Escenas Montañesas · Unidad 19 de 27

ADVERTENCIA — parte 19

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VIUDA. ¡Ay!, que no puedo atravesar un bocao. ¡Ay, Santos Mártiles viejos, qué desamparada y sola me habéis dejado! ¡Oh, qué negro fué este día para mí! ¡Ay, desdichada!

MANUELA. Ya de eso no te tienes que alcordar: mañana iremos lo mesmo. Toma de beber, que no has metido nada en el cuerpo.

VIUDA. Que no lo puedo pasar. ¡Ay, mi Juan, mi compañero, cómo podré yo olvidarte!

_(Bebe.)_

.............................. ..............................

MANUELA. Mojuer, echa de beber.

TOMASA. No hay más.

MANUELA. ¿Cómo ha sido esto? Mojuer, ¿ónde ha ido ese vino?

TOMASA. ¿Había de ser eterno?

LUCÍA. Oyes, debajo la saya

_(Aparte.)_

he visto estar escondiendo, una jarra la Tomasa.

MANUELA. Hola Tomasa, ¿qué es eso? ¿Ónde echastes la otra jarra?

TOMASA. ¿Pues acaso yo la tengo ni la he visto, deslenguada?

MANUELA. Sí: tú la tienes ahí dentro.

TOMASA. Andad, pícaras, borrachas.

MANUELA. La borracha tú y tu abuelo, lo seréis; y se ha de ver quién la ha hurtado.

(_Agárranse las dos del pelo_.)

TOMASA. ¡Suelta el pelo!

MANUELA. No te ha de valer, bribona, más que bribona; el gargüero te he de arrancar; dalo aquí. Mirad si tiene algo dentro de la saya.

(_Levántanse y la registran_.)

LUCÍA. Sí, aquí está.

MANUELA. Te aseguro y te prometo, pellejona, sin vergüenza....

LUCÍA. Dejadlo, vaya.

MANUELA. La tengo de beber la sangre aquí.

SIMÓN. Hombre, que se matan creo la mujeres.

EMETERIO. No, maldita, no tengas por eso miedo: se darán cuatro cachetes y se arañarán el pelo, pero nada más.

TOMASA. ¡Vecinos, que me ajuegan, venid presto, estas pícaras borrachas!

JUAN. ¿Qué tenéis?; ¿por qué es aquesto?

(_Continúan riñendo_.)

..............................»

Se representó este sainete en Santander, según una nota que contiene, el año de 1783, en el día de los santos mártires Emeterio y Celedonio, es decir, el 30 de agosto.

Compárense las escenas que quedan extractadas de él con las que yo he referido por mi cuenta, y véase cuán íntegro se conserva en la actualidad el ritual de la _Buena Gloria_, si es que no aparece el vigente aumentado y corregido.

De un larguísimo y soporífero prólogo que antecede al entremés, resulta que el Ilmo. Señor don Francisco Javier de Arriaza, primer Obispo de esta diócesis, empleó todos los esfuerzos de que eran capaces su autoridad y su fervor, contra tan profana ceremonia; que su sucesor hizo lo mismo, y que en el púlpito los oradores más afamados trabajaron con incansable celo en la propia obra; pero que todo fué en vano.

La _Buena Gloria_, cuyo origen se ignora, pero que es antiquísimo según el autor del sainete, y mucho más según uno de sus personajes, que dice, al echar el dinero sobre la capa,

«Ésta es una cirimonia que _nuestros tatarabuelos_ nos dejaron prevenío se observara con rispeto»;

la _Buena Gloria_, repito, continuó después en toda su escandalosa solemnidad, á despecho de sermones, de anatemas y del entremés citado; atravesó impávida épocas de tirantez é intolerancia, y sin que nada haya podido contra ella, logró aclimatarse en la moderna atmósfera de fósforo y vapor, y aquí existen todavía en uso sus inconcebibles prácticas[10].

FOOTNOTES:

[Footnote 9: En otras copias, que yo no he visto, del mismo entremés, parece declararse ser su autor don Pedro García Diego, vista, que fué, de la real aduana de este puerto.

(_Nota del A. en la ed. de 1876_.)]

[Footnote 10: No me atrevería hoy á asegurar que se conserve en Santander esta costumbre tan arraigada como aún lo estaba cuando se publicó este cuadro por primera vez; pero tampoco me comprometo á afirmar que se ha desterrado enteramente. _(Nota del A. en la ed. de 1876.)_]

EL JÁNDALO

I

Después que lanza el invierno el penúltimo suspiro, y cuando montes y peñas de este rincón bendecido sobre campo de esmeralda pardos levantan los picos, y más clara el agua corre, y en sus cauces van los ríos, llega el espléndido mayo sobre las auras mecido, despejando el horizonte y aliviando reumatismos; tras de mayo viene junio, como siempre ha sucedido, y San Juan, según el orden que va siguiendo hace siglos, antes que junio se acabe da al pueblo su día magnífico. Todo lo cual significa, para evitar laberintos, que en San Juan vienen los jándalos y que entonces vino el mío.

Ya tocaba en el ocaso del sol el fúlgido disco, y sobre el campo cayendo leves gotas de rocío, daban vida á los maizales y al retoño ya marchito, cuando en la loma de un cerro á cierto lugar vecino, cuyo nombre no hace al caso, y por eso no le cito, un jinete apareció[11] sobre indefinible bicho, pues desde el lomo á los pechos y desde el rabo al hocico, llevaba más alamares que sustos pasa un marido. Todo un _curro_ era el jinete, á juzgar por su trapío: faja negra, calañés y sobre la faja un cinto con municiones de caza, pantalón ajustadísimo, marsellés con más colores que la túnica de un chino, y una escopeta, al arzón unida por verde cinto.

Al ver entre matorrales destacarse y entre espinos el escueto campanario, de su hogar místico abrigo, detuvo la lenta marcha del engalanado bicho, descubrióse la cabeza, exhaló tierno suspiro, meditó algunos instantes ... y continuó su camino.

Á un cuarto de hora del pueblo detuvo otra vez el _ímpetu_ de su jaco, se apeó y llamó en un ventorrillo: --¡Ah de casa!... ¡_montañés_! --¡Allá va!--¡Po janda, endino! --¡Buenas tardes.--Que mu güenas.... Pero, calle...; ¡tío Perico! --¡La Virgen me favorezca!, ¡si es _Celipuco_ el de _Chisco_! --El mismo que viste y calza. --Seas mil veces bien venido. ¿Y cómo va de salud? --Mejor que quiero...; ¡pues digo!; salú ... pesetas ... viniendo, camará, del paraíso, como yo vengo ... á patás topamos allí toiticos esos probes menesteres.... Conque toque usté esos cinco ... y destranque la canilla, que yo pago ¡de lo fino!... Vaya un vaso.--Á tu salud. --Á la de usté, tío Perico. Y mi padre ¿cómo está? --Los años,...--¡Ya!... ¡Probesiyo! ¡Si esa borona maldita es el manjar más endino cá nacío de la tierra!...; pero ende hoy, tío Perico, ha de tragar buen pan blanco, buenas hebras y buen vino; que si el probe no lo tiene, para él lo ganó su hijo. --Bien harás, que es muy honrado y anciano.--¡Cuando yo digo que ha de gastar pitifoques y calesín!...--No es preciso, para que honres á tu padre, tanto lustre; que ha vivido entre terrones, y tiene sobrado, junto á sus hijos, para ser feliz de veras, con pan, descanso y cariño. --Pos cariño y pan tendrá, y descanso.... Ya estoy frito por verle y darle un abrazo.... Ahí tiene usté por el vino, que va cerrando la noche y es oscura.... No lo digo, es la verdá, por el miedo, porque me espante el peligro, que allá, bien lo sabe Dios, más negras las he corrió; sino que..., ¡firmes, Lucero! ¿Pero no ve usté qué bicho? Es una fiera, ¡cabales!; cuanto más anda, más bríos. Misté el jierro en esta nalga: es cartujano legítimo.... Y oigasté, por lo que sea: dejo atrás, en el camino, una recua de jumentos cargaos con mis equipos. Cuando lleguen, que refresquen los mozos con un traguillo y encamine usté la recua á mi casa.... Me repito.

Clavóle los acicates en los ijares al bicho, arreglóse el calañés, escupió por el colmillo, y, entonando una _rondeña_, partió á galope tendido. --«Mucha bulla, pocas nueces; mucha paja, poco trigo»; --murmuró desde la puerta del ventorro el tío Perico.-- Aunque si lo de la recua no falta.... El mancebo es listo.... ¿Quién sabe?... Cierro y aguardo. ................................. Pero la recua no vino.

FOOTNOTES:

[Footnote 11: Desde que los ferrocarriles cruzan nuestra Península y penetran en esta provincia, los jándalos no vienen á caballo, ni se van en tardo mulo. Han perdido, por lo tanto, uno de sus más gráficos atributos.

(_Nota de la 1.ª ed. en 1864_.)]

II

Echando al aire cohetes y descerrajando tiros, y entonando macarenas coplas, á pelado grito, entró el jándalo en su pueblo entre perros y chiquillos, que de una en otra barriada, con voces y con ladridos, publicaron la venida de aquel hombre «tan riquísimo», en un instante, saliendo á la calle los vecinos á verle pasar; que el pueblo, como es notorio, _ab initio_ es novelero y curioso aquí y en Francia ... y en Pinto. --Buen verano, caballeros.... ¡Adiós, mi alma!...--Bien venido. --Compadre, jasta la vista.... --Dios te guarde.--Agur, vecino. --¡Bien llegado!--Agraesiendo, camará..., siempre su amigo; pero me aguarda mi padre.... ¡Hacerse á un laito, niños!

Y revolviendo su potro, como pudo, á cada grito, y la mano dando al uno y al otro las gracias fino, y á las mozas requebrando y atropellando chiquillos, atravesó la barriada y llegó al hogar carísimo, donde hubo besos y abrazos y todo lo consabido.

Después se sacudió el polvo con su pañuelo finísimo, guardó el caballo entre mantas («porque era una fiera el bicho, y tragándose el espacio al andar, sudaba el quilo»), anunció, como de paso, para muy luego el arribo de la consabida recua; y entre familia y amigos que á saludarle acudieron, circuló el jarro de vino, se cenó de lo mejor; y hasta que ya era por filo pasada la media noche, en loor al recién venido, duró la marimorena que, aunque inútil es decirlo, costó al jándalo los cuartos y á más de tres ... el sentido.

Amaneció el nuevo día, y ya su ánimo tranquilo, abrió el jaque la maleta para mudarse el vestido; llamó ufano á la familia, y ofreció á cada individuo un regalo: un calañés á su padre; á un hermanito, una camisa de holanda (y era de algodón mezquino), y á su hermana un _rico_ chal de la India (según dijo, pues era un retal menguado, de vara de pico á pico). Todo aquello, por supuesto, eran obsequios levísimos, pues las galas que traía hasta para los amigos, las conducía «la recua que quedaba en el camino».

Pasó el día de San Juan gastando largo y tendido y luciendo, aunque el calor hacía trinar los grillos, capa de largos fiadores sobre zamarra de rizos.

Al siguiente, el pobre viejo que iba á descansar tranquilo con el amparo del jándalo, de sus retoños seguido volvió al campo, como siempre, á doblar su cuerpo rígido sobre los terrones, que le daban sustento mísero.

En tanto vagaba el jándalo, sobre su andaluz _bravío_, por callejas y senderos, _reconociendo_ los sitios que poco antes frecuentara con el dalle y el rastrillo.... Porque lo había olvidado todo, todo..., hasta el oficio, y el lenguaje de su pueblo y el nombre de sus vecinos.

III

Entre fiestas pasó un mes, descuidado peregrino, corriendo de feria en feria y embaucando á sus amigos con cuentos de Andalucía y primores que había visto.

Pero, ¡ay!, al llegar agosto, tentó con ansia el bolsillo que ya protestaba lacio, y, aunque con dolor vivísimo, vendió su caballo enteco (que nunca fué más lucido) en diez duros, no cabales, al primero que le quiso, para reparar algunos siniestros apremiantísimos, pues no llegando «la recua que quedaba en el camino», su traje se clareaba á puro darle cepillo, y sus botas se torcían y no bastaba el tocino para remediar las grietas ni para prestarles brillo. Trocó el presuntuoso puro de á cuarto por el mezquino pitillo; dejó el pan blanco y el riojano negro líquido, como regalo superfluo, sólo para los domingos; y aunque chancero y zumbón y fingiéndose aburrido, iba al campo algunas veces «á enredar con el rastrillo». Mas era que el pobre viejo, formalizado, le dijo un día:--«Si todas tus rentas son las que á casa has traído, ó trabajas ó no comes, que yo del trabajo vivo.»

Tras esto llegó septiembre, y el buen jándalo, afligido, gastó la última peseta que tenía en el bolsillo; y no asomando «la recua que quedaba en el camino», remendó los pantalones, comió berzas y _respingos_, emprendió con la _tortuca_ con mucha pujanza y brío, dió en levantarse á la aurora, y trabajando solícito, se dormía por la noche cansado, si no tranquilo.

Ya no habló más en caló en medio de sus vecinos, porque se burlaban todos sin piedad de aquello mismo que, oyéndolo de su boca, aplaudían cuando vino.

Eran todos sus debates sobre carros y novillos; volvió á pensar en la _herba_, y á _echar cambas_ ... y cuartillos; llamó á la alubia _barbanzo_; dijo por vuelto _golvío_; por lo ignorado _el aquel_; en vez de boca, _bocico_; por agujero, _juriaco_, y en lugar de trajo, _trijo_. Dejó, en fin, su mixta jerga de andaluz muy corrompido, y volvió á adoptar de plano su propio lenguaje antiguo: _rézpede, ojeuto, chumpar, rejonfuño, sostuvido, escorduña, megodía, sastifecho, tresponío_..., lo más selecto y más clásico, lo más puro y más legítimo del diccionario especial de tamaños barbarismos.

Entonces ya confesó, sin ambajes ni remilgos que estuvo en Puerto Real tres años vendiendo vino y llevando garrotazos de padre y muy señor mío; que sacó seiscientos reales por todo producto líquido, después de comprar el jaco, ropa, escopeta y avíos, y que entró con una onza en su casa, el pobrecillo, y la gastó en francachelas por echársela de rico....

Y dos otoños, en fin, después de lo referido, con unos calzones pardos, un chaquetón de lo mismo, una camisa de estopa y zapatos con clavillos, salió otra vez de su pueblo montado sobre un borrico, para volver á la tierra de la viña y del olivo, á ganar otros seiscientos con los azares sabidos.

ARROZ Y GALLO MUERTO

I

Aún no se habrían extinguido las últimas chispas de la hoguera, y apenas asomaban los primeros rayos del sol sobre la cúspide de las montañas vecinas, cuando las campanas del lugar comenzaron á tocar al alba. Sin duda el sacristán había pasado la noche con sus convecinos bailando al fulgor de la hoguera; pues de otro modo, según pública fama, no hubiera sido capaz de tomar la delantera al sol para abandonar el lecho.

Comenzaba yo, entre sueños, á reparar en la tan, para mí, inusitada música, y tal vez hubiera conseguido no salir con ella del plácido letargo que me dominaba, cuando la tos, las pisadas y los gritos de mi tío que entraba en la alcoba con el objeto de despertarme, ahuyentaron completamente el sueño que, por ser el de la aurora, es el que más me gusta.

--¡Arriba, perezoso, que ya es hora!--oí gritar entre garrotazos sacudidos sobre los muebles, y taconazos y patadas en el suelo.

--¡Pero, señor, si está amaneciendo!--contesté balbuciente y restregándome los ojos.

--Eso es: será mejor levantarse al mediodía como hacéis en la ciudad.... ¡Fuera pereza!--añadió con una risotada, tirando de un manotazo la ropa que me cubría, á los pies de la cama.--Alza esos huesos y disponte á celebrar á San Juan como es debido.

Estas últimas palabras me hicieron recordar que era el día de mi tío, y que por ello había llegado yo la víspera á su casa. Felicitéle cordialmente, y no pude menos de admirar aquella humanidad robusta y, á pesar de los sesenta años que contaba de fecha, fresca y rebosando en vida.

Estaba ya afeitado y vestido con la ropa de los domingos, traje que sin ser de rigorosa elegancia, ni mucho menos, tampoco bajaba hasta el vulgar de los campesinos: ancho, fino y cómodo, como pertenecía á un señor bien acomodado de aldea; categoría en que figura mi tío con tanto derecho como el mejor caballero de la provincia.

Cuando me hube vestido, me cogió por un brazo y se empeñó en que le acompañara á dar una vuelta por el barrio, mientras era hora de almorzar. Dispúseme á complacerle y salimos del cuarto. La gran sala que atravesamos tenía abiertas de par en par las tres puertas de su inmenso balcón; el sol entraba ya por ellas, iluminando todo el larguísimo y espacioso _carrejo_ que terminaba en la escalera; se oía el cuchareteo y hervor de la cocina que empezaba á animarse por la solemnidad del día, y se respiraba en toda la casa un ambiente especial, una atmósfera pura y embalsamada, que sólo se respira en el campo de la Montaña en las madrugadas de verano, al secar el sol el fresco rocío sobre las flores de las praderas.

Al llegar á la puerta de la escalera encontramos á mi tía, digna compañera de su marido, como él robusta y fresca, descubiertos sus blancos y rollizos brazos hasta cerca de los codos, y llevando un gran jarro de leche, espumosa y tibia aún, en cada mano. Sonrióse gozosa y expansiva con nosotros, saludóme cariñosa, y _velis nolis_, me hizo probar la leche que ella misma acababa de ordeñar.

Al bajar la escalera espantamos con nuestra presencia el averío que en el ancho portal se desayunaba con el maíz que para eso había desparramado mi tía sobre las losas.

En el corral saltaban los terneros alrededor de sus madres, saliendo al campo á solazarse algunas horas bajo la vigilancia de un guardián; el mastín gruñía atado aún á la cadena, pero alegre y bullicioso al vernos..., todo, en una palabra, cuanto nos rodeaba, parecía disfrutar de la belleza del día que empezaba, y de la inefable satisfacción que experimentaba aquella familia modesta en el sexagésimo aniversario de mi tío, festividad doblemente solemne, por cuanto San Juan era, á la vez que de mi tío, el patrono del lugar.

Siguiéndole yo siempre, salimos por la ancha portalada característica de todas las casas solariegas de la Montaña; entramos en una verde y entoldada calleja, y al llegar á la iglesia que estaba cerca, nos sentamos en un rústico banco detrás de ella y bajo una viejísima y copuda cajiga.

Á pocos pasos, enfrente de nosotros, estaba la taberna; y en su portal, dos reses desolladas colgadas de una gruesa viga, eran el centro alrededor del cual giraba entonces el pueblo entero, en busca de un pedazo de carne, sabroso regalo con que se celebraba entre aquella gente la fiesta del patrono.

Mi tío se entretenía en contarme la vida y milagros de cada aldeano que pasaba por delante de nosotros, saludándonos humildísimamente; provisto ya de su miserable tajada, objeto de sus ahorros de un mes.