Escenas Montañesas · Unidad 10 de 27
ADVERTENCIA — parte 10
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Pocos minutos después estaba en la calle, con su lío al brazo, en compañía de Bolina y Tremontorio. Los tres iban cabizbajos, taciturnos y caminando con repugnancia. Casi al mismo tiempo que ellos en la calle, aparecieron en sus respectivos balcones la mujer de Bolina, rodeada de sus nietos, y la del pobre Tuerto, sola, desgreñada y dando alaridos de desconsuelo. Sus hijos y su suegra, aunque sin gritar tanto como ella, vertían también abundantes lágrimas.
Al oir este coro desgarrador, los tres marineros apretaron el paso, los vecinos de la calle salieron á sus balcones, y yo me decidí á seguir á mis conocidos hasta el desenlace de la escena, cuyo principio había presenciado. El dolor tiene su fascinación como el placer, y las lágrimas seducen lo mismo que las sonrisas.
Tomé, pues, el sombrero y me largué al Muelle.
Una apiñada multitud de gente de pueblo se revolvía, gritaba, lloraba é invadía la última rampa, á cuyo extremo estaba atracada una lancha. En esta lancha había hasta una docena de hombres vestidos de igual manera que el Tuerto; y también como él llevaba cada cual un pequeño lío de ropa al brazo. De estos hombres, algunos lloraban sentados; otros permanecían de pie, pálidos; inmóviles, con el sello terrible que deja un dolor profundo sobre un organismo fuerte y varonil; otros, fingiendo tranquilidad, trataban de ocultar con una sonrisa violenta al llanto que asomaba á sus ojos. Todos ellos se habían despedido ya de sus padres, de sus mujeres, de sus hijos, que desde tierra les dirigían, entre lágrimas, palabras de cariño y desesperanza. Entretanto, algunos otros, tan desdichados como ellos, se deshacían á duras penas de los lazos con que el parentesco y la amistad querían conservarlos algunos momentos más en tierra. Por eso las palabras «padre», «madre», «hijo», «amigo», eran las únicas que dominaban aquella triste armonía de suspiros y sollozos. ¡Terrible debía ser la pena que hacía humedecerse aquellos ojos acostumbrados á contemplar serenos la muerte todos los días entre los abismos del enfurecido mar!
Sin calmarse un momento la agitación de la gente de tierra, los marineros que aún quedaban en ella fueron poco á poco pasando á la lancha: el último entró el Tuerto, después de haber dado un estrecho abrazo á su padre y á su vecino, que le acompañaron hasta la orilla. Nada quedaba de común, sino el corazón, entre los embarcados y la gente de tierra. El servicio de la patria era el arbitro de la vida y de la libertad de los primeros, durante cuatro años, á contar desde aquel momento; y ante deber tan alto, tenían que romperse los lazos de la familia y los de la amistad.
Los remos habían tocado ya el agua, y aún permanecía la lancha atracada á la rampa, y sujeta á ella por un cabo que tenía entre sus manos, por el extremo de tierra, un viejo patrón que contemplaba atónito la escena.
--¡Suelte!--le dijeron desde la lancha más de una vez, con débil voz.
Pero el viejo patrón, ó no oyó las advertencias, ó se hizo sordo á ellas, que es lo más probable, por disfrutar algunos instantes más de la presencia de sus compañeros.
--¡Que suelte!--le volvieron á repetir más alto.
Y nada: el viejo, clavado como una estatua á la orilla del mar, no soltó el cabo.
Pero el Tuerto, á quien el llanto de su padre y el recuerdo de sus hijos estaban martirizándole el alma, temiendo ceder al cabo al peso de la aflicción que ya enturbiaba sus ojos, al ver el poco efecto que en el patrón habían hecho las órdenes anteriores,
--¡Larga!--gritó con ruda y tremenda voz, dominando con ella los alaridos de tierra, y fijando su torva mirada en el viejo marino.
Éste obedeció instantáneamente; el cabo cayó al agua, crujieron los remos, oyóse un «¡adiós!» infinito, indescriptible; y la lancha se deslizó hacia San Martín, en cuyas aguas esperaba, humeando, un vapor que había de recoger á los pasajeros de ella.
En instante tan supremo, las mujeres que quedaban á la orilla redoblaron sus lamentos, abrazaron á sus hijos, á sus padres, á sus hermanos, á sus amigos, y se confundieron todos en un solo torrente de lágrimas.
Hay situaciones, lector amigo, que no á todos es dado describir, y ésta es una de ellas. Para sentirla, basta un buen corazón como el tuyo y el mío; para pintarla con su verdadero colorido, se necesita la fresca imaginación de un poeta y yo no la tengo.
Recuerdo que, dos años ha, mi amigo Eduardo Bustillo, el inspirado cantor de nuestras glorias nacionales, delante de una escena idéntica á la que voy describiendo, desde el mismo sitio, acaso sobre la misma piedra que yo, lloró con su alma las penas de las pobres familias á quienes una leva sumía en el abismo de todos los dolores, y puso en labios de una esposa desvalida estas palabras sencillas, pero tiernas y elocuentes:
--«Mi pobre niña inocente el amor perdido siente. Mas ya, ¿quién pondrá en mis manos su pan y el de sus hermanos?
¡Ay, Señor!, que en mi profundo dolor presiento males prolijos; que en este afán angustioso, _lloro, más que por mi esposo, por el padre de mis hijos_.»
Supla esta bella estrofa las frases que yo no encuentro para pintar la desolación de aquella escena. Se lloraba al padre, al esposo, al hijo, que se iban, quizá para siempre; pero que, al irse, se llevaban el pan de los que se quedaban....
III
Cuando la lancha llegó al costado del vapor, la multitud que se había quedado en la rampa del Muelle, no distinguiendo más que un pequeño bulto negro en la superficie del agua, se fué retirando poco á poco y reduciendo á un solo grupo, formado por las familias de los marineros ausentes. Este grupo unido, compacto, como si en semejante cohesión hallase cada uno más pequeña su desgracia, comenzó á andar tristemente, consolando los hombres á las mujeres y éstas á los niños.
Sobre las figuras de aquel triste cuadro se destacaban los hombros y la cabeza de Tremontorio, que, como no tenía familia propia, adoptaba por suyas á todas las demás. Hombre corrido por los mares y desgraciado en levas, pues le habían cogido dos, como dije al principio, era el refugio á que acudían aquellas pobres gentes para saber algo de la suerte que esperaba á los objetos de su cariño.
--Y diga, tío Tremontorio, ¿es verdá que los castigan mucho, que los pegan á bordo?--preguntaba, entre sollozos, una pobre mujer.
--¡Quita d'ay!...; pataratas y na más que pataratas.... ¡Qué los tienen de pegar, tiña? ¡Pus no faltaba más! Eso era en un prencipio.... Yo no acancé ya el _chicote_; conque feúrate.... Además, el tu marido es hombre que sabe cumplir con su obligación, y lo pasará bien.... Lo que es á bordo, como no salga _nostramo_[6] con malas entrañas, no hay cuidao. Ahora, si es de esos atravesaos que dan al diablo que hacer, y le toma á uno sobre ojo, ¡válgame Dios!, lo mejor que se le antoja es mandarle á uno á fregar la perilla del mastelero de mesana, ó á tomar un riso á la gavia más alta, sin necesidad, en una noche de borrasca.... Pero, ¡quiá!, ya no se ve de esto.... Ahora da gusto servir en barco de rey.
--¿Y aónde los echarán ahora?
--Pues, por de pronto, van al Ferrol. Estarán en el departamento unos días; dempués á éste en la freata, al otro en el bergantín, al de más allá en el vapor, me los van embarcando á toos poco á poco. Unos se quedarán en da que guardacostas por los mares de acá, y se refiere tó ello á ná, á barloventear, como quien dice, de este puerto al otro, y á correr un chubasco de vez en cuando; pero como nos conocen estas aguas, no hay cuidao por ello. Otros irán á la _otra banda_, al apostaero. Allí la cosa tiene de too: poco trabajo, buena ginebra, buen tabaco y buen café; pero hay que sudar el quilo á cada paso.... Dispués, hoy que _la_ cólera, mañana que el gómito negro.... ¡Tiña, y qué intención más mala tienen estos incomenientes con el probe marinero!... Al que acanzan con el bichero, hasta que le matan no le dejan. Si á usté le encajan en Manila, hasta el pan se conjura contra uno; el cuerpo no es más que una _remanga_ en aquella tierra: lo mismo da llenarle, que no llenarle, que hace más agua que un casco viejo; y en cuanto se desembarca, no le queda una gota adrento. Un mes en aquellos mares, deja al hombre que no le conoce la madre que le parió...; ¡tiña, más amarillo y más relambío se pone!... Guerras no hay ahora que le obliguen á uno á soltar un par de andanas á cada instante...; y como nusotros, en la _Ferrolana_, vimos cuantos mares Dios crió y cuanto mundo se pué ver, ¿á qué ha de ir naide ya por onde nosotros fuimos? ¡Tiña, no lo quiera Dios...; que hoy se asa usté vivo, mañana se aterece de frío, aquí calenturas, más allá sarna...; ¡hombre, qué climen más endino!...; ¡y qué gente, me valga Dios!; más colores tiene que una _julia_.--Tocante á las campañas de hoy, no hay que tener cuidao.... Conque..., ánimo, ¡tiña!, que de menos nos hizo Dios.... Y aquí estoy yo que no me he muerto, y ha hecho la suerte conmigo cuanto puede hacer un tiburón detrás de un bote.... Y no digo más.
El bueno de Tremontorio siguió largo rato consolando, á su manera, á aquellas pobres mujeres, hasta que el grupo, compacto siempre y cada vez más numeroso con la turba de chiquillos que se le iban agregando á su paso, cambió de rumbo al llegar al Consulado, y se internó en la población; y yo, que maquinalmente le había seguido escuchando á Tremontorio desde la Punta del Muelle hasta aquel sitio, perdíle en él de vista y continué hacia la Ribera, vivamente impresionado con las escenas de que había sido testigo aquella tarde.
Cuál sería la base de todas mis meditaciones, se adivina fácilmente; qué remedio fué el primero que se me ocurriera para evitar males tan considerables como el que deploraba entonces, no debo decirlo aquí por dos razones: la primera, porque, en mi buen deseo, puedo equivocarme; y la segunda, porque, aunque acierte, no se ha de hacer caso alguno de mi teoría en las altas regiones donde se elabora la felicidad de los nietos del Cid. Pobre pintor de costumbres, aténgome á mi oficio: copiarlas como Dios me da á entender y hasta grabarlas en mi corazón.
Por eso, mientras expongo este bosquejo á la consideración de los hombres _que pueden_, dado que se dignasen echar sobre él una mirada, puesta mi esperanza en Dios, que es la mayor esperanza de los desgraciados, me limito á exclamar, desde el fondo de mi corazón, con mi tierno amigo Bustillo:
«¡Ay, Señor! Pues la ley en su rigor los afectos no concilia, haz que los hombres se hermanen, porque al luchar no profanen el amor de la familia.»
FOOTNOTES:
[Footnote 6: El contramaestre.]
LA PRIMAVERA
Deja, Fabio, esa lira que tanto te recrea, ó aprende lo que ignoras y canta lo que aprendas. Basta de idilios tiernos, basta de dulces églogas; no más pastores, Fabio; Fabio, no más praderas. Yo quise entre los rústicos paisajes de mi tierra buscar de tus cantares la realidad perfecta; y ¡ay, Fabio!, tú no has visto jamás la primavera. Tú no has pisado el «campo de terciopelo y seda»; ni respiraste el «fresco cefirillo que juega de los sombríos bosques con la enrramada espesa»; ni la cascada viste que «rauda se despeña en el profundo abismo desde la altura inmensa»; ni «matizadas flores» cojiste entre la yerba, ni oístes el «murmullo del que manso la riega, arroyo cristalino do beben las Napeas y encuentran las pastoras cristal que les refleja de sus cabellos de oro las ondulantes hebras»; ni el trino has escuchado de «mil y mil parleras, pintadas avecillas, de las de arpada lengua, entre el follaje verde de misteriosa selva»; ni vistes el cabrito «triscar la mata fresca, trepar de roca en roca la tímida gacela, ni sobre el fácil soto rumiar la mansa oveja», ni, en fin, esos primores que describir intentas en las limadas coplas que, tierno, canturreas. Tu _campo_ es un tapete, tus _bosques_ son macetas, tus _flores_, inodoras, tus _cefirillos,_ hielan; de trapo son tus _ninfas_, tus _pastores_, horteras, gorriones tus _jilgueros_; y tu _cascada horrenda_, del carcomido techo que á tu numen alberga, por más que la levantes es húmeda gotera.
Desde la ardiente zona do te arrojó la adversa fortuna cuando viste del sol la luz primera, no abarca una mirada, por alta que se meza en el azul espacio tu miserable celda, las primorosas galas que dió Naturaleza á la, por ti, tan célebre hermosa primavera. Aquí, en estos confines de la gloriosa Iberia; desde el límite vasco á la riscosa Liébana; entre el Escudo gélido y la feraz ribera do rompen del salobre cántabro mar, sin tregua, con hórrido bramido las olas turbulentas, está lo que tú, cándido, adivinar sospechas.
Deja, Fabio, la corte fascinadora, déjala, y corre presurosa hasta mi noble tierra; y aquí, entre su follaje, junto á su gala espléndida, desde que abril acaba hasta que octubre empieza, verás ... lo que no cabe en pálidas endechas. Mas no de la dulzaina meliflua te proveas, ni de ligeras cintas de coruscante seda, ni de pellico tenue cortado _á la francesa_, ni de leve sandalia y primorosa media, cual van en tus cantares los hijos de las selvas. Antes, Fabio procúrate zapatos de dos suelas, calzón de paño recio, garrote y podadera; que en el _ameno_ prado que la vista recrea, hay charcos escondidos y espinas ... y culebras; y el _cristalino_ arroyo que _manso_ serpentea, es un _regato_, á veces, que no pueden las piernas saltar, sin el auxilio de la tranca pasiega; y en el frondoso bosque hay zarzas y maleza que el paso te interrumpen, y has de cortar, so pena de que en sus garras dejes calzones y pelleja; y, en fin, que el agua moja hasta en la primavera; y como en mayo llueve, y llueve con frecuencia, si tienes un paraguas te ha de venir de perlas.
Verás entonces prados, y cabañas cubiertas por olmos y laureles y mirto y madreselva; verás espesos montes, caminos y veredas bajo toldos de verde, fragante, inculta yerba; verás montañas, cerros y dilatadas sierras; robustos, viejos troncos y ramas que se quiebran al peso del follaje; mantos de rica hiedra cubriendo de las ruinas la desnudez escueta; hondos, negros abismos do pavoroso suena el _murmurante_ arroyo que fué por la pradera; verás valles _risueños_ y ríos y florestas, y el humo que, tranquilo en espiral se eleva, y cabras y terneros y alondras ... y _miruellas_: respirarás las brisas balsámicas que juegan con las fragantes rosas que esmaltan las praderas; verás los rayos de oro del sol cuando amanezca, y perlas de rocío, y hasta nubes de perlas; verás, en fin, primores; pero de tal grandeza, que no podrás cantarlos, ni los soñó siquiera en sus aspiraciones «la rica, gaya ciencia».
Mas del deliquio dulce en que el cuadro te aduerma, cuida no te despierte con su prosa grosera la humanidad inculta que la campiña puebla. Aquí anda _Nemoroso_ detrás de su carreta, sin rizos, con la barba mal afeitada y recia, con los calzones rotos, luchando con la tierra que, á costa de sudores, al cabo le sustenta. Verás que la _zagala gentil_ que te embelesa, es una mocetona de alborotada greña, _de libras y boyonte_, de tosca faldamenta, sin cintas ni guirnaldas, con lodo y almadreñas; verás que si, ofuscado, audaz la galantea, no la colora el rostro, como tus trovas cuentan, las tintas sonrosadas de púdica vergüenza; sino que, ardiendo en ira, como fornido atleta, á bofetada limpia te salta un par de muelas.
Así son los modelos (al menos en mi tierra) de las ninfas ... y _ninfos_ que vagan por las selvas; así al Autor Supremo le plugo que nacieran, y así serán y han sido..., y no hay que darle vueltas.
¡Qué fuera de nosotros, gran Dios, de otra manera!; ¡si en vez de tales tipos que el alma desalientan, cruzaran por los prados _sensibles_ Doroteas!... Porque no son las rústicas pasiones de la aldea las que la sangre inflaman, holgando en las praderas: el ámbar, el almizcle ... y el Tamorlán de Persia con todos sus _divanes_, sus _opios_ y sus _siestas_, se agitan en la mente ... y no hay que darle vueltas.
No creas, pobre Fabio, que en solitaria selva un Títiro sensible con una Galatea se pasa la mañana tendido á pierna suelta, tocando el caramillo, sin reparar siquiera que tiene la zagala muchísima canela.... Ó Galatea es tonta, ó Títiro es un bestia..., ó son de otra substancia distinta de la nuestra.
Tú, que el hervor aún sientes de la vida en tus venas, si vas por el Retiro y bajo su arboleda hallas una _pastora_, como la rosas fresca, tejiéndose guirnaldas, en muelle negligencia; si ves su pie pequeño que se adivina apenas en un zapato breve de _satinada_ tela; si por crecer la brisa agítase la seda y los revueltos pliegues ... (pero detente, péñola); si sus lánguidos ojos, llenos de amor, te asedian; si su garganta late, si su jubón..., etcétera..., ¿adonde irá á parar, iluso, tu _prudencia_? Pues bien: si en el Retiro, do, sobre ardiente arena, de mísero ramaje raquíticos se elevan árboles de artificio, sin sombra ni belleza; si entre la prosa, digo, de esa enfermiza selva las gracias de una ninfa trastornan y marean, ¿qué harán entre estos bosques cuando su gala ostenta en voluptuoso alarde la alegre primavera? ¡Oh, pobres trovadores de tirso y pandereta!: del cortesano mundo entre la turba espesa, cantad al sol de agosto que sin piedad os tuesta; llorad, míseros vates, fatídicas cornejas, sobre las tristes sábanas de calcinada arena donde la hispana corte su pedestal asienta; cantad al mar bullente que surcan en calesa, tras chulos argonautas, impúdicas sirenas; cantad al hambre, al frío, al lujo, á la opulencia, al vicio y á la intriga..., al crup y á las viruelas, que, pues vivís entre ello, lo conocéis por fuerza; mas del risueño mayo, con tosca, ruda péñola, no mancilléis los dones que, como gala, ostenta sobre florido trono la dulce primavera.
Tú que la adoras, Fabio, si quieres conocerla deja al punto la corte fascinadora, déjala, y corre presuroso hasta mi noble tierra; y aquí, entre sus montañas y encantadoras selvas, renegarás del torpe numen que, sin conciencia, te hizo mentir soñando mezquinas primaveras; y acaso, _convertido_, al ver tanta belleza, arranques de tu lira las insonoras cuerdas, juzgando, cual yo juzgo, que si á sentir se llega de tan hermoso cuadro la sencilla grandeza, para cantarla es poco «la rica, gaya ciencia».
SUUM CUIQUE
I
Don Silvestre Seturas tenía cuarenta años de edad, _plus minusve_, y era todo lo alto, robusto, curtido y cerrado de barba que puede ser un mayorazgo montañés que no ha salido nunca de su aldea natal más allá de un radio de tres leguas, cabalgando en el clásico cuartago, al consabido trote _cochinero_, como dicen por acá, ó al _paso de la madre_, expresándonos según los cultos castellanos ... de Becerril de Campos.