Facundo · Unidad 30 de 43
CAPÍTULO PRIMERO — parte 1
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GOBIERNO UNITARIO
No se sabe bien por qué es que _quiere gobernar_. Una sola cosa ha podido averiguarse, y es que está poseído de una furia que lo atormenta: _¡quiere gobernar!_ Es un oso que ha roto las rejas de su jaula, y desde que tenga en sus manos _su gobierno_, pondrá en fuga a todo el mundo. ¡Ay de aquél que caiga en sus manos! No lo largará hasta que expire bajo _su gobierno_. Es una sanguijuela que no se desprende hasta que no está repleta de sangre.
LAMARTINE.
He dicho en la introducción de estos ligeros apuntes que, para mi entender, Facundo Quiroga es el núcleo de la guerra civil de la República Argentina y la expresión más franca y candorosa de una de las fuerzas que han luchado con diversos nombres durante treinta años. La muerte de Quiroga no es un hecho aislado ni sin consecuencias; antecedentes sociales que he desenvuelto antes la hacían casi inevitable; era un desenlace político, como el que podría haber dado una guerra.
El gobierno de Córdoba, que se encargó de consumar el atentado, era demasiado subalterno entre los que se habían establecido, para que osase acometer la empresa con tanto descaro, si no se hubiese creído apoyado de los que iban a cosechar los resultados. El asesinato de Quiroga es, pues, un acto _oficial_, largamente discutido entre varios Gobiernos, preparado con anticipación, y llevado a cabo con tenacidad como una medida de Estado. Por lo que con su muerte no queda terminada una serie de hechos que me he propuesto coordinar, y para no dejarla trunca e incompleta, necesito continuar un poco más adelante en el camino que llevo, para examinar los resultados que produce en la política interior de la República, hasta que el número de cadáveres que cubran el sendero ya sea tan grande, que me sea forzoso detenerme, hasta esperar que el tiempo y la intemperie los destruyan, para que desembaracen la marcha. Por la puerta que deja abierta el asesinato de Barranca-Yaco entrará el lector conmigo en un teatro donde todavía no se ha terminado el drama sangriento.
Facundo muere asesinado el 18 de febrero; la noticia de su muerte llega a Buenos Aires el 24, y a principios de marzo ya estaban arregladas todas las bases del Gobierno necesario e inevitable del comandante general de campaña, que desde 1833 ha tenido en tortura a la ciudad, fatigándola, angustiándola, desesperándola, hasta que la ha arrancado al fin entre sollozos y gemidos la _suma del Poder público_, porque Rosas no se ha contentado esta vez con exigir la dictadura, las facultades extraordinarias, etc. No; lo que pide es lo que la frase expresa: tradiciones, costumbres, formas, garantías, leyes, culto, ideas, conciencia, vida, haciendas, preocupaciones; sumad todo lo que tiene poder sobre la sociedad, y lo que resulte será la suma del poder público pedida. El 5 de abril la Junta de Representantes, en cumplimiento de lo estipulado, elige gobernador de Buenos Aires por cinco años al general don Juan Manuel Rosas, Héroe del Desierto, Ilustre Restaurador de las Leyes, Depositario de la Suma del Poder Público.
Pero no le satisface la elección hecha por la Junta de Representantes; lo que medita es tan grande, tan nuevo, tan nunca visto, que es preciso tomarse antes todas las seguridades imaginables, no sea que más tarde se diga que el pueblo de Buenos Aires no le ha delegado la _suma del Poder público_. Rosas, gobernador propone, a las Mesas electorales esta cuestión: ¿Convienen en que don Juan Manuel Rosas sea gobernador por cinco años, con la suma del Poder público? Y debo decirlo en obsequio de la verdad histórica, nunca hubo Gobierno más popular, más deseado ni más bien sostenido por la opinión.
Los unitarios, que en nada habían tomado parte, lo recibían al menos con indiferencia; los federales, _lomos negros_, con desdén, pero sin oposición; los ciudadanos pacíficos lo esperaban como una bendición y un término a las crueles oscilaciones de dos largos años; la campaña, en fin, como símbolo de su poder y la humillación de los _cajetillas_ de la _ciudad_. Bajo tan felices disposiciones, principiáronse las elecciones o ratificaciones de todas las parroquias, y la votación fué unánime, excepto tres votos que se opusieron a la delegación de la suma del Poder público. ¿Concíbese cómo ha podido suceder que en una provincia de cuatrocientos mil habitantes, según lo asegura la _Gaceta_, sólo hubiese tres votos contrarios al Gobierno? ¿Sería acaso que los disidentes no votaron? ¡Nada de eso! No se tiene aún noticia de ciudadano alguno que no fuese a votar; los enfermos se levantaron de la cama a ir a dar su asentimiento, temerosos de que sus nombres fuesen inscritos en algún negro registro, porque así se había insinuado.
El terror estaba ya en la atmósfera, y aunque el trueno no había estallado aún, todos veían la nube negra y torva que venía cubriendo el cielo dos años hacía. La votación aquella es única en los anales de los pueblos civilizados, y los nombres de los tres locos, más bien que animosos opositores, se han conservado en la tradición del pueblo de Buenos Aires.
Hay un momento fatal en la historia de todos los pueblos y es aquél en que, cansados los partidos de luchar, piden antes de todo el reposo de que por largos años han carecido, aun a expensas de la libertad o de los fines que ambicionaban; éste es el momento en que se alzan los tiranos que fundan dinastías e imperios. Roma, cansada de las luchas de Mario y de Sila, de patricios y plebeyos, se entregó con delicia a la dulce tiranía de Augusto, el primero que encabeza la lista execrable de los emperadores romanos.
La Francia, después del Terror, después de la impotencia y desmoralización del Directorio, se entregó a Napoleón que, por un camino sembrado de laureles, la sometió a los aliados que la devolvieron a los Borbones.
Rosas tuvo la habilidad de acelerar aquel cansancio, de crearlo a fuerza de hacer imposible el reposo. Dueño una vez del poder absoluto, ¿quién se lo pedirá más tarde, quién se atreverá a disputarle sus títulos a la dominación? Los romanos daban la dictadura en casos raros y por término corto fijo; y aun así, el uso de la dictadura temporal autorizó la perpetua, que destruyó la República y trajo todo el desenfreno del Imperio. Cuando el término del gobierno de Rosas expira, anuncia su determinación decidida de retirarse a la vida privada; la muerte de su cara esposa, la de su padre, han ulcerado su corazón; necesita ir lejos del tumulto de los negocios públicos a llorar a sus anchas pérdidas tan amargas. El lector debe recordar al oír este lenguaje en la boca de Rosas, que no veía a su padre desde la juventud, y a cuya esposa había dado días tan amargos, algo parecido a las hipócritas protestas de Tiberio ante el Senado romano. La Sala de Buenos Aires le ruega, le suplica que continúe haciendo sacrificios por la patria; Rosas se deja persuadir, continúa tan sólo por seis meses más; pasan los seis meses y se abandona la farsa de la elección. Y, en efecto: ¿qué necesidad tiene de ser electo un jefe que ha arraigado el poder en su persona? ¿Quién le pide cuenta temblando del terror que les ha inspirado a todos?
Cuando la aristocracia veneciana hubo sofocado la conspiración de Tiépolo en 1300, nombró de su seno diez individuos que, investidos de facultades discrecionales, debían perseguir y castigar a los conjurados, pero limitando la duración de su autoridad a sólo diez días. Oigamos al conde De Daru, en su célebre _Historia de Venecia_, referir el suceso: «Tan inminente se creyó el peligro--dice--, que se creó una autoridad dictatorial después de la victoria. Un consejo de diez miembros fué nombrado para velar por la conservación del Estado. Se le armó de todos los medios; librósele de todas las formas, de todas las responsabilidades; quedáronle sometidas todas las cabezas.
»Verdad es que su duración no debía pasar de diez días; fué necesario, sin embargo, prorrogarla por diez más, después por veinte, en seguida por dos meses; pero al fin fué prolongada seis veces seguidas por este último término. A la vuelta de un año de existencia se hizo continuar por cinco. Entonces se encontró demasiado fuerte para prorrogarse a sí mismo durante diez años más, hasta que fué aquel terrible tribunal declarado perpetuo. Lo que había hecho por prolongar su duración lo hizo por extender sus atribuciones. Instituído solamente para conocer en los crímenes de Estado, ese tribunal se había apoderado de la administración. So pretexto de velar por la seguridad de la República, se entrometió en la paz y en la guerra, dispuso de las rentas y concluyó por arrogarse el poder soberano»[37].
En la República Argentina no es un Consejo el que se ha apoderado así de la autoridad suprema: es un hombre, y un hombre bien indigno. Encargado temporalmente de las Relaciones Exteriores, depone, fusila, asesina a los gobernadores de las provincias que le hicieron el encargo. Revestido de la suma del Poder público en 1835 por sólo cinco años, en 1845 está aún revestido de aquel poder. Y nadie sería hoy tan candoroso para esperar que lo deje, ni que el pueblo se atreva a pedírselo. Su gobierno es de por vida, y si la Providencia hubiese de consentir que muriese pacíficamente como el doctor Francia, largos años de dolores y miserias aguardan a aquellos desgraciados pueblos, víctimas hoy del cansancio de un momento.
El 13 de abril de 1835 se recibió Rosas del gobierno, y su talante desembarazado y su aplomo en la ceremonia no dejó de sorprender a los ilusos que habían creído tener un rato de diversión al ver el desmayo y _gaucherie_ del gaucho. Presentóse de casaca de general, desabotonada, que dejaba ver un chaleco amarillo de cotonía. Perdónenme los que no comprenden el espíritu de esta singular _toilette_ el que recuerde aquella circunstancia.
En fin: ya tiene el gobierno en sus manos. Facundo ha muerto un mes antes; la ciudad se ha entregado a su discreción; el pueblo ha confirmado del modo más auténtico esta entrega de toda garantía y de toda institución. Es el Estado una tabla rasa en que él va a escribir una cosa nueva, original; él es un poeta, un Platón que va a realizar su república ideal según él ha concebido; es éste un trabajo que ha meditado veinte años, y que al fin puede dar a luz, sin que vengan a estorbar su realización tradiciones envejecidas, preocupaciones de la época, plagios hechos a la Europa, garantías individuales, instituciones vigentes. Es un genio, en fin, que ha estado lamentando los errores de su siglo y preparándose para destruirlos de un golpe. Todo va a ser nuevo, obra de su ingenio; vamos a ver este portento.
De la Sala de Representantes adonde ha ido a recibir el bastón, se retira en un coche _colorado_, mandado pintar exprofeso para el acto, al que están atados cordones de seda _colorada_ y a los que se uncen aquellos hombres que desde 1833 han tenido la ciudad en continua alarma por sus atentados y su impunidad; llámase la _Sociedad Popular_ y lleva el _puñal_ a la cintura, chaleco _colorado_ y una cinta _colorada_ en la que se lee: _Mueran los unitarios_. En la puerta de su casa le hacen guardia de honor estos mismos hombres; después acuden los ciudadanos, después los generales, porque es necesario hacer aquella manifestación de adhesión sin límites a la persona del Restaurador.
Al día siguiente aparece una proclama y una lista de proscripción, en la que entra uno de sus concuñados, el doctor Alsina. La proclama aquella, que es uno de los pocos escritos de Rosas, es un documento precioso que siento no tener a mano. Era un programa de su gobierno, sin disfraz, sin rodeos: _el que no está conmigo es mi enemigo_; tal era el axioma de política consagrado en ella. Se anuncia que va a correr sangre, y tan sólo promete no atentar contra las propiedades. ¡Ay de los que provoquen su cólera!
Cuatro días después la parroquia de San Francisco anuncia su intención de celebrar una misa y _Tedéum_ en acción de gracias al Todopoderoso, etc., etc., invitando al vecindario a solemnizar con su presencia el acto. Las calles circunvecinas están empavesadas, alfombradas, tapizadas, decoradas. Es aquello un bazar oriental en que se ostentan tejidos de damasco, púrpura, oro y pedrerías en decoraciones caprichosas. El pueblo llena las calles, los jóvenes acuden a la novedad, las señoras hacen de la parroquia su paseo de la tarde. El _Tedéum_ se posterga de un día a otro, y la agitación de la ciudad, el ir y venir, la excitación, la interrupción de todo trabajo dura cuatro, cinco días consecutivos. La _Gaceta_ repite los más mínimos detalles de la espléndida función.
Ocho días después otra parroquia anuncia su _Tedéum_; los vecinos se proponen rivalizar en entusiasmo y obscurecer la pasada fiesta. ¡Qué lujo de decoraciones; qué ostentación de riquezas y adornos! El retrato del Restaurador está en la calle en un dosel, en que los terciopelos _colorados_ se mezclan con los galones y las cordonaduras de oro. Igual movimiento por más días aún; se vive en la calle, en la parroquia privilegiada. Pocos días después, otra parroquia, otra fiesta en otro barrio. ¿Pero hasta cuándo fiestas? ¡Qué! ¿No se cansa este pueblo de espectáculos? ¿Qué entusiasmo es aquél, que no se resfría en un mes? ¿Por qué no hacen todas las parroquias su función a un tiempo? No; es el entusiasmo sistemático, ordenado, administrado poco a poco.
Un año después todavía no han concluído las parroquias de dar su fiesta; el vértigo _oficial_ pasa de la ciudad a la campaña, y es cosa de nunca acabar. La _Gaceta_ de la época está ahí ocupada año y medio en describir fiestas federales. El _retrato_ se mezcla en todas ellas, tirado en un carro hecho para él, por los generales, las señoras, los federales _netos_. «Et le peuple, enchanté d'un tel spectacle, enthousiasmé du _Tedéum_, chanté moult bien a Notre-Dame, le peuple oublia qu'il payait fort cher tout, et se retirait fort joyeux»[38].
De las fiestas sale al fin de año y medio el color _colorado_ como insignia de adhesión _a la causa_; el retrato de Rosas, colocado en los altares primero, pasa después a ser parte del equipo de cada hombre, que debe llevarlo en el pecho, en señal de _amor intenso a la persona_ del Restaurador. Por último, de entre estas fiestas se desprende al fin la terrible Mazorca, cuerpo de Policía entusiasta, federal, que tiene por encargo y oficio echar lavativas de ají y aguarrás a los descontentos primero, y después, no bastando este tratamiento flogístico, degollar a aquéllos que se les indique.
La América entera se ha burlado de aquellas famosas fiestas de Buenos Aires y mirádolas como el colmo de la degradación de un pueblo; pero yo no veo en ellas sino un designio político, el más fecundo en resultados. ¿Cómo encarnar en una República que no conoció reyes jamás la idea de la _personalidad de gobierno_? La cinta colorada es una materialización del terror que os acompaña a todas partes, en la calle, en el seno de la familia; es preciso pensar en ella al vestirse, al desnudarse, y las ideas se nos grava siempre por asociación. La vista de un árbol en el campo nos recuerda lo que íbamos conversando diez años antes al pasar por cerca de él, ¡figuráos las ideas que trae consigo asociadas la cinta colorada y las impresiones indelebles que ha debido dejar unidas a la imagen de Rosas!
Así, en una comunicación de un alto funcionario de Rosas he leído en estos días «que es un signo que su Gobierno ha mandado llevar a sus empleados en señal de conciliación y de paz». Las palabras _Mueran los salvajes_, _asquerosos_, _inmundos unitarios_, son por cierto muy conciliadoras, tanto, que sólo en el destierro o en el sepulcro habrá quienes se atrevan a negar su eficacia. La mazorca ha sido un instrumento poderoso de conciliación y de paz, y si no, id a ver los resultados y buscad en la tierra ciudad más conciliada y pacífica que la de Buenos Aires. A la muerte de su esposa, que una chanza brutal de su parte ha precipitado, manda que se le tributen honores de capitán general, y ordena un luto de dos años a la ciudad y campaña de la provincia, que consiste en un ancho crespón atado al sombrero con una cinta colorada. ¡Imagináos una ciudad culta, hombres y niños vestidos a la europea, _uniformados_ dos años enteros con un ribete colorado en el sombrero! ¿Os parece ridículo? ¡No! Nada hay ridículo cuando todos, sin excepción, participan de la extravagancia, y sobre todo cuando el azote o las lavativas de ají están ahí para poneros serios como estatuas si os viene la tentación de reiros.
Los serenos cantan a cada cuarto de hora: _¡Viva el ilustre Restaurador! ¡Viva doña Encarnación Ezcurra! ¡Mueran los impíos unitarios!_ El sargento primero, al pasar lista a su compañía, repite las mismas palabras; el niño al levantarse de la cama saluda al día con la frase sacramental. No hace un mes que una madre argentina, alojada en una fonda de Chile, decía a uno de sus hijos que despertaba repitiendo en voz alta: «¡Vivan los federales! ¡Mueran los salvajes, asquerosos unitarios!»: «Cállate, hijo, no digas eso aquí, que no se usa; ya no digas más, ¡no sea que te oigan!»
Su temor era fundado: ¡le oyeron! ¿Qué político ha producido la Europa que haya tenido el alcance para comprender el medio de crear la idea de la _personalidad_ del jefe del Gobierno, ni la tenacidad prolija de incubarla quince años, ni que haya tocado medios más variados ni más conducentes al objeto? Podemos en esto, sin embargo, consolarnos de que la Europa haya suministrado un modelo al genio americano. La mazorca, con los mismos caracteres, compuesta de los mismos hombres, ha existido en la Edad Media en Francia, en tiempo de las guerras entre los partidos de los Armagnac y del duque de Borgoña. En la _Historia de París_, escrita por La Fosse, encuentro estos singulares detalles: «Estos instigadores del asesinato, a fin de reconocer por todas partes los borgoñones, habían ya ordenado que llevasen en el vestido la cruz de San Andrés, principal atributo del escudo de Borgoña, y para estrechar más los lazos del partido, imaginaron en seguida formar una Hermandad bajo la invocación del mismo San Andrés. Cada cofrade debía llevar por signo distintivo, a más de la cruz, una corona de rosas... ¡Horrible confusión! ¡El símbolo de inocencia y de ternura sobre la cabeza de los degolladores!... ¡Rosas y sangre!... La sociedad odiosa de los _cabochiens_, es decir, la horda de carniceros y desolladores, fué soltada por la ciudad, como una tropa de tigres hambrientos, y estos verdugos sin número se bañaron en sangre humana»[39].
Poned en lugar de la cruz de San Andrés la cinta colorada; en lugar de las rosas coloradas, el chaleco colorado; en lugar de _cabochiens_, mazorqueros; en lugar de 1418, fecha de aquella Sociedad, 1835, fecha de esta otra; en lugar de París, Buenos Aires; en lugar del duque de Borgoña, Rosas, y tendréis el plagio hecho en nuestros días. La mazorca, como los _cabochiens_, se compuso en su origen de los carniceros y desolladores de Buenos Aires. ¡Qué instructiva es la Historia! ¡Cómo se repite a cada rato!...