Granada, Jaén, Málaga y Almería · Capítulo real 8 de 11
CAPITULO XI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 5 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XI
Descripción de los lugares conquistados por San Fernando en las provincias granadinas. Andújar, Arjonilla, Arjona, Martos
ON la muerte de San Fernando termina el pri¬ mer período de la conquista de estas provincias; y es fuerza ya que demos tregua á la pintura de batallas y de asaltos. Hasta ahora sólo ha brotado sangre nuestra pluma ; ocupada sin
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cesar en las inA’asiones que agitaron este suelo, en las luchas fratricidas que lo desgarraron, en las terribles vicisitudes de los imperios que sobre él se encumbraron y cayeron, y en las vengan¬ zas implacables que ensombrecieron sus antiguos monumentos, apenas ha podido presentar á la imaginación de los lectores una descripción risueña que la calmase, ni imágenes dulces y tranqui¬ las que la desimpresionasen de las escenas de horror á que ha asistido. Después de tan numerosos cuadros de batallas conviene pintar otros más serenos y apacibles ; sería difícil que nadie nos siguiera sin cansancio por las largas luchas que nos quedan aún por referir si no encontrara antes donde refrescar sus sentidos y moderar su exaltada fantasía.
Campos que entonces fueron el teatro de combates sangrien¬ tos son hoy praderas cubiertas de flores donde el pastor canta tal vez lo pasado bajo la sombra de los árboles; montes en cu¬ yas cumbres estuvieron sentadas tiendas de príncipes y reyes, son hoy alturas pobladas de humildes aldeas que blanquean en¬ tre el verdor de los viñedos; arroyos que arrastraron consigo cadáveres y espadas animan hoy con suaves murmullos paisa¬ jes pintorescos que contempla el viajero muda la lengua y extasiada el alma; castillos sombríos y desiertos que fueron levan¬ tados al pié de despeñaderos profundos son hoy pueblos que nacieron ayer sobre las ruinas de aquellas viejas fortalezas y han bajado ya al rededor de los cerros hasta ganar el valle; ciudades populosas que oyeron sin estremecerse los clarines de millares de enemigos y resistieron al valor y al poder de los más intrépidos caudillos, yacen hoy entre escombros cubiertos de musgo, que aunque ya tan sólo animados por el balido de la oveja, el susurro de las fuentes y el rumor de los insectos, con¬ vidan al descanso y bañan en dulce melancolía el corazón del que los mira. Lo pasado y lo presente forma en todos estos lu¬ gares un agradable contraste; y es bello y poético recorrerlos meditando sobre los hechos ya consignados, aquí bajo frescas alamedas conmovidas por las auras, allí bajo el pajizo techo de
una aldea cuyo hogar levanta su humareda por entre los rama¬ jes de los árboles, acullá bajo las ruinosas bóvedas de un alcᬠzar cuyos dorados sillares va de día en día desmoronando el viento, más allá al margen de una corriente cristalina á la que prestan sombra el junco y la espadaña.
Bailón; la primera villa que pisó San Fernando después de haber removido con la planta de sus caballos el polvo de las Navas de Tolosa, fué un día una ciudad (i) ante cuyos muros combatieron cartagineses y romanos; y hoy no es ya sino un pueblo que sólo conserva de su antigüedad los informes restos de un castillo y una iglesia en que la degenerada ojiva del si¬ glo XVI está bastardamente sentada sobre el capitel corintio. Es, sin embargo, el sepulcro de glorias imperecederas; y ya que no por la magnificencia de sus monumentos, impone é impondrá siempre por la grandeza de sus recuerdos. En las alturas que la circuyen, setenta mil cartagineses mandados por Asdrúbal y Magón fueron vencidos hace más de veinte siglos por las legio¬ nes de Roma : en su campiña, cubierta de olivares, no hace aún cincuenta años que acosadas por todas partes las águilas fran¬ cesas y ahogadas por la humareda del cañón y el polvo del combate, tuvieron que ir á deponer sus ensangrentados laureles en la frente de nuestros generales. El rumor de esta victoria voló desde Bailón hasta las más apartadas naciones, y vióse en¬ tonces saludada la villa por cien pueblos oprimidos que vieron humillados en ella por primera vez ejércitos que habían hecho estremecer el suelo de vastos campos de batalla, y capitanes cubiertos de gloria, encanecidos en las largas guerras del Con¬ sulado y del Imperio (2).
(1) Se cree que Bailén fué antiguamente Baetula.
(2) Fueron grandes !os resultados de esta batalla. Perdieron los franceses cua¬ renta piezas de artillería, y entre muertos, heridos y prisioneros, veinte y un mil soldados; José Bonaparte, que acababa de ser proclamado rey de España, huyó precipitadamente déla Corte; los que tenían cercada Zaragoza levantaron el sitio; los ejércitos que estaban distribuidos en varios puntos de la Península se reco¬ gieron más allá del Ebro ; la Francia perdió en casi toda Europa gran parte del
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Andújar, sita al mediodía de Bailén, al pié mismo de SierraMorena, en una frondosa llanura que bañan á mil doscientos pasos las claras aguas del Guadalquivir, fué también una de las primeras poblaciones conquistadas por Fernando el Santo : sir¬ vió de cuartel á este rey y de palacio á la reina D.*'^ juana, que permaneció en ella de paso para Córdoba; y no guarda tan sólo un monumento en que pueda verse reflejada la sombra de los héroes que por defenderla y combatirla desnudaron sus espa¬ das. Cuando la tomó San Fernando, había sido ya dos veces conquistada por Alfonso Vil, el bravo emperador que al través de una tierra toda enemiga pudo llevar hasta la misma corte del Califato su pendón de guerra; pero ni uno ni otro lograron dejar impresa su memoria en ningún templo ni castillo. Fué ata¬ cada en 1369 por las armas granadinas, dada en 1383 por Don Juan I al desgraciado rey de Armenia, León V, que fué al fin prisionero del Soldán de Egipto, unida en 1388 al señorío de Enrique III, declarada ciudad en 1487 por Enrique IV ; pero no hay en toda ella ni una piedra en que ni el literato ni el artista puedan leer el nombre de estos príncipes. Sus más antiguas igle¬ sias están ya envueltas en las vagas formas de la decadencia gótica; y el ojo del viajero no puede penetrar al través de sus arcadas ojivales más allá del siglo xv.
Si alguna piedra escrita ennegrece sus blancos muros, no habla ya de Andújar, habla de un pueblo que animó á dos le¬ guas de la ciudad la orilla septentrional del Betis, habla de la antigua Iliturgis, hundida entre sus ruinas y cubierta de afrenta y sangre (i). Estaba situada Iliturgis el pié mismo del Guadal-
prestigio militar que tan justamente había adquirido con sus anteriores hechos de armas ; España, por fin, aumentó el brío con que empezó una guerra en que tenía muchas menos probabilidades de ser vencedora que vencida. No sin razón nos acordamos aún de tan brillante jornada, á cuya memoria han consagrado sus ins¬ piraciones las artes y la poesía.
( I.) Terrones, en su Vida de San Eufrasio y Origen y Antigüedades de Andújar, publicó varias lápidas pertenecientes á esta ciudad-, entre las cuales creemos dig¬ na de atención la siguiente, dedicada al emperador Séptimo Severo :
quivir, en el mismo lugar en que está hoy Santa Potenciana, donde además de los cimientos de unas murallas carcomidas y desgastadas por el agua, que se dilatan entre los ríos Escobar y Martín Gordo, se ven aún esparcidos acá y acullá entre zar¬ zas y matorrales capiteles, sepulcros, y otros restos antiguos, que dejan entrever algunas de las armas de los que allí murie¬ ron víctimas de su traición y su heroísmo. Era, según Tito Livio, una de las ciudades más insignes por su grandeza; defendida por una peña escarpadísima y por un castillo, del que se con¬ servan todavía grandiosos escombros, era demás casi inespugnable, y podía arrostrar sin temor la cólera de sus más pode¬ rosos enemigos. Pero quizá fueron estas cualidades las que originaron sus funestas vicisitudes y su completa ruina.
Era Iliturgis cartaginesa, y no tardó en hacerse aliada de los romanos después que los Scipiones vinieron á vengar en la Península las derrotas que sufrieran en Italia. Irritados Asdrúbal, Magón y Amílcar, movieron para ella el campo y la com¬ batieron con todas sus fuerzas; pero nada pudieron contra sus nuevos contrarios, que abriéndose paso con la espada entre los tres campamentos, entraron vituallas en la ciudad, y tra¬ baron con ellos en la llanura un combate sangriento, en que les
¡MP. CAES. SEPTl MIO. SEVERO. PIO.
PERTINACI. ÁUG.
ARABICO. ADIABENICO PONTIFE MAXIMO. IMP. X7 TRIB. POTEST. vi. eos, íí. PACATORI. ORBIS.
RESPUBLICA. ISTURGITANORUM.
D. D. D.
Hemos dicho que es digna de atención esta lápida, porque si bien se la examina, se observará que no es la ciudad ó municipio de Iliturgi, sino la república de Isturgi, la que dedicó este recuerdo á Severo. Terrones traduce las palabras Respubltca IrAurgitanorum por la república de los Iliturgitanos ; mas es fácil ver cuán voluntaria y poco fundada es esta interpretación. Hay bastantes razones para creer que en los alrededores de Iliturgi hubo ísturgi é Ippasturgi; y cuando otras no hubiese bastaría á nuestro modo de ver esta inscripción para sospechar cuando menos que existió no lejos de la ciudad de que hablamos en el texto otra llamada Isturgi. (V. á Flor., Esp. Sag., y Cortés, Esp. Ant.)
mataron mucha gente y les tomaron tres mil hombres, mil caballos y setenta y un estandartes (i). Volvieron á ella á poco Magón y Asdrúbal ; pero no pudieron tampoco rendirla ni por asalto, ni por hambre. Voló en su defensa Gneyo Scipión, hizo levantar el sitio, mató en otros dos combates más de doce mil cartagineses, se apoderó de otros diez mil, y les tomó treinta y seis banderas (2).
Dos veces ya debía Iliturgis la vida á sus aliados, cuando muertos los Scipiones en dos jornadas funestísimas vió entrar por sus puertas á muchos de los vencidos en Segura, y proce¬ diendo cobarde y alevosamente, los degolló por temor á los cartagineses, con los que renovó su antigua alianza. Excitó entonces contra sí la cólera romana, y pagó cara, aunque tarde, la traición con que manchó su historia. Publio Cornelio Scipión, arrojados ya de España los cartagineses, pasó contra ella con las dos terceras partes de su ejército, y ansioso de dejar pronto vengadas las sombras de aquellas víctimas, vió apenas sus muros cuando ordenó el asalto. Mandó distribuir escalas entre sus soldados, entregó á Lelio parte de sus legiones, y dada la señal de ataque, asaltó por dos puntos la ciudad rebelde. Los
(1) «llliturgi oppidum ab Asdrubale ac Magone et Amilcare, Bomilcaris filio, ob defectionem ad romanos oppugnabatur. Inter haec terna castra hostium Scipio¬ nes cum in urbem sociorum magno certamine ac strage obsistcntium pervenissenti frumentum cujus inopia erat advexerunt; cohortatique oppidanos ut eodem animo moenia tutarentur quo pro se pugnantem romanum exercitum vidissent, ad castra maxima oppugnanda quibus Asdrúbal praeerat ducunt. Eodem et dúo duces et dúo exercitus Carthaginiensium ibi rem summam agi cementes convenerunt. Itaque eruptionem é castris pugnatum est. LX hostium millia eodem die in pugna fuerunt, sexdecim circiter romanis. Tamen adeo haud dubia victoria fuit, ut plures numero quam ipsi erant romani hostium occiderint, ceperint amplius tria millia hominum, paulo minus mille equorum, undesexaginta militarla signa, elephantis V in praelio occisis; ternisque castris eo die potiti sunt. (Tit. Liv., lib. 23. cap. 34.)
(2) Carthaginienses llliturgi oppugnare adorti quia praesidium ibi romanum erat; videbanturque inopia eum locum máxime expugnaturi. Cn. Scipio, ut sociis praesidioque ferret opem, cum legione expedita profectus, Ínter bina castra cum magna caede hostium urbem est ingressus : et póstero die eruptionis aeque felic, pugnavit. Supra duodecim millia hominum caesa duobus praeliis; plus decem millia capta, cum sex et triginta militaribus signis. Ita ab llliturgi recessum est obsidione. (Tit. Liv., lib. 24, cap. 19.)
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iliturgenses , que veían amenazada no ya su libertad, sino su vida, no perdonaron medio de defensa; los que no podían aún esgrimir la espada, fueron amontonando en los muros piedras, dardos y otras armas arrojadizas; las mujeres y hasta los niños tomaron parte en la pelea; los aptos para las armas se sostu¬ vieron tan esforzadamente sobre el adarve, que intimidaron y rechazaron más de una vez al ejército enemigo, ejército que. acababa de humillar ante sus plantas las banderas de Cartago. Mas sirvió de poco su heroísmo. Scipión, al ver en retirada sus legiones, entró en lo más recio de la refriega, pidió nuevas escalas, puso en una de ellas el pié para trepar al muro, y logró avergonzar de tal modo á los suyos, que, atacando estos con mayor ímpetu, ganaron la muralla y el alcázar, y derramándose como fieras por todas las calles de la ciudad, pasaron á cuchillo hasta á los ancianos y á los niños, devastaron con el incendio lo que no pudieron con las armas y sepultaron millares de cadᬠveres entre escombros manchados de humo y sangre. Había jurado Scipión la ruina de Iliturgis, y no permitió dejar con vida ni á la misma ciudad en cuya traición había creído ver ultrajada la sombra de sus tíos (i).
Quedó tan destruida Iliturgis, que no pudo ya recobrar su celebridad ni su grandeza. Su destino pesó sobre cuantos fueron á sentarse en sus ruinas, y vióse al fin entregada á la soledad, al silencio, á la acción lenta y destructora de los siglos. To¬ máronla los celtíberos cuando era un pequeño pueblo (2), y muertos luégo en número de doce mil , dieron lugar á que la
(1) Así pinta Tito Livio ese sangriento y bárbaro saqueo: «Tum vero apparuit ab ira et ab odio urbem oppugnatam esse. Nemo capiendi vivos, nemo, patentibus ad direptionem ómnibus, praedae memor est. Trucidant inermes juxta ac armatos, faeminas pariter ac vivos ; usque ad infantium caedem ira crudelis pervenit. Ignem deinde tectis injiciunt ac diruunt quae incendio absumi nequeunt. Adeo vestigia quoque urbis extinguere ac delere memoriam hostium sedis cordi est.» (Trr. Liv., lib. 28, cap. II.)
(2) Celtiberi agmine ingenti ad oppidum Illiturgi occurrerunt. Viginti millia armatorum fuisse Valerius scribit ; duodecim millia ex iis caesa. Oppidum Illiturgi receptum et púberes omnes interfectos. (Tit. Liv., lib. 34, cap. 4.)
entrara Marco Helvio y vertiera sin piedad la sangre de cuantos podían empuñar las armas. Tuvo después algunos títulos honoríficos, fué llamada por Augusto Foruvi ytdium, y decla¬ rada colonia tal vez por Adriano; pero logró cuando más tomar aliento para sentarse sobre su lecho de muerte: nunca tuvo suficientes fuerzas para saltar de su sepulcro. Ni el mismo cris¬ tianismo pudo levantarla de su abatimiento. Fué, según la tra¬ dición, el primer pueblo en que sembró San Eufrasio la palabra de Jesucristo; allí puso el Prelado su silla; allí sobre el cadáver de una ciudad destruida por la guerra y la venganza predicó el celoso Apóstol la paz y la caridad que habían de quebrantar los hierros de la servidumbre. Mas á pesar de haber visto fructificar aquella semilla bienhechora, á pesar de haber reco¬ nocido el nuevo reinado de Cristo, no pudo granjearse desgra¬ ciadamente la ciudad sino nuevas desventuras. Atrajo sobre su frente la ira de Nerón, y enrojeció otra vez sus escombros la sangre de los mártires, la sangre del mismo San Eufrasio, que murió bajo el hacha del verdugo. Perdió la silla episcopal, que fué trasladada á Castulo, y durante siglos no tuvo siquiera dónde adorar á su nuevo Dios. No tuvo templo hasta que Sisebuto lo hizo levantar sobre el sepulcro que guardaba las cenizas del mártir, ni vió alzarse ya otro sobre sus restos sino durante el reinado de Suintila (i). Esclava de los árabes como los demás pueblos de España, difícilmente pudo conservar después ni la pureza de sus creencias. Languideció, y se em¬ bruteció bajo el dominio de sus conquistadores, y no salió de su servidumbre sino sucumbiendo y pereciendo bajo la espada de Alfonso VIL
Cayó al fin para siempre Iliturgis, y le sucedió la pequeña ciudad y hoy villa de Andújar. El viajero que sabe su historia apenas puede atravesar sus ruinas solitarias sino llena de con-
(i) Así lo confirma la inscripción que copió Flórez de Rus Puerta; Jesucristo dno nostro regnante constructum eraDCLXVanno séptimo regis Suinthile.(FLÓR., Esf. Sao-.)
goja y melancolía el alma; cree aún ver en ellas las huellas de la fatalidad, tristes é imponentes para el hombre.
Arjonilla, situada al mediodía y no lejos de Iliturgis, no tiene recuerdos menos tristes, aunque de carácter muy distinto. No nos conmueve como Iliturgis con su historia: pero nos llena de amargura con la de un solo hombre, con la de un poeta, víctima de un amor tan puro como infausto. Colocada en un llano, y cercada por todas partes de colinas pintorescas que hacen paso entre septentrión y mediodía á un delicioso valle que bañan aguas tan claras como escasas, apenas presenta en conjunto ni en detalle cosa que no deleite los sentidos; mas fueron tan fatales las aventuras del joven entusiasta que exhaló en ella los primeros quejidos de muerte y sus últimos suspiros, que la memoria de ellas basta para cubrir este pequeño pueblo á los ojos del que no las ignora como de un sombrío y miste¬ rioso velo. Vivos como están allí estos recuerdos, dominan sobre los de los freires de Calatrava que la conquistaron, sobre los de los caballeros que la señorearon, sobre los del Arcediano de Ubeda, que la vendió por dos mil maravedís á Arjona; y se apo¬ deran con tanta fuerza del viajero, que este no codicia pronto sino ver por sus ojos* el lugar de la catástrofe, y oir dentro de los oscuros torreones del castillo tan lamentable historia.
Preso en este castillo, le dicen con voz solemne, vivía hace cuatro siglos un joven de corazón que, vueltos hacia Jaén los ojos, no levantaba su dulce y melancólica voz sino para cantar al són del laúd su amarga desventura. Mártir de una pasión que se había desarrollado en él con la misma vida, no pensaba de la aurora á la noche más que en su objeto idolatrado, y cuando no dirigía al cielo sentidas querellas, divertía el triste su imagi¬ nación contando á los que le oían al pié de la torre la historia de sus amores.
En el palacio en que por mi desdicha viví, decía, conocí á una mujer, bella como el ángel de la vida. Su mirar era más dulce que el de la luna sobre el valle, su voz más sonora que la
del laúd y el arpa. La vi, y me sentí lleno de encanto. Presen¬ tóse á mis ojos como el reflejo de mi alma, como la realización del más hermoso de mis sueños, y la amé. ¡Ay! la amé y me amó, y allí empezaron mis dolores.
Creció nuestro amor en la soledad y el silencio ; nadie llegó á descubrir en nuestro semblante las llamas del fuego que nos devoraba. Los álamos y los cipreses de un jardín eran los úni¬ cos testigos de nuestros amores, y no oían aun nuestros colo¬ quios, sino cuando los cubría con su manto azul la noche y el viento mecía dulcemente sus ramajes. Brotaban entonces de nuestros labios palabras dulcísimas : parecía que un solo espíri¬ tu nos animaba y una misma inspiración batía en torno nuestro sus doradas alas. ¿ Cómo pudisteis desaparecer tan pronto, su¬ premos instantes de ventura ?
El ángel de mi amor no era una reina; pero yo, paje humilde de un poderoso caballero, llegué á considerarme indigno de sus miradas. Llevaba en mi frente la aureola de poeta, pero no el laurel de las batallas, y quise conquistarlo. Rompí mi lanza en cien justas, quebré mi espada en cien torneos-, y apenas so¬ naron los añafiles moros en la frontera del Reino, me arrojé so¬ bre los infieles montado en mi corcel de guerra, y cubierto con las armas que no pudo mellar el acero de mis enemigos. Yo, débil joven, me sentí entonces gigante. Sobre el tempestuoso estruendo de los campos de batalla creía oir la voz de mi amor, que me llamaba á la pelea, y llevé siempre hacia donde más arreciaban los peligros el hierro de mi lanza.
Terminada la batalla, me consideraba después de cada día más digno de ella y de mí mismo. En el primer vacío que de¬ jaban el polvo y la humareda del combate, me parecía verla en alas de las brisas, radiante de hermosura, y coronada la frente de nuevos laureles ; y sentía mi corazón palpitante de gozo y abierto á la esperanza. Me ama, decía, y el maestre de quien soy doncel, no podrá ver con malos ojos el enlace de un héroe con la reina de su palacio.
Mas ¡pobre niño! una tristísima nueva fatal vino á tronchar un día todas mis ilusiones, como troncha el huracán las flores. Estábamos en una vasta llanura, y se percibía aún á lo lejos los últimos clamores del combate. Del occidente á que acababa de precipitarse el sol, se alzaban nubes negras como la noche, que surcaba el rayo. Levantábase el polvo en remolinos, y las hojas de los árboles parecían entrechocarse como si presintieran la borrasca. Amenazaba el cielo tempestad ; pero otra más terrible se encendió en mi pecho. Apoyada la cabeza en la mano, estaba sentado sobre una roca absorto en mis incesantes pensamien¬ tos, cuando se me acercó un hombre, é inquietos los ojos y casi sin aliento : olvida tus amores, me dijo, la mujer á quien adoras no puede ser ya el fin de tus esperanzas; el maestre acaba de casarla; la infeliz ha debido sucumbir ante una voluntad de hierro.
¡Ah! ¿por qué has de traer estas palabras á mis labios, me¬ moria mía? — Un rayo que hubiera caído á mis piés, no me ha¬ bría aterrado como me aterraron. Mas surgieron pronto en mi espíritu terribles pensamientos. No, exclamé ; el astro de mi vida, el alma de mi alma, la sangre de mi sangre, no puede pertene¬ cer á otro en la tierra : la arrancaré de los brazos del mismo rey aunque deba para ello derramar mi sangre y la sangre de cien víctimas. ¡Mis armas y mis caballos! quiero partir esta mis¬ ma noche á Jaén; Dios alumbrará mis pasos con la luz de la tormenta. La sangre del usurpador apagará cuando menos el fuego que devora mi existencia. ¿Qué importa que haya de ex¬ piar ese placer en el cadalso? El ángel de mi amor esparcirá so¬ bre mi tumba las flores con que en días más felices adornó mi frente, y Dios unirá tal vez muertos á los que vivos fueron se¬ parados por la voluntad de un príncipe y la infamia de un hidalgo.
Olvidaba en tanto lo que exigen de un caballero las leyes de la guerra. No podía abandonar el campo sin que manchara el delito de traición mi escudo ; y no volví á Jaén sino cuando el ejército pasó á recoger en aquella ciudad los aplausos á que se
había hecho acreedor por sus victorias. Víla allí otra vez bajo las copas de los mismos árboles testigos de nuestros amores. Los labios de entrambos estuvieron mudos; sólo hablaron los ojos vertiendo ardientes lágrimas. No pudimos por mucho tiem¬ po proferir palabra alguna; y al permitirlo el recuerdo de nues¬ tro infortunio, no las hallé yo sino para quejarme de la crueldad de mi destino; ni ella sino para jurarme por segunda vez un amor eterno. ¡Infeliz! no sabía ella que nuestro amor debía ser para la justicia humana un crimen, y que debía sepultarme á mí bajo las sombrías bóvedas de esta torre. Nos vimos algunas noches, pero acabaron pronto los momentos de ventura. Caye¬ ron un día de improviso sobre nosotros las miradas del ofendi¬ do hidalgo, y no su espada, que hubiera podido cuando menos unirnos para siempre en el sepulcro. El maestre supo de su boca nuestro crimen; y me dió este castillo por cárcel, ¡y no por tumba!
Al infeliz le exasperaba el dolor siempre que acababa de re¬ ferir su historia. Dirigía unas veces al cielo las más amargas quejas, tomaba otras arrebatadamente su laúd y cantaba deses¬ peradas trovas, acusaba y maldecía otras á su misma adorada por no haber sabido morir antes que dar la mano á su marido. Estaba entonces terrible; pero se moderaba á poco y no profe¬ ría sino dulces y generosas palabras. Vuelto el rostro á Jaén, decía muchas veces ; allí vive mi amor, sólo el aire que de allí sopla refresca mis sentidos. Vosotros que os complacéis en oir mis trovas, ¿por qué no vais y se las repetís á mis amores bajo las ventanas del palacio.!^ La veréis asomar entre las columnas de su ajimez, como el genio del amor y la hermosura; y no cambiaréis luégo sus miradas por el mayor tesoro. Auras que escucháis tan sosegadas mis lamentos, exclamaba otras veces, ¿por qué no los lleváis á los oídos del ángel de mi vida.? Estre¬ llas que alumbráis á la vez sus ojos y los míos, ya que fuisteis testigos de nuestra ventura, ¿por qué no os hacéis intérpretes de los dolores de entrambos? Que llegue á sus oídos cuando
menos la voz de mi muerte; á saberla, ¿cómo no ha de venir sobre mi sepulcro ?
Pensaba á menudo en su muerte, mas nunca la creyó tan cerca de sí como la tenía y esperaba. Un día — estaba desierto el castillo, encapotado el cielo, — sintió de repente en su cora¬ zón el hierro de un venablo, y cayó exánime en el suelo arro¬ jando á borbotones su sangre por la herida. No pudo saber si¬ quiera de dónde le vino el daño; no había sino un hombre en torno de esta sombría fortaleza, y este hombre era el esposo ofendido á quien arrastraron los celos á tan impío asesinato.
Murió, por fin, el desgraciado poeta ; y fué sepultado en ese mismo pueblo de Arjonilla, en el lóbrego interior de una ermita, que levanta sus modestos paredones entre las ruinas del casti¬ llo, en un sepulcro humilde sobre cuyo frente escribieron en ca¬ racteres góticos: «Aquí yace Macías el enamorado.»
. Era el infeliz ese tan decantado trovador del siglo xv, cuyos amores celebraron tan numerosos poetas, y cuyos sentimientos interpretó modernamente Larra, víctima, como él, de una pasión ardiente. Enrique, marqués de Villena, fué su señor; un hidalgo de Porcuna su rival ; una mujer, cuyo nombre guarda aún la his¬ toria entre los pliegues délo pasado, el objeto de sus amores y la principal causa de su muerte.
Aúna legua de Arjonilla está la antigua Arjona (i), y en ella no hay recuerdos tan melancólicos, pero sí hechos más va¬ roniles, tradiciones menos profanas. Fué de los pueblos en que más se ensangrentaron los emperadores contra los primeros que abrazaron el cristianismo, y vió verter á torrentes la sangre de los mártires. Murieron allí por la nueva ley Apolo, Idacio y Fro¬ tas; entregáronse allí por la nueva ley á la cuchilla del verdugo los santos Donoso y Maximiano, bajo cuyo nombre tutelar está aún la villa. — Donoso y Maximiano, naturales de Iliturgis, eran dos hermanos que seguían el camino recto de la justicia. Viendo
(i) Arjona fué la antigua Urgao.
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en los primeros años de su juventud alzada sin razón la guerra contra su provincia, no supieron mirar con sangre fría la causa de su patria, y tomaron los dos las armas. Pelearon como bra¬ vos, y merecieron bien de su pueblo al volver á sus hogares coronada la frente de laureles; mas esto les atrajo desgraciada¬ mente la cólera de Daciano, los más crueles tormentos y la muerte.
Daciano, que vivía en Arjona, los llamó, y les dijo: Los que como vosotros saben manejar las armas, deben ser soldados del imperio; id y defended el castillo. — Somos ya soldados, con¬ testaron; pero soldados de Cristo. — ¿Pelearéis por Cristo mejor que por los emperadores? preguntó Daciano. — Sólo por él po¬ demos desnudar la espada, respondieron. — Preparaos á sufrir la muerte, dijo lleno de cólera el tirano; veremos si ese Dios á quien adoráis, os arranca de las manos del verdugo. — ¡Oh Da¬ ciano! exclamaron: ¿quieres tú, pues, otorgarnos la corona que deseamos? En ninguna parte mejor que en las manos de tus sayones podemos ser verdaderos soldados de Jesucristo, y hallar el camino que nos ha de abrir el cielo.
Daciano los hizo conducir al castillo y los condenó á los más bárbaros tormentos. Cuando los hubieron padecido, les dijo: — Habéis visto ya el poder de los emperadores de cuya justicia no pudo libraros vuestro Dios: ¿os negaréis aún á ser sus solda¬ dos? Los mártires contestaron tranquilamente: — Vuestros empe radores no han podido ni podrán jamás quebrantar la fortaleza de ánimo que recibimos de Jesucristo ; sólo él es, pues, el fuerte. — ¿No queréis ceder? preguntó Daciano; haré que os encierren en una mazmorra, y os abraséis de sed ; la agonía de la muerte arrancará de vuestros labios palabras menos soberbias, y os hará hincar de rodillas ante las aras de los ídolos. Cúmplase mi voluntad, añadió á sus verdugos; pero los dos hermanos, ¡cúm¬ plase la del cielo! dijeron; y marcharon ftrme el paso y animoso el corazón á uno de los subterráneos del castillo.
Estaban ya Bonoso y Maximiano sufriendo las más crueles
angustias, cuando tuvieron que sufrirlas aún mayores á la vista de SUS padres que pretendían salvarlos de la muerte. — Hijos míos, les dijo lleno de turbación su padre: el Dios que vosotros adoráis es mi Dios , pero no exige ni puede exigir tan cruentos sacrificios. Ha conocido ya vuestra resolución : condescended y vivid, si no para vosotros, para los que os dieron esa vida que tan generosamente pretendéis sacrificar en los altares de Cristo. ¿Qué sería de mí sin vosotros.? Tinieblas eternas cubrirían mis ojos, y un velo eterno mi alma. Abrasarían mi rostro lágrimas de desesperación y mi frente amargos pensamientos. Marcharía sin arrimo en la oscuridad, caería en todos los abismos de la vida, y no llegaría á mis oídos una palabra de consuelo. Vues¬ tras sombras ensangrentadas me atormentarían de día, y tur¬ barían de noche mi sueño. Me sentiría morir, y no sentiría sobre mis párpados la mano de mis hijos que engendré y eduqué para que endulzaran mi agonía. ¡Hijos míos! ¡hijos míos! vosotros amasteis siempre á vuestros padres: no es posible que queráis con vuestras mismas manos abrir un sepulcro en que deban hundirse vuestros cuerpos y nuestras esperanzas.
— ¡Padre mío! exclamaron á un tiempo los mártires. Y con¬ tinuó Donoso: — ^Jesucristo murió en una cruz y dejó también en la tierra á una Madre llena de amargura y rodeada de tinieblas. Lloraba ella y se lamentaba como tú, al verle encaminar sus pasos al cadalso ; y cuando le vió doblar sobre su pecho la cabeza, creyó también dejar al pié de la cruz la vida. Pero veló sobre ella Jesucristo desde su trono; no la dejó nunca sin fuer¬ zas para sobrellevar sus penas , y la subió en fin en alas de los ángeles al cielo , donde goza por toda una eternidad de la vista de su hijo. No temas, padre: nuestra muerte es la llave que os ha de abrir más tarde las puertas del Paraíso. No temas, hallarás mientras vivas consuelo en el Señor ; y cuando mueras encontrarás á la cabecera de tu lecho nuestras almas. En brazos de nuestras almas volarás al firmamento, y allí no hay verdugos que puedan separarnos. ¡Ánimo, padres míos, ánimo! Haced
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que no vea el tirano vuestras lágrimas ni se goce en vuestros dolores. Ocúpeos más el recuerdo de Dios que el de vuestros hijos.
La más tierna despedida sucedió luégo á tan dolorosa escena. Besos ardientes enrojecieron las pálidas mejillas de todos, y por algunos momentos, sólo entrecortados suspiros turbaron el silencio de aquella lúgubre morada... Solos ya los hermanos siguieron aún por mucho tiempo mudos : lloraban en la oscuridad y devoraba cada uno en secreto sus lágrimas de fuego.
Mas permanecieron siempre resueltos á morir, y no tardó Daciano en levantar para ellos el patíbulo, regado ya con la sangre de otros mártires. La vista del cadalso no hizo sino acelerar sus pasos; bendijeron en él al Señor, besaron la cuchilla que debía sacrificarles, y murieron pronunciando súplicas fer¬ vorosas que espiraron en sus labios junto con sus vidas.
No consintió el tirano que sepultaran sus cadáveres; pero los sepultaron al pié del alcázar sus mismos soldados. Los en¬ contraron en el siglo xvii los arjoneses, y los guardan dentro de ricas urnas en el santuario que les consagraron (i).
(i) Hemos seguido para esta leyenda la tradición y las actas de los mismos santos, en las que leemos:... «Dacianus dixit: Quandoquidem constat quod vos semel .Vlilitiam professi estis, necessum est ut in eadem persistatis et Arcem istam cum reliquis militibus incolatis et defendatis. Bonosus et Maximianus responderunt: Nos quidem milites jam sumus sed Christi. Dacianus dixit: ¿Vultis ne magis huius hominis milites esse quam imperatorum? S incti Martyres responderunt: Etiam, multoque nobis hoc est jucundius. Praefectus dixit: Ego igitur vobis atrocem mortem inferam, et tune videbimus quid vobis prodesse poterit Christus quem adoratis. Sancti Martyres dixerunt: Tune ó Daciane feliciores erimus et veriores nulites Dei et Domini nostri jesuehristi quem cum Patre et Spiritu Sancto Unum Deum in Trinitate veneramur.»— Y en otro lugar de las mismas: «Tune Dacianus dixit: videtis malo vestro quam fortes sint Imperatores nostri, á quorum manibus Deus vester non potest vos eripere. ¿Vultis ne jam milites illorum fieri? Sancti Martyres responderunt : Immo vero experti sumus debilem illorum fortitudinem et infinitam Christi potentiam, qui nos ne deficeremus animabat. Praeses jussit eos per octo dies in arcta custodia arcis detineri et ibi continua siti aestate media et aliis tormentis cruciari.» Las palabras puestas por nosotros en boca de Daciano y de los dos hermanos se observará que están traducidas casi al pié de la letra de las que constan en estas actas: nos ha parecido muy difícil en¬ contrar un lenguaje más sencillo ni más propio. La súplica hecha por los padres
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Con tan terribles suplicios no disminuyó, antes aumentó en Arjona el número de los discípulos de Cristo. El humo que \.^xhalaba la sangre de los mártires parecía enardecer más y más el corazón de los .hombres ; verificábanse todos los días nuevas conversiones, y hacía el cristianismo progresos que no podía ya detener la espada de los irritados imperiales. Aumentaba así la persecución; pero apenas cesó, floreció tanto Arjona, que pudo atravesar sin sucumbir el borrascoso período en que se hundió Roma entre las lanzas de los bárbaros, y llegó á manos de los árabes llena todavía de animación y vida.
Bajo la dominación de los árabes creció aún la villa en población y en importancia. Terció en casi todas las guerras que precedieron y siguieron á la ruina del califato y á la caída de almorávides y almohades; y cuando estaba ya abocado á un abismo sin fondo el islamismo, fué la cuna de un reino poderoso que pudo resistir aún por tres siglos á las armas de Castilla. Recibió en ella el esclarecido El-Ahmar de mano de su tío Yahya-ben-el-Nasr el mando de una hueste brillante y numerosa con que tomó á Jaén por asalto, y de mano del pueblo una corona á cuyo favor conquistó más tarde Guadix, Baeza, Al¬ mería, y al fin todo el reino de Granada , que fundó y consolidó con la prudencia y la energía. Al dejarla El-Ahmar no tardó en verse cercada por los ejércitos de San Fernando; pero no pudo ser combatida ni ganada sino muchos años después en que viéndola aislada este rey, destacó contra ella á Ñuño González, hijo del conde de Lara, y asistiendo personalmente al sitio, la tomó por capitulación consintiendo que pudieran permanecer en la villa todos los moros menos dos de los caudillos.
es toda nuestra; pero no porque hayamos querido satisfacer un pueril sentimiento de vanidad, sino porque no encontramos en las actas más que consignado el hecho. «Venerunt quoque parentes éorum pietate moti ad Judicem rogantes ut juventutis illorum misereretur. Quibus ipse íacultatem dedit eos si possent verbis lachrymisque á proposito removendi. Sed sancti Dei talibus sunt verbis usi ad suos, ut parentes visa constantia filiorum et ardenti desiderio martyrii eos potius ad coronam animarent.» Véase á Jimena, Anal. Ecles. de Jaén, pág. 555.
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Fué esta capitulación ventajosísima para los moros en aquellos tiempos, pero San Fernando, príncipe tan esforzado como prudente, prefirió otorgarla á ver derramada con profu¬ sión la sangre de sus soldados. Situada como está Arjona, no se prestaba ni se presta aún á muchos hechos de armas. Tiene por asiento un cerro de mucha elevación y de rápida pendiente; baja al norte desde la cumbre al valle, y aun en este se halla defendida por barrancos profundos que son verdaderos preci¬ picios. Puesta entonces á la sombra de un castillo del que apenas quedan ruinas, bien poblada, mejor guarnecida y soste¬ nida sobre todo por la desesperación del que ve en su venci¬ miento la esclavitud ó la muerte, habría sucumbido al fin á los ataques del ejército, mas vendiendo cara su libertad, vendiendo cara su vida y la vida de sus hijos.
Ya de Castilla, Arjona no pudo pensar en hacer ondear otra vez sobre sus muros los estandartes del Profeta ; pero no pasó cincuenta años sin ver aventurada la suerte de las armas cristia¬ nas en el éxito de una batalla cuyo recuerdo es el que hace re¬ correr con más interés al viajero sus alrededores pintorescos. En guerra Granada y Castilla durante la regencia de Ma¬ ría de Molina, cruzáronse junto á esta villa los ejércitos de en¬ trambos reinos. Pelearon de un lado Mohamed, del otro el in¬ fante D. Enrique y el héroe de Tarifa; y fué reñida y sangrienta la refriega. Eorzó ya al primer ímpetu la caballería sarracena la vanguardia cristiana, la rompió, la dispersó, y abriéndose paso á lanzadas, se internó en el campo enemigo hasta desarzonar y derribar del caballo á D. Enrique. No alcanzó la muerte del in¬ fante porque Guzmán al verle en tan gran peligro arremetió contra ella al frente de un solo escuadrón, y envolviéndole en¬ tre los suyos, le salvó á punta de espada ; pero había ya toma¬ do la delantera, y si no pudo ejercer su saña en D. Enrique, logró auxiliarlo por la infantería, ejercerla en el resto del ejérci¬ to, del cual unos murieron alanceados y otros fueron á gemir en duro cautiverio en las mazmorras de Granada.
Triste, muy triste fué para los cristianos el éxito de este combate : manchó la afrenta su rostro, su sangre el suelo, y quedaron envueltas en el polvo del campo sus banderas. Per¬ dieron á Pedro Pascual, obispo de Jaén, que murió después már¬ tir de su celo religioso. Volvieron á ver á poco en inminente riesgo á D. Enrique, á quien sólo pudo salvar por segunda vez el heroísmo de Guzmán el Bueno, que peleó hasta que conside¬ ró á salvo en Arjona á tan desdichado infante.
A Arjona, empero, no pudo alcanzarla ya ninguna de las consecuencias de esta derrota. Continuó en una paz profunda que no turbaron en adelante sino las calamidades que afligieron á todo el reino. Enagenada en el siglo xv por la corona, pasó en corto número de años de las manos de D. Juan II á las de D. Fadrique de Castro, que la obtuvo por merced con título de Ducado, de las de Castro á las del conde de Luna , de las de Luna á las de D. Alvaro, el tan famoso como desgraciado con¬ destable de Castilla; pero ni aun de estas mudanzas, origen muchas veces de trastornos, tomó ocasión para suscitar discor¬ dias ni peleas. Gozó de la misma paz bajo sus señores que sus monarcas.
Arjona, sin embargo, ha perdido mucho de su importancia: es villa escasa de población, y apenas tiene hoy monumento en que estén vinculados sus recuerdos. Flotan estos en torno suyo sin que siquiera los labios de la tradición los haya recogido; y el viajero que no ha leído la historia, pasa casi indiferentemente al pié del cerro, cuyas vertientes cubre, sin detenerse más que para admirar la situación pintoresca de sus casas, esparcidas be¬ llamente desde la cumbre al llano.
Martos, sita al mediodía de Arjona, carece también de mo¬ numentos; pero tiene en cambio recuerdos más tradicionales, historias populares que refiere con candorosa sencillez hasta el más humilde campesino. En la cima de su famosa peña, por cuya base se extiende en forma de anfiteatro, están escritas le¬ yendas y hechos de armas que encienden el fuego de la más
yerta fantasía, y aún en el fondo de la población se conservan tan vivos los sucesos de otras edades, que uno cree respirar an¬ tigüedades hasta en las calles que no reflejan otros colores que los de este siglo. Álzanse allí á nuestros ojos no sólo la sombra de la Edad media, sino también la de edades más remotas: la que no evocan las tradiciones, la evocan documentos escritos en páginas de piedra.
En Martos, entre los sillares de los edificios, al través de la cal que cubre los paredones de sus casas, bajo las plantas mis¬ mas del viajero, se encuentra á cada paso inscripciones que ha¬ blan de una- ciudad turdetana, llamada Tucci, consagrada espe¬ cialmente al culto de Hércules y Marte, declarada colonia por Augusto, y tan mentada en Roma por sus recuerdos sagrados, que el emperador Tiberio hizo dedicar en ella una memoria á aquel antiguo semi-dios, al héroe de la Libia. Esas piedras me¬ dio desgastadas revelan aún el nombre de los romanos que la poblaron, el de la tribu á que pertenecían las familias que la en¬ noblecieron, el de los Césares que merecieron más el amor de los tuccitanos; hacen especial mención de los soldados de la le¬ gión décima, de las familias de la tribu Sergia, de Octaviano, de Aurelio, del español Adriano; manifiestan que Tucci fué tam¬ bién llamada Augusta Gemella y ciudad de Marte, y la peña llevó antiguamente el nombre de Columna de Hércules (i).
(i) He aquí las principales lápidas á que hace referencia el texto :
IMP. CAES M. AURELIO. PROBO PIO. FEL. INVICTO AUG. P. M. TRIB. POTESTATIS. VI. COS. IV. RESPUBLICA. TUCITANORU.M DEVOTA NUMINI MAJESTATIQUE. EJUS D. D.
CURATORE. TIRIO. CLAUDIO SUB COLOSO.
2.» ANICI^. SEX. F.
POSTUMyE. ETRIL. AFRl. COL. AUG. GEM. D. D.
LIBICO. HERCULI DEO. INVIC.
STATUAM. ARG. C. L. P. CIVITAS MARTIS D. S. P. P. P.
\ Pero no hablan esas lápidas del destino de esta ciudad, y la historia está desgraciadamente tan muda sobre su origen, como sobre las revoluciones que pudieron producir su ruina. Tucci es, comq otras tantas ciudades, un enigma; la cubren aún las nie¬ blas impenetrables de los siglos. Han arrojado alguna luz los anales eclesiásticos; pero no han bastado para vencerlas. Cons¬ ta que á fines del siglo ni hubo en esta ciudad un obispo, lia-, mado Camerino, que firmó las actas del concilio nacional de El¬ vira ; consta que los hubo sin interrupción desde antes del año de 588 hasta después del 653 ya por algunos decretos de los reyes, ya por las actas de los concilios nacionales de Toledo y las de los principales de Sevilla; consta por los últimos conci¬ lios toledanos que los hubo desde el 677 hasta la invasión de los árabes; consta que los hubo hasta bajo la misma dominación sarracena por una inscripción que se encontró en la base de la torre de San Francisco. Se sabe que todos estos prelados fir marón siempre llamándose obispos tuccitanos; y es según esto indudable que debió existir hasta ese tiempo la ciudad de Tuc ci (i).
HERCULI. INVICTO.
TI. JULIUS. AUGUSTI.F. DIVI. NEPOS CJESAR. AUG. IMP. PONTIFEX. MAXIMOS DED.
5.> HERCULIS. ANTICUA. CLARISSIMA. RUPE. COLUMNA DICERIS. A. CLARO. STEMMATE. NOMEN. HABENS.
Q. JULIUS
Q. F. T. N.
SEIW. CELIOS AED. II. VIR. BIS DE. SUO. DEDIT.
6.» G. URBANIC.
FIRMINO _ MIL. LEG. X TULINGL.
(i) He aquí el catálogo de los obispos de esta ciudad según el P. Flórez : —Ca¬ merino, consagrado cerca del año 296 : firmó el concilio Iliberitano.— (No se en¬ cuentra luego noticia de otro obispo hasta fines del siglo vi en que aparece firma¬ do el concilio III de Toledo por) — Velato, obispo tuccitano, que lo fué desde poco antes del 5 88 hasta principios del siglo vii. Suscribió el concilio de Sevilla, presi¬ dido por el arzobispo Leandro.— Agapio, desde antes del 610 hasta cerca del 616: firmó un decreto del rey Gundemaro dado en aquel año á favor de la silla metro¬ politana de Toledo.— Fidencio, desde cerca del 6 1 6 hasta poco después del 633;
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Mas ¿ cuándo pudo desaparecer? ¿ cuando se verificó la trans¬ formación de ciudad en villa, y la del nombre de Tucci en Martos? ¿Resistió tal vez á los árabes y fue destruida? ¿La desga¬ rraron las guerras civiles de los mahometanos ? La historia sigue muda sobre esta ciudad hasta poco antes de su entrega á los reyes de Castilla. Refiere que Mohamed, saheb de Baeza, la unió á su reino y la cedió después al Rey Santo como en pago de su alianza; pero no indica que hubiese sido tomada á fuerza de armas. Ensangrentáronla las armas en terribles asaltos; pero después de haber pasado al poder de San Fernando, cuando no existía ya la ciudad de Tucci, sino la villa de Martos.
Entonces y sólo entonces es cuando llega á figurar Martos en las crónicas y las leyendas; sólo entonces es cuando se abre la serie de sucesos caballerescos que la llenaron de gloria y de poesía. Encargóla San Fernando apenas tomada á un D. Gon¬ zalo Yáñez de Navoa, maestre de Calatrava, á un D. Alvar Pé¬ rez de Castro, señor de Paredes, á un D. Tello Alonso, hijo del señor de Meneses, á caballeros ya célebres por sus hazañas y su aventurado arrojo; y la ilustraron estos no sólo con sus re¬ pentinas invasiones en país enemigo, sino con la defensa que de ella hicieron acometidos sin cesar por los reyes de Granada. Las mismas damas de estos héroes supieron sostenerla con glo¬ ria contra los ejércitos infieles. En 1238 presentóse El-Ahmar ante sus muros cuando no había quien la defendiese, cuando estaba Pérez en Castilla, Yáñez en Baeza y Tello Alfonso en algarada, y no pudo sin embargo extender sobre ella sus armas
suscribió el concilio 11 de Sevilla, y lirmó por él en el IV de Toledo un presbítero llamado Centauro. — Guda, desde cerca del 634 hasta el de 646 : firmó el conci¬ lio vi de Toledo.— Vicente, desde cerca del 646 hasta después del 653 : suscribió el concilio Vlll de Toledo.— (Desde el Ó5 3 hasta el 677 se ignora quién ó quiénes lo hayan sido.)— Sisebado, desde cerca del 677 hasta después del 693 : firmó los concilios Xll, Xlll, XIV, XV y XVT de Toledo.— (Del tiempo de los árabes no se con¬ serva el nombre de ningún otro obispo que el de Ciprián. En una inscripción que l'ué hallada en la base de la torre de San Francisco, convento de la misma villa de Martos, se lee: Cepriano, Episcupu ordinante edificavi.) Desde que fué reconquis¬ tada Martos por San Fernando, dejó de ser silla episcopal : pertenece desde enton¬ ces á la diócesis de Jaén.
JAÉN. — Peña de M artos
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vencedoras. D.^ Irene, esposa del de Castro, escribió resuelta¬ mente á Tello que se dejase caer cuanto antes sobre la villa, y en tanto mandó ocupar los adarves por sus dueñas y doncellas. Hizo trocar á todas la toca por él almete y la aguja por la es¬ pada, y ella la primera presentó entre las almenas el pecho al enemigo. «Aprendamos á ser dignas de nosotras y de nuestros dueños, antes muertas que cautivas, exclamó, y se preparó con brío á la defensa. »
Afortunadamente El-Ahmar, que vió por momentos brillar en los muros mayor número de celadas, receló, desconfió, y no se atrevió á dar el asalto. Llegó entre tanto Tello, seguido de Vargas y un reducido séquito de hidalgos, buscó por dónde romper el cerco, se abrió osadamente paso con su lanza y al¬ canzó al fin las puertas de la villa, aunque regando el camino con la sangre de Padilla y otros soldados. Vacilaba por de pronto Tello en atacar el campamento de los infieles, mas le decidieron á poco las palabras enérgicas de Vargas, que acha¬ cando á mengua indigna de hidalgos el temor de perder sus vidas, se mostró resuelto á morir como caballero antes que, dejando en peligro á Martos y á la condesa, presentarse sin honra ante Alvar Pérez y ante San Fernando (i).
Ese arrojo de Vargas y de Tello fué decisivo. Retiróse la condesa al verlos creyéndose ya salvada, cobraron bríos las tropas que defendían la Peña y amenazaron el campo moro; y El-Ahmar se vió en breve obligado á levantar el cerco abando¬ nando del todo una empresa de cuyo buen éxito dependía la paz y la seguridad de las fronteras de su reino. Fué todo luégo regocijo y animación en Martos; pero no tardó en venir de nuevo á cubrirla de luto la muerte de Alvar Pérez, tras la cual fué dada á la Orden de Calatrava, con todos los pueblos de su Arciprestazgo, para que sus freires la defendiesen contra los moros. Tenían los reyes granadinos fija siempre la vista en esa
(i) Seguimos en la relación de este hecho la Historia General.
peña escarpada que era para ellos el mayor escollo ; y se temía con razón que había de salir del poder de los cristianos á no estar sujeta á la mejor espada (i).
Confirmó á poco el tiempo la justicia de estos recelos. Cer¬ caron de nuevo á Martos los moros gazules en 1244, mientras estaba San Fernando en Córdoba y el príncipe D. Alonso en la vega de Granada, y la hubieran probablemente vencido, á no ser el arrojo de Juan Pérez, comendador de Calatrava, que, á pesar de hallarse con escasas fuerzas para defender el castillo, se armó de todas armas, montó en su caballo de guerra, se puso á la cabeza de algunos freires, y cayó tan precipitadamente y con tanto ímpetu sobre los sitiadores, que los acuchilló, de¬ rrotó é hizo levantar el cerco, obligándolos á dejar el campo cubierto de vituallas, armas y cadáveres. Eran los gazules bravos y en gran número, y hubiera sido difícil arrojarlos de las murallas de la villa sin uno de esos hechos heróicos de que tan á menudo solían dar ejemplo caballeros que habían consa¬ grado su vida en defensa de su religión y de su patria.
Mas no escarmentaron aún los moros. Ayudados por los Beni-Merines de África, llegaron en 1275 al pié del mismo Martos, y dieron en los alrededores un día de luto al ejército cristiano. Sancho, arzobispo de Toledo é hijo del rey D. Jaime de Aragón, se arrojó imprudentemente contra ellos llevado de su celo religioso, y perdió allí la vida y la batalla. Cayó sólo cautivo; pero disputándose luégo africanos y granadinos á qué rey debía ser entregado, fué muerto por el arráez Aben-Nazar, que adelantándose entre los caballeros de uno y otro bando, ya dispuestos á venir á las manos, «no quiera Dios, dijo, que por un perro cristiano se derrame la sangre de tantos buenos m.usulmanes,» y le pasó de una lanzada. ¡Muerte fatal que llenó de consternación las armas castellanas y fué á herir en lo más
(i) De la carta de donación en que cedió San Fernando la villa de Martos á la orden de Calatrava hemos copiado lo más importante en el capítulo anterior (V.).
vivo el corazón de un padre ya próximo al sepulcro! Lloráronle á Sancho cuantos conocieron sus virtudes; lloráronle á pesar de haber arrastrado en su caída á caballeros como Juan Fer¬ nández Beleño, Lorenzo Venegas y Rui López de Haro.
Más desgraciada fué aún la muerte que, según muchos historiadores, sufrieron cuarenta años después en la misma villa de Hartos otros dos ilustres caballeros. No fueron sacrifi¬ cados á manos de enemigos, sino á manos del verdugo; y siendo inocentes, pagaron con su sangre el crimen que otros cometieron. La infamia selló su frente pura como la de los ángeles del cielo; y ellos, tan nobles de corazón como de origen, fueron despeñados como viles, asesinados como esclavos.
Es una historia terrible la de estos hombres. Eran dos hermanos, y animados de las mismas ideas y de los mismos sentimientos, vivían bajo un mismo techo, corrían los mismos peligros, vestían sobre sus armas el mismo manto y cruz de Calatrava. Jóvenes de corazón ardiente, eran sobre todo celosos de su honor, peleaban los primeros en las batallas y no podían acabar de oir una palabra injuriosa sin desnudar la espada. Habrían combatido por su honor contra el mismo rey, y un día que se creyeron afrentados por uno de los hombres más pode¬ rosos de la monarquía, no dudaron en retarle y se batieron como buenos en el campo.
El era Benavides, ellos Carvajales, familias que separaba durante siglos una rivalidad funesta. Larga y recia fué la lucha, pero salieron al fin vencidos. Llenos de tristeza y de despecho, se maldijeron á sí mismos , y llegaron á regar con lágrimas aquel lugar testigo de su vencimiento; mas no pudieron conce¬ bir siquiera el menor proyecto de venganza. Su frente rechazaba todo pensamiento innoble como su corazón todo bastardo sen¬ timiento, y devoraron en secreto sus pesares esperando ver abierta de nuevo la guerra contra los moros de Granada, á fin de restaurar á la sombra de las banderas reales el brillo de su escudo. Comendadores ambos de su orden, creían oir la voz de
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Dios en los trémulos sonidos de la corneta que los llamaba contra los infielesi; y hubieran tenido á mengua no pelear por la defensa de su patria.
No les cupo ya, sin embargo , la suerte de volver á blandir su espada ; el destino los había señalado por sus víctimas y les estaba preparando la copa doblemente amarga de la afrenta y de la muerte. Benavides, su rival, privaba con los reyes; y una noche al dejarlos, fué acometido en la oscuridad por hombres armados de puñales que le derribaron en silencio sobre los mismos umbrales de palacio. Sabedor de la noticia el Rey, se conmovió, se enfureció é hizo resonar pronto las bóvedas de sus salones con gritos de venganza. Han muerto á mi mejor amigo, decía; han muerto al mejor defensor de mi trono; decidme dónde están sus asesinos. Id y seguid todos sus huellas: no perdonéis sacrificio alguno para traerlos entre hierros: gota á gota he de derramar su sangre y la sangre de sus hijos. Han muerto al héroe de mi reino, y hasta en la cabeza de sus nietos he de vengar el crimen. — -Pero todos seguís contemplando mudos mis tormentos, prosiguió á poco el Rey: ¿ni uno solo ha de haber entre vosotros que se atreva á señalar con el dedo al asesino?
Reinó por momentos un silencio profundo; pero á poco se alzó una voz que se aventuró á recordar el desafío de los Car¬ vajales. ¡Recuerdo fatal! — Ellos, ellos son los traidores, exclamó al punto el monarca; aborrecían de muerte á Benavides y le han entregado al puñal de los bandidos. La gloria y el esplen¬ dor de este hombre les atormentaba y le han hecho morir, le han hecho morir en medio de la oscuridad, en los sombríos umbrales de mi mismo alcázar. Corred y arrancad de sus hom¬ bros el manto de Calatrava; he de tomar de ellos una venganza que haga estremecer á los nacidos. Han manchado de sangre mi palacio, han muerto al mejor de los hombres; ¿qué castigo podrá haber en la tierra que pueda igualar su crimen? Yo os pido consejo á todos los que honráis mi corte y lamentáis mi
desventura, ¿á qué muerte no se han hecho acreedores los infames? ¿qué haríais de esos bastardos Carvajales?
Todos oyeron con atención al Rey; pero pálidos y descon¬ certados permanecieron com.o las estatuas de un sepulcro. No se atrevieron á proferir ni una palabra, y llegaron á turbar con su silencio al mism.o Rey, que estuvo algunos instantes con los ojos fijos en el suelo y la cabeza doblada sobre el pecho. Pero el Rey estaba exasperado por el dolor, y no podía apartar de su frente la sospecha. — ¿Amáis aún á los Carvajales? dijo; trai¬ dores como ellos son indignos del amor de un caballero. Des¬ honraron la nobleza, y hasta la tierra que huellan los rechaza. Han abierto su tumba con sus propias manos ; no merecen que los sepulten en ella sino las manos del verdugo. Han de morir, han de morir, exclamó, y en un cadalso he de vengar á Benavides.
Preocupado desgraciadamente el rey por esta idea, no vió llegada la hora de su venganza. Partió con su ejército para Jaén, cayó como el rayo sobre Martos, mandó prender á los dos her¬ manos y los condenó sin oirlos á ser precipitados desde lo alto de la Peña. En vano protestaron contra tanta iniquidad los sen¬ timientos de todo un pueblo, los suspiros y maldiciones de toda una familia, las sentidas quejas de los comendadores, que sin cesar alzaban la voz al cielo invocándolo por testigo de su ino¬ cencia; cerró á todo sus oídos y no escuchó ni recibió hasta ver ya llevada á cabo su voluntad y dejar aplacada como él creía la sombra del desgraciado Benavides.
Verificóse la ejecución al nacer el día. ¡Ay! el mismo cielo pareció tomar parte en el duelo que reinaba en Martos. Nubes negras como la noche cerraban el paso en oriente á los rayos del sol ; nieblas agitadas ligeramente por las auras iban cubrien¬ do las verdes faldas de los cerros del contorno. La naturaleza misma estaba sumergida en el silencio : no se oía una sola voz, no se atrevían ni los hombres á desplegar los labios. Salieron á poco los dos hermanos y fueron conducidos entre lanzas á uno
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dellos ángi^los de la Peña; mas el pueblo, que los vió desde la llai^ura, llorp sin proferir palabra. Sólo las víctimas pudieron ya intérrumpir Isilencio tan solemne. Puestas al borde del abismo, protestaron acerca de su inocencia ; y al verlo todo mudo en torno suyo, firme la voz y sereno el semblante, — Injusto Rey, exclamó uno de ellos, el crimen no ha podido manchar aún la frente de los Carvajales á quienes condenas á muerte; con la espada del valiente y no con el puñal del bandido han derrama¬ do siempre la sangre de sus enemigos. Benavides les había ofen¬ dido, pero fué víctima de la venganza de hombres inicuos, no de los Carvajales, que han conservado siempre el honor del ca¬ ballero. Nos has condenado á muerte y no la tememos, pero has mancillado también nuestro honor, y ¡tiembla, oh rey, sinos han sacrificado tus pasiones! porque para ante la justicia eterna apelamos de tu fallo, y para ante el trono de Dios te emplaza¬ mos dentro de treinta días. Nos juzgará á todos el Señor, y si eres tú el criminal, ¡despeñado seas de los piés de su solio con la espada de fuego de los ángeles, como vamos á serlo nosotros en este monte por las manos de tus verdugos.
Doblada luégo la rodilla levantaron al cielo ojos y manos los dos comendadores, y oraron fervorosamente. Levantáronse murmurando aún palabras santas, entraron en una caja cilindri¬ ca de hierro que cerró el verdugo, y dada á poco la señal, ro¬ daron monte abajo, con el estrépito del trueno que oímos re¬ tumbar sobre lejanas cumbres. Saltó al principio la caja de roca en roca lenta y pausadamente ; pero aumentando á cada instan¬ te en velocidad y en fuerza, amenazó arrastrar tras sí cuanto encontraba al paso. No se detuvo ni en la raíz del monte ; rodó largo trecho en la llanura.
El pueblo acudió á poco en tropel á rodear aquel fatal ins¬ trumento de muerte; y al ver magullados y cubiertos de sangre los cadáveres, no pudo menos de exhalar de su pecho un grito de indignación que fué acompañado de sollozos y abundantes lágrimas. Hombres, mujeres, niños, todos lloraron amargamen-
te sobre los dos hermanos ; habían visto brillar siempre en sus dulces y serenas facciones la nobleza de corazón y la paz del alma, y presentían que eran inocentes, que eran víctimas de la cólera del rey y de las leyes de un bárbaro destino. Manifesta¬ ron por ellos los allí presentes tanto interés, que apenas sabía nadie separarse de aquel recinto, sólo abandonado cuando la religión recogió aquellos cuerpos desfigurados y los guardó bajo la losa del sepulcro.
El rey, sin embargo, permaneció impasible. Se le repitieron las palabras pronunciadas por los comendadores al pié del abis¬ mo; pero las oyó con sangre fría, y salió tranquilo al rayar la nueva aurora para ir á cercar con sus propias armas Alcaudete. ¿Podía, empero, dejar de recordar interiormente tan terrible aplazamiento? No logró llegar á Alcaudete, enfermó en el cami¬ no y tuvo que retirarse á la ciudad de Jaén, donde á los treinta días amaneció muerto (i).
( I ) Casi todos los historiadores esttin acordes sobre este hecho ; pero ninguno cita un solo documento en que directa ni indirectamente conste tan terrible viola¬ ción de las más santas leyes. Deseosos de aclarar la verdad, pasamos desde Jaén a Martos, lugar donde se da por acaecida la catástrofe : mas desgraciadamente nada pudimos adelantar á pesar de haber examinado con detención todos los archivos de esta villa, faltos generalmente de toda clase de datos históricos, hl archivo mu¬ nicipal no contiene absolutamente nada ; el parroquial no tiene tampoco escritura alguna en que se vea siquiera consagrado un recuerdo religioso á la muerte de los infortunados Carvajales. Creimos que tal vez en el de la Encomienda de Calatrava podríamos suplir este vacío ; pero disipó también nuestras esperanzas su archivevero D. Isidoro de Luque, que nos aseguró no haber encontrado relativo al suceso sino el deseo manifestado muchas veces del siglo xvi acá por los visitadores de la Orden de erigir un sepulcro para los dos comendadores. En la iglesia de Santa Marta hay una inscripción que habla del hecho ; pero está escrita en el siglo xvi como se ve por su mismo contexto: «Año de 1310 por mandado de el rey ü. Fer¬ nando IV de Castilla, el Emplazado, fueron despeñados de esta peña Pedro y Juan Alonso de Carvajal, hermanos comendadores de Calatrava, y los sepultaron en este entierro. — D. Luís de (jodoy y el licenciado Quintanilla, caballeros del hábito, visitadores generales de este partido, mandaron renovarles esta memoria año de I 5 9 5 años.» Esta carencia absol uta de documentos ¿ no puede cuando menos in¬ ducir á duda? El hecho es raro, extraordinario ; y merece más corroboración que otros para que se le pueda dar entero crédito. Hay más : todos los autores dan por simplemente precipitados de la peña de Martos á los Carvajales ; y ninguno de ellos se ha hecho cargo de que esta peña no es por ningún punto tan escarpada que pueda por la sola rapidez de su pendiente producir la rotación y muerte de ningún cuerpo humano. Estamos lejos de negar este suceso apoyado por el testi-
\ Asfi brilló en la tierra la inocencia de los dos comendadores, de\uyos recuerdos está lleno aún todo el país de Martos. Ma nifiestan en él hasta los niños el lugar donde fueron despeñados, el sitio donde cayeron y lloró el pueblo, el balcón desde el cual contempló Fernando IV tan sangrienta escena, el templo donde están guardadas las cenizas de esos dos hermanos. Sobre el lu¬ gar donde cayeron hay una cruz de piedra, que en memoria de las lágrimas derramadas por el pueblo, se llama aún hoy la Cruz del lloro: la pena, alta y escarpada, conserva todavía en la cumbre restos de los muros y torreones que va abriendo la yerba y desmoronando el hálito de los siglos, y hasta en esas ruinas llega uno á creer que ve marcadas las huellas de ese acontecimiento.
Murieron los Carvajales en 1310, y diez años después Martos era ya testigo y víctima de otra desventura. Cayó entonces esclava de Ismail la que una débil mujer había podido defender años antes contra las armas de El-Ahmar, el primero y el más poderoso de los reyes de Granada. Ismail, viendo en ella el azo¬ te de sus fronteras, había jurado sepultarla entre ruinas; y al ir á cercarla, no cesó de combatirla hasta ver allanados los muros y las torres, y muertos entre los escombros los mejores caba¬ lleros que la defendían. Se arrojó con ímpetu á las brechas, la invadió lleno de cólera, y pasó hasta mujeres y niños por el filo de la espada. Todo lo mató, todo lo destruyó, todo lo cubrió de humo y sangre. Si algo quiso perdonar, no lo quisieron perdo¬ nar sus soldados. Entró en lo más sagrado del hogar domésti¬ co, y sacrificó á sus hijos en el regazo de sus madres, á los pa¬ dres entre los brazos de sus hijos. No escaparon de su furor sino los que pudieron guarecerse en el castillo.
Mohamed-ben Ismail, de mejor corazón, se esforzó en detener
monio de muchos escritores de criterio, aunque no por el de ningún autor contem¬ poráneo de Fernando IV; pero hemos de confesar que no nos merece entera fe. Lo consignamos en el texto; pero como una tradición que está aún viva en el país, como una leyenda poética, no como un hecho rigurosamente histórico.
tan horrible matanza, pero casi siempre en vano, mientras no tiró del alfange contra los mismos moros. Tuvo que pelear á brazo partido, tuvo que arriesgar su vida si quiso arrebatar de las manos de la muerte á los que vió con horror amenazados con la espada. Pero logró al fin salvar á muchos inocentes, lo¬ gró salvar á una joven infeliz que constituyó de pronto su ven¬ tura y filé más tarde su tormento.
Estaba dotada la cautiva de rara hermosura; y enamorado ciegamente Mohamed, no sólo quiso llevarla consigo, sino que también le ofreció su mano, su corazón y las ciudades y villas de su padre. Le pintó con vivos colores un porvenir lleno de gloria y de poesía, le abrió su pecho que sentía palpitar por ella, y le reveló fuerzas hasta para conquistarle una corona. Fué co¬ rrespondido, y no hallaba palabras con que encarecer su suerte. — Las huríes del Profeta, decía, no son tan bellas como mi cauti¬ va, ni los jardines que les prestan sus sombras más hermosos que los valles de mi patria. ¡ Bendito sea Alá que me permite así go¬ zar en vida del cielo que prometió á los muertos! ¡Feliz, feliz la hora en que te vi, cautiva mía! Viviremos juntos bajo techos de oro, y todo estará á mi alrededor perfumado por el aliento de tu boca. Tus manos templarán el ardor de mi frente al volver de las batallas; tus dulces palabras adormecerán mis exaltadas pa¬ siones. Respiraremos sólo amor y latirá acorde el corazón de entrambos. Un mismo sueño nos cerrará los ojos, y un mismo cuidado los abrirá á la luz de la mañana. Cautiva, cautiva mía, como yo te libré de la muerte, me librarás tú del tedio y la amargura.
Todo lo miraba ya risueño y encantador Mohamed; ¡ay! no eran sino sueños lo que veía. Ismail, su rey, que oyó celebrar la hermosura de la cautiva, la destinó para su serrallo; y fueron vanas las quejas de Mohamed, vanas las súplicas, vanas tam¬ bién las amenazas. — Abandona si te place mi corte, le dijo al fin Ismail, vé y ofrece tu espada á los rebeldes. Tu furor se estre¬ llará al pié de mis armas, como el de cuantos resistan á mis le-
yes. Vé, joven imprudente, no temo tus impías amenazas. Arma tus deudos, arma todos los pueblos de tu padre, llama en tu auxilio á los infieles; el ruido de tus lanzas no llegará al Alhambra ni logrará turbar mi sueño.
Estremecióse de cólera Mohamed, pero debió humillarse por de pronto al rigor de su destino. Ya de noche, montó triste y silencioso en su caballo, abandonó Martos, á la que apenas podía no volver los ojos, y solo y sin más compañero que su dolor, tomó el camino de Granada agitado su corazón por los más contrarios sentimientos, y turbada su cabeza por los más sombríos proyectos de venganza. — No podré arrebatarle á mi adorada, iba diciendo para sí, pero le arrancaré el alma con mis manos. Tinieblas que me rodeáis, vosotras que mecéis y arrulláis en vuestro seno los más negros crímenes, ¿por qué no habéis de inspirarme á mí el más espantoso, el más sangriento.? Ismail ha desgarrado mis más dulces esperanzas, ha hollado sin piedad mi corazón; ¿por qué no me lleváis en los pliegues invisibles de vuestro manto, y no me deslizáis junto á su lecho con el alma de un bandido? La sangre de un traidor no debe manchar mi espada; sólo el puñal puede herir sin desdorarse el pecho de un infame.
Llegó á Granada al rayar el día; pero ¿qué podía hacer ya en Granada el herido Mohamed sino languidecer más y más de amor y sentirse morir de celos y melancolía? No hallaba pala¬ bras sino para referir su desventura; y sólo dispertaba de su triste ensueño si alguno de sus deudos se ofrecía á favorecer sus espantosos proyectos. Pensaba día y noche en Ismail ; y cuando le vió entrar en la ciudad aclamado con entusiasmo por la muchedumbre, pensó morir de cólera y despecho. — Vé, tira¬ no, exclamaba, vé y goza de tu tesoro en las mansiones de la Alhambra; enséñale tus fuentes, tus jardines, tus salones de oro y de colores, tus techumbres brillantes como bóvedas del cielo. Sobre los pavimentos de tu mismo alcázar he de derramar tu sangre. Aguzad, aguzad las dagas, amigos todos que abo-
rrecéis el crimen, cubrid el pecho con jacerinas, y ocultad en lo más profundo de vuestras almas vuestro pensamiento de muerte. Va á sonar la hora de Ismail, y ha de pagar con la vida su infame alevosía.
Ciego ya de venganza Mohamed , subió por fin á la Alhambra seguido de un corto número de amigos. Nada pudo dete¬ nerle, abrióse paso hasta la Alberca afectando grande interés por hablar con el monarca, aguardó inmóvil bajo los arcos de la galería del norte, y apenas vió á Ismail, se arrojó sobre él como un tigre y le derribó en el suelo á puñaladas. Un wasir que acompañaba al rey pretendió defenderle; pero cayó también víctima de los parciales del ofendido.
Huyó Mohamed como perseguido por la sombra de su delito; no se sabe dónde pudo dirigir sus pasos ni dónde pudo ir á devorar sus pesares y sus remordimientos. La historia y la tradición están mudas á la vez no sólo sobre su destino, sino sobre la suerte que deparó Dios á la cautiva, origen de tantos males, y hasta sobre la que cupo á la misma villa de Martos, de la cual apenas se refieren ya otros sucesos que el de la prisión del maestre de Calatrava D. Martín López, tan sentida del entonces rey de Granada , que amenazó á D. Pedro de Castilla con ir sobre Martos y arrancar del alcázar al ilustre cautivo, si no se le devolvía su libertad injustamente arrebatada.
Volvió Martos, según lo más probable, al poder de los cris¬ tianos apenas la desocupó el ejército de Ismail; pero abatida, desmantelada y apartada cada día más de la frontera, no pudo ejercer ya en la reconquista la infiuencia que ejerció en mejores días. Quedó confundida entre las demás villas y ciudades de la comarca; y reducida á la oscuridad y al silencio, no tuvo pronto en su favor más que los recuerdos de sus antiguas glorias. Hoy no existen ya ni sus mejores monumentos; sus castillos están arruinados, sus templos descansan sobre frías columnas greco-romanas que reemplazaron sus esbeltas haces góticas; sus cárceles y sus fuentes no revelan sino el estilo del siglo xvi,
más lleno allí de gravedad que de elegancia. Sólo lo tortuoso y. rápido de las calles refleja ya en Martos la Edad media. Es una villa moderna como casi todas las del reino de Granada, más moderna aún que la vecina ciudad de Jaén, que aunque también muy remozada, reúne mucho interés para el literato y el artista.