Estados Unidos · Unidad 8 de 22

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Pero esta parte es solo la que puede formularse, que hay otra que está en las ideas y en las adquisiciones hechas; y es la más digna de estudiarse. Por ejemplo: un hombre no llega a la plenitud de su desenvolvimiento moral e inteligente sino por la educación; luego la sociedad debe completar al padre en la crianza de su hijo. Las escuelas gratuítas son coetáneas y a veces anteriores a la fundación de una villa. La sociedad necesita tener una voz suya, como cada individuo tiene la que le sirve para expresar sus sentimientos, opiniones y deseos; luego habrá _meetings_ y cámara de representantes que _enacte_ todos los quereres, y prensa diaria que se ocupe de los intereses, pasiones e ideas de grandes masas. Como la sociedad, aunque naciendo en el seno de los bosques, es hija y heredera de todas las adquisiciones de la civilización del mundo, aspirará a tener desde luego, o lo más pronto, posta diaria, caminos, puertos, ferrocarriles, telégrafos, etc., y de pieza en pieza llega usted hasta el arado, el vestido, los utensilios de cocina perfeccionados, de patente, el último resultado de la ciencia humana para todos, para cada uno.

Estos detalles, que pueden parecer triviales, constituyen, sin embargo, un hecho único en la historia del mundo. Vengo de recorrer la Europa, de admirar sus monumentos, de prosternarme ante su ciencia, asombrado todavía de los prodigios de sus artes; pero he visto sus millones de campesinos, proletarios y artesanos viles, degradados, indignos de ser contados entre los hombres; la costra de mugre que cubre sus cuerpos, los harapos y andrajos de que visten, no revelan bastante las tinieblas de su espíritu; y en materia de política, de organización social, aquellas tinieblas alcanzan a obscurecer la mente de los sabios, de los banqueros y de los nobles. Imagínese usted veinte millones de hombres que saben lo bastante, leen diariamente lo necesario para tener en ejercicio su razón, sus pasiones públicas o políticas; que tienen que comer y vestir, que en la pobreza mantienen esperanzas fundadas, realizables de un porvenir feliz, que alojan en sus viajes en un hotel cómodo y espacioso, que viajan sentados en cojines muelles, que llevan cartera y mapa geográfico en su bolsillo, que vuelan por los aires en alas del vapor, que están diariamente al corriente de todo lo que pasa en el mundo, que discuten sin cesar sobre intereses públicos que los agitan vivamente, que se sienten legisladores y artífices de la prosperidad nacional; imagínese usted este cúmulo de actividad, de goces, de fuerzas, de progresos, obrando a un tiempo sobre los veinte millones, con rarísimas excepciones, y sentirá usted lo que he sentido yo, al ver esta sociedad sobre cuyos edificios y plazas parece que brilla con más vivacidad el sol, y cuyos miembros muestran en sus proyectos, empresas y trabajos una virilidad que deja muy atrás a la especie humana en general. Los norteamericanos sólo pueden ser comparados hoy a los romanos antiguos, sin otra diferencia que los primeros conquistan sobre la naturaleza ruda por el trabajo propio, mientras los otros se apoderaban por la guerra del fruto creado por el trabajo ajeno. La misma superioridad viril, la misma pertinencia, la misma estrategia, la misma preocupación de un porvenir de poder y de grandeza.

Su buque es el mejor del mundo, el más barato, el más grande. Si en alta mar encontráis en un día de bolina una nave que cruza arrebatada por la borrasca, cuyas bocanadas inflan a reventar las velas, juanetes, alas y arrastraderas, el capitán francés, español o inglés de vuestro buque que ha tomado rizos a la vela mayor, os dirá a qué nación pertenece; os dirá, rechinando los dientes de cólera que es yankee; lo conoce en el tamaño, en la audacia, y más que todo en que pasa rozando su buque sin izar la bandera para saludarlo.

En los puertos o docks europeos vuestra vista tropezará con un departamento especial en que están reunidas fragatas colosales, que parecen pertenecer a otro mundo, a otros hombres; son los buques yankees que principiaron por agrandarse para contener mayor número de balas de algodón y han concluído por hacer un género en la construcción naval. Quince buques de vapor de los que hacen el servicio del Hudson, unidos por sus quillas y proas describen una calle de madera de una milla de largo. Si en un día de tempestad veis en el Havre o en Liverpool un buque empeñado en tomar la mar, es un buque yankee que tenía anunciada para aquel día su salida, y que el honor al pabellón, la gloria de las estrellas de su bandera, le prohiben aguardar, como lo harán los buques de otras naciones, a que el viento abonance. ¿Qué buques son los que persiguen las ballenas en los mares polares? Son casi exclusivamente los norteamericanos; y dentro de ese casco solitario, de aquel _squatter_ de las aguas, encontraréis una tripulación escasa, que no bebe licores, porque pertenece a la sociedad de templanza, hombres endurecidos en las fatigas, que arrancan a los peligros de la muerte un peculio para establecerse en los Estados cuando vuelvan, para tomar un lote de tierra y labrarse una propiedad y levantar una casa, y contar a sus hijos alrededor de la estufa de hierro colado sus aventuras de mar. El año pasado la reina Victoria se paseaba en su suntuoso _yacht_, acompañada del príncipe Alberto, por la bahía de Falmouth. Los buques todos estaban empavesados para honrar a las regias visitas. Sobre el tope del palo mayor de una fragata norteamericana veíase un marinero yankee parado en un pie, balanceándose con el buque que se mecía sobre sus anclas y tendiendo al aire su sombrero en una mano en señal de saludo. He aquí la expresión jeroglífica de la marina yankee. La reina se enfermó a la vista de aquel espectáculo. Un marinero inglés hubo, picado de amor nacional, de repetir la prueba. La reina lo prohibió con sus señales de espanto. ¿Lo habría hecho? No lo hizo, y eso basta. Era una imitación de la audacia ajena; el hombre es capaz de eso y mucho más; pero sólo el genio de un pueblo inspira la idea y el coraje de ejecutarlo.

Me detengo en este punto de la marina norteamericana, porque el buque es para el yankee su medio internacional, la prolongación de su nación para ponerse en contacto con todas las otras de la tierra; y en esta época de movimiento universal, el pueblo que tenga buques más ligeros, de construcción más barata y por tanto de fletes menos subidos, es el rey del universo. En el Mediterráneo, en los mares de la India y el Pacífico, anulan, suprimen y alejan de día en día toda otra marina y todo otro comercio que el suyo. Oh, reyes de la tierra, que habéis insultado por tantos siglos a la especie humana, que habéis puesto el pie de nuestros esbirros sobre los progresos de la razón y del sentimiento político de los pueblos revolucionarios, dentro de veinte años, el nombre de la República norteamericana será para vosotros como el de Roma para los reyes bárbaros. Las teorías, las utopías, de vuestros filósofos, desacreditadas, ridiculizadas por la tradición, la legitimidad, el _hecho consumado_, bien entendido que apoyados en medio millón de bayonetas, para que el ridículo sea eficaz, encontrarán el hecho también luminoso y triunfante.

Cuando los Estados de la Unión se cuenten por centenares, y los habitantes por cientos de millones, educados, vestidos y hartos, ¿qué váis a oponer a la voluntad tan soberana de la gran República en los negocios del mundo? ¿Vuestros guardianes de pordioseros? ¡Pero os olvidáis de las naves americanas que os bloquearían en todos los mares, en todos los puertos! Dios ha querido, al fin, que se hallen reunidos en un solo hecho, en una sola nación, la tierra virgen que permite a la sociedad dilatarse hasta el infinito, sin temor de la miseria; el hierro que completa las fuerzas humanas; el carbón de piedra que agita las máquinas; los bosques que proveen de materiales a la arquitectura naval; la educación popular, que desenvuelve por la instrucción general la fuerza de producción en todos los individuos de una nación; la libertad religiosa que atrae a los pueblos en masa a incorporarse en la población; la libertad política que mira con horror el despotismo y las familias privilegiadas; la República, en fin, fuerte, ascendente como un astro nuevo en el cielo; y todos estos hechos se eslabonan entre sí, la libertad y la tierra abundante; el hierro y el genio industrial; la democracia y la superioridad de los buques. Empeñaos en desunirlos por las teorías y la especulación; decid que la libertad, la educación popular, no entran por nada en esta prosperidad inaudita, que conduce fatalmente a una supremacía indisputable; el _hecho_ será siempre el mismo, que en las monarquías europeas se han reunido la decrepitud, las revoluciones, la pobreza, la ignorancia, la barbarie y la degradación del mayor número. Escupid al cielo, y ponderadnos las ventajas de la monarquía. La tierra se os vuelve estéril bajo las plantas, y la República os lleva sus cereales para alimentaros; la ignorancia de la muchedumbre sirve de base a vuestros tronos, y la corona que orna vuestras sienes brilla cual flor sobre ruinas; medio millón de soldados guardan el equilibrio de los celos y de la envidia de unos soberanos con otros, mientras la República, colocada por la Providencia en terreno propicio, como colmena de abejas, ahorra esas sumas inmensas para convertirlas en medios de prosperidad que da su rédito en acrecentamiento de poder y de fuerza. Vuestra ciencia y vuestras vigilias sirven sólo para aumentar el esplendor de aquélla. _Sic vos non vobis_ inventáis telégrafos eléctricos para que la unión active sus comunicaciones; _sic vos non vobis_ creasteis los rieles para que rodasen las producciones y el comercio norteamericano. Franklin tuvo la audacia de presentarse en la corte más fastuosa del mundo con sus zapatos herrados de labriego y sus vestidos de paño burdo; vosotros tendréis un día que esconder vuestros cetros, coronas y zarandajas doradas para presentaros ante la República, por temor de que no os ponga a la puerta, como a cómicos o truhanes de carnestolendas.

¡Oh! me exalta, mi querido amigo, la idea de presentir el momento en que los sufrimientos de tantos siglos, de tantos millones de hombres, la violación de tantos principios santos, por la fuerza material de los hechos elevados a teoría, a ciencia, encontrarán también el _hecho_ que los aplaste, los domine y desmoralice. ¡El día del grande escándalo de la República fuerte, rica de centenares de millones, no está lejos! El progreso de la población norteamericana lo está indicando; ella aumenta como ciento, y las otras naciones sólo como uno; las cifras van a equilibrarse y a cambiar en seguida las proporciones; y ¿estas cifras numéricas no expresarán lo que encierra en sí de fuerzas productoras y de energía física y moral del pueblo avezado a las prácticas de la libertad, del trabajo y de la asociación?

[1] _Journal of Travels over the Rocky Mountains to the Mouth of the Columbia River, made the years 1845 and 1846._

[2] Ley orgánica del Oregón, sancionada el 5 de julio de 1845.

[3] El presidente de Estados Unidos, en el Mensaje de 1848, pedía que se invitase a los habitantes del Oregón a entrar en relaciones con la Unión y reconociesen la autoridad común, como un territorio.

AVARICIA Y MALA FE

Tan fatigado lo considero de seguirme en estas excursiones que al rápido andar de las ideas hago por los extremos aportados de la Unión, tras de alguna manifestación de la vida de este pueblo, que para su solaz quiero en adelante, en vías de puntos de descanso, poner epígrafes a las materias que iré tratando. Usted ha comprendido, sin duda, que el que precede anuncia que voy a hablar del carácter moral de esta nación. En aquellas dos palabras se reasume, en efecto, el reproche que hacen, más bien diré, el tizne que afea el carácter moral yankee, y el entusiasmo por las instituciones democráticas se resfría al ver las brechas que a la moral individual hacen, y no hay pueblo medio civilizado que no se sienta superior a los yankees por este lado al menos, al revés de las grandes naciones antiguas y modernas, de Roma y la Inglaterra, en que el Estado era un bandido famoso, mientras los individuos que lo componían practicaban las virtudes más austeras.

Los Estados Unidos como gobierno son irreprochables en sus actos públicos, mientras que los individuos que lo forman adolecen de vicios repugnantes de que se creen menos sujetas las demás naciones. ¿Dependerá esto de una peculiaridad de la raza sajona? ¿Vendrá de la amalgama de tantos pueblos diversos? ¿Será fruto ingrato de la libertad y de la democracia?

No se espante si muestro que a esta última causa más que a otra ninguna atribuyo el mal moral que aqueja a aquellos pueblos. La avaricia es hija legítima de la igualdad, como el fraude viene ¡¡cosa extraña al parecer!! de la libertad misma. Es la especie humana que se muestra allí, sin disfraz alguno, tal como ella es, en el período de civilización que ha alcanzado, y tal como se mostrará todavía durante algunos siglos más, mientras no se termine la profunda revolución que se está obrando en los destinos humanos, cuya delantera llevan los Estados Unidos.

El mundo se transforma, y la moral también. No se escandalice usted. Como la aplicación del vapor a la locomoción, como la electricidad a la transmisión de la palabra, los Estados Unidos han precedido a todos los demás pueblos en añadir un principio a la moral humana en relación con la democracia. ¡Franklin! Todos los moralistas antiguos y modernos han seguido las huellas de una moral que, dando por sentada, por fatal y necesaria la existencia de una gran masa de sufrimientos, de pobreza y de abyecciones, localizaba el sentimiento moral, dando por atenuaciones la limosna del rico y la resignación del pobre. Desde las castas inmóviles de indios y egipcios, hasta la esclavitud y el proletariado normal de la Europa, todos los sistemas de moral han flaqueado por ahí. Franklin ha sido el primero que ha dicho: bienestar y virtud; sed virtuosos para que podáis adquirir; adquirid para poder ser virtuosos. Mucho se aproximaba Moisés en sus doctrinas morales a estos principios, cuando decía: honrad a vuestros padres para que así viváis largo tiempo sobre la tierra prometida. Todas las leyes modernas están basadas en este principio nuevo de moral. Abrir a la sociedad en masa, de par en par, las puertas al bienestar y a la riqueza.

Allá va el mundo en masa, y sabe Dios los dolores que va a costar habituar a los goces de la vida, despertar la inteligencia de esos millones de seres humanos que durante tantos miles de años han servido para abrigar con el calor de sus entrañas los pies de los nobles que volvían de la caza. ¿Qué es el capital? preguntan hoy los economistas. El capital es el representante del trabajo de las generaciones pasadas legado a las presentes; tienen capitales los que han heredado el fruto del trabajo de los siglos pasados, como las aristocracias, y los que lo han adquirido en este y el pasado siglo con los descubrimientos de las ciencias industriales y las especulaciones del comercio; es decir, poquísimos en proporción de la masa pobre de las naciones. He aquí, en mi humilde sentir, el origen de la desenfrenada pasión norteamericana. Veinte millones de seres humanos, todos a un tiempo, están haciendo capital, para ellos y para sus hijos; nación que nació ayer en suelo virgen y a quién los siglos pasados no le habían dejado en herencia sino bosques primitivos, ríos inexplorados, tierras incultas. Despertad en Francia o en Inglaterra, por ejemplo, esos veinte millones de pobres que trabajando veinte horas diarias, se amotinan por conseguir solamente que el salario les baste para no morir de hambre, sin aspirar a un porvenir mejor, sin osar soñarlo siquiera, como pretensiones impropias de su esfera; poned a los rotos de Chile en la alta esfera de las especulaciones, con la idea fija de hacer pronto una fortuna de cincuenta mil pesos, y veréis mostrarse entonces las pasiones infernales que están aletargadas en el ánimo del pueblo. El roto os pide diez reales por el objeto que venderá por uno, si le ofrecen uno, y todavía os habrá engañado. Un chileno cree honrada a la masa de su nación por serlo él y por desprecio al miserable roto, que, sin embargo, forma la gran mayoría. Tal es la explicación del fenómeno que llama la atención en los Estados Unidos. Toda la energía del carácter de la nación en masa está aplicada a esta grande empresa de las generaciones actuales, acumular capital, apropiarse el mayor número de bienes para establecerse en la vida. La revolución francesa vió por otro camino, aunque conduciendo al mismo fin, desenvolverse la energía moral de la nación; la gloria militar puesta al alcance de quién supiera conquistarla, el bastón de mariscal en la boca de los cañones del enemigo, y sabe usted los prodigios obrados por aquella nación.

El norteamericano lucha con la naturaleza, se endurece contra las dificultades por llegar al supremo bien que su posición social le hace codiciar: el bienestar; y si la moral se pone de por medio cuando él iba a tocar su bien, ¿qué extraño es que la aparte a un lado lo bastante para pasar, o la dé un empellón si persiste en interponerse? Porque el norteamericano es el pueblo, es la masa, es la humanidad no muy moralizada todavía, cubierta allí en todas sus graduaciones de desenvolvimiento bajo una apariencia común. ¿Quién es este hombre? se preguntará usted en cualquiera parte del mundo; y su fisonomía exterior le responderá: es un roto, un labriego, un mendigo, un clérigo, un comerciante. En los Estados Unidos todos los hombres son a la vista un solo hombre, el norteamericano. Así, pues, la libertad y la igualdad producen aquellos defectos morales, que no existen tan aparentes en otras partes, porque el grueso de la nación está inhabilitado para manifestarlos. ¡Qué escándalo dieran si llegasen de improviso a ser picados por la tarántula!

Contribuyen a hacerlo más manifiesto las peculiaridades de la organización de aquel país. Es tal el sentimiento de vida que se experimenta en los Estados Unidos, tal la confianza en el porvenir, tal la fe que se tiene en los resultados del trabajo, y tan grande la esfera del movimiento, que el crédito reposa en la existencia del individuo más bien que en la garantía de la propiedad. Un hombre trabajando adquirirá infaliblemente. La estadística de la progresión en que va la riqueza lo demuestra; luego, todo hombre que trabaja tiene crédito. Ejemplo: un individuo remonta el Mississipi en un vapor y propone la compra de 4000 barricas de harina. El vendedor dice su precio y queda aceptado, después de preguntar quién es el banquero del comprador. El vendedor escribe a Nueva York al banquero indicado, pidiendo la solvibilidad del individuo, y con la respuesta: posee 4000 pesos, crédito bueno, el contrato queda concluído a cuatro meses de plazo, a pagar en Londres, donde se venderá la harina al banquero del vendedor. Llegado el término del contrato el vendedor ve el precio corriente de las harinas en Londres, en la época en que ha debido efectuarse la venta y ya sabe a qué atenerse en cuanto a la solvibilidad de su deudor. ¡Cuántos tropezones ha dado un yankee para llegar a tener fortuna! Aquí llamamos quiebras; allá negocios frustrados solamente, que irritan la actividad en lugar de paralizarla.