Fábulas argentinas · Unidad 3 de 22
Unidad 3 · XVIII.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XVIII.
El caballo y el buey.
Un buey y un caballo comian en el mismo potrero á su respectiva discreción. El buey comía ligero, buscando los sitios donde el pasto más alto le permitía alzar, en cada bocado, media carretillada; tragaba casi sin mascar y echaba cada panzada que daba miedo. Después se dejaba caer pesadamente en el suelo, y durante las horas, rumiaba tranquilo.
El caballo también comía á su gusto, pero sólo cuando no lo tenían ensillado ; y aunque se hubiese apurado entonces, de día y de noche, no hubiese alcanzado á comer ni la mitad de lo que el buey, en unas pocas horas, alzaba: y comparando los servicios prestados por ambos, no podía menos de pensar que poca cuenta tenía que hacer al amo el mantener á aquel haragán comilón.
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Pero el amo, un día, se llevó el buey que, de gordo, apenas podía caminar; y preguntó el caballo á un chimango que, desde un poste del alambrado, seguía con interés la operación, á dónde llevaban á su compañero.
—« Al matadero, pues— chilló alegremente el chimango ; — ¿ no ve que está de gtasa? ¡qué almuerzo voy á hacer!»
Y el caballo comprendió que hay, en esta vida, varios modos de pagar el gasto.
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XIX.
El zorro y el ñandú.
Don Juan había pasado la noche, de agregado, en una vizcachera. Las hu.éspedas que lo habían alojado poco suelen carnear, y como á este caballero la verdura no le gusta, estaba en ayunas y se disponía á dar una vuelta, á ver si cazaba alguna perdiz ó cualquier otra cosa.
Al asomar el hocico, divisó entre las pajas, brillantes aún de rocío, una bandada de charitas que jugueteaban. Sus ojos echaron chispas y se relamió el hocico; pero viendo que también estaban los padres, volvió á esconder la lengua.
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Es que el ñandú es terrible cuando tiene pichones y que bien sabe don Juan que no es tarea fácil el cazarlos.
Con todo, se fué avanzando despacio, estirando entre las matas de paja la panza hueca, has^a muy cerca de los charas, y ya calculaba el brinco que iba á pegar, ( uando el macho, viéndolo, se abalanzó sobre él, mientras la madre arreaba á su prole, aleteando y silbando.
Huir le hubiera gustado al zorro, pero no tuvo tiempo ; en cuatro trancos, el avestruz habia estado encima de él, pegándole patada^. Lo mejor, en este trance, era hacerse el muerdo, y recibir con toda filosofía las zancadas que no se podían evitar ni devolver, y reflexionando el zorro que, si se mueve, el otro lo mata de veras, quedó tan inmóvil que el avestruz lo cre^^ó muerto y fué á juntarse con la familia. Medio abombado por los golpes, el zorro quedaba tendido, esperando un momento favorable para apretarse el gorro, cuando vio que poco a poco volvía á acercarse á él la bandada de charas. Cerró los ojos y quedó tieso. El sol empezaba á calentar y las moscas vinieron á cerciorarse de si era cadáver ó no. Los charas, al ver las moscas, corrieron ávidos hacia él, y el padre los dejó ir, impidiendo que la madre, todavía inquieta, los detuviera, pues
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experimentaba cierta satisfacción de que vieran de cerca sus hijos al muerto que él había hecho, en defensa de ellos.
De repente saltó el finado, agarró un chara y se lo llevó disparando hasta la vizcachera, alcanzando sólo el padre á darse cuenta de la catástrofe cuando no podía más que patalear de rabia en la boca de la cueva.
Hay pillos capaces, si se descuidan con ellos un rato, de llevarse robado, después de muertos, hasta el cajón fúnebre.
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XX.
El caracol
Un caracol viejo arrastrábase penosamente
Siempre trae conmigo la vejez muchos des. perfectos en los seres, y los mismos caracoleno pueden escapar á esa ley de la naturaleza Estirando los cuernos para buscar su caminos hacia con el pescuezo esfuerzos inauditos para trepar, con la casa encima, hasta una hoja de parra donde pensaba almorzar.
Más que todo, parecía causarle gran dolencia una abolladura, cicatrizada pero ancha y profunda, que tenia en la cascara, y que forzosamente le tenía que apretar en parte el cuerpo.
Unos caracolitos que lo estaban mirando, buenos muchachos, pero de poca reflexión, como casi todos los caracolitos, le dijeron al pasar:
— «Pero, abuelito caracol, ¿porqué no cambia usted su cascara por una nueva? Le debe de hacer sufrir mucho esa abolladura que tiene.
— Hijitos — les contestó, — esta abolladura, és
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cierto, afea mucho mi casa y me hace sufrir bastante; pero cambiar sería peor, y hasta creo que el desgarro que me causaría la mudanza me sería fatal.
En casa vieja todas son goteras, pero en casa nueva los viejos poco duran.»
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XXI.
El avestruz Jy la \ perdiz.
Un avestruz, las alitas hinchadas y el pescuezo estirado,^' recorría la Pampa como despavorido, yendo y viniendo por todos lados.
Se acercaba la j^rimavera, y por todas partes, se veían teros, patos y perdices, palomas y demás pájaros aprontando los nidos, afana-
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dos en prej)arar todo lo necesario para la próxima empolladura.
Todos se admiraban de las correrías del avestruz, y como no las entendían, pensaban lo que cuando no se entiende se piensa, que se había vuelto loco. Como don Churri es persona de mal genio, nadie se atrevía á preguntarle que motivo tenia para correr así, en vez de acordarse, como la demás gente, de la estación que empezaba y de la nueva familia que había que formar.
Sólo una martineta con quien estaba en muy buenas relaciones, un día, le dejó entender que su conducta daba mucho que hablar. El ñandú le contestó que más extraña era la conducta de todos los demás pájaros que, sin ton ni son, sin saber lo que hacían, iban edificando nidos en todas partes y poniendo huevos sin contar.
— «Que así lo haga la gallina — dijo, — todavía se comprende, porque si algo le falta, el hombre se lo da (y ya se sabe por qué ); pero
nosotros, los pájaros silvestres, sin más recursos que los que nos proporciona"^ la naturaleza, debemos ser previsores y pensar en el porvenir. Este año es de sequía: poco pasto va á haber, y antes de formar familia, me parece necesario ver primero á donde podré llevar á mis esposas, para mantenerlas bien, y cuántas podré mantener, y cuántos pichones
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podrá criar cada una. Y por esto es que, antes de decidirme, estudio el asunto.»
Sistema recomendable, éste, de calcular los recursos antes de empezar á gastar.
XXII.
El loro y el hornero
Un loro, de estos que por tal que hablen, les parece que dicen algo, y que más fuerte gritan, más creen que los entienden, iba por todas partes, diciendo que su nido estaba deshecho sin compostura, y tan sucio que ya no se podía vivir en él.
El hornero, que tanto trabajo se da para edificar su casa, que siempre la va componiendo, arreglando y limpiando, extrañaba que pudiera uno hablar tan mal de su propio nido y un día, le preguntó al loro porqué más bien no trataba de componer el suyo.
— «Si no tiene compostura, amigo, — le contestó el loro; — si esto no tiene remedio. Los loros somos así; ya que hemos hecho algo, lo destruimos; nuestra raza es una raza ruin, — y mil cosas parecidas.
— Haces mal, loro, en hablar así de tu hogar; y de los tuyos — le dijo el hornero; — seria mejor, por cierto, no ensuciar, ni destruir tu nido; pero todo mal tiene compostura, menos para él que se figura que no la tiene. Ya que no puedes corregir los defectos de tu nido; escóndelos siquiera y no metas tanta bulla para hacerlos conocer de todos.»
Nunca debe pensar nadie, ni menos decirlo, que haya mejor casa, mejor familia, mejor patria que la propia.
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