Filosofía constitucional · Unidad 103 de 134

Unidad 103 · CAPÍTULO X

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CAPÍTULO X

EL PODER EJECUTIVO

I. — Temor supersticioso. Falsa observación. Poder único en el régimen despótico. La república en Roma. La democracia en Grecia. Las repúblicas contempo raneas. Caracteres retrógrados. Ideales de la democracia moderna.

II. — El jefe del Poder Ejecutivo. El hombre más eminente en Atenas. Los hombres eminentes en la civilización moderna.El Poder Ejecutivo no es unipersonal. Ideal de un buen presidente.

III. — Elección del Poder Ejecutivo. Derecho comparado. Elección indirecta y elección directa. Duración del mandato ejecutivo.

IV. — Atribuciones administrativas.

V. — Atribuciones diplomáticas.

VI. — Atribuciones militares. Guerra internacional. Guerra civil.

La formación y^alribuciones del Poder Ejecutivo tienen eñ la historia de la filosofía constitucional una extraordinaria im-

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portancia. Constante preocupación de los pueblos, y por consiguiente, problema capital de la ciencia política, no se habla nunca de este departamento del gobierno sin un temor supersticioso, como si de él dependiesen directa y exclusivamente toda la vida pública y todas las radicales soluciones del progreso. « Nadie que haya estudiado la materia con profunda atención, escribe Story, ha dejado el trabajo sin estar penetrado de un hondo y abrumador sentimiento de sus intrincadas relaciones, y agobiado por perplejas dudas». De dónde viene aquel temor supersticioso es cosa que nos revelan el origen y evolución del gobierno. Los que ven dificultades insuperables en la organización del Poder Ejecutivo juzgan á los Estados modernos como si los principios en que éstos se fundan no hubiesen modificado esencialmente el concepto del gobierno.

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El origen del gobierno es la fuerza. En la tribu anárquica, al declararse un estado de guerra, la anarquía desaparece bajo el despotismo del jefe más fuerte. En la tribu despótica, la voluntad del jefe delibera, dirige y castiga : el jefe es dios. En la tribu aristocrática, las deliberaciones de la clase privilegiada no tienen otro objeto que el de someter todo el grupo á una sola voluntad absoluta. Todas las actividades convergen siempre al mismo resultado : reconocimiento de un solo poder.

El progreso social determina una lucha perpetua al través de los siglos entre los que aspiran á la concentración del poder y los que aspiran á su división. Cuando predomina la primera aspiración, se cons- '' tituyen las grandes monarquías donde el rey puede decir siempre : el Estado soy yo. Cuando tiende á predominar la segunda, se constituyen el efímero régimen

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republicano de Roma y el efímero régimen democrático de Grecia. Pero en ambos casos los resultados son análogos. Si las clases aristocrática y sacerdotal se apropian ciertos derechos del monarca, derechos para deliberar y derechos para dirigir las conciencias, la suprema autoridad, la autoridad infalible, reside siempre en el rey, el cual, ora lo sea por elección ora por herencia, se cree inspirado por una voluntad suprahumana. Providencia párannos, Fatalidad para otros. Y si la clase popular se apropia el derecho de deliberar, escoger sus gobernantes y hacer la ley, el atavismo de sumisión y la religiosa fe en el destino de los hombres superiores hacen que las primeras repúblicas y las primeras democracias presenten muy pocas diferencias esenciales con las monarquías. Desde luego, la guerra ha sido el estado normal de las sociedades; y durante la