Estados Unidos · Unidad 13 de 22
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“El puede representar su propia capacidad para el empleo, y su certificado será recibido, con tal que bajo otros respectos su conducta y principios sean aprobados. Si en el desempeño de sus funciones se condujese muy mal, será depuesto del empleo al fin del término por el cual fué elegido; pero la más sabia y concienzuda ejecución no le asegurarán en lo general mantenimiento en el empleo, si aboga públicamente por sus opiniones impopulares, aunque no tengan relación con su empleo, o si pertenece a un partido que haya perdido el favor público, o sido despojado del poder”.
“El mejor remedio que puede proponerse para los males descriptos, me parece que consiste en una educación más alta, y en dar mayor preparación a los electores; si ellos hubiesen sido más completamente instruídos en su juventud con respecto a las leyes que reglan la prosperidad de las naciones como también en las cualidades del espíritu humano, y en la indispensable necesidad de que los empleados públicos tengan integridad y juicio para el recto manejo de los negocios, entonces exigirían de sus hombres públicos más capacidad para captarse el favor popular, y de este modo se conservarían en posesión de los empleos hombres útiles y fieles”.
“La excitación del espíritu público durante la lucha por la presidencia es grande y universal; la lengua deja de expresar y los oídos de escuchar otras palabras que aquellas que se refieren a la elección; la prensa brama bajo el peso del asunto, y todas las funciones de la vida parecen estar consagradas a este objeto. La elección del presidente engendra mucha borrachera y desorden, fraudes, mentiras, soborno, seducción e intimidaciones; pero, también, produce muchísimo bien. Las medidas del gobierno son severamente examinadas por la razón, como también interpretadas por las pasiones; toda la Unión es conmovida por un solo interés, y la impresión de que todos pertenecen a una nación se agita vivamente. Por un momento se olvidan los intereses locales y una sola pulsación vibra desde el Maine al Misisipí. Mi temor es que sin la repetición de estas elecciones, el pueblo de los diversos Estados llegaría rápidamente a mirar a los otros como extranjeros, llevándolo, insensiblemente, a aflojar los lazos que ligan a una gran nación. Las elecciones de miembros para el congreso no producen este efecto; porque, aunque aquella asamblea es nacional, cada uno de sus miembros representa una sección del país. Sólo el presidente deriva del poder del pueblo de toda la Unión”.
“En la elección que tuvo lugar en noviembre de 1839, se trajo a las mesas del escrutinio en Nueva York la cuestión de la moneda corriente. Las divisas de los partidos eran por una parte bancos y papel-moneda, y por la otra metálico, y una ley que proveyese de tesoreros en cada Estado. Estas son cuestiones sobre las cuales Adam Smith, Ricardo, Mac Culloch, y los más profundos economistas han diferido en opinión. ¿Vuestra educación os habilita para entenderlas y decidirlas? ¡No! Y sin embargo vuestro pueblo _obra_, entienda o no entienda. Vota en favor de los sostenedores del papel, y el papel florece. Si sucede lo contrario, llevan al poder a los partidarios del metálico, y el papel y el crédito desaparecen. Hace el pueblo experimentos. Pero ¡qué experimentos! ¡Cuántos millares de individuos y de familias son arruinados por la violencia de cada cambio!”
INCIDENTES DE VIAJE
NUEVA YORK
Mis aventuras de viaje en los Estados Unidos no merecen intercalarse entre las reflexiones que el espectáculo de aquel país me ha sugerido, por lo que sólo referiré a usted algunas que creo pueden interesarle. Tomando balance a mi bolsa en París, hallé los últimos días de julio que me quedaban escasos cosa de 600 duros. El viaje a través del istmo sólo cuesta 700, y aún me quedaba por visitar la Inglaterra. Esta quiebra, que defraudaba parte de mis esperanzas, aguzaba como sucede siempre los deseos. ¡No ver la Inglaterra, ni el Támesis, ni aquellas fábricas de Birmingham ni Mánchester! ¡No entrar en aquel océano de casas de Londres, ni ver los bosques de mástiles de los _docks_ de Liverpool!... ¡Maestro de escuela en viaje de exploración por el mundo para examinar el estado de la enseñanza primaria, y regresar a América, sin haber inspeccionado las escuelas de Massachusetts, las más adelantadas del mundo! A caza de datos sobre la emigración, que había querido estudiar en Africa: ¿podría darme cuenta de ella, sin visitar los Estados Unidos, el país a donde se dirigen todos los años doscientos mil emigrantes? Republicano en perspectiva y con la presencia de la resurrección de la república en Francia: ¿volvería sin haber visto la república única, grande y poderosa que existe hoy en la tierra?
Luego, donde la realidad flaquea, la imaginación continúa la obra. Si llegare a la Habana siquiera, allí me ingeniaría, para pasar a Venezuela, donde, por la prensa, la enseñanza y otras trazas, me haría de recursos y de relaciones, para atravesar el continente hasta Bogotá, y de allí hasta Quito a asomar al fin la cabeza en Guayaquil, realizando por economía de medios, el viaje más novedoso y sorprendente que haya hecho americano de nuestros días. Los fenicios que circunnavegaron el Africa, se detenían, al decir de Herodoto, de distancia en distancia, a sembrar trigo y cosecharlo para continuar su viaje. ¿Por qué no me detendría yo en Caracas, por ejemplo, a enseñar mis métodos de lectura, borrajear páginas en la prensa, abrir cursos pedagógicos, y cosechar unos cuantos pesos, para irme arrastrando poco a poco hacia los climas del sur, de donde había partido?
Por otra parte, volver por el Cabo Hornos a Chile era tan prosaico y tan desairado efecto hacía en la carta náutica que tenía abierta por delante, que cogiendo a dos manos mi valor de calavera por reflexión, y bien pesado el pro y el contra, resolví no sólo visitar la Inglaterra, los Estados Unidos, el Canadá, y México, y más si en ello me venía la fantasía, a fin de completar la idea que de largo tiempo halagaba mi codicia, de hacer un viaje en derredor del mundo civilizado. ¿Qué podría objetarse a este plan? Marcharía con el reloj en una mano y la bolsa en la otra, y donde esta antorcha se me apagare... me quedaría a obscuras, y a tientas y con maña buscaría mi camino hasta Chile.
Tranquilizado con estas ideas, paseéme holgadamente en Londres, recorriendo despacio la línea de ferrocarriles, que por Birmingham, Manchester, conduce a Liverpool donde paré ocho días con el joven argentino emigrado D. N. de la Riestra y establecido de muchos años en una casa de comercio. Embarquéme en el _Montezuma_, buque de gran calado, paquete de vela que hacía once millas a la menor brisa, y que llevaba cuatrocientos ochenta emigrantes irlandeses a Norte América. Mi poco ejercicio en el inglés me hizo tratar de cerca a una familia judía que hablaba el francés. Una vez, al salir de la cámara, como no acertase a abrir la puerta, un pasajero me dijo en español: tire usted que está abierta. Era Mr. Ward, de la casa de Huth Gruning de Valparaíso, y desde entonces pude creerme, gracias a sus deferencias, libre de perderme, desconocido en el nuevo mundo que iba a visitar. Un senador de los Estados Unidos regresaba de Europa, y conocía a Mr. Horace Mann, el célebre secretario del _Board_ de Instrucción Pública de Massachusetts, y como llovida del cielo me venía una carta de introducción para este eminente maestro, pudiendo en ella Mr. Ward responder que conocía la misión y la idoneidad del recomendado. Mi camino se aclaraba, poco a poco, y todo temor, salvo el de flaquearme la bolsa, iba por grados desapareciendo.
La vida de mar es poco _contábile_. Por las tardes me acercaba a la cubierta, a donde salían como ratas de sus cuevas los infelices irlandeses, desnudos, macilentos, animada su existencia por la esperanza de ver, en la tierra prometida, el término de sus miserias. Emigraban viejas sexagenarias, y un ciego mendigo tocaba por las tardes la zampoña, para que bailasen damas mugrientas, chupadas y desmelenadas, con galopines en cueros o cubiertos de andrajos, lo que no estorbaba que se agrupase en torno de aquellas parejas con figuras de convalecientes de hospital, un público con trazas de turba de casas de corrección. Habíales entrado la gana de morirse y seis u ocho cadáveres se arrojaban al mar algunos días, sin que el baile de la tarde estuviese por eso menos concurrido.
Llegamos al fin a la rada de Nueva York, que por sus ensenadas y profundidad, como por la belleza del paisaje, recuerda, con colores más suaves y formas menos grandiosas, la de Río de Janeiro. La vista de esta naturaleza plácida despierta involuntariamente en el ánimo el recuerdo de los caracteres de Wáshington y de Franklin, prosaicos, comunes, sin brillo, pero grandes en su sencillez, _good-natured_ sublimes a fuerza de buen sentido, de laboriosidad y honradez. Iba preparado al espectáculo, y no me sorprendieron ni las colinas hermosísimas cubiertas de bosques, ni las caletas, canales y ensenadas que rodean la ciudad, llenas de barcas y cruzadas por centenares de vapores. Nueva York es el centro de la actividad norteamericana, el desembarcadero de los emigrantes europeos, y por tanto, la ciudad menos americana en su fisonomía y costumbres de las que presenta la Unión. Barrios enteros tienen calles estrechísimas y desaseadas, alineadas de casas de mezquina apariencia. Los cerdos son personajes obligados de las calles y escondrijos, donde nadie les disputa sus derechos de ciudadanía. Ocupa el centro de la parte más hermosa de la ciudad el Broad-Way, la calle ancha que toca por un extremo en Garden Castle, y en su desenvolvimiento enseña Trinity Church, templo gótico de hermosa arquitectura y de cierta magnificencia, cosa rara en los Estados Unidos. Ha sido construído por acciones, como todas las grandes empresas norteamericanas. Hay en el Broad-Way hermosos edificios particulares, un bazar en mármol blanco, que se cree no tiene rival en Europa, y un teatro en construcción para ópera italiana. En una hora conté en el Broad-Way 480 carruajes entre ómnibus, carros y coches que pasaban frente a la ventana de mi Boarding-house. Por la noche dábase el _Hernani_ en un teatro improvisado en Garden Castle, y allí nos reunimos seis sudamericanos: Osma del Perú; el joven Alvear argentino; el señor Carvallo y su secretario de legación, mi amigo Astaburuaga, y un recién llegado, que a poco se introdujo en la conversación, preguntando: ¿conocen ustedes a un señor Sarmiento, que debe haber llegado de Europa? Era don Santiago Arcos, quien, reconociéndome por el tal, me dijo que venía desde Francia en mi seguimiento, que desde allí seríamos inseparables hasta Chile, y que éramos amigos, muy amigos de mucho tiempo, acompañando estas palabras con aquel reir de buena voluntad que tiene, y que haría desarmar la extrañeza más quisquillosa.
La _prima donna_ cantó por añadidura, el jaleo, dirigiendo a nuestro grupo desde las tablas palabras en español que le fueron contestadas con una cuchufleta de manolo, de manera que estaba, por decirlo así, en país de lengua castellana y de relaciones antiguas, pues que al joven Osma lo había conocido en España, y vuéltolo a encontrar en Londres, si no me engaño. Hasta las antiguas glorias de la patria y sus actuales miserias encontraba allí representadas en el general Alvear, con quien, allanadas ciertas dificultades de etiqueta, y merced a reticencias convencionales, pasé tres días oyéndolo hablarme de los pasados tiempos. El general Flores, del Ecuador, había también recalado por allí, asaz mohino y cariacontecido, de lo que nos divertíamos Osma y yo por los malos ratos que le habíamos dado en Madrid.
Nueva York es la capital del más rico de los Estados americanos. Su municipalidad sería, por su magnificencia, comparable sólo al Senado romano, si no fuese ella misma compuesta de un Senado y una Cámara de Diputados que legislan sobre el bien de medio millón de ciudadanos. Sólo la de Roma le ha precedido en la construcción de gigantescas obras de utilidad pública, si bien de los restos de los famosos acueductos que traían el agua a la ciudad eterna, ninguno ha vencido dificultades tan grandes, ni empleado medios más adelantados. El acueducto de Croton ha costado a la ciudad de Nueva York trece millones de pesos; prodúcele una renta anual de seiscientos mil, y sus habitantes pueden en el cuarto piso de sus casas disponer de cuanta agua necesitan torciendo una llave. El acueducto de Croton comienza en el río Croton, que corre a cinco millas del Hudson en un condado vecino. El _dam_ o depósito de agua, que de él se ha formado para dar igualdad a la masa de aguas, tiene 250 pies de largo, 70 de ancho en el fondo, 7 arriba, y 40 de alto, construído todo de piedra y cemento. Forma un lago dentro de estas paredes de granito, cuya área cubre cuatrocientos acres de terreno, conteniendo 500 millones de galones de agua. Desde este gran depósito parte el acueducto perforando las montañas, o sostenido por arcadas sobre los valles como los acueductos romanos de Segovia y la Sabinia, dejando bajo puentes altísimos paso a los torrentes que atraviesa. Antes de llegar al río Harlem, trae así recorridas treinta y tres millas. El acueducto es de piedra, ladrillo y cemento, abovedado por arriba y por abajo, con 6 pies 3 pulgadas de ancho abajo, y 7 pies 8 pulgadas en lo alto de las murallas del costado, y 8 pies 5 pulgadas de alto. Lleva desde 13 y media pulgadas por milla, y descarga 60 millones de galones de agua cada veinte y cuatro horas. Sobre el río Harlem pasa en un magnífico puente de piedra de 1450 pies de largo con 14 pilares, ocho de los cuales sostienen arcos de ochenta pies de abertura, y otros de cincuenta, con superposiciones de 114 pies sobre el nivel del agua. El canal pasa aquí en tubos de hierro colado que dos hombres alcanzarán apenas a abrazar. El receptáculo que recibe las aguas en la calle 86, a 58 millas del de Croton, cubre 35 acres, y contiene 150 millones de galones. El depósito de distribución sobre el monte Murray, calle 40, cubre cuatro acres, es de piedra y cemento y a cuarenta y cinco pies sobre el nivel de la calle, y contiene veinte millones de galones. Desde allí se distribuye el agua por toda la ciudad en tubos de hierro, colocados en la tierra a suficiente profundidad para que el agua no se hiele en el invierno. Los tubos de 6 a 36 pulgadas de diámetro miden 170 millas; el agua sube a los pisos de las casas, y hay otros tubos para volver a la tierra las aguas sucias. El derecho que la Municipalidad cobra sobre el agua basta para pagar el interés de 13 millones de capital invertido, los salarios de los empleados y dejar una utilidad anual de más de medio millón, ahorrando a los vecinos los millones que gastaban antes en proveerse de agua de calidad menos exquisita que la de Croton.
Hacían más gratas las emociones que el examen de la grande obra del acueducto me causaba, los inteligentes comentarios, y las explicaciones de incidentes prolijos que a medida que recorríamos los hermosos alrededores de Nueva York, me iba haciendo don Manuel Carvallo, enviado extraordinario de Chile en Wáshington. La solicitud de este amigo, pues desde entonces nos hemos dado este nombre, me sacaba de aquella especie de desamparo en que creía encontrarme entre los pueblos del Norte de América, de lo que había sufrido moralmente y mucho en el norte de Europa. Con él visité el Saint-James-College de los Jesuítas, donde estudiaban varios jóvenes chilenos, las fábricas de caotchouc, donde se confeccionaban puentes militares impermeables y equipos completos de campaña, como asimismo todo aquello que en monumentos, construcciones y establecimientos merecía ser conocido del viajero.
Con su simpático secretario Astaburuaga emprendíamos las correrías de detalle, sazonadas por recuerdos de Chile, y animadas por la comunicativa _causerie_ de dos amigos que vuelven a verse después de algunos años. Llevóme a visitar el cementerio Greenwood, separado de Nueva York por un canal.
Abraza el cementerio un espacio inmenso de terreno en el estado de naturaleza. Accidentado por ligeras ondulaciones, ofrece una variedad de aspecto que cambia a medida que se penetra en su solitario recinto. Bosques seculares sombrean los terrenos bajos y aún las aguas de las lluvias se depositan en lagunatos y zanjas. Un camino espacioso para carruajes serpentea sin sujeción a merced de los accidentes del suelo; las yerbas del campo crecen a sus anchas en matorrales y arbustos, y en lo alto de las pequeñas colinas descuellan, ya aislados, ya en grupos, arbolillos graciosos de los que forman la variada flora norteamericana. Allí, en el seno de la Naturaleza, reposan, en sepulcros desparramados a discreción por la vasta superficie, las cenizas de los que quisieron dejar algún rastro sobre la tierra de su efímero pasaje. A la sombra de una encina secular se abriga una tumba de estilo gótico; una linterna de Diógenes corona un montículo, y en el fondo de un vallecito, entre arbolillos vistosos, se muestra un templete griego, depositario de un sarcófago. ¿No es cierto que este sistema de cementerios a la rústica, verdadero campo de los muertos, infunde sentimientos de plácida melancolía, aligerada por la contemplación de la Naturaleza, volviéndole a ella los restos orgánicos de ella recibidos, para que disponga sin sujeción y a su arbitrio nuevas combinaciones y nuevas existencias? Al menos esta impresión me causaba la vista, desde alguna parte elevada del cementerio, apoyado en un sepulcro, de Nueva York coronada de humo, y Brooklyn su vecina, la Bahía hermosa con sus grupos de buques cual bosque de invierno, y los estrechos agitados por la marea que levantan los poderosos vapores, terminando la perspectiva el océano, límite natural de cosas terrenas, frontera de lo infinito e imagen imperfecta de la inmensidad.
El santuario de mi peregrinación era Boston, la reina de las escuelas de enseñanza primaria, si bien cuando objetos de estudio nos llevan a un punto, es permitido hacer un rodeo en busca de sitios pintorescos. Para ir a Boston, pues, porque está al naciente del Hudson, dispuse mi derrotero por Búfalo que está exactamente al Oeste. La cascada de Niágara y los célebres lagos estaban de por medio, y no había que trepidar en más o menos dóllars, no obstante el estado angustiado de la plaza, que no tenía víveres (hablo de mi bolsa), sino para contados días. Embarquéme en Nueva York a las siete de la mañana para Albany (144 millas, un peso) a donde llegué a la tarde, pocos momentos antes de la partida del tren de Búfalo (325 millas, doce pesos), en todo 469 millas en vapor o camino de hierro, y tres días de marcha, con descansos de un cuarto de hora de distancia en distancia para comer y almorzar.