Entremeses selectos · Unidad 2 de 10

Unidad 2 · DICHOS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

DICHOS

Entra un soldado bien aderezado y su mujer doña Guioinar.

Guiomar.— Bendito sea Dios, que se me ha cumplido el de¬ seo que tenía de verme ante la presencia de vuestra merced, á quien suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servido de descasarme de éste.

Juez.— ¿Qué cosa es de éste? ¿No tiene otro nombre? Bien fuera que dijérades siquiera, de este hombre.

Guiomar.—S i él fuera hombre, no procurara yo desca¬ sarme.

Juez.— ¿Pues qué es?

Guiomar.— Un leño.

Soldado.— Por Dios que he de ser leño en callar y en su¬ frir, quizá con no defenderme, ni contradecir á esta mu¬ jer, el juez se inclinará á condenarme; y pensando que me caátiga, me sacará de cautiverio, como si por mila¬ gro se librase un cautivo de las mazmorras de Tetuán.

Procurador.—H ablad más comedido, señora, y relatad vuestro negocio, sin improperios de vuestro marido: que el señor juez de los divorcios, que está delante, mirará rectamente por vuestra justicia.

Guiomar.— ¿Pues no quieren vuestras mercedes que llame leño á una estátua, que no tiene más acciones que un madero?

Mariana.— y vo nos quejamos sin duda de un mismo agravio, j J+

Gúiomar.— lii L o en fin, señor mío, que á mí me casaron con este hombre; ya que quiere vuestra merced que así lo llame; pero no es este hombre con quien yo me casé.

Juez.— ¿Cómo es eso? que no os entiendo.

Guiomar.— Quiero decir, que pensé que me casaba con un hombre moliente y corriente, y á pocos días hallé que me había casado con un leño, como tengo dicho; porque

(J) Alado al juego do naifes llamado quígola.

él no sabe cual es su mano derecha, ni busca medios ni trazas para granjear un real con que ayude íi sustentar su casa y familia. Las mañanas se le pasan en oir misa, y en estarse en la puerta de Guadalajara murmurando, sabiendo nuevas, diciendo y echando mentiras; y las tar¬ des, y aun las mañanas también, se va de casa en casa de juego, y allí sirve de número (1) á los mirones, que, según he oído decir, es un género de gente á quien abo¬ rrecen en todo extremo los garitos. A las dos de la tarde viene á comer, sin que le hayan dado un real de barato, porque ya no se usa el darlo: vuélvese á ir: vuelve á me¬ dia noche: cena, si lo halla, y si no, santiguase, bosteza y acuéstase; y en toda la noche no sosiega, dando vuel¬ tas. Pregúntole qué tiene? Respóndeme, que está hacien¬ do un soneto en la memoria para un amigo que se le ha pedido; y da en ser poeta, como si fuese oficio <pon quien no estuviese vinculada la necesidad del mundo.

Soldado. - Mi señora doña Guiomar en todo cuanto ha di¬ cho no ha salido de los límites de la razón; y si yo no la tuviera en lo que hago, como ella la tiene en lo que dice, ya había yo de haber procurado algún favor de palillos de aquí ó de allí, y procurar verme como se ven otros hombrecitos aguditos y bulliciosos, con una vara en las manos, y sobre una muía de alquiler, pequeña, seca y maliciosa, sin mozo de muías que le acompañe; porque las tales muías nunca se alquilan, sino á faltas, y cuando están de nones: sus alforjitas á las ancas, en la una un cuello y una camisa, y en la otra su medio queso, y su pan y su bota; sin añadir á los vestidos que trae de rúa (2), para haceltos de camino, sino unas polainas y una sola espuela; y con una comisión y aun comezón en el seno, sale por esa puente toledana raspabilando, á pesar de las malas mañas de la harona, y á cabo de po¬ cos días envía á su casa algún pemil de tocinó, y algu¬ nas varas de lienzo crudo:eu fin, de aquellas cosas que valen baratas en los lugares del distrito de su comisión, y con esto sustenta su casa, como el pecador mejor pue¬ de; pero yo, que no tengo oficio, no se qué nacerme, porque no hay señor que quiera servirse ^Amí, porque soy casado: así que me será forzoso supi \r á vuestra merced, señor juez, pues ya por pobres sé kan enfado¬ sos los hidalgos, y mi mujer lo pide, qiÉ ios divida y aparte. 2 )

Guiomar.—Y hay más en esto, señor juez: qWé como yo veo que mi marido es tan para poco, y que padece necesi¬ dad, muérome por remediarle, pero no puedo; porque

(1) Los que van á ver jngar y no juegan.

(2) De gala, ó como suele llamarse, de vestir.

- 8 -

en resolución, soy mujer de bien y no tengo de hacer vileza.

Soldado.— Por esto solo merecía ser querida esta mujer; pero debajo de este pundonor tiene encubierta la más mala condición de la tierra: pide celos sin causa: grita sin por qué: presume sin hacienda; y como me ve pobre, no me estima en el baile del rey Perico (1); y es lo peor, señor juez, que quiere que á trueco de la fidelidad que me guarda, le sufra y disimule millares de millares de impertinencias y desabrimientos que tiene.

. Guiomar.— ¿Pues no? ¿Y por qué no me habéis vos de guar¬ dar á mí decoro y respeto, siendo tan buena como soy?

Soldado.— Oid, señora doña Guiomar, aquí delante de es¬ tos señores os quiero decir esto: ¿por qué me hacéis car¬ go de que sois buena, estando vos obligada á serlo por ser de tan buenos padres nacida, por ser cristiana, y por lo que debeis á vos misma? Bueno es que quieran las mujeres que las respeten sus maridos, porque son cas¬ tas y honestas: como si en sólo esto consistiese de todo en todo su perfección; y no echan de ver los desaguade¬ ros por donde desaguan la fineza de otras mil virtudes que les faltan. ¿Qué se me da á mí que seáis casta con vos misma, puesto que se me da mucho si os descuidáis de que lo sea vuestra criada, y si andais siempre rostri¬ tuerta, enojada, celosa, pensativa, manirrota, dormilo¬ na, perezosa, pendenciera, gruñidora, con otras insolen¬ cias de este jaez, que bastan á consumir las vidas de doscientos maridos? Pero con todo esto, digo, señor Juez, que ninguna cosa de estas tiene mi señora doña Guiomar; y confieso que yo soy el leño, el inhábil, el dejado y el perezoso; y que por ley de buen gobierno, aunque no sea por otra cosa, está vuesa merced obligado á des¬ casarnos: que desde aquí digo que no tengo ninguna cosa que alegar contra lo que mi mujer ha dicho, y que doy el pleito por conclusa y holgaré de ser condenado.

Guiomar.— ¿Qué hay que alegar contra lo que tengo dicho? Que no me dais de comer á mí ni á vuestra criada; y monta que son muchas, sino una, y aun esa sietemesina que no cc^ por un grillo.

Escribano.-/ J|siéguense, que vienen nuevos demandantes, ¿fe, Escena III

DICHON UN CIRUJANO vestido de médico , ' y ALDONZA DE MINJACA, su mujer.

Cirujano.— Por cuatro causas bien bastantes vengo á pedir á vuestra merced, señor Juez, haga divorcio entra mí y

(1) No me hace caso.

- 9 -

la señora doña Aldonza de Minjaca, mi mujer, que está presente.

Juez.— Resoluto venís: decid las cuatro causas.

Cirujano.— La primera, porque no la puedo ver más que á todos los diablos: la segunda, por lo que ella se sabe: la tercera, por lo que yo me callo: la cuarta, porque no me lleven los demonios cuando de esta vida vaya, si he de durar en su compañía hasta mi muerte.

Procurador.— Bastantísimamente ha probado su intención,

Aldonza.— Señor Juez: vuestra merced me oiga, y advier¬ ta que si mi marido pide por cuatro causas divorcio, yo le pido por cuatrocientas. La primera, porque cada vez que le veo, hago cuenta que veo al mismo Lucifer: la segunda, porque fui engañada cuando con él me casé; porque él dijo que era médico de pulso y remaneció ci¬ rujano, y hombre que hace ligaduras y cura otras enfer¬ medades, que va á decir de esto á médico la mitad del justo precio: la tercera, porque tiene celos del sol que me toca: a cuarta, que como no le puedo ver, querría estar apartada de él dos millones de leguas.

Escribano.— ¿Quién diablos acertará á concertar estos relo¬ jes, estando las ruedas tan desconcertadas?

ALDONZA.--La quinta...

Juez.— Señora, señora, si pensáis decir aquí todas las cua¬ trocientas causas, yo no estoy para escuchallas, ni hay lugar para ello: vuestro negocio se recibe á prueba, y andad con Dios, que hay otros negocios qne despachar.

Cirujano,— ¿Qué más pruebas sino ,que yo no quiero mo¬ rir con ella, ni ella gusta de vivir conmigo?

Juez.— Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísi¬ mos sacudirían de sus hombros el yugo del matrimonio.

Escena IV

DICHOS y un GANAPÁN, Tow taperuja cuarteada .'

Ganapán.— Señor Juez, Ganapán soy, no lo niego; pero cris¬ tiano viejo y hombre de bien á las derechr~xy s i no íuese que alguna vez me tomo del vino, ó él i toma á mí, que es lo más cierto, ya hubiera sido priosi n la cofra, día de los hermanos de la carga (1); perjÉ lando esto aparte, porque hay mucho que decir en « fouiero que sepa el señor Juez, que estando una vez renfermo de los vaguidos de Baco, prometí de casarme con una mujer errada (2): volví en mí, sané y cumplí la promesa, y casé-

(1) Mozos do cuerda.

(2) Do mala vida.

-lo¬ me con una rfiujer que saqué de pecado: púsela á ser pla¬ cera: ha salido tan soberbia, y de tan mala condición, que nadie llega ásu tabla con quien no riña, ora sobre el peso falto, ora sobre que le llegan á la fruta; y á dos por tres les da con una pesa en la cabeza, ó adonde topa y los deshonra hasta la cuarta generación, sin tener hora de paz con todas sus vecinas y aparceras; y yo tengo de tener todo el día la espada más lista que un sacabuche para defendella; y no ganamos para pagar penas de pe¬ sos no maduros, ni de condenaciones de pendencias. Querría, si vuesa merced fuese servido, ó que me apar¬ tase de ella, ó por lo menos le mudase la condición ace¬ lerada que tiene, en otra más reportada y más blanda; y prométole á vuesa merced descargalle de balde todo el carbón que comprare este verano, que puedo mucho con los hermanos mercaderes de la costilla (1).

Cirujano.— Ya conozco yo la mujer de este buen hombre; y es tan mala como mi Aldonza, que no lo puedo más encarecer.

Juez.— Mirad, señores: aunque algunos de los que aquí estais habéis dado algunas causas que traen aparejada sentencia de divorcio, con todo eso es menester que conste por escrito y que lo digan testigos; y así á todos os recibo á prueba. Pero ¿qué es esto? ¿Música y guita¬ rras en mi audiencia? Novedad grande es ésta.

Escena última.