Escenas Montañesas · Unidad 11 de 27
ADVERTENCIA — parte 11
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El mayorazgo de don Silvestre se componía de la casa solariega con _portalada_ y escudo de una hacienda, cerrada _sobre sí_, de setenta y cinco carros de tierra, mitad labrantío, mitad prado con algunos frutales, al saliente de la casa; de diez cabezas de ganado al pesebre, y de algunos prados y heredades, sitos en diferentes llosas del lugar, y cuarenta ó cincuenta reses de varias clases, en aparcería; todo lo cual venía á proporcionarle una renta anual de dos mil quinientos á tres mil reales, si no abundaban mucho las celliscas, ó no se desarrollaban en la cabaña la papera ó el _coscojo_; pues en los años de estas calamidades, lejos de percibir un real de sus colonos, tenía que adelantarles, para siembras y labores, sus pocas economías, si había de recaudar en lo sucesivo algunos maravedís. Todo esto tenía don Silvestre; y digo mal: tenía también un pleito que le consumía la mitad de sus rentas, hubiera ó no celliscas, paperas ó coscojo; pues el abogado trabajaba _á subio_, y en sus minutas no cabía más enfermedad que la polilla, la cual evitaba perfectamente renovándolas con frecuencia y poniéndolas bajo el amparo de los haberes de su defendido.
Y no se vaya á creer que este agujero del bolsón patrimonial apenaba al solariego; nada de eso. Seturas pleiteaba con la desdeñosa tenacidad de todo buen montañés, para quien nada supone el bollo cuando se trata del coscorrón; lo propio hizo su padre, muerto gloriosamente de un sofocón á la puerta de la Audiencia, por llegar á tiempo á presenciar la quincuagésima-octava vista del proceso. Y aquí debo advertir que este pleito era de abolengo é inherente al patrimonio de los Seturas, quienes le defendían como punto de honra solariega, habiéndose jurado de generación en generación, las siete que contaba de fecha, gastar hasta la última teja en la rehabilitación de un derecho que estaba tan claro como la ley de Dios.
Y los Seturas tenían razón. Figúrense ustedes que el fundador del vínculo, el primer Seturas, como premio de un anticipo que le hizo el concejo para levantar una pared medianera que le derribó una invernada, consintió en que le echasen una _rodada_ por un prado de quince carros, lindante, de Norte á Sur, con una cambera demasiado estrecha y que, por lo mismo, era inútil para el servicio público, toda vez que no consentía ningún vecino de los lindantes con ella que se atropellasen sus propiedades bajo el fútil pretexto de la comodidad del prójimo. Mientras vivió el fundador, no se opuso nunca á que algunos de sus convecinos pisasen con una rueda de las dos de sus carros la linde del prado de la cuestión. El primer Seturas era lógico, aunque lo ignorase: mientras no pagara el anticipo del concejo, el contrato con él celebrado estaba vigente en todos sus términos, y el dicho fundador no pagó en su vida. Pero murió éste de viejo, por más señas; y un sucesor que logró un par de años en que hubo plaga de patatas y de alubias, consiguió pagar el anticipo hecho á su ascendiente, sin desmembrar el mayorazgo, reclamando al mismo tiempo la extinción del compromiso de la rodada. Entonces el vecindario, que se evitaba un gran rodeo para servir la llosa yéndose por la linde del prado de los Seturas, reunido en sesión y asesorándose de un procurador, contestó al mayorazgo que estaba bien lo del dinero; mas que en cuanto á lo de la rodada:
«_Visto_ que en la obligación del primer Seturas no aparecía término alguno para su compromiso;
»_Vista_ la necesidad que tenía la llosa de servirse por aquella cambera; y
»_Visto_, por último, que ninguno de los vivientes del lugar la había servido por otra parte, y que la costumbre hacía ley; y
»_Considerando_ una barbaridad y una injusticia que, aun en caso de tener Seturas alguna razón, se emplease ésta en exigir á los hijos el pago de las torpezas de sus padres, tenía á bien desestimar su pretensión, aconsejándole que se conformara con el fallo y no se metiera en más honduras, no hiciera el diablo que le reclamasen el cambio de algunas columnarias que había entregado borradas entre las restantes monedas de pago.»
Seturas dijo que nones; pero fué condenado en juicio verbal á dejar la rodada por su linde ... y á dar al concejo tres duros claros de á veinte, por doce columnarias borradas. Entonces se armó la gorda. El mayorazgo protestó contra el acuerdo del concejo, y acudió á un abogado que apoyó sus razones y se comprometió á defenderle en el litigio que se entabló en seguida. Cayeron los primeros autos sobre la mesa, agregáronseles otros nuevos; y cose que te cose fojas y más fojas, murió este cuarto Seturas, y después el Seturas quinto, y vino el sexto de la familia solariega, que ni por morir al pie, como quien dice, del proceso, consiguió adelantar la causa más que sus antecesores que no la movieron un punto; y por último, entró en posesión del vínculo nuestro don Silvestre que, por de pronto, fué tan poco feliz como sus abuelos en el asunto de la rodada, y mucho más desgraciado que todos ellos, por ser el que recibió la herencia más mermada con el perpetuo y cada vez más ancho desaguadero de la curia.
Sabida esta última circunstancia económica, y teniendo presente que don Silvestre no carecía completamente de sentido común, no parecerá muy extraño que á la edad en que todos sus progenitores contaban por lo menos un heredero, él permaneciese célibe y con ciertos síntomas de recalcitrante. Efectivamente, don Silvestre comprendió al punto que su hacienda era harto exigua para cubrir con ella todas las necesidades de una familia, si no había de descuidar las exigencias de su pleito: para que no se extinguiera en él la raza de los Seturas legítimos, tenía que transigir con el concejo. Don Silvestre no vaciló.--«Piérdase la casta, dijo; pero adelante el pleito.»
Y aquí tiene el elector, dibujada á grandes rasgos, la perspectiva exterior, digámoslo así, de don Silvestre Seturas, pocos años antes de la ocasión en que se le presento.
Pero en la vida moral de este personaje hay algunos detalles que no deben ignorarse, si han de admitirse dos aseveraciones: una, de sus convecinos, que era el más listo de los Seturas, y otra, de su ama de gobierno, que no era últimamente, en genio y en saber, como ella le había conocido.
El padre de don Silvestre, ya por no tener más que un hijo, ya porque viera en él, aguzándole un poco, un instrumento más para el triunfo de sus hollados derechos, determinó mandar á su retoño á la villa inmediata para que estudiara latín con un dómine de torva catadura y de tantas narices como fama, y no era chato. Allí, á fuerza de linternazos y conjuros, que tanto podían significar sistema en el maestro como torpeza en el discípulo, aunque en este caso hay datos para creer que era por lo primero ... casi tanto como por lo segundo, llegó el joven Seturas á construir oraciones de _activa_ con _de_. Siete meses después de haber vuelto por _pasiva_, una de ellas sin trocar el tiempo del verbo auxiliar, escribió á su padre que antes de un año sabría hacerlas de _relativo_ compuestas, ó que perdería las orejas (cosa nada increíble según el dómine se las trataba); pero el desventurado padre no tuvo la dicha de admirar el aprovechamiento de su hijo, porque le sorprendió la muerte á la puerta de la Audiencia teniendo la carta en el bolsillo. Pudo haberla leído antes de salir de casa, cuando la recibió; pero los minutos que en ello tardara los perdía en la vista; y «todo buen Seturas--como él decía,--antes que á sus hijos, se debe á su pleito».
Este acontecimiento varió la faz de las cosas, y el púbero Silvestre fué llamado á su pueblo para arreglar la testamentaría. Su tutor, y tío á la vez, decidió que no estudiara más, pues, para mayorazgo, bastante sabía; y porque, por otra parte, la soga no estaba para muchos tirones.--Quedóse Silvestre en su lugar.--Aunque en la lengua de Tácito no hiciera grandes progresos, pudo, no obstante el poco tiempo que estuvo con el dómine, vencer la repugnancia tradicional de la familia á la lectura de todo documento que fuese extraño al pleito. Esto no lo conoció Silvestre mientras estudiaba; pero sí durante el primer año de su orfandad, bostezando, panza arriba, dondequiera que hallaba un palmo de sombra; enfermedad que le hizo recurrir al _Nebrija_ como á un camarada antiguo. Repasando _declinados_ y echándose oraciones á sí mismo, tuvo que hojear el _Tesauro_ de Requejo y el _Calepino_, para traducir los ejercicios de Orodea. Como esto no le divertía gran cosa, aunque le aficionaba más á la lectura, rebuscó la casa y halló el _Electo y Desiderio_. El estilo de este libro patriarcal le formó cierto gusto para el diálogo; y amando, como joven, la intriga, el enredo y los desenlaces sorprendentes, dióse á _Bertoldo_ con todas las potencias de su alma. Por desgracia, la biblioteca de familia no constaba de más volúmenes que los citados y algunos montones de copias de escrituras, y el tutor no quería dar un maravedí para la adquisición de otro libro que el calendario; así es que cuando el joven Seturas, al cabo de dos años, comenzó á fastidiarse de sus libros, que ya sabía de memoria, no pareció en todo el lugar más que un _Fr. Junípero el de la panza gorda_, que le sacó, por unos días, de aquella galbana perruna que le amagaba otra vez, y á la cual propendía notoriamente. Y como amaba por sistema los libros, á falta de otro mejor adquirió una baraja. Lo primero que aprendió con ella fué el _tute arrastrado_, y después el _mus_. Al principio jugaba de capirotazos y vueltas _á riquicho_ con sus contemporáneos, mientras guardaban el ganado; después jugó los pocos cuartos que tenía, y en cuanto ganó una peseta, se fué un domingo al _corro_, acusó las cuarenta al cura en una sección de tute, echó en otra de mus un _órdago á la mayor_ al secretario del concejo, y se armó para toda la semana. Desde entonces ya no se aburría. Poco después, debido tanto á su precoz desarrollo como á su categoría de mayorazgo, fué admitido en el corro de bolos, donde no tardó en hacer un _emboque cerrado, al pulgar_, desde el ultimó _pás_. Los mejores jugadores declararon que, si bien no _las borneaba_ gran cosa, en cambio tenía mucho brazo, y que prometía. Quedó, por lo tanto, admitido entre los jugadores del lugar. Con esto y lo antedicho de los naipes, ya tuvo más de lo suficiente para dar expansión á su inteligencia, mientras la ley no le autorizase para disponer de su mayorazgo, sin necesidad de diálogos, ni de grecolatinos, ni de tumbarse detrás de cada tapia y bajo cada rama.
Llegó por fin el anhelado instante. Don Silvestre cumplió los veinticinco y entró en posesión libre de sus bienes.... Por cierto que, al entregarle su tutor las cuentas, de poco se arma otro pleito sobre no sé qué raspaduras hechas en los libros.
II
Dueño de algunos cuartejos, hubiera podido satisfacer el antojo de libros que tuvo años atrás; pero, sobre habérsele dormido la afición á ellos, le era imposible dedicarse á la lectura. Entre los naipes, los bolos y el pleito que corría ya de su cuenta, no le quedaba tiempo libre en todo el año más que para almorzar la cazuela de leche; tomar las once con medio de blanco; comer despacio el ollón de berzas, patatas y tocino, en compañía de su ama de llaves; echar la siesta, en verano bajo un nogal y en invierno en la pajera; cenar al anochecer otro ollón como el del mediodía; dormir diez horas, y, por último, pasar una escoba ó un puñado de yerbas sobre el lomo de su ganado antes que lo llevaran por la mañana al pasto, y segar el retoño para el caballo que estaba á su cargo.
Bien debe saber el lector de por acá, que de ninguno de estos pormenores puede prescindir un mayorazgo del corte de nuestro Seturas, si no se cruza en su vida algún incidente extraordinario, como se cruzó en la de don Silvestre años después de su advenimiento al mayorazgo.
Llevóle el procurador una _Gaceta_, al cual periódico estaba suscrito en unión de otros compañeros de la curia, aconsejándole que desde aquel día la leyese siempre, cuidando él de proporcionársela, pues le convenía estar al tanto de los decretos del Gobierno por si se hallaba con alguno á que se pudiese agarrar para su pleito; no porque dudase de la inteligencia y celo de su abogado, sino porque éste había citado, más de una vez, disposiciones derogadas medio siglo hacía, y pasado en silencio otras más recientes que favorecían la causa del mayorazgo.
Éste se conformó el primer día con leer el título del periódico y el pie de imprenta y contar los renglones de una columna, para calcular los que tendría todo el papel, y los reales que sumarían, suponiendo que á él le dieran un ochavo por cada línea.
Días después leyó un decreto; otro día leyó tres, y así sucesivamente, hasta que acabó por leerse todo el periódico y por despertar su antigua afición á lo negro, contribuyendo no poco á ello los comentarios políticos que dió en hacerle el cirujano, que recibía otro periódico, sobre los decretos que el primero le citaba casi de memoria. El romancista, que estimaba á don Silvestre porque sabía latín, le propuso el cambio de sus periódicos, y desde luego fué aceptado.
No tardó en sucederle á Seturas con los artículos de fondo algo parecido á lo que á don Quijote le sucedió con los libros de caballerías: fascináronle sus írases y acabaron por extraviarle el poco criterio que tenía, amarrándole completamente á la opinión del diario. Su Dulcinea era la patria; sus encantadores los enemigos políticos del periódico. Faltábale á su carácter la esencia romancesca que había en el de Quijano el Bueno: de otro modo, le hubiera costado muy poco hacer de su peludo cuartago un Rocinante, y, olvidado de su pleito, salir en busca de aventuras hasta romperse el alma con los verdugos de la perseguida patria.
Seturas, á pesar de su afición, que era tal que le obligaba con frecuencia á negarse á hacer la partida á los jugadores de naipes y de bolos, no había formado una opinión política sobre un cuerpo más ó menos sólido de doctrinas: en su afición era ciego y testarudo, y estaba tan encarrilado en la senda del periódico, que hubiera creído insultar la razón dudando una sola vez de sus declamaciones. Don Silvestre no veía en el diario de Madrid un papel más ó menos grande, con la impresión de unas letras de plomo colocadas mecánicamente, y detrás de todo ello la pluma y la cabeza de un hombre de talla común y de vulgares ambiciones, que apreciando á su modo la dirección de la cosa pública, prestase vida é interés á aquel objeto; el mayorazgo veía en él una idea fuera de todo contacto con lo humano, el destello de una inteligencia sobrenatural, ajena completamente á las escisiones de la vida civil; el periódico del cirujano era para él el catecismo, el Evangelio, un catálogo de verdades inconclusas, indiscutibles. Por eso al hablar de política con sus amigos, resolvía todas las cuestiones citando las palabras del diario, y con el apoyo de éste, reñía con cuantos le contradijesen.
En fin, que se sintió, por primera vez en su vida, hasta con deseos de ver la tierra en donde tanta maravilla se realizaba, y de contemplar de cerca á los seres que las producían. Y no era sólo la política lo que le hizo pensar en la corte. Las animadas descripciones de sus fiestas públicas; la tan cacareada especie de que en Madrid hace cada quisque lo que le acomoda sin que nadie se fije en él, y la plana de anuncios del periódico, según la cual se garantizaba la salud al más enclenque, y se vendían ropa, comestibles y bebidas dando al comprador dinero encima, hiciéronle pensar en la monotonía de las fiestas de su lugar; que en él no se podía tirar un pellizco á una muchacha sin que se contase el lance en todas las cocinas; que el día en que se le antojaba trincarse tres cuartillos, en lugar de la media azumbre que acostumbraba, el tabernero lo charlaba á todo el mundo; que habiendo en una ocasión añadido cuatro dedos de paño á las haldillas de su chaquetón, llevó una silba de todos sus convecinos en el portal de la iglesia, cuando iba á misa, en una palabra, que él, mayorazgo, libre y con salud, ni gastaba levita, ni bebía lo que necesitaba, ni podía echar un requiebro en paz, si no se ponía en guerra con el vecindario. Estas consideraciones, hechas á solas y exageradas por la pasión inoculada por el periódico, le arrancaron una noche estas palabras:--«Venderé una finca, ó la hipotecaré para sacar dinero; pero yo no me he de morir sin saber lo que es _aquello_.» Aquello era la corte; pero _lo otro_, de que se olvidó un momento, se le opuso en seguida á su proyecto. Y lo otro era ... el pleito. Los Seturas no se pertenecían á sí mismos. Siete generaciones de ellos habían vegetado en un solo punto, fijos, inmóviles como locas, pendientes siempre de sus entrevistas con los procuradores. Todos los días, por espacio de siete generaciones, un individuo de otras tantas de procurador, llegó á la casa solariega, y nunca se puso el sol quedando aplazada una conferencia por haber dormido fuera del hogar un Seturas; ninguno de ellos se hubiera atrevido á hacerlo sin presagiarse una sentencia fatal. Don Silvestre, al fin, era Seturas, y no quería desmentir su apellido.
Por eso, al dicho de sus convecinos de que era el más listo de la familia, debemos añadir que fué el más desgraciado. Sus antecesores estaban, como él, atados al pleito; pero con fe, con gusto, sin el menor deseo de ver el mundo. Él, por el contrario, tras de haber recibido la herencia muy cercenada, adquirió la necesidad de irse á gastar gran parte de ella fuera de su pueblo; necesidad que tomó en él un imperio terrible después de un suceso que vamos á conocer, aunque diga el lector que divago mucho.
Leyó un día en la _Gaceta_, y al pie de un documento de alta procedencia, un nombre que le sonó á muy conocido. Paróse un poco á reflexionar, y dándose un puñetazo en la frente, exclamó para sí:--«Así se llamaba uno que estudió conmigo latín; aquel madrileñito que estaba de temporada en la villa, adonde había ido su padre á tomar aires.... Pero no es posible.... Aquel chiquillo tan enclenque y enfermizo que me _sacaba los significados_, no puede haber subido tan alto.... No, señor.... Y ahora que me acuerdo, no me envió los tirantes de goma que me ofreció para cuando llegara á Madrid, por haber cargado yo con la culpa de esconder las disciplinas del dómine, ni me pagó nunca dos reales y medio que le presté.... ¡Si fuera él!...»
Y empezando por dudarlo mucho, acabó por enjaretar este documento, precioso por su espontaneidad:
«Señor don Fulano de Tal. (_Aquí todos los títulos que leyó en la_ Gaceta.)
»Madrid.
»Muy señor mío: Aunque no tengo el honor de conocerle, me tomo la libertad de dirigirle la presente para que, á vuelta de correo, me diga si _eres tú_ ó no _es usted_ el mismo Fulano de Tal que estudió conmigo latín en la villa, y que, por más señas, me quedó debiendo dos reales y medio y unos tirantes de goma. No es que yo te los pida, caso de que seas el de marras: te los recuerdo para que caigas mejor en lo que te quiero decir.
»Si no fuese usted el que yo deseo, dispense la curiosidad y mande con franqueza á su seguro servidor
»_Silvestre Seturas_.
»P.D.--El pleito, sin novedad.»
Á los quince días de echada esta carta en la estafeta del lugar, recibió el solariego esta otra en rico papel con cantos dorados: