Fábulas argentinas · Unidad 10 de 22
Unidad 10 · LXIII.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LXIII.
La araña
La araña había tendido su tela en lugar muy propicio para cazar moscas. Al cabo de un rato cayó en la tela, no una mosca, sino un soberbio moscón, y la araña, alegremente ansiosa, lo miraba con toda su atención, estirando los hilos de la tela, esperando el momento oportuno para abalanzarse sobre el cautivo y despedazarlo.
Pero el moscón era bravo y fuerte; empezó á sacudir toda la tela, como Sansón el templo de Baal, y pronto vio la araña que para conservar la presa era de toda necesidad tender
sin demora otros dos hilos principales, de la orilla de la tela hasta la rama en que estaba atada.
La araña es mezquina; le pareció mucho el gasto. Es cierto que el moscón era lindo y
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valia la pena: pero también dos hilos más, y de los gruesos, ¡amigo! es mucha plata, y quiso creer que podía pasarlo sin ellos.
No esperó mucho rato el resultado; el moscón se fué con tela y todo, y la araña quedó colgando de un hilo, por - suerte.
Ni voraz, ni mezquino; ni loco, ni tontoj sólo es juicioso el que sabe medir el gasto con el provecho.
XLIV.
La víbora y el zorro.
En medio de una majada en j)arición andaba la vibora buscando cómo colgarse de la teta de alguna oveja para llenarse de leche, dando de chupar al cordero, como suele hacer, la punta de la cola para engañarlo, cuando oyó el balido de un cordero que se acababa de despertar; y al ratito, la voz de la madre que le contestaba.
No veia á la oveja; estaría detrás de una mata de paja que allí había, y la víbora se deslizó despacio para mirar y topó con el zo-
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rro, quien, imitando á las mil maravillas el balido de la oveja parida, trataba de hacerse seguir por el corderito hasta alguna cueva de donde éste no saldría más.
Al ver la cara atónita de la víbora, soltó la risa el zorro:
— «¿Que le parece la ovejita, comadre?... ¡Eh! ¿Qué quiere? cada uno se las compone como puede».
Algunos dias después, el zorro, en ayunas, oyó el canto de un pájaro entre el matorral.
— «Más vale, pensó, chingólo quenada», y fué despacito hasta donde oía el canto. Y topó con la víbora, quien, imitando á las mil maravillas el silbido de los pajaritos, trataba de indicarles el camino de su garganta.
Al ver la cara atónita del zorro, la víbora soltó la risa:
— «¿Qué le parece la calandria, compadre?.. ¡Eh! ¿qué quiere? cada uno se las compone como puede. »
— ¿De qué vive Fulano? — De trampas. — ¿Y tú? — También.
Hasta el picaro tiene que vivir en este mundo.
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XLV.
El perro danés y el zorro.
El zorro, viendo qué se hacía cada día más difícil penetrar en los gallineros por lo bien que los perros los guardaban, trató de utilizar los recursos de su diplomacia para conseguir por astucia lo que la violencia ya no le podía dar. Se acercó con mil zalamerías al guardián de un gallinero, que lo era un gran perro danés, con cara de pocos amigos. Gruñó el perro al verle; no se levantó, pero le indicó, mostrándole sus soberbios colmillos, que tenía muy poco gusto en recibir su visita. El zorro se hizo tan humilde, tan pequeño, lo saludó con tanta urbanidad, pidiéndole con insistencia que le p-^rmitiese una palabra, que el perro al fin le dijo que hablara. Y despules de muchas circunlocuciones, el zorro le insinuó que podrían hacer juntos un brillante negado; que lo único que tendría que hacer el
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perro seria fingir el sueño, mientras él sacaría del gallinero las gallinas y los pavos, dándole después al perro su parte en dinero ó de cualquier otro modo.
El perro se hubiera podido levantar indignado y pegarle algo más que un susto al zorro; pero, como sabía que el abrojo no produce rosas, la propuesta no lo tomaba de sorpresa; se contentó con decirle que no era pan para él y le enseñó el campo.
El zorro se mandó mudar, más bien un poco ligero, por lo que podía suceder; y una vez en la cueva pensó que un perro de tanta honradez debía de ser de poca viveza.
Con esta idea en la cabeza, lo fué á ver, otro día. Se acercó á él arrastrando una bolsa bien cerrada y bastante pesada, y le dijo:
— «Señor perro, aquí traigo un pavo gordo que me acaban de regalar; como mi cueva está algo retirada y tengo que hacer una diligencia, le pido por favor que me lo guarde; si no se lo vengo á reclamar mañana, será suyo sin más trámite. Lo que sí, como garantía, le pediré que me entregue un pollo que le devolveré cuando le venga á pedir el pavo.»
El perro olfateó un momento la bolsa y tomándole olor á osamenta vieja, se levantó enojado: «¡So picaro!» le gritó.
El zorro ya estaba lejos. Una vez en la
cueva, pensó que debía de ser un caso raro el de ese perro danés, honrado bastante para no engañar á nadie, y bastante vivo para no dejarse engañar.
XLVI.
El mono y la cinta elástica*
Un mono entró, por una ventana abierta, en casa ajena y encontró colgada de un clavo una cinta elástica. La tomó de la punta, la estiró, y al soltarla sin pensar, vio que pegaba fuerte en la pared. Le gustó el juego; la estiró más y más, pegando así cada vez más fuerte en la pared.
Entonces pensó en estirarla con toda su fuerza, para ver hasta dónde podría alcanzar y quién sería más fuerte, si él ó la cinta. Estiró, estiró ; la cinta se iba poniendo larga y
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más larga, pero se adelgazaba y también empezaba á resistir. El mono tiraba siempre; pero algo como un recelo íntimo le aconsejaba la prudencia y parecía decirle de no abusar, de no tirar hasta el iiltimo límite. La cinta ya casi no daba ; el mono se sentía á la vez, y no sin cierto deleite, tentado de seguir y con cuidado ; daba tirones todavía,, pero pequeños, y el instintivo temor de algo que, le parecía poder ocurrir, exacerbaba su gozo.
Al fin y cediendo á ganas casi enfermizas de tentar la suerte, le dio una sacudida más y ¡zas! recibió en un ojo, con una fuerza bárbara, el clavo sacado de la pared por la cinta elástica.
Quedó tuerto, pero un poco más juicioso, dicen. ¿Quién sabe ?
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