Estudios literarios y filosóficos · Unidad 26 de 43
Unidad de lectura 26
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Aquí tenemos la clave de todo el proceso fisiológico y psicológico. Para un organismo lo primordial es penninecer, conservarse; y se 'conserva más el organismo que más se relaciona. Pero en la naturaleza hay un constante trabajo de división y distribución, subordinado á un gran principio de economía, qiie es la ley del menor esfuerzo. Los órganos y funciones que responden directamente á la conservación del individuo, en lo que tiene esto de más elemental, subsisten una vez adquiridos, no hacen más que perfeccionarse; á su lado van apareciendo los que vienen á auxiliarlos. Hé aquí por que las acciones nerviosas y psíquicas de que depende inmediatamente la conservación de la vida, se ejecutan con tal uniformidad y regularidad en toda la serie zoológica; la división y diferenciación hasta lo infinito se encuentran en las funciones que vienen á perfeccionarlas y auxiliarlas.
De donde deducimos lo que ya antes habíamos encontrado por el método de la observación: que á medida que los seres se elevan en la escala orgánica, se ven obligados á relacionarse más y se aumentan por tanto sus funciones de relación.
Tiempo es ya de que vengamos al caso práctico que aquí se debate, y para preparar el cual me he visto obligado á llevar á mis benévolos oyentes por tan arriscados y áridos senderos.
Todo lo dicho prueba claramente que las desemejanzas de funcionalidad, en lo que á la vida psíquica se refiere, podrán aparecer profundas entre el mono antropomorfo y el hombre; pero una legítima inferencia autoriza á asentar que la diferencia es cuantitativa, de ningún modo cualitativa. Hay más en el hombre; pero no hay otra cosa.
En lo que respecta á la estructura del sistema nervioso, ya hemos indicado en donde diferían.
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Una médula espinal, centro de la acción excito-motrizj una médula oblongada, centro de coordinación y complicación de esas mismas acciones; un mesencéfalo, centro coordinador de los movimientos de que depende la locomoción y la expresión de las emociones; un cerebelo, en relación directa con el anterior en cuanto á la funcionalidad, y más en particular centro de la equilibración; unos tálamos ópticos y cuerpos estriados, centros automáticos de la sensación y de la impresión motriz; unos hemisferios, centro de la ideación y de la voluntad; todo eso encontramos en el uno y en el otro. Pero bastaría fijarnos sólo en este último centro, para comprender que.se ha verificado allí un progreso de la mayor importancia: el desarrollo de los lóbulos frontales, centros moderadores que intervienen en la ideación motriz, para dar lugar al examen de los motivos; y que proyectan sobre la ideación sensitiva la poderosa luz de la atención, para dar lugar á todo el proceso reflectivo. Estos lóbulos son la gran adquisición morfológica del encéfalo humano; y psicológicamente la base y fundamento de nuestra superioridad intelectual y moral. Su desenvolvimiento embrionario, su imperfecto desarrollo en el idiota, su menor volumen en el hombre de raza inferior y en el criminal congénito, son pruebas objetivas de esta verdad, que la experimentación ha puesto fuera de duda. (1)
Veamos la fase subjetiva. Los tres grados del proceso intelectual, presentación, representación y abstracción; los tres del proceso volicional, conciencia de un placer ó de un dolor, deseo y volición, existen en los animales superíores como en el hombre. El acto de ir en solicitud del alimento implica un grado, por inferior que sea, de abstración; el aprendizaje de ciertos actos, por
(1) HüGUENlN: Anatomie descentre» nerveux, ch. I. H(£CKEL; HUtoire de la création des ¿tres organisés, leQ. XII pl, II y III. Ferrier, op. cit., ch. XI. $ 104.
LOMBROSO; V uomo delinquentein rapporto ally antroj^ologia etr. Cap. III, VI, VII, VIH, XVII.
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temor al castigo, demuestra una volición dirigida conscientemente. Todo esto supone ciertos procedimientos lógicos. ¿Dónde radica la diferencia? En el grado de abstracción. Les falta avanzar en la asociación de ciertas coordinaciones tan importantes, que en ellas estriba Id inmensa auperioridad del hombre sobre el antropoide. El animal puede adquirir la noción de alimento, la noción de peligro, la noción de defensa y abrigo, y todas las que se desprendan de la gama sensacional; pero no puede asociar la noción á un signo, es decir, no puede llevarla al último grado de aislamiento, despojándola de cuanto atraiga una idea de deseto ejanza, no puede fijar este aspecto suyo importantísimo, para evocarlo 7 servirse de él cuantaa veces le sea necesario; es incapaz de asociar esos signos, y mucho menos puede llegar á poseer signos de signos; en una palabra no posee, no puede poseer el lenguaje. (1)
El lenguaje es la llave mágica que nos ha abierto los tesoros de la generalización; por él nuestros raciocinios han podido salir de las trabas en que los aprisionaban nociones confusas y mal determinadas, para elevarse á las más sutiles operaciones de la inducción y la deducción; por él la comunicación con nuestros semejantes ha ampliado hasta lo infinito el círculo de nuestras emociones, y el código moral ha podido adquirir esa sencillez y uniformidad que son el secreto de su fuerza; por él las sociedades humanas han sidt las vencedoras en la terible lucha de las edades sombrías, y las legatarias que han comunicado de una á otra generación los secretos arrancados á la naturaleza, para asegurar la vida, y las concepciones de la imaginación exaltada, para solazar la existencia; por él nuestra especie se ha encontrado enriquecida de tan excelsos dones, tan remota del mundo que hormiguea á
(1) Romanes V intellif/ence des animaux, en la Eevue Scientifique de) 4 de Edcto de 1879; véase tambiéii uti extracto crítico en la Revae PhUosophique, »i9 35 (noviembre de 1878.)
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sus pies, tan vecina de aquel poder misterioso que sueña á su imagen, que se ha sentido humillada por su origen y ha reclamado orguUosamente un lugar único y aparte en el gran escenario de la naturaleza. ¡ Peligrosa ilusión ! D.escendamos de las alturas donde reinan solitarias las inteligencias soberanas de un Bemócrito, un Aristóteles, un Descartes, un Newton, un Hegel, un Spencer, y veremos descender por grados el nivel mental, hasta discrepar bien poco, cuando llega á las últimas razas humanas, del que alcanza en el intelecto de un antropoide.
Esta misma maravillosa facultad del lenguaje, y con ella el grado más alto de la abstracción, falta ó se pierde en el afásico; se adquiere lentamente por el infante, y -en el mayor número de los seres humanos no excede de ciertos restringidos límites.
Hechos son estos incuestionables, y podría alegar indefinidamente mi discurso, si adujera una mínima parte de los ejemplos que me fuera fácil traer en su apoyoj (1) pero mi deseo es venir á las conclusiones.
Todas estas pruebas de la semejanza de la funcionalidad psíquica eh el hombre y los animales que están inmediatamente despues de él, ¿acreditan que el hombre es un animal perfeccionado! Responderé francamente.
Si pedís á la doctrina de la evolución todo lo que en rigor puede dar una hipótesis científica y filosófica, esto es, una interpretación racional del conjunto de hechos sobre que verse; la evolución, á título de hipót-esis, os responderá: el hombre es un animal perfeccionado. *
Si pedís á la teoría de la evolución lo que sólo puede dar una de esas generalizaciones últimas que se llaman leyes, es decir, la explicación completa de los fenómenos, enlazados por la uni-
(1) Fbrrier, op. cU, pasdm, Bernard Pérez, Les trois premieres années de V enfant; passim - -LüBBOK, X* homme préhistorique, ch. XIII, basta el fin.- -Tylor, La cívUisation primitíve, ch. V y VI.
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ver3al relación de casualidad; si preguntáis á la evolución ¿cómo y de qué manera el animal se ha transformado en el hombre? la evolución no os responderá.
Pero advertid que esto qjie ella no os dice aún, no os lo dice ninguna otra teoría; y que lo que ella es explica ya, no os lo explica ninguna otra doctrina.
Planteado estaba desde los albores de la expeculación el pavoroso problema de los orígenes; la fantasía estimulada por el sentimiento habia tenido ante sí extenso campo para sus movedizas construcciones; sucediéronse unas á otras las teogonias, y las escuelas trascendentalistas se declaran ó inconsecuentes ó impotentes. A todo lo más que se llega es á sustituir la teología por la teleología, á transformar el milagro anti-natural en ley extra«^ natural. En esto habia empleado la humanidad treinta siglos.
Eliminar el noúmeno — entidad— de la producción del fenómeno — realidad — ; reducir el problema, baluarte de la metafísica, á los datos de la observación, la experimentación y la iRducción, bosquejar, intentar, probar la posibilidad de una ciencia de lo» orígenes, esto ha hecho, esto hace la teoría evolutiva.
Con Kant y Laplace nos hace asistir á la génesis del mundo solar, con Lyell á la génesis del globo terráqueo, con Lamarck, Darwin y Hseckel á la génesis y transformación de los organismos innúmeros que lo pueblan. Tal vez la investigación la convenza de precipitada en algunas conclusiones; la observación y la experiencia tal vez echen por tierra algunas de sus construcciones; tal vez sobre su^ grandiosas ruinas se eleve un dia una síntesis más sólida y magnífica; siempre á ella le corresponderá la gloria de haber recogido y dispuesto los más profundos sillares, siempre ella habrá sido la primera que ha dicho al hombre: para conocerte á tí mismo, para^ determinar el lugar que ocupas en la naturaleza, para descorrer el velo de los orígenes, te bastas á tí propio, te bastan tus métodos, te basta tu ciencia.
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Esta consideración, y no otra alguna, es la que ha de guiarnos al aceptarla ó rechazarla.
Si buscamos la verdad para templar nuestros corazones, si buscamos la verdad para armar nuestra inteligencia, si buscamos Ja verdad para aquilatar y depurar nuestros .deseos, no rehuyamos el labio porque amarguen sus primeros dejos; vamos. á eíla. dispuestos á sacrificarle todo prejuicio, toda superstición, todo orgullo; lo mismo los que naceti del sentimiont.o, que los que se engendran en la esfera del raciocinio; lo mismo los que se posesionan del espíritu con las formas esplendidas de la pasión, que los que revisten á sus ojos el severo ropaje de una doctrina. A la verdad no llega ni el creyente, ni él sectario.
Por eso yo,, señores, evolucionista convencido, no os digo^ creed en la evolución, sino juzgad iraparcialmente la evolución; no os digo que el hombre desciende del antropomorfo, sino os invito á que estudiéis las pruebas que aduce de su parentezco la doctrina evolucional; seguro cómo estoy de qne sólo por una labor constante y colectiva, á donde todos acudamos con libertad de espíritu y de intención, iré nos despojándonos de la vieja corteza, iremos dejatido atrás los añejos errores, y lograremos aproximarnos á la posesión de esa verdad que es el premio del esfuerzo y el galardón de la victoria. •
¡ Ay de los que retroceden ! ¡ ay de los que se duermen ! ¡Aún está empeñada la eterna lucha! Pero el *^ombre no viene hoy al combate con la fornida musculatura, las garras y caninos áélprimigenius, ni se arma ds la i^udüsa clava, ni de la cortante hacha ni reviste su pecho de tresdoblado bronce, ni asesta á su contrario el pesado arcabuz, ni es ya siempre laestruendorosa artillería la última razón de los estados; rivalizan los pueblos en laboriosidad, y la tierra centuplica mejorados sus productos; se auxilia la actividad del ingenio, y la industria somete á la humana osadía las prof'mdidades del tiempo y la inmensidad del espacio; aúnase
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la especulación á la experiencia, y la ciencia humana excava los yacimientos insondables del pasado, alumbra y guia los trabajos incesantes del presente, baña con súbitas claridades las remotas lejanías del porvenirj disciplina el hombre su voluntad, y leyes equitativas hacen del enemigo un copartícipej libre de viles temores se acrecienta su simpatía, y la asociación traspasa el estrecho límite de las fronteras, y hacina en las manos del nuevo Júpiter los rayos de todas las actividades.
; Aún está empeñada la eterna lucha ! pero ya lo sabemos ^ no será la victoria del más fuerte, ni del más astuto; será del más laborioso, del más inteligentej del más moral. Cuando ciña de uña vez para siempre esta triple corona, entonces sí podrá el hombre borrar de su frente el estigma que le impuso la voz sombría del gran poeta latino, y domeñador de la fuerza por la intelige n . cia perseverante, y triunfador de la muerte por la abnegación serena en el cumplimiento del deber, podrá decir con verdad: ¡hé aquí el rey de la naturaleza !
Habana, 26 de Mayo de 1>Í79.
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