosas ?
Paca. — He sido yo la que he querido hablar. — Por tí ! Por tí ; Alfredo ! — Yo sé que no eres malo, a pesar de tus locuras ; sé que me quieres.
Alfredo. — Sí vieja, sí; mucho, mucho !
Paca. — Prométeme una cosa entonces : júramela !
Alfredo. — ¿ Cuál ?
Paca. — Que sabrás sobreponerte, que no descenderás de nuevo.
Alfredo. — Ya se lo he prometido. Puede estar tranquila a ese respecto. Se lo juro !
Paca. — Al fin, hijo mío, al fin ! Tú no sabes todo lo feliz que me haces. Tú no te imaginas todo lo que necesito de tu cariño en estos momentos !
Alfredo. — ¡ Pobre vieja ! ¡ pobre vieja ! Le he dado muchos disgustos, he sido muy malo con usted, la he hecho sufrir mucho !
Paca. — Olvida lo pasado ; olvídalo del todo, ¡ del todo ! — ¿ me entiendes ? — De esa manera me recompensarás. — Y ahora hablemos de otra cosa.
Alfredo — De otra cosa ?
Paca. — Sí. Hace ya muchos días que quería hablarte ; pero he vacilado siempre. — No me atrevía ! — Sin embargo tú eres el único a quien puedo confiar !
Alfredo — ¿Yis tan grave ?
Paca. — Demasiado, demasiado ! Se trata de Alicia. Alfredo. — ¿ Qué le pasa a Alicia ? Paca. — No sé, liijo mío : no sé. Pero me inquieta* Tengo el ]n'ese¡n ¡miento de una gran desgracia Alfredo. - Ah ! Sí . . . sí.
Paca. — ^;Comprendes ? Es por eso que necesito de ti. Tu hermana es una. niña, es demasiado niña !
Alfredo. — Sí, sí ; lo de siempie, lo de siempre ! La eterna inmoralidad del amor ! Y usted teme ; usted sabe algo, ([in/;')s ?
Paca. — Sí, sé. Hasta ;iliO!a, se trata sólo de un peligro, felizmente. xAun es tiempo !
Alfredo. — Y ella, le ha dicho ? . . .
Paca. — No : yo lo sé ; lo adivino, lo veo !
Alfredo. — ¿Y teme ?
Paca. — Sí, temo. Es ])or eso que necesito de ti. Tn eres el único que puede ayudarme !
Alfredo. — Yo . . . ¡ tan luego yo !
Paca. — ¿Y quién, entonces ? . . . Se trata de nuestro honor, Alfredo ! Es necesario salvarlo de cualquier manera ! Tú eres hombre, puedes hablar con él, pedirle que se aleje, obligarlo, si es necesario !
Alfredo. — Madre ! . . .
Pac.\. — Oh, Alfiedo ! ¿ Vacilarás ? Piensa que se trata de nuestro honor y de mi vida también. Tú sabes que yo no podría resistir a la infamia.
Alfredo. — En fin, en fin ! volvemos a lo de siempre ! Volvemos a no encontrarnos !
Paca. — ¿Me lo prometes ? di ; ¿ me ayudarás ? ¿Me ayudarás ?
Alfredo. — En íin. Sí, bueno. Haré todo lo posible. Paca. — Gracias, gracias, hijo mío ! Me has aliviado de un enorme peso.
Dichos y Alicia
Alicia, Buenas tardes. Paca. — ¿ Dónde has andado ? Alicia. De compras. ¿ He demorado mucho ? Paca. — • Recién salen Enrique y Carmen, Alicia. — Ah, sí. Supe que se van hoj. ¿ Salió Legrand ?
Paca. — Sí, salió con ellos. Embarcan a las 10. Tendremos que estar en su casa a las 9. Alicia. — Ah, sí, sí.
• La Criada
Criada. — Las señoritas de Rodríguez. Alicia. — Uf !
Paca. — ¿ Las has hecho pasar ? Criada. — Sí, señora.
Paca. — Bueno, está bien. ( Mufis de la Criado. ) Recíbelas tú, Alicia.
Alicia. — Yo no, mamá. No estoy en ánimo ; me duele un poco la cabeza. Dígale que esto}- indis- ¡luesta.
Paca. Indispuesta y a lo mejor te han visto por ahí ! Siempre haces las mismas.
208 LA MORAL DE MISIA PACA
Alicia. — Bueno, diga que lie ido a acompañar a Carmen, entonces. — No esto}^ en ánimo de recibir visitas.
Paí'A. — No estás en ánimo ! . . . Hace ya mucho tiem]:)© que no estás en ^nimo ! ( Mutis. )
Menos MiSIA Paca
Alicia. — ( Después de un prolongado silencio. ) ¿ Qué
dice Carmen ? Alfredo. — Nada ; ¿ qué quieres que diga ? Está
muy contenta. Alicia. — Feliz de ella ! Alfredo. — Feliz, ya lo creo, feliz ! Alicia. — ¡ Y tanto ! Irse ! ; irse lejos ! Alfredo. — Y olvidar.
Alicia. — Sí, eso : eso sobre todo. Olvidar ! . . . ( Ahogando los sollozos. ) Olvidar !
Alfredo. — ¿ Y eso ? ¿ lloras ? . . . ¿ Qué tienes ? ¿ qué tienes, Alicia ?
Alicia. — Nada, nada, Alfredo.
Alfredo. — Tonta !
Alicia. — ( Rompiendo a llorar. ) Es que yo también quisiera irme lejos, lejos ! . . . Soy muy desgraciada. So_y muy desgraciada, Alfredo !
Alfredo. — ¡ Pobrecita ! . . . Ven, levántate. ¡ Pobrecita ! Cuéntame, vamos a ver.
Alicia. — ( Siempre enfre sollozos. ) Soy muy desgraciada, Alfredo !
Alfredo. — Sí, sé ; \o sé.
Alicia. — Tú ! ... Tú también . . . Alfredo. — Sí, sí !
Alicia. — ( En un fono de suprema angustia. ) Perdóname, perdóname, Alfredo ! Yo no tengo la culpa. Lo amaba demasiado !
Alfredo. — Ali . . . sí, sí, comprendo ; comprendo^ pobrecita ! ( Pausa, ) Cálmate, cálmate — no ves? — yo también sufro como tú ; ya lo ves, igual que tú.
Alicia. — Oh ! gracias, gracias ; qué bueno eres ! ( Suspira como sintiendo una sensación de alivio. ) Gracias. Al fin ! ( Se calma gradualmente, incorpórase, arregla el cabello con un gesto de inconsciencia, y luego, mirando fijamente a Alfredo : ) Díme, díme. ¿ Qué hago ahora ? Qué hago ahora, Santo Dios ! Díme, aconséjame, ya que comprendes !
Alfredo. — ¿Y qué ; qué quieres que te aconseje yo ? Nada. Yo no puedo aconsejarte nada.
Alicl-^. — Oh ! ... tú también ! . . .
Alfredo. — Aconsejarte ? Y qué ? Tú lo sabes ; tienes dos caminos para seguir, nada más que dos caminos !
Alicia. — Sí, comprendo.
Alfredo. — Ya lo sabes. Uno es el usual, es el que sigue la mayoría, es hasta casi de buen tono . . . y es el más práctico también.
Alicia. — El engaño ! ¡ El engaño !
Alfredo. — Sí, ese. Es el más repugnante, si tú quieres . . . pero es el más fácil. El mnndo lo sabe, lo comenta en voz baja, y lo critica ... o lo ríe ; pero le queda el recurso de ignorarlo oficialmente. Y el mundo perdona siempre, a condición de que, oficialmente, se le deje el recurso de ignorar. ( Pausa. ) Yo, qué quieres, yo no me atrevo a aconsejarte ninguno de los dos, aun-
que ... si te sintieras capaz, te diría por tu bien que siguieras el otro. Alicia. — ¿ El otro ?
Alfredo. — Sí, el otro. Cortar radicalmente. Renunciar definitivamente al amor. El camino de Carmen.
Alicia. — ¿ Y tú ? . . . tú ! . . .
Alfredo. — Sí, mira ; sí. Yo sé que es muy doloroso pensar eso, cuando se tiene veinte años^ como tú, o cuando se tiene treinta, como yo ! Pero es así, hermana. Es así, desgraciadamente, El amor grande, sincero, limpio, incapaz de mentir y de calcular ; ese amorcito ciego, tan bonito, que no sabe hacer cifras ni pensar en el mañana ; ese amor tal cual lo sentimos nosotros, no es de este mundo, hermana ! Es un amor inútil y hasta deshonesto ; no se adapta al matrimonio. Es como esos pájaros muy bonitos, que cantan tan lindo . . . pero que no sirven, porque se mueren en la jaula. El que quiera oírlos cantar tiene que ir a la pradera. ¿ Comprendes ?
Alicia. — No, no ; no me conformo ! Eres demasiado pesimista ! Queda otro aún ; queda otro camino !
Alfredo. — ¿ Otro ?
Alicia. — Sí ; la verdad ! ¡ La verdad desnuda !
Alfredo. — ¿ La verdad ? No seas loca ! No seas loca, muchacha ! ¿ Dejarlo a tu marido, irte con el otro públicamente, ponerte fuera de la moral establecida, que es lo mismo que ponerse fuera de la ley 7 No seas loca. No digas tonterías.
Alicia. — Sin embargo . . .
Alfredo. — ¿ Y qué conseguirías con eso ? ; vamos a ver. Nada. Nada. Acuérdate del pajarito que se muere en la' jaula. Ese amor tan grande que sientes ahora, perdería todo su atractivo, deja-
ría de cantar, j el amado de tus sueños quedaría reducido en la monotonía cotidiana, a un marido como todos. Alicia. — Sin embargo, tú . . .
Alfredo. — Sí, yo también creía; pero me he convencido de que no puede ser. Es así la vida hermana ! Dale a Romeo la llave de la puerta del zaguán y luego ponte a contar los días, a ver cuánto dura el idilio de Shakespeare. Mira, sigue mi consejo. Si tienes alguna estima por tu arrior, mátalo ; pero no le quites la escala de seda !
Alicia. — Matarlo ! No, no podré ! ¡ no podré !
i^LFRBDO. — Entonces . . . emplea el recurso de todos con el pajarito que se muere en lu jaula. Quédate en casa, y cuando sientas muchas nostalgias de su canto . . . vete a oirlo a la pradera.
Alicia. — Oh, no ! No ! . . . — Para eso es necesario disimular, mentir, hacer comedia ! — ¡ Y yo no me siento capaz !
Alfredo. — ¿ No te sientes capaz ? Entonces mátalo, mátalo hermana ; sigue mi primer consejo : mátalo.
Alicia. — No, no. Me quedo con mi camino.
ALFREDO. — ¿ Con tu camino ? — De eso si que creo que no te vas a sentir capaz. — Para seguirlo, hay que pasar por encima de. la moral establecida ; y eso es muy difícil ... Es imposible para quien ha vivido como tií. Ya ves; yo, hombre 3- todo como soy . . . quise vivir la verdad ; estaba resuelto a vivir la verdad ; — y ya lo ves : en cuanto volvió a sonreirme la mentira, la abandoné. Es así, desgraciadamente ; es así. Y luego, es necesario vencer tantos obstáculos para seguir el camino ese ! Es necesario arrollar tantos afee-
12 LA MORAL DE MISIA PACA
tos y pasar por encima de tantas cosas"qiie nos son imprescindibles ! . . . Ya lo experimentarás. Alicia — No me importa, no me importa ; no tengo miedo. Estoy resuelta a todo. Seguiré mi camino !
Alfredo. — ¿Te sientes «apaz ? Alicia. — Sí, me siento capaz.
Alfredo. — Piénsalo, piénsalo bien — y luego ... si te sientes capaz — cierra los ojos y sigúelo. ( Medio mutis. )
Alicia. — ¿Te vas ?
Alfredo. — Sí, me voy. Yo también tengo casi elegido mi camino. Alicia. — Pero vuelves ?
Alfredo. — No sé ! quizás ! En fin . . . no sé. Adiós, hermana.
Alicia. — Hasta luego; hasta luego, Alfredo!
Alicia queda un momenfo pensafiva, irresoluta. Luego, con el gesfo de quien toma enérgicamente una resolución definitiva, va rápidameiife hasta el escritorio, escribe unas lineas con gran nerviosidad, cierra ¡a carta dentro de un sobre, y hace sonar el timbre.
Criada. — ( Asomando. ) Señora.
Alicia. — Aquí queda esta carta para el señor.
Criada. — ¿ Va a salir ?
Alicia. — Sí ; nada más.
Criada. — Está bien. ( Mutis. )
Alicia. — ( Se levanía, mira el sobre como vacilando aún, y luego, con resolución enérgica : ) Sí ; la verdad ! La verdad ! ( Entra rápidamente en su habitación. )
MisiA Paca; en seguida, Alicia
( Misia Paca entra mirando espantada hacia la puerta por donde ha salido Alicia, como presintiendo una catástrofe. Llega hasta el escritorio, mira el sobre y lo da vuelta entre los dedos, en actitud de no comprender. En este momento, Alicia, que sale ya con el sombrero puesto para marcharse, se encuentra frente a Misia Paca, que la mira espantada. Hay una corta escena muda entre las dos. )
Paca. — Qué ! ¿ Vas a salir otra vez ?
Alicia. — ( Completamente desconcertada. ) Sí . . . pensaba. ¿ Ya se fueron las de Rodríguez ?
Paca. — Sí. ( Por el sobre. ) ¿ Y eso ? ¿ Desde cuándo le escribes a tu marido, así ? , . ,
214 LA MORAL DE MI8IA PACA
Alicia. — No, no es nada. Una esquelita. Como es
probable que vuelva antes que yo . . . Paca. — ( Severamenfe. ) Alicia ! Alicia. — ( Con algo de aplomo, todavía. ) (, Qué ? Paca. — ¡ Alicia !
Alicia. — ( Compleíamente dominada, y en un (ono casi de súplica. ) Mamá ! . . .
Paca. — Mírame, mírame bien ! ¿ Qué te propones ? No, no intentes engañarme ! Habla, di ; ¿ qué te propones ? ¿ A dónde ibas ? Di ; contesta. ( Toma rápidamente la carta y rompe el sobre, disponiéndose a leerla, )
Alicia. — ( Tratando de arrebatársela. ) No ! No ! ~ Déme eso, mamá !
Paca. — ( Forcejeando. ) No ! — Sal ; déjame leer. (Empujándola violentamente. ) Déjame leer !
Alicia. — ( Cae sobre un sillón suplicande ahogadamente : ) Mamá ! Mamá !
Paca. — ( Lee y queda un momento contemplando la carta ; luego con indignación sorda. ) Desgraciada ! Desgraciada ! — ( Deja la carta sobre la mesa y se abandona sobre un sillón, llorando desesperadamente. ) Desgraciada ! — Desgraciada !
Alicia. — ( Suplicante. ) Perdón mamá ! — Soy una indigna ! — He sido una desgraciada !
Paca. — Sí, puedes decirlo ; bien puedes decirlo ! — Tú j él y yo j todos ! — Todos !
Alicia. — ( Cayendo a sus pies. ) Perdón, perdón, mamá! He sido muy desgraciada !
Paca. — Sal ! — Sal de aquí ! — No te me acerques ! — Canalla !
Alicia. — ( Abrazándose a sus rodillas. ) Mamá ! Paca. — ( Empujándola violentamente. ) Canalla ! Alicia. — ( Cae y queda en el suelo, llorando desesperada^ menté. ) Mamá ! Mamá \
Paca. — (Algo conmovida. ) Llora, sí, llora ! — Llora infeliz ! ( Queda mirándola un momento, como luchando consigo misma ; luego, en un fono de completa conmise" ración ) ¡ Pobre, pobre hija mía ! Eres muy desgraciada ! Eres demasiado niña ! ( Acudiendo a ella. ) Ven, pobrecita ; levántate. ( Le toma la cabeza con las dos manos, atrayéndola amorosamente contra su pecho. ) Me haces sufrir mucho ! Me haces sufrir mucho, hija mía !
Alicia. — Soy una indigna. Déjeme que me vaya, lejos ! Es el único camino que me queda !
Paca, — Ven, ven ; no te pongas así ! Sufres muchoSufres mucho, hija mía !
Alicia. — No ! no ! déjeme ! Déjeme que me vaya !
Paca. — Sosiégate ; sosiégate ! ¿ A dónde quieres ir ? No ves que estás conmigo ? ¿ A dónde quieres ir ?
Alicia. — Sí, mamá, sí ; no debo, no tengo derecho !
Paca. — Vamos ; tú estás trastornada, hija mía ! Cálmate, no llores más ; cálmate ! Es necesario. Legrand puede venir !
Alicia. — Sí ! y lo sabrá ; y lo adivinará todo ! Yo no podré ocultárselo ! Déjeme que me vaya ! Déjeme que me vaya, mamá ! Esto no tiene remedio !
Paca. — Tiene, sí ; tiene remedio. ¿ Cómo no ha de tenerlo ? Te quedarás aquí conmigo y serás juiciosa y te arrepentirás, y Dios te perdonará al fin, como yo te he perdonado.
Alicia. — Y él ? Y él ?
Paca. — El no lo sabrá nunca ; cálmate ! Yo te prometo que no lo sabrá nunca ! Pero tú te arrepentirás y serás juiciosa. ¿ Verdad que sí ? Tú me lo prometes, tú me lo juras, verdad?
Alicia. — ( Como inconscientemente. ) Sí. Sí. ( Hay en ella un momento de lucha definitiva ; luego, toma la caria re-
sueltamenfe, la rompe en pedazos y la arroja a la esíufa, murmurando : ) Tenía razón ! No puede ser ! No puede ser ! ( Rompe a llorar dasesperadameníe. )
Paca. — Hija ! Hija mía ! Pobre hija mía ! ( Llora un momento. Luego, tratando de reanimarla : ) No llores más ; ven, arréglate ese pelo. Te has puesto a la miseria ! Ven. ( Le arregla las ropas y le acomoda el pelo solícitamente. ) Arréglate ese pelo.
Alicia. — Sí, sí. ( Se acomoda el peinado frente al espejo y luego se sienta junto al escritorio, con la cabeza entre las manos. Misia Paca, en tanto, se limpia las lágrimas cuidadosamente. )
Dichos / Legrand
LbGRAND. — Uf ! Vaya un frío. ( Observando las caras. ) ¿Y eso? ¿Fúnebres? ¿Quién ha muerto aquí?
Paca. — No . . . nada. Carmen, la pobre, que se nos va.
Legrand. — Valiente tontería. ¿ Y por eso se llora ? Vamos, vamos ! . . . (Se acerca a Alicia y le toma la cabeza con mimo. ) Qué niña eres ! ¿ Pero cómo ? . . ^ Tú tienes fiebre ! Tú estás enferma, Alicia.
Alicia. — No ... no ... no es nada. No es nada.
Legrand. — Oh, no ; debieras haberte acostado ; es necesario acostarse. Carmen bien puede perdonarte el que no vayas a despedirla. — Ven.
Alicia. — No, no ; déjame !
Legrand. — Oh, no ; tienes mucha fiebre, Alicia. Ven, acuéstate, acuéstate en seguida. ( La toma por la cintura, le da un beso en la frente y la conduce
hacia la habitación. ) Chicuela ! Chicuela ! Ven, acuéstate. Verás cómo en seguida te sientes mejor-
Alicia. — ( Abandonándose a él. ) Sí, sí ! Ya me siento mejor. ¡ Ya me siento mejor !
Paca, — ( Permanece durante toda esta escena observando nerviosamente dos pedacitos de carta que han caído, alarrojarlos, fuera de la estufa. Cuando Legrand y Alicia desaparecen al fin, lanza un suspiro de alivio y recoge precipitadamente los dos papelitos, vuelve a mirar en torno suyo, cerciorándose de que no la ha visto nadie, y luego, tranquilizada ya, los contempla como gozando su triunfo. ) ( Leyendo. ) « Amor », « Verdad ». ( Hace un gesto, como diciendo : « qué locura ! », — «qué tonteria !»; — los rompe cuidadosamente, los arroja a la estufa, y revuelve las brasas triunfalmente, convencida de que ha concluido para siempre con los dos más encarnizados enemigos de su santa moral. )
Meló, Noviembre de 1911.
CONCLUSIÓN
PARA TERMINAR
No hemos querido poner en este libro sino los elementos de juicio imprescindibles. Creemos que la simpática personalidad extinta no ha sido estudiada debidamente todavía. Hemos prescindido de piezas como El pan nuestro y El caballo del comisario que poco agregan a su labor teatral. La segunda es una • obra de circunstancias », escrita para * llenar el cartel». El pan nuestro tampoco nos resulta imprescindible en este libro, desde que se desarrolla en Madrid y Ernesto Herrera, como Florencio Sánchez, era antes que nada, un maravilloso pintor de costumbres locales. Por eso El león ciego tiene una rotundidad que no logra La moral de Misia Paca, desarrollada en un ambiente social superior.
Fallecido Herrera, la prensa montevideana dedicó sueltos más ó menos sentidos al * bohe-
'222
mió > . La obra del dramaturgo se comentó a la ligera. Algo de esto pudimos ver que sucedía en la Argentina, donde Herrera estrenó El Esíánque y El león ciego, con indudable éxito. Reproducimos algunas líneas de las noticias necrológicas que se insertaron:
LA NACIÓN
• Muere joven y sin haber podido desarrollar las dotes nada vulgares que revelara en sus primeras producciones escénicas. Estas, aunque muy bien acogidas por la crítica y por cierta parte del público, no le dieron en ningún momento las ventajas que el teatro suele proporcionar a autores menos escrupulosos y menos apegados a un credo estético. »
LA ÉPOCA
* En Montevideo se le ha considerado por el vigor de sus creaciones, el continuador de la obra teatral de Sánchez. Desgraciadamente Herrera ha dejado su obra inconclusa, pues muere prematuramente, cuando aún en su cerebro se gestaba la idea de su labor futura, labor de madurez y de orientación definitiva de la cual hubiera sido primer fruto sazonado, Las /¡'eras — obra que deja
t)E ERNESTO HERRERA 228
sin lerminar — y donde tal vez hubiera conquistado un puesto de maestro en ia pléyade de los autores teatrales ríoplatenses. »
LA PRENSA
• Dió a su patria una prueba evidente de su poderosa visión teatral con Eí león ciego, drama intenso en cuyos tres actos palpita y vibra por entero el pueblo uruguayo, con sus apasionamif:ntos partidarios, sus caudillos, sus revueltas y su eterno dolor, subrayado por las crueldades de la soldadesca bárbara. La noche del estreno de El león ciego el pijblico decidió, en señal de homenaje, acompañar al conquistador de tan buen éxito, en manifestación hasta su domicilio. »
IDEA NACIONAL
* Dramaturgo con un realismo tal, con una concepción tan humana cual pocos han existido en. nuestro teatro ríoplatense, obtuvo éxitos inmensos en El estanque, La moral de misia Paca. De mala ¡aya, El caballo del comisario y El pan nuestro. El león ciego es otra de sus grandes obras ; tragedia en la que vive y palpita la vida rebelde y agitada del pueblo en que naciera. »
TRIBUNA
« Se ha extinguido un ingenio peregrino, una pasión por el arte y un inmenso amor a la humanidad. El telón ha descorrido sus pliegues para dejar trunca una singular escena : un hermoso idilio vivido en plena juventud, que ha sufrido el encuentro terrible de ansias infinitas de vida y la angustiosa seguridad de una muerte próxima. »
EL DIARIO
• Ernesto Herrera tenía positivas condiciones de autor ; observaba con cierta profundidad, su diálogo era fuerte y quería que sus obras tuvieran vigor de ideas. En general, quizá por su precario estado de salud, era un poco pesimista, y sufrió, como todos los jóvenes, esa especie de fiebre que lleva a los escritores a ensalzar las vidas humildes, los errantes, etc. »
LA RAZÓN
* Con Ernesto Herrera pierde el teatro rioplatense un vigoroso temperamento de escritor: el espiritu sensible y penetrante que en El león ciego supo sentir con tan honda penetración el
DE ERNESTO HERRERA 225
grave problema sociológico que la política criolla plantea para su país. »
ÚLTIMA HORA
• Escritor realista, de robusta concepción y técnica segura, deja para el teatro sudamericano piezas de sutil observación e hidalgo apostolado, que colocan su firma entre las que no deben olvidarse. Se va con él una figura relevante del teatro nuestro. Se va con é! un camarada . . . Es para esta hora de las alabanzas, que los hombres deben deponer todos sus rencores para enviar al cortejo que pasa, la expresión de su dolor, que tiene algo del amor a sí mismos también, »
INDICE
ÍNDICE
Págs.
Cómo surgió la iniciativa 7
El Estanque 23
Mala Laya 85
El León ciego 101
La Moral de Misia Paca 157
Palabras de la prensa argentina 219
Con esta cbra, se brindan a la crítica elementos de juicio para estudiar uno de los más interesantes temperamentos dramáticos surgidos en el Río de la Plata.
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