Fábulas argentinas · Unidad 2 de 22

Unidad de lectura 2

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Uno de los muchachos, entonces, para calmar el hambre, se trepó en las ramas altas y quiso comer la fruta del arból. Se dio cuenta de que aquello no era fruta, ni cosa parecida.

— ¡Hermoso árbol!— dijo entonces el padre, — para los pintores y los poetas. Pero no pro- / duce fruta, su leña no sirve, y su sombra hxj dejaría florecer nuestro humilde jardín.

Orgulloso, inútil y egoísta; más bien dejarlo solo. Vamonos á otra parte.

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' X. La vizcacha y el pejerrey.

Una \izcacha, buena persona sin duda, pero algo corta de vista j de ingenio, andaba un dia, á la oración, buscándose la vida en las riberas de un arroyo. Al mirar las aguas, quedó de repente asombrada: le había parecido ver moviéndose en ellas, un ser vivo, lindo, al parecer, ágil, plateado. Pronto se convenció de que efectivamente asi era, y que un animal vivía de veras en el elemento liquido.

Si su primer movimiento había sido de asombro, el segundo fué de compasión. Llamó al animalito que había visto en el agua, y éste, un lindo pejerrey, no se hizo derogar para venir á conversar un rato (todos saben cuánto les gusta conversar á los pescados) y sacó afuera del agua su cabecita brillante.

Después de los saludos acostumbrados entre gente decente, doña Vizcacha le manifestó al pejerrey cuánto sentía ver á tan gentil caballero, condenado á vivir de modo tan cruel,

— Vivir en el agua — decía, — ¡que barbaridad! gij esa, cosa tai^ fría, ^lY cómo es que no sg

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ahoga usted? ¿y, qué es lo que come? ¿y dónde se aloja la familia? ¿Donde está su cueva? Debe de ser una vida de grandes sufrimientos y de grandes penurias ¿no es cierto?— le decía.

— Señora — le contestó el pejerrey, — agradezco el interés que usted me demuestra ; pero no crea usted que lo pasemos tan mal en el agua. No somos de los peor servidos. El agua le parece fría; para nosotros es apenas fresca. Tenemos en ella abundante mantención. Pocos enemigos nos persiguen, y vivimos aquí muy bien, señora. Y dígame usted ¿es cierto que vive en una cueva?

— ¡Como no! — dijo la Vizcacha.

— Esto sí, debe de ser penoso, — interrumpió el pejerrey. ¡Qué triste vida debe de ser la de ustedes! vivir en obscuridad tan profunda. ¡No cambiaría con usted, señora!

Y zabulléndose, dejó á la vizcacha con cierta sospecha de que, para ser feliz, cada cual tiene que vivir en su elemento.

XI.

Flor de cardo.

El rayo del sol rajaba la tierra.

Una planta de cardo, ya casi seca, luchaba para conservar, un rato más, en su seno, á sus hijitos alados, prontos, en su inexperiencia juvenil, á dejarse llevar hacia lo desconocido, por el primer soplo que pasara, que fuera céfiro ó fuera ráfaga.

! Hijos, hijos mios! — decía la planta; — escuchen á su madre querida. No se alejen del hogar paterno. Las alitas que tienen ustedes pueden, cuando más, impedir que se golpeen al caer; pero no son las alas del águila para afrontar las tempestades, ni las de ia paloma incansable viajera.

Escuchaban, y con todo, se les iban hinchando las alitas ; asomaban por las rendijas de la corola, abriéndolas más y más, y la pobre madre, sin fuerzas, ya, inclinaba poco á poco la cabeza, resignada.

Una de las impacientes semillitas cayó. Antes que tocara el suelo, un airecito embalsa-

ttiado se la llevó, amoroso, enipiijándiola despació hacia el cielo azul, y Cuando dejó de soplar, lo que fué muy pronto, cayó la semillita alada en un charco fangoso, donde desapareció.

Otras se las llevó un viento más fuerte, prometiéndolas la fortuna, campos hermosos y ricos, donde prosperarían, y de los cuales su numerosa prole, sin duda, podría gozar.

Y las echó por delante, en vertiginosa carrera, arreándolas hacia tierras destinadas al arado, donde no pudieron arraigar, siempre perseguidas, removidas y destruidas.

Quedaban algunas sextillas aladas, listas para tomar vuelo, cuando sopló, en medio de relámpagos y truenos, un terrible ventarrón, llamándolas á la gloria, á conquistar tierras lejanas, gritaba; y las arrebató, entusiasmadas.

Pronto, despavoridas por el trueno, empapadas por la lluvia, atropelladas por el granizo, golpeadas, cayendo y levantándose, llegaron á campos desiertos y pobres, donde fueron presa de los pájaros hambrientos y del fuego destructor. . .

Una sola semillita quedaba con la madre moribunda, y cuando ésta cayó al suelo, quebrada por la tempestad, allí mismo quedó ella: allí brotó, prosperó y se multiplicó.

En el rinconcito familiar había encontrado, sin abrir sus alas, la felicidad.

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XII.

El gato montes.

En las islas del Paraná, acurrucado en una rama de sauce que formaba puente encima del agua, un gato montes, en acecho, espiaba las idas y venidas de los pescados del arroyo. Se venian, jugueteando, á poner al alcance de sus uñas ;;muclios pescaditos, entre chicos y medianos; pero hacía frío, y el gato vacilaba en mojarse, dándose á si mismo por excusa de su ^ indecisión, que era mejor esperar que se pusiese á tiro algún pescado que valiera la pena.

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Aparecieron varios de muy buen tamaño, pero el gato no los cazó, porque sólo estiró las uñas hasta rozar el agua, y las retiró en seguida, friolento.

De repente, salta á veinte metros de allí un magnífico dorado, y ve el gato que se dirige hacia él, nadando. Alarga las uñas y se prepara.

Viene deslizándose suavemente el pescado; ya está á tiro. El gato todavía titubea, detiene la manotada; y mientras tanto, pasa el dorado abajo del pnentecillo; se da vuelta el gato para cazarlo por detrás; el pescado se aleja. «!Ya! ¡ya!» piensa el gato; y estira las uñas, abre la mano, extiende la pata, se abalanza todo, pierde el equilibrio y se toma un soberbio baño de cuerpo entero, sin poder, por supuesto, ni tocar al dorado.

Al irresoluto, todo le sale porrazo.

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XIII.

El trigo.

Asomaba el sol primaveral, y bajo sus caricias iba madurando el trigal inmenso. Los granos hinchados, gruesos, pesados, apretados en la ^espiga rellena, hacian inclinar los tallos, débileá para tanta riqu'^'^ca, y el trigal celebraba en murmullo suave su naciente prosperidad.

A sus pies, una vocecita también la alababa con entusiasmo. Era la oruga que, para probar su sinceridad, atacaba con buen apetito los tallos. Xlegó una bandada de palomas, y exclamaron todas : « ¡ Qué lindo está ese trigo ! » y el trigal no podia menos que brindarlas un opíparo festín, en pago de su excelente opinión.

Y vinieron también numerosos ratones, mal educados y brutales, pero bastante zalameros para que el trigal no ¡pudiera evitar de proporcionales su parte.

Después vinieron á millares, mixtos graciosos, pero chillones y cargosos, que iban de un

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lado para otro, probando el grano y dando su apreciación encomiástica.

Y no faltaron gorriones y chingólos que, con el pretexto de librar al trigal de sus parásitos, lo iban saqueando.

Y cuando el trigo vio á lo lejos la espesa nube de la langosta que lo venia también á felicitar, se apresuró en madurar y en esconder el grano.

La prosperidad, á veces, trae consigo tantas amistades que se vuelven plaga.

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XIV.

El caballo asustadizo

Un caballo qneria mucho á su amo; también lo quería mucho éste á él, porque era bueno y guapo, y siempre hubieran vivido en la más perfecta armonía, si el caballo no hubiera sido tan asustadizo.

Una rama meneada por el soplo de la brisa; un cuis disparando entre las pajas; un térú que de pasada lo rozase con el ala; la sombra de una nube, el ladrido de un perro, el chillido del viento, todo era pretexto para que se espantara, cortara huascas y disparara.

Un animal bueno, pero enloquecido por el miedo.

Un día, iba montado por su amo, ambos medio perdidos en los sueños que tan corridamente nacen, se desvanecen y se renuevan con el suave hamaqueo del galope, cuando de re-

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pente toparon con nna osamenta colocada en en el mismo medio de la senda que seguían y tapada por yuyos altos.

Fué cosa ligera: el caballo pegó una espantada tal, que volteó sin remedio al amo en la zanja, y emprendió la carrera como perseguido por la misma osamenta. En la disparada loca, enceguecido por el miedo, sin tener otra idea que la de huir, huir lejos, huir siempre, puso la mano en una cueva de peludo y se mancó; se llevó por delante un alambrado de púa, dio vuelta de carnero, cayó del otro lado, torciéndose el pescuezo y lastimándose todo; cruzó cerca de un rancho, y los perros lo siguieron hasta morderle las patas; al querer escapar de ellos, atravesó á toda carrera un charco pantanoso donde pisó mal y se desortijó, y cuando por fin llegó, sin saber cómo, á las casas, manco, rengo, ensangrentado, medio descogotado, y sin el recado, sembrado por todas partes, el amo, furioso, le pegó una soba de mil rabias.

No hay peor consejero que el miedo, y á cualquier peligro, aunque no sea más que con bufidos, siempre hay que hacerle frente.

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XV.

Concurso de belleza

Decidieron Iop animales abrir un concurso de belleza: se fijaron día y condiciones, y se publicó la lista de los premios ofrecidos.

Él día señalado, acudieron á la cita los candidatos ; y los miembros del jurado comprobaron con sorpresa que todos los animales, sin excepción, se habían presentado para disputar el premio.

Empezaron á indagar los motivos de semejante unanimidad, pues les parecía que entre los competidores, algunos había que no podían ni remotamente contar con los sufragios de los jueces y que el jurado iba á tener un trabajo por demás ingrato.

Preguntaron, por ejemplo, al elefante, qué era lo que lo impulsaba á concurrir:

«Pero toda mi persona, contestó él; el conjunto

de talles: mi masa imponente; mi trompa tan

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larga y tan elegante ; mi cuero tan i ngoso que no hay otro igual ; y mi colita tan bonita, y mis ojos tan pequeños y mis oreja-! tan anchas. »

Todo lo que era de él le parecía perfecto. Y lo mismo pasó con los demás, sin contar que nunca era lo que á los jurai los parecía digno de mayor aprecio la que á c ada cual de los competidores más le agradara. El pavo real, por cierto, era orgulloso del esplendor de su cola, pero, más que todo, recomendó á los jueces la suavidad de su canto ; el perro ñato ponderó lo chato de su hocico, lo mismo que el elefante habia ponderado lo largo de su trompa, y el zorro no dejó de llamar la atención sobre lo puntiaguda que era su nariz, asegurando que esto era el verdadero colmo de la belleza.

El avestruz quería que todos admirasen lo corto de sus orejas, y el burro sacudía las suyas para hacer valer su tamaño, tanto que el jurado tuvo que aplazar el concurso hasta que entrase — dijo — un poco de juicio en las cabezas, como quien dice: por tiempo indeterminado.

XVI. Patrón rico.

Un caballo tenía para sí solo todo un potrero bien cercado, de riquísimos pastos, con un buen retazo de alfalfa siempre verde, y, en un rincón, varias parvas de heno. En el galpón donde dormía, tenía además, á su disposición y para su consumo, una pila de bolsas de maíz.

Era soltero, y por supuesto vivía en medio de extrema abundancia, no por codicia, sino porque asi era, no más, por un favor de la Fortuna. Era bueno y servicial, por lo demásj es'-e señor caballo, y un día que un ratón le vino á pedir un poco de maíz para su señora que estaba enferma, le dio permiso para tomar lo que necesitase, pensando que un animal ian pequeño no podía comer mucho ; y no quiso siquiera aceptar la promesa de pago que le quería firmar el ratón.

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Este, al volver á su casa, encontró al cuis, su amigo íntimo, y entre agradecido é irónico, le contó la cosa, diciéndole :

«Y tú ¿por qué no vas? Pedíle licencia para estar en el campo y te la va á dar. Poco le cuesta; ¡es tan rico! »

Fué el cuis ; ofreció pagar arrendamiento ; pero el caballo no aceptó y le dio licencia, no más.

Y el cuis aconsejó á la vizcacha que fuera también, pues era tan rico el patrón que seguramente no le negaría campo. La vizcacha pensó que sin pedir nada, bien se podía establecer allí, y así lo hizo, sin que el caballo, bonachón y rico, le pusiera obstáculo.

La cabra se coló un día entre los alambres y fué á visitar al caballo, queriendo, decía, comprarle un poco de pasto verde; el caballo la convidó á comer y puso á su disposición su retazo de alfalfa.

Pronto la cabra llamó á las ovejas, sus compañeras, y á fuerza de pasar por el alambrado, le abrieron un portillo por el cual pudo entrar la vaca; el ternero no podía quedar afuera, y también se hizo baqueano para entrar y salir.

Y toda esta gente comía, destrozaba, vora-

ceaba, ensuciaba, pelaba el campo, volcaba el

maíz, deshacía las parvas, siempre muy zala-

-meros todos con el caballo, á quien llamaban

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patrón, ponderando su riqueza. «¡Es muy rico el patrón!»

Pero cuando llegó el invierno, se encontró el caballo con que le habían acabado el maiz, que casi no le quedaba .pasto seco, que la alfalfa estaba pelada y todo el campo talado, y cuando uno de los intrusos se le vino con la santa palabra: « ¡ Bah; es usted tan rico, patrón ! » él, que ya se veía pobre, se enojó de veras, y lo puso* de patitas del otro lado del alambrado; y con todos se apuró en hacer lo mismo, — no sin bastante trabajo, — y en cerrar los portillos, sintiendo mucho haberlos dejado abrir.

No hay riqueza que Taiga, donde hay derroche.

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XVII.

El guacho.

Un cordero guacho, criado con toda clase de atenciones ? por las hijitas del pastor, vivía como un principe. Mantenido con leche á discreción, tampoco le faltaban golosinas, y con sólo venir balando, al momento conseguía que se ocupasen de él y le diesen mil cosas buenas: un terrón de azúcar, un pedazo de pan, granos de maíz, una zanahoria ó cualquier otra cosa de su agrado. Y aunque gordo á más no poder, siembre pedia y siempre le daban de todo á pedir de boca.

Asimismo, no podía ver pasar la majada sin dejar todo tirado, para correr á mezclarse con ella y atrepellar brutalmente á los corderos recién nacidos, quitándoles la teta materna y tratando de chuparse ,él solo toda la leche, con balidos tan quejumbrosos como si estuviera muerto dtf hambre.

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Hasta que un día, una oveja le preguntó si no tenia vergüenza, gordo como estaba y en estado de tan manifiesta prosperidad, de llorar asi por leche ; y el guacho le confesó ingenuamente lo que muchos, sin confesarlo, experimentan, que nada valia para él lo que tenía mientras veía que tuvieran algo también los demás.

El hombre sin envidia nunca es pobre de veras; ni rico de veras el envidioso.

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