Estudios literarios y filosóficos · Unidad 25 de 43
Unidad de lectura 25
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Estas expansiones forman el órgano reconocido de la inteligencia y la conciencia, el encéfalo. Importa distinguir en él tres regiones, que se encuentran en todos los vertebrados excepto el amphioxus, y se conocen por anterior, media y posterior. El antiguo trab^o de diferenciación y concentración que va desarrollando preferentemente ciertas partos, más ó menos á expensas de otras, reñuye de una manera marcada á ésta; y en toda la serie lo vamos viendo proseguir su tarea y caracterizarla de un modo capitalísimo. En los peces y anfibios, el cerebro medio y la parte postrera del cerebro posterior llevan la primacía en los reptiles y las aves la llevan el cerebre medio y la parte media del posterior; en los mamíferos la parte anterior toma decididamente una sucesiva importancia morfológica, hasta cubrir las otras regiones (1). En esta parte están comprendidos los hemisferios cerebralesj y el papel preponderante de su desarrollo se comprenderá fácilmente, cuando digamos que en su sustancia gris están localizadas de un modo indudable las más elevadas facultades de la inteligencia.
, El desenvolvimiento de los, hemisferios merece fijar un momento nuestra atención. En los mamíferos inferiores todavía ocupan un lugar secundario; á medida que ascendemos en la escala, los vemos extenderse; al llegar al mono, han adquirido un volumen muy poco inferior al que tienen en el hombre. Si compaTamos los encéfalos de un conejo, un cerdo y un chimpanzé, habremos seguido paso á paso este proceso. Es sobre todo de notar el aspecto que presentan los hemisferios en su capa externa; en los del conejo no se notan sino pocas y muy marcadas depresiones; éstas adquieren un volumen mucho mayor en los del cerdo, y en los del chimpanzé los giros, surcos y circonvoluciones apenas se distinguen á la simple vista de las que aparecen en el encéfalo
(1) J. SOURY; Preface a Le? preuves dii Traiisforiinsüiie.
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humano (1). E>to tiene por eonsecuí^ncia el relativo aíslaraíenfo de determinados centros ó lóbulos y el mayor desarrollo de la corteza gris, que ocupa la parte más exti^rior de todas estas sinuosidades.
Al llegar á este punto, y no obstante lo sunwio p incompleto de esta exposición, puedo adelantar lo que no parecerá ya tan extraño á mis oyentes, y lo que es una verdad adquirida á la ciencia por profesores tan eminentes como Huxley: que el cerebro del hombre, en sus caracteres de estructura, dista mucho ménoa del cerebro de un mono antropoide, que dista el de este último del cerebro de un lemuriano, mono del grado más inferior (2). Las principales diferencias residen en la mayor complexidad de las circonvoluciones, á causa de pliegues mucho más numerosos, secundarios y terciarios.
Ahora bien, esta complexidad de las circonvoluciones es menor en el niño que en el adulto, en el hombre de las razas inferiores con respecto á los de razas superiores, en el hombre inculto en relación con el hombre de gran cultura. Hechos de la mayor trascendencia (3).
Fijémonos ahora en los datos subjetivos del problema; sobre los cuales derraman viva luz los datos objetivos que hemos actpiado. Desde luego aquí no nos basta el método de pura observación que hasta el presente hemos empleado; pero procuraré presentar sólo inferencias inductivas que me parezcan suficientemente legitimadas.
He dicho que la vida psíquica, en su más simple expresión, puede reducirse á un modo particular y el más importante de la relación que se estab'e^e entre un organismo y su medio: La re-
(1 ) HuXLEY, Aimtomie acomparée dea nimaux vertebres, paga. 70 y 71.
('2) HuXLEY, Evidence as to man's placa in nature, II.
i'ó) ToPiNARD, UAnthropologie, preraiere partie, chap. II I. Deuxiéme partie, chap. IV. Gratiolet, Métntnresur lea plis cérábraux del 'lünnine et des primates. BUCHNKK, El hombre según la ciencia; nota 53.
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lacióa que uonsiste en responder á iiua excitación con un movimiento. Lo que llaman los fisiólogos una acción refleja. Esto supone una modificación, un cambio en lo interior del organismo qué responde; lo que en los seres superiores llaman los psicólogos el tránsito de un estado de conciencia á otro. Aquí tenemos los elementos primordiales de todo acto psíquico, lo que se encuentra en el fondo de las más altas generalizaciones y de los más imperiosos mandatos de la voluntad.
Es claro que en aquellos oi'ganism )?? donde se nos presenta el arco nervioso en su posible sencillez el proceso psíquico no pasa de aquf.
Pero poco á poco vamos viendo que los movimientos responsivos se multiplican y coordinan, que el organismo se relaciona de una menera más variada con su medio. Tenemos, pues, aumento y coordinación visibles de movimientos, en la traslación de un lugar á otro por la natación, en la prehensión de los alimentos etc. Al mismo tiempo advertimos que esto ocurre en animales cuyos arcos nerviosos van aumentándose y coordinándose. Lícito nos será inferir que aquella parte del fenómeno que escapa á nuestros medios directos de investigación, lo que llamaremos, bajo reserva, estados de conciencia, va también aumentándose y complicándose.
Los órganos que sirven para estas ftiultiplicadas funciones se diferencian también progresivamente; cada diferenciación supone aumento de relacionéis. Cuando á la extremidad de los tentáculos de un molusco, (el Buccinum undatum por ej.) vemos aparecer los ojos, sorprendemos á la naturaleza en el acto de diferenciar dos de los más importantes conductos de la vida de relación. Pronto los encontramos multiplicados y completamente circunscritos á su papel. La impresión externa, que antes corría por un sólo canal y en una sola forma, tiene ahora muchos, la sensación primordial de tacto, que supone el acto de conciencia
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más sencillo, el de distinguirse el ser que la recibe del medio que la produce, se complica con la sensación gustativa, más tarde con la visual, y así sucesivamente. Los movimientos que responden á estos estímulos son á su vez más y más variados; la organización nerviosa más y más complicada; los actos psicológicos han de seguir la misma progresión ascendente.
Esta ordenada trabazón de los movimientos de un animal para relacionarse con su medio, ya en la persecución de su presa, ya en defensa propia, ya en la solicitación de los individuos de distinto sexo, ya al reunirse con individuos de su especie, ya en la construcción de retiros que les son necesarios, ya en la crianza de sus hijos, — la cual, -como podemos advertir fácilmente, no es otra cosa que la suma y coordinación de los movimientos reflejos, es lo que constituye, en el lenguaje consagrado de la vieja psicología, el instinto.
De su constancia y fijeza se ha querido sacar argumentos en contra de la doctrina que voy exponiendo. Pero estos caracteres que se presentan sólo en los seres de especie muy inferior, se explican perfectamente po^ la simplicidad de sus organismos y por las conexiones, en cierto modo poco numerosas, que supone entre el animal y su medio. A medida que estas conexiones aumentan, van desapareciendo esa monotomía y fijeza; que si persisten siempre en los actos primordiales de la vida, donde los ha fijado la herencia, en virtud de la ley de economía, ya no se notan en los actos más diversificados de ^su existencia; en estos se ve ya una elección y se traduce un conflicto; hay indicios de una vida psíquica superior (1).
(1) Lr comprobación de este SHerto por la experiencia individual es fácil. Abundan las observaciones en «u apoyo en la oora de Darwin La descendence de V homme et la seléction 8eanta¿¿€,. particularmente en los capítulos XIII y XIV; peí o me complazco sobre todo en citar uno de los más eminentes metafísicos de la época Hartmann; véase su Filosofía de lo Inconsciente vol. 1? pág. 88 tr. fr. d« Nolen.
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Porque conviene advertir que el proceso psicológico, como el fisiológico, no desperdicia liada de lo ya adquirido; la acción refleja subsista, subsiste la acción instintiva, y por encima de ellas aparecerá la acción intelectual con todos sus caracteres; como subsisten el arco nervioso y los centros ganglionares, apesar de la predominancia del encéfalo.
Necesito insistir éñ esto: todo ganglio es un centro sensitiva y un centro motor; el cerebro más perfecto es un sistema de centros motores y sensitivos. La operación psíquica mas sencilla comprende una sensación y una impulsión:, la operación mental más complicada comprende un tejido de percepciones, que se resuelven en una idea, y la resultante de varias impulsiones que forman una volición. Las ramificaciones son múltiples, pero el primitivo tronco con su sencilla división dicotómica persiste. Analizando cuidadosamente el más complicado raciocinio, podemos lleg¡ar á las .percepciones elementales en que descansa; en el fondo tumultuoso de una pasión podemos descubrir los impulsos que han. entrado en conflicto para producjv un acto más ó menos grave, , .
í Siendo esto así, procediendo la vida psíquica por sucesivas complicaciones, ni más ni menos que la diferenciación del sistema nervioso, comprenderemos que sólo hay diferencias de grado en las manifestaciones anímicas del animal al hombre. Y esta inferencia que podíamos hacer á priori, viene á confirmarse por los recientes trabajos de locálización llevados á cabo poi* escrupulosos y peritos experimentadores.
Cada sensación tiene su centro cortical respectivo, donde merced á un cambio molecular se transforma en percepción; así, por ejemplo, la sensación visual en el pliegue curbo^ en el hombre, y sus partes homologas, en los cerebros inferiores; la sensación auditiva en la circón volución temporo-sphenoidad superior;
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la sensación táctil en la región del hippocainpo, etc. ( I ) Ahora bien, estos centros no sólo ríjciben la impresión externa inmediata, son, como los ha llamado Ferrier, nn registro orgánico de todas las percepciones de su clase; registro que, mediante excitaciones determinadas, puede hacer vibrar y reproducir las percepciones extinguidas. Hé aquí el fundamento fisiológico de la memoria, y no necesitamos más para llegar al conocimiento. ¿Qué es conocer? Asemejar y diferenciar. Conocemos que un color es azul, identificando la sensación actual que me lo presenta á otra anterior, y diferenciándola de cualquier otra producida por distinto color del espectro Basta esta sencilla operación para adquirir el poder de clasificación y generalización: con las cuales hemos llegado á las regiones superiores de la abstracción. Y si extremáramos el análisis, en las asociaciones necesarias de est^s estados de conciencia, correspondientes á las reíadones objetivas de sucesión y coexistencia, veríamos bosquejarse el raciocinio.
Donde quiera, pues, que encontremos los filetes nerviosos terminales-aferentes bastante diferenciados para producir un órgano sensorial distinto, estamos autorizados á inferir la existencia de las funciones elementales del conocimiento; y si vemos que esta disposición morfológica coexiste con un perfeccionamiento general del individuo y una evidente coordinación de los ganglios á donde van á parar esos filetes, no podremos negar que las actividades psíquicas evolucionan en la misma forma que las estructuras y funciones que acompañan. Igual demostración comportan los centros motores; pero no juzgo necesario, ni oportuno exten-
(1) D. Ferrikr, Les fonctimis du céi^eu, ch. IX. — EstaB localizacioneí» de Ferrier han sido vivamente criticadas en Alemania. Lange ha acusado á 8u autor de repetir tosca y groseramente las experiencias mucho más delicadas de Hitzig. Además otros experimentadores, como 'Munk, han llegado ó creído llegar á resultados diversos. De todos modos entiéndase que las localizaciones indicadas no se refieren sino al hecho elemenial, la sensación; en cnanto á las funciones psíquicas más complejas, tiÍ Nothnagel, ni Munk. ni el mismo Terrier, han entendido que podían localizarlas de otra suerte que en la totalidad ó en áreas muy extensas de los hemisfei-íos. Nota de 1882.
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dcrme más. El orden serial de las manifestaciones anímicas me parece suficientemente indicado.
Hemos visto hasta aquí una serie concordante de hechos objetivos y subjetivos. Es tiempo de aplicarles nuestra piedt-a de toque. ^Qué nos dice de ellos la vieja ductriiiaf ¿cómo trata de ejcplicarlos la nueva?
Las antiguas escuelas no tienen, ni podian tener una solución uniforme, y muchas ni la apariencia de una solución. La que pretende revestir un carácter más científico, nos fue presentada aquí en forma muy ingeniosa por el señor Orus, cuando nos habló del museo ó exposición de todos los modelos conocidos de máquinas de vapor, deáde la de Watt hasta las modernas. Esta es la teoría del plan uniforme. Según ella todas las especies han sido creadas por una inteligencia rectriz, siguiendo un plan de sucesivo perfeccionamiento. ¿Qué hay, pues, de estraño, nos pregunta, en que la estructura de los mamíferos sea en sus líneas fundamentales la misma? Pero ésta, como toda explicación teleológica, no hace más que disimular especiosamente y aumentar realmente las dificultades. Esa inteligencia ¿es inmanente á la naturaleza? En este caso necesitamos conocer la ley de evolución en la naturaleza, par» conocer los medios que esa inteligencia emplea; y íéjos de explicar esta razón suprema la evolución, tiene que ser explicada por ella. ¿Es trascendental? ¿está fuera de la naturaleza? No hacemos más, entonces^ que trasladar la evolución — el plnn de sucesivo perfeccionamien te — ala* mente divina, donde no podremos ir á estudiarla; es decir, declarar el fenómeno inexplicable, reconocer ante el nuestra impotencia.
Otra explicación consiste en negar la manifiesta comunidad entre las manifestaciones psíquicas del hombre y det animal; declarando que son fenómenos distintos é irreductibles. Con el primer hombre aparece súbitamente la inteligencia; con el último se extinguirá la postrera chispa de conciencia; debajo de él no queda m«^s que el instinto.
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¡El instinto! Curioso ejemplo de lo que son y lo que pueden en filosofía las ilusiones verbales. Instrumento sin rival ha sido el lenguaje para el hombre; por él, como veremos más adelante, su poder de abstraer y generalizar no ha tenido límites; pero también ha sido muchas veces indicador falaz, causa de los más extraños espejismos. ¡Cuántos sistemas, cuántos grandiosos edificios no ha visto elevarse la filosofía, sobre el movedizo cimiento de unas cuantas distinciones verbales! Nuestra época tiene una señalada muestra en la filosofía de Hegel. (1) Causa constante de error ha sido la objetivación de nuestras abstracciones. El instinto no es más que una abstracción verbal de sentido puramente negativo, á que hoy se le quiere dar un valor real. Todos los actos claramente psíquicos en el animal, pero que, por aparecer en el animal, no podían ser psíquicos, eran instintivos.
Ya veis si esto puede llama»*se una explicación. Sin embargo esta doctrina, por muy distante que parezca de la otra, viene á confluir con ella. Conociendo que con la nueva expresión, instinto, nada dilucidaba, ha resuelto que detrás de la máquina animal está la razón suprema que la dirige. Los actos del animal han de ser inmediatamente referidos á la inteligencia divina. No creáis que exagero, ni que exhumo á placer las causas ocasionales ó la armonía prestdbilita. Un adversario actual, de los más empeñados, si no de las más hábiles, de la doctrina evolutiva, M. Carrau, acaba de decir estas palabras, que copio textualmente: '*Concluyamos, pues, que ciertos animales poseen ideas innatas. . . Pero ¡qué! ideas innatas suponen una iateligencia: luego la abeja ¿tiene inteligenciaf ¿razónf Estamos muy lejos de pensarlo. Esta»
(1) Séame permitido, aunque de pasada, pa^r un tributo de recont>cimiento y admiración á aquel varón insigne, á aquel cubano ilustre, Félix VaRKLA, que en los comienzos del si^lo enseñaba ya entre nosotros, que "los géneros y las especies no son naturalezas universales (aquí está todo el hegelianismo), sino tinas meras denomina^ciones que sirven para hacer'ex^edito nuestro lenguaje y pi-omover el análisia." Elenco de 18f6.
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ideas geométricas, qii.e asedian yfaadnan la imaginación de estos insectos, son concebidas, no por ellos, sino por una razón más alta, que se las ha impreso, por decirlo así, como las visiones de un sueño permanente. En este sentido podríamos de<*ir, con Aristóteles y Virgilio, que hay én las abejas algo dé divino-" (1) No neceísita comentarios.
En resumen, sus explicaciones van todas á perderse en lo sobrenatural, en lo inexplicable. No son más que una confesión vergonzante de impotencia. No la confesión filosófica y necesaria de la limitación de nuestro discurso; sino la que pretende engañarse ó engañarnos, dándonos palabras, cuando le exigimos leyes.
Estas leyes, las busca, por lo menos, lá, teoría evolutiva. Partiendo de la generalización más comprensiva á que se ha elevado la ciencia contemporánea: la conservación cuantit^^tivadela energía, ó sea la transformación de las fuerzas, establece dos corolarios qu explican toda la vida orgánica: las leyes de descendencia y de adaptación.
La ley de descendencia se manifiesta en ese substmtum continuo que constituye la unidad morfológica, por la cual los seres superiores repiten todo el desarrollo evolutivo délos inferiores, y la unidad psíquica, por la cual los actos más complicados de la inteligencia más elevada se resuelven en los actos primarios de las int'Cligencias rudimentarias. Representa, en la economía universal, lo permanente; y su sanción se encuentra en su necesidad; sin ^lla no se concibe ni el individuo, ni la especie, ni la variedad. La ley de adaptación es el constante proceso de los organis-
(1) L. Carrau: Etudes sus latkéorie de V evolution, p. 50--51. — A primera vista podría creerse que Hartm ANN, cuando llama al lustinto un factor psíquico inconsciente (Le Dartoinisme, p. 126j, viene en nuestro apoyo, puea de la inconsciencia á la conciencia no vemos nosotros sino una diferencia de grado; pero cuida él mismo de destruir esta interpretación, y hacemos, ver que su doctrina vaá confundirse con la del texto- -á pesar de haberla combatido en su Filosofía de lo Inconsciente (vol. 1?, pág. 9*2) — cuando nos dice que el instinto es de naturaleza eminentemente teleológica.
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moS; acomodándose á un medio más diversiñcado, la lacha por la existencia, en sus infinitas formas; .cuya sanción estriba en la supervivencia; para venir á eslabonarse con la otra gran ley, por medio de la trasmisión hereditaria.