Facundo · Unidad 31 de 43
CAPÍTULO PRIMERO — parte 2
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Otra creación de aquella época fué el _censo de las opiniones_. Esta es una institución verdaderamente original. Rosas mandó levantar en la ciudad y la campaña, por medio de los jueces de paz, un registro en el que se anotó el nombre de cada vecino, clasificándolo de unitario, indiferente, federal, o federal neto. En los colegios se encargó a los rectores, y en todas partes se hizo con la más severa escrupulosidad, comprobándolo después y admitiendo los reclamos que la inexactitud podía originar. Estos registros, reunidos después en la oficina de gobierno, han servido para suministrar gargantas a la cuchilla infatigable de la mazorca durante siete años.
Sin duda que pasma la osadía del pensamiento de formar la estadística de las opiniones de un pueblo entero, caracterizarlas según su importancia, y con el registro a la vista seguir durante diez años la tarea de desembarazarse de todas las cifras adversas, destruyendo en la _persona_ el germen de la hostilidad. Nada igual me presenta la Historia, sino las clasificaciones de la Inquisición, que distinguía las opiniones heréticas en malsonantes, ofensivas, de oídos piadosos, casi herejía, herejía, herejía perniciosa, etc., etc.; pero al fin la Inquisición no hizo el catastro de la España para exterminarla en las generaciones, en el individuo, antes de ser denunciado al Santo Tribunal.
Como mi ánimo es sólo mostrar el nuevo orden de instituciones que suplanta a las que estamos copiando de la Europa, necesito acumular las principales, sin atender a las fechas. La ejecución que llamamos _fusilar_ queda desde luego sustituída por la de _degollar_. Verdad es que se fusila una mañana 44 indios en una plaza de la ciudad, para dejar yertos a todos con esta matanza que, aunque de salvajes, era al fin de hombres; pero poco a poco se abandona, y el _cuchillo_ se hace el instrumento de la Justicia.
¿De dónde ha tomado tan peregrinas ideas de gobierno este hombre horriblemente extravagante? Yo voy a consignar algunos datos. Rosas desciende de una familia perseguida por _goda_ durante la revolución de la Independencia. Su educación doméstica se resiente de la dureza y terquedad de las antiguas costumbres señoriales. Yo he dicho que su madre, de un carácter duro, tétrico, se ha hecho servir de rodillas hasta estos últimos años; el silencio lo ha rodeado durante su infancia, y el espectáculo de la autoridad y de la servidumbre han debido dejarle impresiones duraderas.
Algo de extravagante ha habido en el carácter de la madre, y esto se ha reproducido en don Juan Manuel y dos de sus hermanas. Apenas llegado a la pubertad, se hace insoportable a su familia, y su padre lo destierra en una estancia. Rosas, con cortos intervalos, ha residido en la campaña de Buenos Aires cerca de treinta años; y ya el año 24 era una autoridad que las Sociedades industriales ganaderas consultaban en materia de arreglos de estancias. Es el primer jinete de la República Argentina, y cuando digo de la República Argentina, sospecho que de toda la tierra, porque ni un equitador ni un árabe tiene que habérselas con el potro salvaje de la Pampa.
Es un prodigio de actividad; sufre accesos nerviosos en que la vida predomina tanto, que necesita saltar sobre un caballo, echarse a correr por la Pampa, lanzar gritos desacompasados, rodar, hasta que, al fin, extenuado el caballo, sudando él a mares, vuelve a las habitaciones fresco ya y dispuesto para el trabajo. Napoleón y lord Byron padecían de estos arrebatos, de estos furores causados por el exceso de la vida.
Rosas se distingue desde temprano en la campaña por las vastas empresas de leguas de siembras de trigo que acomete y lleva a cabo con suceso, y sobre todo por la administración severa, por la disciplina de hierro que introduce en sus estancias. Esta es su obra maestra, su tipo de gobierno, que ensayará más tarde para la _ciudad_ misma. Es preciso conocer el gaucho argentino y sus propensiones innatas, sus hábitos inveterados. Si andando en la Pampa le vais proponiendo darle una estancia con ganados que lo hagan rico propietario; si corre en busca de la médica de los alrededores para que salve a su madre, a su esposa querida que deja agonizando, y se atraviesa un avestruz a su paso, echará a correr detrás de él, olvidando la fortuna que le ofrecéis, la esposa o la madre moribunda; y no es él sólo el que está dominado de este instinto: el caballo mismo relincha, sacude la cabeza y tasca el freno de impaciencia por volar tras del avestruz. Si a la distancia de diez leguas de su habitación el gaucho echa de menos su cuchillo, se vuelve a tomarlo, aunque esté a una cuadra del lugar adonde iba; porque el cuchillo es para él lo que la respiración a la vida misma.
Pues bien: Rosas ha conseguido que en sus estancias, que se unen con diversos nombres desde los cerrillos hasta el arroyo Cachagualefú, anduviesen los avestruces en rebaños, y dejasen, al fin, de huir a la aproximación del gaucho; tan seguros y tranquilos pacen en las posesiones de Rosas, y esto mientras que han sido ya extinguidos en todas las adyacentes campañas. En cuanto al cuchillo, ninguno de sus peones lo cargó jamás, no obstante que la mayor parte de ellos eran asesinos perseguidos por la Justicia. Una vez él, por olvido, se ha puesto el puñal a la cintura, y el mayordomo se lo hace notar; Rosas se baja los calzones y manda que se le den 200 azotes, que es la pena impuesta en su estancia al que lleva cuchillo.
Habrá gentes que duden de este hecho confesado y publicado por él mismo; pero es auténtico, como lo son las extravagancias y rarezas sangrientas que el mundo civilizado se ha negado obstinadamente a creer durante diez años. La autoridad ante todo; el respeto a lo mandado, aunque sea ridículo o absurdo; diez años estará en Buenos Aires y en toda la República haciendo azotar y degollar, hasta que la cinta colorada sea una parte de la existencia del individuo, como el corazón mismo. Repetirá en presencia del mundo entero, sin contemporizar jamás, en cada comunicación oficial: _¡Mueran los asquerosos, salvajes, inmundos unitarios!_, hasta que el mundo entero se eduque y se habitúe a oír este grito sanguinario, sin escándalo, sin réplica, y ya hemos visto a un magistrado de Chile tributar su homenaje y aquiescencia a este hecho, que, al fin, a nadie interesa.
¿Dónde, pues, ha estudiado este hombre el plan de innovaciones que introduce en _su gobierno_, en desprecio del sentido común, de la tradición, de la conciencia y de la práctica inmemorial de los pueblos civilizados? Dios me perdone si me equivoco, pero esta idea me domina hace tiempo: en la _Estancia de ganados_ en que ha pasado toda su vida, y en la Inquisición, en cuya tradición ha sido educado. Las fiestas de las parroquias son una imitación de la _hierra_ del ganado, a que acuden todos los vecinos; la _cinta colorada_ que clava a cada hombre, mujer o niño, es la _marca_ con que el propietario reconoce su ganado; el degüello a cuchillo, erigido en medio de ejecución pública, viene de la costumbre de _degollar_ las reses que tiene todo hombre en la campaña; la prisión sucesiva de centenares de ciudadanos sin motivo conocido y por años enteros, es el rodeo con que se dociliza el ganado, encerrándolo diariamente en el corral; los azotes por las calles, la mazorca, las matanzas ordenadas, son otros tantos medios de _domar_ a la _ciudad_, dejarla al fin como el ganado más manso y ordenado que se conoce.
Esta prolijidad y arreglo ha distinguido en su vida privada a don Juan Manuel Rosas, cuyas estancias eran citadas como el modelo de la disciplina de los peones y la mansedumbre del ganado. Si esta explicación parece monstruosa y absurda, denme otra; muéstrenme la razón por qué coinciden de un modo tan espantoso su manejo de una estancia, sus prácticas y administración, con el gobierno, práctica y administración de Rosas; hasta su respeto de entonces por la propiedad es efecto de que el gaucho gobernador _¡es propietario!_ Facundo respetaba menos la propiedad que la vida. Rosas ha perseguido a los ladrones de ganado con igual obstinación que a los unitarios. Implacable se ha mostrado su Gobierno contra los cuereadores de la campaña, y centenares han sido degollados. Esto es laudable, sin duda; yo sólo explico el origen de la antipatía.
Pero hay otra parte de la sociedad que es preciso moralizar, enseñar a obedecer, a entusiasmarse cuando _deba_ entusiasmarse, a aplaudir cuando _deba_ aplaudir, a callar cuando _deba_ callar. Con la posesión de la _Suma del Poder público_, la Sala de Representantes queda inútil, puesto que la ley emana directamente de la _persona_ del jefe de la República. Sin embargo, conserva la forma, y durante quince años son reelectos unos 30 individuos que están al corriente de los negocios. Pero la tradición tiene asignado otro papel a la Sala; allí Alcorta, Guido y otros han hecho oír en tiempo de Balcarce y Viamonte acentos de libertad y reproches al instigador de los desórdenes; necesita, pues, quebrantar esta tradición y dar una lección severa para el porvenir.
El doctor don Vicente Maza, presidente de la Sala y de la Cámara de Justicia, consejero de Rosas, y el que más ha contribuído a elevarlo, ve un día que su retrato ha sido quitado de la sala del Tribunal por un destacamento de la mazorca; en la noche rompen los vidrios de las ventanas de su casa donde ha ido a asilarse; al día siguiente escribe a Rosas, en otro tiempo su protegido, su ahijado político, mostrándole la extrañeza de aquellos procedimientos y su inocencia de todo crimen. A la noche del tercer día se dirige a la Sala, y estaba dictando al escribiente su renuncia, cuando el cuchillo que corta su garganta interrumpe el dictado. Los representantes empiezan a llegar, la alfombra está cubierta de sangre, el cadáver del presidente yace tendido aún; el señor Irigoyen propone que al día siguiente se reúnan el mayor número posible de rodados para acompañar debidamente al cementerio a la ilustre víctima. Don Baldomero García dice: «Me parece bien; pero... no muchos coches...; ¿para qué?» Entra el general Guido y le comunican la idea, a que contesta, clavándoles unos ojos tamaños y mirándolos de hito en hito: «¿Coches? ¿Acompañamiento? Que traigan el carro de la Policía y se lo lleven ahora mismo.--Eso decía yo--continúa García--. ¡Para qué coches!...» La _Gaceta_ del día siguiente anunció que los impíos unitarios habían asesinado a Maza. Un gobernador del interior decía, aterrado, al saber esta catástrofe: «¡Es imposible que sea Rosas el que lo ha hecho matar!» A lo que su secretario añadió: «Y si él lo ha hecho, razón ha de haber tenido»; en lo que convinieron todos los circunstantes.
Efectivamente, razón tenía. Su hijo, el coronel Maza, tenía tramada una conspiración en que entraba todo el ejército, y después Rosas decía que había muerto al anciano padre por no darle el pesar de ver morir a su querido hijo.
Pero aun me falta entrar en el vasto campo de la política general de Rosas con respecto a la República entera. Tiene ya su _gobierno_; Facundo ha muerto dejando ocho provincias huérfanas, unitarizadas bajo su influencia. La República marcha visiblemente a la unidad del Gobierno, a que su superficie llana, su puerto único, la condena. Se ha dicho que es federal, llámesela Confederación Argentina, pero todo va encaminándose a la unidad más absoluta; desde 1835 viene fundiéndose desde el interior en formas, prácticas e influencias. No bien se recibe Rosas del Gobierno en 1835, cuando declara, por una proclamación, que los _impíos unitarios_ han asesinado alevosamente al ilustre general Quiroga, y que él se propone castigar atentado tan espantoso, que ha privado a la Federación de su columna más poderosa. ¡Qué!...--decían abriendo un palmo de boca los pobres unitarios al leer la proclama--; ¡qué!... Los Reinafé, ¿son unitarios? ¿No son hechura de López? ¿No entraron en Córdoba persiguiendo el ejército de Paz? ¿No están en activa y amigable correspondencia con Rosas? ¿No salió de Buenos Aires Quiroga con solicitud de Rosas? ¿No iba un chasque delante de él, que anunciaba a los Reinafé su próxima llegada? ¿No tenían los Reinafé preparada de antemano la partida que debía asesinarlo?... Nada; los impíos unitarios han sido los asesinos, ¡y desgraciado el que dude de ello!... Rosas manda a Córdoba a pedir los preciosos restos de Quiroga, la galera en que fué muerto, y se le hacen en Buenos Aires las exequias más suntuosas que hasta entonces se han visto; se manda cargar luto a la _ciudad_ entera. Al mismo tiempo dirige una circular a todos los gobiernos, en la que les pide que lo nombren _a él_ juez árbitro para seguir la causa y juzgar a los impíos unitarios que han asesinado a Quiroga; les indica la forma en que han de autorizarlo, y por cartas particulares les encarece la importancia de la medida; los halaga, seduce y ruega. La autorización es unánime, y los Reinafé son depuestos y presos todos los que han tenido parte, noticia o atingencia con el crimen, y conducidos a Buenos Aires.
Un Reinafé se escapa y es alcanzado en el territorio de Bolivia; otro pasa al Paraná y más tarde cae en manos de Rosas, después de haber escapado en Montevideo, de ser robado por un capitán de buque. Rosas y el doctor Maza siguen la causa de noche, a puertas cerradas. El doctor Gamboa, que se toma alguna libertad en la defensa de un reo subalterno, es declarado impío unitario por un decreto de Rosas. En fin: son ajusticiados todos los criminales que se han aprehendido, y un voluminoso extracto de la causa ve la luz pública. Dos años después había muerto López de Santa Fe de enfermedad natural, si bien el médico mandado por Rosas para asistirlo recibió más tarde una casa de la Municipalidad, por recompensa de sus servicios al Gobierno.
Cullen, el secretario de López en la época de la muerte de Quiroga, y que a la de López queda de gobernador de Santa Fe, por disposición testamentaria del finado, es depuesto por Rosas y sacado al fin de Santiago del Estero, donde se ha asilado, y a cuyo gobernador manda Rosas una talega de onzas o la declaración de la guerra, si el amigo no entrega a su amigo. El gobernador prefiere las onzas; Cullen es entregado a Rosas, y al pisar la frontera de Buenos Aires encuentra una partida y un oficial que le hace desmontarse del caballo y lo fusila. La _Gaceta_ de Buenos Aires publicaba después una carta de Cullen a Rosas, en que había indicios claros de la complicación del gobierno de Santa Fe en el asesinato de Quiroga, y como el finado López, decía la _Gaceta_, tenía plena confianza en su secretario, ignoraba el atroz crimen que éste estaba preparando.
Nadie podía replicar entonces que si López lo ignoraba, Rosas no, porque a él era dirigida la carta. Ultimamente, el doctor don Vicente Maza, el secretario de Rosas y procesador de los reos, murió también degollado en la sala de sesiones; de manera que Quiroga, sus asesinos, los jueces de los asesinos y los instigadores del crimen, todos tuvieron en dos años la mordaza que la tumba pone a las revelaciones indiscretas. Id ahora a preguntar quién mandó matar a Quiroga. ¿López? No se sabe. Un mayor Muslera, de auxiliares, decía una vez en presencia de muchas personas, en Montevideo: «Hasta ahora he podido descubrir por qué me ha tenido preso e incomunicado el general Rosas durante dos años y cinco meses. La noche anterior a mi prisión estuve en su casa.
»Su hermana y yo estábamos sentados en un sofá, mientras que él se paseaba a lo largo de la sala, con muestras visibles de descontento.--¿A que no adivina--me dijo la señora--por qué está así Juan Manuel? Es porque me está viendo este ramito _verde_ que tengo en las manos; ahora verá--añadió tirándolo al suelo. Efectivamente, don Juan Manuel se detuvo a poco andar, se acercó a nosotros, y me dijo en tono familiar:--¿Y qué se dice en San Luis de la muerte de Quiroga?--Dicen, señor, que S. E. es quien lo ha hecho matar.--¿Sí? Así se corre... Continuó paseándose, me despedí después, y al día siguiente fuí preso, y he permanecido hasta el día que llegó la noticia de la victoria de Yungay, en que, con doscientos más, fuí puesto en libertad.» El mayor Muslera murió también combatiendo contra Rosas, lo que no ha estorbado que se continúe hasta el día de hoy diciendo lo mismo que había oído aquél.
Pero el vulgo no ha visto en la muerte de Quiroga y el enjuiciamiento de sus asesinos más que un crimen horrible. La Historia verá otra cosa en lo primero: la fusión de la República en una unidad compacta y en el enjuiciamiento de los Reinafé, gobernadores de una provincia, el _hecho_ que constituye a Rosas jefe del Gobierno unitario absoluto, que desde aquel día y por aquel acto se constituye en la República Argentina. Rosas, investido del poder de juzgar a otro gobernador, establece en las conciencias de los demás la idea de la autoridad suprema de que está investido.
Juzga a los Reinafé por un crimen averiguado; pero en seguida manda fusilar sin juicio previo a Rodríguez, gobernador de Córdoba, que sucedió a los Reinafé, por no haber obedecido a todas sus instrucciones; fusila en seguida a Cullen, gobernador de Santa Fe, por razones que él sólo conoce, y últimamente, expide un decreto por el cual declara que ningún Gobierno de las demás provincias será reconocido válido mientras no obtenga su _exequátur_. Si aún se duda que ha asumido el mando supremo, y que los demás gobernadores son simples bajaes, a quienes puede mandar el cordón morado cada vez que no cumplan con sus órdenes, expedirá otro en el que deroga todas las leyes existentes de la República desde el año 1810 en adelante, aunque hayan sido dictadas por los Congresos generales o cualquiera otra autoridad competente; declarando además írrito y de ningún valor todo lo que, a consecuencia y en cumplimiento de esas leyes, se hubiese obrado hasta entonces. Yo pregunto: ¿qué legislador, qué Moisés o Licurgo, llevó más adelante el intento de refundir una sociedad bajo un plan nuevo? La revolución de 1810 queda por este decreto derogada; ley ni arreglo ninguno queda vigente; el campo para las innovaciones limpio como la palma de la mano, y la República entera sometida sin dar una batalla siquiera y sin consultar a los caudillos.
La _suma del Poder público_ de que se había investido para Buenos Aires solo, la extiende a toda la República, porque no sólo no se dice que es el sistema unitario el que se ha establecido, del que la persona de Rosas es el centro, sino que con mayor tesón que nunca se grita: _¡Viva la federación; mueran los unitarios!_ El epíteto unitario deja de ser el distintivo de un partido, y pasa a expresar todo lo que es execrado: los asesinos de Quiroga son _unitarios_; Rodríguez es _unitario_; Cullen, _unitario_; Santa Cruz, que trata de establecer la confederación perú-boliviana, _unitario_. Es admirable la paciencia que ha mostrado Rosas en fijar el sentido de ciertas palabras y el tesón de repetirlas.