Estudios sobre el amor · Unidad 41 de 49
Unidad 41 · 72 JOSÉ INGENIEROS
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72 JOSÉ INGENIEROS
rimentado. Creen que el demasiado corazón es el único culpable y miran su gula insaciable como un homenaje fervoroso a la belleza femenina.
Todas murmuran de Don Juan, pero ninguna hay que no lo desee. Las mujeres de temperamento viven esperándolo ; si hablan mal de él no es por alejarlo, sino reprochándole que se entretenga en otras y difiera su llegada. Cda una desearía ser la primera aunque más inteligente es la que prefiere ser la última. Y todas, cuando llega, le reconocen por un misterioso presentimiento de que la resistencia será inútil; se defienden sin convicción, cediendo a medias todo lo que el pudor rehusa cuando el corazón lo ha entregado ya.
El optimismo de que rebosan sus actos es una de sus fuerzas de atracción. Emancipado de prejuicios, ignora el sentimiento trágico de la fidelidad y de la virtud; si todo es bello y armonioso, ¿por qué afear la vida con preocupaciones que violentan la naturaleza, que van contra ella? Tiene la generosidad suficiente para no mezquinarse y es bastante atrevido para desgarrar las telarañas ilusorias del dogmatismo social. Ha medido la vida, sus dichas, sus j^enas; conoce su valor y da por ellas todo lo que valen, pero no más. Este doble ritmo de libertad y de expansión que vibra- en sus actos, constituye el atractivo de su carácter j^ara las criaturas humanas que están cansadas de esclavitud.
Si no es irresistible, es indudable que tiene aptitudes especiales para vencer resistencias que otros creen muy firmes. Conoce todas las pequeneces que constituyen el preámbulo de cualquiera intimidad; mezcla lo sensual a lo patético, la ternura a la galantería ; sabe poner deseo en las miradas y agi'esión en los suspiros sus manos toman al mismo tiempo que sus labios piden. La mayor de sus fuerzas está en la confianza con que ejecuta lo que se i^ropone, inmediatamente, sin dudar de su propia eficacia; se avergonzaría de ser indeciso, se creería cobarde si se detuviese en devaneos. Una falta de audacia pareceríale equivalente a una falta de dignidad. Jamás se perdonaría una torpeza, una equivocación en el procedimiento aproi)iado a cada caso. Pero, sobre todo, prefiere la seducción a la i)osesión misma, y en eso se distingue el verdadero Don Juan del vulgar "mozo de suerte", cuyas vecinas se olvidan de echar llave a las puertas, y tosen si tarda. Y debemos también distinguirle del "dilettante en vicios", que para prolongar