Escenas Montañesas · Unidad 20 de 27
ADVERTENCIA — parte 20
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--¿Ves ese--me decía--que se tambalea sobre las piernas, y lleva la cara metida hasta las narices en un sombrero viejo, mal calzado y peor vestido? Pues es un hombre muy honrado; tiene siete hijos, y el mayor, con quien gastó la mitad de su pobreza para librarle de la cárcel en que le metieron por haber dado una paliza á su vecino, después de casado le puso pleito y le embargó la pobre choza que le quedaba, porque no le devolvió una corta suma el mismo día en que venció el plazo del préstamo.... Hoy se habría muerto de hambre y de pena si yo no le hubiera dado el dinero para salir de su apuro.--Ese otro jaquetón, tan planchado y que parece un señor, es un trapisondista capaz de pegársela al lucero del alba.--Repara bien en esa mujer que nos ha saludado con voz melosa y sin levantar los ojos del suelo; pues es una bribonaza, chismosa, enredadora y capaz de beberse á toda su casta: apostaría una oreja á que lleva la botella del aguardiente debajo del delantal.--¡Éste sí que es todo un hombre de bien y hacendoso! Sin tener un carro de tierra suyo, se arregla tan bien con la que lleva á renta, que nunca le falta media onza de repuesto al pico del arca: es el mejor de mis colonos.--Algo más que este otro perdido: tres años hace que no me paga un cuarto. Murmúrase si lo gasta con una vecina...; porque también por acá hay sus gatuperios, como en la ciudad.... ¡Mira!, la muy pingona ya se va detrás de él.--Éste es el señor alcalde, labrador acomodado; pero no me puede ver, aunque me saluda muy fino. ¡Como no le dejo pasar ciertas cosas en el ayuntamiento!... Siete pleitos he tenido con él, y le he ganado cinco.--Observa á ese que se arrima á la pared para no caerse; va hecho un cuero de vino: es vecino mío, y le da siempre en la borrachera por pegar fuego á mi casa. Cuatro veces le he cogido con el tizón en la mano; en una de ellas estaba ya ardiendo la leñera. No le he echado á presidio, porque me da lástima de su pobre familia.--Ahí tienes dos novios convidándose á castañas.... Buena pareja, ¿eh?: hoy va la tercera amonestación á misa mayor, y mañana se casan....--Mira el mastín de la cabaña, ¡gran perro!: media nalga arrancó á un muchacho que le quiso montar el otro día. Ahora va á la carnicería á ver si pesca algo que valga la pena; ¡como hay dos reses hoy!... Todos los domingos del año se mata una sola; pero en días señalados se consumen dos.... Si fuera aguardiente.... ¡Eso sí que tiene consumo en el lugar!...
De esta manera siguió el buen señor hablándome largo rato de todo cuanto veía y recordaba, sin tregua entre uno y otro asunto, y sin dar tiempo á que le replicara yo una sola palabra.
Hago, pues, omisión de todas sus observaciones, en la inteligencia de que el lector no encontrará tanto interés en ellas como mi tío, para quien, como buen aldeano, eran la salsa favorita.
Aproximándose la hora del desayuno, dispusímonos á volver á casa, mas antes quiso mi tío darse una vuelta por la iglesia, por si sus hijas habían vestido ya al santo.
Conviene advertir que mi tío era mayordomo de San Juan, honra que venía, _ab initio_, vinculada en la familia; y corría de su cuenta alumbrarle todo el año, y vestirle, y adornarle en su festividad, y buscar y pagar predicador para este día.
Mas todo esto se hacía con su cuenta y razón; no se crea que á este santo se le servía gratis et amore, sólo por su bienaventuranza. San Juan era uno de los propietarios del lugar, registrado en los libros del ayuntamiento como otro vecino cualquiera. Tenía dos prados de regadío, bastante buenos, que arrendados á un colono producían una renta anual de doscientos reales, renta que cobraba su mayordomo, llevando en un libro especial una cuenta corriente con el santo.
Pero en obsequio al administrador, debe quedar consignado: 1.°, que los dos prados del beatífico propietario, eran de una manda hecha por la piedad de un abuelo de mi tío; y 2.°, que éste, en honor del santo, gastaba todos los años, sobre los doscientos reales que producían las fincas, otros cuatrocientos de su bolsillo, en lo cual se creía, y con razón, muy honrado. Y se comprende muy bien. San Juan no era para la casa de este buen señor solamente su patrono y el del lugar, ni uno de tantos bienaventurados cuya imagen se veneraba en la iglesia parroquial del pueblo: era, además, un protector especial, un huésped constante de mis parientes.
Los paños, los candeleros, las velas del altar del santo, se encontraban en aquella casa como la ropa y el calzado de la familia, y hasta en las listas de la colada se leía siempre, junto al renglón, por ejemplo, de los calzoncillos de mi tío, otro de los _paños_ de San Juan. Cuidábase su imagen, quitábasele á menudo el polvo, se restauraba la pintura donde quiera que se descascaraba un poco; pintábanse cada dos años y se doraban las andas en que se le sacaba en procesión, y se esmeraban mis primas en renovarle los ramilletes de flores que le rodeaban en la urna, con la frecuencia necesaria, y en engalanarle para las grandes solemnidades; era el santo, en fin, _como de la casa_, valiéndome de una frase de mi tía.
Y hechas estas advertencias, volvamos al asunto principal.
Entramos en la iglesia. En el centro de ella, y colocado ya en las pintorescas andas, sobre una mesa, estaba San Juan con el corderito á los pies, y en la diestra la cruz con el _Agnus Dei qui tollis peccata mundi_, escrito sobre la flámula ceñida á ella. Sin estos atributos, confieso que me hubiera sido imposible conocer lo que aquel aparato representaba. Tales primores habían hecho mis primas con la imagen.
Hallábase ésta bajo dos arcos cruzados, en el sentido de las diagonales de las andas, revestidos de pañuelos de seda de sobresalientes colores, y caían sobre la cabeza del Bautista multitud de relicarios, campanillas, acericos y escapularios, y no pareciéndoles, sin duda, bastante á mis primas la piel con que el escultor cubrió la desnudez de la imagen, habíanle colgado sobre los hombros un rico chal de Manila, que le llegaba hasta los pies, y colocado en la mano con que señalaba el corderito, un pompón encarnado y verde, procedente de un chacó de realistas, cuerpo á que, en sus mocedades, había tenido mi tío la honra de pertenecer.
Mirábame éste y miraba al santo, y tornaba á mirarme después con cierta expresión de complacencia, mientras yo contenía á duras penas la risa que me excitaba el fatalísimo gusto de mis primas, que habían hecho, con fervorosa y cándida intención, un ídolo chino de una de las imágenes más poéticas y sencillas de nuestro culto.
Felicité, no obstante, á mi tío por su celo y esplendidez, y después de dar él algunas órdenes al sacristán relativas á la procesión, salimos de la iglesia y nos volvimos á casa.
II
Esperábannos ya alrededor de la mesa mi tía, mis dos primitas, que, en el vigor de la robustez y de la juventud, hubieran podido marear á un estoico con algo menos de rubor y con un poco más de coquetería, y el predicador que debía hacer el panegírico del santo aquel día. Era un franciscano exclaustrado, párroco de uno de los pueblos inmediatos, y orador de tanta fama en la comarca como pulmones.
Mi tío se honraba todos los años dándole de comer y de almorzar el día de San Juan, y sus hijas le planchaban y rizaban la soprepelliz que se vestía para predicar.
Pusiéronse encendidas como dos pimientos mis primitas al tener que contestar á mi saludo; tendióme una gruesa, morena y áspera mano el exclaustrado, abrazando en seguida á mi tío; y todos, en grata compañía, nos sentamos á la mesa.
Sirviéronnos, primeramente, chocolate al exclaustrado y á mí, pues la familia se despachó á su gusto con sendas cazuelas de sopas de leche. Y dije «primeramente», porque el reverendo, después que con el último sorbo estrepitoso, infinito, sublime, tirado al pocillo, apuró
«cuanto en el hondo cangilón había»,
acometió á las sopas de leche, haciendo en ellas él solo tanto estrago como toda la familia junta. Después de la leche nos sirvieron vino blanco con bizcochos, prototipo en las aldeas de digestivos y confortantes, y cuyas virtudes se tienen en tanto, que lo mismo se administra este agasajo á un moribundo que en una boda. Por ello tuve, á mi pesar, que echarme al cuerpo mi ración correspondiente, pues desairarla era, á lo que vi, la mayor ofensa que podía hacerse á la rumbosa prodigalidad de mis tíos.
Concluído el almuerzo, llegó la hora de ir á misa; y al acercanos á la iglesia, fuimos acometidos por una comparsa de danzantes, bajo cuyos arcos tuvimos que pasar más de dos veces; honor tributado exclusivamente á las notabilidades del pueblo, ó mejor dicho, á todas las personas que podían dar algunas monedas de gratificación, en cambio de tan señalado festejo.
Antes de la misa se llevó en solemne procesión al santo alrededor de la iglesia, teniendo mi tío el honor, en compañía del alcalde y dos regidores, de cargar con las andas. Dos mocetones, armados de escopetas, abrían la marcha haciendo fuego, y un ciego gaitero acompañaba con su ronco instrumento al señor cura en sus cánticos, á los que contestaba todo el pueblo, de vez en cuando con un fervoroso _«ora pro nobis»_.
Empezada la misa, no cesaron los tiros en el portal de la iglesia, y la gaita siguió tocando en el coro, acompañando á los cantores, entre los cuales estaba mi tío, que era una especialidad para _echar_ la epístola. Tocó su turno al predicador, cuyo sermón era el gran acontecimiento del día. No diré que con muy brillantes formas, pero con un pulmón admirable, con palabras sencillas y con una doctrina pura y llena de paz y de consuelo, infundió tal entusiasmo en su auditorio, que, convertido cada oyente en un héroe, hubiera seguido al franciscano ... hasta la hoguera, jurando á Jesucristo y á San Juan. Líbreme Dios de no admirar tanto fervor. ¡Ojalá tuviera cada aldea y en cada semana, por lo menos, un orador de aquel género, que conservara viva y consoladora en el pecho de los pobres aldeanos la fe de sus mayores! Con ella únicamente son posibles la paz y la ventura entre tantas privaciones y miserias. Los derechos políticos, la civilización _autonómica_, nunca producirán entre ellos más que envidias y escisiones, hambre y desesperación. Ser pobre y honrado es la mayor de las virtudes; y el pueblo, para ser virtuoso, necesita, antes que derechos y títulos pomposos que le ensoberbezcan, pan que le alimente y fe que le resigne al trabajo.
La misa fué, pues, de lo más solemne que era posible en semejantes circunstancias; tan solemne, que duró dos horas. Mi cabeza, mi cuerpo entero, lo recordará toda la vida.
Al llegar á casa, y después de felicitar sinceramente al exclaustrado por su discurso, lo cual no dejó de envanecerle un poquillo por la razón de gastar yo bigote y perilla y ser de la ciudad, nos sentamos alrededor de la mesa que ya estaba preparada, y empezó la comida, previo _benedicite_ del franciscano.
Nada de notable había en ella, lector, en cuanto á la calidad, que merezca participársete, pero preciso es que sepas que en cuanto á la cantidad..., ¡aquello tenía que ver! La sopera, llena hasta los bordes, era poco menor que un barreño; las fuentes del potaje podían servir de barcas en caudaloso río; el primer principio se componía de más de media arroba de carne guisada; y cuando llegó el gallo en pepitoria, héroe del banquete, acompañábanle, para hacerle honor, cuatro capones. De ellos se nos sirvieron á los tres hombres á capón por barba, y se repartió el cuarto entre las tres mujeres. Y lo de menos hubiera sido para mí semejante alarde de prodigalidad, y hasta el acostumbrarme á ver sin admiración cómo mi tío y el predicador engullían cuanto les ponían por delante; pero lo terrible fué que me obligó á hacer lo mismo que ellos la implacable oficiosidad de mi cara tía. Cedí con la sopa á los reiteradísimos «ponte más, no lo desaires» con que me acosaba la buena señora; y al tratar resueltamente de negarme á repetir de los potajes, tal fué la insistencia de la familia entera, y tanto me solfearon que despreciaba su _pobreza_, que por no sufrir tan inclemente machaqueo me resolví, con la resignación de un mártir, á jugar la salud en aquel lance; pero me fué imposible transigir con el capón: materialmente estaba ya lleno, rebosando mi estómago. Para colmo de mi angustia, llegó el _arroz con leche_, plantándoseme delante un plato sopero encogollado «para mí solo».--«Y en acabándole, aquí tienes más»--añadió mi tía con una sonrisa muy cariñosa, pero que me hizo temblar, horrorizado, al ver la enorme fuente que señalaba con el dedo, colocada en el centro de la mesa.--Afortunadamente, con la idea, nada más, de echarme al coleto tanto engrudo, entráronme unos sudores, fríos como los de la muerte; levantéme tambaleándome, llegué al corral..., y despojado el estómago del peso que le oprimía, volví á la mesa, pero sin el consuelo de hacer comprender á aquella buena gente la impertinencia de sus mal entendidos obsequios. Mi tía; especialmente, achacaba el suceso, en tono de resentimiento, á que no me gustaban los guisos que ella misma había hecho. Luego vi que era imposible persuadir á aquellas benditas almas de que puede un hombre hartarse una vez de sopa de fideos, de gallo en pepitoria y de arroz con leche.
Concluyó por fin el banquete con vino blanco y bizcochos; y mientras el fraile y mis tíos se fueron á dormir la siesta y mis primas á vestirse para ir á vísperas, yo me largué al campo á tomar el aire, que buena falta me hacía.
Dos horas después volvimos á la iglesia; sacaron otra vez al santo en procesión, rezóse el rosario y nos fuimos á la romería, que se desparramaba en una pradera inmediata á la iglesia. Hiciéronme ver uno por uno todos los bailes: éste porque era de guitarra, el otro porque era de pandereta, y por ser de gaita el de más allá. Compramos avellanas, peras, cerezas y rosquillas en todos los puestos de la romería, convidámonos recíprocamente la familia, el exclaustrado y yo; vi un desafío á los bolos entre mozos de lugar y otros tantos forasteros; oí los «¡vivas!» que nos echaron los danzantes, encaramándose unos sobre otros hasta formar lo que ellos llaman _castillo_, y los que también hubo para las demás personas que les habían dado dinero; y volvimos á casa al anochecer, despidiendo al predicador después de haber tomado chocolate y agua de limón todos juntos, como si no hubiéramos comido al mediodía.
Una hora más tarde me llamaron á cenar. ¡Otra vez capón, otra vez pepitoria y otra vez arroz con leche! Aquel cuadro me espantó. Fingíme muy malo, y creo que lo estaba, dado que de susto también se enferme un hombre, y me largué á la cama, donde tampoco fuí feliz, porque, apenas me hube dormido, comencé á soñar que comía capón, pepitoria y arroz con leche. Desperté, volví á dormir, y torné á despertar y á dormir otra vez y otras ciento, y siempre veía el repleto cucharón de mi tía persiguiéndome y llenando los claros que yo iba haciendo en los platos que me servían sin cesar. En esta lucha cruel me cogió el alba. Salté de la cama, vestíme; y, desayunándome de prisa, corrí á despedirme de la familia que había madrugado más que yo. Agradecí á mis buenos parientes, con toda mi alma, la sinceridad con que me brindaban su casa y su cariñosa asistencia por algunos días más; sentí de veras que perentorias ocupaciones me impidieran complacerlos, pues cariño hacia ellos me sobraba; disculpéme lo mejor que supe, monté á caballo; y llenos los bolsillos, la maleta y las pistoleras de fruta y de rosquillas que me hicieron tomar á última hora, partí hacia la ciudad, prometiéndome á mí mismo solemnemente, y lo he cumplido, que si alguna vez volviera al campo había de ser en días hábiles y normales, y en manera alguna en los que, como el de San Juan citado, se llaman, con sobrada razón, en mi tierra, de _arroz y gallo muerto_.
EL DÍA 4 DE OCTUBRE[12]
I
Desde luego advierto al lector que esta fecha no viene aquí con la pretensión de figurar entre las muy justamente célebres que guardan los fastos españoles, ni pertenece siquiera al catálogo de esas otras de flamante cuño que, no mereciendo, por ningún estilo, que la imparcial severa Historia las registre en sus páginas, andan indocumentadas pidiendo hospitalidad de puerta en puerta y rebotando de periódico en periódico, á manera de proyectil elástico. Hablo de los _diez de abril_, _tres de octubre_, _siete de julio_ _veintinueve de septiembre_, y otras _ejusdem farinoe_, no menos zarandeadas, en estos tiempos que corremos, por los campeones de la política militante, ya como gloria, ya como afrentas.
Tampoco se halla impresa en ninguna parte con sangre de _libres_ ni de _esclavos_, ni recuerda patíbulos, ni asonadas, ni siquiera un mal cintarazo. Por tanto, no aspira á que _el país_ la recuerde sólo con que yo se la cite. Más humilde en su origen y en sus aspiraciones, se cree muy honrada con que unos cuantos pueblos de la Montaña y yo la evoquemos con inocente complacencia: ellos, por lo que afecta á sus caros intereses: yo, por el que me tomo siempre en cuanto sirve de satisfacción á los demás.
Es, pues, el caso de que los labradores ganaderos de la parte central de la provincia, cuando llega el mes de mayo, no solamente no tienen en el pajar un pelo de yerba de la recogida en el agosto anterior, sino que sus ganados han destrozado ya las mieses durante los meses de _derrotas_, y han recorrido las sierras bajas, y han comido _escajo_, picado á fuerza de ímprobos sudores, y han ido entresacando los _herbalachos_ que crecen entre zarzas y matorrales, y hasta han roído el césped de las lindes de los _camberones_. ¡Calcúlese cómo viviría el ganado hasta el mes de agosto, época de la recolección y acopio de yerba para el invierno, si no tuviera más recursos que los ordinarios de casa, digámoslo así!
Por fortuna de los pobres animales, hay en esta provincia, sobre su parte más elevada, entre Campóo, Cabuérniga y Polaciones, unos pastos en los puertos de Lodar, Peñalabra, Palombera, Brañamayor y otros, que están diciendo «pacedme»; y á pacerlos van desde junio á octubre, los ganados, _ó cabañas_, de varios pueblos de la indicada región, que están en pleno goce de ese privilegio.
De qué procede éste, y por qué le tienen unos pueblos y otros no, lo ignoro absolutamente. De cuándo data, tampoco es fácil decirlo. No sé más sino que, en cierta ocasión, el Concejo de Vioño, uno de los privilegiados, tuvo necesidad de reivindicar su derecho, y siguió un pleito con los Concejos _altos_ que se le negaban, ante la Real Chancillería de Valladolid, la cual le sentenció en el año de 1630. Yo he visto esos autos, y según ellos, alegaban los de Vioño «estar en quieta, pacífica posesión de lo hacer é gozar libremente con los dichos sus ganados á ciencia y paciencia de las partes contrarias, de uno, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta..., ciento y más años; y de tantos, _que en memoria de hombre no era en contrario_». ¡Figúrense ustedes si será antigua la costumbre!
La Real Chancillería mantuvo al Concejo querellante en su derecho «de llevar su cabaña _con palos, pastores, perros y cencerros, á pacer las yerbas y beber las aguas, seleando y majadeando_, á los sitios de Bus Cabrero, Bustamezán, Cueto de Espinas, etc., etc....»