Estados Unidos · Unidad 14 de 22

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El Hudson es poética, histórica y comercialmente hablando, el centro de vida de los Estados Unidos. Camino de Boston, de Montreal, de Quebec, de Búfalo, del Niágara y de los lagos; arteria principal por donde fluyen los productos del Canadá, Vermont, Massachusetts, Jersey y el estado de Nueva York; sus aguas están de continuo literalmente cubiertas de naves, a punto de hacerse obstrucciones de la vía, como en las calles de las grandes ciudades. Los vapores se cruzan como exhalaciones meteóricas, y los remolques traen consigo una feria de buques amarrados a sus costados que levantan con sus quillas una verdadera marea a su frente. Catorce naves cargadas preceden y siguen al motor, ocupando una ancha superficie del río. Los vapores de transporte asumen en los ríos norteamericanos la forma y la elevación de casas flotantes de dos pisos, con azotea y corredores.

Dan nuevo realce al espectáculo, de suyo grandioso por las formas colosales de estos hoteles ambulantes, la apariencia culta, esmerada y aun ceremoniosa de los pasajeros, pues es práctica general de hombres y de mujeres ponerse vestidos de fiesta para hacer expediciones por agua o ferrocarriles, si bien la fría reserva del carácter yankee y su sociedad imprimen a estas grandes reuniones cierta fisonomía uraña que en Europa sería tachada de aristocrática, siendo considerada en el lugar de la escena por testigos europeos, como selvática, cuando solo es en verdad reserva necesaria. Las damas ocupan la parte anterior de los grandes salones y son el objeto de atenciones oficiales. Dan todavía más animación a estos vapores la colocación de los prácticos y timonel a la proa del buque, en lugar alto y aparente, y a veces debajo de un elegante kiosco, dirigiendo, por cadenas que mueven un torno, el timón del buque, desde donde pueden descubrir a cada instante su ruta, cual si fueran realmente la cabeza y el alma inteligente de aquella máquina. La campana suena a cada momento, anunciando la proximidad de un lugar del tránsito, para que se preparen a desembarcar los que se dirigen a él.

Desde lo alto de la azotea del buque, dominando ambas riberas, el viajero ve desfilar delante de sí, villas risueñas, montículos coronados por edificios y árboles, y a sus costados centenares de buques de todas formas y dimensiones que hacen su camino en sentido opuesto en aquella calle pública, inmensa, resplandeciente y tersa como un espejo. Así pasan revista, desde la salida de Nueva York, al océano, la bahía con su movible panorama de buques, y las pintorescas islas, estrechos y canales. La ciudad de Jersey, en frente del embarcadero, la roca de Weehawken, que sale exabrupto de entre las aguas y sirve de base a una _villa_ edificada en su cumbre, pintoresco término avanzado a la entrada de las _Palizadas_, que son una muralla perpendicular de rocas acantiladas, que se alzan cuatrocientos y quinientos pies sobre la superficie de las aguas, y costea el río por espacio de veinte millas. Este accidente de la naturaleza da al paisaje una grandiosidad indescriptible, mientras, por el otro lado, la ribera ostenta villas, ciudades, arboledas, colinas y bosques que mantienen la animación y despiertan la curiosidad. Alguna ruina también corona alguna altura, y los nombres de Hamilton y Wáshington son recordados por algunas piedras subsistentes de fuertes tomados y destruídos durante la guerra de la independencia. Monumentos vivos son, empero, Westpoint, la academia militar en cuyo recinto 230 cadetes guardan permanentemente el fuego sagrado de las tradiciones y la ciencia de la guerra. El asilo de los huérfanos, el hospital de locos y otros edificios públicos prestan, desde las alturas, sus formas griegas a la decoración del río que se las disputa al Rhin en belleza, y que no tiene rival sino en la China en actividad y movimiento.

Al fin se presenta Albany, la capital política del estado de Nueva York, porque parece que los congresos yankees huyen del bullicio de las grandes ciudades. Los edificios públicos corresponden al título de capital, aún más que a la extensión de la ciudad la importancia de sus edificios particulares. El camino de hierro recorre desde allí 325 millas al oeste, pasando por Amsterdam, Jonda, Utica, Roma, Verona, Manlius, Siracusa, Camillus, Séneca, Itaca, Waterloo, Génova, Viena, Víctor, Byron, Batavia, Alejandro, Attica y otras muchas ciudades que reunen en una línea los nombres de ciudades, países y hombres de diversos tiempos y lugares.

Búfalo, término del viaje, está en el extremo este del lago Erie, que lo es, a su vez, de la navegación del Hurón, el Michigan y el Superior. La emigración alemana, sobre todo, ataca esta línea de navegación por Chicago, que está al extremo oeste del Michigan y en contacto con las cabeceras del Mississipi; y por Búfalo, que sirve de centro a la navegación del Ohio por el canal de Cleveland y del Hudson por el canal del Erie. La vista de esta ciudad, estrecha para el número de habitantes que contiene, me hizo un efecto singular. Una turba de buques de vapor dejaba escapar de sus chimeneas la gruesa mole de humo del fuego que aún se está encendiendo. La descarga de pieles de búfalo, y otras producciones del comercio con los salvajes, contrariaba el movimiento de la procesión de pasajeros que se dirigen al puerto, mientras que volviendo la vista a la ciudad, descubríanse sobre lo alto de los edificios centenares de hombres ocupados afanosamente en construir edificios nuevos, agrandándose la ciudad de improviso para satisfacer a las necesidades de una población que cada año aumenta de veinte mil almas. Búfalo tiene a su alcance, como todos los centros predestinados de comercio futuro en la Unión, un depósito de carbón en la península que forma el Michigan y el contiguo Huron.

De Búfalo adelante las obras humanas, ferrocarriles, villas nacientes y plantaciones nuevas, deslucen las sublimes obras de la naturaleza. Desde allí al norte principia el pedazo más bello de la tierra. El río Niágara sale del Erie manso y cristalino, reflejando en sus ondas rododendrones y encinas entremezcladas, formando a los lejos lontananzas azuladas de selvas primitivas, bajo cuyas espesuras pueden aún verse los rastros misteriosos del mocasín del indio indómito. Abrese en dos al formar la grande isla, y recoge luego sus aguas para prepararse al sublime juego de aguas que comienza en los _Rápidos_, y termina en la _Cascada_. El rumor lejano de este salto portentoso, la neblina que se alza en el cielo de partículas acuáticas, la excitación que causa la proximidad de sensaciones de largo tiempo esperadas y presentidas, traen al viajero desasosegado y acusando de lentitud al tren que lo arrastra. Llégase por fin a _Niágara-Falls_, villa que alimenta la concurrencia de curiosos, desde donde el redoble pavoroso de la caída atruena los oídos, el torbellino de agua se hace más visible, descollando blanquecino sobre las copas de los árboles; y entre los claros que sus troncos dejan a medida que uno se acerca, divísase contrastando con la opacidad de la enramada sombría, algún pedazo de _rápidos_, como un fragmento de plata bruñida. Son estos rápidos cascadas subacuáticas en que la enorme masa del Niágara viene despeñándose, sobre un lecho de rocas escarpadas, que no se presentan a la vista, y que dan al agua un blanco marmóreo. Mil trágicas aventuras han ocurrido, desde el cazador indio que distraído un momento por el ardor de la persecución sintióse llevado de la corriente en su frágil piragua, y después de esfuerzos sobrehumanos para resistirla, apuró su calabaza de aguardiente, y de pie con los brazos cruzados se dejó llevar a la catarata, que ni los cadáveres entrega de sus víctimas, hasta los presidiarios que apoderados de un vapor, no supieron gobernar y vieron descender la mal dirigida nave a los rápidos y la catarata, sepultándolos para siempre el abismo sin fondo que ha excavado la caída. Hablábase del reciente fin de un niño caído en los rápidos y que ya tenían de la mano en la isla de la Cabra, que promedia las dos caídas, volvióseles a escapar.

Describir escena tan estupenda sería empeño vano. Lo colosal de las dimensiones atenúa la impresión de pavor, como la distancia de las estrellas nos las hace aparecer pequeñas. Cítanse con elogio los versos que el espectáculo inspiró a una señorita.

Flow on for ever, in thy glorious robe Of terror and beauty. God hath set His rainbow on thy forehead; and the cloud Mantled around thy feet. Awe he doth give Thy voice of thunder, power to speak to Him Eternally--bidding the lip of man Keep silence; and upon thine altar pour Incense of awe-struck praise[5].

Teníame por pasajero pasablemente erudito en punto a cascadas. Había visto la de Tivolí, tan bella, tan artística y tan poéticamente acompañada de recuerdos históricos; la del Rhin, la más grande que ocurre en Europa, y aquellas cien que alegran el paisaje suizo en los Alpes. La de Niágara, empero, sale de los términos de toda comparación; es ella sola en la tierra el más terrífico espectáculo. Sus dimensiones colosales, la enormidad de las masas de agua, y las líneas rectas que describe, le quitan, empero, toda belleza, inspirando sólo sensaciones de terror, admiración y aquel deleite sublime que acusa el espectáculo de los grandes conflictos. Imaginaos un río cristalino, como el Bío-Bío, descendiendo de golpe de un plano superior a otro inferior. Cortado el borde perpendicularmente, el agua describirá un ángulo recto al cambiar del plano horizontal al vertical, y desde allí, después de revolverse sobre sí misma en torbellinos plateados, seguirá el nuevo plano inferior con la misma mansedumbre que antes de caer. La belleza de la cascada la hacen las puntas de rocas salientes, que fuerzan el agua a retroceder, lanzarse en el aire, subdividirse en átomos e impregnarse de luz.

La vista de las otras cascadas me había hecho sonreír de placer; más en la del Niágara sentía que las piernas me temblaban, y aquella sensación fiebrosa que indica que la sangre se retira de la cara. Llegándose a ella por la isla de la Cabra, que la subdivide en dos, el ánimo viene alegremente preparado por la escena menos tumultuosa que presentan los rápidos, en que el Niágara desciende cincuenta pies en una milla. El bosque primitivo que cubre la isla y oculta tras su ramaje la vecina ciudad, la perspectiva aguas arriba en que el río viene caracoleando, presenta uno de esos golpes de vista risueños, virginales, tan comunes en los Estados Unidos. La cascada inglesa tiene la forma de una herradura y cuatro cuadras de desenvolvimiento, sin accidente ni interrupción alguna. La cascada del lado americano tiene doscientas yardas de ancho y esto la hace llamar la chica. En ambas cae el agua desde 165 pies y el canal excavado en la roca que la recibe, tiene cien varas de profundidad y ciento treinta de ancho. Al ver escritas estas cifras averiguadas por mensura, nótase la incompetencia del ojo humano para abrazar las grandes superficies. San Pedro, en Roma, aparece una estructura de dimensiones naturales, y la cascada del Niágara se achica a la simple vista para ponerse al nivel de nuestra pequeñez.

El espesor de la masa de agua es de 21 pies, de manera que no pudiendo atravesarla la luz, conserva su color verde en el centro de la caída. Este accidente, que revela a los ojos la magnitud de la escena, aumenta el pavor que inspira. Vésela desde una linterna o garito construído en la isla de la Cabra; vésela mejor todavía porque se llega al borde de ella desde el lado inglés, desde donde el ojo puede perfilar la línea vertical de la caída y medir el abismo que gruñe como una tormenta de rayos, o un aguacero de cañonazos a sus pies. Vésela en todo su esplendor y magnificencia desde a bordo de un vapor que sube todos los días del lago Ontario, llega cargado de pasajeros hasta cien yardas de distancia de la caída, detiénese allí con su motor listo para contrariar la atracción de los remolinos, tirita el casco sobre aquella agua atormentada, y espumando como si estuviera en delirio, y vuelve atrás con los pasajeros, satisfechos ya de emociones terríficas. Pero, la cascada no se siente, no se palpa, sino descendiendo al abismo que le sirve de base, envolviéndose para ello en capotes de goma elástica y dejándose conducir de la mano por un guía debajo de la caída misma, donde se ha practicado un camino en la roca, con pasamanos de fierro, que garantizan de las caídas ocasionadas por la presencia de centenares de anguilas mucosas y resbaladizas que se acogen entre las sinuosidades de la roca. Colocado en el fondo de esta singular galería, aturdido, anonadado por el ruido, recibiendo sobre su cuerpo la caída de gruesos chorros de agua, ve delante de sí una muralla de cristal, que creyera dura y estable si las filtraciones de goteras no causaran la presencia del líquido elemento. Salido de aquel húmedo infierno, volviendo a ver de nuevo el sol y el cielo, puede decirse que el corazón ha apurado la sensación de lo sublime. Una batalla de doscientos mil combatientes no causará emociones más profundas.

Del lado inglés hay un magnífico hotel y un museo, donde se muestran búfalos vivos y se venden esponjas de mar y coral petrificados, que se desprenden del suelo en que está la cascada. Aquello fué fondo de mar en otro tiempo.

Distínguese esta caída de las otras del mundo en que está situada en el centro de una llanura, sin que a primera vista se descubra la causa de su existencia. Descendiendo, empero, hacia Ontario, el fenómeno se explica fácilmente. El lago Erie está en el centro de una plataforma espaciosísima sin accidente alguno. Este llano es la superficie superior de una meseta, cuyo borde está cerca del Ontario, el cual está situado sobre otra meseta inferior. La diferencia de nivel que hay entre uno y otro lago es de 300 pies; y la caída del río Niágara que los une entre sí, debe hacerse necesariamente en el borde del banco o meseta superior, que está no lejos de las márgenes del Ontario. Pero la caída se encuentra siete millas más arriba, y la roca está excavada en un profundo zanjón de la altura de la caída. La catarata ha ido, pues, cambiando de lugar, o más propiamente hablando, va lentamente en marcha hacia el Erie, adonde llegará un día. Bastaría fijar, por medio de la observación, la distancia que avanza al año la catarata, derrumbando o carcomiendo la roca que le sirve de lecho, para sacar una parte de la cronología del globo. Según el geólogo Lyell, admitiendo que solo un pie retroceda por año, ha necesitado 39.000 años para llegar desde el borde de la escarpa que está cerca de la ciudad de Queenston. Pero modifican este cálculo las diferencias de la altura de la caída en cada uno de los lugares de su estación, y la diversa resistencia que han debido oponerle la mayor o menor adherencia de las rocas que va encontrando. La primera vez que un europeo ha descripto la cascada, ha sido en 1678, que lo fué por unos misioneros franceses que levantaron de ella un diseño. Otra descripción hay de 1751; pero las observaciones geológicas no comienzan sino de una época muy reciente. Desde 1815 adelante las dos caídas han ido alterando su forma por el derrumbe de enormes trozos de rocas, y desde 1840 la isla de la Cabra ha perdido algunos acres de terreno.

Mr. Lyell descubrió hasta cuatro millas más abajo del lugar de la caída, el lecho antiquísimo del río sobre la superficie de la tierra y aun a mayor altura de la que hoy tiene el Niágara. Las conchillas fluviátiles que se encuentran en bancos de residuos en la isla de la Cabra, se hallan perteneciendo a las mismas especies y épocas, en una línea hacia el Ontario que señala la dirección que llevaba el río. Tenemos, dice este geólogo, en el costado de los barrancos que va dejando el Niágara, un cronómetro que mide ruda, pero significativamente, la inmensa magnitud del intervalo de años que separa el tiempo presente de la época en que el Niágara corría por muchas millas más al Norte sobre la superficie de la plataforma. Este cronómetro nos muestra cómo los dos sucesos que creemos coetáneos, la desaparición de los mastodontes y la época de la primera población de la tierra por el hombre, pueden estar a distancias infinitamente remotas una de otra. El geólogo, añade, puede cavilar sobre estos acontecimientos hasta que lleno de espanto y de admiración, olvida la presencia de la catarata misma, y deja de percibir el movimiento de sus aguas, ni oye su estampido al caer en el profundo abismo. Pero, así que sus pensamientos vuelven al momento presente el estado de su espíritu, las sensaciones despertadas en su corazón se hallarán en perfecta armonía con la grandiosidad y belleza de la gloriosa escena que lo rodea.

[5] Fluye por siempre, cubierta con tu glorioso ropaje de terror y de beldad. Puso Dios sobre tu frente el iris, y una nube envuelve cual manto tus pies. Te dió su voz de trueno con poder de hablarle eternamente, sellando el labio humano, condenado a guardar silencio, contentándose con derramar sobre tu altar el incienso de su hija, adoración del terror.

CANADA

El ferrocarril que corre al costado del zanjón formado por la cascada hasta Queenston, cerca del Ontario, lleva los pasajeros que se dirigen hacia Quebec o el lago de Champlain. Después de haber saboreado aquel magnífico espectáculo, iba yo en mi banco rumiando las emociones pasadas, y dejando escapar, de vez en cuando, alguna exclamación de la admiración que había experimentado. Un yankee, que me escuchaba con la plácida frialdad que distingue a este tipo de hombre, me mostró la cascada bajo un punto de vista nuevo. _Beautiful! Beautiful!_ decía, y para explicarme su manera de sentir la belleza, añadía: esta cascada vale millones. Ya se han puesto algunas máquinas a lo largo de los rápidos, de donde por canales poco costosos se sacan caídas de agua para darles movimiento. Cuando la población de los Estados se aglomere hacia este lado, el inmenso caudal de agua de la cascada americana puede ser subdividido, y desviándolo, por canales que corran sobre el terreno superior, traerlos a descargarlo al cauce inferior del Niágara, a los puntos donde se hallen establecidas máquinas de tejidos y de otras industrias. ¿Se imagina usted--me decía--que pueden usarse motores de agua de la fuerza de cuarenta mil caballos si se necesita? Entonces el Niágara será una calle flanqueada por ambos lados de siete millas de usinas, cada una con su caída de agua del tamaño que la necesite el motor. Los buques vendrán a atracar a la puerta y llevar por el San Lorenzo, el Champlain, o el canal de Oswego, las mercaderías a Europa o a Nueva York. _Beautiful! Beautiful!_ añadía, extasiado en la aplicación útil de aquella mole enorme de agua, que hoy sólo sirve para mostrar el poder de la Naturaleza. Yo creo que los yankees están celosos de la cascada y que la han de ocupar, como ocupan y pueblan los bosques.