El Tempe argentino · Capítulo real 4 de 7

CAPÍTULO XX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 17 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XX

El sepulturero, el cáustico, el crepitante, el éntimo y los luminosos

Al lado del mante religioso, dedicado piadosamente, según la creencia popular, a la vida contemplativa debemos colocar al sepulturero, insecto exclusivamente consagrado a enterrar los muertos.

Los necróforos, o escarabajos sepultureros, parecen destinados por la naturaleza para purgar la tierra de los despojos que la ensucian y cuyas emanaciones contribuyen a viciar el aire, pues no tienen más ocupación que la de enterrar los restos animales y aún los cadáveres enteros de pequeños mamiferos y reptiles. Organizados para llenar este objeto, están dotados de un olfato tan delicado, que al instante se reunen en gran número al olor lejano de la carne mortecina; y apenas se puede explicar cómo unos animalitos tan pequeños (de media pulgada) puedan sepultar en pocas horas una rata, O una gallina entera. Cavan con afan debajo del cadáver, de modo que éste se va hundiendo por su propio peso, hasta que llegando a suficiente profundidad, los enterradores terminan su obra cubriéndolo con la tierra extraída del hoyo o sepultura.

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Dudo que este escarabajo, en su estado perfecto, se alimente con las materias pútridas que maneja; las enterrará para asegurar la empolladura de sus huevos y la nutrición de sus crías. A los pocos días nacen las larvas; que son unos gusanos blancos, provistos de patas cortas y poderosas mandíbulas. Para pasar al estado de ninfas, ellos mismos se entierran más profundamente; se fabrican con tierra amasada con su saliva una celda oval, y después de algún tiempo de encierro, salen transformadas en escarabajos para seguir el ejercicio de sus predeCcesores.

El color fúnebre del sepulturero coincide con su oficio; y es notable como, a pesar de una ocupación tan sucia, pueda este insecto conservarse apar limpio y sin olor. |

Aunque el mamboretá y el necróforo no recrean nuestra vista por sus formas ni colores, dan pábulo. a la meditación del filósofo y despiertan la atención del vulgo con sus singulares facultades y habitudes, y son, asi mismo, animalillos útiles que se acercan a la habitación del hombre para prestarle sus servicios. No asi las pintadas mariposas y tantos coleópteros, que nos seducen con su belleza, superando en brillo y variedad a las mismas flores; pues, aunque generalmente inofensivos en su nueva existencia a son ellos los que producen los innumerabl gusanos, orugas O 1socas, rastreras y voraces que deshojan los árboles; talan las huertas, taladran 13 nuestros muebles, roen nuestros vestidos y epácss man a los ganados. 31

Las mariposas del delta, son lindas y Pe la vestidas de plata, oro y terciopelo de todos los « res; aunque no para formar colecciones tan her

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sas y ricas como con los espléndidos lepidópteros de latitudes más elevadas. Podemos incluir entre los elegantes, por su figura y sus libreas matizadas, varias especies de carábicos, de las cuales dos merecen especial mención por la singularidad de sus propiedades: el cáustico o bicho moro y el crepitante. El primero, es fitófago muy voraz, de color cenizo, punteado de negro; cuando se le agarra, vierte por la boca y trasuda por todas las coyunturas un licor amarilloso, acre y cáustico, que causa ardor y rubefacción en las personas de cutis delicado. Nuestros farmacéuticos parece que lo emplean como equivalente de la cantárida; y tiene la ventaja de no ser ponzoñoso. (1).

El crepitante, insecto análogo al cárabo petardo de Europa, tiene una arma semejante a la del zorrino o mofeta; cuando se ve perseguido produce por el ano una explosión o estallido, lanzando un gas como humo, de un olor fuerte, parecido al del alcalí volátil; y puede repetir la descarga muchas veces seguidas.

Los coleópteros del género cárabo nos hacen grandes servicios devorando las babosas y muchos insectos y orugas que atacan las plantas. Los cárabos se distinguen por su forma prolongada, por sus patas largas y fuertes, siempre dispuestas para la carrera, y por sus antenas delgadas.

1. ““En la colección de insectos (dice D. Ramón de la Sagra), recientemente traída a Madrid por la expedición científica al Pacífico, se halla una especie de cantáridas de Montevideo, también vejigatorias, pero que no ofrecen el inconyeniente de ser venenosas como las de Europa??”.

*“Señalaremos entre las cantáridas que pueden sustituir a la común, ““la cantárida punteada*” de Montevideo, **cyta adspersa?”? Klug., ““epicauta adspersa?” Dej. Reveil.—For. mulaire raisonné des médicaments nouveaquz,

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Entre los coleópteros, hay esmaltados coprófagos o acatangas, capricornios de vivísimos colores, y crisomelas o vaquitas de cuerpo redondo y deprimido, tan preciosas, que algunas son como esmeraldas, y otras parecen de puro oro.

Me limitaré a describir un coleóptero del género éntimo, como digna muestra de nuestra fauna entomológica, y por la circunstancia de haber sido yo su primer descubridor en las islas del delta, único punto donde se le encuentra, al menos en estas latitudes. Este éntimo no cede en tamaño y hermosura al imperial y otras especies del Brasil, de las que difiere la nuestra en que tiene las patas lisas, y no vellosas como las de aquellas (1). A este género pertenecen las especies más notables de la entomología, por el brillo de sus colores y la belleza de sus formas; cumo que por eso la ciencia los ha particularizado con el nombre estimados (que es el significado de la voz griega éntimo), distinguiendo con los epítetos de imperial, noble, espléndido, las diversas especies conocidas. Si el éntimo del delta fuese de una especie nueva, convendría llamarlo platense o argentino. Es bastante grande, como de una pulgada; su cuerpo se asemeja a una navecita inversa; es sólido y todo teñido de un color verde muy brillante, recamado de oro y azul.

El éntimo argentino es una verdadera joya forjada por la naturaleza, que puede figurar al lado de

1. Tal es el aserto del Dr. Burmeister, que examinó el primer “*éntimo”” que encontré en las islas y lo dediqué al Museo de Buenos Aires. Poco después encontré un casal de ellos, y tuve el gusto de regalárselos, todavía vivos, al señor D. Bartolomé Mitre (siendo Presidente de la República) para su rica colección de insectos del país.

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las obras más acabadas y primorosas del arte, aunque tengan por materia el oro y las piedras más preciosas; con la diferencia que en el artefacto más perfecto y pulimentado se notan groseros defectos si se les mira al través de un lente, al paso, que en el insecto se descubren nuevas y más admirables perfecciones. Pero ¿cómo dar una idea exacta de este objeto peregrino, sin emplear el pincel para ofrecer siquiera una tosca semejanza de su forma y de su ornato? Aun así sería imposible imitar la brillantez y tornasol de sus tintas vigorosas, que se conservan invariables después de muerto el insecto, En la necesidad de compararlo con algún otro viviente conocido, yo 'no encuentro sino aquel primoroso pajarito, obra maestra de la creación. El éntimo, sin disputa, tanto por la belleza de su figura, como por la riqueza de sus galas, debe ocupar entre los insectos alados el mismo rango que el picaflor entre las aves.

El vivo colorido de las pedrerías y el esplendor de los metales bruñidos relucen en el cuerpo del éntimo como en las plumas del picaflor; igual es el fulgor, igual la vivacidad de sus colores y cambiantes; e igual es nuestro encanto al contemplarlos. Aunque no puede haber semejanza en su estructura, por ser de naturaleza tan distinta; mas si el uno hechiza nuestros ojos con los mórbidos y tornátiles perfiles del ave, también el otro nos embelesa con la bella disposición de su cuerpo, de forma navicular sin ángulos ni líneas rectas que interrumpan la suavidad de sus contornos: y el éntimo tiene con el picaflor del delta una semejanza de colorido que no deja de ser reparable, pues ambos son de un hermoso verde con reflejos azulados. Las seis patas

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esmaltadas del insecto son igualmente verdes, dominando el azul turquí en su cabeza y en toda la parte inferior de su cuerpo. Los élitros estriados del éntimo, multiplicando en sus relieves y nacelas las refracciones de la luz, hacen estincilar en todas direcciones su ropaje de esmeraldas y zafiros, todo salpicado de chispas de oro.

El reposo, la apacibilidad, la inocencia del éntimo platense cautivan a la par de su belleza. No huye de la mano que lo aprisiona; no hace el menor esfuerzo - para evadirse, ni tiene armas para su defensa; su único ardid al verse en peligro, es dejarse caer al suelo y hacer la mortecina. Apacible, silencioso, pausado en sus movimientos, parece un ser apenas animado: no es sino una alhaja, dotada de un tenue aliento vital, lo indispensable para su conservación y procreo; una alhaja que parece brindarse a la timida y delicada mano de la beldad, para que confiadamente la coloque entre sus más lindas preseas, como lo practican las Brasileñas con el éntimo imperial haciéndolo engastar en aros y prendedores. El éntimo platense nos recuerda también la mansedumbre e inocuidad de los cocuyos o tucus, con que las jovenes Argentinas y las Peruanas suelen realzar su tocado y su hermosura en los saraos y paseos nocturnos, adornándose con estos insectos luminosos, que cual si fuesen joyas de diamantes refulgentes, dan en cierto modo realidad al fabuloso carbunclo.

El cocuyo o linterna es indigena de la América muy diferente del insecto fosforescente conocido en ambos mundos con los nombres de lampiro, luciérnaga, luciola, marmóa y bicho de luz. Nuestro cocuyo es el piróforo descripto por Mr. Lacor-

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daire, su tamaño varía según la especie; los hay hasta de pulgada y media de longitud. Su caparazón es fuerte, de color negro, forma oblonga; es de lento andar, toma el vuelo con dificultad ; es fitófago y enteramente inofensivo. Su luz es perenne y no intermitente o relampagueante como la de la luciérnaga; ni alumbra como ésta por ei vientre, sino por los discos que tiene en la espalda, y también por la juntura del pecho y el abdomen, cuando despliega las alas. Un solo cocuyo ilumina la obscuridad de la noche hasta una distancia considerable, y es suficiente para leer en las tinieblas. Los Indios se lo atan a los dedos de los pies para andar de noche por los senderos del bosque y también se aiumbran en sus chozas colgando del techo una jaulilla llena de cocuyos.

La química no ha podido todavía descubrir la naturaieza de la sustancia luminosa de los insectos fosforescentes. Sólo se sabe que la luz es producida por la combustión lenta de una secreción particular, que en la luciérnaga ocupa los últimos anillos del vientre, y en el cocuyo se halla dentro de tres vejiguillas; dos situadas en los ángulos posteriores del corselete y otra debajo del pecho, sin niguna comunicación entre sí. Cuando el insecto duerme o se ve molestado, apaga o cubre sus luces con una membrana opaca, o por otro medio desconocido. Si por acaso llega a caer de espaldas, da un salto vertical para caer sobre las patas; pero no se sirve de ellas para saltar, sino que, apoyando en el suelo las dos extremidades de su cuerpo, lo arquea y cimbra para arriba. Parece que el nombre de tucu que se le da en este país es por imitación del traquido de su cuerpo cuando salta. Vive al parecer tranquilo y

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contento cuando se le tiene cautivo en un vaso .con alguna fruta para su alimento.

Hay en el delta otro insecto luminoso que por su belleza considero sin par en la entomología. Refiere Azara que “vió en el Paraguay un gran gusano de cerca de dos pulgadas de largo, cuya cabeza por la noche parece un carbón ardiente, y tiene además en todo el largo del cuerpo de cada lado una hilera de agujeros redondos, semejantes a ojos, de los que sale una luz débil, amarillenta”. El que he visto yo es una oruga del mismo tamaño, pero toda luminosa. Su cuerpo se compone de siete artejos que son otras tantas luces permanentes; la que corresponde a la cabeza es rojiza, y las demás son verdosas. No se puede dar un objeto más precioso y admirable, visto en la obscuridad de la noche. Si se presentase una joya de luces tan bellas y de tan suave brillo, no tendría precio.

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CAPÍTULO XXI

La avispa solitaria

Entre los insectos que se distinguen por su elevado instinto y por su industria, al más admirable por la apariencia de previsión y de ciencia, y por su industria y su historia sorprendente, es una avispa solitaria, que aun no tiene nombre porque nadie ha penetrado todavía, con los ojos de la investigación, al arcano de su vivienda. Esta avispa es grande, de más de una pulgada; su cuerpo es esbelto, negro, lustroso, sin vello, y las alas de color café. Sus movimientos son vivos y graciosos, es inofensiva, y tiene un canto melancólico, de sonidos dulces y vibrantes, parecidos a los que resultan girando un corcho por el borde de un vaso de cristal.

No es necesario ir a los campos o a los bosques para observarla; ella misma se nos presenta confiadamente y se establece en nuestras casas, para ejecutar a nuestra vista y ofrecer a nuestra contemplación la obra artística de su ciego instinto, y los admirables resultados fisiológicos de sus misteriosas

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operaciones, puramente maquinales. Si, dentro de la habitación del hombre, no solamente en los ranchos de las islas, sino en los edificios urbanos, todos los años se avecinda, y no elige las piezas apartadas para levantar su casita y establecer su familia con más seguridad y sosiego, sino los aposentos habitados, en cuyos techos y paredes trabaja descubierta, como si se complaciese en mostrarnos su habilidad y probarnos su confianza en el rey de la naturaleza, de quien no teme le rehuse la hospitalidad, ni mire con desdén una de las marvillas de su Creador. ¿Por qué no prefiere, como las demás avispas, la soledad y seguridad de los bosque para construir el nido a su póstuma prole? ¿No posee, como el camuatí, el arte de construir una casa sólida, capaz de resistir las intemperies? Parece, pues, que la avispa solitaria no buscase hasta el interior de nuestra alcoba, para darnos ejemplo de laboriosidad, de habilidad, de previsión, y también de abnegación, pues que todo lo hace para sus hijos. Flla no disfruta un solo instante de las comodidades de su morada ni de sus abundantes provisiones; trabaja con afán, bajo de nuestro techo pasando las noches al raso; y una vez concluida su tarea, se aleja para siempre a vivir o morir en la soledad y desamparo del desierto. ¡Singulares costumbres las de esta avispa, en oposición completa con todas las demás especies, que viven en sociedad y se auxilian mutuamente para la construcción de sus nidos y su defensa!

La avispa solitaria tiene una vida enteramente aislada, sin relación alguna con sus semejantes. Es una viuda desvalida, que apenas gozó un momento

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de su enlace conyugal; que no ha conocido a sus padres; y que, sin esperanzas de criar ni aun ver a sus hijos sabe sin embargo proveer a la seguridad y subsistencia de ellos. Ella sola lo hace todo; sin el concurso del macho, el cual, probablemente, después de su pasajera unión sexual, habrá sucumbido como el zángano que obtiene los favores de la abeja reina, pues que nunca se ve sino a la avispa hembra en la obra y provisión de la casa. Se compone ésta de varios departamentos o grupos de casillas tubulares hechas de finísimo barro, paralelamente colocadas. Cada departamento consta de una casilla central y cinco laterales para las larvas. Las provisiones consisten en arañas de patas cortas, de diferentes especies. Las trae vivas, pero atontadas por efecto del venenoso aguijón de la avispa; y así semivivas las amontona, unas sobre otras, en el cañuto o casilla del centro y tapa la entrada. Al mismo tiempo pone un huevo en cada una de las casillas laterales y también la cierra. Dando por esto por concluída su misión, abandona casa, provisión e hijos, para seguir la vida errante y solitaria de los bosque. Entre tanto los hijos que salen de los huevos, pasan todo el invierno en su encierro, nutriéndose y creciendo por un sistema de alimentación el más curioso y extraño. Se alimentan no por la boca, sino por los poros de su cuerpo, absorviendo las emanaciones de las arañas que al fin perecen por consunción. Esa absorción es suficiente para el desarrollo de las larvas hasta su transformación en avispas perfectas, las cuales salen de su prisión abriéndose paso con los dientes, y cada cual vuela por su lado para volver en el verano a construir, cada una aisla-

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damente, su edificio, repitiendo las mismas operaciones de la avispa madre.

He aquí un verdadero vampirismo; pero, al revés del monstruoso absurdo (admitido todavía en nuestros tiempos por naciones ilustradas) son aquí los vivos, los verdaderos vampiros que engordan a expensas de las sustancias de los semi-muertos.

El fenómeno que nos ocupa está admitido y explicado por la ciencia médica, aunque no precisamente en cuanto a la completa alimentación por medio de la absorción cutánea y pulmonar; pero reconoce el hecho de que una persona debil se robustece, puesta en contacto frecuente con otra vigorosa. La experiencia ha demostrado que, cuando en el matrimonio existe gran desproporción de edades, el consorte de más años mejorará a expensas del más joven; y se ha visto que los niños que duermen con personas ancianas, desmedran notablemente y aun llegan a morir. Una de las causas, tal vez la más activa, de la espantosa mortalidad de los niños de las inclusas, consiste en la falta del fomento del regazo materno, que completa la alimentación del infante con las emanaciones de la madre o del ama.

Este hecho fué conocido desde los tiempos más remotos, como parece probarlo la aplicación que de él hicieron los médicos hebreos en la decrepitud del rey David. El célebre Hufeland, en su Arte de prolongar la vida, cita algunos casos curiosos, muy interesantes bajo el punto de vista científico.

Todo cuerpo vivo exhala sin cesar, por medio de la transpiración en forma gaseosa, parte de su sustancia, y esa emanación participa de las mismas condiciones de salud o enfermedad del cuerpo que

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las produce; al mismo tiempo absorbe constantemente por la piel y por los pulmones las emanaciones de los cuerpos inmediatos.

En el caso de la avispa solitaria, es probable que sus larvas estén dotadas solamente de la propiedad de absorber; y, como las arañas se encuentran con esa misma propiedad debilitada por la extenuación, resulta que las larvas estarán constantemente recibiendo emanaciones asimilables sin perder nada; y por el contrario, las arañas perderán su sustancia sin compensación, demacrándose hasta quedar reducidas al pellejo, como se las encuentra cuando las larvas han llegado al estado de crisálidas.

Todo esto, y mucho más, tendría que. saber la avispa madre si ella operase guiada por el racioctnio. Para que un ser dotado de inteligencia pudisra proceder con el acierto de esta avispa, necesitaría prepararse con el estudio de la Física, la Fisiología y la Historia natural, además de la teórica y práctica indispensables para la construcción del edificio con las debidas proporciones y requisitos, aunque fuese con auxilio de la regla y el compás.

Para resolver el extraño problema de alimentar los hijos sin darles de comer, debería, ante todo tener «conocimientos de las funciones de la respiración y absorción, y de la peculiaridad de las larvas de ser sólo absorbentes. Entonces podría ocurrirle la idea de colocar las larvas al lado de otros insectos vivos que las nutriesen con sus emanaciones; pero ¿cómo hacer para que estos animales no devoren a las tiernas crías? ¿y cómo conservarlos vivos por el largo tiempo de tres o cuatro meses? Para eso sería indispensable que supiese que la araña goza el privi-

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legio de poder vivir mucho tiempo sin comer; y para evitar que ataquen a las larvas ni embaracen su desarrollo, idearía encerrar las arañas dentro de una casilla y colocar las larvas alrededor de este depósito. Mas para discurrir así, sería preciso que conociese la propiedad que tienen los gases de pasar al través de los cuerpos porosos y que esa porosidad existe en un tabique de tierra. “También le sería necesario conocer la ferocidad de las arañas que llegan a devorar a las más débiles de su especie, porque si en el encierro en que las deja tuviese lugar esa carnicería, quedaría todo perdido.

Para evitar tal desastre habría de ocurrir al arbitrio de narcotizarlas, sabiendo que lo lograría por medio del veneno del aguijón y conociendo también la dosis homeopática que se debe suministrar para no producir la muerte de las arañas.

¿Y no habría el temor de que el veneno introducido en el organismo de la araña, siendo a la vez absorbido por la larva, causase la muerte de ésta? Debería, pues, la avispa estar enterada de que los venenos animales únicamente obran introducidos en una herida o llaga, y pierden toda su fuerza recibidos por absorción e ingestión; por manera que la carne de un animal muerto de una mordedura ponzoñosa se puede comer impunemente, aunque impregnada de un virus deletéreo.

Aun llegada a este punto la solución del problema, todavia pudiera malograrse todo el trabajo con la asfixia de las larvas y sus forzadas nodrizas, si ignorase que unas y otras pueden vivir sin respirar el aire libre. Y, finalmente, sería necesario saber de antemano la duración del período del crecimiento de las larvas hasta su metamorfosis para poder gra-

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duar la cantidad de provisiones vivas que se deben almacenar.

¿Llegaría el hombre a las conclusiones del insecto, sin pasar primero por las vacilaciones de. la duda y por mil experimentos infructuosos ?

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CAPÍTULO: XX Los mosquitos

Los mosquitos, las moscas, los piques y otros parásitos obligan al hombre a preservar su morada de los miasmas que inficionan la pureza del ambiente, necesaria para la vida, y a la práctica del aseo en su persona, que tanto importa para la conservación de la salud.

Las aguas encharcadas, las inmundicias y putrefacción de toda especie son los criaderos donde pululan las larvas de tan incómodos insectos, al mismo tiempo que son el foco de las emanaciones que alteran la bondad del aire respirable.

El único inconveniente real que tienen las islas es la molestia que causan los mosquitos en la estación del verano; pero, como sólo invaden por la noche, fácil es librarse de ellos con el uso del mosquitero, o ahuyentándolos con zahumerios. El barón de Humboldt en sus viajes por la América acuatorial observó que los mosquitos no pasaban de una capa muy baja de la atmósfera, de unos doce a quince pies de altura; de modo que estableciendo a algunas varas de elevación un retrete para pasar

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la noche, se puede uno librar completamente de ellos, como vió el mismo Humboldt que lo había practicado cierto padre misionero.

Los indigenas habían hecho esa observación desde tiempos muy antiguos. Dice el padre Lafiteau que los conquistadores encontraron, en las márgenes del río de las Amazonas y del Orinoco, naciones numerosas que construían sus aldeas en el aire sobre troncos de palmas, a la altura de veinte pies del suelo, para librarse de la incomodidad de los mosquitos.

Puede asegurarse, porque se ha experimentado en estos países, que los mosquitos también desaparecen o se disminuyen al paso que se “aumenta la población. Sábese que el mosquito es un insecto que solamente en el agua se propaga, y ha de ser una agua completamente tranquila. Pretender, fundándose en la propia observación, que estos insectos se multiplican entre el follaje, es repetir un error vulgar que sólo prueba la falta de nociones sobre la historia natural.

Depone la hembra del mosquito sus huevecillos sobre la superficie del agua estancada, porque es necesaria la quietud del líquido para la incubación, el nacimiento de su prole y las transformaciones por que tiene que pasar. Permanece la nidada flotando hasta que empollada por el calor del ambiente, salen a los dos días unas larvas semianfibias que viven y crecen dentro del agua, hasta que llega la época de su metamorfosis, antes del mes. Entonces vuelven a flotar en estado de crisálidas, que es cuando se van transformando en insectos alados, y en breve tiempo, rompiendo la túnica que lo en-

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vuelve, sale el mosquito hecho y derecho, para tormento de los demás vivientes.

Ahora bien, con la populación y el cultivo de Pe islas, habrá cada vez menos aguas detenidas, porque se despejarán los canales obstruídos por los camalotes y árboles derribados, se limpiarán todas las acequias de desagiie, y se harán desaparecer los lagunajos para utilizar el terreno. Hoy es ya notable la diminución de los mosquitos en los puntos habitados del delta. Si en nuestras ciudades los hay (a veces más tenaces y astutos que los de las islas), es porque tienen su criadero en los aljibes y otros depósitos de aguas pluviales.

Además de que, esa molestia, sólo sentida en algunas noches calurosas del verano, ¿no está suficientemente compensada con la seguridad de no ser uno incomodado por ningún otro insecto ni sabandija de los que en todas partes abundan? En el de!- ta no existen aquellos ápteros chupadores que nos privan del sueño, y que no podemos evitar con el mosquitero. En la apacible mansión de las islas no hay insectos que causen la menor molestia durante las horas del día; no hay bichos ofensivos, ni reptiles ponzoñosos, ni se multiplica alli la oruga que despoja los árboles de nuestras quintas, ni existe la langosta que tala los campos, ni la hormiga destructora de las flores y las frutas. ¿Qué paraje hay en el mundo conocido, que con menos inconvenientes reuna mayores ventajas que las preciosas islas del río Paraná? ¡Cuántas regiones que hoy vemos cubiertas de plantas útiles y ganados de todas especies fueron antes el exclusivo dominio de las fieras! El hombre, atraído por la fertilidad del suelo, estableció allí su morada, destruyó los focos de infec-

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ción, y ahuyentó los animales nocivos, taló las selvas, desaguó los pantanos, purificó el aire, labró la tierra y la obligó a fructificar y alimentar numerosos rebaños para su sustento y su riqueza.

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CAPÍTULO. XXHL

Las flores olorosas, la oruga de esquife

Ha sido una creencia universal, desde los tiempos más remotos, que el olor de las flores y en general los perfumes vegetales purifican el aire. Si esta persuasión, que parece instintiva en el hombre, llegase a ser un hecho confirmado por la ciencia; si los aromas estuviesen dotados de la virtud de destruir los miasmas pestiferos, en tal caso tendríamos un defensivo natural, de facilisima aplicación, contra el azote cruel de las epidemias en el cultivo de las ilores en torno de nuestras viviendas, como lo es contra las impurezas de la atmósfera la plantación de árboles en las ciudades. -

“El aceite esencial, dice un autor moderno, que se desprende incesantemente de las flores en forma de vapor perfumado es un agente antipestilencial capaz de destruir los principios deletéreos de la fiebre amarilla, el cólera y demás contagios.”

Entre las plantas indígenas de suavísimos olores que las islas de nuestro delta nos ofrecen, hay tres notables por su perfume, que puede ser equiparado con el de las más suaves esencias: el 2sipó, el duraznillo, y el arrayan. El isipó es una magnífica

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enredadera vivácea que figuraría con ventaja entre las que decoran los más lujosos jardines formando colgaduras, festones y pabellones de espeso y perpetuo verdor. Es de larga vida, crece sin enroscarse; sus hojas son grandes, coreáceas, parecidas a las del naranjo; sus tallos fuertísimos aunque delgados se extienden desmesuradamente. De ellos han hecho siempre los montaraces, sin ninguna preparación, fuertes cordeles para asegurar el armazón de las hangadas y para sus construcciones rústicas. Las flores purpúreas de este bejuco, semejante a la arvejilla, no carecen de belleza; su aroma recuerda el sahumerio de exquisitas pastillas o pebetes; el fruto es una legumbre con hermosas habas color café, casi esféricas, muy duras.

El duraznillo fragante es un pequeño arbusto siempre verde, cuyos congéneres son muy comunes y conocidos en el país con los nombres de durazmillo negro y duraznillo blanco, gozando este último de gran crédito como planta medicinal. El que describo es, como éstos, de ramazón quebradiza; sus hojas son semejantes a las del durazno, origen de su nombre; los ramilletes de sus humildes florecitas, de un amarillo verdoso, sólo a la caída de la tarde exhalan sus efluvios odoríficos que no difieren del balsámico olor de la vainilla, sin embargo de que la planta estrujada despide un hedor nauseoso. El exquisito aroma de estas flores y la abundancia del arbusto que las produce se brindan a la industria para reemplazar la valiosa vainilla, extrayendo su esencia para el tocador, para la confitería y la economía doméstica.

- También debe ser el duraznillo de fácil cultivo,

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pues en el delta se le ve prosperar al sol y a la sombra, en los terrenos secos y en los húmedos. -

El día que descubrí esta planta en mi isla, me paseaba por entre mis frutales dedicándole mis cuidados, cuando al ponerse el sol percibí repentinamente un olor a vainilla, tan suave, grato y penetrante, que me embargó deleitosamente. No sabiendo a qué atribuir aquella improvisa fragancia, que no me parecía provenir de las flores, sino de esencias o perfumes, se me figuró que había pasado por allí alguna apuesta dama de la ciudad, dejando en pos de sí la estela olorosa de sus ropas perfumadas. Pero muy luego ví un pequeño arbusto florido, el duraznillo, que me reveló la procedencia del exquisito aroma que se confundía con el de la preciada vaimilla,

El arrayán es aquel vegetal favorito de los antiguos, conocido con el nombre de mirto, tan ensalzado por los poetas de todos los siglos, dedicado entre los Griegos y los Romanos a la diosa de la hermosura; emblema de los triunfos de los amantes y los guerreros; aquel poético mirto, con cuyas flexibles ramas se hacían coronas para honrar a los héroes y a los magistrados, y que los hebreos, en la fiesta de los Tabernáculos, llevaban en la mano junto con la palma y el olivo: ese mismo mirto es el que hoy, con el nombre de arrayán, embalsama y poetiza con su presencia los vergeles del delta; así como continúa y continuará siendo el ornato indispensable de los jardines en uno y otro hemisferio.

El arrayán es un arbusto elegante y delicado, siempre verde, que se eleva cinco o seis metros; su follaje es denso y luciente; compuesto de hojas pequeñas de un verde claro, lanceoladas, agudas, de

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un tejido consistente. Su madera es blanquecina, fuerte, correosa, susceptible del torno, propia para utensilios; sus florecillas blancas, de estambres mucho más largos que los pétalos; se agrupan formando lindos plumeritos que exhalan sin cesar un olor subido, embargante, que trasciende percibiéndose a larga distancia del arbusto. El fruto es una pequeña baya azul oscura que persiste todo el invierno como las hojas. Toda la planta es aromática; de ella se extrae el cosmético conocido con el nombre de agua de ángel. Por sus propiedades medicinales se coloca en la categoría de los vegetales aromáticos, astringentes y tónicos; por eso sus hojas y su corteza eran empleadas antiguamente en cocimiento para lociones y baños. Hoy día, aunque la medicina ha abandonado su uso, sus virtudes conservan el aprecio popular; y hay personas que prefieren el olor del mirto al de las mejores esencias, y se asegura que las modernas damas romanas emplean su agua destilada para aromatizar sus baños, considerándolo como especifico más eficaz para la conservación de sus atractivos. La industria cuenta el arrayán o mirto entre los vegetales útiles. En Italia y en Grecia se emplean sus hojas para curtir las pieles; en varios países se sirven de sus frutos en lugar de la pimienta; en el Brasil los llaman craveiro da terra. Ienoro si nuestro arrayán es una especie nueva; más aunque como vegetal se confunda con el mirto común. o con alguna de sus numerosas especies y variedades, hay en él una particularidad zoológica que lo singulariza. Esta consiste en una oruga singular, denominada por mí oruga de esquife, que vive entre sus ramas alimentándose de sus hojas con exclusión de toda otra planta. Es de una pulgada de

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largo, lampiña, muy semejante a la oruga llamada bicho de cesto. Lo mismo que ésta, vive aquélla constantemente dentro de su vivienda portátil sin dejarla nunca, pues la disposición de sus miembros no le permite andar afuera sino arrastrándose penosamente. Dicha vivienda tiene la forma de buquecillo con cubierta, de dos pulgadas de largo y media de grueso, que llamo esquife por tener dos proas como el batel de ese nombre, las cuales se levantan con gracia formando una curva a semejanza de las góndolas; en cada proa hay una abertura o escotilla, por donde la oruga marinera se asoma para dirigir su bajel sin salir de la bodega. Este esquife es formado de una pasta durísima de color aplomado, producida por el insecto, primorosamente graneada como la piel de zapa, pero suave al tacto y lustrosa.

Su sistema de locomoción es muy curioso; es propiamente una navegación aérea. El esquife está siempre suspendido entre dos ramas del árbol, como en un columpio, por dos hilos que llamaremos maromas, asegurados en una y otra proa. No he observado cómo se ingenia la oruga para tender las maromas que suspenden su nave, y para hacerla cambiar de rumbo cuando le conviene dirigirse a otra rama, O pasar a otro arbusto; probablemente soltará al aire una hebra larga, como hace la araña para extender la primera cuerda de su red. Siendo la seda de la oruga sumamente leve volará al menor impulso del ambiente hasta dar con una rama en que se pegue, y una vez asegurada la hebra volante, queda establecida la maroma; entonces la oruga la va recogiendo desde abordo para dirigir su navecita hacia el nuevo gajo que le presenta abundancia de hojas para su alimento. En las horas de su reposo,

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retira el esquife del amarradero y lo deja columpiándose entre sus dos maromas. La forma aovada del casco de la embarcación es necesaria para que la oruga pueda darse vuelta dentro de la bodega, a fin de sacar la cabeza, ya por una, ya por la otra escotilla, según lo exija la maniobra del esquife.

Cuando le llega el tiempo de pasar al estado de crisálida, corta una de las maromas y ata fuertemente el esquife por una de sus proas a una rama delgada, quedando en posición vertical mientras se opera la metamorfosis. No conozco la mariposa ni he observado la historia de la oruga de esquife; pero tengo por cierto que tan peregrino insecto es indigena de este país, que sólo vive en el arrayán, y que ésta es la primera noticia que se publica de su existencia.

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CAPÍTULO XXIV Las lianas, el pitito y la nueza

Lo que constituye la belleza mayor de aquellos bosques son las lianas o enredaderas que todo lo invaden, sin dejar árbol que no engalanen con su perpétuo verdor y con sus flores.

Extiéndense con increíble rapidez, adquiriendo muchas de ellas proporciones gigantescas con sus troncos*como parras o largos cables. Algunas veces pasando de copa en copa, cubren una considerable extensión de bosque, concluyendo por confundirlo en una sola masa de follaje.

Ellas son las que en la planicie del delta reemplazan las colinas, los barrancos, las cavernas, simulándolas sobre la armazón de los árboles más robustos.

Enramadas sombrías, graciosos kioscos, columnatas festonadas, colgaduras y guirnaldas de mil flores sobre la márgen de los arroyos, a cada paso incitan al viajero a detener su marcha para contemplar de cerca y disfrutar su amenidad y su frescura.

Cuando, en forma de festones, los entretejidos bejucos penden entre dos árboles, parecen hamacas floreadas, donde se ven los nidos de las aves suavemente mecidos por las brisas.

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Se ven magníficas tiendas de campaña que tienen por mástil central un seibo oprimido con el peso de un denso tejido de lianas, que, después de haber subido por su tronco, se descuelgan por toda la periferia de su copa, y arraigan de nuevo en el suelo, formando a su alrededor un gran círculo de cordones y cortinas.

Entre la confusión de tanta variedad de plantas trepadoras, son notables: el isipó, de tallos tan largos y fuertes que se emplean como cordeles; la afamada zarzaparrilla, única planta espinosa de las islas; una leguminosa que produce pequeños porotos que los leñadores saben aprovechar para su alimento; el carapé, que da una papa comestible en forma de torta; el tasí, que se señala por la magnitud y rareza de sus frutos, y más por la particular propiedad que tienen sus pequeñas flores de atrapar por la trompa a las mariposas que se le introducen para chupar el néctar.

Las enredaderas se agrupan en torno de los árboles en tal muchedumbre que he llegado a contar hasta diez especies sobre un solo tronco, trabándose entre ellas una verdadera lucha por encaramarse y ganar la luz.

Unas suben enroscándose; otras ensortijando sus zarcillos; otras agarrándose con sus garfios; otras asiéndose con los pedículos de sus hojas, y hay una que, aunque encuentre el tronco del árbol enteramente cubierto de otras lianas, se introduce como una sierpe con la punta de su tallo, dura y lisa, asegurándose con las espinas de que se va erizando, al paso que adelanta camino, hasta que se sobrepone a sus rivales, y sólo entonces empieza a desplegar sus hojas. |

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Entre esa multitud de lianas, tres son las que más se han hecho conocer por su utilidad o su belleza : el pitito, la nueza y el burucuyá, y son las más comunes, tanto en las islas como en el resto del país. La primera es del género tropeolo, que comprende una treintena de especies originarias de América (Méjico, Perú y Río de la Plata). La de flores naranjadas, conocida con los nombres de capuchina, taco de la reina, flor de la sangre, alcaparra de Indios y berro del Perú, es cultivada en los jardines, así del viejo como del nuevo Mundo. Con sus flores se aliñan las ensaladas; sus frutos encurtidos pueden reemplazar a las alcaparras; todas las partes de la planta tienen las propiedades del berro, y son antiescorbúticas.

El sabio Linneo ha admirado y celebrado el tropeolo por la rareza de sus formas; y su hija Cristina observó con asombro, que cuando está en flor la capuchina despide luces semejantes a las chispas eléctricas a la hora del crepúsculo vespertino.

Nuestro tropeolo, llamado pitito, por la figura del pito o pipa común que tienen las flores, proviene de un tubérculo globoso, del tamaño y contextura de la papa de comer, que contiene un zumo glutinoso, cristalino, de olor fuerte y sabor picante como el rábano. Sus hojas son alternas, pequeñas, delicadas, lisas, de un bonito dibujo en forma de estrellas; cada una se compone de cinco hojuelas lanceoladas, circularmente unidas a un larguísimo pedículo que le sirve de zarcillo para trepar y asegurarse, con la particularidad de que no lo enrosca sino cuando encuentra de qué asirse. Crece con rapidez, echando tallos no más gruesos que un hilo de acarreto, que se extiende sin término y se ramifican copiosa-

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mente; de modo que en poco tiempo desplega anchos velos de verdura sobre el arbusto, la verja o la glorieta que ha ocupado. Sus lindísimos festones pueden servir de modelo al bordado y para las artes de adorno.

El pitito merece un lugar preferente en los jardines por su bellísimo follaje que resiste a las heladas; recreando nuestra vista en el invierno. En la primavera se cubre de lindas y raras florecillas de coral, cuyos estrechos y hondos nectarios parecen sólo apropiados a la lengua del picaflor, el cual no cesa de girar en torno de ellas; y luego se transforman en pequeños frutos redondos, que, con sus largos pedúnculos, parecen alfileres de pecho con engarce de tres azabaches. Su jugosa pulpa da un hermoso color morado, y tiene las enérgicas propiedades de los tubérculos de la planta.

Arnold asegura que los frutos de la capuchina son purgantes, y tanto esa como las otras virtudes de la planta deben ser comunes al pitito y demás especies, si es que todas gozan de las mismas propiedades, como lo cree Merat.

Digno objeto es de un estudio fisiológico la extraña peculiaridad del pitito de resistir al frío más intenso, a pesar de la extrema delicadeza de este bejuquillo; a la vez de no poder soportar el calor, pereciendo en el verano, aunque en las islas nunca le falte la humedad ni la sombra. Se ha observado que el tropeolo es un vegetal animalizado por contener el fósforo en grande cantidad. ¿No gozará esta liana la propiedad animal del calor interno, debido a la producción fosfórica que arde a medida que se va formando, produciendo al mismo tiempo los peque-

12 — Tempe

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ños relámpagos que despide en su floración? Con esto quedaría explicado el fenómeno de su vegetación hienal, así como el de no resistir a la acción del calor estival, que, aumentando el fuego interior, la consume. (1)

El tierno y gracioso pitito, que se burla de los fríos del invierno, no puede resistir a los calores del verano; y entonces lo reemplaza otra liana tosca y desairada que se extiende con sorprendente prontitud; propiedad que le ha dado el nombre griego brionia (que crece con vicio). La especie más común, en España se llama nueza o vid blanca, en Francia nabo del diablo, y acá sandía cimarrona. Sus largos tallos herbáceos se elevan por las cercas y los árboles con el auxilio de zarcillos como los de la parra, sus hojas son grandes, palmadas como las de la vid y la sandía; la raíz es gruesa como el brazo y a veces más.

Cultivase en los jardines europeos, por la prodigiosa celeridad con que cubre los espacios que se le destinan. En Alemania los artistas la plantan en tiestos, y cuando sus tubérculos han adquirido el suficiente volumen, la trasplantan en el suelo, enterrando solamente las raices más delgadas. A la raíz gruesa, que queda fuera de la tierra, la tallan en forma de un rostro humano y le dan los colores convenientes para hacer más propia la semejanza. La naturaleza parece que se complace en acceder a ese entretenimiento inocente; pues a pesar de semejante operación, la planta vive y prospera sin alterar su nueva figura artística, sirviéndole sus retoños de

1. Branconot ha encontrado en la capuchina una cantidad notable de ácido fosfórico.

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cabellera. Este extraño género de escultura serviría de curioso ornato «a nuestros jardines, pudiendo amoldarse a todos los caprichos imaginables, puesto que las mismas formas caprichosas de los tubérculos de la nueza ofrecen campo vasto a la fantasía del escultor.

Con la raíz de esta planta era confeccionado el cosmético que las damas de la antigua Grecia tenían por más eficaz para embellecer el cutis y reparar los estragos de la vejez (1)

Su uso como purgante es popular en Europa, especialmente en Suecia y en Alemania, donde los lugareños suelen hacer un hueco en la raíz de la nueza durante la noche para que mane el jugo con que se purgan. También hacen rebanadas delgadas, que aplicadas a la piel irritan e inflaman, y forman así rubefacientes como los de mostaza.

La raíz de la brionia va adquiriendo gran fama en la medicina. Hoy han vuelto a acreditarse muchas de las admirables virtudes medicinales que le atribuían los antiguos, cuyo descrédito acaso provino de no haber hecho uso de la raíz fresca o recién arrancada, porque después de seca pierde toda su energía.

Además de ofrecer esta preciosa planta un remedio popular, siempre al alcance del pobre y del ais-

1. Dioscórides atribuye á esta raíz la virtud de limpiar el cutis, quitar las arrugas y extirpar las quemaduras del sol, los barros, las pecas y las manchas. *““La vid blanca (añade el Dr. Laguna, traductor de Dioscórides) es la que llamamos nueza en Castilla, planta muy conocida y de muchas y no vulgares gracias... El aceite que hubiese hervido en su raíz, quita todas las manchas y cardenales del rostro”?. Hoy es remedio popular para el reumatismo agudo.

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lado habitante de la campaña, también se le brinda como un abundante y nutritivo alimento, que siempre tendrá a la mano el viajero y el desgraciado fugitivo. Hay una clase de mandioca en el Brasil (de la que se hace la fariña) que contiene, como la raíz de la nueza, un zumo muy acre y venenoso; pero ese zumo se extrae lavando la raíz después de molida o triturada, quedando así en estado de poderse usar como alimento sano y agradable.

Sus cogollos, como los de la mayor parte de las plantas trepadoras, son buenos para comer, cociendo antes en agua los que tengan alguna acritud. “Yo los he comido así, dice Darwin, y me han parecido casi tan buenos como los espárragos.”

También es usada en nuestro país como planta tintórea. Cociendo el tallo, hojas y fruto, resulta un hermoso color amarillo con que se tiñe la lana para los tejidos en las provincias argentinas del interior.

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CAPÍTULO XXV

El burucuyá o la pasionaria

El bejuco que hemos colocado en tercer lugar en la categoría de los más preciados de este suelo, aunque no tiene las propiedades medicinales y alimenticias de los otros, merece la primacia por su hermosura, su magnificencia y sus caracteres simbólicos. En efecto, entre la innumerable variedad de lianas de nuestro emisferio, la que más cautivó la atención de los descubridores e historiadores de América, por la rara belleza de sus flores, fué el burucuyá de los Guaranies que los Europeos han realzado con el nombre de pasionaria o flor de la Pasión, enredadera vivaz, de pomposo follaje verdeesmeralda, que se conserva todo el año, y que por espacio de cuatro meses luce esmaltada de hermosas flores en que se encuentran todos los matices del azul, desde el celeste al turquí, y los del encarnado, desde el rosa al carmesí, y a veces en una misma flor reunidas todas estas tintas; viéndose, al mismo tiempo, cubierta de frutos naranjados, más bellos, cuando entreabiertos muestran los granates de su seno.

Admirable y singular como toda ella es la manera

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de operarse la fecundación en esta flor. Sus tres estigmas, u órganos hembras, al abrir el capullo se hallan juntos y erguidos, y se ha observado que, algunas horas después, se separan y se inclinan hasta encontrarse con los órganos machos o estambres para recibir el polen, y luego de haber sido fecundados vuelven a levantarse, permaneciendo adheridos a la baya hasta su maduración. ¿Quién, al contemplar este simulacro de los más vivos sentimientos, no se ilusionará hasta atribuir la animalidad a esta flor maravillosa? El célebre autor del poema de los Amores de las plantas hubiera dicho que las tres novias, al impulso de la pasión, buscan a sus esposos que las aguardan en el tálamo nupcial, y que después, cual tiernas madres, permanecen inseparables del fruto de su consorcio.

Es tan numerosa la clase de las pasionarias, que ya se han descrito más de doscientas cincuenta especies con diferencias bien notables.

¿Cómo explicar la minuciosa semejanza de todas las flores de una misma pasionaria, cuando sus especies numerosas presentan tantas variedades? Las hay muy fragantes, y a algunas se le atribuyen virtudes medicinales. Su fruto, muy apetecido de las aves, tiene un sabor dulzaino, agradable a los niños; antes de la madurez se hace con él un dulce muy exquisito por su aroma y por su dejo.

Transportado a Europa, el burucuyá es objeto de los mayores cuidados en los jardines e invernácuios, sirviendo su follaje para tapizar las paredes y formar guirnaldas siempre verdes. Los hielos de nuestro clima no le ofenden; su vida es de largos años, y sus tallos se extienden sin término hasta la cima de los álamos más altos, frondoseándolos vistosa-

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mente en el invierno con su verde manto tachonado con los discos cerúleos de sus flores y las esferas doradas de sus frutos.

Su nombre científico pasiflora, que significa flcr de la Pasión, preconiza la singularidad de presentar en los órganos floreales un recuerdo tan marcado de los principales instrumentos de la pasión del RKedentor, que no sólo ha impresionado la imaginación del pueblo, tan propenso a encontrar lo maravilloso, sino el espíritu ilustrado y pensador de muchos escritores.

Para representar en un vegetal unos objetos de formas entre sí tan discrepantes como extrañas a la conformación de los órganos de la fructificación, debía resultar un conjunto singular que formase una flor en nada parecida a las demás; y así es en efecto la flor de la Pasión.

En ella se ve la imagen de la corona de espinas que pusieron los judíos sobre la cabeza de Jesús, la columna donde fué azotado, los tres clavos con que traspasaron sus pies y manos, las cinco llagas, y las cuerdas con que lo ataron: penetrando con la fe en el corazón del fruto de la pasiflora, también hallaremos allí un recuerdo del cruento sacrificio en aquellos glóbulos que, en color, brillo, forma y tamaño, remedan gotas de sangre coaguladas.

¿Será que Aquel que para demostrar la verdad de su misión divina, mandaba a la naturaleza y la naturaleza le respondía con los más brillantes prodigios, haya querido dejar escrito en la misma naturaleza el recuerdo de su sacrificio? Y eligió para perpetuarlo, no el granito de las montañas, sino los órganos frágiles de una flor que perece el día que nace; pero que en infinitas y perpétuas ediciones

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renueva la celeste inscripción, como en las débiles hojas del papel, la imprenta perpétua la sublime doctrina de su Evangelio.

O ¿será todo esto una mera ilusión? ¡Venturosa ilusión que engendra la importante realidad del recuerdo saludable de la redención del hombre, a la vista de una flor, en los jardines y en los desiertos, por donde quiera que la suerte guíe sus pasos! Y esa misma planta que el cristiano admira como emblema del sacrificio que le abrió los cielos, también le enseña con su ejemplo, que no confíe en sus propias fuerzas para subir a ellos por el sendero de la virtud. ¿Qué habría sido de esa lozana pasionaria sin el arrimo del árbol que la sostiene? El hombre es una débil liana que se agobia por su propio peso; es una pasionaria frondosa que extiende sus primeros vástagos hacia el cielo; más si le falta un apoyo se encorva y arrastra por la tierra. Sostened con la fe sus sentimientos; dadle el arrimo del árbol de la cruz; regadlo con la doctrina de la caridad, y crecerá vigoroso y dará las flores de las virtudes y copioso fruto de buenas obras.

Todo lo que nos conmueve en lo bello; todo lo que nos enajena en la virtud; todo lo generoso, todo lo heroico, se resume en esta palabra divina: “AmAD A DIOS Y A LOS HOMBRES.” Dios ha puesto la moral en el amor, para que estuviese al alcance de todos los hombres, hasta de los más pobres de espíritu. La inteligencia podrá desarrollarse más o menos, pero el alma siempre será grande. ¡Doctrina subli-

me que toma sus discípulos en el primero y úl- .

timo escalón! Jesucristo por medio de la caridad, eleva a la multitud ignorante hasta la sabiduría de Sócrates. A la Religión, pues, corresponde vivificar

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a los pueblos. Serán justos delante de Dios, si aman a los hombres, y poderosos entre los hombres, si aman a Dios. El amor, esa caridad prescripta por el Evangelio, es una felicidad para este mundo y para la eternidad. Amad, y vuestros deseos quedarán satisfechos; amad, y seréis felices; amad, y seréis libres e invencibles; amad, y todas las potencias de la tierra se arrastrarán a vuestros pies. El amor es una llama que arde en el Cielo, y cuyos dulces reflejos brillan hasta nosotros. Abrensele dos mundos, concédenseles dos vidas. Por medio del amor a Dios y a los hombres, gozamos de la virtud, de la paz y de la libertad en la tierra, y nos uniremos a Dios en el Cielo.

No hay verdad ninguna, moral o política, cuyo germen no se halle en algún versículo del Fvangelio. Cada uno de los sistemas modernos de filosofía ha comentado uno, y lo ha olvidado después; ia filantropía ha nacido de su primero y único precepto, —la caridad; la libertad ha seguido el camino trazado por él, y nunca servidumbre degradante ha podido subsistir ante su luz; la igualdad política ha provenido del reconocimiento que nos ha hecho hacer de nuestra igualdad, de nuestra fraternidad ante nuestro padre Dios; las leyes se han morigerado, los usos inhumanos se han abolido, las cadenas se han roto, la mujer ha reconquistado el respeto en el corazón del hombre. A medida que su palabra. ha resonado en los siglos, ha hecho desplomarse en ruinas un error o una tiranía; y puede decirse que el mundo actual en su conjunto, en sus leyes y costumbres, sus instituciones, sus esperanzas, no es más que el verbo del Evangelio, más o menos encarnado en la civilización moderna. Pero

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su obra dista mucho de estar acabada: la ley del progreso o de las mejoras, que es la idea activa y potente de la razón humana, es también la fe del Evangelio; él nos prohibe pararnos en el bien; nos llama siempre hacia la perfección; nos veda desesperar de la humanidad, ante la cual presenta, sin cesar, horizontes más luminosos: y cuanto más se abren nuestros ojos a la luz, más promesas leemos en sus misterios, más verdades en sus preceptos, más vasto porvenir en su destino.

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