Escenas Montañesas · Unidad 9 de 27
ADVERTENCIA — parte 9
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
El Tuerto, oída esta última palabra, tumba de un sopapo á sus pies á la delincuente, corre á la cama, revuelve las hojas de su jergón, saca de entre ellas una botellita blanca que contiene un pequeño resto del delatado contrabando, vuelve con ella hacia su mujer, y arrojándosela á la cabeza en el momento en que se incorporaba, la derriba de nuevo y salpica á los chiquillos con el líquido pecaminoso. Gime, herida, la infeliz; lloran asustados los granujas, y el iracundo marinero sale al balconcillo renegando de su estrella y maldiciendo á su mujer.
Tío Tremontorio, que vino de la mar con Bolina y el Tuerto, se halla en su balcón tejiendo red (su ocupación preferida cuando está en casa) desde el principio de la reyerta de sus vecinos, y tirando de vez en cuando un mordisco á un pedazo de pan y á otro de bacalao crudo, manjares que constituyen su comida ordinariamente. No se da con el Tuerto por advertido del suceso que acaba de ocurrir y del que se ha enterado perfectísimamente, pues no le gusta meterse en lo que no le importa; pero el irascible marido, que necesita dar salida al veneno que aún le queda en el cuerpo, llama á su vecino, y de balcón á balcón entablan este diálogo á grandes voces:
--Tío Tremontorio, yo no puedo con esta bribona, y voy á hacer un día una barbaridá.
--Ya te he dicho que tienes tú la culpa desde un principio; en cuanto la veías ceñir un poco, arriabas en banda....
--¿Y qué había de hacer yo si me paecía una santa de Dios?
--¿Qué habías de hacer? ¡Tiña!; lo que yo te decía siempre:--«Caza firme y trinca bien; viento duro por la popa, y hala por avante.»
--¡Pero si no tiene ya un hueso en el cuerpo que no le haiga yo carenao á golpes!
--¡Después que se le había podrió la maera, tiña!
--¡Me valga Dios, qué pícara!... ¿Qué va á ser de estas criaturas el día que la suerte me saque de casa!...; porque el demonio no tiene por ónde desechar á esta mujer. La semana pasá la entregué veinticuatro riales pa que vistiera á los hijos...; ¿usté los ha visto?: pos tampoco yo. La borrachona los consumió en aguardiente. Peguéla una trisca que la dejé por muerta, y á los tres días me vende una sábana por media azumbre de caña; dóila ayer veintiún cuartos pa carne, y bébelos tamién.... Y á too esto, las criaturas esnudas, yo sin camisa, y sin atreverme, si á mano viene, á echar un vaso de vino un día de fiesta.
--¿Por qué no la conjuras, tiña? Pué que sea _mal-dao_.
--¡Si llevo gastao, tío Tremontorio, un costao en esos amenículos! Llevéla á má é tres leguas de aquí, á que un señor cura, que icen que tiene ese previlegio, la echara los Avangelios; leyóselos, dióme una cartilla bendecía y un poco de ruda, cosílo too en una bolsa, colguésela al pescuezo, costóme la cirimonia al pie de un napolión..., y ná: al día siguiente cogió una cafetera que no se podía lamber. Yo la he dao aguardiente cocío con pólvora, que icen que es bueno pa tomar ripunancia á la bebida, y á esta condená paece que le gusta más desde entonces. He gastao en velas pa los Santos Mártiles, á ver si la quitan el vicio, un sentío..., y como si callara.... Ya no sé qué hacer, tío Tremontorio, si no es matarla, porque es mucho el vicio que tiene. Fegúrese usté que dempués que la di el aguardiente con pólvora, la entró un cólico que creí que reventaba. Como yo había oído que el aguardiente es bueno pa quitar el dolor de barriga, poniendo por fuera unos paños bien empapaos en ello, calenté en una sartén como medio cuartillo; y cuando estaba casi hirviendo, llevélo así á la cama onde se estaba revolcando la muy bribona. Mándola que tenga un poco la sartén mientras yo iba al arcón á buscar unos trapos, vuelvo con ellos...: ¿creerá usté, puño, que ya se había trincao el aguardiente de la sartén, abrasando como estaba? ¡Hombre, si esto es más que maldición de Dios!
--Pues, amigo..., tocante á eso..., ¿qué te diré yo? Cuando la mujer da en torcerse, como la tuya, mucho palo; si con él no sale á flote, ó échala á pique de una vez, ó cuélgate de una gabia.
--¡Si le digo á usté, hombre de Dios, que la he solfeao too el cuerpo á leña; que le he puesto la cara á _morrás_ más negra que la tinta de un magano!...
--Pues ahórcate entonces, y déjame en paz y en gracia de Dios tejer estas mallas, que por no perder la paciencia no me he querido casar yo, ¡tiña, retiña!
--¡Mal rayo me parta treinta veces y media, y permita Dios que al primer noroeste que me coja en la mar me coman las merluzas!... ¡Si pa esto nace uno, valiérame más no haber nacío!... ¡Perro de mí, que no la hice macizo antes de llegar á perder la pacencia y la salú por la grandísima bribona!...
Y comiéndose los labios de coraje, métese el Tuerto en su buhardilla y cierra la puerta del balcón.
El tío Tremontorio, sin levantar los ojos de su labor, le despide canturriando con su áspera voz esta copleja:
«Por goloso y atrevido muere el pez en el anzuelo; porque yo no soy goloso en paz y libre navego.»
Suponte ahora, lector, que estamos en un día de fiesta.
--¡Bolina!... ¡Bolina!--grita la voz de Tremontorio.
--¿Qué hay?--responde Bolina saliendo al balcón.
--Que no paso por esta cuenta; que á mí me falta dinero ... y que me falta, ¡ea!
--¡Malos tiburones te coman! Yo no sé de qué te ha servío tanto como has rodao por el mundo, que toavía no sabes contar los deos de la mano. ¿Qué es lo que te falta ahora?
--Me falta, me falta ... yo no sé cuánto, pero me falta dinero.
--Si no dices más que eso.... ¿No ajustemos endenantes la cuenta más de treinta veces? ¿No viste que no te faltaba ná?...
--Sí; pero en casa lo he pensao mejor, y no hay quien me saque de que aquellos treinta riales....
--¡Dale con los treinta riales! ¿No te correspondían á ti diez duros por la costera de la semana?
--Sí.
--¿No nos habían emprestao á ti, al mi hijo y á mí, un barril de parrocha en la taberna del _Estrobo_?
--Sí.
--¿No costaba el barril setenta y dos riales?
--Sí.
--¿No te corresponden á ti veinticuatro?
--Sí.
--¿No debías además en la taberna, primeramente treinta cuartos de café y copas, y luego dos riales y medio emprestaos?
--Sí.
--Pus veinticuatro y seis, treinta. ¿Cuánto tienes tú?
--Tengo, tengo ... dos y dos son cuatro..., cuatro ... cuatro de á decinueve, primeramente.
--Bueno: pon una peseta con ellos.
--Ya está.
--Pus tendrás ahora cuatro duros.
--Cabales.... Ahora hay, por otro lao, dos pesetas en cuartos y dos tarines.
--Que son diez riales; y ochenta que tenías antes, noventa.
--Noventa. Ahora me quedan cuatro peseta de á cinco, y ... uno, dos, tres ... y dos, cinco ... y uno, seis...; seis medios duros, que son....
--Que son, que son...; teníamos antes noventa riales, que con las cuatro pesetas de á cinco hacen, hacen ... noventa, y luego veinte.... Si fueran diez serían ciento; ciento, y diez ... ciento diez.... Luego, seis medios duros, que son tres.
--Y ciento diez, ciento y trece justos ... hasta doscientos que debían de ser, ¡tiña!, mira si me falta dinero.... Y no te canses, Bolina, que cuando yo digo una cosa, ¡tiña!...
--Pero, peazo de animal, déjame acabar.... Si too lo embrollas. ¿Quién te ha dicho á ti que ciento diez riales y tres duros son ciento y trece riales?
--Aquí y en Francia han sío siempre ciento diez y tres, ciento trece, ¡retiña!
--Sí; pero como esos tres son duros, y tres duros son sesenta riales, será la cuenta ciento diez, y sesenta, ciento setenta.
--¿Y cuántos duros hacen?
--Media onza es lo mesmo que ciento sesenta riales, y éstos son ciento setenta; conque son, media onza y medio duro ... ocho duros y medio.
--Lo mesmo que endenantes, ¿lo ves?...; hasta diez que han de ser ... ¡si cuando yo digo una cosa!
--¡Mal rayo te parta! ¿Pues no te he dicho que había que desquitar treinta riales que debías en la taberna?
--Sí.
--Pus esos treinta que te faltan hasta los doscientos, son los que te dieron de menos.
--Conque es decir que por un lao se me dan treinta riales de menos, y por otro me rebajas tú en la cuenta otros tantos.... ¡Tina!, pues ahora salgo peor; treinta de acá ... y treinta de allá.... Esto no lo dejo yo así, y ahora mesmo voy al Muelle, ¡retiña!
--¡Anda, burro, más que burro!... ¡Este hombre no tiene timón en la cabeza! ¡Mal vendaval te sople, animal!...
Imaginémonos ahora que está lloviendo, desde hace ocho días, pero del Noroeste, con temporal recio _afuera_.
--Tío Tremontorio, ¿ha visto por la banda del Norte cómo se va poniendo?
--Hay tremolina armá pa unos días.... Esta madrugá abrió un poco el ojo el Nordeste y pensé que íbamos á salir mañana á la mar; pero se ha corrío otra vez al vendaval y con un carís peor que el tuyo.
--¡Y qué lástima de costera, hombre!... ¡Si había besugo pa aborrecelo!... Le digo á usté que esta inverná nos va á costar muy cara.
--Por mor de eso, y pa ayuda de males, nos pegaron aquella _troncá_ esta mañana en el Cabildo.... ¡Y pa eso le citan á uno y le sacan de casa!... ¡Tiña, si me hubiera dejao llevar de mi genio!... Decir á Dios que con el platal que ha entrao en fondo en too lo que va de año no ha de haber quedao pa hacer un reparto, por ver de pasar un par de días, pinto el caso, en que no se pué salir á la mar, ni se gana pa un amoderao[5] siquiera.... ¡Tiña, y que entoavía le han de pedir á uno el real que necesita pa no morirse de hambre!
--Duro es, tío Tremontorio; pero ello, pongámonos en lo justo. Ha dao la casualidá de que paece que se ha avisao media calle pa ponerse enfermo too el mundo. Tolete, con viruelas; tío Mocejón, con el muermo que le ajoga; Viruta, con una pata desbaratá; el Mordaguero, baldao de estribor...; y dispués, yo no sé cuántos más á pique de irse á fondo.... Por otro lao, el médico no quería asistir al Cabildo si no le aumentaban dos mil riales de sueldo, y ha habido que dárselos; la lancha del Puntal nos ha empeñao en un pico mu gordo este año, una bandera nueva pa la capilla..., y el diablo que paece que se ha desatao contra nusotros.... Dé usté á los enfermos el porqué que les corresponde cada día, pague usté al médico lo que pidió de más, pague usté la bandera, pierda usté lo que se ha perdió en el pasaje, y....
--¡Tiña, á mí cuéntame tú del otro mundo, que de éste no tengo ya ná que aprender...; y si Patuca sabe mucho, yo sé más que él. Yo lo que veo es que con un papeluco emborronao nos quiso tapar la boca. Miá tú cómo no estipuló el tanto más cuanto de la cosa, mano á mano como se debía. Pero como entiende de pluma, con decir «aquí está apuntao...»; y á mí no me la cuela él, que no me mamo el deo, aunque no conozco la O, tiña!
--Pero las cuentas ya se desaminaron bien allí, y por gente que lo entiende.
--Comosulas nos atrapan, ¡tiña!, no te canses.... Y digo que aquí engorda anguno con lo que tú y yo sudamos, y si no, vamos á ver. Patuca Malaspenas va á la mar; anda vestío y portao como un señor; en su casa se come carne un día sí y otro no, y nunca falta el cuartillo de rioja, tiene un quiñón en la pinaza del Castrejo y está gordo que revienta. El diablo me lleve si no era tan pobre como yo hace poco tiempo. ¿De ónde ha salío tanto lastre? ¡Tiña! ... no quiero hablar; pero si no corriera él con los agorros del Cabildo, como corre hace dos años, no había de tener el pellejo tan reluciente.
--Esos son malos quereres, tío Tremontorio.
--¡Tiña, que yo me entiendo! ¿Por qué no quiso él que se entregara el dinero á un comerciante del Muelle cuando en el otro Cabildo se lo dijieron?
--Porque nos bastamos nusotros pa correr con ello sin ayuda de naide.
--Por lo que se pega, borrico.
--Que son malos quereres, tío Tremontorio.
--Que vos engañan, como bonitos, con cuatro papeles arrugaos, vamos.... Y si quieres irle con el cuento, ya que tanto le defiendes, maldito lo que se me importa.
--Yo no soy cuentero ni vivo de eso; pero cuando se dice mal de un hombre de bien..., vamos, tío Tremontorio, que no me gusta. Usté ha visto mucho mundo, pero á veces quiere saber más de lo regular.
--Y ya que tanto hablas, ¡tiña!, ¿es justo, que tú, cargao de hijos, con una mujer como la que tienes, que te consume hasta la sangre, no recibas uno ó dos ó medio en estos días de temporal? ¿No eres tú tan necesitao como el que más?
--Yo estoy bueno y puedo trabajar....
--¿Á qué? ¿Has de ir á jalar de las pipas del Muelle? Pa eso hay otros primero que tú, que tienes que atender al aparejo y á la lancha y á tu obligación.
--No diré que no me viniera bien uno ó dos ó medio; pero si no me le dan, ¿por qué le he de echar la culpa á quien no la tiene?
--¿Y por qué en lugar de dar nos piden?
--Ese es otro cuento.... Y al último, al que no tiene el rey le hace libre.
--Ya te lo dirán de misas.
--De toos modos, tío Tremontorio, las cuentas se han presentao y se han dao por buenas; y por más que usté y yo nos cansemos....
--Pues veremos lo que comes dentro de un par de días, si el tiempo no se echa á la tierra.
--Salú nos dé Dios, y ya lo veremos.
--¡Amén!... (¡Tina!...; ¡qué hombres hay en el mundo! Too lo encuentran güeno. ¡Así tienen ellos los calzones!)
Si mientras el Tuerto estaba á la mar, alguno de sus hijos rompía la olla, ó se comía el pan que estaba en el arcón, ó hacía cualquier diablura propia de su edad, en el balcón le sacudía el polvo su madre, en el balcón le estiraba las orejas y en el balcón le bañaba en sangre la cara.
Si de vuelta de correr la sardina salía alcanzada la mujer del Tuerto en la cuenta que éste le tomaba rigorosamente, en el balcón se oía la primera guantada de las que administraba el desdichado marido á su costilla; desde el balcón llamaba á su padre, á su madre y á Tremontorio; desde el balcón les contaba lo sucedido, y renegaba furibundo de su mujer; desde el balcón imploraba el auxilio de Dios..., y de balcón á balcón se enredaba un diálogo animadísimo que entretenía, por espacio de media hora, á las gentes de la calle.
Si el patrón de la lancha de que son socios mis vecinos, les debe algo, desde sus balcones lo dicen, y en los mismos discuten el medio de cobrarlo.
Por el balcón recibe Tremontorio las consultas que se le hacen sobre el tiempo; por el balcón las contesta, y el balcón es su observatorio.
En una palabra: mis vecinos tienen el balcón por casa, excepto para dormir y vestirse; y ni aun en estas dos ocasiones quieren prescindir totalmente de la publicidad. Tremontorio y Bolina, especialmente, se mudan la camisa y los pantalones en medio de la sala ... con todas las puertas abiertas; pero donde se echan los botones y se amarran la cintura con la indispensable correa, es en el balcón. Y esto en invierno; que en verano, ó cierro la puerta de mi antepecho, ó he de contemplarlos hasta en la menor particularidad de su vida íntima, tanto de día como de noche.... Por hacerme partícipe de sus costumbres estas pobres gentes, hasta me despierta á mí al mismo tiempo que á ellas el penetrante é intraducible grito de _¡apuyááá!_ con que les llama, á las tres de la mañana en verano y á las cinco en invierno, para ir á la mar, otro marinero que tiene por esta obligación algunos gajes.
De todo lo cual resulta, lector, aun sin mi decidida afición á reparar en achaques de costumbres, más de lo suficiente para que comprendas cómo, sin poner trabajo alguno de mi parte, y sin que en mi obsequio se le tomara nadie, pude adquirir los datos que apunté en las primeras páginas de este bosquejo.
Ahora, pues, previa tu indulgencia por estas digresiones, y suponiéndote orientado en el terreno de nuestros personajes, voy á tratar del verdadero asunto de mi cuadro.
FOOTNOTES:
[Footnote 5: Arenque.]
II
Hace pocos días empezó á llamarme la atención el aspecto que presentaba la casuca de enfrente. La buhardilla del Tuerto apenas se abría, ni en ella se escuchaban las risas, los lloros y los golpes de costumbre.
El tío Tremontorio trabajaba en sus redes al balcón algunas veces, pero siempre mudo y silencioso, cual era su carácter cuando sus convecinos le dejaban en paz y entregado á sus naturales condiciones.
Los dos viejos del segundo piso se daban muy pocas veces á luz, y en algunas de ellas vi enrojecidos los arrugados y enjutos párpados de la mujer de Bolina. Indudablemente pasaba algo grave en aquella vecindad.
Un tanto preocupado con esta idea, puse toda mi atención en la casuca con el objeto de adquirir la verdad.
Las ahumadas puertas del balcón de la buhardilla se abrieron al cabo, después del mediodía, y lo primero que en el interior descubrieron mis ojos, fué un hombre vuelto de espaldas hacia mí, con camiseta blanca de ancho cuello azul tendido sobre los hombros, y gorra de lana, también azul, ocupado en colocar en un gran pañuelo de percal, desplegado sobre el arcón que conocemos, algunas piezas de ropa. Después que hubo anudado las cuatro puntas del pañuelo que contenía el equipaje, se incorporó el hombre, volvió la cara..., y conocí en ella á la del Tuerto: pero más obscura, más triste, más ceñuda que nunca. El pintoresco traje del pobre pescador me explicó en un instante la causa del cambio operado en aquella vecindad.
Hecho el lío de ropa, pasó el Tuerto su brazo izquierdo por debajo de los nudos, metió dentro de la gorra algunos mechones de pelo que le caían sobre los ojos, tiró de una bolsa de piel mugrienta que guardaba en un bolsillo de sus pantalones, sacó de ella tabaco picado, hizo un cigarro, encendióle en un tizón que le trajo su mujer, que lloraba, aunque en silencio, fijóse en los chicuelos que también lo rodeaban, y, haciendo un gran esfuerzo, dijo con voz insegura:
--¡Ea!, sobre que ha de ser, cuanto más pronto.
La sardinera, al oir á su marido, rompió á llorar á todo trapo; sus hijos la siguieron en el mismo tono.
--¡Á ver si vos calláis con mil demonios!--exclamó el pescador con visible emoción.--Y tú--añadió dirigiéndose á su mujer,--ya sabes lo que se va á hacer. Estas criaturas se vienen ahora mesmo conmigo, y se las dejo á mi madre al tiempo de bajar. Allí se estarán con ella hasta que yo güelva.
--¡No, por todos los santos del cielo!--gritó la mujer, que al fin era madre.--Yo soy muy capaz de cuidarlas, y no quiero que naide más que yo dé de comer á mis hijos.
--Lo que eres tú me lo sé yo muy bien; y no me acomoda que el mejor día amanezcan los ángeles de Dios aterecíos á la puerta de la calle. Y sobre too, no te los tiro á la mar: bien acerca te quedan: too el día te puedes estar abajo con ellos.... Pero ya se lo he dicho á mi madre: «antes que dejarlos subir aquí, rómpales una pata».... Y esto sacabó. Vámonos pa bajo.... Y cuidao con que te vengas al Muelle detrás de mí, que no tengo ganas de perendengues; y cuanto más solo esté uno, mejor.... Así como así, estoy yo tan sastifecho, que si me descuido con la escotilla se me va el alma de la bodega, ¡puño!... Andando, hijos míos....
Y el desventurado Tuerto se bajó para coger al menor de los muchachuelos, que le miraban llorando. Entonces su mujer, cediendo á un irresistible impulso de su corazón, echó los brazos al cuello de su marido, y con el torrente de sus lágrimas arrancó al fin ¡las primeras, tal vez! de los torvos ojos de aquel rudo marinero.
Pero éste no era hombre que se entregaba rendido á semejantes debilidades; así es que, desprendiéndose de los brazos de su costilla, cogió entre los suyos al menor de sus hijos, mandó á los otros que le siguieran, obligó á su mujer á quedarse en casa, y salió de ella precipitadamente, cerrando detrás de sí la puerta de la escalera.