El Tempe argentino · Capítulo real 5 de 7

CAPÍTULO XXVI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 16 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XXVI

El irupé

La más admirable de todas las flores, la planta singular de la familia de las ninfáseas, llamada irupé por los Guaranies, y Victoria regia por los botánicos, es una de las maravillas del reino vegetal, que se ostenta en nuestros grandes ríos. Aunque no se la encuentra en el archipiélago del delta del Parana, ¿cómo es posible, al describir este río, dejar en silencio tan hermosa hija de sus aguas?

Los que hayan visto las balsas o islas herbáceas que flotan en las hondas del Paraná, formadas de nenúfares, sagitarios y otras plantas acuáticas, vul- . garmente llamadas camalotes, fácilmente concebirán como se extiende el 1rupé sobre las aguas. Figurémonos uno de esos mantos flotantes, del verdor más fresco formado de gran número de bandejas redondas, de una brazada de ancho, coronadas de enormes espigas globosas de azabache, y de magníficas flores carmesies de alabastro, de una vara de ruedo, que esparcen un aroma delicioso.

Todo es notable y raro en esta planta fluvial: sus flores, sus frutos, su fragancia y hasta sus movimientos espontáneos que la colocan entre las plantas dotadas de sensibilidad.

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Los grandes discos de sus hojas natátiles, de

cinco a seis pies de diámetro, lisas y verdes por en-

cima, con un reborde vertical de dos pulgadas, se asemejan a una gran fuente, lo que ha dado*origen a su nombre guaraní irupé (plato en el agua). Por debajo son rojizas, con una red de gruesas nervaduras huecas que contribuyen a mantenerlas sobre el agua, aunque aves de gran tamaño, como las garzas, se posan sobre las hojas que pueden sostener el peso - de una criatura, sirviéndole de cuna flotante.

El peciolo sale del centro de la hoja. Los rizomos “Oo tallos de la planta, siempre sumergidos, están erizados de largas espinas, y lo mismo las nervaduras de las hojas, el pedúnculo y el cáliz, que está dividido en cuatro sépalos rojos. La flor, de un pie de diámetro, se compone de más de cien pétalos, interiormente blancos, simétricamente colocados que, según se acercan al centro, van disminuyendo en tamaño y tomando un color encarnado hasta el carmín. Numerosos estambres forman en medio de la flor una bella corona amarilla y punzó.

Estas flores colosales del irupé brillan con singular hermosura a la luz del sol, esparciendo un olor suavísimo, comparable al de la flor del aire, y sobrenadan como las hojas de la planta, alargando para ello una8 y otras sus pedúnculos y peciolos todo lo que es necesario para llegar al nivel del agua; y cuando esta se eleva accidentalmente, aquella prolongación continúa.

A la flor sucede un fruto esférico del tamaño de la cabeza de un niño, que se cubre de semillas o granos redondos del grueso de la pimienta, duros, lisos, negros y lustrosos, llenos de una fécula amilácea propia para el sustento del hombre; por esta

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razón en el país es designada la planta con el nombre de maíz de agua y sirve de alimento a los naturales. Siendo el irupé o Victoria regía planta anua que se reproduce por la simiente, sería muy fácil su multiplicación, con sólo echar sus granos en los arroyos y lagunas de fondo cenagoso; pero no prospera sino bajo un clima cálido. En Europa se ha logrado conservarla y hacerla dar flores en acuarios, a una temperatura de treinta grados.

La planta germina y crece desde los primeros días del otoño; pero permanece en el estado de inmersión hasta la primavera, cuando el calor constante de la atmósfera no puede ya dar lugar a una repentina destemplanza. Las flores retardan su aparición hasta el verano, saliendo diariamente del agua al amanecer, y desapareciendo con el astro del día, mientras que las hojas permanecen siempre sobrenadando.

La Victoria regia presenta con más propiedad que otras plantas el raro fenómeno del reposo nocturno que Linmeo observó en algunos vegetales, denominándolo sueño de las plantas. Las flores del irupé, después de permanecer abiertas durante el día, según se ha dicho, hacen a la caída de la tarde sus preparativos para retirarse a su alcoba acuática. Se apimpollan poco a poco, ciérranse sus cálices, y así que se pone el sol, se sumergen y pernoctan debajo del agua hasta que vuelve la luz del día; y entonces aparecen de nuevo sobre la superficie desplegando sus capullos y difundiendo su perfume.

¡Cuán bello es! ¡Cuán majestuoso el momento en que la reina de las ondas desabrocha lentamente su corola desenvolviendo uno tras otro sus anchos pétalos oblongos, cóncavos, rosados y brillantes, y

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mostrando su purpúreo seno! Al contemplar meciéndose sobre las aguas a estas hermosas náyades, y verlas ocultarse en las ondas luego que por la ausencia de la luz no pueden ya lucir sus galas y atractivos, nos parecen unos seres dotados de sensibilidad e inteligencia que se complacen en la admiración y simpatía que inspira el esplendor de su belleza, y el embeleso delicioso de quien, al contemplarlas aspira el hálito balsámico que exhalan.

En torno de ellas, todo parece reunirse para añadir a los placeres de los sentidos los goces del sentimiento. Al surcar la ligera nave por entre las islas frondosas del alto Paraná sobre una agua tranquila, velada con el verde manto de los nenúfares de corolas celestes y de plata y oro, y el pomposo ropaje y las soberbias flores encarnadas del irupé, galanteadas por lindas mariposas, encantadores colibries y un variado cortejo de aves acuáticas, ¡qué dulce serenidad penetra en el alma del viajero! La soledad y el silencio de los bosques, las maravillas de la vegetación, la animación inocente de tantos seres, todo nos produce el olvido de los cuidados y afanes mundanales; todo concurre a dilatar el corazón, a renovar el recuerdo de nuestras más tiernas afecciones, y avivar nuestra ingénita aspiración a un retiro de paz, de descanso y de contento. El hombre siempre ha pedido a la naturaleza la calma del corazón perdida; y en verdad que sólo la naturaleza ha podido siempre restituirsela.

Siglos y siglos, miles de años habían corrido sin que se hubiese presentado en aquellas soledades habitadas por el espléndido irupé, sin que se hubiera aparecido un ser que pudiese admirar y hacer conocer al mundo esta obra maravillosa del Crea-

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dor; hasta que penetró allí el hombre culto, único capaz de apreciar y gozar tanta belleza. Haencke, botánico alemán, que murió en América en medio de sus doctas investigaciones, fué el primero que dió a conocer (en 1779) esta magnífica ninfeácea, denominándola euriale amazónica, en memoria del río en cuyas márgenes la descubrió. En 1831, d'Orbigny la encontró en los ríos Paraguay y Paraná... Después ha sido bautizada por el botánico inglés Lindley con el nombre de Victoria regia, en obsequio a su soberana, y últimamente el viajero alemán Schomburgh la describió preconizándola como la reina de las flores. Por cierto que no hay en todo el orbe otra planta que reuna como el 1rupé la hermosura a la magnificencia; la fragancia y belleza de las flores a la utilidad de los frutos, la singularidad de sus formas y la rareza de sus habitudes.

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CAPÍTULO XXVII Los árboles

¿Qué compañeros más útiles del hombre, que los árboles que, a la vez que amenizan su mansión, mantienen la fertilidad del suelo que cultiva? Los árboles protegen las vertientes, impiden la pronta evaporación de las aguas y atraen las lluvias y los rocíos. Los árboles depuran la atmósfera de los gases perniciosos, exhalan el oxígeno que nos da la vida, depuran y fecundan el suelo que los nutre, después de colmarnos de sus dones. Los árboles, nos dan alimento, medicina, vestido, casas, muebles, utensilios, embarcaciones, vehículos de toda clase y mil productos necesarios para las artes todas. Los árboles nos refrigeran con su sombra en el verano y mantienen el fuego del hogar en el invierno; nos protegen contra el huracán y contra el rayo; ofrecen abrigo a las aves y forraje a los ganados; proporcionan recreo a nuestros ojos, melodía a nuestros oídos, perfume a nuestro olfato, regalo a nuestro gusto, grata y útil ocupación a nuestros brazos, vitalidad a nuestro cuerpo, y elevación a nuestro espíritu.

Por poco que se observe la vegetación del delta argentino, se notará muy luego, que son dos los rasgos que la particularizan; el uno es la confusa mezcla de árboles, diferentes en forma, en follaje y en color; el otro la prodigiosa variedad de plantas

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sarmentosas, llamadas enredaderas, bejucos y lianas; las cuales dan a sus arboledas un aspecto muy variado, e imprimen a sus paisajes cierto aire festivo y romántico en que consiste su mayor encanto. La vista no se harta de recorrer, ni la mente de admirar

la profusión de vegetales, aun de las más apartadas familias, que se agrupan y entretejen confundidos, sin perjudicarse al parecer; sirviendo además de apoyo a las plantas trepadoras, nutriendo las parásitas y abrigando las aéreas que no participan de los jugos de la tierra, ni usurpan la sustancia del árbol que las lleva.

Los árboles que han cumplido el período fijado a la existencia de cada especie, parecen aun por largo tiempo frondescentes con el prestado follaje de las lianas que los envuelven, y cuando sus carcomidos troncos caen al suelo para devolverle con su descomposición los principios que de él han recibido, todavía la naturaleza se apresura a velar las huellas de la muerte revistiéndolos de una túnica de verde musgo, adornada de helechos y agáricos, ¿Cómo explicar tan activa como inagotable fecundidad? El supremo grado de fertilidad del terreno, la extraordinaria profundidad de esa tierra vegetal,

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el riego frecuente de las mareas, la propiedad fertilizante de las aguas del Paraná por su tibieza y de las del Plata por su limo, la ausencia completa de aguas corrompidas, y finalmente, la angostura de las zonas numerosas, que hace más accesibles las masas vegetales a la acción del sol y demás agentes atmosféricos, todas éstas deben ser las causas de tan copiosa y exhuberante vegetación.

Así también se comprende por qué la flora del delta nos presenta el aspecto de una latitud más elevada, por las mumerosas especies de árboles y plantas de hoja permanente, que dan a sus bosques la fisonomía alegre de la primavera, a pesar de los frios y heladas del invierno, formando un notable contraste con la vegetación agostada de la costa.

Mas ¡ay! que pronto desaparecerá tanta amenidad, tanta belleza, ante los rudos pasos de la industria desnaturalizada por la' codicia y el error. Con dolor se ven caer ya los bellos árboles que hacían la delicia de nuestro Tempe a los golpes del hacha, acerada como los corazones en que el interés ha ahogado el sentimiento de lo bello, y ciega como la ignorancia que labra su propia ruina.

¡Arboles bienhechores, que fuísteis el encanto de mi infancia, y que siempre he contemplado con enajenamiento y gratitud! yo os ampararé, yo Os conservaré ilesos como os crió la naturaleza, sobre los arroyos que rodean mi rústica vivienda, para

que vuestro espeso ramaje continúe derramando

sobre ella la frescura de vuestra sombra, el bálsamo de vuestras flores, la ambrosía de vuestras frutas, el canto de vuestras aves. ¡Ah! esparcid como siempre

en torno de mi cabaña la fragancia y el regalo, la:

salud y la alegría!

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CAPÍTULO XXVIII

Los duraznos

El pérsico, llamado así por su origen, melocotón en España, y en esta parte de América durazno o duraznero, es el frutal que se ha propagado en las islas, lo mismo que el naranjo, de un modo asombroso, formando montes, que parecen interminables sobre las márgenes de los canales y arroyos del delta. Al observar la espontaneidad de su germina--' ción, el vigor con que crece y prospera, a pesar de la espesura que lo circuye; al notar su frondosidad y larga vida, la abundancia, la grandeza, el colorido, la delicadeza y la fragancia de sus frutos, podría creerse que el Plata y no la Persia es la patria originaria de este árbol, si no constase que fué traído al Nuevo Mundo por los primeros colonos europeos.

No es raro ver en las islas durazneros de la corpulencia de un hombre, con una copa de cinco varas de radio, llena de duraznos, o más bien, melocotones tamaños como naranjas. Generalmente crecen mezclados con los árboles silvestres, viéndose algunos tan oprimidos por la vegetación indígena, que apenas alcanza un rayo de sol por algún resquicio del tupido follaje que los rodea; y no obstante, se muestran vigorosos y fecundos. Sujetos al cultivo

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del hombre, los arbolitos de un año que se trasplantan a cuatro o cinco varas de intervalo, al siguiente verano empiezan a fructificar, y al cuarto año -ocupan ya todo el terreno, cruzando unos con otros sus ramas laterales, encorvadas hasta el suelo con el peso de la fruta. |

El hermoso melocotón o durazno silvestre de las islas no cede, en el conjunto de sus calidades, a ninguna otra de las frutas más preciadas de todo el orbe; pues que a la belleza de su forma esférica, matizada de lucidísimos colores, y a su olor aromático, reune una pulpa delicada; de una dulzura tan grata al paladar que no causa saciedad, aunque se coma con exceso. Y si a estas excelencias se agrega que es en alto grado alimenticio y saludable, ¿crál será la fruta que se le pueda comparar ?

Sólo tres variedades se conocen del durazno isleño, designadas con los epítetos de blancos, amarillos y bayos, éstos por el color de su piel y aquéllos por el de su carne. No hay abridores o priscos ni pelones; todos son ligeramente vellosos y de carne adherida al hueso o carozo. Aunque de variado sabor, son sin excepción dulcíisimos y fragantes.

Su pulpa suculenta, más o menos jugosa y refrescante, es un alimento que conviene a todas las edades, desde los niños de pecho hasta los ancianos, aunque no se tome con moderación, con tal que la fruta esté bien madura y se le quite la piel o cáscara. Para los estómagos débiles conviene sazonarlos con vino y azúcar. Si los pérsicos, en todas sus variedades, son con razón universalmente apreciados como una de las producciones más agradables y sanas de las zonas templadas, nuestros duraznos silvestres son los preferidos en Buenos Aires por

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su relevante bondad y exquisito aroma; ellos son el adorno de nuestras mesas y uno de los postres más deliciosos.

Antes de su madurez, se comen preparados en compota o en conserva; y en mermelada, estando maduros. Para conservarlos sin dispendio, se secan al horno con su hollejo, o al sol, decortezados y enteros, o descarnados, y con más frecuencia reducidos a lonjas, lo que constituye los orejones; preparaciones todas que no les, dejan sino una parte de su mérito, pero nada pierden de la propiedad nutritiva y saludable.

Se extrae de esta fruta, por su abundancia, el aguardiente de durazno para el comercio local, en alambiques establecidos en el delta. Con el hueso o el carozo, haciéndolo infundir en aguardiente, se prepara uno de los mejores licores, conocido bajo el nombre de agua de noyó, de virtud estomacal. Un uso más importante de la parte leñosa de estos huesos es el que de ellos se hace para la preparación de un hermoso negro muy usado en la pintura al óleo bajo el nombre de negro de albérchigo, y muy estimado por el hermoso gris que de él se obtiene. Del tronco y ramas de este árbol suele manar una goma que tiene mucha analogía con la goma arábiga, y es considerada con razón como una suce-. dánea de ésta. Se la emplea en los mismos usos.

La madera del duraznero, que en otro tiempo era la única leña que se quemaba en las cocinas de Buenos Aires, y que continúa empleándose en la campaña como postes de corral, está hoy día clasificada entre las mejores maderas para taracea O embutidos. Sus vetas son anchas y bien marcadas, de un bello rojo pardo, mezcladas con otras vetas

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de un color más claro; el contacto del aire, lejos de alterar sus colores, aumenta su hermosura; su grano fino y unido lo hace susceptible de un hermoso pulimento; es fuerte y durable, y entre las maderas del país es una de las más buscadas por la ebanistería u obras finas de carpintería.

Tanto las flores del durazno como la hoja, la pepita o almendra y el carozo contienen ácido prúsico, el más terrible de todos los venenos sacados de los tres reinos de la naturaleza; pero que la medicina emplea como medicamento. Todas estas partes son amarguísimas. Las flores tienen una virtud laxativa, que es menos activa cuando están frescas; la. infusión de los pétalos es la que se usa con frecuencia; con ella se hace el Jarabe de durazno, que se administra a los niños y a las mujeres débiles como purgativo y vermifugo (1). Finalmente, las hojas y la almendra del durazno son empleadas por el arte culinario para mejorar el gusto de las cremas, pastas, etc.

El completo de tantas cualidades, así útiles como agradables, hacen de este árbol un don precioso de la naturaleza de nuestro delta, que todo el país ha apreciado debidamente, habiéndose apresurado cada

1. Para hacer este jarabe se hace primeramente una infusión en agua hirviente de una gran porción de flores de durazno; después se mezcla el agua de la infusión con doble peso de azúcar refinado, y se pone al fuego para que hierva a fuego lento hasta que tome el punto de jarabe. La dosis a tomar: una cucharada cada media hora hasta que empiece a hacer efecto.

En el delta donde no hay médicos ni boticas, debían tados los quinteros recoger las flores cuando caen (que son los pétalos) hacerlas secar a la sombra y guardarlas para el uso de las familias.

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uno de sus habitantes a trasplantarlo en el recinto de su morada, aun en el centro de las ciudades. Por todas partes en los establecimientos de campo, sean estancias, chacras o quintas, se ven montes de duraznos.

La presencia del duraznero despertará siempre recuerdos agradables a los hijos de este suelo. ¿A quién, en la niñez, no llenó más de una vez de regocijo el galano aspecto de este árbol, cuando, cubierto de un manto color de rosa, nos anuncia la cercana primavera? ¿A quién no ha encantado la vista de su copa agobiada por el peso de sus torneados frutos, rubios como el oro, o blancos como el marfil, con las chapas de carmín que anuncian su sazón? El duraznero nativo de las islas no puede rivalizar con los árboles siempre verdes que crecen a su lado; pero su tronco extiende largos brazos cuyos flexibles gajos brindan sus racimos de duraznos a la mano que quiera recogerlos. Aunque no ostentan copas densas y elevadas; pero agrupados cerca de la casa, forman frondosos bosquecitos de fresca sombra y silencioso retiro, alfombrados de fina y tendida grama.

¿Quién no ha recorrido Métna vez en su infancia 4 espesos montes de duraznos de nuestras chacras, ya buscando los nidos de los pájaros, ya espiando la madurez primera de la fruta? ¿Cuántas veces no han suscitado nuestra inocente bulliciosa rivalidad, disputándonos la posesión de los duraznos más her- * mosos y maduros para tener el placer de presentárselos a las personas más queridas? El duraznero ha sido el testigo de nuestros primeros goces, el compañero de nuestros placeres juveniles; jamás podremos contemplarlo sin cariño. Estas primeras emo-

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ciones serán siempre caras al corazón sensible, - y los objetos que las recuerdan no pueden serle indiferentes.

Empero, si queremos ver reproducidas con viveza esas imágenes risueñas de la primera edad, preciso será que penetremos por las amenas soledades del fortunado Tempe Argentino, por entre esos montes interminables de duraznos que las lianas floridas entrelazan con el mirto y el laurel, y que los arroyos retratan en sus tranquilas aguas, entreteniendo su lozanía y su frescura. En esos selváticos asilos, en que no se encuentran todavía huellas humanas que despierten ideas melancólicas, es donde la imaginación nos traza con delicia las candorosas escenas de la infancia, los afectos puros de nuestra juventud con sus nobles y santas aspiraciones, olvidando en horas apacibles los continuos pesares de la vida.

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CAPÍTULO XXIX

El agarrapalo

Entre las innumerables plantas descofocidas y raras de nuestras islas hay un árbol de condiciones singulares, cuyo nombre es apropiado a su rapacidad.

Es un verdadero constrictor vegetal, que se llama agarrapalo, por la propiedad que tiene de agarrarse del tronco de los otros árboles para hacerse un lugar entre la apiñada vegetación, y sobreponerse y suplantar a los demás.

Su pequeña simiente conducida por los vientos, se fija y germina sobre el tronco de un árbol cualquiera, y alli se nutre y crece segura entre las ramas, desplegando sus humildes raíces por encima de la corteza. Las crecientes del Paraná ahogan mil plantas tiernas que apenas levantaban sus débiles tallos sobre la tierra que las vió nacer; pero el agarrapalo se salva en lo alto del tronco que lo ampara” Las tempestades sacuden y desgajan el árbol protector; mas el agarrapalo se preserva al abrigo de la copa hospitalaria. Continúa así medrando y extendiendo sus raíces hacia el suelo, hasta que las introduce en la tierra, y entonces se desarrolla y crece con nuevo vigor, ostentándose siempre verde y frondoso. Dotado el agarrapalo de

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una vegetación activa muy superior a la del árbol oprimido, absorbe todos los- jugos del terreno, envuelve con sus raíces al tronco hospitalario, y lo sofoca; y al fin el humilde advenedizo descuella soberbio, enseñoreado del suelo, y enriquecido con los despojos del extinto árbol nativo.

Un gran fenómeno social semejante a este fenómeno vegetal se está efectuando hoy en el seno del Nuevo Mundo, un acontecimiento que se desenvuelve en proporciones inmensas, y de un resultado funesto sobre la suerte de muchos millones de seres humanos. El opera una revolución, un cambio completo y rápido en todas las condiciones políticas, morales y materiales de los pueblos sometidos a su influencia. Sus efectos son la extinción de las nacionalidades, la degradación de las razas, la ruina y la miseria de los individuos. Su acción es tanto más segura e incontrastable, cuanto que es pacífica y legítima en sus medios; y tanto más temible, cuanto más desconocida es en sus verdaderas causas, € inapercibida en sus efectos del momento. Este fenómeno social es producido por la SUPERIORIDAD INDUSTRIAL E INTELECTUAL sobre la ignorancia.

Una nación en otro tiempo prepotente y opulenta, hoy en lastimosa decadencia, ha hecho pesar los males del idiotismo sobre treinta millones de sus hijos y descendientes; raza atrasada e inerte, que se encuentra circuida de otras adelantadas, industriosas, activas y emprendedoras, que la explotan, le absorben sus industrias, la empobrecen, la debilitan y por fin la dominan y anonadan.

Esa raza que se encuentra hoy en lucha tan desigual, y que ha cedido su riqueza y su influencia en todos los puntos del globo donde ha entrado en

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libre competencia con otras más aventajadas, es la raza ibera, es nuestra raza. Y necesariamente ha de ceder a la conquista pacífica, operada por la superioridad científica e industrial, si no despierta de su sopor, si no se coloca al nivel intelectual de las demás por medio de la instrucción .

En medio de los actuales progresos de la ciencia y la actividad humana, no puede ser otra la suerte de los pueblos ignorante.

El peligro es inminente, permanente, y crecerá de día en día, porque crecer con espantosa rapidez las fuerzas industriales que se desenvuelven en torno de nosotros, y afectan nuestros medios de vivir y de prosperar. Reconcentremos todas nuestras fuerzas sobre nosotros mismos; levantémonos por un supremo esfuerzo. El remedio está ahí: IwsTRUCCIÓN PRIMARIA A TODOS, NIÑOS Y ADULTOS.

Cultivar el corazón y la inteligencia del pueblo, enseñarle los rudimentos de la ciencia para exponer ante sus ojos los tesoros de la naturaleza y de la industria, y la importancia de sus deberes y derechos; he aquí el único remedio para tamaño mal que amenaza con la miseria a nuestros hijos, presentando a su vista a los extraños sentados sobre la herencia de nuestros padres.

Para este grande objeto deberían unirse todos los hombres de todas las condiciones, sean cuales fuesen sus ideas. De esta cuestión debe separarse toda querella de partido, de círculo, de aspiraciones. No se debe permitir que se la mezcle con las opiniones políticas. El pueblo todo debiera consagrarse a este objeto con la unidad de acción de un solo hombre.

¿Quién puede calcular el grado de progreso, de elevación, de moralidad y de engrandecimiento a

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que llegaría nuestra patria, con el inmenso campo que se brinda en ella a la industria en su dilatado territorio virgen, en sus riquezas no explotadas y en las que yacen ignoradas, si se levantase un día una generación compuesta de individuos todos educados y en posesión de los medios poderosos de la ciencia y de los procederes de la industria moderna ? Con el desarrollo de la inteligencia y la moralidad, ¡cuánto no crecería su potencia de producción! ¡cuánto la fecundidad de la industria! ¡cuántos recursos nuevos, no sospechados aún no descubriría en las artes y en la naturaleza! Con la educación y la instrucción así difundidas, se aumentarían en igual proposición las probabilidades de la aparición de las grandes capacidades y los genios creadores que ilustran y engrandecen a los pueblos.

Aquel gran pensamiento de Leibnitz: Si se reformase la educación de la juventud, se conseguiría reformar el linaje humano; paradoja en aquel siglo, sueño dorado de las almas nobles, que ha tenido en la época presente su realización en la América del Norte, produciendo la nación más poderosa, libre y próspera del mundo; ese pensamiento formulado para nosotros por Rivadavia en esta bella frase: La escuela es el secreto de la prosperidad y del engrandecimiento de los pueblos nacientes, es hoy bien comprendido por todas las inteligencias; es ya una verdad casi trivial, de la que nadie duda, y que sólo espera el impulso del Poder para dar a nuestra sociedad un nuevo ser, y salvar de su inminente ruina nuestra nacionalidad y nuestra raza.

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CAPÍTULO XXX El seibo y el ombú “)

El ombú de nuestras costas y el seibo de nuestros ríos son los primeros objetos que hieren la vista del extranjero que desde lejanas tierras viene en busca del metal precioso que da nombre a estas regiones. ¡Dos árboles estériles por única muestra de las producciones del Río de la Plata, a las ávidas miradas de los peregrinos que pisan, llenos de esperanza, la nueva Canaan, la tierra de leche y miel, prometida a su infortunio! ¡Qué inesperada desilución! ¡Qué desencantos! Dos árboles improductivos, ¿cómo pueden anunciar el suelo más feraz, el clima más hermoso de los dos mundos?

Pero que penetre el extranjero en nuestras pampas que producen el oro en verdes hebras: que

1. El ombú, árbol peculiar de esta parte de la América del Sud, pertenece al género *“Fitolaca””, especie dióica (Compendio botánico de Ortega, y An encyclopedia of plantes, de Leudon). A la particularidad de ser estos árboles, unos masculinos y otros femeninos, deben el nombre griego dióica que significa ““dos casas?”?.

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penetre en nuestras islas que vuelven en pomas de oro las simientes confiadas a su seno; y sabrá esti-

mar aquel árbol mágnifico que, después de haberle '

servido de norte para llegar al puerto deseado, le ofrece fresca sombra y seguro albergue en medio de los prados píngiies que le han de dar la anhelada opulencia sin más trabajo que el cuidado de un rebaño: y sabrá estimar aquel otro árbol florido que prepara el terreno fertilísimo que le dará la riqueza en retorno de un poco de industria y de sudor.

El ombú es el árbol del pueblo pastor, a quien ofrece sombra y casa en medio de las vastas dehesas que alimentan sus ganados.

El seibo es el árbol del pueblo labrador, para quien prepara el suelo fértil, surcado de canales navega-

bles; y los materiales para improvisar su choza, sus

muebles y su barquilla.

El ombú incita al pastor a dejar sus habitudes

nómadas, brindándole un asilo cómodo, grato v bello. El seibo contribuye a estrechar la sociedad humana y acelerar su progreso, preparando un terreno capaz de una densa población.

Para eso los creó la Providencia, diseminando al

uno por las pampas, y agrupando al otro sobre los

ríos. ¡Singular armonía entre dos vegetales de tan distinta naturaleza como el seibo y el ombú, y de ambos, árboles estériles, con la civilización humana.

Uno y Otro son plantas peculiares y exclusivas de la región del Plata, donde desempeñan una misión providencial.

El junco y el seibo son los operarios que la natu-

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raleza emplea para elevar los bajios y los bancos sobre el nivel de sus aguas y reunir los materiales que deben componer la tierra vegetal de las islas nacientes. Un juncal, apesar de su aparente debilidad, es el firme pilotaje que sirve para formar el cimiento del futuro terreno. Los tenaces juncos, naciendo sobre las playas de los bancos, aseguran el arenal por medio de las espongiolas de sus raíces entrelazadas, y entre la tupida muchedumbre de sus vástagos retienen las nuevas arenas sucesivamente arrojadas por las ondas; también protegen la germinación de otras plantas acuáticas, que con sus despojos y el légamo del río van preparando el terreno para la vegetación arbórea.

El seibo es el primer árbol que aparece entre el juncal: al principio, pequeño, tortuoso, raquítico y lento en su crecimiento, como si viviese luchando con la muerte; mas al fin triunfa, mejorando él mismo las condiciones del terreno, y entonces crece vigoroso y corpulento, pero desairado e irregular como aquellos deformes saurios antediluvianos que los geólogos nos pintan. Se propaga con rapidez, formando en torno de la isla naciente una estacada de robustos troncos, que entretejidos con las plantas trepadoras, se oponen a la acción de los vientos y las olas, y conservan en calma el agua que cubre el terreno en las crecientes diarias, obligándola a depositar toda la materia sólida que trae en suspensión.

Por otra parte, sus gruesas raíces solevantan el suelo notablemente, haciéndolo apto para la vegetación de nuevas yerbas y arbustos; y la misma ramificación rala del seibo es una condición necesaria

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para su destino de terraplenador, porque es una espaldera viva, preparada por la naturaleza para sostén de las plantas sarmentosas.

Mil enredaderas se apiñan bajo su copa que no las priva de la luz del sol, y trepan a porfía por su rugoso tronco y espaciada ramazón para cubrir la desnudez del patriarca con un manto de follaje, mezclando sus variadas flores con las del árbol protector. En su espesura encuentran las aves seguro asilo para dormir, y abrigo para sus nidos. Así es como al pie de los seibos se acumula lentamente un gran depósito de detrito, resultado de la descomposición de las sustancias orgánicas depuestas por cy plantas, los insectos y los pájaros.

El ombú, lejos de propagarse como el seibo, se cría siempre solitario y a largas distancias en la pampa.

De ningún modo convenía que el ombú participase de la fecundidad del seibo, porque éste fué destinado para formar el terreno y prepararlo para el hombre; pero aquél solamente para proteger su habitación sobre un terreno ya preparado. La naturaleza, para asegurar la multiplicación y perpetuidad de las especies vegetales, se ha mostrado pródiga en la producción de la semilla, e ingeniosa en los medios de su propagación. A unas les ha dado alas o velas para que sean llevadas por los vientos; a otras garfios para que se agarren de los animales encargados de transportarlas sin saberlo; estos mismos diseminan otras muchas después de haberles servido de alimento; a otras las ha rodeado de una pulpa apetitosa que las hace transportar a largas distancias por el hombre.

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A las habas del seibo las dotó de la misma grawedad específica del agua para que fuesen fácilmente trasladadas por el liquido, y detenidas en los juncales donde debían germinar; e hizo además bisexas las flores de este árbol para asegurar su fructificación.

Con el ombú ha seguido la naturaleza un plan opuesto. En primer lugar, ha hecho de él una planta dióica, es decir, que tiene los sexos separados en individuos distintos; de modo que para que el ombú hembra pueda dar semilla, no sólo necesita tener un ombú macho inmediato, sino que una brisa favorable o algún insecto alado en la época precisa, lleve el polen sobre las flores femeninas. Dado que se logre la fecundación, siendo su fruta incomible, no apetecida por las aves, y no teniendo ninguna facilidad para mudar de sitio, debe germinar al pie del mismo ombú, donde muy luego la tierna -planta parece ahilada por la densidad de la sombra; y las que por cualquier accidente logran nacer al aire libre, generalmente mueren por los hielos del invierno.

Si así no fuese, si el ombú tuviera la facultad reproductiva de los otros vegetales, no existieran hoy las pampas; serían un terreno perdido para la agricultura; las cubriría una selva impenetrable de ombúes que rechazarían toda tentativa, todo esfuerzo humano para la ocupación útil del suelo. ¡Cuánto trabajo, gastos y años de fatiga no le cuesta al norteamericano el desmonte de sus bosques, aunque sean de maderas utilizables! ¿Con qué provecho se podría talar un monte, cuya ma-

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dera inútil se renueva vigorosa detras del hacha que la derriba?

¡Cosa admirable! Después del transcurso de miles de años desde la formación del suelo de las pampas, mo se ha formado un solo bosque de ombúes; sólo se encuentran individuos aislados, que, lejos de embarazar el cultivo del terreno, son los mejores protectores de la estancia y de la chacra, defendiendo del sol y de la intemperie sus animales, sus aves, sus carros y sus útiles de labranza. La Providencia ha conservado por largos siglos, preparadas para el hombre, esas inmensas llanuras cubiertas de una gruesa capa de tierra vegetal, libre de piedras, bosques y matorrales, para que le fuese fácil su cultivo. Sólo plantó allí un árbol frondoso, vedándole la ocupación del terreno, hasta que llegase el pueblo que debía ser favorecido con tan rica posesión.

. El ombú es el único objeto que se eleva sobre la dilatada pampa, destruyendo la monotonía de ese océano de verdura. Sus abultadas-raíces, que se levantan en una enorme masa cónica, base de un tronco, imitan las rocas simulando en los huecos de su seno sombrías cavernas que pueden servir de cómoda habitación en el desierto. Casi siempre su presencia indica desde bien lejos, la morada humana al caminante extraviado que apresura hacia él sus pasos para gozar el seguro reposo del rancho hospitalario de la pampa.

En las dilatadas llanuras sin caminos, el ombú es el norte del viajero; y levantándose sobre la planicie de las costas del Plata, en forma de colinas invariables como las montañas, son la guía segura del navegante para tomar el puerto, evitando los bajíos peligrosos.

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Uno de los caracteres distintivos del ombú es su longevidad, condición requerida en un ser que con dificultad se reproduce. No se conoce el término de su vida. Nadie ha visto hasta ahora un ombú seco de vejez. No hay tradición que recuerde la edad juvenil de algunos. Por las enormes dimensiones de ellos, con treinta varas de circunferencia en su monstruosa base y quince en su tronco, puede juzgarse que tiene miles de años de existencia.

¿Será sin límites la vida del ombú? Una existencia perpétua estaría en contradicción con las leyes del organismo animal y vegetal, que señalan a la vida un término más o menos largo; pero puede admitirse que el ombú goza, como ciertos pólipos de una vida múltiple, que se renueva incesantemente por su parte exterior, mientras en la interior va feneciendo la organización originaria: de manera que el ombú que hoy juzgamos milenario, no sea en realidad sino un ser nuevo, sepulcro vivo de sus progenitores. El estudio de la fisiología del ombú nos decifrará este enigma; entretanto hay un hecho observado por todos, que prueba que en este árbol extraordinario efectivamente muere y se destruye su parte interior, pues todo ombú antiguo tiene hueco su tronco y aniquiladas sus raíces primitivas.

Un fenómeno de longevidad igualmente indefinida, aunque por un proceder muy diferente, se verifica en el mangle, que descuelga algunos vástagos hasta el suelo, para echar nuevas raíces que lo rejuvenecen y eternizan.

El seibo, que no ha sido creado como el ombú para compañero del hombre, y que se multiplica con exceso, vive solamente el tiempo necesario

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para cumplir su destino de formar el terreno, y cuando cae decrépito al impulso del viento, todavía contribuye con sus despojos a aumentar y bonificar la tierra; o bien, ofrece al isleño una madera leve y débil, pero durable, y a propósito para sus rústicos muebles y vajillas.

Además de su extraordinaaria longevidad, tiene el ombú tal fortaleza que no hay huracán que lo derribe; y es su vitalidad tan prodigiosa, que ni la sequedad ni el fuego tienen poder para destruirla. Si por acaso algún violento torbellino llega a destrozar su copa, muy pronto se rehace con asombroso vigor y lozanía. ¡ Prodigiosa duración y solidez del edificio levantado en el desierto por la mano de Dios para el hombre!

El ombú siempre ha resistido las sequías destructoras que, de tiempo en tiempo, han asolado las campañas. ¿Cómo una planta de tanto follaje, y situada sobre un terreno árido, puede soportar tan prolongada privación del agua? Ahora podemos iínauirir el destino de las desmedidas raices del ombú, aue más bien parecen una dilatación o protuberancia de su tronco. Sin duda aquella es la despensa donde tiene un abundante acopio de jugos que absorbe en los días de abundancia, para no perecer ei los de esterilidad. El camello y el dromedario, creados como el ombú para vivir en el desierto, tienen en su cuerpo grandes depósitos de grasa y de agua, a los cuales deben la facultad de poder pasar muchos días sin comer ni beber, al cruzar dilatados páramos donde no se encuentra ni una gota de agua, ni una hebra de yerba. Así el oinbú también tiene su abundante provisión de savia, que le permite soportar la se-

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quedad de la atmósfera y el suelo sin perder nada de su frondosidad, sin faltar con protección de su sombra, cuando más la necesitan los vivientes. ¿No hay en todo esto una admirable y sabia previsión que nos revela al Creador?

Mas, en medio de los furores del hambre y de la sed abrasadora de una larga seca, el tierno, sucoso y fresco ombú sucumbiría a la voracidad de los animales, si su autor no hubiera evitado esta otra causa de destrucción, dando a los jugos de este árbol un sabor que repugna a los cuadrúpedos, a las aves y a los insectos. Y a esto también se debe que el ombú pueda germinar y crecer en medio de los campos sin sufrir la menor lesión del diente de las bestias.

No goza el seibo igual privilegio, pero se salva por su fácil y excesiva multiplicación ; también ha sido dotado de una vitalidad no inferior a la del ombú, porque tiene que resistir a un agente más poderoso de destrucción, cual es el fuego de las quemazones que frecuentemente devora los montes de las islas. Todos los árboles y plantas quedan reducidos a cenizas, menos este gran obrero de la naturaleza, que, retoñando con nuevo vigor, sigue cumpliendo su destino. |

Parece que el Hacedor hubiera querido que dos seres que desempeñan un rol tan importante fuesen respetados por toda la creación. Y ésta es la ocasión de defenderlos contra el mayor reproche que se les hace, cual es la inutilidad de su madera. Si ésta fuese de algún valor, ¿qué hubiera sido de la única sombra y amparo de las pampas? ¿qué de la fertilidad de nuestro delta? En un país sin bosques, las necesidades del hogar y la explotación ciega de la codicia los habría exterminado.

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Primeramente el salvaje, que suele derribar el árbol para tomar su fruta, los hubiera talado para calentarse al fuego de sus leños; después el civilizado, no menos egoísta e imprevisor, hubiese dado cabo a la devastación.

Véase, pues, como la desestimación de su madera es también una de las condiciones indispensables para el objeto de su creación.

El ombú no sirve mi para el fuego, es frase repetida por el hombre irreflexivo; pues a eso cabalmente se debe su conservación, de tanta importancia para los habitantes de la pampa. El seibo tampoco es bueno para la lumbre, y aunque su frágil madera es de algún provecho, su aplicación, antes indicada, es limitadísima y de poco interés.

Así como el ombú refrigera con la frescura de su sombra a los hombres y animales, cuando el sol abrasa la tierra con sus rayos; así el seibo, cuando las aguas se retiran, derrama sobre las plantas que lo rodean una lluvia de agua cristalina que mana de sus ramas. Algunas veces he plantado al pie de un seibo algunas tomateras que han prosperado admirablemente en un suelo constantemente humedecido por las fuentes del árbol.

Suelen verse varias de sus ramas envueltas en erandes espumarajos, de los cuales destila la savia gota a gota. Dentro de esa espuma se rebulle un enjambre de larvas, cuyas madres seguramente han sido las que, picando*la corteza al desovar, han abierto las fuentes para la extravasación de la savia. Es creencia vulgar que de esas larvas salen los tábanos, pero no es así. Yo he observado sus transformaciones; de ellas resulta un insecto alado, verde, saltón, como de seis líneas de largo, de corselete muy ancho terminado en dos

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puntas agudas; el cual ninguna semejanza tiene con el tábano.

Si el hombre no se halla satisfecho con los servicios que le prestan estos vegetales, analícelos, estudie sus propiedades, y quizá encontrará muchas de gran provecho para su salud y conveniencia.

Lo que está comprobado es que posee una singular virtud, de infalible efecto, no simplemente para curar una dolencia física, sino para cortar de raíz un vicio de los que más degradan al hombre, —la ebriosidad. Hubo en Buenos Aires, a principios de este siglo, una señora, conocida de muchas personas que actualmente viven, que con el mejor éxito hacía profesión de esta especialidad médica. Suministraba en cierta dosis (que ella nunca reve- 16) el jugo de la raíz del ombú, mezcládo con el licor favorito del paciente; lo que daba por resultado una repugnancia tal a las bebidas alcohólicas, que el borracho dejaba de serlo para siempre. A personas fidedignas y respetables he oido citar varios casos de semejante curación, que generalmente se practicaba con los soldados y esclavos de aquel tiempo.

Debe también poseer nuestro ombú la virtud antisifilitica de su congénere la fitolaca de la América setentrional.

Si aquel secreto se recuperase; si esta importante virtud fuese comprobada por la medicina, ¿qué mayor recomendación para el árbol argentino? Entonces sí, que la presencia del árbol providencial tendría mucho más inmediata relación con el bienestar del hombre en este suelo. La civilización, en su nueva evolución en la región del Plata, hallaría en él un antídoto para las dos

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ponzoñas que más corroen y degradan a la civilización actual: el alcohol y la sífilis (1).

No debe olvidarse otra condición importante del seibo y el ombú, aunque sea común a la generalidad de los vegetales, y es la propiedad que tiene de purificar el aire, absorbiendo los miasmas perniciosos, y exhalando el oxígeno necesario para la vida del hombre. Las grandes poblaciones, por un error fatal a su salud, han extirpado en su recinto esos morigeradores de la atmósfera, destruyendo el equilibrio y la armonía que la naturaleza ha establecido entre el animal y el vegetal. Las pequeñas poblaciones, impulsadas por el deseo pueril de parecerse en algo a las ciudades, hacen lo posible por destruir las arboledas de su seno, acabando así con el más bello adorno de un pueblo, sea ciudad o aldea, y con las fuentes más puras y perennes de la salubridad del aire que respiran.

El seibo para los jardines y el ombú para los paseos públicos; no hay planta que los aventaje

(1) Dice Rambosson que los hijos engendrados durante la embriaguez resultan ordinariamente epilépticos. (“Les lois de la vie”.) Morel relata en comprobación de este aserto los ejemplos más tristes y desgarradores, exclamando: “¡Qué de hechos no podría yo añadir en confirmación de la degenerescencia de los descendientes de individuos entregados al alcoholismo crónico!” “No debe, pues, sorprendernos observar en las naciones civilizadas tantas aberraciones de inteligencias y tanta perversión de sentimientos.” (“Traité des dégénérescences”.) ¿Quién ignora que el uso del aguardiente ha sido y es la causa principal de la rápida y enorme disminución de la población indígena de ambas Américas, y de la extinción de muchas tribus?

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en la pureza de sus emanaciones, y pueden competir en belleza con el resto de los árboles. El ombú sobre su extensa base que ofrece cómodos asientos, su robusto tronco terso y limpio, y su ramaje pintoresco, ostenta una magnífica copa esférica, sin par en frondosidad y colorido. El seibo, que nació como la mujer para mostrarse engalanado, es preciso, para verlo en su esplendor, que ostente sus grandes ramos de hermosas flores carmesies sobre su atavío de pasionarias y enredaderas floridas. Así es como lo presenta a nuestros ojos la madre naturaleza en su patria el Tempe de los Argentinos.

El ombú prospera en los lugares más áridos y en toda clase de terrenos, con tal que no tengan una humedad excesiva. Sólo se multiplica por la semilla, y es preciso, mientras es pequeño, ponerlo a cubierto de las heladas. Transplantándolo joven, no requiere ya ningún cuidado, ni el del riego; y alos cuatro o cinco años, ya es un árbol muy írondoso. El seibo, por el contrario, quiere una tierra suelta y medianamente húmeda. Se multiplica por estaca, y desde el primer año se puede tener un árbol hecho y florido plantando un grueso poste. Pero, ¡cuidado! que como la rosa, tiene sus espinas, pequeñas pero enconosas, que se extienden desde el tronco hasta las mismas hojas.

No hay árbol como el ombú para formar umbrosas alamedas o avenidas arboladas. La naturaleza de nuestro clima, madrastra de los árboles exóticos, parece que les niega el sustento, exigiendo la solicitud y constante atención del hombre. El ombú, su hijo predilecto, prospera admirablemente sin necesidad de estos cuidados. Y ¿cuál

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es el árbol de otros climas que aventaje a nuestro ombú en frondosidad, majestad y hermosura? Bien puede herir su copa un sol abrasador, bien puede faltarle el refrigerio de los rocíos y el alimento de las lluvias, no por eso dará paso a un solo rayo del astro, ni soltará una sola de sus hojas; mientras que los demás árboles languidecen, se angosta su follaje y ralea su sombra en la estación. de los calores.

En otro tiempo, añosos copudos ombúes recibían al viajero delante del muelle de Buenos Aires, y por su belleza y su frescura se hacían amar y admirar del extranjero, desde que pisaba nuestras playas; empero fueron despiadadamente arrancados por el gusto pervertido de los que no encuentran nada hermoso en su patria; por los que no se impresionan de la sublimidad de la pampa ni de la magnificencia del gigantesco vegetal que forma su mejor ornamento. Despreciamos el ombú porque no lo hemos visto ensalzar en los idilios de Gésner o de Meléndez, por más que nuestros poetas le hayan consagrado bellísimas estrofas. ¿Será menester que vengan los extraños a enseñarnos a apreciar y admirar lo que es bueno y bello en nuestro suelo?

¡Seno hermoso de la patria que siempre encon-.

tré lleno de encantos, que has hecho siempre las delicias de mi vida! ¡Cada día hallo en tí nuevas gracias que gozar, coa maravillas que admirar! Niño todavía, yo amaba los bosques misteriosos de tus islas y las llanuras solitarias de tus pampas. ¡Con qué embeleso, desde la altura de las raíces del ombú, seguía con la vista el arado del labrador, y las crecidas bandas de pájaros que se precipitaban sobre el reciente surco, en pos de

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los insectos arrancados de la tierra! Otras veces, desde la enramada de un seibo florido, escuchaba con alborozo el canto de las aves, mezclado con las canciones y los golpes del leñador. Niño todavía, encontraba un objeto de placer, siempre nuevo, en la observación de cada ave, cada insecto, cada planta. En la cabaña de las pampas, como en la choza de las islas, hallaba siempre corazones ingenuos y sencillos como el mío.

¡Oh! ¡qué dulce es la paz de nuestros campos! ¡Oh! ¡qué plácida es la mansión de nuestras islas! ¡Calma deliciosa, alegría pura, tesoro de un corazón sencillo! hoy siento tus trasportes como los sentía en los bellos días de mi adolescencia, cuando, libre de cuidados, el cultivo, la lectura y la naturaleza hacían todas mis delicias. Mi corazón, puro como el pimpollo que se despliega al nacer la aurora, no se abría sino a las impresiones gratas y a los afectos tiernos y generosos. Una agradable ilusión me E EE la tierra como un edén venturoso... ¡Ah! yo no había presenciado aún las miserias de la humanidad; aun no había sufrido los golpes del infortunio !

¡Oh! ¡Con cuánto placer vuelvo mi vista hacia aquella dichosa época de mi vida! Lo que yo amaba entonces, aun lo amo ahora. ¿No me será dado volver a la quietud de mi cabaña, bajo la sombra del ombú, al lado de las almas sencillas que la habitan? ¿No me será posible echar al olvido los excesos e injusticias de los hombres, entre los bienes y armonías de la naturaleza? Soliciten otros con afán los favores de la fortuna, aten su libertad al carro de la ambición, compren al precio de su reposo un vano renombre; yo he vivido y viviré contento en el seno de los pací-

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ficos campos. Que mi corazón, siempre penetrado del amor de la virtud, sólo aspire a los bienes inmortales; y guste yo, hasta el fin de mis días, de los placeres de mi infancia. Prefiera' siempre los rústicos cuadros de la naturaleza a las tumultuosas escenas del mundo; un albergue campestre a un palacio orgulloso., y la calma del espíritu a una brillante posición. Que mi imaginación se represente siempre los mortales, buenos para amarlos, y sinceros para creerlos; que una dulce ilusión me transporte a los bellos días de la edad de oro; y que el amor y la amistad me hagan siempre sentir sus goces inefables.