Facundo · Unidad 34 de 43

CAPÍTULO II — parte 1

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PRESENTE Y PORVENIR

Aprés avoir été conquérant, aprés s'étre déployé tout entier, il s'épuise, il a fait son temps, il est conquis lui mème: ce jour-là il quitte la scêne du monde, parce qu'alors il est devenu inutile à l'humanité.

COUSIN.

El bloqueo de la Francia duraba dos años había, y el Gobierno _americano_, animado del espíritu _americano_, hacía frente a la Francia, al principio europeo, a las pretensiones europeas. El bloqueo francés, empero, había sido fecundo en resultados sociales para la República Argentina, y servía a manifestar en toda su desnudez la situación de los espíritus y los nuevos elementos de lucha que debían encender la guerra encarnizada que sólo puede terminar con la caída de aquel Gobierno monstruoso. El Gobierno personal de Rosas continuaba sus estragos en Buenos Aires, su fusión _unitaria_ en el interior, al paso que en el exterior se presentaba haciendo frente gloriosamente a las pretensiones de una potencia europea y reivindicando el poder americano contra toda tentativa de invasión. Rosas ha probado--se decía por toda la América, y aun se dice hoy--que la Europa es demasiado débil para conquistar un Estado americano que quiere sostener sus derechos.

Sin negar esta verdad incuestionable, yo creo que lo que Rosas puso de manifiesto es la supina ignorancia en que viven en Europa sobre los intereses europeos en América, y los verdaderos medios de hacerlos prosperar sin menoscabo de la independencia americana. A Rosas, además, debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses el mundo civilizado y puéstola en contacto más inmediato con la Europa, forzando a sus sabios y a sus políticos a contraerse a estudiar este mundo trasatlántico, que tan importante papel está llamado a figurar en el mundo futuro.

Yo no digo que hoy estén mucho más avanzados en conocimientos, sino que ya están en vías de experimento y que al fin la verdad ha de ser conocida. Mirado el bloqueo francés bajo su aspecto material, es un hecho obscuro que a ningún resultado histórico conduce; Rosas cede de sus pretensiones, la Francia deja pudrirse sus buques en las aguas del Plata; he aquí toda la historia del bloqueo.

La aplicación del nuevo sistema de Rosas había traído un resultado singular, a saber: que la población de Buenos Aires se había fugado y reunídose en Montevideo. Quedaban, es verdad, en la orilla izquierda del Plata las mujeres, los hombres materiales, _aquellos que pacen su pan bajo la férula de cualquier tirano_; los hombres, en fin, para quienes el interés de la libertad, la civilización y la dignidad de la patria es posterior al de comer o dormir; pero toda aquella escasa porción de nuestras sociedades y de todas las sociedades humanas, para la cual entra por algo en los negocios de la vida el vivir bajo un gobierno racional y preparar sus destinos futuros, se hallaba reunida en Montevideo, adonde, por otra parte, con el bloqueo y la falta de seguridad individual, se había trasladado el comercio de Buenos Aires y las principales casas extranjeras.

Hallábanse, pues, en Montevideo los antiguos unitarios con todo el personal de la administración de Rivadavia, sus mantenedores, 18 generales de la República, sus escritores, los excongresales, etc.; estaban ahí, además, los federales de la _ciudad_, emigrados de 1833 adelante; es decir, todas las notabilidades hostiles a la Constitución de 1826 expulsadas por Rosas con el apodo de _lomos negros_. Venían después los fautores de Rosas, que no habían podido ver sin horror la obra de sus manos, o que, sintiendo aproximarse a ellos el cuchillo exterminador, habían, como Tallien y los termidorianos, intentado salvar sus vidas y la patria, destruyendo lo mismo que ellos habían creado.

Ultimamente había llegado a reunirse en Montevideo un cuarto elemento que no era ni unitario, ni federal, ni exrosista, y que ninguna afinidad tenía con aquéllos, compuesto de la nueva generación que había llegado a la virilidad en medio de la destrucción del orden antiguo y la plantación del nuevo. Como Rosas ha tenido tan buen cuidado y tanto tesón de hacer creer al mundo que sus enemigos son hoy los unitarios del año 26, creo oportuno entrar en algunos detalles sobre esta última faz de las ideas que han agitado la República.

La numerosa juventud que el Colegio de Ciencias Morales, fundado por Rivadavia, había reunido de todas las provincias, la que la Universidad, el Seminario y los muchos establecimientos de educación que pululaban en aquella ciudad que tuvo un día el candor de llamarse la _Atenas_ americana habían preparado para la vida pública, se encontraba sin foro, sin Prensa, sin tribuna, sin esa vida pública, sin teatro, en fin, en que ensayar las fuerzas de una inteligencia juvenil y llena de actividad. Por otra parte, el contacto inmediato que con la Europa habían establecido la revolución de la Independencia, el comercio y la administración de Rivadavia tan eminentemente europea, había echado a la juventud argentina en el estudio del movimiento político y literario de la Europa y de la Francia sobre todo.

El romanticismo, el eclecticismo, el socialismo, todos aquellos diversos sistemas de ideas tenían acalorados adeptos, y el estudio de las teorías sociales se hacía a la sombra del despotismo más hostil a todo desenvolvimiento de ideas. El doctor Alsina, dando lección en la Universidad sobre legislación, después de explicar lo que era el despotismo, añadía esta frase final: «En suma, señores: ¿quieren ustedes tener una idea cabal de lo que es el despotismo? Ahí tienen ustedes el Gobierno de don Juan Manuel Rosas con facultades extraordinarias.» Una lluvia de aplausos siniestros y amenazadores ahogaba la voz del osado catedrático.

Al fin esa juventud que se esconde con sus libros europeos a estudiar en secreto, con su Sismondi, su Lherminier, su Tocqueville, sus revistas _Británicas_, de _Ambos Mundos_, _Enciclopédica_, su Jouffroi, su Cousin, su Guizot, etc., etc., se interroga, se agita, se comunica, y al fin se asocia indeliberadamente, sin saber fijamente para qué, llevada de una impulsión que cree puramente literaria, como si las letras corrieran peligro de perderse en aquel mundo bárbaro, o como si la buena doctrina perseguida en la superficie necesitase ir a esconderse en el asilo subterráneo de las catacumbas para salir de allí compacta y robustecida a luchar con el poder.

El Salón Literario de Buenos Aires fué la primera manifestación de este espíritu nuevo. Algunas publicaciones periódicas, algunos opúsculos en que las doctrinas europeas aparecían mal digeridas aún fueron sus primeros ensayos. Hasta entonces nada de políticas, nada de partidos; aún había muchos jóvenes que, preocupados con las doctrinas históricas francesas, creyeron que Rosas, su Gobierno, su sistema original, su reacción contra la Europa era una manifestación nacional americana, una civilización, en fin, con sus caracteres y formas peculiares. No entraré a apreciar ni la importancia real de estos estudios ni las fases incompletas, presuntuosas y aun ridículas que presentaba aquel movimiento literario; eran ensayos de fuerzas inexpertas y juveniles que no merecerían recuerdo si no fuesen precursores de un movimiento más fecundo en resultados. Del seno del Salón Literario se desprendió un grupo de cabezas inteligentes que, asociándose secretamente, proponíase formar un carbonarismo que debía echar en toda la República las bases de una reacción civilizada contra el Gobierno bárbaro que había triunfado.

Tengo, por fortuna, el acta original de esta asociación a la vista, y puedo con satisfacción contar los nombres que la suscribieron. Los que los llevan están hoy diseminados por Europa y América, excepto algunos que han pagado a la patria su tributo con una muerte gloriosa en los campos de batalla.

Casi todos los que sobreviven son hoy literatos distinguidos, y si un día los poderes intelectuales han de tener parte en la dirección de los negocios de la República Argentina, muchos y muy completos instrumentos hallará en esta escogida pléyade largamente preparada por el talento, el estudio, los viajes, la desgracia y el espectáculo de los errores y desaciertos que han presenciado o cometido ellos mismos.

«En nombre de Dios--dice el acta--, de la patria, de los héroes y mártires de la Independencia Americana; en nombre de la sangre y de las lágrimas inútilmente derramadas en nuestra guerra civil, todos y cada uno de los miembros de la asociación de la joven generación argentina:

»Creyendo que todos los hombres son iguales;

»Que todos son libres, que todos son hermanos, iguales en derechos y deberes;

»Libres en el ejercicio de sus facultades para el bien de todos;

»Hermanos para marchar a la conquista de aquel bien y al lleno de los destinos humanos;

»Creyendo en el progreso de la humanidad; teniendo fe en el porvenir;

»Convencidos de que la unión constituye la fuerza;

»Que no puede existir fraternidad ni unión sin el vínculo de los principios;

»Y deseando consagrar sus esfuerzos a la libertad y felicidad de su patria y a la regeneración completa de la sociedad argentina,

»1.º Juran concurrir con su inteligencia, sus bienes y sus brazos a la realización de los principios formulados en las _palabras simbólicas_ que forman las bases del pacto de la alianza;

»2.º Juran no desistir de la empresa sean cuales fueren los peligros que amaguen a cada uno de los miembros sociales;

»3.º Juran sostenerlos a todo trance y usar de todos los medios que tengan en sus manos para difundirlos y propagarlos, y

»4.º Juran fraternidad recíproca, unión estrecha y perpetuo silencio sobre lo que pueda comprometer la existencia de la Asociación.»

Las _palabras simbólicas_, no obstante la obscuridad emblemática del título, eran sólo el credo político que reconoce y confiesa el mundo cristiano, con la sola agregación de la prescindencia de los asociados de las ideas e intereses que antes habían dividido a unitarios y federales, con quienes podían ahora armonizar, puesto que la común desgracia los había unido en el destierro.

Mientras estos nuevos apóstoles de la República y de la civilización europea se preparaban a poner a prueba sus juramentos, la persecución de Rosas llegaba ya hasta ellos, jóvenes sin antecedentes políticos, después de haber pasado por sus partidarios mismos, por los federales _lomos negros_ y por los antiguos unitarios. Fueles preciso, pues, salvar con sus vidas las doctrinas que tan sensatamente habían formulado, y Montevideo vió venir, unos en pos de otros, centenares de jóvenes que abandonaban su familia, sus estudios y sus negocios para ir a buscar a la ribera oriental del Plata un punto de apoyo para desplomar, si podían, aquel poder sombrío que se hacía un parapeto de cadáveres y tenía de avanzada una horda de asesinos legalmente constituída.

He necesitado entrar en estos pormenores para caracterizar un gran movimiento que se operaba por entonces en Montevideo y que ha escandalizado a la América dando a Rosas una poderosa arma moral para robustecer su Gobierno y su principio _americano_. Hablo de la alianza de los enemigos de Rosas con los franceses que bloqueaban a Buenos Aires, que Rosas ha echado en cara eternamente como un baldón a los unitarios. Pero en honor de la verdad histórica y de la justicia, debo declarar, ya que la ocasión se presenta, que los verdaderos unitarios, los hombres que figuraron hasta 1829, no son responsables de aquella alianza; los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes; en una palabra: ¡fuimos _nosotros_! Sé muy bien que en los estados americanos halla eco Rosas, aun entre hombres liberales y eminentemente civilizados, sobre este delicado punto, y que para muchos es todavía un error afrentoso el haberse asociado los argentinos a los _extranjeros_ para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en sus convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree firmemente y sostiene de palabra y obra. Así, pues, diré en despecho de quienquiera que sea, que la gloria de haber comprendido que había alianza íntima entre los enemigos de Rosas y los poderes civilizados de Europa, nos perteneció toda entera a nosotros.

Los unitarios más eminentes, como los americanos, como Rosas y sus satélites, estaban demasiado preocupados de esa idea de la nacionalidad, que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar con horror al extranjero.

En los pueblos castellanos este sentimiento ha ido hasta convertirse en una pasión brutal capaz de los mayores y más culpables excesos, capaz del suicidio. La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea fecunda de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra; llevaba el amor a los pueblos europeos asociado al amor a la civilización, a las instituciones y a las letras que la Europa nos había legado, y que Rosas destruía en nombre de América, sustituyendo otro vestido al vestido europeo, otras leyes a las leyes europeas, otro gobierno al gobierno europeo.

Esta juventud, impregnada de las ideas civilizadoras de la literatura europea, iba a buscar en los europeos enemigos de Rosas sus antecesores, sus padres, sus modelos; el apoyo contra la América tal como la presentaba Rosas: bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la Turquía, persiguiendo y despreciando la inteligencia como el mahometismo.

Si los resultados no han correspondido a sus expectaciones, suya no fué la culpa, ni los que les afean aquella alianza pueden tampoco vanagloriarse de haber acertado mejor; pues si los franceses pactaron al fin con el tirano, no por eso intentaron nada contra la independencia argentina, y si por un momento ocuparon la isla de Martín García, llamaron luego un jefe argentino que se hiciese cargo de ella. Los argentinos, antes de asociarse a los franceses habían exigido declaraciones públicas de parte de los bloqueadores de respetar el territorio argentino, y las habían obtenido solemnes.

En tanto, la idea que tanto combatieron los unitarios al principio, y que llamaban una traición a la patria, se generalizó y los dominó y sometió a ellos mismos, y cunde hoy por toda la América y se arraiga en los ánimos.

En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina europea para derrocar el monstruo del _americanismo_ hijo de la Pampa; desgraciadamente, dos años se perdieron en debates, y cuando la alianza se firmó, la cuestión de Oriente requirió las fuerzas navales de Francia, y los aliados argentinos quedaron solos en la brecha. Por otra parte, las preocupaciones unitarias estorbaron que se adoptasen los verdaderos medios militares y revolucionarios para obrar contra el tirano, yendo a estrellarse los esfuerzos intentados contra los elementos que se habían dejado formarse más poderosos.

M. Martigny, uno de los pocos franceses que habiendo vivido largo tiempo entre los americanos, sabía comprender sus intereses y los de Francia en América, francés de corazón que deploraba todos los días los extravíos, preocupaciones y errores de esos mismos argentinos a quienes quería salvar, decía de los antiguos unitarios: «son los emigrados franceses de 1789; no han olvidado nada ni aprendido nada». Y efectivamente: vencidos en 1829 por la _montonera_, creían que todavía la montonera era un elemento de guerra, y no querían formar ejército de línea; dominados entonces por las campañas pastoras, creían ahora inútil apoderarse de Buenos Aires; con preocupaciones invencibles contra los _gauchos_, los miraban aún como sus enemigos naturales, parodiando, sin embargo, su táctica guerrera, sus hordas de caballería y hasta su traje en los ejércitos.

Una revolución radical, empero, se había estado operando en la República, y el haberla comprendido a tiempo habría bastado para salvarla. Rosas, elevado por la campaña y apenas asegurado del Gobierno, se había consagrado a quitarle todo su poder. Por el veneno, por la traición, por el cuchillo, había dado muerte a todos los comandantes de campaña que habían ayudado a su elevación, y sustituído en su lugar hombres sin capacidad, sin reputación, armados, sin embargo, del poder de matar sin responsabilidad.

Las atrocidades de que era teatro sangriento Buenos Aires habían, por otra parte, hecho huir a la campaña a una inmensa multitud de ciudadanos, que, mezclándose con los gauchos, iban obrando lentamente una fusión radical entre los hombres del campo y los de la ciudad; la común desgracia los reunía; unos y otros execraban aquel monstruo sediento de sangre y de crímenes, ligándolos para siempre en un voto común. La campaña, pues, había dejado de pertenecer a Rosas, y su poder, faltándole aquella base y la de la opinión pública, había ido a apoyarse en una horda de asesinos disciplinados y en un ejército de línea. Rosas, más perspicaz que los unitarios, se había apoderado del arma que ellos gratuitamente abandonaban: la infantería y el cañón. Desde 1835 disciplinaba rigurosamente sus soldados, y cada día se desmontaba un escuadrón para engrosar los batallones.

No por eso Rosas contaba con el espíritu de sus tropas, como no contaba con la campaña ni con los ciudadanos. Las conspiraciones cruzaban diariamente sus hilos que venían de diversos focos, y la unanimidad del designio hacía por la exuberancia misma de los medios, casi imposible llevar nada a cabo. Ultimamente, la mayor parte de sus jefes y todos los cuerpos de línea estaban complicados en una conjuración que encabezaba el joven coronel Maza, quien, teniendo en sus manos la suerte de Rosas durante cuatro meses, perdía un tiempo precioso en comunicarse con Montevideo y revelar sus planes.

Al fin sucedió lo que debía de suceder: la conspiración fué descubierta, y Maza murió llevándose consigo el secreto de la complicidad de la mayor parte de los jefes que continúan hoy al servicio de Rosas. Más tarde, no obstante este contraste, estalló la sublevación en masa de la campaña, encabezada por el coronel Cramer, Castelli y centenares de hacendados pacíficos. Pero aun esta revolución tuvo mal éxito, y setecientos gauchos pasaron por la angustia de abandonar su pampa y su parejero y embarcarse para ir a continuar en otra parte la guerra. Todos estos inmensos elementos estaban en poder de los unitarios, pero sus preocupaciones no les dejaban aprovecharlos; pedían ante todo que aquellas fuerzas nuevas, actuales, se subordinasen a nombres antiguos y pasados.

No concebían la revolución sino bajo las órdenes de Soler, Alvear, Lavalle u otro de reputación, de gloria clásica; y mientras tanto, sucedía en Buenos Aires lo que en Francia había sucedido en 1830, a saber: que todos los generales querían la revolución, pero les faltaba corazón y entrañas; estaban gastados, como esos centenares de generales franceses que en los días de julio cosecharon los resultados del valor del pueblo, a quien no quisieron prestar su espada para triunfar. Faltáronnos los jóvenes de la Escuela Politécnica para que encabezasen a una ciudad que sólo pedía una voz de mando para salir a las calles y desbaratar la mazorca y desalojar al caníbal. La mazorca, malogradas estas tentativas, se encargó de la fácil tarea de inundar las calles de sangre y de helar el ánimo de los que sobrevivían a fuerza de crímenes.