Fábulas · Unidad 8 de 24

LIBRO CUARTO — parte 2

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Despeñado un Torrente De un encumbrado cerro[249], Caía en una peña, Y atronaba el recinto con su estruendo. Seguido de ladrones Un triste pasajero, Despreciando el ruido, Atravesó el raudal sin desaliento; Que es común en los hombres Poseídos del miedo, Para salvar la vida, Exponerla tal vez á mayor riesgo. Llegaron los bandidos, Practicaron lo mesmo[250] Que antes el caminante, Y fueron en su alcance y seguimiento. Encontró el miserable De allí á muy poco trecho Un río caudaloso[251], Que corría apacible y con silencio. Con tan buenas señales, Y el próspero suceso Del raudal bullicioso, Determinó vadearle sin recelo; Mas apenas dió un paso, Pagó su desacuerdo[252], Quedando sepultado En las aleves aguas sin remedio _Temamos los peligros_ _De designios secretos;_ _Que el ruidoso aparato,_ _Si no se desvanece, anuncia el riesgo_[253].

FÁBULA XXV

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El León, el Lobo y la Zorra.

Trémulo y achacoso[254] Á fuerza de años un León estaba: Hizo venir los médicos ansioso, Por ver si alguno de ellos le curaba. De todas las especies y regiones Profesores llegaban á millones. Todos conocen incurable el daño, Ninguno al rey propone el desengaño; Cada cual sus remedios le procura, Como si la vejez tuviese cura. Un Lobo cortesano, Con tono adulador y fin torcido, Dijo á su soberano: --He notado, señor, que no ha asistido La Zorra, como médico, al congreso; Y pudiera esperarse buen suceso De su dictamen en tan grave asunto.-- Quiso su Majestad que luego al punto Por la posta viniese: Llega, sube á palacio; y como viese Al Lobo su enemigo, ya instruída De que él era el autor de su venida, Que ella excusaba cautelosamente, Inclinándose al rey[255] profundamente, Dijo:--Quizá[256], señor, no habrá faltado Quien haya mi tardanza acriminado; Mas será porque ignora Que vengo de cumplir un voto ahora, Que por vuestra salud tenía hecho; Y para más provecho, En mi viaje traté gentes[257] de ciencia Sobre vuestra dolencia. Convienen pues los grandes profesores En que no tenéis vicio en los humores; En que sólo los años han dejado El calor natural algo apagado; Pero éste se recobra y vivifica, Sin fastidio, sin drogas de botica, Con un remedio simple, liso y llano, Que vuestra Majestad tiene en la mano. Á un Lobo vivo arránquenle el pellejo; Haced que os lo apliquen al instante, Y por más que estéis débil, flaco, viejo, Os sentiréis robusto y rozagante, Con apetito tal, que sin esfuerzo, El mismo Lobo os servirá de almuerzo. Convino el rey, y, entre el furor y el hierro, Murió el infeliz Lobo como un perro. _Así viven y mueren cada día_ _En su guerra interior los palaciegos_[258], _Que con la emulación rabiosa ciegos,_ _Al degüello se tiran á porfia._ _Tomen esta lección muy oportuna:_ _Lleguen á la privanza, en hora buena;_ _Mas labren su fortuna_ _Sin cimentarla en la desgracia ajena._

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