Entremeses selectos · Unidad 1 de 10
Unidad 1 · VELÁZQUK2 56 —MADRID
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ENTREMESES
EL JDEZ DE LOS DIVORCIOS EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS LOS DOS HABLADORES
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BIBLIOTECA POPULAR ILUSTRADA
CERVANTES
ENTREMESES SELECTOS
El Juez de los divorcios.—El Retablo de las Maravillas. —Los dos habladores.
MADRID
Oficinas de «La Ultima Moda».
velázquez, 56
El Juez de los Divorcios
PERSONAJES
El Juez. Mariana. Un soldado.
El Escribano. Un vejete. Aldonza.
El Procurador. D . a Guiomar. Un cirujano ,
Ganapán. Dos músicos.
SALA DEL JUZGADO
Escena primera.
El Juez aparece sentado y á su lado, de pié, el Escribano y el Procurador. Entran el Vejete y Mariana.
Mariana.— Aun bien que está ya el señor Juez de los di¬ vorcios sentado en la silla de su audiencia; de esta vez tengo de quedar dentro ó fuera; de esta vegada tengo de quedar libre de pedido v alcabala, como el gavilán.
Vejete. — Por amor de Dios, Mariana, que no almodoheés (!) tanto tu negocio; habla paso, por la pasión que Dios pasó: mira que tienes atronada á toda la vecindad con tus gritos, y pues tienes delante al señor Juez, con menos voces le puedes informar de tu justicia.
Juez.— ¿Qué pendencia traéisbuena gente?
•Mariana.— Señor, divorcio, divorcio y más divorcio, y otras mil veces divorcio.
Juez.— ¿De quién ó por qué, señora?
Mariana.— ¿De quién? De ese viejo que est£ Presente.
Juez.— ¿Por qué? 1
Mariana.— Porque no puedo sufrir sus impertinencias, ni estar continuo atenta á curar todas sus enfermedades, que son sin número; y no me criaron á mí mis padres para ser hospitalera, ni enfermera: muy buen dote llevé al poder de esta espuerta de huesos, que me tiene con¬ sumidos los días de la vida: cuando entré en su poder, me relumbraba la cara como un espejo, y agora la ten-
(1) Almodonear equivale á ponderar.
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go con una vara de frisa (l) encima. Vuesa 'merced, se¬ ñor Juez, me descase, si no quiere que me ahorque; mire, mire los surcos que tengo por este rostro, de las lágri¬ mas que derramo cada día por verme casada con esta anatomía.
Juez.— No lloréis, señora: bajad la voz y enjugad las lágri¬ mas, que yo os haré justicia.
Mariana. —Déjeme vuesa merced llorar, que con esto des¬ canso. En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios; y de tres en tres años se habían de deshacer ó confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes.
Juez.— Si ese arbitrio se pudiera ó debiera poner en prác¬ tica y por dineros, ya se hubiera hecho; pero especifi¬ cad más, señora, las ocasiones que os mueven á pedir divorcio.
Mariana.— El invierno de mi marido y la primavera de mi edad; el quitarme el sueño por levantarme á media no¬ che á calentar paños y saquillos de salvado para poner¬ le en la ijada; el ponerle ora aquesta, ora aquella liga¬ dura, que ligado le vea yo á un palo por justicia; el cui¬ dado que tengo de ponerle de noche alta la cabecera de la cama; jarabes lenitivos, porque no se ahogue del pecho, y el estar obligada á sufrirle el mal olor de la boca, que le huele mal á tres tiros de arcabuz.
Escribano.— Debe de ser de alguna muela podrida.
Vejete.— No puede ser, porque lleve el diablo la muela ni diente que tenga yo en toda ella.
Procurador.— Pues ley hay que dice, según he oído decir, que por sólo el mal olor de la boca se puede descasar la mujer del marido y el marido de la mujer.
Vejete.— En verdad, señores, que el mal aliento, que ella dice que tengo, no se engendra de mis podridas muelas, pues no las tengo, ni menos procede de mi estómago, que está sanísimo, sino de esa mala intención de su pe¬ cho. Mal conocen vuestras mercedes á esta señora; pues á fe que s?"i conociesen, que la ayunarían ó la santi¬ guarían. Jntidós años ha que vivo con ella mártir, sin haber sido jamás confesor de sus insolencias, de sus vo¬ ces y de sus fantasías; y ya va para dos años que cada día me va dando vaivenes y empujones hacia la sepul¬ tura, á cuyas voces me tiene medio sordo, y á puro re¬ ñir sin juicio. Si me cura, como ella dice, cúrame á re¬ gañadientes, habiendo de ser suave la mano y la condi¬ ción del médico. En resolución, señores, yo soy el que
(1) Equivale á empañada,
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muero en su poder, y ella es la que vive en el mío, por¬ que es señora, con mero, mixto imperio (1) de la hacien¬ da que tengo.
Mariana.— ¿Hacienda vuestra? ¿Y qué hacienda teneis vos que no la hayais ganado con la que llevásteis en mi do¬ te? Y son míos la mitad de los bienes gananciales, mal que os pese, y de ellos y de la dote, si me muriese ago¬ ra, no os dejaría valor de un maravedí, porque veáis el amor que os tengo.
Juez.— Decid, señor: cuando entrastes en poder de vuestra mpjer, ¿no entrastes gallardo, sano y bien acondicio¬ nado?
Vejete.— Ya he dicho que ha veintidós años que entré en su poder, como quien entra en el de un cómitre calabrés á remar en galeras de por fuerza, y entré tan sano, que podía decir y hacer como quien juega á las pin¬ tas (2).
Mariana.— Cedacico nuevo, tres días en estaca (3).
Juez.— Callad, callad ñora tal mujer (4) de bien, y andad con Dios, que yo no hallo causa para descasaros; y pues comístei%las maduras, gustad de las duras, que no está obligado ningún marido á tener la velocidad y corrida del tiempo que no pase por su puerta y por sus días; y descontad los malos que ahora os da, con los buenos que os dió cuando pudo: y no repliquéis más palabra.
Vejete.— Si fuese posible, recibiría gran merced que vues¬ tra merced me la hiciese de despenarme, alzándome esta carcelería; porque dejándome así, habiendo ya llegado á este rompimiento, será de nuevo entregarme al verdugo que me martirice; y si no, hagamos una cosa: enciérrese ella en un monasterio, y yo en otro: partamos la hacien¬ da; v de esta suerte podremos vivir en paz y en servicio de Dios lo que nos queda de la vida.
Mariana.— ¡Malos años! Bonica soy yo para estar encerra¬ da: no si no llegaos á la niñ^., que es amiga de redes, de tornos, rejas y "escuchas: encerraos vos, que lo podréis llevar y sufrir, que ni teneis ojos con qué ver, ni oídos con qué oir, ni piés con qué andar, ni manos con qué to-
(1) Equivale á dueña absoluta. \ 1
(2) Metáfora tomada del juego de naipes de este í. jnbre, especie del que hoy se llama del parar, en el que las dos primeras cartas que se sacan déla baraja junta pertenecen la primera al contrario y la segunda al que da el naipe, y estas dos se llaman juntas. EL que lle¬ va el naipe ha de querer todos los envites que hace el contrario ó de¬ jar el naipe; y de esto está tomada la metáfora que usa aquí el vie¬ jo, y cuya alusión es bien fácil de entender.
(3) Eeírán que demuestra lo poco que dura la ilusión por cual¬ quier cosa.
(4) Nora equivale aquí á enhoramala,
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car: que yo, que estoy sana y con todos mis cinco senti¬ dos cabales y vivos, quiero usar de ellos á la descubier¬ ta y no por brújula, como quínola dudosa (l). Escribano.— Libre es la mujer.
Procurador.— Y prudente el marido; pero no puede más. Juez.— Pues yo no puedo hacer este divorcio, quia mullam invenio causam.
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