Estados Unidos · Unidad 7 de 22
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Durante dos días se ocupan en renovar las herraduras de los caballos, y reuniendo entre todos provisiones, azúcar, café, tabaco, dan un paquete a los indios siomos, precedido de un parlamento. “Hace tiempo, dijo el jefe indio, que algunos jefes blancos pasaron Missouri arriba, diciendo que eran amigos de los hombres de piel roja. Este país pertenece a los pieles rojas, pero sus hermanos blancos lo atraviesan cazando y dispersando los animales. De esto modo los indios pierden sus únicos medios de subsistencia para sostener a sus mujeres e hijos. Los niños del hombre rojo piden alimento, y no hay alimento que darles. Era costumbre cuando los blancos pasaban, hacer presentes de pólvora y plomo a sus amigos los indios. Su tribu es numerosa, pero la mayor parte de la gente ha ido a las montañas a cazar. Antes que los blancos viniesen, la caza era mansa y fácil de coger; pero ahora los blancos la han espantado; y el hombre rojo necesita trepar a las montañas en su busca; el hombre rojo necesita largas carabinas ahora.” Un yankee que para el caso hace de jefe blanco, se expresa en estos términos. “Nosotros vamos viajando a las grandes aguas del Oeste. Nuestro gran Padre poseía un extenso país allí, y vamos yendo a establecernos en él. Con este fin traemos nuestras mujeres y nuestros hijos. Nos vemos forzados a atravesar por las tierras de los hombres rojos, pero lo hacemos como amigos y no como enemigos. Como amigos les damos una fiesta, les apretamos la mano y fumamos con ellos la pipa de paz. Ellos saben que venimos como amigos trayendo con nosotros nuestras mujeres e hijos. El hombre rojo no lleva sus _squaws_ al combate; ni las caras blancas tampoco. Pero amigos como somos, estamos prontos para volvernos enemigos; y si se nos molesta castigaremos a los agresores. Algunos de nosotros piensan volverse. Nuestros padres, hermanos e hijos, vienen en pos de nosotros, y esperamos que los hombres rojos los traten con bondad. Nosotros nos conducimos pacíficamente; dejadnos partir. No somos traficantes y no tenemos ni pólvora ni plomo que dar. ¡Vamos a arar y plantar la tierra!”
Septiembre 3. “Caminamos este día quince millas hasta Malheur. En este lugar se abre el camino en dos, y es muy temible para los inmigrantes el tomar mal camino. Meek, que había sido contratado como nuestro piloto al Oregon, indujo a cerca de doscientas familias, con sus vagones y ganado, a seguir por el camino de la izquierda, diez días antes de nuestra llegada a la encrucijada. Por largo trecho encontraron un camino excelente, con abundancia de pasto, leña y agua; en seguida dirigieron su marcha a unas montañas estériles donde por muchos días carecieron de agua, y cuando la encontraban era tan mala que ni aun para el ganado era potable. Pero, aun así, era fuerza hacer uso de ella. La fiebre que se llama de campamento estalló bien pronto.”
“Al fin llegaron a un ciénago que intentaron en vano atravesar; y como viesen que se extendía mucho hacia el Sud, no obstante el parecer del baqueano Meek, enderezaron al río de las Caídas, que recorrieron para arriba y para abajo, buscando vado, que no se encontró en ninguna parte. Sus sufrimientos aumentaban de día en día, pues sus provisiones se iban concluyendo rápidamente, el ganado estaba exhausto, y muchos de los que formaban la caravana padecían enfermedades graves. Al fin, Meek les informó que estaban a dos días de distancia solamente de Dalles. Dos hombres salieron a caballo en busca de la estación de los Metodistas con provisiones para dos días.”
“Después de haber caminado diez días sin parar, llegaron a Dalles; en el camino un indio les dió un conejo y un pescado, y con este alimento hicieron los dos su jornada de diez días. Cuando llegaron a Dalles, sus fuerzas estaban tan estenuadas, que sus miembros se habían empalado, y fué necesario desmontarlos del caballo. En este lugar encontraron un viejo montañés, llamado el negro Harris, que se ofreció a conducirlos, saliendo con varios otros en busca de la compañía perdida, a la que hallaron reducida a la última extremidad, exhausta por las fatigas, y desesperando ya de salir a los establecimientos. Encontróse un lugar por donde el ganado podía atravesar a nado el río, después de lo cual era preciso hacerlo subir un ascenso casi perpendicular. Mayores dificultades había para pasar los carros. Una larga cuerda fué echada a través del río, atando fuertemente sus puntas de ambos lados en las rocas. Un carro liviano fué suspendido con correderas en la cuerda, y con cuerdas para llevarlo a uno y otro lado del río; esta especie de cuna (andarivel), servía para trasportar las familias de un lado a otro del río con toda seguridad. El pasaje de este río ocupó algunas semanas. La distancia a Dalles era de 35 millas, adonde llegaron del 13 al 14 de octubre. Como 20 habían perecido víctimas de las enfermedades, y otros murieron después de haber llegado...”
Setiembre 7. “Este día viajamos cerca de doce millas. El camino es hoy más áspero que ayer. A veces va por el fondo de un torrente, a veces por el faldeo de una montaña, tan rápido que se necesitan dos o tres hombres trabajando del lado de arriba para sostener el equilibrio de los carros. El torrente y camino están tan encajonados en montañas, que en varios puntos es casi imposible continuar. Vistas las montañas desde este punto, parecen murallas perpendiculares y por tanto lisas. Alegran de vez en cuando la vista algunos grupos de cedros macilentos; pero en el torrente es tal la espesura de las malezas espinosas, que es casi imposible pasar... pero sabiendo que los que nos han precedido han vencido estas dificultades, hacemos el último esfuerzo y pasamos.”
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Noviembre 1.º “Ahora estamos en el lugar destinado, en un período no distante, a ser un punto importante en la historia comercial de la Unión como centro del comercio de la China y de la India. Atravesando el bosque que se extiende al Este de la ciudad, vimos la ciudad de Oregon y las caídas de Villa-Mate, al mismo tiempo. Tan llenos de gratitud nos sentíamos de haber llegado a los establecimientos de los blancos, y de admiración a la vista del volumen de las aguas de las cataratas, que la caravana hizo alto, y en este momento de felicidad repasamos con el pensamiento todos nuestros trabajos, con más rapidez que lo que la lengua o la escritura pueden hacer. Desde Independence hasta el Fuerte Laramie, 692 millas; de allí al Fuerte Hall, 585; al Fuerte Rois, 281; a los Dalles, 305; de Dalles a la ciudad de Oregon, 160 millas, haciendo la total distancia de despoblado 1960 millas.”
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“Tanto tiempo habíamos permanecido entre los salvajes, que nuestra apariencia se asemejaba mucho a la de ellos; pero cuando hubimos cambiado de vestido y afeitádonos al uso de los blancos, no nos podíamos reconocer unos a otros. Largo tiempo habíamos hecho vida común, sufrido juntos privaciones y penas, y en los peligros contado con la ayuda común. Los vínculos de los afectos se habían estrechado entre nosotros, y cuando hubimos de separarnos, cada uno sentía desgarrársele el corazón; pero como ya habíamos roto otros vínculos más fuertes aún, cada uno tomó su partido, y en algunas horas nuestra compañía se dispersó tomando cada uno diferentes direcciones.”[1]
Cuando uno lee la narración de aventuras como estas, se siente sin duda orgulloso de pertenecer a la raza humana. Ninguna de las grandes pasiones que han obrado los prodigios de la historia, está aquí en juego para fanatizar el espíritu: ni la desesperación de los restos del grande ejército, ni el amor a la patria de los 10.000 espartanos echados entre los bárbaros, ni la sed de oro, de gloria y de sangre de los conquistadores españoles. Hombres de aquel temple tenían en los Estados tierras de propiedad pública para afincarse; familias que los ayudasen; ganados para auxiliarse en las rudas labores de la tierra. Atraviesan 600 leguas de desiertos para realizar una grande idea, ellos, el desecho del pueblo norteamericano, quieren que la Unión ostente sus estrellas en el firmamento del Pacífico, que se realice el sueño dorado de acercar la India y la China, y arrebatar estos mercados a la Inglaterra. Se sacrifican, pues, a una idea de porvenir nacional, porque el yankee no ignora que la primera generación de las nuevas plantaciones, abona solo la tierra con su sudor para que gocen las venideras; y cuando en el Oregón se han reunido algunos centenares de familias, los jefes, dejando a un lado el hacha con que destruyen lentamente los bosques para labrarse un campo, y crear su propiedad, se reunen en asamblea deliberante, “con el objeto de fijar los principios de libertad civil y religiosa, como la base de todas las leyes y constituciones que puedan en adelante adoptarse”, y estatuyen:
“Artículo 1.º Ninguna persona que se conduzca de una manera regular y ordenada, será molestada a causa de su modo de adoración o sus sentimientos religiosos.
“Art. 2.º Los habitantes de dicho territorio gozarán siempre de los beneficios del escrito _habeas corpus_, del juicio por jurados, de una proporcionada representación del pueblo en la legislatura, y de procedimientos judiciales conformes a la secuela de las leyes ordinarias. Todas las personas podrán dar fianzas, excepto por delitos capitales y cuando las pruebas sean evidentes, y las presunciones graves. Ningún hombre será privado de su libertad sino por juicio de sus pares, o la ley de la tierra...
“Art. 3.º Siendo necesarias para el buen gobierno y felicidad de la especie humana, la religión, moralidad e instrucción, serán siempre fomentadas las escuelas y todos los medios de educación.
“Art. 5.º Ninguna persona será privada de llevar armas para su propia defensa; no se autoriza pesquisas ni registros sin motivo fundado; la libertad de la prensa no será restringida; ni el pueblo será privado del derecho de reunirse pacíficamente a discutir los asuntos que halle por conveniente.
“Art. 6.º Los poderes del gobierno serán divididos en tres distintos departamentos: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, etc., etc.”
_Ley de tierras_: “Toda persona que posea o en adelante pretenda poseer tierra en este territorio, designará la extensión de su propiedad por medio de límites naturales, o por mojones en las esquinas y sobre los costados del lote, y hará registrar la extensión y límites de tal lote en la oficina del escribano del lugar, en un libro que será llevado para aquel objeto, en el término de veinte días después de hecho el pedido; proveyéndose, que los que están en posesión del territorio, tendrán doce meses contados desde la sanción de esta ley, para hacer la descripción del lote de tierras en el libro de los registros; proveyéndose, además, que el dicho poseedor declarará el tamaño, forma y ubicación del terreno.
“2.ª Todo poseedor, en los seis primeros meses después de registrado su lote, habrá hecho permanentes mejoras en el terreno, ya edificando o cercando, o bien ocupando el terreno en un año de la data del registro; o en caso de no ocuparlo, pagar en tesorería cinco pesos anuales, y en caso de no ocuparlo o no pagar la suma antedicha, el título será considerado como abandonado; proveyéndose que los no residentes en este país no pueden aprovechar de esta ley; y proveyéndose, además que los residentes en este territorio que se ausentasen por negocios particulares por dos años, podrán conservar la propiedad pagando cinco pesos anuales al tesoro.
“3.ª Ningún individuo podrá tomar posesión de más de un cuarto de milla cuadrada, o 640 acres, en una forma cuadrada u oblonga. Ningún individuo podrá poseer dos lotes a un mismo tiempo.
“5.ª Las líneas de los límites de todos los lotes se conformarán tan aproximadamente cuanto sea posible con los puntos cardinales.”[2]
Este pueblo, lleva, como Vd. ve, en su cerebro, orgánicamente, cual si fueran una conciencia política, ciertos principios constitutivos de la asociación: la ciencia política pasada a sentimiento moral complementario del hombre, del pueblo, de la chusma; la municipalidad convertida en regla de asociación espontánea; la libertad de conciencia y de pensamiento; el juicio por jurados. Si quiere Vd. medir el camino que ha andado aquel pueblo, reuna Vd. un grupo, no del vulgo de ingleses, franceses, chilenos o argentinos, sino de las clases cultas, y pídales de improviso que se constituyan en asociación, y no sabrán qué se les pide, cuanto y más fijar con precisión, como aquellos aventureros del Oregón, las bases en que ha de reposar el gobierno de una sociedad que va a nacer, y que, por la distancia y los desiertos que la dejan separada del resto de la Unión, queda de hecho y de derecho desligada de la patria común.[3] Algunos años más tarde de estos rudimentos dispersos, surgirá un territorio; y del territorio un Estado para aumentar una nueva estrella en la constelación de los Estados Norteamericanos, con sus mismas leyes, sus prácticas, sus instituciones civiles y políticas, y sobre todo, con su carácter peculiar de nacionalidad, marcado con el sello enérgico de aquel coloso.
Hay un fenómeno que se realiza en los Estados Unidos, y que no obstante de referirse a principios fundamentales inherentes a la especie humana, no ha sido hasta hoy de una manera precisa establecido. Hasta de palabra adecuada carecen para indicarlo los idiomas. Pretender señalarlo en dos páginas sería el índice o el plan de un gran libro. ¿Qué es la moral? El código de preceptos que ha dado en seis mil años el contacto de un hombre con otro, a fin de que vivan en paz sin hacerse mal, amándose, procurándose el bien. La moral que nos liga a Dios por nuestros padres, está después de Confucio, de Sócrates y Franklin, adivinada, encontrada. Si algo le falta para ser perfecta por el estudio humano y los sentimientos del corazón, la revelación la completa en cuanto a la parte de los hombres más desligada de nosotros mismos, que es el prójimo, el extranjero, el enemigo, clasificaciones que distinguen tres grados de separación; por las leyes el prójimo es indiferente; el extranjero, la tela de que se hizo siempre el esclavo; para el enemigo, cesan todos los vínculos de la familia humana, la muerte está pronta para él, sin remordimiento, con gloria. Cuando el hombre se llame el enemigo, entonces deja de formar parte de nuestra especie; ni las leyes, ni religión alguna han podido hasta hoy nada contra los efectos morales de esta clasificación.
Pero la moral se refiere a las acciones de los individuos solamente. ¿Cómo se llama aquella otra parte de la vida del hombre, en cuanto a miembro de un rebaño, de una colmena, o de una bandada, puesto que pertenece a la especie de los animales gregarios? Preguntádselo al czar de Rusia, a un lord del parlamento, a Rousseau, a Rosas, a Franklin, y cada uno os dará un bellísimo sistema de política, esto es, de preceptos, de obligaciones, derechos y deberes que sirvan de regla a los individuos en relación con la masa, con la sociedad. Los unos pretenderán que el _uno_ que gobierna hará para el bien común todo lo que le dé la gana; otros sostendrán que los lores son los que tienen el derecho de hacer su soberana voluntad, y no faltará quien sostenga que cada individuo tiene su parte de ingerencia en los negocios de todos, bien que esto dependerá de la cantidad de bienes que haya acumulado, o bien del estado de su razón. La política humana, pues, no ha hecho tantos progresos como la moral, y puede ser todavía puesta aquella ciencia primordial en el número de las especulativas, no obstante referirse al hecho más antiguo, más duradero, más actual, que es la sociedad en que vivimos. A la especie humana en general le falta un sentido, si es posible decirlo. A la _conciencia_ que regla las acciones morales entre los hombres, falta añadir otra cosa que indique con la misma seguridad los deberes y derechos que constituyen la asociación, la moral en grande, obrando sobre millones de hombres, entre familias, ciudades, estados y naciones, completada más tarde por las leyes de la humanidad entera. La ciudad de Atenas parece que había adquirido este sentimiento; más tarde lo tuvieron los patricios romanos; pero aquéllo lo destruyeron éstos, hiriéndolo por la abertura que deja hasta hoy la moral, a saber, por la clasificación del _enemigo_; y a los últimos los destruyó y dispersó la _plebe_, que adquiría a la sombra del patriciado el mismo sentimiento, y por los _extranjeros_, que de enemigos conquistados, pasaron a sentir la gana de formar parte del senado romano.
Perdóneme Vd. esta tirada pedantesca, sin la cual no puedo explicar mi idea. La población en masa de los Estados Unidos ha adquirido este sentimiento, esta conciencia política, pues no sé qué nombre darle. El cómo lo ha adquirido lo barruntará Vd. en la historia de los Estados Unidos por Bancroft. Es un hecho que se ha venido preparando de cuatro siglos; es la práctica de doctrinas y partidos vencidos y rechazados en Europa, y que con los peregrinos, los puritanos, los cuáqueros, el _habeas corpus_, el parlamento, el juri, la tierra despoblada, la distancia, el aislamiento, la naturaleza salvaje, la independencia, etc., se ha venido desenvolviendo, perfeccionando, arraigando. En Inglaterra hay libertades políticas y religiosas para los lores y los comerciantes; en Francia para los que escriben o gobiernan; el pueblo, la masa bruta, pobre, desheredada, no _siente_ nada todavía sobre su posición como miembros de una sociedad; serán gobernados monárquicamente, aristocráticamente, teocráticamente, según lo quieran, o no puedan resistirlo, los propietarios, los abogados, los militares, los literatos.
En Norte América, el yankee será fatalmente republicano, por la perfección que adquiere su sentimiento político, que es ya claro y fijo como la conciencia moral; porque es de dogma que la moral es adquirida, sin lo cual la revelación era inútil, y no se ha hecho revelación alguna a los hombres para guiarse en sus relaciones con la masa. Si una parte de la Union defiende y mantiene la esclavitud, es porque en esa parte la conciencia moral en cuanto al extranjero de raza, aprisionado, cazado, débil, ignorante, está en la categoría del _enemigo_, y por tanto, la moral no le favorece; pero, en todos los demás Estados, en todas las clases, o más bien, en la clase única que forma la sociedad, el sentimiento _político_, que debe ser inherente al hombre, como la razón y la conciencia, está completamente desenvuelto. De aquí nace que donde quiera que se reunan diez yankees, pobres, andrajosos, estúpidos, antes de poner el hacha al pie de los árboles para construirse una morada, se reunen para arreglar las bases de la asociación; un día llegará en que no se escriba este pacto, porque estará sobre-entendido siempre: y este pacto es, como ha visto usted en la ley orgánica del Oregon, una serie de dogmas, un decálogo. Cada uno creerá lo que cree; cada uno nombrará quien haya de gobernarlo; cada uno dirá de palabra y por escrito su pensamiento; será juzgado por un jurado, y se le admitirá fianza de cárcel segura por todo delito que no merezca pena capital.