Fábulas argentinas · Unidad 9 de 22

Unidad 9 · XXXVIII.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XXXVIII.

Pelea de gallos.

Dos gallos peleaban : al rededor de ellos, las gallinas, en rueda, seguían las peripecias del combate, ignorantes del motivo que podrían haber tenido para andar tan enojados.

Y cuando, ensangrentados, ambos dejaron de combatir y se retiraron, rodeado cada uno de las gallinas que más quería, éstas, tímidas, les preguntaron por qué habían peleado con tanto encarnizamiento.

Y cada uno por su lado, erguido, contestó : — «Porque tenemos púas».

De la cintura á la mano salta solo el cuchillo; mejor dejarlo en casa.

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XXXIX.

El gato montes y la nutria

La nutria aseguró un día al gato montes que podría ella pescar muchos más peces de lo que hacía, y que, sí se contentaba con pescar solólos que necesitaba para su consumo, era porque no sabía donde guardarlos. Confesó que le daba lástima tener que desperdiciar tanta riqueza, pero que todavía le parecía mejor dejar vivos los peces que tirarlos sin provecho para nadie. Asimismo suspiró:

— «¡Cuánto siento no poder guardar algo de lo que hoy podría economizar para cuando la vejez me impida trabajar!»

El gato, á quien tanto gusta el pescado y

que casi nunca puede lograrlo, al momento

comprendió qué horizontes se abrían ante él, y dijo:

— « ¿ Podría usted cazar los peces sin matarlos ?

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— ¡ Cómo no ! - contestó la nutria; — casi sin lastimarlos.

— Bien; entonces, dijo el gato, hagamos un negocio. Conozco yo iin vivero natural, escondido entre las rocas, inaccesible para los pescadores, á donde me comprometo á llevar los pescados que usted me entregue; y allá se reproducirán de tal modo que cuando la vejez le impida trabajar, usted tendrá á mano pescado para toda la vida.

— ¿De veras, se reproducirán tanto?

— ¡Quién lo duda! — contestó el gato con el entusiasmo arrebatador de un cuentero del tío. ¡Ciento por ciento! y garantido por mi — exclamó, no sin orgullo.»

La nutria quedó convencida; la ilusión embriaga, y contentándose con esa garantía que tan generosa como verbalmente le daba el gato, empezó á entregarle con regularidad, cada dia, el más lindo pescado de los que había tomado. El gato se lo llevaba; se internaba en el monte, y ¡quien, entonces, lo hubiera visto almorzar!

Cuando asomó la vejez, la nutria quiso conocer el vivero y empezar á aprovechar su reserva de pescados que el gato siempre le ponderaba.

Pero, un día con un pretexto, otro día con otro, el gato siempre prorrogaba la inaugura-

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ción, y cuando ya no le fué más posible de echarse atrás, desapareció.

La nutria se convenció, algo tarde, de que cuanto más fuerte es el interés, menos seguro está el capital.

XL.

Los gatitos en la escuela

Una gata vieja, experimentada profesora, con los anteojos bien asentados en la ñata, explicaba á toda una aula de gatitos que era muy feo el mentir; que un gatito bien educado nunca debía robar la leche; que era un gran pecado el ser goloso, y que si era muy bien el cazar lauchas y aun comerlas, se debía evitar en lo posible hacerlas sufrir inútilmente, como lo solían hacer tantos gatos chicos y grandes.

Y la maestra agregó:

— «Bien segura estoy de que nunca, en casa de sus padres, ninguno de ustedes ha visto tan malos ejemplos . . .

— ¡Nunca, jamás! señorita, exclamaron á la vez todos los gatitos.

— Bien — dijo la maestra; — pero puede ser que, por casualidad, los hayan visto en otras partes. . .

— ¡ Si, señorita, lo hemos visto! — gritaron.

— ¡Oh! ¿y donde? — preguntó la gata, con una sonrisa.

— En casa de fulano, señorita.»

Y cada gatito nombró la familia de algún otro alumno.

Los ojos á la casa del vecino, las espaldas á la propia.

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XLI.

El toro y la argolla

Un toro, de abolengo regular no más, había nacido con nn genio temible. Desde chico, todo lo volteaba en el tambo y en el pesebre; nadie se le podía acercar, y el amo, al verlo tan indomable, desesperaba de poderlo jamás

preparar para la venta.

Pero se le ocurrió, un día, hacerle ver que todos los toros más finos del rodeo tenían de adorno una argolla en la nariz; y hasta le dejó entender, mintiendo, que era de oro y que era la señal para distinguir á la torada decente de la de medio pelo.

El toro, que ya se disponía á cornear, se contuvo, miró, observó y vio que era cierto, y se quedó quieto durante un rato para per-

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initir que el amo le colocase á él también la argolla. Cuando la tuvo puesta, quiso seguir embromando, pero sintió que de la argolla, á cada gesto, lo tironeaban y tanto le dolia que pronto tuvo que aflojar y someterse. La lisonja es un gran domador.

XLII.

Los dos carneros

Dos carneros, en una majada, celosos y peleadores, habian criado uno para con el otro un odio tremendo. No se podian ver ; hablaban pestes uno de otro y no se podian encontrar sin soltarse alguna groseria ó por lo menos una ojeada de esas que morderían si los ojos tuvieran dientes.

Asimismo nunca se habian atrevido á pelear uno con otro, y quizá por no haberse desear-

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gado la tormenta, era que andaba tan pesada la atmósfera.

Un día, por fin, reventó. Una palabra más fuerte, una mirada más insultante, ó quiza sencillamente el viento norte, y se desplomó una tempestad de topadas.

¡Y fuertes! no de esas topaditas de carnero mocho que son de pura parada, sino topadas de carneros aspudos, que suenan y duelen. Al fin, ambos se cansaron sin haber cedido ninguno; y desde "entonces mantuvieron entre sí una amistad inviolable y hasta edificante por lo desinteresada que era.

De la topada, la amistad.

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