El teatro uruguayo · Capítulo real 5 de 6

ACTO III

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 9 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

ACTO III

( La misma decoración del anterior. Aparecen en escena Gumersindo y Machi(o sentados en primer término junio al rancho de la izquierda. Goye, toda vestida de negro, estará sentada junto al rancho de la derecha cosiendo ropa blanca y Pancha, junto al rancho del foro, lava en una tina, canturriando a media voz « La loca del Bequeló. »

Machito. — f.; Entonces ánra abuelito nos estará

mirando ? Gumersindo. — Ansina es, mijito. Machito. — Y tío Hilario tamién, tata viejo ? Gumersindo. — Tamién mucliaclio, tamién ; tan

cielo los dos. Machito. — Qué raro, eli ? Allá arriba? Gumersindo. — Allá arriba, mijito; con tata Dios. Machito. — Y diga, tata viejo: todos ios que se

mueren se van pa allá arriba? Gumersindo. Asio-úu. Ijos que jueron güenos se

van pa allá arriba : los otros van pa a})ajo ;

¡ bien abajo ! . . .

Machito. — Y diga : entonces abuelita y el finaiUto Hilario, tan allá arriba?

Gumersindo. — Ya se lo he diclio, mijito.

Machito. — i Qnó raro, ^ no ? . . . ¡ Allá arriba ! . . , ¿ Y de dónde se agarran pa no cáirse ? A mi me daría miedo tar tan arriba ?

Gumersindo. — Nunca ha vido nsté los pajaritos cuando vuelan de las ramas y suben y suben y no se cáin nunca ? Las almas de los güenos son ansina mesmo. Igual que los pajaritos !

Machito. Entonces cuando usté se muera tamién va a ser un pajarito ? . . . Ja ja ja.

Gumersindo. — ( Con rabia.) De qué te ráis, muchacho ?

Machito. — No se enoje. Era que taba j)ensando y me pareció que lo véia volar ... Ja ja ja . . , cuando usté se muera viá salir pa verlo !

Gumersindo. — No, mijito, no ; yo no viá volar, viá dir pa abajo, bien abajo. Su tata viejo no va a volar, amiguito. No jué güeno.

Machito. — Oh ! . . . y por qué ? — diga, ,^;por qué no jué güeno ? ( Tironeándole de la manga. ) Diga, tata viejo, ¡ tata viejo ! . . .

Gumersindo. — Déjeme en paz, canejo ! — No tengo ganas de hablar, hoy. ¿ Me ha oído ?

( Machiío lo mira un momento ; luego, se aleja hacia el loro, y queda parado como mirando algo. En seguida, corre, desapareciendo por la derecha, al tiempo que griía : Guacha ! . . . venga pa acá, le digo. Cha, animal zonzo. — Gumersindo permanece un momento silencioso ; luego, murmura : En lin ! . . . en fin ! — Saca la cajita del bolsillo, y se pone a contemplar la divisa, como en el acto anterior. Hay un corto silencio. Pancha, al foro, sigue canUirriando «La loca del Bequeló • .

Dichos menos Maciiito

GoYA. — ¡ Pancha ! Cállese iin momento, ¿ quiere ? Me hace mal sii canto.

Pancha. — Ave María, che ! Ni que vos cantaras mejor ! Todo lo que uno hace les incomoda ! Si conversa, porque conversa ; si canta, porque canta. Estás muy delicada vos. ( Acercándose a Goya. ) Y decí, che : ¿ hoy tampoco no se come ?

GoYA. — Yo no sé ; el negro no ha venido.

Pancha. — Estará a monte, che. Debe andar gente cerca, por ay. Y" dispués, che, la última gente que anduvo, ha cáido como langosta ; no han dejan ni una vaquita flaca ni una ovejita apestada pa remedio. A mí se me arma un enriedo en las tripas, solamente de pensarlo, che.

Goya. — A la verdad, que si esto sigue ! . . .

Pancha. — Sabes una cosa ? Ayer me dijo la negra que había óido contar que se acabó la guerra ?

Goya. — ¿ Será cierto ?

Pancha. — Debe ser nomás. Ya es tiempo. Dice que hubo una pelea fieraza, y dispués se arregló todo. Ella debe haberlo óido en la pulpería. ( Nefando la palidez de Goya. ) Ave María, che ; parece que te hubiera dado un báido. Y bueno ; debe ser la debilidad. ¿ Sabés que está gorda la guacha 'r* Lindo costillar ! Pero qué te pasa, che ? Tas llorando ? Qué bicho te ha pican áura ?

Goya. — ¡ Julián ! ¡mi Julián !

Pancha. — Ji'súh, che ! Ni que se lo hubiera llevan

Mandinga ! Ya vendrá, che ; no te aflijas ; dejnramente ha de estar mejor que vos. La guerra es cosa fiera, pero tansiquiera, se come. Sabés lo que estoy pensando, che ? Podíamo carniar \íi guachita. De todas maneras . . . un día u otro se va a morir. Qué te parece, che ? GoYA. — Qué ?

Pancha. — Si carniáramos la guachita.

GoYA. — El qué ? La ovejita del nene ? ¡ Usted está loca ! Un animalito que se ha criado en casa !

Pancha. — Ta güeno ! Mirá vos ! Y las otras no se habían criau tamién en casa ?

GoYA. — Ali ! pero es distinto. No eran como ésta, pobre animalito !

Pancha. — Salí di'ay. Lástimas pa una oveja ! ¡ y cuando hay liambre ! Mucho lujo, che ; mucho lujo ! Habías de verla en el asador, cliorriando grasita ! ¡ y con ese olorcito tan lindo, che ! De pensarlo nomás ya se me hace agua la boca. Gordita como está ; mirá vos ! Lástima pa una oveja ! . . . ( Mutis por el foro. )

Menos Pancha

GoYA. — ( Acercándose a Gumei'sindo. ) ¿ Sabe una cosa, viejito "? Dice Pancha que ha óido decir que se acabó la guerra.

Gumersindo. — En hora güeña.

Goya. — Qué le parece a usté, tata ?

Gumersindo — Y . . . quién sabe ; puede sev nomás. — ¿Le encendiste las velas a las ánimas ?

GoYA. - Sí ; son las últimas que quedan.

Gumersindo. — Güeno, mañana entonces'ay que mandar al gurí a la pulpería. De paso puede que traiga noticias. En fin ! ¡ en fin ! ( Pausa. ) Decime, che : no hay carne'ay ? . . .

GoYA. — No, no queda nada ; e\ charque se acabó ayer. Si el negro no trae algo . . .

Gumersindo. — Se me hace difícil ; debe andar a monte. ( Pausa, ) ¿ Sabes lo que podíamo hacer ?

GoYA. — La ovejita ! . . .

Gumersindo. — La ovejita, mesmo : podíamo carniar la ovejita.

GoYA. — ¡ Usted también viejo ! Ese pobre animaUto ! . . .

Gumersindo. — Y . . . qué querés ! A mi tamién se me hace cuesta arriba pero . . . qué se le va a hacer; no nos vamo a morir de hambre.

GoYA. — Es que ... un animalito así, tata ! que uno lo ha visto criar ; que es como de la familia !

Gumersindo. — Sí, güeno, pero . . . vos comprendés. El hambre hace tiempo que se olvidó e'tener lástima. Y disjDUés .-. . antes semos nosotros que la oveja.

GoYA. — Sí, pero . . .

Gumersindo. — Vos siempre sos la mesma; siempre ese corazoncito e'manteca que no quiere aprender a ser criollo. Mirá : dejámela a mi nomás. Te encerrás en el rancho y cuando salgás ya tenés el asadito pronto. Si vos mesma te vas a chupar los dedos. Andá : decile a Pancha que cuelgue la oveja nomás.

GOYA. — Pero tata ! ¡ tata ! Lo vamoa a hacer llorar a Machito.

Gumersindo. — ¡ Mirá quién ! Andá. llámalo de gusto !

Che Machito ! GoYA. — ¡ Pero tata ! ¡ tata !

Dichos, Machito, y luego, Pancha

Machito. — Me llamaba, tata viejo ?

GovA. — ¿ No es verdad, mijito ; no es verdad que usted no quiere que le quiten su ovejita ?

Machito. — La guacha ? No será. Es mía la guacha.

Gumersindo. — Tiene que conformarse, amiguito ; no hay más remedio. Usté ve ; no ha}" carne. No ha}^ más remedio, amiguito. Tiene que conformarse.

Machito. — Ah ! . . . ¿Es pa carniarla ? ¡ Qué lindo i

¡ La cara que va a poner ! GoYA. — ¡ M ' hijo ! ¡ M ' hijo ! . . . Machito. — Dejála, mamita ; si no sirve pa nada

bicho ese. Me la deja ver cuando la carnee, tata

viejo ?

Gumersindo. — Sí, mijito ; usté me va a ayudar.

Vaya, dígale a Pancha que la cuelgue nomás. Machito. — Qué farra ! Pancha ! ¡ vieja Pancha !

Vamo a carniar la guacha ; venga ! Pancha. — ( Sale por el foro. ) Entonces, se la cuelgo

nomás ?

Gumersindo. — Sí, cuélguela nomás.

Pancha. — ¡ Qué lástima ni lástima ! Ta claro, hombre. ( A Machiío. ) Güeno ; andá ; agarrámela vos, que yo ya no estoy pa correr, ( Mutis izquierda. )

MaCHITO. — (Se dirige hacia la derecha, corriendo ; luego, vuelve a pasar, arrasfrando de una pala a la oveja. ) Venga pa acá, le digo ! . . . Puclia, biclio desgracian.

Menos Pancha y Maoiijto

( Pausa. ) GoYA. — Será verdad, viejo ? Gumersindo. — Lo qué ? GoYA. — Lo que dice Panclia.

Gumersindo. — Y . . . quién sabe. Puede ser nomás. GOYA. — Entonces, Julián . . . Por qué no está aquí Julián, tata ?

Gumersindo. — Y . . . quién sabe. Antes que licenceen la gente, siempre se pasan algunos días ; y dispués , . . quién sabe por dónde andarían ; andá a saber. Es grande el pais !

GoYA. — Es que ... yo no sé ; tengo una tristeza ! una tristeza, tata ! ... Se me liace que ya no lo vo3^ a ver más ! . . .

Gumersindo. — Siempre estás vos pensando lo malo, muchacha ! Vamo, mijita ; venga pa acá. Alleguesé a mí. No esté'ay pensando cosas tristes. Julián viene ; puede ser nomás que ya esté rumbiando pa acá. Si me parece que lo veo ! Matando el mancarrón pa llegar ])ronto al pago a darle un abrazo juerte a su mujercita. No se añija, mijita ; ese matrero va a cáir de un momento a otro ; cuando usté menos ])iense. Pero áura no esté llorando.

GoYA. — Es que uo puedo remediarlo, tata. Tengo como un presentimiento ; como una idea que me ahoga. Sí, tata sí ; me lo han matan . . . me lo han matan . . . No lo voy a ver más ... El corazón me lo está diciendo desde el día que se fué !

Gumersindo. — El corazón ? Siempre ese corazoncito e'manteca ! Mira ché ; todas las mujeres piensan lo mesmo ; todas las que tienen a alguno e'la fp.milia en la guerra, estarán áura llorando como vos. A todas les dirá lo mesmo el corazón. Y sin embargo ya vés : cuantos corazones mentirosos no andarán'ay dando disgustos al ñudo. Todos los que van a la guerra no mueren. Ya ves vos ; yo me hallé en trainta y tantas y por suerte o por desgracia, entoavía lo puedo contar-

GoYA. — Pero es que ...

Gumersindo. — Bah ! bah ! mijita : déjese de ideas negras áura. Socieguesé y no piense más en eso. ¡ Qué diablo ! Vayase hasta'ay a ver si me han colgau la oveja ; vaj^a mijita. Vamo a ver si podemo carniarla ante que se haga noche ; vaya. ( Goya sale muy lentameníe dirigiéndose hacia la izquierda del segundo término y hace muíis. ) ¡ Pobrecita ! ¡Pobrecita ! En fin, vamo a ver ; vamo a ver. Todo está triste : todos se jueron diendo. Hilario . . . la viejita . . . En fin . . . vamo a ver ... ¡Si hasta yo, parece que siento un ñudo en la garganta ! , . .

Enfrun MacmiTO y GoYA, que se queda parada en medio de ¡a escena como mirando al campo.

Machito. — Ya tá colgadita, tata viejo ; no g-rita ni

nada. Pucha ; bicho desgracian. Gumersindo. — Güeno ; vamo a ver. GoYA. — A ver che Macliito, fíjate. Aquello . . . parece

un ginete.

Machito. — ( Acercándose. ) A dónde ? . . . bandiando la tapera e'los vascos ? Qué va ser ! ... Si es un arbolito !

Gumersindo. — Güeno, vamo a ver si puedo carniar

el bicho ese : al tanteo noraás. GoYA. — La va carniar usté, tata? Gumersindo. — No . . . ¿ entonces quién ? Lo que

sos vos . . . me parece que te morís de liambre

antes.

Machito. — Tata viejo . . . diga : me la deja carniar a mi ?

Gumersindo. — Vos no sabes, mucliacho. Machito. — Pero si es fácil, nomás. Me la deja, tata viejo ?

Gumersindo. — Si no sabés ; no sabés ! . . . Machito. — No vi 'a saber ! . . . Mire : se le hace un

tajo, se le mete el cuchillo por la olla, y ya estáGumersindo. — Mirá el gaucho ! Así me gusta ! Ta

güeno, amiguito. Así me gusta. Carnéela usted

nomás.

Machito. — Qué farra ! . . . ( A Goya. ) Ves, mamita, yes ? El viejo me la deja • la yiá carniar yo.

GoYA. — Qué ? . . .

Gumersindo. — Venga, amiguito ; le viá ' enseñar cómo se hace. Venga conmigo nomás.

GoYA. — Pero viejo ! ¿ El nene ? No, no ! . . . Usté no, mijito ; usté no.

MaCHITO. — Jesús ! tanta parte por un bicho e' porquería.

Gumersindo. — Déjelo que se haga hombre, canejo !

Que me lo quiere criar al muchacho metido entre

las naguas. No faltaba más ! Déjelo que se haga

hombre ; que vaya aprendiendo e'todo. GoYA. — Pero tata, caramba . . . usté ve . . . No es

bueno ... Es demasiado chico ! Gumersindo.— ¿Demasiau chico ? Yo a la eda'dél ya

había aprendido a carniar hasta . . . cristianos.

Déjelo nomás. Si él es todo un criollaso ! Venga

conmigo, amiguito. GoYA, — Pero tata, por Dios ! No, Machito ; usté

no ! . . .

Gumersindo. — Dejáme a mí nomás! Tomá, guardá..- ( Le da la divisa. ) Poné eso en su sitio. No se vaya a manchar con sangre e' oveja ! ( Mutis con Machifo foro izquierda. )

Meno5 Gumersindo y Machito

GoYA. — ¡ Todos ! j todos liones ! ¡ siempre ! ¡ siempre ! ( Se echa en la silla llorando desesperadamente, y luego murmura ahogada por los sollozos : ) Dios mío J

Dios mío !

(Desde adenlro, se oye la voz de Machito. que dice :) — Pero si yo sé . . . yo sé ! ) GOYA. — ( Tiene un gesto de desesperación, y luego se mete en el rancho sollozando : ) No puedo más, no puedo más !

( La escena queda desierta un inoniento. Luego, se oye la voz de Machito, que grita : — Ya cantó pal carnero nomás ... ja ja ja ! La cara que puso. Viera, tata viejo la cara que puso. Qué bicho disgraciau la oveja ! — Gumersindo aparece por donde salió, después de un momento, j

Gumersindo. — ( Desde el foro. ) Güeno ; ta güeiio. Te has portau. Vamo a ver como me la cueriás áura. No me tajiés el cuerito, eh ? Sácalo enterito nomás, con eso te viá hacer un cojinillo pa recuerdo. ( Avanza tanteando hasta dar con la silla. ) Lindo muchacho ! . . . Cam])eraso ! ¿ Qué me decís vos áura ; qué me decís de tu hijo ! ( Mira para todos lados. ) Go^'a ! Che Goya. ¿ Dónde estás ? Pobrecita I . . . Habrá tenido miedo e'oir los balidos . . . Pobrecita ! En fin . . . Pobrecita ! . . • ( Queda un momento en silencio y luego levantando la cabeza como si oyera algo. ) Che Machito ! . . .

Arturo se asoma por e/ lado derecho del /oro como espiando; luego al ver que el viejo está solo, avanza despacio hacia él. GUMKRSINDO 5e para al oír los pasos, con el semblante resplandeciente de alegría y los brazos abiertos.

Gumersindo. — j M'hijo !

Arturo. — Buenas tardes, padrino.

Gumersindo. — ( Con desencanío. ) Ah ! sos vos ? ( Pausa. ) Y ya concluyó eso ?

Arturo. — ( Toma una silla, se sienía y empieza a dar vueltas el sombrero. ) Si, licenciaron ayer.

Gumersindo. — ( Con mucha ansiedad. ) Y . . . y Julián che ?

Arturo. — ( Pausa. ) Y . . . Julián ... el pobre ... lo llevaron lastimau pal pueblo.

Gumersindo. — Pa qué mentís canejo. Decí la verdá ; decí la verdad nomás.

Arturo. — ( Pausa. ) Si . . . mire ... es verdá, padrino .. . Lo mataron al pobrecito !

Gumersindo. — Y . . . y . . . cómo lo mataron che ?

Arturo. — Fué ahí, en el Da3'-mán. Sobre el pasoPelió como un león el muchacho ! Se entreveró a facón limpio y . . . usté sabe ... ay lo dejaron nomás.

Gumersindo. — No ve canejo ! igual que el otro !

Igual que el otro ! Arturo. — ( Pausa larga. Echa mano al bolsillo, saca una

divisa y se la da a Gumersindo. ) Tome, se la saqué

pa un último recuerdo,

Gumersindo. — Toma la divisa, la palpa y la estruja y la acaricia con los dedos crispados.) Igual que el otro. ¡ Igual que el otro !

Dichos y Goya que se asoma por la puerta del rancho de la derecha. Mira a GUMERSINDO y luego a ArtuK'O, permanece un momento paralizada por el espanfo y luego lanza un grifo desgarrador.

GoYA. — ¡ Julián ! ¡ Julián ! Me lo han matau ! i Me lo lian matau tata ! Me lo han matau a mi Julián.

Gumersindo. — ( Pausa. ) No llore, mijita, no llore.

¿ No ha óido que murió como un lión ? . . . GOYA. — Mi Julián ! mi maridito querido !

Enlra Ma CHITO con el cuerifo de la oveja de arrastro

Machíto. — Tata viejo, aquí está ... Lo saqué enterito nomás.

Gumersindo. — Güeno, va3'a mijito. ( Por el cuero. ) Póngalo 'ay con los otros. (Mutis Machiío. ) Güeno, vaya, Mijita ; no este'ay llorando ; tome ... (Le da la divisa. ) Póngala' ay con la otra.

Goya. — ( Toma la divisa. la estruja, la estira nervioso-

menfc y continúa sollozando. ) Julián ! . . . mi Julián ! . . .

Machito. — ( Vuelve sin el cuerifo, y se acerca a la madre. ) Ta llorando, mamita ? ( Acariciando la divisa. ) Qué tiene ? Linda divisita ! Grandota ! ( Luego, muy zalamero : ) Diga, mamita, cuándo me va a hacer una divisa de éstas ?

GoYA. — Vos también ! ¡ Vos también ! . . .

Gumersindo. — ( Se para entusiasmado ; lo busca a tientas; luego, lo agarra, lo estruja, lo besa y lo levanta, exclamando radiante : ) Hijo e' tigre . . . hijo e' tigre . . . No podés negar la cría . . . Hijo e' tigre . . . hijo e' tigre . . .

GoYA. — ( Arrebatándoselo de los brazos : ) No ! ¡ No ! ¡ Basta ! ¡ Basta de leones ! ¡ Basta de leones, tata !

LA MORAL DE MISIA PACA

COMEDIA EN TRES ACTOS

PERSONAJES

MisiA Paca

Alicia

Carmen

Alfredo Legrand Enrique

Vna Criada

ACTO PRIMERO

Sala modcsía. — Al foro dos venfanas que dan a la calle. A la izquierda, primero y segundo términos, puertas laterales ; la primera da al patio y la segunda comunica con las habitaciones interiores. A la derecha, dos puertas en el mismo orden ; la primera al zaguán y la segunda al patio también. En las paredes algunos cuadros. — Sillas, sillones, sofaes y rinconeras distribuidas convenientemente. Al centro, una mesita de fantasía, sobre la que habrá colocados ramos, flores, un estuche y otros objetos propios para regalos ; todos con su correspondiente tarjetita de envío.

Paca y Carmen

Cahmen. — ( Escandalizada. ) Pues sí, tía, sí : muy

orondo con su mujerzuela. Paca. — Y los vio a ustedes ?

Caiímen. — Que si nos vio ? — Figúrese que hasta tuvo la desfachatez de hacernos señas, como invitándonos a que pasáramos a su palco ! Enrique está furioso. Cuando lo vea le va a cantar

160 LA MORAL DE MISIA PACA

oiiatro¡|fi-escas. Él va me lo lia dicho. — Y se las canta, porque usted sabe como es Enrique. — Ya lo creo que se las canta.

Paca. ■ — ( Consternada. ) Qué poca vergüenza, Dios mío ; qué poca vergüenza ! . . .

Carmen. — Fig-úrese ! Presentarse en público con una mujer así — y abochornarlo a uno por encima — como si el hecho en sí no fuera ya suficiente bochorno.

Paca. — Qué hijo ! qué hijo ! — Ese muchacho ha perdido la cabeza.

Carmen. — Pero si es lo que yo digo siempre, tía;, está bien que tengan una mujer, para eso son hombres. Pero ha\^ muchas maneras decentes de hacer las cosas. Se puede muy bien guardar las apariencias. Pero eso de andar luciéndose por ahí con una mujerota cualquiera, que ni se sabe de donde salió ! . . .

Paca. — ( Con amargura. ) Se sabe, sí, hija ; desgraciadamente se sabe.

Carmen. — Ah ! pero entonces es . . . lo que nos imaginábamos ?

Paca. — De la peor especie, hija; una de esas . . . En fin, tú me comprendes.

Carmen. — ( Triunfal, ) Ah ! si yo tengo ojo clínico. Pregúnteselo a Enrique ; se lo dije en cuanto la vi. — Si no ha_y más que mirarle la facha. Y si siquiera fuera bonita o distinguida . . . pero ni eso, tía ; ni eso. ( Transición. ) En fin, en fin, yo no sé ; no me explico ciertas cosas.

Paca. — ( Relicenle. ) Yo tampoco, hija ; aunque, muchas veces, hay ciertos casos en que debiéj'amos. explicárnoslas.

Carmen. — ( En guardia. ) ¿ (^ue debiéramos ex])licárnoslas ? No le entiendo, tía,. Porque suj)ongo que

1()1

no querrá usted referirse a eso qne se dice por allí, del despecho de mi matrimonio !

Paca. — No, hija, no : perdona. No he querido decir nada con intención ; demasiado sé yo que entre Alfredo y tií nunca huho nada serio. Además, sería una estupidez mía querer justificarle.

Carmen. - ( Picada aún. ) No tendría nada de particular ; es su liijo.

Paca. — Por eso, Carmen, por eso. Nadie dehe juzgarlo más severamente. Por eso mismo. No merece tampoco que se le justifique, por otra parte. ( Pausa. )

Carmen. — ( Sentimcníal. ) Pobre ! Me da lástima, ¿ quiere creer ? Un muchacho tan bueno, con un porvenir tan brillante como el de él ! Ahí lo tiene. ( Con rabia. ) Y todo por causa de una perdida de ésas. Les tengo un odio ! . . . Le garantizo que si pudiera, las mandal)a quemar a todas juntas, esas asquerosas ¡ ( Pausa. ) Kn fin. tía ; quisiera equivocarme, ¿ eh ? pero usted verá Cíuno esto no pára ahí. Usted verá.

Paca. — Qué quieres decir ?

Carmen. — En fin, ojalá me ecpiivoque, tía ; pero esas mujeres son mu)'^ picaras. Usted* va a ver como termina casándose.

Paca. — ( Conslernada. ) Con ella ? Pero tú crees que Alfredo sería capaz ?

Carmen. — Ura, quién sabe. Esas mujeres son muy picaras, y hoy en día, se inventan tantas cosas !

Paca. — Oh. no, no I No puede ser ; no puede ser, Carmen. Alfredo no es capaz. Sería enlodarnos, cubrirnos de vergüenza ... a todos !

Carímen. — Oh, no, eso no, tía ; nosotros no tenemos nada de común con él. El hecho de que Alfredo haga una locura, no quiere decir que nosotras . . .

No faltaba más ! Aunque se casara cien veces ! Paca, — Sin embargo . , .

Carmen. — No, qué esperanza ! Nosotros liemos hecho todo lo posible ; le hemos cerrado nuestras puertas ; hemos cortado toda clase de relaciones con él. ¿ Qué más podíamos hacer ?

Paca. — Con todo . . . Pero no ; no hay ni qué pensarlo. Alfredo no llegará a eso.

Carmen. — Sin embargo, es voz corriente ; todo el mundo lo dice.

Paca. — Eso ! — Se dice eso ?

Carmen. — Se asegura. Se asegura.

Paca. — ( Después de un momenío de estupefacción. - — Con mucha energía, j No, no ; te digo que no. Te • digo que no puede ser. ( Luego casi entre sollozos. ) Sería el colmo ! Sería el colmo !

Carmen. — ( Acercándose a ella cariñosamente. ) Pobre tía; pobre tía ! — Llegar a su edad para sufrir estas cosas ! — Pobre tía. Yo tengo la culpa. Le he causado mucho daño. Yo tengo la culpa.

Paca. — Tú no, hija mía ; tú no. Pero"" en fin, cálmate. Yo te aseguro que no será. — No hablemos más de eso.

Carmen. — Sí, tiene razón ; volvamos la hoja. ( Pausa. Se levanta, va hasta junto a la mesita y empieza a examinar los regalos, leyendo las tarjetitas. ) Ajá !, siem- ])re tan agasajada ! — ¿ Qué tal ? Ha recibido muchos regalos ?

Paca, — Ahí están todos,

Carmen. — ( Toma un ramo y lee la tarjeta. ) Clielita y Bebé a su querida madrinita. ¡ Qué monada ! — Y será letra de ellos ?

Paca. — De Chelita. Está muy adelantada la nena.

Carmen. — Qu^ ricura ! ( Toma un floreriío y hace un

gesto. ) Uf ! — Y esto ? ( Leyendo la farjefa. ) Adela Rodríguez. — Pero qué tacaña ! . . . Paca. — Oh, esos ! . . .

Carmen. — Pero si están podridos en plata ! — Mire usted, dos floreros ! — Apostaría a que no les han costado ni un peso el par ! ( ñxamina ligeramente otros regalos y luego toma un estuche, lo abre y comenta : ) Ah, mira : qué precioso y qué delicado ! Son puras perlas !

Paca. — Es de Legrand.

Carmen. — Ah ! . . . ¿El pretendiente de Alicia '? ( Deja el estuche y va a sentarse rápidamente junto a misia Paca. ) Y qué tal ? Cuénteme, a ver, cuénteme. Cuándo nos dan la gran sorpresa ?

Paca. — Parece que muy pronto. Hoy hará su pedido oficial.

Carmen. — Mirá ! Tan calladito que se lo tenían ! La muy zorrita de Alicia ! — Quiere creer ? — El otro día estuvo en casa y no me dijo ni esto. Ah, pero me las va a pagar ! . . .

Paca. — Qué quieres, hija, estas cosas . . . hasta que no se formalizan !

Carmen. — Sí, eso estará ])ien con otros pero no conmigo. — Entre nosotras que no tenemos secretos ... Y a propósito : — ¿ Y el otro ?

Paca. Cuál ? — Ese tal Carlos ? — Aquello era un simple pasatiempo. • — Alicia nunca lo tomó en serio.

^Carmen. — Oh, no me diga, que hubo un tiempo en

que estaban ! . . . Paca, — Bah ! . . . cosas de muchachos. Aquello no

era un porvenir para Alicia. Carmen. Pero si es lo que decíamos siempre con

Enrique ; Alicia merecía algo i>iejor ! Era una

locura perder el tiempo de esa manera. Ahora

164 LA MORAL DE MISIA PACA

sí ; Legrand ya es otra cosa, — Ha sido una • suerte, le garantizo, ])or(|iie ho}^ en día. los novios ... — Pero a todo esto, qué liovas ser;Vn ? ( Mirando el reloj. ) Las once ! — Qué liarUaridad ! — Y Enrique que no viene. — No, no ; tendré que irme sola ; no le espero más. A Alicia la veré luego.

Paca. — Entonces, decididamente, no te quedas a almorzar con nosotros ?

Carmen. - No, tía, no. Vendremos por la tarde con Enrique. ¡ Está tan atareado !

Paca. — Alicia se va a poner furiosa lo que sepa, que lias estado y no la esperaste.

ESCENA TI

Dichos y la Criada^

Criada. — Está el señor Enri(|ue.

Paca. - Y hágalo pasai-, ]in(>s ; ¿ qué espera ?

Mulis de la Ckiada. En sej^un/a, EnUíQUR por la puerta del zaguán.

Carmen. — ( Asomándose. ) Al fin, hombre ! Creí que ya no venías. Mp cstalia. despidiendo para irme. Enrique. — ( tnlraiulo. j Sí. me he demorado un poco.

1G5

( A Paca. ) ¿ Qué tal, tía ; cómo está la viejita ; siempre tan guapa, eh ? Paca. — No tanto. No tanto.

Carmen. — Figúrate ; si parece que no pasara de los

cincuenta. Enrique. — Y Alicia ?

Paca. — Fué a la iglesia con unas amigas. No ha de demorar.

Carmen. — Ah ! ¡ qué te cuento ! Tenemos que tirarle de las orejas. Figúrate, la mosquita muerta ! Nada menos que de noviazgos formales !

Enrique. — Aja ! . . . No te decía yo V Está bueno, está bueno. Y para cuándo los dulces ?

Paca. — Parece que, muy pronto. Cuestión de meses.

Enrique. — Mirá ! Me alegro, me alegro.

( Se oyen en la calle voces femeninas y risas : « Bueno hasta luego ; recuerdos a misia Paquita, y muy felices años ' . )

Paca. — Alií está.

Carmen. — Quiénes son las otras ?

Paca. — Las hijas del doctor Rodríguez.

( Fuera, vuelve a oirse la primera voz entre grandes risas : — «Y cuidado, che, que no le vaya a dar por la tragedia » . — « Alicia : no, no le dará tan fuerte ; no hay cuidado. (Ríe.) Hasta luego, bandida».)

Dichos y Alicia, que entrará por Ja puerta del zaguán, haciendo adiós con la mano a las amigas que se alejan. Permanece de espaldas a la escena unos segundos ; vuelve a reir y luego entra en la sala con un gesto de fastidio, en actitud de echarse a llorar. Al ver a Carmen y Enrique,

16G

hace uit esfuerzo visible y su aspecfo muda comp/efamentc. Durante toda Ja escena debe mostrar una jovialidad forzada, extremando Jas risas con marcada nerviosidad.

Alicia. — Querida ! Dichosos los ojos ! ( 5e besan. ) Cómo está Enrique ? ( Le da la mono y luego, acudiendo a Misia Paca, la besa en la freníc, ) — Qué tal mamá, demoramos mucho ? — No pensaba encontrarlos.

Carmen. — Sí, buenos estamos contigo ! Ya te arreglaremos las cuentas, hipócrita.

Alicia. — A mí ? — no sé ! — Por qué causa ?

Carmen. — Sí, porque causa ! Si no estuviera tan apurada, ya te arreglaría lae cuentas, sí Oh, pero deja nomás. Deja nomás.

Alicia. — Pero se van ya ?

Enrique. — No, como para quedarnos ! Son casi las doce.

Alicia. — Y no almuerzan con nosotros V

Carmen. — No, no es posible ; Enrique tiene mucho que hacer. Vendremos a cenar, mejor.

Alicia. — Bueno, siendo así ...

Paca. — Yo ya se lo había perdonado.

Enrique. — Bueno, tía ; hasta luego y muy felices años. ( Se despide. )

Carmen. — ( Haciendo lo propio. ) Hasta luego, tía. ( Besos. ) ( A Alicia, tomándola por la cinfura. ) Y tú, acompáñanos, bandida. ( Salen juntas, seguidas de Enrique. Se oye la risa de ambas ; luego Alicia ríe nuevamente y aparece como en la escena anterior, áaiudando jovialmente. )

Dichos menos Carmen y Enrique

Alicia. — ( Permanece unos segundos aún en la puerta y vuelve a reir. ) Si . . . si . . . Hasta luego.

( En esta escena debe marcarse una transición violentísima. Cuando su prima ha desaparecido, vuelve de pronto a su primitivo estado de ánimo ; hace un gesto de fastidio, entra violentamente, se arranca el sombrero de la cabeza y se arroja sobre un sillón, sollozando ahogadamente. )

Paca. — ( Mirando a Alicia, profundamente sorprendida. ) Y eso ? — ¿y eso ahora ? — ¿ qué te pasa ? ¿ te has vuelto loca, muchacha ?

Alicia. — ( Entre sollozos. ) Nada ; déjeme ; no tengo nada.

Paca. — Um ... ya sé ; ya sé. No en balde era el

entusiasmo de las de Rodríguez. Apostaría a que

te has encontrado con él. Alicia — Ese odioso ! . . . Lo encontramos a la salida

de la Catedral. ( Pausa. ) Está como loco ! Paca. — Pero te has atrevido a hablar con él ? Alicia. — Unas palabras, nada más. Quiere a toda

costa una explicación. Paca. — Y tú qué le has dicho ?

Alicia. — Nada ; ¿ qué había de decirle ? que viniera aquí. Con el genio que tiene, era capaz de hacernos una escena en plena calle.

Paca. — Has hecho bien ; así se le desengañará de una ve?.

1G8 LA MOKA!. DE MISIA PACA

Alicia. — ( Muy pensativa, con un acento de marcada Irisíeza. ) Es que ... no sé cómo decírselo. Si viera, mamá, cómo estal)a ! . . .

Paca. — Bah, bali ! tonterías : romanticismos. Alií está lo • que sucede con estos malditos dragones de puerta. Ahora, si se lle^a a enterar Legrand . . ,

x4.jjciA. — Y bueno, bah ! Que se entere, últimamente.

Paca. — No ; que se entere, no : tendríamos un disgusto inútilmente. Tú com])rendes que él . . .

Alicia. — Y bueno : que haga lo (jue le ])arezca; últimamente. Y^a estoy harta de sus tonterías.

Paca. — Pero qué locuras estás diciendo ? ^; Que no te im}3orta ?

Alicia. — Sí, sí. Que me es indiferente, (completamente indiferente. Ya lo sabe.

Paca. — Mira, Alicia : no me exasperes.

Alicia. — Bueno ; déjeme en paz, entonces.

Paca. — ( Mira a Alicia con un gesto de rabia ; luego, va serenándose poco a poco, y después, con aparente tranquilidad : ) Está l)ien. Está l)ien. ¿ Entonces, quedamos en que estás enamorada de Carlos ?

AiiiciA. — Lo (piiero, sí, lo quiero ; demasiado lo sabe.

Paca. — Bueno, eutonces . . . no hay más nada que hablar. Te casaiás con Carlos, entonces. Digo, si él está dispuesto. Yo, por mi parte, no tengo ningún inconveniente. Me ])arecía mejor Legrand, porque, en fin, como quiera (|ue sea, tiene su pasar, y ])odía ofrecerte con su amor todas las comodidades a que estás hecha. Pero, si lo quieres a Carlos tan así, de esa manera . . . Después de todo, el muchacho no es malo, según tengo entendido. Y con el tiempo . . . Cuánto nos dijeron que ganaba en la escribanía ? Cincuenta pesos, no ? Y^ bueno ; ya ves. Es algo. No alcanza para

vivir con lujo; ])ero habiendo ¡unor . . . (^'outig-o, pan y cebolla. Alicia. — Bueno, basta, mamá ; basta ! .Paca. — No, tonta : si es un decir nada más. 81 para ser feliz en. la vida no se necesita 2;ran cosa de lo material. — ¿ No vive el albañil y el carpintero y el peón de la esquina, con menos, con mucho menos ? - Y tienen mujer e hijos ; y no viven tan mal ; y son felices. — Ustedes se quieren, son jóvenes, ¿ qué más desean ? ¿ Que no se puede andar en carru;ije ? Pues se va en tranvía. — ¿ Que no pueden tener una casa.? — Pues se toma una pieza. — ¿ Que no se puede tener sirvienta ? — Pues se prescinde de ella. En el matrimonio, iiija, Jiabiemlo amor, todo lo demás es superfino. Créeme que hay muchas que se han casado en peores condiciones. Después de todo, cincuenta ])esos . . . Hay tantos que lo pasan con menos ! Y después, en último caso, tú no eres ninguna inútil, ¡ qué diablo ! Puedes muy bien a3^udar a tu marido, trabajando en lo que puedas. Sabes bordar . . . sabes hacer sombreros, sabes coser . . . Hoy le bordas un par de ]nezas a las de Gurmendez. mañana le haces un sombrero a Carmen, pasado un vestido a las de Rodríguez . . . Las amigas no lian de dejar de protegerte.

, Alicia. — Oh ! Nadie ha hablado de eso !

Paca. — Es necesario hablar, hija mía ; no quiero que la realidad te tome de sorpresa. Una vez que lo quieres y estás resuella a compartir su miseria . . .

Alicia. — Yo ]io he dicho eso. Demasiado sé yo que Carlos no me conviene. Lo que hay es que . . . no sé como decírselo. Hombre más estúpido !

170 LA MORAL DE MISIA PACA

Paca. — Quieres que se lo dig-a 3^0 ? — No le conozco, pero en un caso así ... Se le hace pasar y yo le hablo. No ha de ser tan terco que no entienda razones.

Alicia. — No . . . no ; deje. Yo se lo diré. ( Pénese de pie, con resolución.) Que lo tome como quiera, que piense lo que le de la gana. ( Pausa. ) Estoy despeinada ?

Paca. — Arréglate un poco esa onda. Pareces una presidiarla. ( Alicia foma de un mueble cualquiera un espejifo de mano y se pone a arreglarse el pelo. Misia Paca la mira hacer socarronamente. ) — Si vieras la cara que puso Carmen cuando supo lo de tu noviazgo !

Alicia. — Sí, ya me imagino, esa endiviosa ! Cree que ella sola pudo casarse. Se llena la boca hablando de su Enrique. Hombre más antipático y más grosero ! Y después hablan de Alfredo. Ultimamente si el muchacho hace más de una locura, ella tiene la culpa, esa veleta ! Plantarlo a Alfredo para casarse con ese idiota !

Paca. — Y, m'hija ... si lo quería ...

Alicia — Lo hubiera pensado antes — y no hacer lo que hizo !

Dichos y la Criada

Criada. — ( Entra alborofadamenle. ) Señorita, señorita !

( Al ver a Misia Paca queda desconcertada, sin saber

qué decir. ) Paca. — Qué pasa ?

Criada. — ( Muy confundida. ) Nada . . . esté ... La

señora llamó ? Paca. — Yo no lie llamado a nadie. Criada. — Será hora de tender la mesa, no ? Paca. — Sí ; pon sólo dos cubiertos. Ya no vendrá

nadie a almorzar. Criada. — ( Finge poner en orden algunos objetos y va

acercándose a Alicia. Luego, cuando está junfo a ella,

muy disimuladamente : ) Señorita, ahí en la esquina

está el joven aquél. Alicia. — ( Con naturalidad. ) Bueno, mira,, dile que

ahora salgo, que saldré por la verja. Anda. ( La

criada sale muy sorprendida de que se hable de esas

cosas delante de la señora. )

Menos la Criada

Paca. — Has hecho bien. — Así no te verán conversar.

Alicia. — Se me nota que he llorado ?

Paca. — Sí, pásate el cisne. ( Alicia se encamina muy irresoluta hacia la puerta del segundo término de la izquierda, entra en su habitación, permanece allí unos segundos, luego sale, va hasta donde está Misia Paca y permanece un momento parada, demostrando gran preocupación. ) Bueno, mujer, anda de una vez, pues. El hombre ha de estar esperando.

Alicia. — Sí ; ya voy. ( Vuelve, cada vez más irresoluta, hacia el primer término de la izquierda, se enfrepara, hace un gesto, se encoge de hombros y sale resuelta-

172 LA MORAL DE MISIA PACA

inenfc. AAisifi Pycci !ci mira salir, sonríe y iiiei>o vuelve la cabeza para observar a Iravés de los vidrios, algo que parece preocuparla mucho. )

Menos Alicia

( hnira la criada, (orna el sombrero que Alicia ha dejado en el suelo, lo lleva a la habilación de ésla, y vuelve. ) Pacía. — Qué indecencia !

CliiADA. - - ( Mirando a su vez. ) Ali I . . . las vecinas ?

Si viera, señora ! Eso no es nada. Hay que verla

de noche a la sapo relleno. Paca. — Siempre te lias de meter donde no te llaman. Criada. — ( Mirando. ) l\v, fijesé ; fijesé. señora ; le

ha dado un l)eso ! Paca. — Bueno, hueno ; l)asta ! Cierra el postio-o y

vete. Con no mirar, asunto concluido. Vete a tiis

qu el laceres, pues ; ¿ qué esperas ? Criada. — Pero no cierro ahí ?

Paca. — No, no; deja. Deja nomás. ( La criada sale no de muy buen grado, después de lanzar una úlíima mirada sobre el vidrio. Misia Paca, al salir la criada, vuelve a mirar nuevamenle. De pronto, se estremece, hace un gesto de sorpresa, y vuelve la vista hacia la puerta del zaguán. )

Menos leí CjMADA. En seguic/ci. Al.FREDO por la puertñ del foro.

( Hay Lina escena muda enfre los dos. Misia Paca tiene un niomenfo de madre ; luego, se domina y le mira íriameníe. Alfredo, que ha enírado en actifud de echarse en sus brazos, tropieza con su mirada y queda desconcertado, sin saber que decir. ) Paca. — Alfredo ! Tii ? . . .

Alfredo. — ( Con mucha ternura, ) Sí, mamá. Perdóneme que vuelva ; pero . . . qué quiere ; lioy es su cumpleaños, y no lie ])odido resistirme. Toda la vida, toda la vida hemos pasado juntos este día !

Paca. — ( Con sarcasmo. ) Um! . . . Tienes un excelente corazón. Tienes un excelente corazón !

Alfredo. — No sea injusta, vieja ! Usted sabe que yo la quiero : usted sabe que 3-0 siempre la he querido mucho, a ¡^esar de todo.

Paca. — Sí, sí, enormemente. Y me lo pruebas cubriéndome de vergüenza ; matándome a disgustos con tu encanallamiento. O piensas que ignoro tus escándalos '? Hoy ha estado aquí Carmen.

Alfredo. — Ah ! Carmen ! — A^ ella ? . . . Sí, ha ha venido a disgustarla, contándole una porción de enormidades. Me lo imaginaba.

Paca. — No, no ; si es para estar encantada de ti ; SI es una monada lo que estás haciendo ! Y aun tienes la desvergüenza de presentarte ante tu madre ¡ Debiera caérsete la cara.

174 LA MORAL DE MLSIA PACA

Alfredo. — Perdóneme, mamá. Usted no comprende estas cosas ¡ no puede comprenderlas !

Paca. — No tengo nada que comprender. Ya lo sabes. Mientras sigas por el camino que vas, no debes acordarte de nosotros para nada absolutamente. No tienes derecho a manchar con tu presencia el hogar honrado de tu familia. Y ahora vete.

Alfredo. — No sea así, vieja ; no se ponga así, Reflexione un poco. — Cuál es mi delito después de todo ? — Tener una mujer ? Haber ido a buscar un poco de amor, allí, en la única parte donde he podido encontrarlo ? Piense en la situación en que me hallaba entonces ; usted lo sabe.

Paca. — No, no intentes disculparte !

Alfredo. — No me disculpo, vieja. No tengo por qué hacerlo tampoco. Créame, no hay ningún pecado en eso ; la pobre es buena. ¡ Es buena, vieja !

Paca. — Es buena, no ? La pobre ! Anda desvergonzado, anda. Sigue, continúa tu vida de vergüenza ; abochórname, mátame a disgustos ! Es lo único que podía esperar de ti.

Alfredo. — Vamos. . . vamos. No se ponga así; considere un poco, razone un poco. Escúcheme.

Paca. — Habla, habla ! ¿ Qué vas a decirme ? Habla !

Alfredo. — Qué voy a decirle ? Eso, Que razone un poco; que se ponga en mi caso por un momento. Usted lo sabe ; 3^0 no soy ningún pervertido . . . Usted se disgusta inútilmente, mamá. No tiene motivos.

Paca. — No, qué esperanza ! Si eres el mejor de los

hijos; si vives la más ejemplar de las vidas. Al.fredo. — Dejemos eso. Usted tiene sit moral, yo

tengo la mía. Vivo la vida, como ella misma me enseñó a vivirla. No tengo necesidad de ocultar nada ; no tengo nada de que avergonzarme. Paca. — Y ella ?

Alfredo. — Ella tampoco, vieja. Fué lo que la vida le obligó a ser. Es lo de siempre. A ella fué la miseria la que la llevó a su vida, como a mí fué el dolor el que me arrojó en sus brazos. Somos dos pingajos de dolor que se han juntado en una misma dicha relativa. — ¿ Qué hay de culpable en eso ?

Paca. — Nada, nada !

Alfredo.— Naturalmente, madre. Tengo derecho mi poco de felicidad ; ella también tiene derecho. Se ha sujetado a mí, me ha querido sin cálculos, sinceramente, honestamente ; de la manera más honesta que se puede querer. Es lo que yo necesitaba entonces ; es lo que he necesitado siempre.

Paca. — Desgraciado ! desgraciado ! Te has encanallado del todo ; te has hecho hasta cínico. Ya no tienes escrúpulos, ni vergüenza, ni nada que valga. Has descendido propiamente hasta el nivel de ella !

Alfredo. — No ; lo que he hecho ha sido elevarla a ella hasta mi nivel.

Paca. — Qué has de elevar tú, desgraciado, que eres incapaz de levantarte a ti mismo ! Si tuvieras un poco de dignidad, no hubieras descendido hasta . . . hasta donde fuiste a encontrar ese monumento de virtud. ¿ O piensas que ignoro ?

Alfredo. — Ah ! lo sabe ? Bien. Es exactamente como se lo han dicho. Era una . . . cualquiera cuando la conocí ; una perdularia. Y ya lo ve usted ; su amor por mí la ha transformado ; ha conseguido regenerarla. — Y créame mamá que es

niuclio amor el que consigue esos milagros. Fna mujer ])0(h-á perderse ])or un capricho ; un solo momento, un solo traspiés, bastan para arrojar en el h^lo más iununuio ;i la nuis inmaculada de las vírgenes. Wn-u purificarla cuando va está allí, arrancarla a la corriente ded vicio, regenerarla . . . Eso solo puede conseguirse por un amor muy grande y con un alma muy pura, vieja. — Para eso hace taita un alma muy pura y un corazón mu\' grande I

Paca. — Te he escuchado, le he dejado decir ])ara ver hasta dónde eras ca])az de llegar. Infeliz, infeliz ! Conque un alma muy pura, conque un amor muy grande ; una mujer de esa especie : una mujer qiie ha comerciado con su amor de la manera más vil I .\lma muy ]»ura en una ramera miserable ! Infeliz ; })obre infeliz ! Eres digno de lástima !

Alfredo. — No seamos injustos, madre ; no seamos injustos. Esa mujer no e^ menos digna que cualquier otra.. Ella no tiene la culpa de haber sido lo que fué.

Paca. — Claro ! Magdalena ! Te sienta bien el pa])el de Jesús. Infeliz !

Alfredo. — Miremos las cosas tal cual son. madre; miremos las cosas tal cual son. No seamos injustos. Ella no tiene la cul])a de haber sido lo que fué. Miremos las cosas razomiblemente ; examinémoslas tal cual son. Usted tuvo la suerte de nacer en el seno de una familia honesta ; tuvo el carillo de sus padres y con él, el ejem]»lo de todas las virtudes. Le educaron con esmero, su alma se desarrolló al (;alor de los afectos más ])uros, hasta que, llegó a ser mujer, hasta que conoció a mi padre (|ue la amó sanamente y la

llevó al altar. A usted no le costó ning-ún trabajo ser honrada !

Paca. — ¿ Qué dices ? ¿ Qué quieres decir ?

Alfredo. — Nada, nada.

Paca. — No, no ; habla. Concreta tu pensamiento, habla ! — ¿ qué quieres decir ?

Alfredo. — Usted lo exige. — Quiero decir que así como nació usted en la familia, hubiera podido muy bien nacer en el arroyo ; y así como se educó y creció entre los afectos más puros, hubiera podido desarrollarse entre el lodo más inmundo ; y así como encontró a mi padre que la llevó al altar, hubiera podido tropezar con un miserable que la arrastrara por el fango. Y entonces, le pregunto yo : ¿ qué sería de misia Paca López de Aguilera ? Sería más que ella, acaso ? Está bien segura de que sería más que ella ?

Paca. — ( Fuera de sí. ) Miserable, miserable. Era lo único que te faltaba, miserable ! Mátame, insúltame, ultrájame ; compárame con ella. Canalla ! Canalla !

Alfredo. — Lo ve ?

Paca. — Fuera, fuera de aquí ! en seguida. Con ella! Con ella, miserable, con ella. ( Lo empuja violenfamente. ) Fuera !

Alfredo. — Sí, sí, ya me voy. ( La mira como con compasión y luego hace mutis rápidamente. ) - Paca. — Con ella, con ella ! Eres bien digno de ella — Es lo único que mereces ; es la única que podrá descender hasta ti : una mujer de venta ! Es lo único que mereces : una mujer de venta, Una mujer de venta ! . . . ( 5e echa a llorar sobre un sillón. )

Alicia. — ( Aparece por la puerta de la izquierda muy apesadumbrada. ) Mamá ! . . .

178 LA MORAL DE MISIA PACA

Paca. — Hija ! . . .

Alicia. — Ya se fué . . . Para siempre ! Lo he pedido ! Ya lo he despedido ! ( Rompiendo a rar. ) Ya lo he despedido !

ACTO II

Una aniecámara de relalivo lujo.

Carmen y Legrand

Carmen. — ¡ Olí, no diga usted eso. señor Legrand.

— Se está aquí deliciosamente. Legrand. — ¿ Y aun le quedan a usted muchos días

de exilio ?

Carmen. — ( Con un dejo de inconsciente írisíeza. ) Pocos ; un mes apenas ! Enrique piensa que sus asuntos pueden quedar terminados en este mes y esta será probablemente la última vez que tenga que ausentarse ; al menos por ahora.

Legrand. — Sí, así lo espera, según me dice en su última carta. No deja de ser una suerte para él. Es decir, para ustedes.

Carmen. — Sí, sí. ya lo creo : porque cuando se está fuera de casa, — aun cuando se tiene la suerte^ como la tengo yo. de pasar las ausencias en tan amable compañía, — parece como si. le fal-

tara a imo calor o perfume, yo no sé ; algo que no se puede definir, pero que es algo indudablemente.

Legrand. — Sí ; y sobre todo cuando se está lejos de él ; cuando entran en ese algo que falta caricias y amores.

Carmen. — Caricias y amores ? Ja ja ja ! No es ese nuestro caso, señor Legrand. Eso está bien para ustedes, los recién casados : pero cuando lleva ya algunos años, la vida de matrimonio se hace más práctica, más formal, menos soñadora ; le sale al vínculo la muela del juicio, como diría Alfredo en sus metáforas odontológicas. ( Ríe. )

Legrand. — No deja de tener gracia la figura, pero en el caso de ustedes, en tres años, la muela del juicio matrimonial no puede haber tenido tiempo de carearse ; debe ser forzosamente una muela nuevecita, que recién despunta. — Así lo creo 3^0. al meLos.

Carmen. — ( Corrigiéndose. ) Indudablemente. En este caso, ha sacrificado un tanto la justicia en pro de la metáfora.

Legrand. ( Zumbón. ) O de la odontología.

Carmen. — Lo dice usted ...

Legrand. — Para marcar hi procedencia científica

de la figura. Carmen. — Eh I

Dichos / Alfredo ( por el foro- ) Alfredo. — Hablaban de mí ?

Legrand. — Hablábamos de su profesión futura, simplemente.

Alfredo. — Con motivo ? , . .

Carmen. — De una figura retórica.

Alfredo. — ( Zumbón. ) De Legrand ?

Legrand. — De Carmen, tranquilícese usted, de Carmen. ( Tose secamente, como molestado por el cigarro de Alfredo. )

Alfredo. — Ali, perdone, olvidaba que le molesta ;

perdone, cuñado. Legrand. — Ha hecho mal en tirarlo ; yo ya me iba. Carmen. — ¿A dormir ya ?

Legrand. — No ; a dar una vuelta por ahí. Dígale a Alicia que en seguida vuelvo. Hasta luego. ( Vase por el foro. )

Carmen. — Hasta luego.

Menos Legrand

Alfredo. - Uf ! Carmen. — Qué lata !

Alfredo. — Me imagino, pobrecita ! Mucha moral y nmchos negocios y mucha política . , ,

Carmen. — Y muchas indirectas ; Legrand lia pescado algo. Alfredo. — Tú crees '?

Carmen. — No te quepa duda ; de un tiem])0 a esta parte, venimos haciendo demasiado tonterías.

Alfredo. - Bah ! cosas tayas. queri(Ja ; ¡ <\aé va a pescar ése !

(Jarmen, — Oh ! no, el caso es serio ; no es para tomarlo así.

Alfredo. — ¿ Pero es tan grave lo que te lia dicho ?

Carmen. — A simple vista no ; pero hace ya días que noto en él, los mismos subrayados mortificantes, los mismos equívocos : y hasta tía . . .

Alfredo. — Oh no ; la vieja está demasiado satisfecha con esto que ella llama el « milagro de mi regeneración », para que se le ocurra investigar las causas.

Carmen. — Sin embargo . . .

Alfredo. — Sí, tal vez sospeche que mi nueva vida se deba a alguna esperanza que tú has hecho renacer ; pero nada más. En ese punto, la vieja tiene que estar convencida de que me engaño ! Si sospechara lo más mínimo, ya nos hubiera puesto en la calle a los dos. No la conoces ! En cuanto a Alicia y Legrand, por ese lado, creéme? no hay nada que temer. Están demasiado entretenidos en hacer los palomos, para que se les ocurra pensar en otra cosa. Sin embargo, por las dudas . . .

Dichos y Paca

Paca. — Albricias, Carmen ; un telegrama para ti. Carmen. — ( Sorprendida. ) Para mí ? Alfredo. — Será de Enrique.

Carmen. — ( Toma el sobre, lo rompe nerviosamente y lee

muy confundida. ) Sí . . . de Enrique. ( Vacilante. )

« Embarco esta noche. Saludos ». Paca. — (Observando la confusión de Carmen.) Ave María,

hija ! Te has quedado . . . Carmen. — ( Disimulando. ) La nerviosidad. Siempre

que recibo un telegrama, me asalta el temor de

una desgracia. Alfredo. — A la verdad que es un aparatito el tal

telégrafo ! . . . Parece inventado expresamente

para comunicarle a uno noticias desagradables. Paca. — Sin embargo, en este caso . . . Carmen. — No puede ser más grato el contenido, a

la verdad. ¡ Estoy tan contenta ! . . . Paca. — No es para menos. Van para dos meses que

está ausente.

184 LA MORAL DE MISIA PACA

Dichos y xÍLICIA por la derecha

Alicia. — ¿ Salió Legrand, mamá ?

Alfredo. — Ah ! se me olvidaba ; te dejó dicho que volvía en seguida. ( Busca encima de la mesifa. entre los libros ; íoina uno y sale por el foro, después de cambiar con Carmen una mirada de inteligencia. )

Menos Alfredo

Alicia. ~ ( Por el telegrama. ) Noticias ?

Carmen. — Sí . . . de Enrique. Embarca esta noche,

Alicia. — Pero cómo ! ¿ No pensaba quedarse todo

este mes ? Paca. — Ha desistido, según parece. Alicia. — Mirá ! — Me alegro ! Te felicito. Paca. — ¿Le has preparado el chocolate a Legrand ? Alicia. — Es lo que iba a hacer. ( A Carmen. ) Me

acompañas ?

Carmen. -- Si, ahora voy. ( A'licia sale por la izquierdaCarmen queda muy preocupada dando vuelta el (elegrama entre los dedos. ) ¿ Están sin cocinera ?

Menos Alicia

Paca. — No, mimos de Legrand ; el chocolate preparado por ella le resulta mejor. — Tonterías de recién casados.

Carmen. — Está bueno. ( Pausa. )

Paca. — ( Observándola. ) Te ha dejado preocupada la noticia !

Carmen. — No . . . preocupada no. Me ha sorprendido. Como en la carta de ayer me hablaba de volver a fin de mes . . . ( Pausa. ) ( Las dos mujeres quedan un momento ponsativas. Luego Carmen, de pronto, como para dejar escapar una pregunta. )

(5armen. — Tía.

Paca. — Eh ?

Carmen. — ( Sin saber qué decir. ) Nada. — ¿ Tenía algo

que decirme usted ? Paca. — No ... no . . . Particularmente no. — Por

qué me lo preguntas ? Carmen, ( Dando vueltas al telegrama entre los dedos. )

No sé . . . Por nada . . . Me parecía. Paca. — ( Observándola fijamente. — Con mucha intención. )

No . . . Ahora ya no. Carmen. — Eh ! . . . Paca. — No, nada. Nada.

18G

Dichos y Alfredo

Alfurdo. — f Enfra rápida nieníe. ) Caruien ! ( Al ver a misia Paca, como íratando de disimular, póncse a buscar entre los libros. ) ¿ No has visto ]>0i' ahí mi libro de química ?

Paca. — Uno de tapas rojas ? — Alií está. — Lo habías dejado tirado.

Carmen. — ( Muy confundida. ) Estaba en mi cuarto, no ? - Fui yo que estuve ojeándolo esta tarde.

Paca. — Ave María, hija ! — te has puesto como uu tomate ?

Alfredo. — ( Tratando de disimular. F.n fono de broma. )

Buscabas la piedra filosofal ? Carmen. — Yo qué sé. Curiosidad.

Alfredo. — ( Toma el libro, y disponiéndose a salir. ) Me has hecho perder como una hora buscándolo. Si me reprueban, lo cargaré a tu cuenta. ( Mutis. )

Carmen. — ( Risueñamente. ) Qué estudioso ! . . .

Paca. — Está desconocido. ¿ No lo ves ? Estudia, no sale nunca, y hasta a la fulana . . . ])arece que la ha dejado (icHnitivaniente. En fin, hija ; todo un triunfo. Un verdadero milagro.

Carmen. — Sí, efectivamente. Un verdadero milagroLo hemos reconciliado con la virtud,

Dichos y Alici a, que cruza hacin su habildción con una bandeja con pocilios.

Alicia. — Aquí me tienes, liija ; de cocinera. Carmen. — Siempre que no sea más que ])ara hacer golosinas . . .

Alicia. — ( Aparece de nuevo sin la bandeja. ) Vienes '? Carmen. — En qué andas, aliora ?

Alicia. — En mis preparativos ; ya lo ves : chocolate, pocilios, tostadas . . .

Carmen. — Me seduces por el lado de hi dulzura.

Alicia. — Alfredo anda por allí, también. ¿ Vienes? mamá V El chocolate para ustedes ya está servido.

Paca. — Vayan, vayan ustedes nomás.

Menos Carmen y Alicia. En seguida, Legrand

( Misia Paca vuelve a tomar el lelegrania que Alicia ha dejado sobre la mesa, y lo lee nuevamente, muy preocupada. )

Legrand. — Buenas noches, mamá.

Paca. — Buenas, hijo. Has andado de paseo ?

Legrand. — Sí, salí un momento a tomar un poco

de aire. ¿ Ha venido telegrama ? Paca. — De Enrique. Embarca esta noche. Legrand. — Ah ! Sí, sí. Paca. — ¿ Sabías tú ?

Legrand, — No, pero no me sorprende. Yo le escribí ayer.

Paca. — ¿ Andan mal sus negocios por aquí ? Legrand. — No, no es eso. Otras cosas. Asuntos íntimos. Un pequeño escrúpulo de parte mía. Paca. — Un escrúpulo *?

Legrand. — Sí, hasta cierto punto. Se trata de

Carmen. Paca. — De Carmen !

Legrand. — Sí ; como cuando Enrique la dejó con nosotros, Alfredo no estaba en casa, y ahora ha venido a vivir aquí, según parece, me he creído en el deber de comunicárselo. Claro está que sin darle al asunto trascendencias inútiles. Le daba la noticia nomás, como un acontecimiento familiar de segunda importancia.

Paca. — No entiendo, hijo mío. — ¿ Es que acaso sospechas algo de Carmen ?

Legrand. — ¡Oh! no, mamá ! ¡ qué esperanza? — La tengo a mi prima en el concepto de toda una señora ; pero . . .

Paca. — Pero qué ?

Legrand. — Eso ; que quizás a Enrique no le parezca bien. Y como hemos sido nosotros los que insistimos en que Carmen quedara aquí.

Paca. — Fui yo la que insistí en ello, y esto es precisamente lo que debiera tranquilizar sus aprensiones.

Legrand. — Oh no, no ; no lo tome usted como un reproche que sería una injuria — no señora, Se

trata simplemente de una cuestión de delicadeza. Por otra parte, yo tampoco tengo ningún motivo para sospechar nada de Carmen ... ni de Alfredo : sólo que, como conozco un poco el mundo y sé que no necesita mucho para murmurar . . .

Paca. — ( Secamente. ) Tranquilícese ; tranquilícese usted, hijo mío. A pesar de su conocimiento del mundo, esta vez sus escrúpulos no tienen razón de ser. Se equivoca usted lamentablemente.

LEC4RAND. — Oh, no tan lamentablemente ; no tan lamentablemente. Alfredo y Carmen han sido novios según tengo entendido. Ya ve usted que la gente . . .

Paca. — ( Poniéndose de pie, airada. ) No veo nada. Conozco a mi sobrina y sé que es incapaz de faltar en lo más mínimo a sus deberes.

Legrand. — Le repito que está predicando a un convencido. Tengo a mi prima en el mejor de los conceptos.

Paca. — No lo demuestran así sus insinuaciones. Pero en fin, mañana estará aquí Enrique y Carmen volverá a su casa. ( Mutis violento. Legrand la mira salir, hace un gesto, toca el timbre y entra en su habitación. )

Menos MISIA Paca. La Criada

Criada. — ( Asomándose. ) Llamó el señor ? Legrand. — ( Asoma a la puerta. ) Si, — ¿ La señora está en el comedor ?

ií)0

Criada. — Si señor. — ¿ Le digo que venga ?

Legrand. — No, no. Deje nomás. ( Entra de nuevo y cierra la puerta. La criada avanza muy preocupada, saca una carfa del pelo del delantal, la mira, la da vueltas entre los dedos, luego la oculta rápidamente y se pone a arreglar los libros como disimulando. )

Dichos y Caiimen

Carmen. — ( Sentándose. ) ¿Acomodas? ¿A esta hora?

Ciliada. — No señora. Estos libros . . .

Carmen. — ¿A ver, a ver ? No me vayas a perder la ]iágina de ése. Dámelo.

Criada. — ( Dándoselo abierto. ) No lo había tocado.

Carmen. -— ( Mirando la página. ) Ah ! sí, sí ; está bien. ( Empieza a leer. ) ( La criada pone en orden algunos objetos y hace mutis por el foro. Carmen continúa leyendo unos segundos. )

ESCENA XTTT A1e/J05 le) Criada. Enlra AlfiíEDO por Ja izquienla. Ai>FRED(). — Carmen.

Carmen. — ( Volviéndose. ) Jesús ! Me has asustado. Alkiíedo. — Es necesario que hablemos. Caiímkx. — Ahora no, Alfredo ; no seas imprudente. Alfredo. — Y cuándo, entonces ? Es necesario que

hablemos, de cualquier modo. Por qué no ha de ser ahora ? La vieja está en el comedor, entretenida con Alicia. No vendrán todavía ; podemos hablar. Es necesario. Carmen. — Sí, es necesario ! Eso se dice muy fácilmente.

Alfredo. — Cuando no le importa a uno nada, no V

Carmen. — Oh ! no he querido decir eso. Pero comprende. Estamos en una situación terrible ; cualquier imprudencia nos perdería.

Alfredo. — O nos salvaría, qué diablo !

Carmen. — Pero estás loco, Alfredo ? ¿ Q,ué dices '?

Alfredo. — Eso. Que lo deseo.

Carmen. — Que lo deseas ?

Alfredo. — Sí, Carmen, sí ; es necesario que lo sepas. Me mata esta situación de eterna segunda parte en tus amores. No me resigno a eso. Te quiero mía, únicamente mía! Entiendes ?

Carmen. — ¿ Y no lo soy, acaso ?

Alfredo. — Esa es la ilusión que nos hacíamos : pero ya ves cómo no. Mañana volverá él, y volverás a ser suya. Porque le perteneces . . . porque eres de él. Eres de él, mal que nos pese !

Carmen. — Tá no me quieres, i^lfredo. Tu amor es demasiado egoísta para ser verdad. Si me quisieras como dices, no desearías mi perdición. ,Alfkedo. — Tu perdición ! Tu perdición ! En fin; tienes razón, después de todo. Exijo demasiado. El amor furtivo no da derecho a tanto,

Cakmen. — Oh! no hagas ironías, Alfredo; no tienes derecho.

Alfredo. — Que no tengo derecho ! ¿ Y mi amor ?

¿ Y mis celos ? Carmen. — Tus celos ? — Pero qué locuras dices? —

De manera que eres tú ? . . .

Alfredo. — ¿Y quién entonces ? — ¿ No vendré a ser acaso el único burlado ? — El te cree suya, lo ignora todo, y es feliz en medio de su ignorancia, sin que una duda turbe su sueño, sin que una idea martirice su pensamiento. En cambio yo, ¿ te imaginas tú mi tortura ; esta maldita obsesión que me hará verte siempre en sus brazos ; este martirio de sentir eternamente en tus labios el sabor de sus besos, de pensar eternamente que te amo sobre sus amores y te acaricio sobre sus caricias ?

Carmen, — Oh, me haces sufrir ; me haces sufrir demasiado ! Ponte en mi situación ; considera un poco ! Qué más puedo hacer yo ?

Alfredo. — Qué más puedes hacer ? Eso : abandónalo, vente conmigo.

Carmen. — Oh, no me pidas eso, Alfredo ! Piénsalo un poco ; sería mi caída, mi renuncia a todo, mi deshonra !

Alfredo. — Tu deshonra ! Y qué es eso ? Me amas, eres mía, no lo quieres al otro — y finges y aguantas y permaneces a su lado ! ¿ No te parece que sería más honrado decírselo todo, saltar por encima de todo, concluir de una vez con esta odiosa farsa que nos envenena ?

Carmen. — Oh, no ; no puede ser, Alfredo ! Pídemelo todo, menos eso. Sería mi perdición ! Entonces . . .

Alfredo. — Sí, entonces dejarías de ser una mujer honrada. Mi madre no te lo perdonaría.

ESCENA XIV Dichos y Alicia por ¡a puerfa del palio Alicia. — Conferencia ?

Carmen. — ( Dominándose. ) Sí ... un poco de prosa. Alfredo. — Eso, prosa : prosa trivial. Alicia. — ¿ Y se trataba ?

Carmen. — De tonterías. ¡ Las eternas locuras de Alfredo !

Alfredo. — Sí, tonterías ; bueyes perdidos. Tú puedes continuar en mi Ino-ar. Voy a ver si estudio un rato. ( Mutis. )