Granada, Jaén, Málaga y Almería · Capítulo real 9 de 11

CAPÍTULO XII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 23 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XII

STÁ sentada Jaén en la falda de un cerro cuya cumbre ocupan las imponentes rui¬ nas de un castillo. Báfianla al oriente las claras aguas del Guadalbullón , y está casi en derredor cercada de huertas y jardines, entre cuyos árboles y flores des-

Jaén, Baeza, Úbeda

cuella la oriental palmera. Montes elevados le prestan abrigo y sombra al mediodía ; y de ellos como de un fondo dispuesto por el arte se destacan bellamente las torres de sus templos y las agujas de su catedral, suspendida al parecer sobre los techos del contorno.

Sus calles son estrechas y tortuosas, pero producen un efec¬ to agradable en el ánimo del viajero sus blancas paredes, sus hermosos balcones, cubiertos unos de pámpanos y yedra, reca¬ mados otros de madreselva, y adornados todos en los ángulos de sus barandillas con jarras de Andújar, cuya agua guardan del polvo paños orlados de encaje, sus frescos y deliciosos pa¬ tios alfombrados de vistosas plantas y animados por el murmu¬ llo de fuentes que brotan de esbeltas copas coronadas de flores. La soledad y el silencio que reinan en algunas calles hacen aún más dulce la impresión de estas bellezas. Se recuerda involunta¬ riamente la vida toda interior de los musulmanes, y hay mo¬ mentos en que se llega á creer que está aún habitada la ciudad por Zaides y Zulemas.

No causan menos viva sensación sus antiguos muros. Están medio derribados y confundidos entre casas humildes, que se sentaron en lo alto de sus adarves ó pasaron desdeñosamente sobre sus escombros ; pero se levantan aún á trechos grandes lienzos ceñidos de torreones, y se fija con placer la vista en esos restos sombríos, adornados ya por los siglos de yerbas pa¬ rásitas que agita con dulzura el viento. Levántanse todavía en¬ tre ellos puertas que vieron pasar á El-Ahmar y áSan Fernando; y sobre sus arcos, ya ojivales como los del Portillo del Arroyo de San Pedro, ya de herradura como los que tuvo la puerta de Granada y conserva la de Martos misteriosamente ocultos á la espalda de una torre ; son tantos los hechos que en un momen¬ to puede amontonar la fantasía, que al contemplarlos apenas saben moverse fuera de sus curvas ni la memoria ni los ojos (i).

(i) Según pudimos colegir por los restos que aún existen, desde el castillo ba-

JAÉN. — La ciudad y sus cercanías

Desde estas puertas trepan las murallas por lo más alto del cerro hasta enlazarse con las del castillo, defendido de oriente á mediodía por espantosos precipicios. Se halla ya hoy esta an¬ tigua fortaleza medio destruida, desmoronada su cerca, trunca¬ da la cabeza de sus cubos y torreones, sin techo sus cuarteles; pero descuellan sobre estas ruinas torres que parecen desafiar el furor de los siglos y las tempestades, y estas hablan todavía en alta voz de la importancia de la obra y de la grandeza de los héroes que la levantaron y defendieron contra las armas de los árabes. La torre del Homenaje sobre todo és imponente. Le¬ vanta sobre las demás su corona de almenas ; y enclavada en medio de las más altas se presenta aún como la reina del alcᬠzar. Encierra en su interior salas tristes y reducidas; pero hasta en ellas revela grandiosidad y fuerza. Son recios sus muros, ba¬ jas y robustas sus bóvedas por arista, grueso el pilar central en que descansan sus ojivas; y al visitarlas causa sensación profun¬ da hasta el silencio que las ocupa, hasta la mustia y escasa luz que entra por sus troneras, al parecer sólo para aumentar el efecto de sus luces y sombras. Apenas se entra en estas salas es ya difícil detener el vuelo de la imaginación; lo es mucho más, cuando se pone el pié en la plataforma superior de la to¬ rre, donde se cree ver enarbolada la bandera de San Fernando y oir á uno de los héroes de la Edad media gritando de pechos sobre la barbacana: « alzad el puente, cubrid de lanzas adarves

jaba la antigua fortificación por la parte de mediodía hacia la puerta de Granada. Seguía desde esta puerta á la catedral, y dirigiéndose luégo por la calle del Porti¬ llo y la de los Adarves, iba á unirse con la que es hoy puerta de Barreros, sita jun¬ to á un convento de monjas Bernardas. Continuaba probablemente hacia el Campi¬ llo de San Antonio, donde existen todavía dos altos torreones octógonos que creemos del tiempo de San Fernando ; corría por la calle del Arroyo de San Pedro, y se dirigía desde allí al Campillejo de Cambil, en que se ve el arranque del arco de una puerta antigua y las torres entre las que esta se abría, torres de planta cua¬ drada con aberturas circulares, que ya negras y desmoronadas revelan mayor an¬ tigüedad que las demás y llaman justamente las miradas del viajero. Seguía, por fin, desde el Campillejo, ya por el interior de la ciudad, ya por lo que es hoy cam¬ po, á la puerta de Martos, donde torcía hacia el norte y pasaba á unirse, como decimos en el texto, con la del castillo.

y torreones, nadie abandone el muro sino con la vida. A vues¬ tros piés están los abismos que han de ser la tumba de vuestros cuerpos antes que el sepulcro de vuestras honras, arrojad en lo profundo á vuestros enemigos.»

Comunica el Homenaje por medio de una muralla con otra torre sin antepecho en la plataforma, cuyas salas, cubiertas de bóvedas ojivales y alumbradas por ajimeces de doble arco apun¬ tado, no ofrece menos interés que las anteriores al que las re¬ corre conmovido el corazón y excitada la fantasía. Álzase junto á ella una ojiva casi aislada que parece haber sido en otros tiempos puente y á la espalda una capilla llamada Ermita de Santa Catalina, á la que sirve de asiento un arco elevadísimo, corrido de entrelazos árabes. Reflejan fielmente su época mu¬ chos restos del castillo ; pero nada hay quizá tan característico como este reducido templo, donde enlazadas sin violencia las formas árabes y las cristianas, se levanta el arco ultrasemicircular junto á la ojiva, y aparece cortada la bóveda de punto por la cúpula elíptica que tanto distingue aún las fábricas del Kairo. Presenta en su fachada un simple arco ultrasemicircular encerrado en un recuadro, y en el interior una sola nave sepa¬ rada del presbiterio por un modesto escalón, á lo largo de la cual hay cuatro capillas ojivales ligeramente abiertas en el mu¬ ro. Tiene por cubierta en el presbiterio y en la nave una bóve¬ da apuntada; pero no en lo que constituye el centro del cruce¬ ro, donde, algo más levantada aquella, toma la forma de una campana polígona y lleva adornados los ángulos de una cinta de leones y castillos que va á perderse en el fondo de una cla¬ ve. Aunque raro é incoherente en los detalles, reúne unidad y belleza en el conjunto. Está ya falto de imágenes y altares y destituido de los recuerdos que durante siglos conservó del obis¬ po que cayó prisionero en Arjona y fué á morir mártir en Gra¬ nada (i) ; pero tiene aún interes por sí, y cautiva las miradas

(i) Hubo, según muchos autores, en esta capilla del castillo, en lo alto de un

del artista no sólo por su hermosura, sino también por su senci¬ llez, por lo determinado de su carácter, por esa misma mezcla de formas que en otros monumentos detestamos.

Después de la capilla llama ya muy poco la atención lo de¬ más de este antiguo alcázar. Sus pabellones y cuarteles son mo¬ dernos; sus murallas no consisten sino en vastos lienzos de ar¬ gamasa cortados á trechos por torres, ya circulares, ya cuadra¬ das; sus aljibes están secos ; sólo merecen ya que se las recorra sus largas y multiplicadas piezas subterráneas, estrechas, lóbre¬ gas, profundas y abiertas algunas á mediodía sobre la vertiente del monte, sobre el fondo de los precipicios. Comunicaban con el exterior del castilllo no sólo las más de estas piezas, sino también algunas puertas subterráneas de que existen aún vesti¬ gios á la parte de occidente, donde se conserva, además de la puerta, el foso y el puente levadizo que la defendían.

arco, una imagen de este santo mártir, que no supimos ver por más que anduvi¬ mos buscándola detenidamente. Jimena dice acerca de ella: «Esta imagen fue á ver y certificar (en cumplimiento de auto proveído por el Eminentísimo señor Car¬ denal Obispo de Jaén en aquella ciudad á 5 de Octubre de i64'5 años a pedimiento del Padre Comendador de la .Merced de Jaén y aviendo precedido citación en forma, que se hizo al Promotor Fiscal del obispado) Antonio Fernandez de Rivera, presbítero, notario mayor de la Audiencia Episcopal, en compañía de algunos tes¬ tigos ; y como parece de la certificación que da á 2 ^5 del siguiente mes de Noviem¬ bre, aviendo subido este dia al castillo de Jaén, aviendo entrado en la capilla dél, que está junto al Algibe, certifica, que en ella hay un Altar en el qual hay muchas Imágenes antiguas de bulto, y en el medio en lo alto una de Nuestra Señora con el Niño en brazos, yal pecho un escudo,comolos de la Ordende la Merced, y fron¬ tero deste Altar está un arco, que es la entrada de la capilla, y en lo alto dél por la parte de la frente que mira al Altar están de bulto tres figuras, que parecen de yeso, como las demás referidas, y la de enmedio con casulla, y encima della una á modo de muceta, las manos juntas y levantadas á modo de un Sacerdote que co¬ mienza la Misa, y en el pecho relevada una targeta que parece la que ordinaria¬ mente usan los religiosos de la Merced, y en el cuello una señal roja, como dego¬ lladura, que parece llega de una y otra parte hacia el remate de ambas orejas, la qual figura está en uno como nicho ó tabernáculo. Y las de los que están á sus la¬ dos derecho é izquierdo, parece están vestidos como de Diácono y Subdiácono, ambos á dos con sus libros abrazados, y están sobre pedestales ; mas á la principal, que es la de enmedio, le falta el pedestal y ay señal de que parece averse caldo. Y según el modo, traje y disposición de estas Imágenes y las demás de la dicha capi¬ lla, todas manifiestan antigüedad y difieren de las destos tiempos.» (De las circuns¬ tancias referidas por este D. Antonio Fernández de Rivera sobre la imagen del me¬ dio, infiere Jimena que debió ser aquella la efigie del obispo Pedro Pascual, dego¬ llado por los moros de Granada. — Véase á Jimena, pág. 293.)

A pesar de tan grandiosos restos, es ya sin embargo casi imposible apreciar debidamente el conjunto de esta fortaleza, no sólo mutilada y destruida por las nuevas necesidades de la guerra, sino también modificada y profundamente trastornada por el gusto dominante de todos los siglos y de todos los esti¬ los. De la obra primitiva, de la fábrica del siglo xiii, del alcázar que mandó levantar el rey Fernando el Santo, apenas le fué entregada Jaén por los reyes de Granada, ¿qué existe ya si no son su capilla y sus torreones que levantan aún al cielo sus sombrías barbacanas.''

La misma suerte y aún peor cupo ya á los demás monumen¬ tos del mismo rey, ya á todos los que construyeron cuantas na¬ ciones y héroes sentaron su planta sobre el suelo de esta ciudad antigua. Jaén fué en otro tiempo Auringi ; y á la entrada de los cartagineses sirvió ya de alcázar á Asdrúbal para hacer la gue¬ rra á los pueblos del Mediterráneo. Creció rápidamente en ri¬ queza, en población, en fuerza ; y no tardó en ser á la vez la salvaguardia de sus opresores y el terror de los romanos. En sus muros, sólo en sus muros pudieron encontrar un escudo contra sus enemigos Magón y los dos Asdrúbales después de haber sido vencidos en Iliturgis, Bigerra, Munda y en los mis¬ mos campos de Jaén : Gneyo Scipión los vió entrar en la ciudad; pero ni la combatió, ni la sitió á pesar de verlos mermados, aba¬ tidos y llenos de sangre y de ignominia. No pudieron pensar los romanos en reducirla á sus armas hasta después de la con¬ quista de Cartagena : aun entonces vieron comprometida delan¬ te de ella la suerte de sus banderas. Lucio Scipión, hermano de Scipión el Africano, arrebatado por el deseo de vencerla al pri¬ mer ímpetu, sentó cuán cerca pudo sus reales, abrió fosos, le¬ vantó dobles trincheras, dividió en tres partes su ejército, orde¬ nó á la primera el asalto, y contempló luégo á sus soldados acometiendo con brío las murallas, y trepando por ellas entre millares de dardos y otras armas arrojadizas ; pero pronto debió reconocer cuánto más difícil podía serle la conquista de una

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plaza tan bien sentada como defendida. Vió al enemigo llevando la ventaja, y le hubieran tal vez vencido á no haberse adelanta¬ do con rapidez á la cabeza de sus legiones y ordenado de nuevo al ataque ; hecho con el que logró inspirar tal desconfianza á los sitiados, que, abriendo éstos de par en par las puertas, salieron al campo cubiertos con sus escudos y las manos desarmadas, y pidieron con fervor la alianza, la paz, la vida (i).

Fué luégo muy sonada la toma de esta ciudad. Publio Scipión prodigó por ella muchos elogios á su hermano, y no titu¬ beó en compararla con la de Cartagena, calificando la plaza de opulenta, fuerte y bien situada. Era verdaderamente una ciudad notable Auringi; y lo fué más durante la dominación de sus nuevos señores, que la declararon más adelante municipio y la llamaron Flavia, del nombre de uno de sus emperadores. Mas ¿dónde están los monumentos que puedan acreditar su pasada grandeza.? ¿Qué nos habla en ella de los antiguos pueblos que la dominaron? Sólo algunas lápidas, ya medio borradas por los siglos, recuerdan la ciudad romana, y de estas son aún, las más, simples inscripciones sepulcrales. Hubo, según una, termas que costeó Sempronia Fulvia; según otra, un monumento consagrado á Apolo; mas no se sabe de cierto dónde este ni aquellas es¬ tuvieron. ¿Podrá parecer raro, cuando hasta se ignora dónde estuvo situada antiguamente la ciudad? (2)

( 1 ) Tito Livio refiere muy detalladamente esta toma de Jaén ; á lo que decimos en el texto añade él este desgraciado accidente : « Itaque patefacta repente porta, frequcntes ex oppido sese ejecerunt, scuta pra: se tenentes, ne tela procul conjicerentur, dextras nudas ostentantes ut gladios abjecisse appareret. Id, utrum parum ex intervallo sit conspcctum, an dolus aliquis suspectus fuerit, incompertum est. Impetus hostilis in transfugas factus ; nec secus quam adversa acies ccesi : eademque porta signa infesta urbi illata: et aliis partibus securibus dolabrisque caedebantur et refringebantur portoe; et ut quisque intraverat eques ad forum occupandum (ita enim proeceptum erat) citato equo pergebat. Additum erat et triariorum equiti praesidium: legionarii caeteram partem urbis pervadunt direptione et cede obviorum nisi qui armis se tuebantur.» Liv. lib., 28, cap. 3. h.1 temor de que los que salían de la ciudad con las manos desarmadas no les tuviesen prepa¬ rada alguna asechanza, hizo que los romanos tomaran al fin con gran derrama¬ miento de sangre lo que podían haber conquistado por medio de una capitulación que debía serles rnuy favorable.

(2) Hemos encontrado aún y leído en Jaén las inscripciones romanas siguien-

Domináronla después los visigodos, más tarde los árabes, y ni vestigios quedan tampoco de esas antiguas razas conquis¬ tadoras, cuyo imperio sólo pueden acreditar ya algunos muros, la puerta de Martos y los escasos restos de la de Granada. Tuviéronla sujeta á sus armas los árabes por más de cinco siglos: le dieron walí, y la consideraron como una de las prin¬ cipales ciudades de Andalucía; fundaron en ella mezquitas, levantaron un alcázar y un palacio, y después de los sangrientos trastornos que agitaron é hicieron pedazos su monarquía, se esforzaron aún en engrandecerla, declarándola no ya capital de una provincia, sino de un reino. Le dieron tanta importancia y la fortalecieron de manera, que envidiada por cuantos aspiraban al poder, veíase á cada paso combatida por todo género de

tes, á las que principalmente nos referimos en el texto: En el patio de la iglesia de la Magdalena :

i.a D. M. S.

Q. ANNIUS FELIX. AURG. ANNOR. LXXv Plus. I. S. H. S. EST. . . T. L.

2;“ D. M. S.

M ( ) M ( ) VE NUSTUS SEVIR ( )

( ) VXXII.

3.a APOLLINI.

AUG.

Q. ANNIUS

D. D.

En el exterior de la pared meridional de la iglesia de San Miguel :

C. SEMPRONÍUS (C. F S A. I) SEMPRONIANUS II VIR. BIS.

PONTUFEX PERPET SEMPRONIA FUSCA VIBIA A ( ) IC () lA FILIA THERMAS AQUA PER (DU) CTA CUM... IVIS ( ) NUAR TRECENTARUM PECUNIA IMPENSAQUE. SUA O ( ) NI D. D.

(Rota la piedra en que está contenida esta inscripción, y pésimamente escrita, ó por mejor decir redactada, no es en todas sus partes igualmente inteligible; pero creemos que sin dificultad cabe colegir de ello lo que acerca de unas antiguas termas decimos en el texto.)

facciones, entrando hoy bajo el dominio de los califas, mañana bajo el de un walí rebelde, al otro día bajo el de hijos ambi¬ ciosos que se atrevían á disputar la corona á sus mismos padres, al otro por fin bajo el de un temido africano que, ya levantaba sobre su escudo á un califa, ya le derribaba del trono con el hierro de su lanza. Entre los muchos musulmanes que se levan¬ taron contra Córdoba en el espacio de cuatro siglos, apenas hubo uno que no llevase sobre ella sus armas. Combatiéronla á su vez los partidarios del terrible Hafsún que parecían retoñar siempre de los mismos campos de batalla ; las huestes de Abdalá, que irritado por las victorias de Suar, pasó en persona á conquistar sus muros; las desbandadas tropas de el-Somor, que dueño de las Alpujarras, caía como un torrente sobre la llanura y arrollaba las banderas de cadíes y walíes; los escuadrones de Hhayrán, que pretendió restablecer en el solio de Córdoba la alcurnia de los Omyades. Invadida la monarquía árabe por la ambición y las funestas rivalidades de los que debían sostenerla, no dejó aún de figurar Jaén entre las demás ciudades: continuó siendo el objeto de la codicia de unos y otros reyes, y pasando de una en otra mano. Pretendióla el rey de Toledo y se la disputó á punta de espada el de Sevilla, que logró añadirla al fin á su corona. A la tercera entrada de los almorávides en Es¬ paña, cayó bajo el poder de Baty; fué conquistada luégo por los almohades; sirvió de refugio á Mumenyn-el-Nasr después de la batalla de las Navas, y tuvo que entregarse por fin vencida y ensangrentada á El-Ahmar, que la tomó por asalto y salió de ella para conquistar el que fué después reino de Granada.

No eran sólo los árabes los que la codiciaban; ya á media¬ dos del siglo XII se cree que hicieron grandes esfuerzos por conquistarla las armas de Castilla, que á principios del siglo xiii volvieron á dirigirse contra ella, y durante largos años, ya que no pudieron vencerla, pasaron á talar á menudo sus campiñas causándoles quebrantos que sólo podían reparar los reyes gra¬ nadinos. Después de las calamidades que la habían afligido, era

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aún tan fuerte y poderosa Jaén , que se hacía difícil ganarla á fuerza de armas. Son ya sabidos los esfuerzos que hizo San Fernando para unirla á su reino; por tres veces debió presen¬ tarse ante sus muros, y después de largo y penoso sitio, no pudo al fin alcanzar su entrega sino por medio de la capitulación de El-Ahmar , á quien vimos ya entrar en la tienda del rey para declararse su vasallo.

La importancia de esta ciudad durante la dominación de los árabes era grande, pero lo era mucho más á su caída. Córdoba, la antigua capital del reino árabe, había ya sucumbido ; Baeza y Ubeda, las dos principales ciudades del Norte de Andalucía, tenían ya enarbolados en las almenas de sus torres los pen¬ dones castellanos. Jaén estaba en las fronteras del nuevo reino de Granada, y al paso que era el baluarte de los árabes, era la única puerta de hierro que cerraba el paso á los victoriosos soldados del Rey Santo. Tenía, según los mismos cristianos, mucha población, muchos medios de defensa; era una ciudad á la que no se podía reducir sino como se la redujo, á fuerza de hambre. Y ¡no tiene, sin embargo, memorias de esa larga do¬ minación árabe! ¿Cómo habrán podido desaparecer así hasta los restos de los monumentos que la legaron esos cultos hijos del Profeta? Debieron contribuir en parte á esta destrucción los primeros cristianos que la sujetaron, contribuiría más tarde el viciado gusto artístico de nuestros reyes, contribuirían además los asaltos é invasiones repentinas que posteriormente la aso¬ laron. Se sabe ya que el mismo San Fernando mandó levantar sobre las ruinas de la mezquita mayor el primer templo cris¬ tiano; que un siglo después D. Juan I cedió el palacio de los reyes moros que poseía á la Orden de Predicadores para que esta construyera sobre él el convento de Santo Domingo. Con hechos de esta naturaleza, con las guerras que siguieron, con la ignorancia y el vandalismo con que se han derribado después, y hoy más que nunca, las más atrevidas producciones del arte, ¿puede parecer extraño que en esta y en otras ciudades no lie-

guemos á reconocer siquiera el sepulcro de los pueblos que en otros tiempos los dominaron y los llenaron de su gloria y sus recuerdos? Suenan aún en nuestros oídos los golpes del pico y del azadón con que acaban de destruir esa hermosa puerta de Granada, de cuyo arrogante arco ultrasemicircular no queda ya sino el arranque que está cubriendo el musgo.

Reconquistada Jaén, no aumentó menos su prosperidad que bajo la servidumbre de los árabes. San Fernando construyó en ella el alcázar, un palacio que un siglo después cedió Pedro el Cruel á los claustrales de San F'rancisco, una iglesia y un con¬ vento para las religiosas de Santa Clara; y conociendo su mayor importancia, trasladó á su recinto la silla episcopal que él mismo acababa de restaurar en la ciudad de Baeza. Dejóla bien defen¬ dida y guarnecida; y haciéndola él y sus sucesores centro de operaciones para todas las guerras que intentaron contra los reyes de Granada, le comunicó aún mayor animación y vida de la que en otros tiempos tuvo. Vió desde entonces Jaén pasar junto á sus muros ejércitos crecidos que iban y venían de batallas y asaltos sangrientos; alojó á príncipes y reyes, que impacientes por llevar á cabo la unidad de la monarquía, no podían dejar quieta en el cinto su formidable espada; fué el baluarte de generales esclarecidos que en tiempos aciagos para las armas de Castilla, pasaron á arrostrar en ella todo el poder de los monarcas granadinos. Así por su posición como por su riqueza, excitaba los celos y la codicia de sus enemigos y vióse en graves peligros; mas pudo casi siempre rechazar de sí las huestes más terribles y perseguirlas hasta más allá de las fron¬ teras. Fué sitiada y combatida por los moros en 1301, y no pudo evitar que éstos asolasen sus cercanías en 1319; pero sólo en 1368, cuando estaban aliadas las banderas de Pedro el Cruel con las del rey de Granada, tuvo que humillar la cabeza ante este príncipe, que la saqueó, cebó en ella su encono y res¬ tableció la autoridad de su aliado. En el siglo xv fueron aún mucho mayores los sitios y asaltos que hubo de sufrir de los

moros; en 1407 vió contra sí ochenta mil infantes y seis mil caballos; en 1449, cuando desgarraban el interior de Castilla las guerras civiles, tuvo ya al enemigo dentro de los arrabales; mas no sólo salió vencedora, sino que, no contenta con haber superado tan grandes obstáculos, abrió la guerra á Granada bajo las órdenes del desgraciado García Manrique, que por seguir alanceando á un escuadrón enemigo, cayó en una celada y quedó en poder de moros hasta que se le rescató con el oro y la paz concedida por los reyes de Castilla (i).

(i) Según muchas crónicas y romances caballerescos viósc aún amenazada de moros Jaén á fines del siglo xv. Reduán, leemos en unos y otras, prometió un día á Boabdil ganar esta ciudad; y éste llegó momento en que le exigió el cumpli¬ miento de su palabra. Orgulloso Reduán , no vaciló en pasar á la conquista de Jaén por más que consideró tan difícil la empresa como imprudente su ofreci¬ miento; pero pagó cara y muy cara su osadía. Sabedora la ciudad de tan loco atrevimiento, se preparó; y no sólo deshizo á los moros, sino que logró también la muerte de tan esclarecido caudillo. Son tan bellos los romances que tratan de este hecho, que no podemos menos de copiarlos :

«Reduán, bien te acuerdas Que me diste la palabra Que me darlas á Jaén En una noche ganada. Reduán, si tú lo cumples, Daréte paga doblada;

Y si tú no lo cumplieres. Desterrarte he de Granada: Echarte he en una frontera Donde no goces tu dama.» Keduan le respondiera Sin demudarse la cara :

«Si lo dije, no me acuerdo; ■^as cumpliré mi palabra.» Reduán pide mil hombres:

El Rey cinco mil le daba.

Por esa Puerta de Elvira Sale muy gran cabalgada. ¡Cuánto del hidalgo moro! ¡Cuánto de la yegua baya! ¡Cuánta de la lanza en puño! ¡Cuánta de la adarga blanca! ¡Cuánta de marlota verde! ¡Cuánta aljuba de escarlata! ¡Cuánta pluma y gentileza! ¡Cuánto capellar de grana! ¡Cuánto bayo borceguí! ¡Cuánto raso que se esmalta!

¡Cuánto de espuela de oro!

¡Cuánta estribera de plata!

Toda es gente valerosa

Y esperta para batalla.

En medio de todos ellos

Va el Rey Chico de Granada, Mirando las damas moras De las torres del Alhambra.

La Reina mora, su madre,

Desta manera le habla:

«¡Alá te guarde, mi hijo!

¡Mahoma vaya en tu guarda!

Y te vuelva de Jaén Libre, sano y con ventaja,

Y te dé paz con tu tio.

Señor de Guadix y Baza.»

(Cines Pérez de Hita, Guerras Civiles de

De lejos mira á Jaén,

Con vista alegre y turbada,

El valiente Reduán Que prometió de ganalla.

Con los ojos la pasea,

Y en todas parte la halla Cercada de muros fuertes Que enflaquecen su esperanza. Mira la encumbrada roca.

Tuv^o por otra parte Jaén la suerte de no salir nunca de las manos de los príncipes ; suerte poco común en la Edad media, en que hasta las ciudades principales eran vendidas ó donadas á título de merced á los caballeros que más se distinguían por

De altas torres coronada,

Cuya altura le parece Que á las estrellas llegaba.

Los ojos puestos en ella,

Grave congoja en el alma.

Dando un gran suspiro el moro Á la bella ciudad habla:

«¡Ay, Jaén, cuánto me cuesta No haberte tenido en nada.

Y ser mas largo de lengua Que de ventura y de lanza!

Pues di con loca osadía

Á mi Rey la fé y palabra De acabar en una noche Lo que en un siglo no basta.

Hallo ahora mi persona A lo imposible obligada.

Pues es mas cierto el perderme. Que darte á mi Rey ganada:

De do vengo á conocer Ser verdad averiguada:

Quien presto se determina Arrepentirse á la larga;

Y de arrepentirme tarde Será mi muerte temprana.

Pues he de entrar en Jaén O he de salir de Granada;

Y es lo que mas me lastima Que prometí á Lindaraja De no volver á sus ojos

Sin ser la empresa ganada.»

Y volviéndose á sus moros. Consejo les demandaba;

Cinco mil eran de guerra.

Todos de lanza y adarga.

Dicen que es la tierra fuerte De muro y torre cercada,

Y muy fuertes caballeros Los que dentro della estaban;

Y que en pérdida tan cierta O en tan dudosa ganancia,

La mas segura fortuna

Es no llegar á tentalla.

(Romancero del Sr. Durand, tomo i Col. de Aut. Esp.)

Muy revuelto anda Jaén,

Rebato tocan apriesa.

Porque moros de Granada Les van corriendo la tierra. Cuatrocientos hijos-dalgo Se salen á la pelea ;

Otros tantos han salido de Úbeda y de Baeza.

De Cazorla y de Quesada También salen dos banderas;

Todos son hidalgos de honra

Y enamorados de veras.

Todos van juramentados De manos de sus doncellas De no volver á Jaén

Sin dar moro por empresa;

Y el que linda dama tiene Cuatro le promete en cuenta.

Á la Guardia han llegado Adonde el rebato suena,

Y junto del Rio Frió Gran batalla se comienza;

Mas los moros eran muchos

Y hacen grande resistencia,

Porque los Abencerrages Llevaban la delantera;

Con ellos los Alabeces,

Gente muy brava y muy fiera.

Mas los valientes cristianos Furiosamente pelean,

De modo que ya los moros Valientemente se alejan:

Mas llevaron cabalgada Que vale mucha moneda:

Con gloria quedó Jaén De la pasada pelea.

(Ginés Pérez de Hita.) Dudamos mucho que este romance se refiera á Reduán como pretende el autor citado: el verdadero romance de Reduán es el siguiente:

Resuelto ya Reduán De hacer su palabra buena.

JAEN

Vista general

SUS hechos de armas. D. Juan I la reservaba para sí, cuando abrigó el proyecto de abdicar á favor de su hijo; y si D. Juan II pensó en enajenarla, sólo fué para darla á D, Enrique, hijo suyo y heredero de su corona. Poseyóla, además, en 1507 el infante D. Juan Manuel, pero no tardó en mandar el Rey católico que la entregase á su alcaide. Siguió así Jaén, desde su reconquista hasta la época de su restauración, próspera, floreciente y sin más desgracias que su momentáneo vencimiento en 1368 y el bárbaro degüello que en 1473 se hizo de los judíos que en ella residían, á pesar de los esfuerzos del condestable Iranzu, que por querer salvar á estos infelices israelitas, cayó en un templo bajo el puñal de varios conjurados.

Fué mucha entonces su prosperidad; y, sin embargo, salvo el

Arremete hacia Jaén Una mañana serena Al son de una clara trompa Que por el aire resuena.

Con ruido semejante Al cielo cuando atruena,

Sobre un ligero caballo Que blandamente se enfrena, Juntando el cuento y la punta De una lanza como entena;

Sin aguardar á su gente Que de seguille está agena. Porque su temeridad Toda junta la condena.

Estando cerca del muro.

Creyendo de la melena

Tener presa la fortuna

Que al fin cumple lo que ordena.

Salió una furiosa jara

Por entre almena y almena

Que dió muerte á Reduan

Y á Jaén sacó de pena;

Y mientras del cuerpo el alma Le aparta y desencadena,

Dijo con voz lamentable Tendido en la seca arena:

«Gloria fuera, Lindaraja, Morir, mas no entre cristianos. Sino en parte do tus manos

Me hicieran la mortaja:

Que cosa es muy conocida Que si desta suerte fuera,

Aunque mil veces muriera.

Mil veces me dieras vida.

Y no llevo en esta muerte, Lindaraja, algún pesar

Por á Jaén no ganar.

Sino por solo perderte:

Y aun temo que el que en rehenes Te tiene, habrá de gozarte,

Y estimará mas ganarte Que ganar dos mil Jaenes.

Mas si Mahoma algún bien Me tiene de hacer, le ruego Que esté mas fuerte á su ruego Que para mí fué Jaén;

Y pues la muerte me ataja. Cúmplanse ya mis deseos,

Y en los campos Elíseos Te aguardo, mi Lindaraja.»

(Rom. del Sr. Durand.) El romance anterior es á nuestro modo de ver his¬ tórico; éste puramente novelesco. Á no engañarnos, se refiere aquel á otro ata¬ que de Jaén en que Baeza y Úbeda ayu¬ daron la ciudad amenazada, es decir, al ataque de 1407.

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castillo que recuerda á San Fernando, ¿qué templo, qué edificio público proyecta ya ni á los ojos de la imaginación las sombras de tantos héroes y reyes como por ella pasaron cubiertos del polvo del combate y coronados de gloria? Asoma en algunos templos la columna en haz, la ojiva, la bóveda por arista; pero aun en esos mismos trazos góticos vemos más bien reflejados los primeros fuegos de la restauración, que los opacos y tétricos resplandores de los siglos medios. Las iglesias de San Juan, de la Magdalena, de San Ildefonso son góticas, pero no llaman las miradas del artista sino por las exageradas curvas de sus fa¬ chadas, por las complicadísimas líneas de sus bóvedas, por las toscas labores de sus columnas, que no dejan ya ver sino la decadencia que á fines del siglo xv sufrió el estilo que las carac¬ teriza. San Juan no conserva de lo antiguo en su fachada sino una simple ojiva sobre una puerta moderna; tiene en el interior cuatro pilares cuadrados, sin basa ni capitel, que la dividen en tres naves y sostienen los arcos apuntados en que descansan las bóvedas; y en el presbiterio, separado del cuerpo del templo por seis gradas, apenas presenta nada notable sino la forma octógona de la bóveda y la complicación de sus claves y sus aristas, con las que formó el autor estrellas, quizá con el objeto de imitar en la construcción de su obra la bella techumbre de los cielos. La Magdalena tiene aún menos interés artístico; no presenta en su exterior sino un arco rebajado entre dos agujas de crestería, y en el interior tres naves divididas por dos pilares, en que sólo vemos dominar la ojiva.

Es indudablemente más digna de atención San Ildefonso. De las tres puertas que abren paso á sus naves, son las dos greco romanas; pero hay aún en la parte posterior una de arco rebajado, donde es curioso ver hasta dónde llevaron los primeros arquitectos de la restauración la extravagancia de las líneas góticas. Arranca de los lados del arco una ojiva, que antes de cerrarse toma la forma de una elipse, y va á formar un florón debajo del alero de la fachada. Campea dentro de esa ridicula

curva la imagen de la Virgen; y apenas cabe concebir cómo un artista pudo inventar para tan noble figura un marco tan extraño y mezquino. Por amor que se sienta á todo lo de la Edad media, se aparta los ojos de tan rara puerta para fijarlos hasta con placer en las greco-romanas, una de las cuales es una bella obra de la época del renacimiento de las artes. Tiene esta un arco semicircular entre dos piras, de las que salen dos figuras que sostienen el entablamento ; presenta sobre la cornisa un pequeño cuerpo de orden compuesto, dentro del cual está la Virgen revistiendo á San Ildefonso de las insignias episcopales; deja entrever en el tímpano del frontón que corona el segundo cuerpo la cabeza del Padre Eterno; y ya que no muy delicada en los detalles, produce buen efecto en el ánimo del que sólo considera su conjunto. No la alcanza de mucho en belleza ni en buena distribución la puerta mayor, puerta rectangular, alzada debajo de un entablamento sostenido por cuatro columnas pareadas , sobre el cual se alza un frontón en cuyo vértice está la figura de San Ildefonso.

En el interior podemos apreciar mejor el carácter y el estilo de este templo. Está dividido en tres naves separadas por diez haces de columnas, de las que arrancan las ojivas laterales y centrales. No tiene ni crucero, ni ábside, ni capilla alguna; pequeños altares cubren sus paredes, y sólo el tabernáculo brilla aislado bajo las bóvedas del presbiterio, que está algo más elevado que lo demás del templo. Las columnas, bastante bajas, vienen apoyadas en grandes zócalos, y no llevan por capitel sino una cinta sencillísima; los arcos tienen también pocas molduras. Presentan en cambio mucha complicación las bóvedas, cuyas aristas están distribuidas formando estrellas como en San Juan, pero no con la belleza con que están en tan reducido templo combinadas. ¿Cuál pudo ser la época de su construcción? Todo revela la mano de fines del siglo xv ; pero no podemos fijar el año en que fué construida.

Las escasas bellezas monumentales que hay en Jaén es

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preciso buscarlas en las obras del siglo xvi, concebidas y ejecu¬ tadas las más por Andrés de Valdelvira. Valdelvira dejó allí páginas que recordarán eternamente su nombre y consolarán al viajero de la destrucción de templos y palacios levantados por los siglos medios. La portada de la iglesia de San Miguel y una de la catedral revelan hasta en sus menores detalles elegancia, delicadeza y gusto; al verlas fija uno con placer los ojos en todas y en cada una de sus partes, siente satisfecho su senti¬ miento estético, y sólo deplora que esté la una tan amenazada de ruina y confundida la otra entre obras, hijas ya de épocas desgraciadas para las artes. La portada de San Miguel es la más bella; cuatro columnitas corintias, entre las cuales hay dos nichos de bóveda aconchada, sostienen un rico entablamento, debajo del cual hay un elegante arco semicircular, sobre cuyas enjutas están tendidas dos esbeltas figuritas. En lo más alto de la portada está la estatua de San Miguel amenazando con la espada en alto al ángel de las tinieblas; y es tan simple y propio este remate, que corona de una manera completa el efecto del conjunto. No hay en toda la portada cosa que revele descuido; todo está finamente decorado, y es tal la delicadeza de cada flor, de cada hoja, de cada tallo en el intradós y paramento de arco, que parece raro que no las mueva el más templado soplo de la brisa. ¡Qué lástima que esté condenada á desaparecer tan linda obra! L^a iglesia á que abría paso, es ya un patio donde las aguas del cielo hacen crecer la yerba ; y está la portada sola, completamente aislada. ¿Quién dudará de que se la

derribe? (i) i • / u ii

La portada del mediodía de la catedral es también bella ;

pero no como la de San Miguel. Hay en ella superposición de

dos órdenes arquitectónicos, y no presenta tanta sencillez ni

tanta armonía. Entre cuatro columnas dóricas pareadas ábrese

(I) En el piso de esta portada se lee; esta portada se siendo obispo de Jaén el muy ilustrísimo Señor D. Diego domo de esta iglesia el Rvdo. Diego de Victoria.

acabó el año de 15611 de los Cobos, y mayor-

una gallarda cimbra, sobre la cual corre el entablamento, ador¬ nado en el friso de triglifos y de metopas que representan alja¬ bas, escudos, manoplas, y otras piezas de la armadura antigua. Aparece sobre la cornisa una Virgen de la Asunción, coronada de ángeles, á la que sirven de altar cuatro columnitas jónicas pareadas, y sobre el entablamento que ésta sostiene, un frontón triangular que abraza todo el ancho de la fachada. Hay entre las columnas de uno y otro cuerpo nichos de elegantes formas, y sobre las enjutas del arco dos grandes figuras de relieve, en que la piedad y la religión están representadas. Vese en ella también cuidadoso ornato y delicada ejecución; pero daña evi¬ dentemente el segundo cuerpo el buen efecto del primero. Fal¬ ta al parecer unidad, y es difícil que se sepa ver los dos cuer¬ pos en conjunto.

Es, sin embargo, preferible de mucho esta portada á la prin¬ cipal del templo. Es esta grandiosa, vasta, elevada; pero sin bellezas que basten á compensar sus defectos. Presenta en su centro, entre cuatro grandes columnas corintias un arco ricamen¬ te entallado, sobre el cual, dentro de un recuadro de líneas in¬ oportunamente cortadas, figura María llevada en alas de los án¬ geles. Está abierto encima de este grupo un balcón sostenido por una rica ménsula, sobre cuya cimbra hay otros dos ángeles que sostienen un lienzo en que está de relieve el rostro de Jesu¬ cristo. .Corre por todo este cuerpo central un entablamento, y sobre éste una balaustrada dividida á trechos por pedestales en que campea la figura de San Fernando entre las de los apósto¬ les. Levántase detrás de la balaustrada un segundo cuerpo; pero no se ve ya en él la magnificencia y pompa que en el más bajo, donde entre las columnas corintias hay debajo de dos al¬ tos nichos las figuras de San Pedro y de San Pablo. No se ven en él sino cuatro pilastras con extrañas molduras por capiteles, en las que carga un frontón recortado que sostiene tres agujas poco ligeras y de no muy buen gusto.

En las alas de esta fachada, entre dos columnas del mismo

orden, ábrese un arco más pequeño, sobre el cual campea en la de la derecha Santa Catalina, y en la de la izquierda San Miguel sujetando con sus piés al diablo. Encima, abiertos en el muro, hay dos balcones sobre los cuales corre la balaustrada general, interrumpida también por pedestales que sostienen las figuras de alguno de los discípulos de Cristo. Tienen también estas alas un segundo cuerpo, pero sólo llevan en él dos pilastras, entre las que hay bajo un frontón triangular una ventana.

Levántanse en los ángulos de esta fachada dos torres impo¬ nentes que constan de cinco cuerpos coronados por una gallarda cúpula. No presentan en los tres primeros más que ventanas y balcones encerrados en pésimos recuadros ; pero en el cuarto osténtanse ya más lindas aberturas, bellas columnas corintias en los ángulos, y una balaustrada sobre que se levantan pequeñas agujas. Tienen en los ángulos del quinto pilastras en vez de co¬ lumnas, pero no por esto presentan en él menos belleza. Aun¬ que llenas de defectos, son indudablemente estas torres de un grande efecto en la fachada, que sin ellas se presentaría fría é insípida á los ojos del artista.

Aun con las torres ¿qué esfuerzo no debe hacer sobre sí mismo el viajero para contemplar sin disgusto una fachada que tanto afean los inoportunos cortes de líneas, los pueriles recua¬ dros en que están encerrados relieves y aberturas, los vulgarí¬ simos balcones que cortan el muro, la fría balaustrada que co¬ rre en torno de todo el templo, los toscos y pesados detalles que se observan en algunos frisos y se vienen hasta á los ojos del que sólo pretende apreciar la obra en conjunto? Pertenece á una mala época, y es exigir mucho de un artista querer que se sobreponga al gusto de su siglo.

El interior satisface más los ojos y la imaginación, aunque nunca tanto como el de esas catedrales góticas cuyas bóvedas parecen descansar sobre ligeros troncos de árboles. Está dividi¬ do en tres naves grandes, espaciosas, elevadas, pero no por vis¬ tosos haces de columnas, sino por macizos pilares adornados de

JAÉN. — Fachada de la Catedral

columnas corintias, cuyos altos pedestales y entablamentos in¬ terrumpen á cada paso las más bellas líneas, achican los arcos de plena cimbra, que sobre ellos cargan, y comunican al todo cierto aire de pesadez que en vano procuran quitarle la abun¬ dancia de los detalles y la riqueza de las molduras. Son las tres naves casi iguales en elevación, y las bóvedas que las cubren todas desbeba y elegante curva, elipsoidales unas, semiesféricas otras, y otras, como la del crucero, algo peraltadas. Está enri¬ quecida cada una de estas bóvedas con profusión de follajes y arabescos, y algunas hasta con figuras de ángeles y relieves que cubren las claves como en los templos de la Edad media. La del crucero sobre todo es extremadamente rica. La ornamenta¬ ción crece desde su arranque hasta el florón de una gran cúpula que sostiene : se extiende por todos sus anillos, corre por todos los nervios de sus arcos, orla sus numerosas aberturas, embelle¬ ce hasta las tarjas de las pechinas, en que campean las figuras en relieve de San Miguel, Santiago, Santa Catalina y San Eu¬ frasio. Pero ésta no es la riqueza que se busca en templos. ¿Qué significa toda esta lujosa decoración para el cristiano que va á doblar la rodilla ante los altares de su Dios? Esta decora¬ ción es del todo arbitraria, no habla al corazón; habla sólo á los sentidos, y cuando levantamos los ojos, ó los apartamos fríamente, los fijamos en ella para examinarla en sí, no en re¬ lación con el templo cuyos muros cubre. Lejos de realzar, men¬ gua la majestad del monumento, que lleno por otra parte de luz y de blancura, ni llena de horror religioso como las bajas iglesias bizantinas, ni lleva la imaginación por los ilimitados espacios de la inmensidad como las atrevidas y tenebrosas catedrales p'óticas.

Este inoportuno lujo, sin embargo, no existe sólo en las bó¬ vedas, sino en todas y en cada una de las partes de este tem¬ plo. A la derecha y á la izquierda del crucero hay portadas que aventajan en magnificencia á las mismas bóvedas. En la de la derecha, que conduce á la sacristía, están abiertos dos arcos se-

micirculares, adornados en los ángulos por dos columnas corin¬ tias que sostienen el entablamento, en medio de las cuales hay un pilar en que descansa una bella imagen de Jesucristo. Vense sobre el entablamento entre otros dos arcos sostenidos por re¬ cios pilares dos grandes relieves que representan la adoración de Jesús por los pastores y los reyes ; y en otros dos cuerpos más elevados aberturas y nichos de mal gusto, puestos allí al parecer sólo para destruir el efecto del conjunto. Presenta la portada de la izquierda iguales las formas y sólo variados los relieves; y aunque están las dos bellamente decoradas, quedan confundidas por otra que hay á la misma izquierda del crucero, cuajada toda de riquísimas molduras.

Tiene ésta en su primer cuerpo un bello arco semicircular dentro de un recuadro, á cuyos lados dos columnas compuestas, adosadas á pilastras del mismo orden, sostienen un entablamen¬ to por cuyo friso corre una greca delicadamente cincelada. Bri¬ lla en un segundo cuerpo entre las figuras de Ezequiel y Salo¬ món la de María, sobre la cual asoma en el tímpano de un frontón un ángel con las alas desplegadas. Descansan en el en¬ tablamento de este segundo cuerpo á la derecha un escudo de armas, y á la izquierda una Virgen sentada en un castillo, y está todo debajo de otro arco, encima del cual hay un balcón dentro de un cuerpo dórico.

Hay indudablemente cosas bellas en todas estas fachadas, pero en todas se observa constantemente ese mismo afán de de¬ corar, ese mismo afán de encubrir con la belleza material de las partes obras frías, faltas de significación, faltas de sentimiento. En el coro se observa aún en mayor grado este defecto : su de¬ coración no sólo es prolija, sino generalmente mala. Al paso que en el exterior parecen sus muros más de una cárcel que de un coro por su absoluta falta de adornos y la solidez que pre¬ sentan sus anchos sillares; cubiertos en el interior por bajos re¬ lieves de madera, en que entre columnas, follajes, flores y otros caprichos, están representados los principales hechos de los hé-

roes cristianos, se presentan tan confusamente al observador, que apenas sabe dónde fijar los ojos. Los respaldos de su doble sillería están llenos de entrelazos caprichosos; los brazos, de grifos y otros seres fantásticos; los cuerpos compuestos que co¬ rren sobre cada orden de asientos, de un sin número de figuras, en cuyos grupos están trazadas algunas escenas del antiguo y nuevo Testamento, los gozos y dolores de la Virgen y los tor¬ mentos de los primeros mártires de la religión de Jesucristo. Corre sobre sus muros una balaustrada interrumpida por algu¬ nos pedestales, y hasta los jarros en que éstos descansan están profusamente decorados. El órgano, que está á la derecha, ma¬ nifiesta mejor gusto que lo demás del coro; pero tampoco está libre de este defecto, del cual no quedaron exentos sino dos pul¬ pitos que miran al presbiterio, sólidos, macizos y escasos de molduras. Sus dos portadas y el trascoro completan por fin el mal efecto de esta obra, que, ya por su situación enmedio del templo, ya por la altura y pesadez de sus paredes, disminuye la favorable impresión que sin ella podría producir un monumento dotado en general de bellas y elegantes formas.

Ocupa el coro desde el segundo pilar de la nave mayor has¬ ta el crucero, más allá del cual se extiende entre cuatro grupos de columnas el espacioso presbiterio. Ancho éste, elevado so¬ bre un atrio de tres piés de altura que forman cinco gradas de mármol, y cubierto por una bóveda riquísima, es sin duda una de las más bellas partes de la catedral. Es cuadrado, y los cua¬ tro pilares que lo sostienen, puestos en los ángulos, no impiden, de ninguna parte que se lo mire, la vista del tabernáculo, sen¬ tado en medio sobre un altar de jaspe. Cuatro ángeles apoya¬ dos en el pedestal de los mismos pilares sostienen otras tantas lámparas de plata; y es tanta la sencillez que se descubre en todo, tanta la oportunidad con que está colocado cada objeto, tan parca y de tan buen gusto la distribución de los adornos, que allí es donde con más placer concentra uno sus miradas, siente mejor latir su corazón. El presbiterio es grande, el taber-

.) AÉN.— Interior de la Catedral

náculo á proporción pequeño, rico y sencillo ; y aunque no im¬ pone éste como los de los templos góticos rodeados de apiña¬ dos haces de columnas, cubiertos de bóvedas oscuras y alum¬ brados por la opaca luz que baja de altos ventanajes modificada por cristales de colores, agita cuando menos el espíritu y lo depura de todo pensamiento profano que lo manche ó lo oscu¬ rezca. Hay verdadero sentimiento en este presbiterio: se ve que el autor al concebirlo estaba poseído de las más puras ideas del cristianismo; y es indudable que el sentimiento del artista se comunica á todos los cristianos que vayan á admirar sus obras.

No gozan desgraciadamente de esta cualidad las capillas abiertas de las naves laterales, cuyos retablos, que se levantan bajo sus bóvedas de cañón seguido, presentan tanta confusión de líneas y revelan tan mal gusto, que apenas se puede detener la vista sino en algunos cuadros que las embellecen. La misma capilla mayor, situada detrás del tabernáculo, aunque más alta y decorada con más riqueza, no llega siquiera á llamar la aten¬ ción del que recorre el templo en busca de bellezas. No llama la atención sino del que conoce las tradiciones vinculadas en su retablo, y aun éste al entrar en ella no puede menos de sentir un estremecimiento involuntario al ver tan poca armonía entre el arte y la santidad de los recuerdos. Hay sobre el altar una caja en cuyo frente está pintada una cara del Salvador sosteni¬ da por dos ángeles, y es en esta urna sagrada donde, según tradiciones muy antiguas y la fe de los jaeneses, se guarda uno de los rostros que quedaron impresos en el lienzo con que la Verónica enjugó el sudor de Jesucristo en el camino del Calva¬ rio. Se manifiesta á los fieles esta reliquia tres veces al año, y en los labios del pueblo vagan aún sobre su adquisición leyen¬ das cuyo carácter nos impide continuarlas por oponerse á la gravedad y severidad de esta obra (i). Imagen en que descansa la

( i) Creemos oportuno publicar cuando menos una de estas raras y originales tradiciones. Nos la relirieron en el camino de Jaén á Uaeza, y procuraremos pre¬ sentarla con toda la sencillez con que brotó de los labios de nuestro narrador, jo-

fe de tantos siglos, ¿no era á la verdad merecedora de un altar en que brillase más el genio artístico? Consérvase, además, so¬ bre esta urna una Virgen llamada la Antigua, que, según otra tradición, llevó San Fernando en sus brillantes expediciones y regaló á Jaén después de haberlo conquistado : y está confundi¬ da entre otras imágenes de mal gusto, faltas de belleza y de re¬ cuerdos.

ven ingenuo y lleno de fe que parecía creer cándidamente cuánto iba refiriendo.

— Y ¿ en qué época se cree que vino á Jaén esa milagrosa cara de Dios ? pregunta¬ mos á nuestro hombre. — En tiempo de San Eufrasio, contestó. Hubo entonces un Papa que se dejó prender de amores por una niña traviesa y juguetona que anda¬ ba al rededor de su palacio ; y hubiera caído el buen Papa en pecado á no ser por nuestro obispo, porque era la mujer el diablo y le tenía armada muy bien la zan¬ cadilla. — ¿ Estaba San Eufrasio en Roma ? — No, sino en Jaén ; pero tenía el santo obispo en una redoma tres diablillos ; y como supiese una noche por ellos que ya estaba puesta la mesa en que el Papa iba á cenar con sus amores, partió en volan¬ das para Roma, donde pudo aún conjurar á Satanás y librar al Papa de sus manos.

— ¿ Y llegó á Roma la misma noche ?— La misma noche. Preguntó San Eufrasio á

uno de los tres espíritus que cómo cuánto de tiempo pedía para llevarle á Roma, y contestó el diablo que hora y media : repitió la pregunta á otro, y contestóle que una hora: repitió la pregunta al tercero, y contestó : dentro de media hora llama¬ rás á la puerta de la casa de San Pedro, si en recompensa prometes darme todos los días las sobras de tu almuerzo : ¿ prometes ? ¿ Y se lo prometió el Santo ? —

Prometo, dijo ; y alzóse luégo el diablo, que era por más señas cojo, y ya están en Roma, para que vea su merced si han hecho pronto el viaje. — Ligeros han anda¬ do. — Llamó San Eufrasio á la puerta del palacio del Papa, y como le preguntasen quién era, « abre á Eufrasio » dijo ; á lo cual el Papa exclamó : pues ¿ cómo ha de ser Eufrasio, si está el buen obispo en Jaén ? Mas en esto San Eufrasio entraba ya en la sala ; y viendo a! Papa cenando mano á mano con la mujer de rara hermosura de que le habían hablado los diablillos, vuelto de cara á la taimada, le echó tantas bendiciones, que no podiendo ella ya más sufrirlas, se hundió con grande estrépi¬ to en el suelo, llevando tras sí al infierno la mesa en que pensaba poder arrastrar al mismo vicario de Jesucristo.-— ¿ No cayó el Papa con ella ?— Quedó el Papa como quien ve visiones ; mas vuelto á poco de su estupor, abrazó tan tiernamente á San Eufrasio, y derramó sobre él tantas y tan sentidas lágrimas, que daba pesar no sólo verle, sino oirle. Ni sabía cómo recompensar ni cómo agradecer tan gran ser¬ vicio; pero San Eufrasio nada pidió en cambio sino esa cara de Dios que guarda Jaén como su primer tesoro. Dióle el Papa dos ; pero San Eufrasio perdió una en una tempestad deshecha que le asaltó en la mar precisamente al volver de Roma, y es esta la única que existe en el mundo después de que hay la iglesia de San Pe¬ dro. — Pues y al diablillo ¿ le cumplió San Eufrasio la palabra ? — Vaya si se la cum¬ plió. Almorzaba el santo nueces, y se las rompía en la cabeza dejándole las cásca¬ ras, y diciéndole: «ahí van las sobras.» Es esta, como se ve, una tradición dispa¬ ratadísima; pero su misma rareza nos ha movido á consignarla. Créese general¬ mente que trajo de Roma esta reliquia D. Nicolás de Biedma, obispo de esta dióce¬ sis, que la obtuvo del Papa Gregorio XI en i 376.

La sacristía, la sala capitular, el sagrario son también obras notables por su grandiosidad y su lujo, no por su belleza. Faltas casi todas de carácter, no presentan sino cuerpos arquitectó¬ nicos ejecutados con más ó menos acierto, que lo mismo podrían tener cabida en estos salones que en los consagrados á los placeres de la sociedad profana. Nada dicen al corazón, nada á la fantasía, y nadie siente en su interior el menor recogimiento religioso. El mismo sagrario, esa parte del templo que más ha de mover al cristiano á la concentración del espíritu y á la ple¬ garia, carece del todo de sentimiento, y es frío para el alma como lo son para los sentidos los mármoles de que está ador¬ nado. Tiene la forma de una elipse, y está sostenido por ocho pilares, á que están adosadas dos columnas corintias; el pavi¬ mento es de mármol como el de todo el templo, la bóveda artesonada , las cuatro capillas que hay abiertas entre los pilares decoradas con lujo y corridas en la parte superior de una barandilla de balaustres. Bajan por todas partes torrentes de luz vivísima, todo brilla, todo chispea á los ojos del que allí penetra; condiciones nada propias del catolicismo.

El primer artista que concibió el proyecto de esta catedral pudo estar animado de sentimientos religiosos, no los que con¬ tinuaron ni concluyeron su obra. Aquél, aunque sujeto por las frías reglas del arte greco romano, supo luchar con ellas y comunicar al templo vida, belleza moral, carácter; éstos, más artífices que artistas, siguieron servilmente aquellas reglas, y al parecer ni pensaron siquiera en animar ni en dar colorido al monumento que se confió á sus manos. Artistas todos de diver¬ sas épocas, no podía por otra parte cada uno dejar de obedecer al gusto de su siglo; y esto debía naturalmente presentar al templo heterogéneo, dotado de grandes bellezas y afeado por mayores defectos, revestido de carácter en el conjunto, y falto de carácter en los más de sus detalles.

Empezóse esta catedral en el año 1500 cuando ocupaba la silla episcopal de Jaén D. Alonso Suárez de la Fuente el

Sauce (i), y es fácil concebir que se la construyese todavía según el gusto ojival, cuya influencia duró en España hasta mediados de aquel siglo. El arquitecto que echó los cimientos de la capilla mayor por orden de D. Alonso no podría dejar de recordar las formas del templo antiguo derribado ocho años antes y levantado en 1368 por el obispo D. Nicolás de Biedma; y al edificar los muros del ábside, no se satisfizo templando su desnudez con simples molduras; los revistió de cintas y follajes, y los coronó con agujas de crestería que aún hoy levantan su oscura cúspide entre las excrescencias de la catedral moderna. No se pensó en proseguir la obra de Suárez hasta el 1532, en

(^1) Los obispos de Jaén y Baeza que ha habido desde San Fernando acá son los siguientes; Del 1249 al 1250, D. Pedro Martínez; hasta el i 276, D. Pascual; hasta el 1287,0. Martín Domínguez; hasta el i 287, D. Juan; hasta el 1286, Don Juan el II; hasta el 1287, sede vacante; hasta el i 289, D. Juan el JII; hasta el 1297, sede vacante; hasta el i 70 i , D. Pedro el Mártir; hasta el i 7 i 7 , D. García Pérez; hasta el 1^27,0. Gutierre Téllez; hasta el 1771,0. Fernando Martínez Agreda; en el mismo 1771,0. Juan el IV; hasta i 7 74, D. Fernando el II; hasta 1357, D. Juan de Loria el V; hasta i 760, D. Juan el VI; hasta el i 768, D. Andrés; en el mismo I 768, D. Alonso Pecha; hasta el i 778, D. Nicolás de Biedma; hasta el i 782, Don Juan de Castro; hasta el 1787,6! mismo Biedma citado, que había sido promovido al obispado de Cuenca; hasta el 1427, D. Rodrigo Fernández de Narváez; hasta el 1 456, D. Gonzalo de Zúñiga ó Estúñiga; hasta el 1457, D. Fr. Jaime de Tahuste; hasta el 1474, D. Alonso Vázquez de Acuña; hasta el 1 47Ó, sede vacante; hasta el 1487, D. Iñigo Manrique; hasta el 1497, D. Luís Osorio; hasta el i 500, D. Fray Diego Deza; hasta el 1522,0. Alonso Suárez de la Fuente el Sauce; hasta el 1527, D. Fr. Diego Gayangos; hasta el i 5 78, D. Esteban Gabriel Merino; hasta el 1545, D. Francisco de Mendoza; hasta el 1555, D. Pedro Pacheco; hasta el i 560, Don Pedro Tavera; en el mismo i 560, D. Fr. Francisco Benavides; hasta el i 566, Don Diego de los Covos; hasta el i 577, D. Francisco Delgado; hasta el i 580, D. Diego Deza, segundo de este nombre y apellido; hasta el i 596, D. Francisco Sarmiento; hasta el 1 600, D. Bernardo Sandoval y Rojas; hasta el 1615,0. Sancho Dávila y Toledo; hasta el 1619, D. Francisco Martínez Ceniceros; hasta i 647, D. Baltasar Moscoso y Sandoval; hasta 1648, D. Juan Queipo de Llano; hasta 1664, D. Fer¬ nando Andrade y Castro; hasta 1 668, D. Antonio de Pina Hermosa; hasta 1671, D. Fr. Jerónimo Rodríguez de Valderas; hasta i 682, D. Antonio Fernández del Campo; hasta 1697, D. Fr. Juan Asensio; hasta i 708, D. Antonio Brizuela; hasta 1714, D. Benito Omaña; hasta 1772, D. Rodrigo Marín y Rubio; hasta 1778, Don Manuel Orosco Manrique; hasta 1747, D. Andrés Cabrejas; hasta 1770,0. Fran¬ cisco del Castillo; hasta i 770, D. Fr. Benito Marín; hasta i 780, D. Antonio Gómez de la Torre; hasta 1785, D. Agustín Rubín de Ceballos; hasta 1796, D. Pedro Rubio Benedicto; hasta 1 8 1 6, D. Fr. Diego Meló; hasta 1872, D. Andrés Esteban; hasta 1877, D. Diego Martínez Garlón; hasta el 1847, D. Antonio Martínez de Velasco; del 1847 hasta la fecha de la primera edición de esta obra, D. José Escolano. Véase lo que sobre este obispado y el de Baeza decimos más abajo en una nota.

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que ya dominaba el renacimiento sobre el destronado estilo gótico; y no se quiso ya ni se pudo tomar en consideración el gusto de la fábrica empezada, gusto que no temían calificar á la sazón de bárbaro. Pedro de Valdelvira, uno de los mejores arquitectos de su época, trazó un proyecto del todo indepen¬ diente, y apuró como los artistas de Italia su ingenio en com¬ binar é identificar las antiguas formas greco-romanas con las necesidades morales y materiales de la religión cristiana. No pudo ejecutarlo por sí mismo; pero tuvo cuando menos la for¬ tuna de encontrar un fiel intérprete de sus pensamientos en Andrés de Valdelvira, su hijo, que continuó la obra hasta ^579i y murió dejando vinculado su nombre en la calle donde vivió y en la iglesia de San Ildefonso, que guarda sus cenizas. Dejó Andrés de Valdelvira concluido todo el lado izquierdo de la iglesia con la sala capitular y la sacristía, donde no se logró imprimir el sentimiento religioso que en el templo. Reveló buen gusto artístico; pero después de él y de su discípulo Alonso de Barba, que dirigió la obra por algunos años, no se pudo con¬ tinuar tan vasto monumento hasta el 1634, época en que Juan de Aranda y luégo Pedro del Portillo trabajaron con tanto ahínco, que en 20 de Octubre de 1660 pudo ya celebrarse la dedicación del templo. Continuaron aún estos la obra acomo¬ dándose al gusto de sus antecesores; mas ¿qué podía esperarse de los artistas que pusieran en ella la mano á fines del siglo xvii, cuando no sólo las artes, sino también la literatura y hasta la monarquía estaban aquí en espantosa decadencia.? La fachada y las torres se terminaron en este período de abatimiento, y no es extraño que aparezcan llenas de defectos y cubiertas de adornos de mal gusto. Cuando se construyó el sagrario, estaba ya en parte levantada la arquitectura del abismo en que la habían hundido los tristes acontecimientos del último monarca de la dinastía austríaca. A pesar de esta circunstancia, á pesar de haber trazado y dirigido la obra un arquitecto tan eminente como lo fué D. Ventura Rodríguez á fines del último siglo, no

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puede el sagrario sufrir con el interior de la catedral ni el más remoto paralelo. Lo hemos dicho ya, podrá tener belleza, pero no sentimiento: es cuerpo sin alma (i).

Quedan en esta ciudad otros templos, pero modernos, fríos, faltos de toda belleza artística, de todo pensamiento filosófico, de todo sentimiento místico y cristiano. Para ver monumentos que hablen algo al corazón, es preciso abandonar Jaén y dirigirse á las ciudades de Baeza y Úbeda, cuyas iglesias, ensombrecidas

(1) Se habrá observado que, contra nuestra costumbre, no hemos hecho re^ ferencia en todo lo relativo á Jaén á ningún documento original de los que tal vez guardan con abundancia los archivos de tan antigua ciudad. Débese esto, y senti¬ mos mucho decirlo, á las dificultades que opusieron de continuo á nuestros deseos de ver sus archivos respectivos tanto el cabildo de la catedral como el señor alcalde corregidor, á quien no bastó ni una real orden, de que casi nunca debe¬ mos hacer uso, para que nos facilitara en los días que pudimos estar en Jaén lo que nos facilitaron voluntariamente y con el mayor placer el ayuntamiento de Baeza, á cuyo regidor D. Alonso Molinero no podemos menos de manifestar nues¬ tro más sincero agradecimiento; el de Úbeda, que nos permitió examinar los documentos de su archivo hasta por la noche; el de Granada, cuyo archivero el Sr. Vilches nos manifestó con un interés que nunca olvidaremos cuánto podía contribuir á dar luz á nuestras investigaciones históricas; el de Málaga, cuyo corregidor satisfizo nuestros deseos en el momento mismo en que se los insinua¬ mos; el de Almería, cuyo alcalde D. Joaquín Gómez Barragán llegó á considerar como un favor que examináramos los pergaminos que tenía; el cabildo catedral de esta misma ciudad, cuyo arcediano D. Francisco de Paula Gómez hasta tuvo la deferencia de ayudarnos á copiar los manuscritos que creimos interesantes para esta obra; el cabildo de Málaga, que no omitió mostrarnos ni aun los más impor¬ tantes documentos; la comunidad de la capilla real de Granada, cuyos bien con¬ servados pergaminos nos mostró uno á uno el archivero D. Fernando González, capellán de celo y de muchos conocimientos; el contador de la Alhambra Don Laureano García y el distinguido joven de Guadix D. Francisco Torres López, que nos franqueó los documentos recogidos para su historia de Guadix y Baza. En Jaén no encontramos un auxilio eficaz ni aun en los particulares: sólo en el presbítero D. Juan Maldonado encontramos el celo y el amor á las bellezas del país que tan abiertamente nos manifestaron en Baeza el ya citado D. Agus¬ tín Alonso Molinero y el escribano D. Andrés Moreno, sujeto de una constancia infatigable para recoger aun las más insignificantes noticias relativas á la his¬ toria de su patria; en Granada el Sr. Garda, presbítero, D. José María Zamora, D. Manuel Fernández, el Sr. Salvador de Salvador y otras muchas personas cuyo nombre no recordamos ; en Málaga el tan cortés como entusiasta D. Francis¬ co de Moya y Bache; en Almería el activo D. Carlos Fornovi, que no enseñaría con más gusto ni hablaría con más entusiasmo de los monumentos de su patria que de las murallas árabes y el alcázar de la ciudad que le ha adoptado. Tenemos, como llevamos dicho, un sentimiento en decir lo que decimos de Jaén; pero quede compensado por el placer que nos cabe al consignar los nombres de tantos como se han prestado á secundar nuestros esfuerzos.

por los siglos, reflejan aún la mano de San Fernando y quizás la del emperador Alfonso. El camino que á ellas conduce es árido, triste, monótono : campos silenciosos é incultos se extien¬ den al uno y al otro lado de una senda desigual abierta más por las huellas que por el azadón del hombre; y ni un árbol, ni un solo álamo presta su sombra al viajero, ni en las mismas orillas del Guadalquivir, cuyas claras y transparentes aguas pasan á corta distancia de Baeza, bajo un puente del siglo xv que añade gravedad y melancolía al conjunto del paisaje. Des¬ cúbrese á largo trecho uno que otro cortijo; pero tan aislado y tan falto de animación, que más parece sepulcro que morada de vivientes. Llano en general el terreno, y cerrado sólo á lo lejos por lomas y cerros cubiertos de verdura, dilátase á cada paso el horizonte, y todo se presenta no sólo desconsolador, sino hasta peligroso al caminante, que apenas se atreve á tender los ojos más que para examinar con cierto temor si en la dila¬ tada llanura ve brillar sobre la silla de un caballo la carabina del bandido. El lejano ladrido del perro y los sencillos cantos del arriero, acompañados tal vez por el pesado esquilón de sus caballerías, son los únicos acentos que interrumpen el silencio del espacio; y si levanta de vez en cuando la voz el guía, es sólo para excitar la imaginación y llenar el ánimo de presenti¬ mientos con la relación de algún suceso fantástico ó de un impío asesinato. Triste, muy triste es el camino de Jaén á Bae¬ za; pero no bien se acerca el artista á esta ciudad, cuando olvida sus recelos y siente embargada su atención por objetos que hablan en alta voz de siglos que ya pasaron, de genera¬ ciones que ha hundido ya la mano de la eternidad en el abismo sin fondo de lo pasado.

Está sentada Baeza en lo alto de una loma, y apenas se la descubre, cuando las ruinas de su alcázar hacen desde luégo concebir que no es una ciudad sin recuerdos ni un pueblo cuya cuna se haya mecido, como la de otros tantos de Andalucía, en¬ tre los claros resplandores del renacimiento. Al llegar al pié de

SUS muros vese ya el sello de la Edad media entre los arcos ojivales de sus puertas, en sus torres coronadas de soberbias barbacanas, en los restos colosales de una de sus capillas levan¬ tada frente el alcázar como rival de la grandeza que tuvo éste cuando la ocuparon los temidos caballeros de la corte de San Fernando. Éntrase en la ciudad ; y á lo largo de calles silencio¬ sas, en cuyos arroyos llega á crecer la yerba, asoman á derecha é izquierda antiguos palacios, sobre cuyos arrogantes arcos de sillería se abren anchas ventanas ya cimbradas, ya ojivales; descúbrese á la vuelta de tal ó cual encrucijada puertas góticas cubiertas de follaje y crestería; y no es raro divisar en el fondo de una plaza ó en el oscuro ángulo de una calle alguna fachada bizantina, llena aún de la sencilla y tosca gravedad que caracte¬ rizó la arquitectura durante el movimiento general de las cruza¬ das. Hasta en los puntos que parecen haber invadido más la ci¬ vilización y el gusto moderno, pórticos severos, casas humildes, torres que levantan al cielo sus sombríos almenajes y restos ya informes, pero significativos para el que sabe leer en lo pasado, dan al conjunto de los cuadros que se van presentando á la vis¬ ta cierto aire de antigüedad que en vano pretenden borrar los aún tiernos árboles que cubren sus plazas, las fuentes modernas que arrojan sus aguas cristalinas entre los verdes ramajes de sus álamos y sus cinamomos, y los reducidos pero alegres case¬ ríos que han levantado arquitectos de nuestros días. Todo, casi todo respira antigüedad en Baeza : vese aún en ella la ciudad feudal, la ciudad aristocrática, la ciudad religiosa de los siglos XIII y XIV ; y es fácil todavía ver pasar unas tras otras ante los ojos de la imaginación las sombras de los reyes que la conquis¬ taron, de los guerreros que la poblaron y defendieron, de los mártires que levantaron su elocuente voz ya entre las medio desmoronadas leyes del paganismo, ya entre la tea y la espada de bandos fratricidas que mancharon un día el suelo de la ciu¬ dad con escombros ahumados y sangre de nobles víctimas.

Así se siente en esta ciudad cierta tristeza y melancolía á

pesar de su situación bella y risueña. Está Baeza hermosamente sentada en la cumbre de una loma que ciñen á larga distancia cerros tan alegres como pintorescos; tiene á sus pies un valle delicioso pintado de mil colores y cortado por floridos oteros que aumentan el agradable juego de su claro-oscuro; y allá en el fondo de la llanura ve brillar y serpentear el Guadalquivir bajo la sombra de árboles y flores. Cobijada por un cielo puro y transparente, como no llega á concebir la fantasía, esta inun¬ dada de bellas tintas que llenan de dulce animación sus monu¬ mentos; cuenta ya calles espaciosas, plazas ceñidas de alamedas y paseos donde el murmullo de las fuentes acompaña el lento susurro de la brisa entre los árboles; presenta aún vida en su mercado y en su vasto ejido, ocupado hoy por activos labrado¬ res y ayer por un pueblo numeroso que acudía á recoger la pa¬ labra divina de los labios de un sacerdote ilustre cuyo nombre está vinculado en una cruz de piedra ; y es sin embargo triste, dulcemente triste para el viajero, que, ya siente encogérsele el corazón, y dilatársele en un limpio cielo de agradables senti¬ mientos ya cubrírsele de duelo y de amargura. Refléjase aún en la ciudad una época en que, si había por una parte rudeza de costumbres, existía por otra cierto candor que hemos ya perdi¬ do, y si barbarie, una fe cuyas hojas han caído marchitas sobre el árido suelo que pisamos; y es ciertamente para el hombre conocedor vivo el contraste. Había en Baeza en los tiempos á que nos referimos al lado de la tiranía aristocrática un caballerismo que ya no existe, y un honor cuya falta debemos encubrir con el fingido velo de la hipocresía; y este caballerismo y este honor, que movieron á tan altas empresas la espada de antiguos heroes, no podemos menos de recordar con dolor que sólo han dejado tras si la bajeza y el egoísmo. Recuérdanos, por fin, esta ciudad siglos en que creció y floreció á la sombra de fueros otorgados por la piadosa mano de un rey santo; y ¿cómo no han de aflipr estas memorias á hombres ante cuyos ojos sólo solevantan los fantasmas deun porvenir lleno tal vez de peligros y de horrores.

23=;

Descúbrese por otra parte en Baeza una decadencia rápida. Sus calles están solitarias y en silencio, muchos de sus palacios huérfanos de su antigua aristocracia, las portadas de algunos de sus templos cubiertas de musgo, el suelo de sus santuarios lleno de zarzas y de escombros, privada la ciudad entera del rumor de sus talleres... y la vista de tanta soledad y abatimien¬ to sumerge también en tristes ideas al que siente aún palpitar su corazón cuando considera cómo el tiempo va hundiendo en la nada ciudades que recibían ayer el homenaje de otros pueblos.

Baeza fué un día una ciudad romana (i), que aunque oscu¬ recida durante el imperio por el esplendor de Cástulo, apenas sucumbió ésta á las armas de los bárbaros, creció en riqueza y población á la sombra de los primeros altares de la Iglesia. Lle¬ na de la grandeza de su rival, logró ya en tiempo de Wamba honrar con la silla episcopal su recinto manchado con la sangre de cien mártires; y capitulando á poco con los árabes, no sólo sostuvo intactas sus creencias y su fortuna al través de invasio¬ nes y guerras religiosas, sino que también, erigida en residen¬ cia de walíes y aun en morada de reyes, vió humillada á sus piés la frente de ciudades populosas. Participó de los males que las discordias atrajeron al imperio de los califas de Córdoba y los emires de Sevilla ; pero defendida por las mismas vertientes de la loma que ocupa y por un alcázar cuyos muros torreados dominaban por todas partes sus frondosos valles, no sufrió de mucho lo que otros pueblos de Andalucía, no vió nunca ajadas del todo las hojas de su diadema. Á la entrada de los almohades vió ya sobre sí las armas del emperador Alfonso VII, y vió á poco flotando en sus torreones las sagradas banderas á cuyo

(i) Fué llamada Viatia, Biatia ó Beatia según cabe inferir de los textos de Bi¬ vio y Ptolomeo y de una inscripción que publicó Loaisa :

Q. VALERIO. POSTUMO. BEATIANO.

Q. vaLerii. CASTULI. F. QUI VIXIT.

ANN. XXXn. ANTONIA. AUR. EX.

TESTA.M. B. M. P.

2^6

pié había caído la ensangrentada cabeza de tantos de sus hijos.

Cayó otra vez en poder de los árabes, que no dejaron de suspirar nunca por su alcázar y su cielo, y fué pronto el trono de Mohamed, ese rey ambicioso que por salvar su corona rindió homenaje en las orillas del Guadalimar á los reyes de Castilla; pero no estaba lejos el tiempo en que, salvada por los ejércitos de San Fernando, debía quedar para siempre cristiana y levan¬ tarse á la cumbre de su mayor grandeza. El santo rey, lleno de amor por ella, no perdonó medio para hacerla una de las ciu¬ dades más poderosas del norte de Andalucía : la pobló con sus más esforzados caballeros; le dió toda la tierra que corre desde el puerto de Muradal á las sierras de Bedmar y Jódar y desde las fronteras de Jaén á las de Ubeda (i); le hizo donación (2)

(1) Están determinados los términos antiguos de esta ciudad en el documen¬ to número 6 del archivo municipal. Es este documento una carta de donación del mismo San Fernando, y en ella leemos: Dono itaque vobis et concedo términos per loca inferios nominata videlicet per Portum de Muradal sicut aqute currunt versus Baetiam, et quomodo cadit per sumitatem serre usque ad directum ubi cadit Ferrumbral in Guadalquivir ct de Ferrumbral per Guadalquivir ad sursum usque ad Torres sicut di vidit terminum cum Jahen, et do vobis T orres cum su o termino, et deinde quomodo cadit per sumitatem serre de Bedmar et de .Xodar sicut aquae currunt usque Baetiam ; et de serra de Xodar quomodo descendit directe ad Xandoliellam ct Xandoliclla cum suo termino sicut tenet usque Guadalquir, et deinde sicut Baetia dividit terminum cum Ubeta et deinde quomodo Bilche dividit termi¬ num suum cum Seto. Stephano et cum turre de Albor, ct deinde quomodo cadit directe usque ad sumitatem serre de Muradal; et perinde sicut tornat ad ipsum Portum, de Muradal : et cum Deus rendiderit Ubetam cultui cristiano, ut habeat términos suos sicut habebat tempore sarracenorum... Hos supradictos términos dono vobis et concedo ut vos jure hereditario habeatis et irrevocabiliter possideatis in eternum, ut illos qualis voluntas populutos aut heremos tineatis... Está fe¬ cha esta carta en Burgos á i 8 dias del mes de mayo, año de la Era 1269 (1231).

(2) Por una carta del mismo rey, dadaen Valladolid áó de Abril del año 1291 de la Era (1253), sabemos que hizo donación á Baeza del castillo de Bilches, el de Baños, la torre de Estivel, los castillos de lluelma y Bólmez que estaban aún en po¬ der de los moros, y los de Chincoya y Aolit, que poseía á la sazón Sancho Martín y debía poseer todos los días de su vida. Son curiosas algunas de las condiciones de esta donación: «Dono itaque vobis et concedo, dice la carta, castellum de Bil¬ ches cum ómnibus terminis et pertinentiis suis quodego vobis iam dederam sicut continetur in alio privilegio meo in quo omnes termini vestri nominantur (alusión á la carta citada en la nota anterior): ita tamen quod idem castellum de Bilches teneat semper de manu mei unus miles de Baeza quem ego voluero et ego dabo ei pro retentione de morabetinis meis secundam quod mihi placuerit et relinco ad opus mei cellarium ipsiuscastelli cum hereditate sufficientead decem yuga boum ad aruncem et cum viginti arenzadis vincarum et cum tribus arenzadis orti....

de torres y castillos en cuyas ruinas están hoy sentados pueblos importantes; la aforó (i); le hizo merced de muchos privile¬ gios ; y deseando consignar la memoria de los sucesos que pre¬ cedieron y acompañaron la conquista, le dió por armas la puer¬ ta de su alcázar con una cruz y un aspa, geroglíficos significati¬ vos, al pié de los cuales dice aún con arrogancia la ciudad:

Entre dos torres doradas Vide una cruz milagrosa Con dos llaves argentadas Y las puertas safiradas Sobre sangre generosa.

Soy Baeza la nombrada, Nido real de gavilanes ; Tiñen en sangre la espada De los moros de Granada Mis valientes capitanes. (2)

Animado siempre por la fe religiosa que fué el móvil de todas sus empresas, purificó los templos musulmanes, reedificó la ca-

Praeterea concedo vobis castella de Huelma et de Bolmez cum ómnibus terminis suis qui sunt in potestate sarracenorum ; et si ea acquirere vel capere potueritis, quod habeatis eapro hereditate et termino et si ego illa adquisiero vel cepero vel quicumque ea ceperit vel acquisierit post dies meos vel ante, quod det illa dúo castella concilio de Baetia. Dono etiam vobis et concedo castellum de Chincoya et castellum de Aolit cum ómnibus terminis et pertinentiis suis quas castella tenet Sancius Martinus et debet tenere diebus ómnibus vitae suae ; sed post mortem ipsius Sancii Martini quod habeatis ea pro termino et hereditate tali tamen conditione quod sarraceni qui ibi fuerint custodiantur fideliter et teneantur ad convenientias quas habeant mecum et cum tuo Sancio Martini, et non queratis ab eis amplius quem daré debent et eosdem reditus quos mihi dantet Sancio Martini dent vobis concilio de Baetia, sed non exigatis ab eis amplius quam debetis; et si forte sarra¬ ceni voluerint inde recedere ad morandum in alio loco, absque alio gravamine quod eisdem faciatis recedant liberi et absoluti ; et que ita recedentibus quod vos concilium de Baetia de cristianis populemini dicta castra.» Tanto respeto á capitu¬ laciones celebradas con moros, tan escasos en número como impotentes para pro¬ testar contra cualquier violación de lo prometido, honra verdaderamente á San Fernando (Archivo municipal de Baeza, docum. núra. g).

(1) No hemos encontrado la carta en que se la aforó ; pero sabemos que se la otorgó el fuero de Cuenca por muchos documentos del mismo archivo, y sobre todo por una carta del rey D. Sancho, fecha de Medina del Campo á 20 de Junio de I 3 o 5 , en la que á petición del concejo de la ciudad corrige aquel rey este fuero introduciendo en él disposiciones acertadísimas, sumamente humanitarias y dig¬ nas bajo todos conceptos de ser guardadas y estudiadas (Archivo munic. de Baeza, documento núm. 19.)

(2) Están escritas estas quintillas debajo de las armas de la ciudad en las nue¬ vas casas consistoriales. La cruz milagrosa alude á la de fuego que vieron los fu¬ gitivos cristianos desde el lugar que llaman la Asomada, cuando muerto Mohamed, atacaron los moros el alcázar(véaseel cap. 10); el aspa, de que no habíanlas dos quintillas, pero sí Gratia Dei que las compuso, al instrumento de martirio de Andrés, en cuyo día se supone que fué tomada definitivamente Baeza.

tedral que había levantado según tradición el emperador Alon¬ so, y restauró en ella la silla de sus antiguos prelados, oscure¬ cida durante tantos siglos por el islamismo.

No duró mucho tiempo en Baeza esta cátedra sagrada que trasladó el mismo San Fernando á Jaén tres años después de haberla vencido (i); pero no por esto perdió la ciudad en es¬ plendor, antes se vió á poco más y más honrada y favorecida por los reyes que después de su conquista se sentaron en el trono de Castilla. Alfonso el Sabio la declaró exenta de pagar portazgo y montazgo en las tierras situadas más acá del Ta¬ jo (2); Sancho el Bravo le dió por juro de heredad Jódar y su término (3); Fernando el Emplazado confirmó cuán anchamente pudo los fueros que le otorgaron sus antecesores (4); Alfon¬ so XI le ratificó la propiedad de las salinas de Recena y de Jarafe, y la defendió contra los que la poseían á viva fuerza y los que cobraban injustamente el tributo de la robda en Bailón, Li¬ nares y otros lugares comprendidos dentro de sus mojones (5); Pedro I y Enrique II confirmaron sin restricción sus privile¬ gios (6); Enrique IV, que en un momento de expansión tuvo la

( 1 ) Sobre este punto conviene trasladar lo que dice entre otros autores el Pa¬ dre Pilches en sus Santos y Santuarios del obispado de Jaén y Baeza, pág. i 34.... y asi procuró (San Fernando) trasladar á ella (á Jaén) la iglesiade Baeza. Tuvo esto efecto en parte pasados más de tres años, como en otro lugar veremos, quedando unos Prebendados en el templo antiguo de Baeza, y pasando otros al nuevo de Jaén, y ambos hacen una iglesia formal, aunque dividida en dos templos materia¬ les, el uno y el otro con titulo de Cathedral.

(2) {Archivo mun., doc. núm. i i.) El portazgo y el montazgo debían pagarlo los Baezanos sólo en Sevilla y Murcia.

(3) {Archivo mun.)

(4) {Archivo mun., núm. 4.)

(5) Las salinas de Recena y de Jaral eran propiedad de Baeza, quizás ya en el mismo reinado de San Fernando ; mas como no hemos encontrado la carta origi¬ nal de donación, sólo citamos en el texto la confirmación hecha por este Alfonso {Archivo mun., núm. 21.)

(6) El rey D. Pedro no se sentía al parecer muy inclinado á confirmar los fue¬ ros de esta ni de las demás ciudades ; pero al fin los confirmó. En una carta fecha en Sevilla á i 5 de Mayo de i 3 5 o, contestando á una petición del concejo sobre que le confirmara el fuero de Cuenca, decía : « A esto vos respondo que quando confirmaré los fueros é privillegios é cartas á las otras de las cibdades é villas é lu¬ gares de mis regnos que me enviedes los privillegios é cartas é lucro que avedes.

debilidad de entregar al condestable de Castilla Miguel Lucas los lugares de Baños y Linares, se los devolvió al verla comba¬ tir el alcázar y derramar con furor su sangre (i); Isabel la Ca¬ tólica, por fin, la declaró inenajenable cuando más temía la ciu¬ dad por sus libertades y creía ser entregada al dominio de los barones castellanos que acababan de apoyar la corona en las sienes de los reyes católicos contra las armas de la bastarda D.^ Juana (2). Estuvo durante siglos tan enaltecida, que excitó no pocas veces los celos de muchos pueblos comarcanos. Du¬ rante el reinado de Alfonso XI, Jaén, no podiendo disimular el encono que ya de muy antiguo le tenía, , le movió pleito sobre sus términos ; y dejando las razones por las armas, entró con su pendón en el territorio de la ciudad, puso los mojones que bien le parecieron y tomó y llevó á la fuerza gran número de los ga¬ nados de los que allí pacían (3) ; pocos años después Ubeda

é yo veerelos é faré sobre ello lo que mi merced fuere. » Era esto á la verdad ame¬ nazador ; pero no se había pasado un año cuando había confirmado á esta ciudad todos los fueros {Archivo mun., docum. núm. 1387 núm. 62).

(1) Este hecho, y sobre todo el documento de que lo sacamos, acaba de pro¬ bar, si es que se necesita de mayores pruebas, cuán débil, veleidoso é incapaz fué el antecesor de los grandes reyes D. Fernando y D.» Isabel {Archivo mun.^ docu¬ mento núm. 13.)

(2) {Archivo mtm., doc. núm. 32.) El rey f). Juan 11 la había dado antes en pa¬ trimonio á su hijo el príncipe heredero D. Enrique, pero también con la condición de que ni él ni sus sucesores pudiesen enajenarla ni separarla de la corona bajo pretexto alguno {Archivo mun., doc. núm 6.)

(3) El concejo de Baeza se quejó de este atropello á Alfonso XI, y éste por car¬ ta dada en Cuenca á 5 de julio de 1338 delegó á Juan, obispo de Jaén, para que entendiera en este negocio. Procedió desde luégo el prelado á actuar; y oídos tes¬ tigos, vistos los documentos necesarios, atendidos los defensores de ambas par¬ tes, y leídos los escritos que una y otra presentaron después de haberlo hecho examinar todo diligentemente por hombres buenos sabedores de derecho, falló que ambos concejos debiesen poseer en adelante de consuno los términos que ha¬ bían sido objeto de tan grave contienda. Consentida la sentencia, pasó el mismo obispo en 26 de Enero de i 34 1 á señalar los dichos términos para que sobre ellos no pudiesen ya caber más dudas. Acompañáronle en esta operación por parte de Jaén Alfonso Diago, canónigo, Pedro Gómez, alcalde, Fortún Sánchez, mayordo¬ mo, Sancho Martínez, etc., y por parte de Baeza Fernando Martínez, alcalde, Juan Domínguez, jurado, Juan García de los Perales y otros. «É pusieron conforme á la sentencia los mojones, el primero cerca del camino que va de Jahen á Torres, en una mata parda encima de la fuente de D. Pardo, el segundo en un páramo cotante al arroyo alamoso, el tercero en la angostura del arroyo vil » {Archivo mun., do¬ cumento núm. 39.)

pretendió gozar con ella en común de la caza, pesca, prados y aguas de sus fronteras (i); y Bailen le suscitó contiendas ruido¬ sas, que no terminaron hasta que, poniendo en ellas la mano el Rey Católico, condenó á la indócil súbdita de Baeza á que la pa¬ gara todos los años un tributo de dos mil fanegas de trigo (2).

Vióse en este largo período una vez amenazada de muerte; pero triunfó por sí sola de sus enemigos. Presentóse ante sus muros en 1368 el arráez Abdalá con ochenta mil infantes y cin¬ co mil caballos, y orgulloso por las victorias que acababa de al¬ canzar en otras ciudades cristianas, apenas los vió, cuando ba¬ tiéndolos por todas partes, escaló y tomó la torre y puerta de Bedmar, que miran al camino de Granada. Creíase ya vencedor de la ciudad; pero no tardó en ver sobre sí á Rui Fernández de Fuen-Mayor, que entrando espada en mano en el torreón, le mató de una cuchillada en la cabeza, arrojó al foso gran muche¬ dumbre de infieles, é hizo tanto estrago en los que ocupaban la llanura, que les obligó á levantar el cerco con mucha pérdida de honra, de gente y de caballos. Combatía Baeza por D. En¬ rique y el moro por D. Pedro (3); y encendida más en odio contra este rey que contra los infieles, ni tembló á la vista de tan po¬ deroso ejército, ni se estremeció al sentirlos dentro de sus mis¬ mos torreones, ni pensó más que en morir primero que doblar la rodilla ante los que iban á imponerle las leyes de un monar-

( 1 ) Rechazó esta pretensión Alfonso XI en su carta fecha á 2 de Julio de 1338 {Archivo }nun., doc. núm. i 7.)

(2) Existen en el Archivo municipal muchos documentos relativos á estas cuestiones. Véase sobre ellas á Bilches y á Jimena.

(3) Á este hecho se refiere aquel tan citado romance :

Ganada tiene una torre,

No le pueden resistir ;

Cuando de la de Calonge Escuderos vi venir ;

Ruy Fernandez va delante Aquese caudillo Ardil.

Arremete con Audalla Comiénzale de ferir:

Cortado le ha la cabeza,

Los demas dan á fuir.

Cercada tiene á Baeza Ese Arráez Audalla Mir Con ochenta mil peones, Cavailcros cinco mil.

Con él va ese traidor,

El traidor de Pero Gil ;

Por la puerta de Bedmar La empieza de combatir.

Ponen escalas al muro, Comiénzanle á conquerir:

ca, á quien aborrecía hasta el punto de llamar traidor á Pedro Gil, que por servirle militaba bajo las banderas de los moros.

Conoció con este hecho Baeza cuánto era su propio poder, y no temió luégo salir á arrostrar diversas veces la cólera de los reyes de Granada, cuyos ímpetus contribuyó á detener en 1407, cuando Mohamed, acompañado del temido Reduán y de ochenta y seis mil combatientes, marchó sobre Jaén y la ame¬ nazó con tomarla por asalto. Socorrió entonces con una hueste crecida á los jaeneses, y no tuvo poca parte en la muerte de Reduán, que cayó del caballo herido de una lanzada, y en la fuga de Mahomed, que viendo frustradas sus esperanzas, que¬ mó cuantos caseríos pudo, y taló huertas, viñas y olivares. Era rival y hasta enemiga de Jaén ; pero supo acallar sus pasiones al verla en peligro, y mereció por su generosidad que el conce¬ jo de la capital socorrida le dirigiese una carta donde le agra¬ deció en k)s términos más expresivos tan señalado servicio.

Gozó después de una calma profunda hasta fines del siglo xv, en que las manifestaciones turbulentas de su aristocracia indu¬ jeron á Isabel á mandarle á Pedro de Barrio Nuevo para que en su nombre y por su mandado derribara el alcázar, la torre de los Aliatares, las de las puertas de Jaén, el Postigo y la Azacaya, y el torreón de la puerta de Ubeda, fortalezas que acababan de ser reparadas y habían de infundir justos recelos á una reina que no creía bien sentada su corona sino sobre las ruinas de su nobleza (i). Resistió con tenacidad la orden ter-

(i) Es sumamente interesante la carta en que D." Isabel participa esta resolu¬ ción suya á la ciudad; «D.® Isabel por la gracia de Dios, etc., al concejo, justicia, regidores, cavalleros, escuderos, personaros, diputados, oficiales é ornes buenos de la noble é antigua cibdad de Baeza, é á qualquicr c qualesquier de vos á quien esta mi carta fuere mostrada. Salud é gracia. Sepades que yo envió á esa cibdad á Pedro de Barrio Nuevo para que en mi nombre é por mi mandado reciba el alcázar della é la derribe, é asimismo el torrico de la puerta de Úbeda segund que mas largamente se fase mención en una mi carta patente que sobre ello le mandé dar é que por ella vereis; é por quanto yo so informada que en esa dicha cibdad han enfortalecido ciertas torres, especialmente la de los Altares é las torres de las puertas del Postigo, é del Azacaya é la de Jahen; por ende yo vos mando á todos ó á cada uno de vos que las dedes é entreguedes al dicho Pedro de Barrio Nuevo é

minante de la que acababa de asegurar en sus manos el cetro de Castilla; pero no tardó en verse desgarrada por las discor¬ dias que se movieron entre sus caballeros de más alta cuna. Tomó una parte activa en el levantamiento de las comunidades; y cuando aún no había derramado su sangre sino al pié de la cruz ó en luchas contra infieles, tuvo que contemplar ensan¬ grentadas sus calles por la mano de sus propios hijos. Ciegos Ltos de ira contra Carlos V, se alzaron á voz de comunidad, quitaron las varas de la justicia al corregidor y á seis oficiales, pusieron otros de su mano tanto en la ciudad como en las villas y lugares de su término, celebraron juntas y hablaron contra el emperador, y apenas supieron la muerte de D. Luís de la Cueva, uno de sus más ardientes partidarios, invadieron las casas de los del linaje de los Carbajales que suponían afectos al monarca, las derribaron y quemaron, y después de haberles tomado armas y caballos, desterraron á la mayor parte de los que

público que para esto fuese llamado ( signado con su signo porque yo sepa er villa de Tordesillas á veinte é cuatro Ntro. Sr. Jesucristo de mil é quatrocie ( Ai'ch. mun., doc. núm. i 5-)

é no fagades nin fagan ende al sopeña de la :)S c de conñscacion de los bienes de los que u-a; c ademas que hayaes perdido e perdaes ier mercedes que de mi avedes é tenedes en

llevaban el nombre de tan desgraciado como ilustre linaje. Sabedores á poco de que los matadores de D. Luís estaban en la villa de Jódar, salieron furiosos de la ciudad, ya á pié, ya á caballo, y atacaron de improviso la fortaleza de la villa; y ya que creyeron imposible ganarla, cebaron su encono en las casas y bienes de los vecinos, que incendiaron y arrebataron como si fueran de sus más implacables enemigos. Deseosos de defen¬ der á Villacarrillo contra los ataques de García de Villarroel, adelantado de Cazorla, se arrojaron después sobre Villanueva, y la saquearon también y la quemaron, y pasando á muchos hombres por la espada, la llenaron de terror y sangre. De¬ rribaron la fortaleza de Ibros, empezaron á derrocar la de Baños, depusieron los alcaides y pusieron otros nuevos, regre¬ saron á la ciudad, entraron en la casa de Juan de Benavides, y como si tantas muertes é incendios no bastasen aún á templar su cólera, pelearon entre sí por cierta pendencia que hubo, y cayeron en gran número unos heridos, otros ya cadáveres. Querían detener á toda costa la política del emperador, que hería sus sentimientos de nacionalidad confiando á extranjeros los negocios del Estado ; pero no lograron sino lastimar á Baeza y obligarla á que vencida y cubierta de rubor la frente doblase la rodilla ante ese mismo monarca á quien tanto aborrecía. Debió hacer aún más Baeza: debió pedir el perdón y el olvido de lo pasado á los pueblos que acababan de sentir el rigor de las armas de sus hijos. Afortunadamente estas poblaciones, lejos de negarse á la demanda, accedieron gustosas á cuánto les pedía; por lo que el emperador no menos generoso les es¬ cribió una carta en que les concedió su gracia (i).

Cesó, por fin, la guerra en Baeza vencidas ya las comuni-

(i) Por esta misma carta sabemos los detalles que acabamos de dar sobre el levantamiento. Es esta una pintura fiel de una verdadera sublevación popular, y como tal, digna de ser copiada á la letra; pero es muy larga en el texto, y nos hemos ceñido tanto á ella, que temeríamos ser pesados continuándola aún en una nota. (Arch. mun.^ doc. núm. 26.)

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clades y allanados los obstáculos que se oponían á la paz; pero quedó entre cenizas el fuego de las discordias pasadas y brota¬ ban chispas capaces aún de promover grandes incendios, apenas las removiese el más leve soplo de las pasiones populares. Guardaban muchos corazones rencor y deseos de venganza; crecía el odio de los padres en la sangre de los hijos; y no era raro ver amanecer muerto en una calle al que ayer había ama¬ necido lleno de vida y de esperanza. Brillaba el puñal en la oscuridad aun en manos de hombres sensatos; y cruzaban por todas las frentes pensamientos criminales y de muerte. Velaba el ojo de la justicia en medio de la soledad y del silencio; cas¬ tigábase en el cadalso toda especie de delitos, y hoy se oía publicar á voz de pregón bandos sangrientos, y mañana pedir con voz lastimera por el alma de los reos; mas sólo la religión pudo entonces con buen é.xito desplegar sus labios. El maestro Juan de Avila, viendo en tan triste estado ciudad tan noble, imploró el favor del cielo, y lleno de amor y de elocuencia, habló al corazón de los baezanos bajo las bóvedas del templo, en lo más alto de sus plazas y en el seno mismo del hogar doméstico. Inspirado por las circunstancias, ya reprendía suave¬ mente, ya tronaba con ardor contra los crímenes que llegaban á sus oídos, ya en medio de sus enérgicas peroraciones suplicaba fervorosamente á Dios que alumbrase la razón de los fieles ofus¬ cada por las pasiones, ya derramando vivas lágrimas de amar¬ gura comunicaba á cuantos le oían el sentimiento de caridad que alentaba su espíritu y hacía palpitar su pecho. Estaba, se¬ gún su historia, tan elocuente, que atrajo á poco hacia sí hasta los corazones más duros, apagó el odio, acalló la voz de la venganza y volvió hermanos á los que eran antes enemigos.

Renacieron entonces en Baeza las ideas religiosas: el remor¬ dimiento inclinó al suelo las frentes que antes levantaba el orgullo; volvió la piedad mansos y dulces los ojos de los que ayer no despedían sino miradas de ira; juntó la cruz las manos que no podían hace poco cerrarse sino sobre la cruz de las

f; R A N A n A

espadas. Pero había pasado ya para siempre el tiempo de más esplendor para Baeza; si la religión le había devuelto la paz, no podía ya restituirle sus riquezas. La aristocracia, que era su vida, iba cayendo por momentos á los redoblados golpes de los reyes de la casa de Austria; y si quería conservar el brillo de otros tiempos, debía trocar su castillo ó su ciudad por la corte, á fin de que la alcanzasen los rayos de luz del trono; y había de ser indudablemente la muerte de la ciudad la de su nobleza. Así se la vió decaer rápidamente después del siglo xvi; así se la ve hoy triste y abatida, sin ser más que sombra de lo que fué algún día.

Conserva, sin embargo, restos grandiosos de sus mejores tiempos, que merecen ser estudiados y descritos. No los hay ya de los siglos romanos en que fué tal vez fundada; no los hay tampoco de la época goda en que prosperó y floreció sobre las ruinas de Cazlona ; casi no los hay ya de los tiempos árabes, cuyo gusto no reflejan sino algunos lienzos de muralla y una torre llamada de los Aflatares, que se levanta tétrica y sombría en el ángulo de una plaza como negro fantasma de lo pasado; pero los hay aún del reinado de los Fernandos y los Alfonsos, los hay que recuerdan el imperio de Carlos V y brillan con los primeros fuegos del renacimiento, y en ellos es fácil todavía leer recuerdos y admirar bellas páginas del arte. Sus fachadas de San Juan y el Salvador llevan apoyadas en ligeras columnas las planas cimbras concéntricas del arte bizantino; su pequeña iglesia de San Pedro guarda impreso en una de sus portadas el tosco y severo sello de la arquitectura del siglo xii; y cabe todavía estudiar la marcha del arte en estas tres iglesias. La puerta de San Pedro tiene su primera cimbra cilindrica y labrada, y la última cubierta de cabezas caprichosas y figuras que corren á lo largo de un ancho follaje; pero es aún muy grave en el conjunto, muy descuidada en los detalles; la de San Juan con su primer arco claveteado y la imagen del santo titular en un ángulo, no presenta ya tanta austeridad, pero sí mayor belleza;

la del Salvador, adornada en toda su cimbra y capiteles de hojas delicadas que ha de agitar al parecer el más dulce soplo de las brisas del otoño, no sólo no excita ya aquella impresión de terror religioso que suele producir en otras una ejecución grosera y formas tan raras como indefinibles, parecidas á las de los geroglíficos y enigmas de otros pueblos; sino que parece sonreirse modestamente al artista y hacerle descubrir en sus delicadas líneas la mano de un siglo donde las ideas de la cru¬ zada habían ya enardecido la fantasía y despertado en el cora¬ zón sentimientos religiosos menos sombríos, pero mucho más tranquilos. Es ciertamente sensible que al través de sus arcos en degradación nó se pueda descubrir el tabernáculo en el fondo del ábside, ni la severa bóveda de cañón seguido descansando sobre muros macizos ó sobre columnas en cuyos capiteles haga oscilar la luz de las lámparas las vagas formas de flores sim¬ bólicas y fantásticos seres animados. Al través de la puerta del Salvador (i) no se descubre sino un frío templo greco romano, donde ni siente el corazón ni se mece la fantasía entre brillantes aureolas; al través de la de San Juan sólo se extienden á los piés del observador tres naves separadas por altas columnas en que descansan sencillísimas ojivas; al través de la de San Pedro se ve una capilla pequeña, oscura, cubierta de ruinas; pero tampoco bizantina. Su planta es una simple cruz latina; crecen gruesos machones junto á sus recios muros; las únicas dos capillas que contiene son profundas y llevan sentadas sus bóve¬ das sobre cuatro columnas puestas en los ángulos; humildes gradas separan el presbiterio de la nave, y cubren á una y otra techos aún más humildes de madera; no son los arcos plenas cimbras, sino ojivas esbeltas que contrastan tristemente con sus pesados pilares y robustos paredones. Reina, sin embargo, cierta armonía entre el templo y la portada; se siente en el exterior como en el interior, y asaltan en todas partes tétricos

( I ) En ella se lee : Diego Contreras me fizo.

y amargos sentimientos. Delante de la puerta hay un pequeño patio entre cuya yerba asoma una que otra piedra antigua donde están entallados caracteres ya indescifrables : saltan en él acá y acullá alegres niños que pisan con indiferencia aquellos escombros que reclamaría, si tuviese voz, el monumento; y sufre por éste el corazón sensible al ver tan aislada y sin oir más rumor que el de los juegos de la infancia una puerta que vió en otros tiempos pasar bajo sus arcos pueblos y reyes, y recibió con semblante adusto las plegarias del penitente á quien estaba aún vedado doblar la rodilla en el fondo del santuario. El interior está medio hundido entre ruinas, y se ve asomar todavía entre el polvo huesos de esqueletos humanos ; aparecen en las descascarilladas paredes restos de pinturas góticas que cubrió de cal la ignorancia; lo que está aún en pié amenaza caerse ; y todo parece retratar al vivo en medio del silencio más profundo el estado de la sociedad en que vivimos. No sólo este templo sino también toda la iglesia está cubierta de maleza y de escombros. En medio del frío barniz de la filosofía y de la crítica aparecen también cuadros llenos de religión y sentimiento; pero amenaza caerse como estas paredes el fondo en que los pintó la mano de otros siglos.

Conserva esta reducida iglesia otra fachada romano-bizanti¬ na situada en lugar no menos melancólico. No se distingue de la otra sino en presentar ligeramente apuntados sus arcos con¬ céntricos; pero ¡cuánta más poesía no respira medio cubierto su muro por el musgo, lleno de zarzas y de espinas el patio que á sus piés se extiende, y las paredes que la cercan casi ocultas por la yedra! Se dobla la frente sobre el pecho ante este cuadro ejecutado á medias por la naturaleza y por el arte; y no ya la tristeza sino la melancolía es quien la dobla.

No lejos de esta iglesia levanta al aire la catedral su vasta mole. No es su grandeza, ni su fachada, de orden compuesto, ni sus espaciosas naves, divididas por frías columnas greco-ro¬ manas, lo que atrae las miradas del artista; es también una pe-

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queña puerta árabe-bizantina, abierta modestamente en un án¬ gulo, junto á una torre sombría en que está escrita entre dos grandes escudos una larga inscripción, ya medio devorada por los siglos (i). Consiste esta humilde parte del monumento en un simple arco trilobado, sobre el cual abre un estrecho rosetón sus círculos concéntricos y resalta la figura de un obispo en una piedra cuadrangular parecida á la losa de un sepulcro. El arco lleva en su intradós dos recios toros; el rosetón en sus circun¬ ferencias, hojas, flores )' cabezas raras; la piedra sepulcral, una orla de caracteres góticos, que recuerdan estar sepultado allí Pedro Pascual, aquel antiguo prelado de Jaén que fué á morir mártir en Granada (2). Todo es allí también sencillo y grave; y lo que más nos impone no es aún su carácter, sino la triste so¬ ledad que la rodea, y sobre todo la voz de la tradición que nos parece hablar aún desde el fondo del sepulcro. Muerto el santo obispo en Granada, nos dice, dos ciudades eternamente rivales se disputaron su cadáver. La querella hubiera podido ser san¬ grienta; y para evitarla se consultó la voluntad del mártir y se quiso oir la voz del cielo. Púsose el cadáver sobre el lomo de una muía; y se la dejó libre para que siguiera el camino que le indicara el dedo de Dios. Partió la muía, y cruzó valles y arro¬ yos y ríos y cerros escarpados; y caminó la noche como el día;

( 1 ) Me aquí lo que pudimos leer de esta inscripción : E fué Diago López conpancro é obrero, é obraron este retablo Fcran López cantero é Juan Sairbs platero.— ((En el año del Señor de mili é treszien tos é noventa c cineo años regnante en Castiella el muy alto señor rey D. Enrique con la reina D.“ Catalina é seyendo obispo

dcste obispado D. Rodrigo natural desta ciudad . en el

año del Señor de mili c docientos c diez é nueve años é dña . » El

retablo de que se hace mención arriba será el que habría en una de las primeras capillas de la izquierda entrando por esta misma puerta de la Luna de que habla¬ mos en el texto.

(2; Léese en esta orla ; (( sepulcrum : domini : p ; nicolai : na . ten-

sis ; dei ; et : apostolice : sedis : gracia: episcopi: giennsis:anima:cius:requiescat:in:pacc: amen.» Este Pedro Nicolás no puede ser otro que el prelado de quien hablamos en el texto; según lo que cabe leer aún de la inscripción, fué el allí enterrado obispo de Jaén y de Granada, y no se sabe de otro que de Pedro Pascual que haya reunido en su cabeza las mitras de estos dos obispados. (V. al padre Bilches en sus Santos y Sanluan'os del obispado de Jaén y Baeza, pág. 146 s. q. )

y llegada al amanecer á Baeza, entró por el arco de Bedmar, y cruzó calles y plazas, y no se detuvo hasta esa pequeña puerta de la Luna, cuyo umbral doraba á la sazón el sol con uno de sus rayos. Penetró apenas en ella cuando quedó fija é inmóvil como si fuera de mármol ; y no bien hubieron levantado de su lomo los sagrados restos, cuando cayó como herida del rayo sobre esas piedras ya desgastadas que huellan hoy con indiferencia los cristianos.

Vista la portada no queda casi más que admirar en tan gran¬ dioso templo. Asoman á la derecha algunos arranques de arcos claveteados que revelan la pasada existencia de otra puerta bi¬ zantina; pero no existen sino para atormentar la imaginación, que pretende reedificar en un momento lo que derribó el soplo del tiempo y la mano de los hombres. La catedral de San Fer¬ nando ha desaparecido : no existen de ella sino una que otra ca¬ pilla gótica, y aun estas invadidas por el gusto de otros siglos. En lugar del templo del siglo xiii queda hoy uno del siglo xvi, rico, elevado, espacioso, pero falto de sentimiento. ¡Qué lástima que no podamos ya aumentar ni conservar en su interior las be¬ llas impresiones que recibimos aún antes de pisar los umbrales de la puerta de la Luna!

La Edad media había enriquecido á Baeza con muchos mo¬ numentos; no pocos han caído como en otras ciudades bajo el pico y el azadón de los arquitectos que se han atrevido á llamar¬ los hijos de la ignorancia y la barbarie. ¿Dónde está esa Santa María del Alcázar, en uno de cuyos arcos estaban entallados los nombres y los escudos de los caballeros que conquistaron y po¬ blaron esta ciudad, durante cinco siglos esclava délos árabes.? (i).

(i; Esta iglesia, de que no quedan ya ni ruinas, suponen los cronistas que era la más antigua que había en Baeza. Dicen que fué en su origen un templo consa¬ grado á Júpiter, que pasó á ser iglesia en tiempo de Constantino el Grande, que los árabes, lejos de destruirla, la convirtieron en mezquita, que la restauró Alfon¬ so el Emperador, que la reparó Fernando el Santo, que, poseedora de una imagen cuya escultura revelaba la mano de los primeros siglos de la Iglesia, fué desde la conquista definitiva de Baeza tan mentada en toda la Península, que se hizo objeto de largas é incesantes peregrinaciones. Por más que dudemos de tanta antigüedad

¿Dónde está ese mismo alcázar que dió paso por la puerta del conde al temido Lope de Haro, á quien recibió con tanto jub.lo en sus brazos el maestre de Calatrava? (i). ¿Dónde están los santuarios bizantinos á que debieron estar unidas las portadas del Salvador y de San Pedro ? Ni restos quedan de Santa Mana; los nombres y los escudos de los conquistadores se conservan aún en la iglesia de San Andrés, pero pintados, no esculpidos, faltos de sus antiguos colores, y sin guardar armonía con las bajas y oscuras bóvedas del templo (2). Del alcazar solo se evantan ya ruinas que á largas leguas de distancia hablan al v.a- ¡ero de lo que fueron él y la ciudad que guardó bajo sus muros. En lugar del santuario del Salvador hay un templo moderno que inundan de luz espaciosas ventanas; en lugar del santuario 1 San Pedro ha visto ya el lector esparcidos por el suelo los

escombros de una capilla medio gótica.

Perteneciente á la Edad media no queda ya que ver en Baeza sino una página del estilo ojival en decadencia. Hay cerca de la catedral una plaza, á que dan sombra algunos álamos fro •

i i^poñanda, no podemos menosde s-f ja .ola' d'ud”,"^:!'.^’»"»

encerraba una página brillante de "““‘■'a h stona y sena , ^

interés cuando Kodrigo Narváez, obispo de Jaén, la erig.o en o g

brerodei40i. c-tíí enteramente arruinada, el P. Bil-

(I) He aquí cómo describe esta ’ hermosa ciudadela,

ches, que escribía en el siglo xvh- la ciudad, cortada por tres partes,

situada sobre un monte, remate Ticns de longitud cuatrocientos

conque se hace muy vistosa y parle mayor que dicen

pasos y de latitud doscientos en forma de lad Ho, ^altera^p ^

los geómetras. Su mayor fortaleza era u , rnurallas seguidas arti-

hoy se conserva el nombre en las lo que es más, for-

frcrdro“5::im::n“ro3:iZá'¿ioi^^

leemos son los siguientes: «»""“■ Cervantes, Clavüo,

Estévanes, Hornos, Diaz de "¿te, Lorite.Gotor, Lechuga,

Cárdenas, Salazar, Vela, Mescua, Maza, «“va rete,M^^^

jurado. Moreno, or,°z Büches.'vera, Gallego, Jordán, Garrido de

hilla Rarrio Nuevo de Valderas, urtiz,

Dios’y Ayuda, Padilla, González de Mendoza, Antolinez.

dosos: álzase en ella al norte la puerta de San Juan, y al occi¬ dente la rica fachada de San Felipe, tan ataraceada, que llega á vencer en número de molduras las más complicadas creacio¬ nes del Renacimiento. Esta fachada es sin duda muy interesante para la historia del arte. En medio de una pared de sillería, en¬ cerrada entre dos altas columnas , cuyos grandes capiteles cóni¬ cos son al parecer imitación de los que en forma de estaláctitas adoptaron en sus últimos tiempos los árabes de España, ábrese una puerta ojival algo aplastada, corrida de una guirnalda, en torno de la cual presenta variados y vistosos grupos una larga serie de ángeles. Campea sobre el dintel entre dos agujas de crestería un ajimez compuesto de dos ojivas recamadas de fo¬ llaje, debajo de cada una de las cuales cargan sobre dos columnitas otros dos arcos apuntados: levántase á cada lado del aji¬ mez otro más sencillo, puesto también entre pilares ; sobre las columnas de los ángulos, medios templetes octógonos; entre cada dos agujas, un gran escudo de armas ; y forma todo un conjunto tan pintoresco, que por largo rato descansan con pla¬ cer en él los ojos, por más que á la primera mirada deban ya descubrir del todo rota aquella unidad admirable que en medio de la mayor complicación de detalles supo presentar el goticis¬ mo en sus mejores tiempos. Las líneas de esta fachada no son ya rectas, sino ondulantes; la curva ojival está exageradísima, mezcladas y confundidas muchas formas heterogéneas, distribui¬ das sin sentimiento las molduras ; pero es tan poético su estilo, están trabajados con tanta delicadeza los adornos, y se conser¬ van tan limpias y enteras las más tenues líneas, que no sin ra¬ zón la prefiere el artista á otras fachadas de gusto moderno, aunque vea seguidas en ellas con más escrupulosidad las reglas del arte. ¡Es por otra parte tan bello el color de esta fachada! Cuando la hieren los primeros rayos del sol al través de los ra¬ majes de los álamos, no parece sino que los vemos oscilar so¬ bre un fondo de oro.

El interior de San Felipe no corresponde tampoco al exte-

rior, que, todo greco-romano, apenas tiene notable más que un claustro espacioso, cuyas elegantes cimbras descansan en co¬ lumnas de mármol. Es un monumento rico y alegre, pero no del mejor gusto, y los hay en la ciudad que merecen ser más cono¬ cidos y estudiados. El interior de San Felipe no tiene carácter propio; y lo tienen las antiguas Casas Consistoriales y la Cár¬ cel que levantó el Renacimiento, las puertas de Úbeda y Jaén, el Pósito, algunos palacios que trazó el severo gusto del impe¬ rio, las soberbias é imponentes ruinas del convento de San Fran¬ cisco, donde cabe apreciar aún toda la majestad y nobleza del arte moderno.

Ostentan las antiguas Casas Consistoriales su gracioso ex¬ terior junto á la puerta de Jaén, compuestas de dos ojivas en cuyos muros almenados están entalladas, bajo un arco de tres segmentos, las armas imperiales. La cal que lo cubre no permi¬ te apreciar la delicadeza de todos sus detalles; pero deja cono¬ cer aún toda la armonía y belleza del conjunto. Consta esta fa¬ chada de dos cuerpos: en el primero, entre cinco columnitas adornadas de modestos capiteles, sobre cuyo entablamento es¬ tán sentados otros tantos leones, abríanse en otro tiempo cinco puertas, ya cegadas, encima de cuyos dinteles campean algunos escudos entre torres y bellos bustos romanos cincelados en el centro de elegantes medallones. Constituyen el segundo cinco ventanas de antepechos muy salientes, en cuyos ángulos dos co¬ lumnitas sostienen sobre ricos dinteles frontones adornados de jarras, ángeles y mascarones en el vértice y en las antas, y de cartelas sin leyendas en el tímpano. Son los dos tan sencillos como elegantes, y producen un bello efecto corridos como están en su parte superior por una cornisa en que asoman caprichosas gárgolas. Y lo son mucho más, si después de haber fijado los ojos en una pequeña torre levantada en el ángulo que forman con la puerta de Jaén, torre sobre la cual está dentro de un hu¬ milde templete la imagen de la Virgen, llamada del Pópulo, echa una mirada el viajero en torno suyo, y ve en medio de una

plaza sobre el mar de una fuente moderna la figura de una Cibe¬ les entre cuatro leones.

La belleza de los alrededores aumenta la de los edificios: así se presentan tan agradables esta fachada y la de la Cárcel,

BAEZA. — Casas Consistoriales y Puerta de la Virgen del Pópulo

cuyos muros, cuajados de molduras, levantan su gallarda frente sobre el ramaje de una alameda en que suspira con dulzura el viento y salta sin cesar el agua del fondo de una copa, á que apenas llegan los rayos del sol entre las hojas de los árboles. Produce ésta aún mejor impresión que la de las Casas Consis¬ toriales. Abre la puerta principal su arco rebajado entre dos columnas con estrías, sobre que corren del collarín abajo mas carones y graciosos arabescos. Carga sobre esta un entabla¬ mento en cuyo friso hay una serie de nichos aconchados; y están tendidos sobre el dintel dos sátiros, entre los cuales se lee en un

escudo el año en que fué construido el monumento (i). Parte de este primer cuerpo en otro segundo un balcón en que pilastras delicadamente cinceladas sostienen otro entablamento aún más rico que el primero , en cuyo friso descansan sobre ramos de flores alegres genios alados. Junto á las pilastras asoman otras más pequeñas aunque no menos bellas; y sobre estos capiteles corre una cornisa que apoya sus líneas más salientes en esbeltas columnitas; arranca á la vez de estas una menuda cimbra pro¬ fusamente decorada; y son tales y tantos los adornos, que apenas cabe bajo tan minuciosos detalles descubrir las líneas generales del conjunto. No está la puerta en medio de la facha¬ da ; y así como á la derecha del balcón no hay sino otro igual al descrito, hay á la izquierda otros tres, entre los que campean ya las armas de la ciudad, ya las de España.

Pocas páginas monumentales hay más bellas que esta fa¬ chada: todo es en ella esmerado; hasta las partes más peque¬ ñas, hasta las que menos están al alcance del observador respi¬ ran la mayor elegancia y el mejor gusto. Un ancho alero la defiende contra las tempestades del cielo; y hasta en el alero sonríe á nuestros ojos la decoración más deliciosa. Está artesonado y sostenido por ménsulas riquísimas, á que están adosadas figuras de capricho; y es cada figura diferente de las demás en su posición, en sus formas, en la significación que le dió el que la compuso. Álzanse á los lados de la puerta dos grandes escu¬ dos; y como aparecen en el uno claras y distintas las letras de un versículo de la Biblia que llama bienaventurado al que atien¬ de al hombre en los días de su desgracia, distínguese en el otro línea por línea cada una de las armas que cubre el campo, y la corona que se levanta sobre él, y el león que dentro de la corona enarbola un estandarte, y el lema que se lee detrás del león icoronado será el que en buena ley pelearen. Debajo de un

( I ) Dice esta inscripción: Esta obra se hizo por mandado délos ilustres señores de Baeza, siendo corregidor della el muy ilustre Sr. D. Juan de Borja,año de i 5 59'

BAEZA.— Fachada de da Cárcel

balcón y á los dos lados de un arco resaltan del muro las figuras de la Caridad y la Justicia; y no está grabado con menos pre¬ cisión y limpieza en los tarjetones aquel otro verso de la Es¬ critura: i acuérdate de la misericordia en medio de tn jíisticia, porque la misericordia enaltecerá he jeiicio.T» (i)

Todo es bello en esta fachada; pero material, no moral¬ mente. Es la fachada de una cárcel; y ¿quién, sin embargo, la reconocería en los sátiros, en los genios, en los mascarones, en los arabescos , ni en las caprichosas figuras que la adornan? Hay en ella algunas imágenes simbólicas y cristianas, algunas palabras que mueven el corazón á la caridad y á la misericordia; pero ¿qué relación, qué armonía podemos observar entre estas y aquellas figuras, entre unos y otros símbolos? Así habla tan poco al alma una obra que, ejecutada con sentimiento y con las dotes artísticas del autor, habría podido removernos el fondo del corazón y hacernos inclinar la frente al peso de la melancolía que infunde el recuerdo de que detrás de aquellos muros hay ojos bañados en lágrimas y corazones lacerados por las desven¬ turas y los remordimientos. Despiértase ahora cierto amor al género de arquitectura que domina en esta cárcel; pero cuando la vemos tan fría, aunque bella, sentimos á la verdad que nuestros artistas vayan á buscar en ella sus inspiraciones. Esta arquitectura, y sobre todo esta fachada, carece no sólo de sen¬ timiento, sino de filosofía; y sin sentimiento ni filosofía no hay arte, porque la belleza material no está sino en la forma bajo que éste se reviste.

Los monumentos del reinado de Carlos V (2) no presentan

( 1 ) Los dos versículos de la Biblia están en latín: el primero dice: (dieatus qui intelligit super egenum et pauperem in die mala.» En el segundo: <dn medio justitiae misericordia: recordaberis ; misericordia superexaltat juditium. Jacobus iii».

(2) Consideramos aparte de los del Renacimiento los monumentos levantados en esta ciudad durante el reinado de Carlos I (V de Alemania), ya porque se dis¬ tinguen mucho de aquellos en la severidad de sus líneas y en su escasez de ador¬ nos, ya porque nos ha parecido así más clara la clasilicación de las obras arqui¬ tectónicas de Baeza construidas en el siglo xvi.

de mucho tanta belleza, pero tienen cuando menos más carácter; son graves, severos, arrogantes, grandiosos como su época; recuerdan aún las sangrientas batallas en que se disputaba un reino y se uncía á uno de los monarcas más poderosos al carro de la victoria. Sus muros, todos de sillería, apenas presentan interrumpida la superficie sino por grandes escudos de armas; los arcos de sus puertas son soberbios, y tienden sus largas y anchas dovelas sobre paredes que ennegrecieron las nieblas de los siglos como arroja el sol los rayos de su aureola sobre las oscuras nubes; sus ventanas llevan cuando más recamadas de grandes hojas las recias archivoltas de sus plenas cimbras. El arco está en algunos rebajado, y no es raro ver abiertos en sus sombrías fachadas ajimeces góticos corridos de molduras, cuya doble ojiva descansa en el capitel de una columna; pero estas leves modificaciones en nada atenúan su fuerza, ni menoscaban su grandeza. La ojiva, que en los últimos años de la Edad media se esforzaba en parecer airosa y delicada, recobra en ellos la severa curva que ostentó en el siglo xiii, deja los impropios atavíos de su decadencia, y no conserva sino lo que guarda armonía con la naturaleza del monumento que no se ha desde¬ ñado aún de recibirla entre los sillares de sus portadas impo¬ nentes.

Predominaban en los tiempos del emperador los sentimientos bélicos; y se ve este predominio en la misma arquitectura. Todo tiene cierto aspecto militar; hasta los mismos palacios, levan¬ tados para el descanso de las fatigas de la guerra, parecen for¬ talezas. Las Casas Consistoriales Altas en esta ciudad de Baeza son un verdadero castillo; en las que levantaron sus nobles conquistadores se cree aún ver esas formidables cindadelas en que se recogía el barón feudal amenazado, como el león en su cueva ó un testáceo debajo de su concha. El mismo Pósito, aunque bajo y oculto en una calle silenciosa, llega á participar de ese carácter guerrero. Sus sólidas paredes de cantería apenas tienen aberturas, ni ofrecen más adornos que tres escudos de

armas, entre los que se lee que hizo Baeza esta obra sien o corregidor de ella y de Úbeda el comendador de las Casas de Córdoba, y caballero de la orden de Santiago, el ilustre Don

Fernando de Acuña (i).

La influencia de estos instintos militares en la arquitectura duró, empero, corto número de años. Nuestra dominación en Italia dió lugar á que nuestros artistas estudiaran en las grandes ruinas romanas y en las que acababa de levantar el genio de hombres grandes, el estilo conocido bajo el nombre de grecoromano, y filé pronto ese estilo el que vino á desterrar tanto el gusto demasiado duro de los tiempos del emperador, como as bellas y frívolas lineas del Renacimiento. El estilo greco-romano, de suyo heterogéneo, no significa tampoco nada para nosotros, que no tenemos ni la organización política, ni las creencias re iglosas de los que lo crearon ; pero es susceptible de grandiosidad V belleza, y puede aún hacernos sentir y gozar cuando alza al aire sus arrogantes columnas, describe en el espacio sus más soberbias curvas, y arrebata nuestros ojos á lo largo de las no interrumpidas líneas de sus entablamentos. Basta visitar en esta ciudad las ruinas del convento de San Francisco para conocer toda la variedad de sus medios y toda la extensión de sus fa¬ cultades. Está la iglesia sin bóveda y medio hundida entre escombros; pero se ensanchan la frente y el corazón al ver la atrevida circunferencia de sus arcos. La vista sonda ^asta con cierto temor su altura, mide con respeto su profundidad, se atreve apenas á sumergirse entre las sombras que la rodean; y se llega al fin á comprender que el autor se llevo la idea de levantar una obra comparable en lo humano con la terri e grandeza del que, según el cristianismo, mide con su frente a

. • -lo» I,.,.- nhra hizo Baeza siendo corregidor

dellá y übediVsúí tkrras el^'ilustre^Sr.^D.

del recuadro que contiene el mismo escudo se lee: Acabóse esta obra el año de 1^54 anos.

BAEZA. —Antiguas ruinas del Convento de San Francisco

inmensidad de los cielos y con su planta la profundidad de los abismos. En ese templo, todo de sillería, hasta lo accesorio participa de ese carácter grandioso: se conservan en la capilla mayor, en el fondo de unos nichos, dos ó tres sepulcros, y son también gigantescos.

Impía, tres veces impía fué la mano que derribó este monu¬ mento ; ocultó entre polvo y piedras bellezas de estilo no comu¬ nes, expuso á la inclemencia del cielo la mejor obra que de los tiempos modernos había conservado Baeza. Ni es esta la única pérdida que debemos lamentar en este convento : fundado hacia el año 1368, tendría un bello santuario gótico, tal vez uno de esos claustros ojivales al través de cuyas esbeltas arcadas se ve saltar el agua bajo un cielo azul, entre los ramajes de los árbo¬ les frondosos, sobre las hojas de pintadas flores; tendría acaso alguno de estos ricos salones en que yacen ligeras bóvedas so¬ bre ojivas sentadas en capiteles caprichosos; y no ha quedado de él ni una sola piedra. El tiempo y el gusto dominante de si¬ glos posteriores lo destruyeron, y ha debido, al fin, el que se levantó sobre sus ruinas caer también á los rudos golpes del si¬ glo. Pero ¿á qué pueblo podemos dirigir el pié que no demos con escombros?

A una legua de Baeza está Úbeda, y en ella á menudo de¬ tienen también las ruinas los pasos del viajero. Los templos que levantaron sus primeros conquistadores ya no existen; los sun¬ tuosos palácios que fueron la cuna de sus más ilustres hijos, es¬ tán cayendo; y el tiempo y el hombre van desmoronando de día en día las viejas y sólidas murallas, á cuya sombra descansó, desde el siglo xiv, de las luchas que la ensangrentaron durante el último período de la dominación turbulenta de los árabes.

Úbeda no floreció tan pronto como Baeza; pero no dejó de ser ciudad importante ya en la primera época del Califato de Occidente. Tuvo desde muy antiguo walí; y cuando subió al tro¬ no de Córdoba El-Hakem, fué ya uno de los baluartes de Soleimán y Abdalá, que llevados de su ambición, no vacilaron en

desnudar la espada contra el nuevo califa, su sobrino. Goberna¬ da por esclarecidos walíes, y favorecida por su propia situación, prosperó con rapidez: llamó todos los días á su recinto mayor número de familias que pretendían gozar de la dulzura de su clima; creció en poder y en riqueza; y era ya tal su importan¬ cia á principios del siglo xiii, que después de la batalla de las Navas corrió á guarecerse en ella el pueblo de Baeza contra las armas vencedoras de Navarra, Aragón y Castilla. Vió entonces sobre sí todo este ejército, y no temió arrostrarlo: fué vencida, pero vendió cara su libertad, á poco tiempo recobrada. Impuso años después al mismo San Fernando, que en sus primeras cam¬ pañas no se atrevió á más que á talarle la campiña; sobrevivió por casi toda una década á Baeza, á pesar de tener tan cerca al enemigo; y cuando sucumbió, cedió más al hambre que á las armas.

Cayó cautiva Úbeda en 1236, y fué al punto abandonada por la mayor parte de los árabes, que, llenos de quebranto y desconsuelo al ver flotar en los torreones los estandartes de Castilla, salieron en silencio para Granada en busca de mezqui¬ tas donde pudiesen adorar á su Profeta, y de un pueblo en cuyo corazón les cupiese encontrar compasión para su amarga des¬ ventura; pero no tardó en florecer bajo la dominación de los cristianos la que por tantos siglos había sido una de las joyas de Andalucía. Repartió San Fernando las casas y las haciendas entre los hidalgos que le acompañaban; aforó á los nuevos po¬ bladores (i); les dió á OI vera, lugar situado en las riberas del Guadalimar, donde les impuso la obligación de levantar un cas¬ tillo para guarda de la frontera (2) ; les confirmó los términos

(1) Se les dió el fuero de Cuenca como á los de Baeza.

(2) Ni Olverafué dada, ni la obligación deedificarun castillo impuesta á todos los habitantes de Übeda, sino á sólo sesenta; pero Olverafué desde luégo declara¬ da aldea de Úbeda, y los pobladores de ésta pudieron desde la fecha de la dona¬ ción pascer en ella y cazar y proceder á la corta de los montes y al uso de las aguas del término. Es sumamente curiosa la carta que con este motivo expidió el Rey Santo : «Per presens scriptum tam presentibus quam futuris notum sit ac mani-

que señalaron por mandato suyo el obispo de Osma, el comen¬ dador de Canena, el del Hospital de la misma ciudad, Fernán Pérez, Pero Yóbrez, y el alcaide Garci-Fernández (i) ; fijó lími¬ tes entre Úbeda, Isnatorafe y San Esteban, y para ventaja de los tres pueblos mandó que tuviesen todos montes y pastos co¬ munes, y fabricasen en ellos cabañas donde pudiesen recogerse todos en invierno y en verano (2). Los sucesores de San Fer¬ nando mostraron tanto interés como él por la suerte de esta ciudad: Alfonso el Sabio le dió las aldeas de Cabra y San Es¬ teban y los castillos de Ziscar, Huesa y Velerda (3); Sancho el

festum Quod Ferrandus Dei gratia rex Castelle et Toleli, Legionis et Gallecie una

cu^xore mea regina Beatnceetcumfiliis meis Alfonso, Freder.co et Ferrando

ex asenso et beneplácito regine done Berengarie genitncis mee dono et «concedo sexagintahominibus qui tenuerint cartam istam illum locum super npam de OuadalfiLr qui dicitur Olvera cum hercditate ad sexagmta mga boum sufficiente ad

anm incem cum turre et cum molendinis suis factis et Zali itaoue^pa"

superioribusetinferioribuset totis pertinencns etdirectuns suis. Tah itaque pac toquod ipsi sexaginta faciant castellum in ipso loco... et popu cnt ipsum neant et defendant per suam costam : et prenominatus locus de Olverasit aldea de Ubeda ad forum de Ubeda et illi de Ubeda faeiantei sicut uní de aldeis suis m pa¬ ceré et cortare etin aliis causis;et ipsa Olvera vival cum Ubeda,tsicutsuaaldea e nihil habeat apartatum nec in pasto, ncc in monte, nec in ternnnis exccptis islis qu. íómin.ntur in c,r,a ist.. Sed is.l s.ü.ginW '' ‘"“"““i

telli hnbe.nt prcnomin.ntam hcreditatem et molendmos s.cut supre se iure hereditario teneant ct irrevocabiliter possideant ipsi ctfilii sui et tota succse sio sua de eis quidquid voluerint dando, venciendo, concambiando seu q^idlibet Lé faciendo tanutmntodo c,nod dent, vel vcnd.nt, ,el conc.mb.cnt t-'-s 1>»» ’ nibus qui faciant sui etillis de Ubeda forum debitum. hec mee concesión s confirmacionis pagina rata et stabilis omni tempore perseveiel. Siquis v. hanc cartam infringerit scu in aliquo diminuere presumpserit, iram ^

Dlenaric incurrat et regie parti mille áureos in cauto persolvat, et dapnum sup Eoc illatum vobis restituat duplicatum. Facta carta apud Vallolitum regnant. ixs. xiiii die februarii era m. cc. Ixx. tertia. Et ego prenominatus rex f errandus regnans in Castella et Tolete. Legione et Gallecia, Badallocio et Baetia hanc cartam quam fieri jussi manu propria roboro et confirmo.» ( Siguen las firmas. ) (/Dc/in muuícípcil de Úbcdci, doc. núm. i 12).

(i) (Archivo doc, núiTí, 15)- ,

2 Mando quod ista tria conciba habeatis montes et extremos pascua ad curtandum et pascendum insimul et comuniter sicut germani ; et teneatis vesfras EXannas in unum omni tempore tam in vere quam in hieme, ita tamen quod non faciatis vobis dapnum adinvicem in vestris messibus nec in vestris vineis nec in

vpsitros labrados (/Irc/nTo mií»., doc. núm. 93). .

° sepan qnantos esto corta vieren cuerno nos D. Alfonso por lo groe, a de Dios iev dreastma, de Toledo, ete., por facer bien e merced al coneeio de Ubeda et por mucho servicio que licieron al rey D. Fernando, nuestro padre, e a nos et atendemos que farán daqui adelante ; dárnosles et otorgárnosles Ciscar et Huesa

26^

Bravo la declaró exenta de pagar portazgos y montazgos, des¬ pués de haberle concedido las franquezas que otorgó á los pue¬ blos conquistados en Extremadura (i); Fernando el Emplazado le hizo donación del castillo de Canena, que poseía á la sazón Gutierre Pérez, comendador mayor de Calatrava (2) ; Alfon¬ so XI la hizo franca de pedidos y monedas, y le cedió Quesada y Tiscar (3) ; los reyes posteriores le confirmaron los fueros y las libertades, y le tendieron para cuanto pidió su protectora mano. Estaban ya medio caídos, cuando la conquista, los muros que habían sido su principal defensa ; pero no tardaron en ser reedi¬ ficados por estos mismos monarcas y los caballeros que duran-

Velerda, castiellos que tiene Mohamad fijo de Mandan que los ayan por iuro de heredat con todos sus términos, con montes, con fuentes, con rios, con pastos, con heredades, con ruinas, con olivares et con entradas et con salidas et con todas sus pertenencias quantas han et deuen aver; et que fagan dello et en ello cuerno conceio deve fazer de su término en tal manera que lo non puedan vender, ni dar, ni enagenar á iglesia, ni á orden, ni á orne de religión sin nuestro mandado ó de los que regnaren en nuestro lugar et que nos fagan delios guerra é paz á nos é á los que regnaren después de nos, Et mandamos et defendemos que ninguno non sea osado, etc. Fecha la carta en Belcayre martes veinte é cinco dias andados del mes de junio en era de mil et trecientos é trece años. Yo Roy Martinez la escreví por mandado del rey en veinte é quatro años quel rey sobredicho regnó {Archivo municipal doc. núm 103). La donación de las aldeas de Cabra y San Esteban cons¬ ta en el mismo Archivo por una carta de confirmación del rey D. Sancho, en que está continuada por entero la de donación de D. Alonso, y por la carta original de este mismo rey {Archivo mun., doc. núm. i 8 y 40).

(1) {Archivo miin.^ doc. núm. i 37). Entre las franquezas otorgadas á Extrema¬ dura se contaban : 1 .* la de mandar guardar los privilegios y fueros de las fran¬ quezas y libertades concedidas por los reyes sus sucesores ; 2.® la de que el rey no pudiese dar á rico-ome ni á rica-fembra, ni á infanzón ni á fidalgo donadio ni here¬ damiento que fuese de los concejos ; 3." la de que ningún rico-ome, nin rica-fem¬ bra nin infanzón pudiese comprar heredamiento en sus villas nin en sus términos;

4. ® la de que se mandasen devolver á los concejos los donadlos ó heredamientos que hubiesen sido dados á ricos-ornes, habiendo sido antes otorgados á aquellos;

5. “ la de que fuesen sacados los alcaldes y las justicias que oviesen las villas de por fuerza é fuesen á los logares do fueron alcaldes é justicias á complir de dere¬ cho á los querellosos, etc., etc. {Archivo mun., doc. núm 22).

(2) He aquí los motivos de esta donación; «Por muchos bonos servicios que fiziestes al rey D. Sancho mió padre, que Dios perdone, é á mí é señaladamiente porque tomastes el castillo de Canena que tenia Gutier Perez, comendador mayor que era á esta sazón de Calatrava que era en mió deservicio, dovos lo por lihes et por quentas de muertes de ornes, et de robos, et de quemas, et de esquilmos de viñas, et de olivares, et de cortas de montes, et de todas las otras cosas que se y ficieron quando vos entrastes.» {Archivo mun., doc. núm. 77).

(3) {Archivo mun., doc. núm.. 38 y 5 6.)

te la Edad media la poblaron. San Fernando, desde Jaén, man¬ dó ya que por espacio de diez años pagasen anualmente para su labor un maravedí los caballeros, medio los pecheros que tuvieren diez, un cuarto de maravedí los que tuvieren cinco, dos sueldos los que no gozaren de esta cuantía, nada los que nada pudieren satisfacer, pero viniendo obligados á trabajar en la obra un día al año (i). Fernando IV desde Medina del Campo supo que las aguas los habían derribado en gran parte, y dispuso que, para repararlos, cobrase Ubeda el montazgo de los ganados ex¬ tremeños, y aplicase al mismo objeto la mitad del importe de las penas llamadas de taffurería (2). Sufrieron otra vez los mu¬ ros en el siglo xiv, y Alfonso XI concedió al concejo, con el ob¬ jeto de que lo restaurase, el cobro de dos maravedises por pie¬ za de paño que en ella entrase, derecho que, según cabe inferir de una carta de confirmación del rey D. Pedro, cobraba ya de muy antiguo la villa para su propia fortificación y la de Tiscar, Alvenches, Quesada y otros castillos (3).

Labró así Ubeda con el producto de estos tributos los im¬ ponentes muros que conserva y hablan aún en alta voz de su pasada grandeza ; mas fueron sólo los muros los que construyó, no los numerosos torreones que los defienden, labrados á costa de nobles familias cuyos escudos se distinguen aún en las ya

(1) {Archivo mun.^áoc. núm. 114.)

(2) «Por quanto me enviaron decir, escribe D. Fernando en su carta del 2 3 de Mayo de 1305, que con aquestas aguas grandes que agora fizo que se derribó muy gran pieza de los muros de la villa, é porque es muy grand mió servicio porque se lavre la villa é se serque el arraval, tengo por bien de los dar el montadgo de los ganados estremeños que ellos solien aver para la lavor de Cabra, que lo ayan daqui adelante para la lavor de los muros de llúbeda é que cojan este montadgo destos ganados estremeños así como lo cogien para la lavor de Cabra ques en esta mane¬ ra : de cada mili cabezas de ovejas é de carneros dos, é seis maravedises en dinero; é de mili cabezas de vacas dos, é diez é siete maravedises en dinero.» ( Los dere¬ chos de montazgo para el castillo de Cabra fueron dados por el rey D. Sancho en I 293.) {Archivo mun., doc. núm. 70 y 4). La mitad de las penas de taffurería, que se cobraban de toda clase de tahúres como explica el nombre mismo, fué otorgada por D. Fernando en una carta de la misma fecha que la en que otorgó los derechos de montazgo (Idem doc. núm 2 1.

(3) {Archivo mun., áoc. núm. 71).

ennegrecidas espaldas de la misma obra. Tres alzaron en ellos los Megías, los Mercados, los Molinas, los Traperas y los SanMartínez; cuatro los Dávalos, los de la Cueva y los Arandas; cinco el linaje de los Cobos; seis los obispos de Jaén; dos los Porceles , los Orozcos y los de la casa de Biedma; uno caba¬ lleros distinguidos como los Castillos y cada uno de los Freyres de las órdenes de Alcántara, Santiago y Calatrava. Rivalizaron en hidalguía cuantos nobles poblaban la modesta villa; y todos se esforzaron en dejar consignado allí su nombre, que era sin duda el mejor símbolo de sus hazañas y su gloria (i).

Prosperó luego Ubeda á la sombra de sus muros y sus pri¬ vilegios; se pobló, se engrandeció y llegó á ser pronto la rival de Baeza; pero fué á fines del siglo xiv detenida en su carrera por aciagas desventuras, cuyo recuerdo hace estremecer á los nacidos. Mohamed de Granada, instigado por Pero Gil, favore¬ cedor del rey D. Pedro, se presentó ante sus puertas después de

(i) Sabemos estas noticias por un romance que se halló entre los papeles de D. Alonso Manrique de Lara, y copió Argote de Molina en su Nobleza de AndalucíaEn el archivo municipal hallamos una copia del mismo, y creemos oportuno tras¬

ladar de él algunas estrofas para dar a mérito:

En la corona de España,

En la Hética famosa Por do pasa el sacro Betis Con sus aguas generosas ; Fundada está una ciudad.

Que es de las demas corona De plata y oro ceñida Que de nobleza blasona;

Ubeda, que así se llama,

Y todas así la nombran.

Aquella que siempre fué El asombro de Mahoma.

Para defensa y amparo Los ubetenses en forma

La cercan con sus murallas

Y torres á toda costa.

En círculo está su cerca

Con muchas torres que forman Á la vista una hermosura Con fortaleza vistosa.

conocer su carácter y su mayor ó menor

Los Megías hacen tres Torres fuertes á su costa.

En señal de las tres fajas Azules que no se copian.

Los Dávalos hacen cuatro Torres harto primorosas,

Y ponen cuatro jaqueles Dos doradas y dos rojas.

Los Molinas hacen tres Que torreones los nombran Con una torre de plata

Que en campo azul se denota.

Media piedra de molino Al pié de la torre forman Con sus tres lirios de oro Con ocho aspas por orla.

Los Mercados hacen tres,

Y un rojo León blasona Feroz en campo dorado

Que es marcado á sangre propia, etc.

la sangrienta toma de Jaén, la ganó por asalto, y lleno de furor, pasó á cuchillo hombres y mujeres, profanó las iglesias, la in¬ cendió, y no la dejó sin haber desmantelado muros y torreones. Cuarenta años después, enemistadas dos de sus mas nobles familias, vió regadas de nuevo sus calles con la sangre y por a mano de sus propios hijos. Levantáronse los Traperas contra os Arandas, y no cesaron ya de perseguirlos de muerte hasta que los hubieron obligado á dejar sus palacios y buscar un asilo e Bedmar, Jimena y Jódar. Airados los Arandas, se armaron, salieron á las orillas del Guadalquivir y retaron a sus contrarios desde los molinos inmediatos al puente viejo, a corta distancia de la villa. Pero no hallaron allí sino su sepulcro; acudieron a reto los Traperas, y los acuchillaron casi á todos, o ^

condestable de Castilla á que trasladara a Alcala la Real pocos que sobrevivieron ; y ufanos con su decisiva victoria y no Ltentos con haberse engrandecido sobre la ruma de toda una familia, aspiraron á concentrar en sus manos el gobierno de úbeda que habría podido á poco ser no sólo su feudataria, si mmbién su esclava A no mover á los Traperas tan excesiva ambición , habrían tal vez acabado allí las desventuras de la villa pero esta ambición produjo aún luchas mas funestas. Leva contra ella Diego Hernández de Molina, y «mado el y cuanta gente pudo, combatióla en las mismas calles de Ubeda, donde lo tarLron en resonar con vivos alaridos de guerra los agudos ayes de los heridos y los débiles suspiros de los Los Traperas eran bravos y sostenían con valor sus desmedidas pretensiones; pero tuvieron que rendir las a™as ante el Ade^ Untado de Andalucía, que apenas tuvo noticia de tan t iste acontecimiento, entró en la villa con sus tropas, deshizo multo é impuso pena de muerte á los hidalgos que se atreviesen á reunirse en número de cuatro. No cedieron con todo sino por el momento tan rebeldes caballeros; deseosos de burlar orden tan severa, fundaron una cofradía y volvieron a juntarse con este pretexto en la iglesia de San Pablo. Poderosos, favorecidos

por la fortuna y llenos de osadía, no creían que pudiese haber un obstáculo capaz de detener sus pasos, y estaban dispuestos á intentarlo y emprenderlo todo; mas no pudieron resistir por fin á la energía del Adelantado, que deseando acabar con tan sangrientas discordias, los sorprendió en su primera junta, levantó un cadalso para el más osado, abolió el apellido de Trapera y lo hizo trocar por el de Alcázar, repuso á los Arandas, y dejó en paz la villa, ya fatigada y consumida por el fuego de tan estériles y encarnizadas guerras civiles.

Tardó Ubeda en reparar tan grandes quebrantos; pero en¬ cerraba en sí muchos elementos de vida. Contaba con una población numerosa, con una agricultura adelantada, con una industria naciente, con crecido número de capitales, con la im¬ portancia que le dieron ya desde siglos anteriores su situación y su campiña regada por el Guadalquivir y cubierta en gran parte por la sombra de frondosos olivares; fué poco á poco restableciéndose, y ya restablecida no sólo conservó su antiguo esplendor, sino que también marchó de progreso en progreso hasta merecer el título de ciudad en los últimos tiempos del rey Enrique IV, que la dió en acotamiento á la infanta Isabel, á la misma que años después fué á llamar con su cetro á las puertas de Granada.

Contaba entonces Ubeda con algunos templos y palacios, pero no había aún llegado la época de su mayor riqueza monu¬ mental, la época en que un solo linaje había de enriquecerla con sus más grandiosos é imponentes edificios. Debió esperar que luciera sobre España la diadema del imperio de occidente para ver levantarse en el corto espacio de treinta años una iglesia como la del Salvador, un convento como el de las Cadenas, un hospital como el de Santiago. Fué á la sazón el movimiento arquitectónico que experimentó tan grande como el movimiento mismo de su comercio , fuente para ella de vida y de animación aun en nuestros tiempos, en que vemos despoblada, silenciosa y todos los días más decadente la vecina ciudad de Baeza.

2Ó8

Úbeda había sido la eterna rival de esa ciudad, y casi llegó entonces á vencerla tanto en riqueza como en magnificencia. ¿Llegó, empero, ni ha llegado nunca á tener para el anticuario ni para el artista el interés que presenta aquella ciudad, im¬ pregnada toda de la Edad media? Baeza conserva todavía aspecto feudal; en Úbeda se ve ya la ciudad burguesa donde los antes aislados y silenciosos palacios de la aristocracia viven entre el bullicio del tráfico y la industria. Baeza, triste, grave y profundamente religiosa, parece vivir aún en lo pasado; Ubeda, animada, inquieta y no tan identificada con sus antiguas creen¬ cias , vive sólo en lo presente mirando con indiferencia sus propias ruinas. Baeza tiene á cada paso una piedra en que está grabado un rasgo de su historia, y conserva al parecer hasta con amor sus más viejos monumentos; Úbeda los tiene escasos, poco característicos, y algunos entregados al rigor de su destino.

En estos escasos y mutilados monumentos, sin embargo, se respira el aire de lo pasado; en ciertos días, en horas determi¬ nadas brotan aún de ellos raudales de poesía. Cuando en una noche serena alumbran los rayos de la luna esos antiguos torreones levantados por los héroes de San Fernando, y dejan envueltos en la sombra los muros que los unen; si está por acaso algo exaltada la fantasía del que los contempla en medio del silencio de la ciudad que duerme tranquila, se cree distinguir aún en lo alto del adarve al centinela que, armado de punta en blanco, estuvo en otro tiempo acechando la llanura y mirando con inquieto afán si allá al pié de las lomas ó á la orilla del no descubría entre los fuegos del campamento enemigo movimien¬ tos que pudiesen hacer presagiar los hechos de armas que se preparaban para el nacer del alba. Movido por esta ilusión, no es tampoco difícil que el espectador vuelva atras los ojos y crea sentir á lo lejos rumor de pasos y hasta columbrar en la oscuri¬ dad la figura de un árabe descansando sobre su lanza, como quien aguarda con tedio que nazca el sol para remover con la

planta de su caballo el polvo del combate ó alancear á su ene¬ migo en la muralla. Enardeciéndose por grados su imaginación, llegará á oir quizás en uno y otro campo la señal de alarma; y al paso que verá entre las almenas de las torres agitarse á cada momento más y más sombras y centellear acá y acullá lucientes armaduras , sentirá avanzar á su espalda confuso tropel de infieles armados de alfanjes y de escalas, y tras estos soldados de á pié, numerosos escuadrones cuyas armas apenas cabrá distinguir, á pesar de la luz que los ilumina, medio ocultas como están por sus blancos albornoces y la espesa polvareda que levantan sus corceles. La lucha está ya empezada: gime el aire al paso de las flechas; feroces gritos de guerra suben hasta el cielo; y no parece sino que se está viendo la ciudad despertando de su sueño, como dicen que se levantarán los muertos de su sepulcro, cuando la trompeta de cobre de los siete ángeles suene entre la estrepitosa caída de los astros y el choque de los mundos. Brilla en las calles el resplandor de cien hachas, corre el pueblo en tumulto á la muralla, y suenan ya hierro contra hierro y acero contra acero. Corre la sangre á lo largo de los torreones y devora el foso cadáveres, como devorará el abismo de la eternidad esa tierra que sentimos temblar ahora al formi¬ dable estruendo de la pelea. No se oyen ya como antes vivos alaridos de guerra; pero la lucha es más que nunca sangrienta. Cada soldado es una fiera; no siente en su corazón sino los latidos de la cólera y la venganza, y abrasado de sed por el calor de la batalla, no bebería, si pudiese, sino sangre humana en el cráneo de sus enemigos. Ve abierta á sus piés la fosa, y blande aún con furor la espada, hiere, mata ; cae traspasado de una lanzada sobre el desfigurado cuerpo del que murió á sus manos, y revuelve todavía el brazo, y ni aun al espirar se acuer¬ da de dirigir al cielo sino miradas de venganza. Pero ¿á qué tan penosos recuerdos.? ¿no tienen acaso otros esos viejos torreones que tan melancólicamente ilumina el bello astro de la noche.? Están medio desmoronados por los hombres, ennegrecidos por

los siglos ; se levantan llenos de arrogancia y de soberbia y parecen decir á la ciudad en són de amarga queja; «he aquí cómo recompensas á tus antiguos defensores: fuimos los gigan¬ tes que llevamos en hombros á los héroes de tu gloria; fuimos las rocas en que se estrellaron las olas de tus enemigos; fuimos el escudo en que se mellaron las armas dirigidas contra tu seno, y miras con indiferencia que las aguas socaven nuestras plantas, el tiempo hunda nuestra cabeza y el hierro de tus hijos abra en nuestros cuerpos heridas que no han de cicatrizar ya las gene¬ raciones venideras. Estaba prendido en nosotros el manto de tu gloria, y lo has desgarrado; éramos tus verdaderos héroes, y nos has sacrificado; ¡desaparezca con nosotros el recuerdo de tus mejores días! ¡sepúltese bajo nuestras ruinas tu pasado! ¡no quede en ti sino ese presente miserable que no deja ni puede dejar vestigios de su existencia! Nos levantaron caballeros cuyos nombres guarda la historia en páginas de oro, y los escudos que en nosotros pusieron están casi borrados: ¿eran acaso infames ó traidores sus dueños para que consientas en que el tiempo, ese verdugo de los monumentos, borre con mano impía sus blasones? Respétanos ó derríbanos: bajo nuestros escombros van á quedar sumergidos los veinte siglos de tu historia.»

Para esos antiguos monumentos militares, como para los hombres que los hicieron y los respetaron, no hay otra gloria que la de las armas; sus acusaciones contra el espíritu de los tiempos son injustas. Esa gloria que no puede brotar sino de los campos de batallas, es ya poco apetecible á los ojos de los pueblos,

Úbeda, sin embargo, ha hecho desaparecer sus muros como otras ciudades andaluzas. Ha pasado con indiferencia sobre ellos y ha ido á sentar más allá del foso sus casas y sus monumentos, pero no sin dejar en pié restos grandiosos que permiten apre¬ ciar todavía el conjunto de esa fortificación labrada á costa de tantos y tan bravos caballeros. En la Cava, en la plaza de To¬ ledo, entre el Salvador y la Colegiata, entre los paredones de

calles tristes y solitarias presenta aún torres, ya enteras, ya me¬ dio derruidas, sobre que tal vez se cierna con majestad el águi¬ la altanera; en una estrecha cuesta llamada del Rosal ostenta una de sus antiguas puertas árabes, por cuyos arcos ultra-semi¬ circulares, medio envueltos en la oscuridad, se llega aún á es¬ perar en un momento de ilusión que asome alguna mora recata¬ da, cubierta de piés á cabeza por su blanco alquicel de lino, ó algún soldado del Profeta armado de todas armas, revestido de su kabá y montado en su corcel de guerra. No, no lo ha des¬ truido aún todo : en medio de su indiferentismo por lo pasado, parece haber sentido cierto respeto para esos torreones y esa puerta cuyas piedras son las únicas que recuerdan una domina¬ ción de cinco siglos. Ni aquellos pueden servirle ya de defensa, ni esta es ya más que una puerta sin objeto, y con todo se es¬ tremecerla quizá, si oyese resonar el pico y el azadón bajo las bóvedas de argamasa que los cubren ó al pié de los arcos que la protegen y la adornan.

Y no son sólo monumentos militares los que conserva Ubeda; su San Nicolás, su San Pablo, su Colegiata son templos gó¬ ticos que si no reflejan ya el gusto de los artistas de San Fer¬ nando, guardan impresas las huellas del último tercio de la Edad media. Las tres naves en que está dividido el interior de San Nicolás llevan sobre haces de columnas bóvedas todas ojivales, y respiran en todas partes sencillez y gallardía. No presentan aun ninguna curva exagerada, ni esa inoportuna aglomeración de adornos que señalan lós primeros pasos de la decadencia de un estilo ; afectan en sus arcos más bien gravedad que ligereza, y revelan no el atrevido genio artístico de los siglos xiv y xv, pero .sí la mano y el corazón de un arquitecto cristiano. Tienen ya invadidas sus capillas por fríos altares modernos, y falseado su estilo en el interior por una página del renacimiento, y en el exterior por una fachada corintia á cuyo pié se alza una torre tan simple como severa; pero aún así tiene este templo interés para el artista, que ve en él un viejo libro gótico con encuader-

nación moderna, un álbum dé la Edad media en cuyas hojas re¬ camadas de ojivas ha escrito la restauración sus frívolos con¬ ceptos.

No es menos digna de atención San Pablo. Descúbrese us

THEDA.— Iglesia de San Pablo

fachada gótica en el fondo de una plaza espaciosa, cuyos viejos caserones descansan en los informes pilares de antiguos sopor¬ tales; y apenas se pone el pié en la plaza, cuando se van los ojos á sus ojivas concéntricas, apoyadas en hacecillos de colum¬ nas, entre las cuales asoman figuras de ángeles y ramos cubier¬ tos de follaje. Abrese en medio de las ojivas una puerta consti¬ tuida por dos arcos trilobados y dividida en dos partes por un pilar ricamente esculpido en que campea bajo un dosel sencillo la imagen de San Pablo ; está en el dintel María sostenida y adorada por los serafines y coronada por el Padre Eterno ; y es aún grande el misticismo del conjunto. No es tampoco homogé¬ nea esta fachada : artistas posteriores al que la levantó de sus cimientos labraron un antepecho calado, en medio del cual hay

un escudo y una cruz enormes; y á su izquierda hubo quien construyó más tarde un cuerpo cuajado de molduras platerescas y corrido de una pobre galería, cuyas formas extrañas y mal determinadas ya le dan el aspecto de un altar, ya el de un se¬ pulcro; pero no falsean tanto su efecto las incoherencias de es¬ tilo, como la confusa y revuelta mezcla de formas que se ob¬ serva en el interior de la iglesia, verdadero caos arquitectónico donde no hay estilo ni curvas dominantes. Distínguense aún ciertos trazos góticos, sobre todo en las capillas del Alba y la Encarnación, enriquecidas con curiosas leyendas (i); pero aho¬ gados en medio de otros de carácter vago é indefinible, y bas¬ tardeados, al parecer, por manos inexpertas, se pierden cuando no se escapan á los ojos del observador, y no determinan si¬ quiera el estilo del lugar en que los vemos. Para apreciar San Pablo, es preciso fijarse sólo en su exterior, analizar la fachada ya descrita, examinar otra lateral hoy tapiada, donde sobre un cuerpo saliente descansan toscas ojivas concéntricas, corridas unas de anchas hojas, otras de testas de capricho, otras de esos clavos tan comunes en todas las portadas bizantinas. Figura en el cuerpo saliente una serie de arcos tribolados, sostenidos por columnitas; corre debajo de estas una repisa; debajo de la re¬ pisa otra serie de arcos de segmento ; y tiene toda la portada

(i) En dos arcos de la capilla del Alba se lee : « Esta capilla mandó íazer el ve¬ nerable Francisco de Vago, beneficiado de esta iglesia, criado y camarero que fué del ilustrísimo y mui magnífico señor Alonso Xuarez, de Fuente el Sauce, obispo de Jaén : acabóse en el anno de m. d. x x x. vi. » Encima de los arcos hay dos me¬ dallones con los bustos en relieve de la justicia y de la caridad ; y sobre estos bus¬ tos se lee : « virtus justitiae-virtus caritatis. » Encima de los medallones se lee á la izquierda : « unus Deus, una fides, unum baptisma : pater et filius et spiritus sanctus :» y á la derecha : «hi tres, unus solus Deus est qui vivit et regnat in sécula seculorum.» Debajo de los mismos medallones seleeá la izquierda c «pueseltiempo y la ventura — biben con el mudamiento: y á la derecha: quien bibe menos contento -- . cura.» En el remate de la capilla debajo de la cruz se lee : «Do¬

mine miserere nostri.» Hay cuatro santos sobre cuatro pedestales, y en estos se lee : « San Ambrosio : San Agustinus : San Gregorius : San Hieronimus.» En un se¬ pulcro interior que hay en la capilla se lee por fin : «aqui está el camarero Fran¬ cisco de Vago.» — En la capilla de la Encarnación no hay más que una pequeña leyenda grabada circularmente en torno de una clave de la bóveda ; y de ella sólo pudimos leer: «esta capilla mandó fazer Rui Perez .

aire tan severo y formas tan robustas, que hace retroceder la imaginación no ya al último siglo de la Edad media, sino al si¬ glo mismo de San Fernando, á esa época en que el arte roma¬ no-bizantino tenía aún bastante fuerza para incrustarse en los muros de los nuevos monumentos ojivales. ¿Habrá sido esta puerta la principal del templo? Debió ser cuando menos la pri¬ mera: entre ella y laque es hoy principal hay siglos de distancia.

No es aún San Pablo el monumento de más amputaciones é ingertos; en la Colegiata apenas cabe dar paso sin que se des¬ cubra un nuevo estilo y se vea impreso el sello de otro siglo. La fachada es greco-romana y tras ella se descubren ya las oji¬ vas de un claustro gótico, claustro tan irregular y mutilado, que no ofrece casi motivo alguno de goce ni para el alma, ni para los sentidos. Al poner el pié en el templo, ni se acierta á com¬ prender el número de naves que lo componen; ya parece dividi¬ do en cuatro, ya en cinco, y no hay dos que guarden siquiera esa armonía que sabe hacer brotar el arte aun de lo más hete¬ rogéneo, aun de las formas más híbridas y complexas. Los arcos son ojivales desde la entrada al crucero; pero del crucero al ábside son casi todos plenas cimbras. Preséntase la curva gó¬ tica casi en todos sus estados: ora grave y sencilla como des¬ pués de las cruzadas, ora arrogante y gallarda como cuando se sentó vencedora sobre las ruinas del arte bizantino, ora esbelta y delicada como en el último tercio de su vida, en que, segura de su triunfo, se afeminó y engalanó trocando sus adornos va¬ roniles por los pueriles atavíos con que bajó al sepulcro. De las bóvedas que cubren las naves unas son de cañón seguido y otras por arista; de los pilares que sostienen las ojivas están unos desnudos, otros cubiertos de haces de columnas. Adornan el templo algunas capillas ; pero apenas hay dos que revelen una misma mano, ni un mismo siglo. En el crucero á la derecha se ve una en ojiva que recuerda los buenos tiempos del goticismo: ancha y degradada su elegante curva, corrida de mil follajes y molduras, embellecida en sus lados por las imágenes de San

Pedro y de San Pablo, realzada en su vértice por la figura de una Virgen que cobija un rico doselete, puesta al fin entre dos agujas de crestería, permite aún descubrir el gusto de la época en que, reina de todas las artes la arquitectura, llamaba á sí no sólo la cantería, sino también la estatuaria á que templaran la frialdad de sus muros, sus arcos y sus pilares. Pero no ostentan ya de mucho tanta hermosura ni tanta pureza de estilo las de¬ más capillas góticas, abiertas á lo largo de las naves y en uno de los testeros; sus columnas, algunas espirales, sus arcos de curva caprichosa, el aislamiento de las figuras que las embelle¬ cen, la mala distribución de sus adornos, todo va señalando en ellas los pasos que da insensiblemente hacia su ruina un arte ya decrépito y herido de muerte. Nada, nada hay homogéneo en esta Colegiata : de los objetos dedicados al culto quizá no hay uno que sea gótico, y casi todos son fríos, malos, artísticamente considerados. Desde los altares hasta el tabernáculo, desde la triste lámpara que arroja su débil luz sobre el fondo de la más oscura capilla hasta la araña que alumbra el santuario, todo está falto de armonía y de relación con el conjunto. ¿Quién po¬ drá ver sin dolor tan absurda amalgama de formas ? Si por un momento pudiesen levantarse de sus sepulcros los que constru¬ yeron las catedrales bizantinas, caerían de nuevo en sus tumbas al ver profanación tan sacrilega é impía. Hasta la distribución de las partes del templo está falseada en esa Colegiata; y es sabido que esta distribución era simbólica é inalterable en los primeros siglos de la Iglesia.

La Colegiata debió ser indudablemente uno de los primeros monumentos de Übeda: fué instituida por Pascual, obispo de Jaén, en 1250; y es probable que ya antes de la institución existiese el templo. Las demás fábricas que hay en la ciudad son todas modernas, y apenas ofrecen más interés que el que le comunicó el nombre de sus fundadores. El hospital de San¬ tiago, situado al occidente junto á la puerta de Baeza, es un edificio sólido, vasto, majestuoso; pero falto de gusto y de

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belleza, frío, desnudo, sin más adorno que una imagen de San¬ tiago sobre la puerta de su fachada, sin más significación que la que le dan unos caracteres romanos entallados en la misma piedra, caracteres que revelan el nombre de un esclarecido obispo de Jaén, la piedad y la munificencia de Diego de los Cobos. Grandioso también y más bello que este hospital es el convento de las Cadenas, fundado en 15Ó0 por Juan Vázquez de Molina, secretario de Felipe II ; mas ¿qué interés ni qué sen¬ timientos religiosos puede excitar un monumento cuya fachada, dividida en tres cuerpos , está decorada por dos series de pilas¬ tras y una de cariátides, y no ostenta sino dos templetes y un escudo de armas en los ángulos y una Virgen en el centro? El Salvador es la más bella y suntuosa de las obras de este género; y, sin embargo, carece como las demás de significación y de¬ poesía. No hay en él unidad de pensamiento, y se descubre en todas sus partes falta de fe y de entusiasmo religioso. Vense sobre todo en la fachada confundidas las ideas del cristianismo con las del paganismo, unido lo profano á lo sagrado, enlazada de una manera ridicula la Jurisprudencia con la Teología, escritas sin separación alguna las ideas de la escuela estoica y la doctrina revelada, admitidas y falseadas á la vez las formas de un mismo arte, amalgamados y revueltos en fin los princi¬ pios más contradictorios ; y apenas se le analiza, cuando se comprende que sólo pudo ser concebido por uno de esos artistas del siglo XVI, que careciendo ya de las firmes creencias de la Edad media, ignoraban el lenguaje del alma, y no sabían hablar más que á los sentidos. Cuatro columnas pareadas, parecidas á las corintias, llevan sobre el abaco de sus capiteles un arco ricamente labrado, en cuyas enjutas están tendidas las figuras de la Fe y la Justicia, coronadas por dos ángeles y armadas de unas como lápidas en que está escrita la definición escolástica de las dos virtudes (i). Corre sobre el arco un entablamento

(i) He aquí las dos definiciones: La primera es: «Pides est credere quod non

cuyo elegante friso ocupan dos alegorías, y sobre él un segundo cuerpo, igual al primero en formas aunque no en riqueza, en cuyo cetro figura en relieve la subida de Jesús al monte Tabor, ese monte en que se transfiguró el Hombre-Dios, llenando de asombro á los apóstoles. Ábrese para mengua del artista más allá del relieve una ventana y sobre la ventana un pequeño frontón, digno remate de tan hermosa puerta. ¿Qué pudo pro¬ ponerse con esto el que la compuso? ¿qué efecto podría produ¬ cirle al mismo empezada con tanta esplendidez y tan friamente terminada? Campean, además, á cada lado junto á las columnas del primer cuerpo la figura de una ninfa y la de un guerrero que sostiene un escudo de armas; ¿qué ideas de arte tendría el autor, si llegó á concebir que podían caber sin violencia en una misma portada imágenes de ninfas y de santos, de soldados y de apóstoles?

El interior está muy lejos de hacer descubrir entre las nubes de incienso que brotan del pié de los altares la figura de Cristo; pero tiene más perfección, más arte, más unidad, más armonía. Catorce medias columnas corintias, entre las que se abren los gallardos arcos de espaciosas capillas, llevan, en la única nave de que constan, un alto entablamento, sobre el cual corre una galería 5^^ descansan las majestuosas cimbras de las bóvedas. Son estas por arista; y están cortadas en el centro del crucero por una esbelta cúpula que derrama luz á torrentes sobre el tabernáculo. Divide el templo en dos partes una alta verja de hierro, más acá de la cual puede doblar todo el pueblo cristiano la rodilla, y más allá sólo el sacerdocio que tiene allí su coro y su santuario. Es todo el pavimento de mármol; están doradas las columnas, los arcos, las claves de las bóvedas; dorada y pintada ricamente la cúpula; y respira todo suntuosidad y

vides:» la segunda: «justitia est constans ac perpetua voluntas jus suum unicuique tribuendi.» ¿No bastan estas definiciones para confirmar lo que de esta fachada decimos en el texto y caracterizar perfectamente la época en que fué erigido este monumento, que fué del i 540 al 1556?

magnificencia. Mas ¿es esta elegancia y esta grandeza la que conviene á un templo? Monumentos tales más parecen hijos del orgullo que de la caridad: parecen destinados á perpetuar la memoria de los que los fundaron. Fué levantado éste del Sal¬ vador á expensas de Francisco de los Cobos, secretario de aquel emperador Carlos V, que hizo estremecer bajo las plantas de su caballo el suelo de dos mundos: y ¿quién al entrar en él no sospechará que pudo hacerlo edificar este poderoso consejero como su sepulcro? Blanquea en medio del templo sobre el pavi¬ mento azul una sola losa de mármol blanco; y esta piedra, sola y sin leyenda, basta para revelar que yace allí sepultado el fundador, el que fué un día el alma de uno de los más grandes monarcas de la tierra. ¿No ha de parecer así el Salvador un gran monumento para un pequeño cadáver, como las pirámides levantadas en la embocadura del Desierto?

Es con todo el Salvador la obra más completa y acabada de Úbeda ; y es digna no sólo del respeto, sino del amor del viajero, que, si codicia nuevas impresiones, es ya preciso que deje esta ciudad, sentada en una loma y cercada de olivares y viñedos, para trasladarse á la escarpada y pintoresca sierra de Cazorla, llena de barrancos y de precipicios, poblada de bos¬ ques de pinos y encinas , coronada de cerros por donde trepan la cabra montés y el corzo , cubierta siempre de verdor, animada sin cesar por el murmullo de los torrentes, plateada á lo largo de sus faldas por las aguas de los ríos y los arroyos que brotan de su fecundo seno (i), animada en invierno por el aullido de las fieras, halagada en verano por el continuo balido de mi¬ llares de ganados que apacientan bajo las frescas sombras de sus árboles al cuidado del rustico pastor que canta en la arroyada (2). En la vertiente septentrional de la sierra está la

( 1 ) Nacen de las cumbres de esta sierra además de otros muchos ríos y arroyos el Vega, el Borosa, el Guadalentín y el Río Frío.

(2) Antes de la guerra de la Independencia veraneaban en esta sierra hasta 100,000 cabezas de ganado; hoy veranean aún sobre 20,000.

ciudad del mismo nombre rodeada de extensas y numerosas huertas que riega el Cerezuelo y no llegan á marchitar nunca los ardores del estío; y apenas hay ciudad que pueda presentar aspecto más risueño. Está sentada en el monte en forma de anfiteatro; y la llanura que á sus piés se extiende parece alfom¬ bra de verdura y flores. Crecen á su alrededor árboles frondo¬ sos que se inclinan á su tiempo bajo el peso de doradas frutas; murmura en ella el río, más allá el arroyo; la cubre un cielo alegre y puro; le da vida un ambiente claro, y la orea tal vez suaves brisas, perfumadas con el aliento que despiden monte y prado. Defiéndenla dos castillos, uno musulmán, otro cristiano; y conserva, aunque ya muy arruinada, una iglesia antigua, debajo de cuyos cimientos se desliza calladamente el Cerezuelo. La levantó un marqués de Camarasa que construyó sobre el río un arco de ocho varas de ancho y ciento ochenta de largo. Edificó sobre él la humilde iglesia que tenía concebida, y siglos después, en un momento de cólera, soldados de un rey extraño, de un Emperador que, encumbrado por la revolución y la suerte, creyó poder uncir á su yugo todas las naciones, la incendiaron.

. Todo está ya casi destruido en el reino que estamos reco¬ rriendo: lo que no ha derribado la fuerza de los siglos ha su¬ cumbido al impulso de armas invasoras: lo que ha respetado la guerra ha venido á morir al fin bajo el hacha de la revolución ó la ignorancia y el antojo de artistas que no han vacilado en sentar sus humildes fábricas sobre las grandes creaciones del arte y la poesía. Escaso es ya lo que conserva Cazorla: ¿queda algo más en todo el Adelantado? ¿Qué cabe ver hoy en esa an¬ tigua villa de Quesada que tanta sangre costó á moros y á cris¬ tianos, que tantas veces fué cercada y combatida, que tantos hé¬ roes vió pelear ante sus muros, que tantos y tan variados pendones vió enarbolados en lo alto de su alcázar ? Esa pequeña villa, que ocupa la falda meridional del cerro de la Magdalena y apenas consta sino de seiscientos hogares, cercados de algu¬ nas huertas que fecunda un río, fué uno de los teatros de las

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glorias de San Fernando, fué luégo para el arzobispo D. Rodri¬ go cuando no un baluarte, un campo de batalla, fué más tarde una conquista y un medio de paz para uno de los reyes de Gra¬ nada, fué por largo tiempo población de importancia y cabeza de un pequeño feudo; y nada, casi nada guarda de ese pasado, tan tempestuoso como lleno de gloria y de grandeza. Levántase sobre ella un torreón negro y sombrío; y he aquí el único resto de su alcázar, la única losa que encierra su pasado, la única pie¬ dra céltica, puesta sobre la tumba de este pueblo, para que sea respetado su cadáver por el torrente de las generaciones venideras.

Mas no hemos explicado aún todas las vicisitudes de esta villa. Dejamos la historia del reino de Granada en el momento de bajar al sepulcro San Fernando; y hechos grandes hemos de referir aún de Ouesada en el largo y borrascoso período histó¬ rico que vamos á bosquejar en los capítulos siguientes. Los prin¬ cipales pueblos conquistados por el Rey Santo están ya recorri¬ dos y descritos: quedan otros muchos por vencer, queda por sujetar todo un reino; y antes de entrar en él con el báculo del viajero y el pincel del artista, fuerza es que, según nuestro mé¬ todo, le veamos creciendo y prosperando á la sombra de los re¬ yes musulmanes, y doblando al fin humildemente la cabeza bajo los pendones de las armas de Castilla.

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CAPITULO XIII

Fundación del reino de Granada. — Mo hamed-el-Ahmar

De 1238 á 1273

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tilla San Fernando, <y-'f cuando, del seno de las turbulen- <'’

cias que agitaron á los árabes después de la ruina del imperio almohade, surgió un joven, que logró detener con la prudencia y con las armas la marcha vencedora de los ejér-

citos cristianos. Levantóse en Arjona el año 629 de la Egira (1231), se apoderó al siguiente de Jaén, tomó á poco Guadix y Baza, y á principios del 633 era ya señor de Loja y de cuantos pueblos ocupaban la sierra de Albania. Fué abrién¬ dose paso más con la política que con el alfange hasta en las mismas villas y ciudades que obedecían á Ben-Hud. Favorecido por su parcial Khaled, cautivó el ánimo de los moros de Grana¬ da; y en el mes de Ramadhán del 635 entró y fundó en esta ciudad un trono que duró por espacio de tres siglos. Apoderado de la antigua capital de los Zeiritas, no tardó en adquirir todo lo que más tarde constituyó su reino ; recibió en el mismo año el homenaje de la ciudad de Málaga, y en 638 el de todo el waliato de Almería, que le entregó Abdelrhamán después de haber asesinado á Ben-Hud tras los brindis de un banquete. Ganó con palabras generosas muchos pueblos, conquistó comar¬ cas enteras con sus primeros actos y el recuerdo de sus haza¬ ñas; y apenas habían pasado diez años después de su levanta¬ miento en Arjona, cuando dictaba la ley á todo el territorio comprendido entre Sierra-Morena, los montes de Córdoba, los de Murcia y el mar que va desde Orce hasta el Estrecho (i).

Llamábase este joven Mohamed-Ben-Yusuf Ben-Mohamed-

Ben-Ahmed-Ben-Kamiis-Ben-Nasr-Ben-Kays-Al-Khazreji- Al-An-

sari, por sobrenombre el Ahmar, el Rojo, y también Al-GhalebBilá, vencedor por la gracia de Dios. Era, según los cronistas cristianos, de origen oscuro (2) ; pero no según los arabes, que

(I) Tocamos tan de paso estos hechos porque los hemos ya dejado casi todo consio-nados en el capítulo X de este mismo tomo.

I-,)' Fúndanse los cronistas cristianos para asegurar este aserto en un pasaje de arzobispo D. Rodrigo que copiamos en el capitulo citado en la nota anterior. B-Ahm.r este futot, seguí, les Ituellss de le yunt, y del -do poeo entes

de SU aparición en el mundo político ; mas ¿cabe deducir de aquí que El-Ahm fuese á ía sazón un simple aldeano, falto de educación y de ^

un momento de entusiasmo pudiese llegar á trocar la esteva por la lanza, y poco después el campo por un trono ? El-Ahmar, dice el-Khattib, nació en Arjona en te¬ rritorio de Córdoba, donde heredó de su padre extensos dominios pa

sus propias manos. ¿No parece esto una explicación mucho mas natural de pa¬ labras del arzobispo? (Véase Misto, y of Malwinedan Dviashes, tomo 2. )

lo suponen hijo de padres esclarecidos, y le hacen descender por línea recta de Sád-Ben-Obadah, señor de la tribu de Khazrej y uno de los compañeros del Profeta (i). Reunía, al decir de

todos los historiadores musulmanes, prendas eminentes

guerra era tan esforzado y fiero con los combatientes como ge¬ neroso con los vencidos ; en paz, un rey para sus enemigos y un

(1) Los historiadores árabes, no contentos con darle una brillante genealogía, han llegado á creerlo predestinado por el mismo Alá para ser el amparo y la de¬ fensa de los Muzlimes. He oído referir á el Khattib, Mohamed-Ibn-Mohamed-IbnAbdillah-Allushi-Al-yahssobi , á quien encontré una vez en Jaén (leemos en uno de los autores que ha traducido el Sr. Gayangos), que su abuelo poseía unayegua excelente que montaba cuando tenía que rechazar al enemigo ó invadir la fronte¬ ra del reino de Castilla. Llegó á ser tan conocida la yegua entre los cristianos de las comarcas vecinas, que el rey castellano, oyendo ponderar sus buenas dotes y su aptitud para la guerra de algarada, envió mensajeros á Al-lushi para que éste se la mandase y fijase á su antojo el precio. Estaba Al-lushi tan prendado de esa preciosa cabalgadura, que, no queriendo deshacerse de ella, se la negó al monar¬ ca ; y dicen que por la noche soñó y oyó una voz que le decía ; vé á Arjona y lleva contigo la yegua: pregunta por uno á quien llaman Mohamed-Ben-Yusuf, y en cuanto le encuentres véndesela, porque con ella ha de conquistar Jaén y otras ciu¬ dades, y ha de ser esta conquista muy beneficiosa para las generaciones venide¬ ras. No obedeció de pronto Al-lushi á tan singular ma«fidato ; pero por tres veces oyó en sueños la misma voz, y empezó á pensar seriamente en lo que con tanto afán se le encargaba. Preguntó á un amigo suyo, llamado Ben-Ya’ysh, muy cono¬ cedor de toda la comarca, quién podía ser el que le había sido indicado en sueños; y como se le manifestó que no podía ser otro que el Ahmar, partió para Arjona, donde fijó su residencia. Apenas fué sabida en esta ciudad su llegada y el objeto de su viaje, pasaron á su casa el Ahmar y algunos de sus parientes y empezaron á negociar la yegua; mas era tal el precio que .Al-lushi exigía, que el Ahmar se vió obligado á declarar la imposibilidad de aprontar una suma tan exorbitante. Pro¬ puso al fin el Ahmar pagarla parte al contado y parte a plazos, y viendo que con¬ sentía en ello Al-lushi, se la llevó á su casa. Habló á poco Al-lushi á el Ahmar en la mezquita del castillo, y le reveló su sueño ; y satisfecha por éste la suma conveni¬ da, se volvió á Jaén.

Había pasado apenas un año después de este suceso, añade la crónica, cuando el Ahmar tomó en Arjona el título de rey y se apoderó de la ciudad que había men¬ tado á Al-lushi la voz de su profético sueño. — Gayangos, History ofthe Mahomedan Dínasties, tomo 3.°

(2) Copiamos á continuación la pintura que hace de este príncipe el historia¬ dor el Khattib. uno de los traducidos por Cassiri : Ad illius mores quod attinet vir erat domi militiaeque plañe admirabilis : miles enim egregios plenusque animi et roboris seinper est habitus, otii inimicus et sui commodi non síudiosus ; cultu perparcus et frugalisimus princeps; in acie expertos simulque temporum callidus, aspecto etiam et auctoritate verendos, expeditissimus dux atque magnus discriminum contemptor. Uxores non nisi genere pares sibi adjunxit, domesticorum commodis consulebat atque regia vectigalia pari cum moderatione exigebat. Praeliis ipsemet interíuit quae historici fuse lateque prosequuntur. Veste vulgari indutus in ocreis incedebat, suarum rerum ita satagebat ut labori nulli parceret.

padre para su pueblo. Verdadero creyente del Profeta, no olvi¬ daba sus deberes religiosos ni aun en la embriaguez de la vic¬ toria ; verdadero genio político de su época, sabía sacrificar su orgullo en aras de la conveniencia pública hasta el extremo de ir á pelear personalmente en favor de un rey cristiano. Conocía los tiempos en que debía guardar y desnudar la espada, el modo de excitar y acallar las pasiones, los medios más eficaces para templar y halagar el carácter de sus súbditos, la difícil ma¬ nera de presentar humilde al monarca y magnífica y llena de mágico esplendor la monarquía. Más noble aún de corazón que de linaje, no reconocía necesidad á que no atendiese, ni sufri¬ mientos que no aliviase : levantó á poco de haber entrado en Granada almarrestanes para los enfermos y casas de socorro para los pobres y los ancianos desvalidos ; procuro mejorar constantemente el bienestar de sus vasallos ; y ni aun cuando vió inundado el reino por avenidas de árabes proscritos que huían de las ciudades conquistadas por los cristianos, pudo de¬ jar abandonado á ningún creyente al rigor de su destino. Si ma¬ nifestó esplendidez, fué para el mayor prestigio de su trono, no para sí, que se presentó siempre parco no sólo en el traje y en la mesa, sino también en su harem, donde más solían ostentar su lujo todos los reyes musulmanes. Sentía gravar con tributos á sus pueblos ; y no creyendo digno de un monarca exigirlos para sus placeres, no los aumento sino para embellecer con fuentes, baños, colegios y un palacio grandioso esa hermosa ciudad que eligió por silla de su imperio é hizo en breve rival de Bagdad y de Damasco. Quería ser más el servidor que el tira¬ no del pueblo. Le daba audiencia dos días por semana en uno de los salones de su alcázar; llamaba á sí jeques y cadíes para la resolución de los negocios del Estado, y visitaba á los pobres de los almarrestanes hasta en su lecho de muerte.

Con tan brillantes dotes, realzadas á los ojos de la muche¬ dumbre por la gravedad de su rostro, la gallardía de su figura, lo cortés de su trato y los rasgos caballerescos de su carácter.

no sólo logró el Ahmar librar á sus nuevos estados de la ruina que les amenazaba, sino que también darles unidad , robuste¬ cerlos y elevarlos á la cumbre de la mayor grandeza. Empezó acreditando su valor en frente de los muros de Martos y en dos batallas sangrientas, en que rompió y desbarató dos ejércitos cristianos; y ya que se consideró bastante temible, pasó á la frontera, la aseguró, reparó las fortalezas que la defendían, volvió á Granada, y se entregó desahogadamente á la organi¬ zación interior de su casa y de su reino. Levantó y fortificó el alcázar de la Alhambra, fijó en ella su residencia, nombró jueces (i) y katebes (2), reunió en torno suyo un senado de nobles y de ancianos, confirió el mando de los waliatos y cadiatos á los que más se habían distinguido por su lealtad y por sus proezas, fundó casas de asilo para la pobreza, dispuesta siempre á la rebelión cuando no ve término á sus privaciones y sufri¬ mientos, surtió de agua y de víveres las ciudades, labró en el campo acequias, fundó numerosas escuelas, abrió las puertas de su palacio á la ciencia y á la poesía, protegió con mano generosa la industria y la agricultura, no perdonó, al fin, medio para mejorar el estado de su reino. Conociendo que las cos¬ tumbres son la base de las leyes, procuró reformarlas, y recu¬ rrió para ello menos al mandato que al ejemplo, administró por sí su patrimonio, dirigió la construcción de su alcázar (3), cultivó con sus propias manos los jardines que crecían al pié de sus

(1) El cargo de Juez era entre los árabes de los más importantes. El Khattib refiere al fin de cada reinado lodos los que lo tuvieron en Granada, y cita entre los del tiempo de el Ahmar á Abu-Abdala-Mohamed-Ben-Ibrahim-Ben-AbdehalamAltamini Criminum qusesitor.— Cassiri, tomo 2.“

(2) Hace mención el Khattib, entre los Katebes ó ministros de este príncipe, de Abu-Meruan-Abdelmalek-Ben-Juseph-Ben-Sananid, natural de Jaén; de Alí-BenIbrahim-Alschaibani-Azadita, natural de Granada; de Abu-Abda!a-Mohamed-BenMohamed-Ben-Alramin, en otro tiempo almirante; de Yayah-Ben-El-Khattib, que tuvo también por patria la misma ciudad de Granada. El primero de estos fué wizir, es decir, primer ministro.

(^) El Khattib asegura que dirigió él mismo la construcción de este palacio: Alhamra, dice, cui construtioni et ipse adfuit ac praefuit. «Principió la Alhambra, y él mismo dirigió la obra y andaba entre los alarifes y arquitectos» (Conde).

salones, enriqueció sin cesar' su espíritu (i), obedeció en público la voz del muezin cuando le llamaba á la plegaria (2), vistió humildemente, economizó las mujeres en su harem, desterró lejos de sí la afeminación y el ocio, no perdonó sacrificio alguno ni por su Dios, ni por su patria. Deseoso de alejar del corazón de sus pueblos los temores de un porvenir incierto y asegurar el triunfo de su dinastía, confió sus hijos á sabios y virtuosos alfaquíes, los instruyó en sus horas de descanso, y apenas vió desarrollada el alma del que escogió por heredero de su corona, le llamó junto á sí para acostumbrarle á los negocios del gobierno, comunicarle los secretos de su política, inspirarle sus sentimientos y hacerle aceptable para su reino, presentándole como el espíritu que había de sobrevivir á su muerte.

Nada olvidó el Ahmar para poner en orden la administración de sus estados y asegurarles la paz interior de que necesitaban; pero tenía más allá de sus fronteras un enemigo poderoso, y no podía pensar exclusivamente en mejorar la suerte de los pueblos. Debía acordarse á cada paso de que tenía pendiente sobre ellos la espada del Rey Santo y corría aún peligro la existencia de ese mismo reino que acababa de cimentar sobre las ruinas del imperio almohade; y no lo olvidó tampoco. Temeroso de que algún día podía verse en la necesidad de llamar en su socorro los ejércitos de otras naciones, manifestó desde el principio de su reinado un respeto y una deferencia suma á los reyes de Tremecén, Túnez y Marruecos (3), y para disponerlos más á favorecerle, llegó al extrefno de hacer rezar

( 1 ) (justaba, según Conde, de leer historias y de oirlas contar á su contador de hadizes, y se entretenía mucho en sus jardines cultivando plantas aromáticas y flores.

(2) Al llegar el Ahmar á la puerta de la Kassabah de Granada, leemos en uno de los escritores árabes que ha traducido el Sr. Gayangos, se oyó la voz del mue¬ zin á lo lejos llamando al pueblo á la plegaria del sol poniente; y sin ir más allá se dirigió ni .Vlihrab de la mezquita, recitó el capítulo 1 del Korán, y entró en el cas¬ tillo de Badis precedido de algunos hombres con hachas en la mano (Ilisiory oj the Mahomedan Dinasíies).

(3) Los reyes de Tremecén eran á la sazón Zayanitas, los de Túnez Haphsitas, los de Marruecos Almohades.

por ellos la khotbah en todas las mezquitas de su reino. Hízola rezar por el mismo Califa dé Bagdad (i), de quien le separaban antiguas discordias y todas las aguas del Mediterráneo; y apenas encontró coyuntura para solicitar la amistad del rey cristiano , se manifestó para alcanzarla dispuesto á sacrificar su ambición y hasta su orgullo. Como antes hemos indicado, al ver resuelto á San Fernando á tomar de grado ó por fuerza á Jaén, al considerarse incapaz de protegerla, al prever que después de vencida era fácil que otros pueblos doblasen de terror la frente, creyó llegada la hora del sacrificio, y solo y sin más consejo que su propio corazón y su cabeza, salió para el campamento cristiano, entró en la tienda del rey, le pidió la paz, le besó la mano en señal de vasallaje, se declaró su feudatario, le ofreció asistir á las Cortes á que fuese llamado y prometió servirle con cien lanzas. Sentiría sin duda pasar por tan dura humillación; mas no vió ni pudo ver otro medio de salvar su reino. Calculó que de otro modo iba á sucumbir Andalucía y á no quedar en España ni un asilo para los hijos del Profeta; y antes que la estéril gloria de los héroes que no temen aventurar su vida, aunque al caer deban arrastrar tras sí vastos imperios, procuró atraer sobre su cabeza las bendiciones que merecen los que con abnegación sublime detienen la caída de los pueblos y hacen florecer al borde del sepulcro generaciones amenazadas de muerte. Se humillaba con este paso y humillaba á su reino ; pero humillándolo, le salvó, y llevándole al campo de batalla no habría hecho sino acelerar ese día infausto en que el África tuvo que recoger millares de árabes proscritos, sobre los que pesó por más de un siglo la más humilde servidumbre.

Celebrada así la paz con su mayor enemigo, volvió el Ahmar con el walí de Jaén Alí Beh-Muza á la ciudad de Granada, en que siguió tranquilo su obra de reorganización á pesar de tener aún en las fronteras occidentales de su reino á los

(i) Era á la sazón sultán de Bagdad El-Abbasi.

almohades que tanto aborrecía. Llamado á los ocho meses á la campaña de Sevilla, tuvo que interrumpir por segunda vez sus útiles tareas, y salió á la cabeza de quinientos caballos con el rey cristiano; pero apenas cayó vencida aquella plaza, en cuyo cerco se distinguió tanto por su generosidad como por su heroísmo, cuando prosiguiéndolas con mayor ahínco que nunca, logró animar su reino con la explotación de minas de oro y plata y el rumor de talleres en que ya se fabricaban armas de fino temple, ya se tejía la seda con más perfección que en los mismos pueblos de la Siria. Acertó á venirse por aquel tiempo á Granada gran número de moros, fugitivos unos de Játiva y Valencia por no poder sobrellevar la servidumbre del rey aragonés D. Jaime, procedentes otros de Sevilla, donde temían los ultrajes que para los caídos suele llevar consigo la derrota; y deseoso ese gran príncipe de detenerlos á todos en su reino, del cual era fácil que salieran para poblar el África, no sólo no escaseó gastos para alimentarlos, sino que también repartién¬ dolos por sus tahas, les dió hogar donde viviesen, los eximió por algunos años del pago de tributos, y procuró por cuantos medios estuvieron á su alcance hacerles llevadero el recuerdo de las pasadas desventuras. Sabía cuán escasa era la población de Granada á causa de las grandes guerras que por tanto tiempo la agitaron, conocía de cuánto era capaz un suelo fértil donde la naturaleza parece haber prodigado sus tesoros, temía que en lo futuro pudiesen venir contra su reino monarcas poderosos que habían hecho temblar ya imperios tan vastos como los de los almohades y los almorávides ; y convencido de que para contener estas invasiones debía suplir por el número de sus súbditos el de sus fortalezas y ciudades, se aprovechó de estas y de otras circunstancias parecidas como de ocasiones que le ofrecía su Profeta para multiplicar los soldados que debían sostener una monarquía, al parecer fundada sobre arena y expuesta á hundirse al primer torrente que se despeñase de Sierra-Morena ó de los montes de Segura.

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Tuvo afortunadamente el Ahmar en apoyo de sus altas miras políticas un regular período de paz que vino á prolongar en 1152 la muerte de San Fernando. Cuando supo este grave accidente, envió una embajada al nuevo rey D. Alfonso para que confirmase el tratado de Jaén bajo las mismas condiciones; y otorgado esto, siguió dedicándose sin tregua á las mejoras materiales de su reino, hasta que á los dos años partió para Jerez, llamado por el monarca de Castilla. Regresó inmediata¬ mente después de la toma de Jerez á su ciudad favorita, recogió con el mismo amor que siempre á los desventurados almohades que iban huyendo de los pueblos sojuzgados durante la campaña, continuó favoreciendo todas las artes útiles, y al paso que veía prosperar incesantemente la industria y la agricultura, se com¬ placía en contemplar cómo crecían de día en día los encantados patios y salones de la Alhambra.

Era el Ahmar guerrero; pero sentía esos llamamientos de los reyes castellanos, que á más de distraerle de las atenciones del Estado, le obligaban á emplear sus armas contra sectarios que, aunque herejes, no dejaban de ser como él hijos leales del Profeta. No encontraba entonces para la salvación de su reino otro medio que el de la paz ; y la deseaba, y procuraba con tanto afán, que estaba dispuesto para obtenerla á sacrificarlo todo, hasta su propio bienestar, hasta la amistad, hasta sus más ardientes é hidalgos sentimientos. Si obedecía con tanta resig¬ nación á las exigencias de los reyes castellanos, no era sino por¬ que veía así asegurada la paz para sus pueblos. Se excusó poco después de hospedar en su corte al infante D. Enrique, que tras la campaña de Jerez se enemistó con su hermano el rey Alfon¬ so, y no lo hizo por otro motivo que por el temor de compro¬ meter esa misma paz que él consideraba como la base de la fu¬ tura grandeza de su patria. Movió á Enrique á que en lugar de pasar á Granada se dirigiera á Túnez, para cuyo emir le dió cartas dictadas por el sentimiento de amistad más puro, y logró así contentar al infante y obligar más al rey, que no le llamó

hasta tres años después para la conquista de los Algarbes.

A pesar de este sistema político no tardó, sin embargo, el Ahmar en verse envuelto en una guerra larga y complicada que llegó á poner en peligro su corona. Envió al Algarbe al walí de Málaga con algunos caballeros, recorrió en tanto sus dominios, visitó sus tahas, fortificó sus fronteras, y, estando en Gibraltar, recibió mensajes de Jerez, de Arcos, de Sidonia y hasta de Mur¬ cia, ciudades que se ofrecían á proclamarle rey si les ayudaba á sacudir el yugo á que acababan de uncirlas los cristianos. Per¬ suadido de la necesidad de conservar la paz, resistióse por de pronto en su interior á acceder á una demanda que la compro¬ metía; mas considerando luégo como un deber amparar á muzlimes oprimidos y movido quizá por sus ímpetus guerreros, el afán por la gloria y la esperanza de ensanchar su reducido im¬ perio, si no se decidió por la afirmativa, prometió cuando me¬ nos á los mensajeros llevar la proposición al senado de los je¬ ques y estar por lo que estos cautos ancianos resolviesen. Pasó á Granada, juntó el consejo, manifestó las pretensiones de los pueblos recién conquistados, y lejos de encontrar duda ni temor en los ánimos, los encontró casi todos decididos abiertamente por la guerra. Púsoles por delante los peligros que iban á nacer del primer choque que tuviese lugar entre granadinos y cristia¬ nos, y los vió dispuestos á pasar por todo; pero ni aun así pudo consentir en que se rompiese clara y terminantemente con el rey Alfonso. Propuso que ante todo se procurase el simultáneo alzamiento de la ciudad de Murcia y los pueblos del Algarbe á fin de que Alfonso, no pudiendo estar á la vez en puntos tan dis¬ tintos, le llamase y le diese ocasión para negarse á socorrerle ; manifestó que, rota con este pretexto la alianza, era fácil que se les declarase la guerra y se les ofreciese motivos para ir con tro¬ pas más allá de la frontera, y acabó, al fin, diciendo que sólo así creía legitimado y provechoso el rompimiento que se proyectaba.

Aceptadas estas ideas por el consejo, empezó el Ahmar á disponer secretamente la sublevación de aquellos pueblos, y no

tardó en ser aclamado casi en un mismo día por los árabes de Murcia, Lorca, Muía, Jerez, Arcos y Lebrija, que, invadiendo como leones las casas y las fortalezas de los cristianos, mataron á cuantos no pudieron recurrir á la fuga. Mandó desde luégo tro¬ pas hacia Murcia ; y apenas se vió requerido por el rey de Cas¬ tilla, le escribió cuán cortésmente pudo, alegando que motivos de política y sobre todo de religión le impedían por entonces pasar al servicio de un príncipe cristiano, tanto que ni se atrevía á asegurarle si podría en esta guerra permanecer del todo ocio¬ so. Dirigióse á sus alcaides y apercibió su caballería mientras esperaba la resolución de Alfonso; y luégo que supo la orden de éste para que las tropas fronterizas rompiesen las hostilida¬ des, salió de Granada, corrió y taló los campos de Alcalá de Ben-Zaide, peleó á la vista de esta ciudad con un ejército caste¬ llano, y lo batió y destrozó de manera que logró infundir temor en el pecho de sus orgullosos enemigos. No descansó siquiera un momento; empleó sus tropas cuando no en batallas campa¬ les, en refriegas y escaramuzas; y mientras corrían al Algarbe los mejores caudillos de Alfonso, anduvo molestando sin cesar las fronteras de Castilla con algaradas sangrientas que las man¬ tenían en continua alarma. Dispuso de nuevo para Murcia gen¬ te de á pié y de á caballo, nombró jefes y la distribuyó toda en el mejor orden que pudo; mas poco pudo alcanzar con tan oportunas medidas. Deseoso de recompensar á los que se ha¬ bían distinguido tanto en la jornada de Alcalá como en las lu¬ chas sucesivas, concedió en este tiempo gracias á algunos zenetas y zegríes, ofendió con esto á Abu-Mohamed-Abdalá, walí de Málaga, á Abu-el-Hasán, walí de Guadix, y á Abu-Yshac, walí de Gomares ; y cuando más necesitaba de fuerza para prote¬ ger una ciudad que veía acampadas cerca de sus muros las tropas de Aragón y de Castilla, tuvo el desconsuelo de verse amenazado por esos tres poderosos gobernadores, que, además de negarse á tomar parte en la expedición de Murcia, se hicieron más tarde aliados y aun vasallos del rey Alfonso.

Comprendió de una mirada el Ahmar los tristes resultados que podía dar este hecho, y perdió en gran parte las esperan¬ zas que tenía; pero no por esto se manifestó menos animoso ni prudente. Preparó nueva campaña, y, antes de salir para ella, hizo jurar y proclamar sucesor á su hijo Mohamed, á quien asoció al gobierno. No pudo conseguir que los tres walíes pres¬ tasen el juramento, y hasta sospechó que no pasarían mucho tiempo sin alzar contra él las armas; pero salió, y salió con el intento de pasar á Murcia. Tuvo á poco la guerra dentro de su propio reinado, y vió asaltadas de repente sus fronteras no sólo por las tropas de los walíes sino también por los castellanos, con los que acababan de concluir un tratado de alianza y vasa¬ llaje; recibió á cada momento noticias fatales del occidente de Andalucía, donde Alfonso ganó una tras otra Jerez, Sidonia, Rota, San Lucar, Arcos y Lebrija ; hubo de ocuparse nueva¬ mente en dar la dirección oportuna á las avenidas de fugitivos que á consecuencia de esas conquistas iban invadiendo sus esta¬ dos; pero ni aun bajo el peso de tantas atenciones se mostró falto de valor, ni dió la menor muestra de desfallecimiento. Di¬ vidió su hueste, mandó la mayor parte á Murcia, púsose al fren¬ te de la caballería de Granada, y corriendo, ya contra los de Guadix, ya contra los de Jaén, en todas partes parecía que se hallaba y lograba en todas con su actividad y la fama de su nombre cortar el altanero vuelo de sus enemigos.

Eran, no obstante, tan grandes los apuros de el Ahmar, que buscaba medios para desistir honrosamente de guerra tan du¬ dosa en su éxito y perniciosa para sus estados. Procuró entrar en negociaciones con el rey Alfonso ; y para apartarle de la causa de los rebeldes, ofreció renunciar á la conquista de Mur¬ cia y concederles treguas por un año. Sabía cuán duras eran para él estas proposiciones ; pero respiró al verlas aceptadas. Regresó á su corte, se dedicó á reparar los males que afligían su reino, y al año, libre ya de la guerra exterior y algo repues¬ to de sus fatigas, abrió nueva campaña contra los sublevados á

pesar de la oposición del monarca cristiano, que estaba dispues¬ to á favorecerlos encubiertamente con el objeto de mantener siempre fija sobre ellos la atención del gobierno de Granada. Empezó con tanto ímpetu y tan felices resultados, que no sin ra¬ zón se esperaba que había de vencer pronto á los walíes; pero después de tomados algunos pueblos y fortalezas, tuvo que sus¬ pender su marcha, movido por una carta del rey Alfonso en que le amenazaba con otro rompimiento si no declaraba inde¬ pendientes á los rebeldes y le hacía cesión de Tarifa y de Algeciras. Detúvose donde recibió este escrito, aunque no ya con ánimo de doblar humildemente la cabeza ante tan pérfidas y des¬ atinadas exigencias. Lleno al primer momento de ira, mandó reunir tropas y entrar en tierra de cristianos; y aun después de pasado este arrebato, no pudo menos de escribir en tono amar¬ go á su infiel aliado, á quien se quejó ya de la alevosía con que había procedido, ya del atrevimiento con que le pedía dos ciu¬ dades que eran las llaves de su reino. Contentóse al fin con pe¬ dir á Alfonso que guardase completa neutralidad en negocio que nada le afectaba ni le correspondía; pero ni esto hubiera probablemente alcanzado á no haber sobrevenido en Castilla una rebelión que habría podido ser fatal á los cristianos á ser menos nobles de corazón los caballeros que se levantaron. Tras este hecho no sólo obtuvo del rey lo que pretendía; recibió bajo su amparo al príncipe Felipe, hermano de Alfonso, á D. Ñuño y á otros castellanos de los sublevados, no menos ilustres por su origen que por sus altos hechos; y auxiliado por ellos, pudo á poco atacar por tercera vez á los walíes, únicos enemigos contra que se habían ofrecido á desnudar su espada. Confió el mando del ejército á Mohamed, su hijo, y le ordenó que se di¬ rigiera á Guadix; pero no pudo alcanzar ya los resultados que se prometía. A pesar del valor de Mohamed y de las proezas de los nuevos aliados, vió que toda aquella guerra se reducía á talar y saquear pueblos, levantados hoy para caer mañana; co¬ noció luégo que, divididas como habían de estar sus fuerzas, no

podría fácilmente terminar por sí una lucha que había tomado ya grandes proporciones ; y ansioso de remediar un mal que iba corroyendo lentamente su reino, recurrió al extremo de llamar en su socorro á Abu-Yusuf, rey de Marruecos, de esa parte del África de donde vino tantas veces la salvación y la servidumbre de los árabes de España.

No tenía aún tiempo de haber pasado á España Abu-Yusuf, cuando recibiendo el Ahmar noticia de que acababan de entrar en su tierra los walíes, concibió tal cólera, que se resolvió, á pesar de sus ochenta años, á salir al frente de su ejército de los muros de Granada. Salió el Ahmar por la vez postrera. No había aún dejado la ciudad, cuando el pueblo auguraba mal sabiendo que se había roto contra las bóvedas de la puerta la lanza del primer caballero que formaba la vanguardia ; y no distaría de ella media jornada, cuando empezó á sentir en su corazón los latidos precursores de la muerte. Atacado de un grave accidente, fué conducido en andas hacia su corte ; pero no tardó en espirar bajo un pabellón que hubieron de levantarle en el camino. Murió de un vómito de sangre á la misma hora en que se ocultaba tristemente el sol tras las cumbres de la sierra de hoja; y llorado por cuantos cristianos y muzlimes recogieron sus últimos suspiros, fué trasladado de noche á la capital y enterrado en un sepulcro de mármol, donde su hijo hizo grabar en letras de oro el más cumplido elogio de tan

ilustré héroe (i).

(n Este elogio ó epitafio ha sido traducido de los autores árabes por Conde del modo siguiente: «Este es el sepulcro del Sultán Alto, forta eza del Islam, dfco o del género humano, gloria del dia y de la noche, lluvia de generosidad, Íodo de clemencia para los pueblos, polo <le la secta, esplendor de la ley, amparo de la tradición, espada de verdad, mantenedor de las criaturas, león de la Suo"«> ruina de los enemigos, apoyo del Estado, defensor de las fronteras, vencedor de las huestes domador de los tiranos, triunfador de los impíos, principe de os fieles sabio adalid del pueblo escogido, defensa de la fe, honra de 'o® ^

unes’ el vencedor por Dios, el ocupado en el camino de Dios, Abu-Abdala-Moha-

med-ben-Yusef, ben-Nasar-el-Ansary, ensálcele Dios al grado de los altos y )usdficadosv le coloque entre los profetas justos, mártires y santos y complazcase

Dios de él y le sea misericordioso, pues fué servido que naciese el ano 591 Y 9^

Sintió todo el reino de Granada tan dolorosa pérdida á pesar de ver brillar en el hijo las generosas prendas del padre; mas ¿cómo no había de sentirla siquiera por agradecimiento, cuando á ese el Ahmar debía su libertad y su grandeza? Dejábalo el Ahmar desgarrado por una guerra civil de que fué involuntariamente causa; pero ¿era comparable ese mal con los beneficios que le había procurado? Florecía de oriente á occi¬ dente la agricultura; y Granada veía ya su famosa Vega, cruzada por acequias numerosas, cubierta de frutos y flores, salpicada de pueblos, embellecida por palacios y deliciosos cármenes donde se veía sombreadas por el laurel y el álamo ricas paredes y techumbres de oro. Alzábase multitud de mo¬ linos á las orillas del Genil y el Darro, y blanqueaban acá y acullá puentes hasta sobre los arroyos. Beneficiábanse aquí minas; sonaba allí ruido de talleres; y en todas partes se estaban levantando templos y alcázares soberbios, entre los que sobresalía el de la Alhambra, no concluida aún, pero cercada ya de huertas y alamedas y animada por el murmullo de risueñas fuentes. Sentadas ya las bases de una buena adminis¬ tración y algo reformadas las costumbres, predominaba la idea del respeto debido á la autoridad sobre los instintos de inde¬ pendencia que tanto caracterizaron y perdieron en todos tiempos á los musulmanes; apoyado de otra parte el gobierno por dos cuerpos de fuerza armada, compuesto el uno de árabes espa¬ ñoles y el otro de africanos, contaba con los medios suficientes para tener á raya las pasiones de los pueblos y la desenfrenada ambición de los walíes. Estaba, por fin, constituida enteramente la nación, asegurada la dinastía que debía regirla, restablecido en gran parte el orden que había de sostenerla: ¿qué faltaba para coronar la obra de el Ahmar sino reducir á la obediencia

íuese su tránsito dia giuma después de la azala de alasar á 29 de la luna giumada postrera año 67 i. ¡Alabado sea aquel cuyo imperio no fina, cuyo reinar no prin¬ cipió, cuyo tiempo no fallecerá, que no hay más Dios que él, el misericordioso y clemente!»

á esos tres rebeldes gobernadores de Guadix, Málaga y Go¬ mares, suficientemente desleales aún para arrojar contra el seno de su patria la espada de un rey cristiano, ó bastante ciegos para no ver el abismo que á sus piés se abría? Difícil, muy difícil será que la puedan coronar sus sucesores. La discordia es mal inherente á las sociedades árabes; y brotará y retoñará en cada reinado hasta que se oiga en lo alto del Padul el suspiro de despedida del último rey moro.

Mohamed II.— Mohamed III.— Nasar

A proclamación de Mohamed II fué el viernes 29 de giumada del año 671 (21 Enero de 1273), es decir, en el mismo día en que mu¬ rió el Ahmar, después de cuyas exequias paseó el nuevo rey las calles de Granada acompañado de la flor de su caballería. Contaba ya treinta y ocho años de edad y diez de estar gobernando el reino con su padre; conocía perfectamente su posición y lo que exigían de él los hombres y las cosas; y lejos

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de comprometer la suerte de su nueva monarquía, la aseguró con rasgos de valor y de prudencia que le pusieron á la altura de los grandes reyes. Era como el Ahmar fuerte y sensato, sereno en el peligro, sufrido en la desgracia, constante en sus empresas, magnánimo en la victoria si terrible en la batalla. Llevaba la prudencia hasta la astucia; sabía vencer con la generosidad á sus mayores enemigos y conciliar entre sí las voluntades más opuestas; halagaba con frecuentes dádivas á sus amigos; alen¬ taba con premios á su gente de armas, y hacía de cuantos le rodeaban humildes y afectos servidores. Amaba las letras, y llegó á pasar con justicia por ingenioso poeta; cautivaba á todos con su habla cortés y elegante, ya usase de la lengua árabe, ya de la española, que poseía al par de los más cultos castellanos. Reunía á todas estas dotes del ánimo hermosura y gravedad de rostro, gallardía de cuerpo, maneras gentiles y arrogantes, aseo y compostura en el traje, magnificencia en las costumbres, y tanta perfección en todo, que así por estas como por aquellas prendas llegó á ser el ídolo del pueblo, el honor del islamismo y la esperanza de su patria (i).

No hizo por de pronto Mohamed alteración alguna en las cosas de gobierno. Conservó la guardia africana y andaluza, creadas por su padre; y con objeto de tenerlas más propicias, no hizo sino conceder honores á los capitanes y caudillos que las mandaban, nobles todos y algunos hasta emparentados con los mismos reyes (2). Embebido y confiado en la política de su

(1) He aquí la pintura que hace de este rey el Khattib : «Reges omnes magniíicentia, fortitudine, bellica virtute, industria, prudentia, constantia et magno rerum um atque experientia superávit: etenim aulac administros honoribus, militiae duces proemiis amplissimis ornavit; ac regnum tándem diversas gentes miscens commercio locupletavit. Ad haec accedunt summa illius formse habitusque pulchritudo, solertia, animi liberalitas ac pacientia. Imperii socius á patre cui post obitum successit delectus est. Ad solium vix dum evectus morem optimatibus gessit: ad inimicorum voluntatem dexteritate atque mira arte se finxit; amicos vero praemiis cumulavit.» Añade además que fue gran calígrafo, poeta ingenioso y muy amigo de los sabios. — Casiri: Bibliot. Arab. Hisp. Esc.,t. 2.°

(2) Según el Khattib y otros escritores árabes, el jefe de la guardia andaluza había de ser siempre un pariente del rey, ó cuando menos un alto dignatario de

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antecesor, creía con razón arriesgado trastornar en lo más mínimo el orden establecido ; y así no sólo no mudó de sistema, sino que también se esforzó en hacer de lo antiguo la ley fun¬ damental del reino. No varió siquiera de personal, hecho con que burló tanto las esperanzas de algunos, que, dándose estos por agraviados, se pasaron al bando de los walíes y le amena¬ zaron con una guerra á muerte. Sorprendióse al recibir la no¬ ticia; pero, fijo en su idea y resuelto á no desistir un punto de su propósito, salió como un rayo al frente de su caballería, acompañado del príncipe Felipe y sus nobles castellanos, cayó cerca de Antequera sobre los rebeldes y trabó una de las bata¬ llas más sangrientas. Los rompió, los obligó á la fuga, y, no satisfecho aún, los persiguió algunas leguas hasta hacerles dejar en el campo todo su bagaje. Trataba de acreditar en este primer hecho de armas no ya su valor, sino su independencia y su fir¬ meza ; trataba de manifestar á su pueblo que no podía haber motivos bastante poderosos para desviarle de la senda política trazada por su padre; y quiso acertadamente parecer menos generoso que fiero é implacable.

Volvió Mohamed á Granada é hizo ricos presentes de armas y caballos á sus auxiliares de Castilla; pero no llevaba ya ideas de paz, sino vehementes deseos de abrir una campaña en que pudiese exterminar ó reducir á su obediencia á los walíes. Temía, sin embargo, á Alfonso; preveía el favor que éste había de darles al verlos en peligro; y no se atrevía á provocar una situación que podía aún comprometer la existencia de su reino. Consideró que debía ante todo evitar todo rompimiento con los cristianos; y apenas se le invitó á tratar de paz por el mismo Alfonso, á quien acababa de sobrecoger D. Fadrique escribién-

palacio, y el de la africana uno del esclarecido linaje de los Merynes, que estuviese unido también por vínculos de parentesco con los emires de la Mauritania. En esta ocasión, dicen los árabes de Conde refiriéndose al reinado de este Mohamed, era caudillo de los andaluces, por haber fallecido los dos hermanos del rey, AbenMuza, el mismo que lo había sido durante el reinado de su padre.

dolé que los aíricanos pensaban venir á España, no vaciló un momento en pasar á Sevilla, donde le recibió con gran pompa toda la corte castellana, se hospedó en el mismo alcázar del monarca, se le armó caballero, se le obsequió con grandes fiestas, y se le satisfizo con un tratado de alianza, cuyas ven¬ tajas disminuyó con un rasgo casi necesario de caballerismo. Había ya obtenido trocar por el pago de cierta cantidad de mitkales de oro el feudo de cien lanzas y retraer á Alfonso de la amistad de los walíes, cuando sorprendido por la reina Doña Violante que tomaba parte muy activa en los negocios de Cas¬ tilla, se vió obligado por las ideas de la época á otorgar la demanda de tan augusta princesa, que le pedía nada menos que la concesión de un año más de tregua á los rebeldes. Vió con esto fallidas sus esperanzas y bramó interiormente de ira; pero disimulando cuánto pudo su encono, se despidió de la corte cristiana y volvió á la suya, deseoso de que espirara el plazo de la tregua para arrojarse sin consideraciones de ningún género sobre los walíes y vengarse de la pérfida política de Alfonso.

Pasó el año, y abrió Mohamed la guerra. Cayó sobre los walíes arrostrando toda suerte de peligros; y aun viendo que peleaba sin fruto, no quiso retroceder un paso. Escribió á Yusuf, rey de Marruecos y caudillo de los Beny-Merines, le mani¬ festó la situación precaria del islamismo en España, le pintó con vivos colores los daños que ocasionaba á su reino la rebel¬ día de los walíes, le pidió encarecidamente que pasara á Anda¬ lucía, y para obligarle y estimularle más le ofreció los puertos de Tarifa y de Algeciras. Halló afortunadamente favor en el africano, que, dueño ya de dos imperios, se sentía arrebatado á nuevas conquistas por sus ímpetus religiosos y la embriaguez de la victoria; y el 1 6 de Djulkada de 6 7 3 ( i 2 de Abril de 1275) tuvo ya en Tarifa á Abu-Zyan, hijo de Yakub, á la cabeza de cinto mil jinetes. Vió luégo á los walíes doblando con humildad la frente, primero ante Abu-Zyan, y á poco ante el mismo Ya-

kub, que apenas desembarcó en España (i 5 de Agosto de 1275), les reconvino por su rebelión y les reconcilió con su rey para todo el tiempo de la guerra santa. Lleno ya de esperanza, pasó á Algeciras, se apersonó con el emir, celebró consejo con él y los walíes, y salió con rapidez hacia Jaén, mientras se prepara¬ ban los de Málaga, Guadix y Gomares para entrar en tierra de Córdoba, y un hijo del africano penetraba en la comarca de Se¬ villa al frente de numerosos escuadrones.

Logró así Mohamed hacer temblar de espanto á toda la Península. Ausente de ella Alfonso en busca de su codiciada co¬ rona de Alemania, estaba gobernada Castilla por el primogéni¬ to D. Fernando, que apenas tuvo tiempo para poner en defensa las fronteras, cuando talaban ya la tea y la espada las risueñas campiñas de Almodóvar, Úbeda y Baeza, y sonaba el estruendo de la pelea al pié de los castillos, y precedía á los ejércitos de los infieles multitud innumerable de cautivos y ganados que cu¬ brían cerros y valles. Envióse de pronto contra los invasores al Adelantado de la frontera, á ese esforzado D. Ñuño que con tanto denuedo peleó por el Ahmar y su hijo; pero en vano, porque el valor no puede suplir el número, cuando se ha de combatir con tropas que han conquistado ya dos reinos podero¬ sos y miran como estacadas de fiesta los campos de batalla. Recogió D. Ñuño cuánta gente pudo y se dirigió volando á Écija, donde estaba Yakub contemplando los despojos y los cautivos de esta primera campaña ; y, á pesar de ver sobre sí toda la hueste africana, doble mayor cuando menos que la suya, aceptó sin vacilar un punto la batalla ; mas por mucho que pe¬ learon él y los suyos como leones, abrumado y acorralado por los árabes, quedó al fin vencido, derrotado, aniquilado, sin ejér¬ cito, sin vida. Todo debió contribuir entonces á la venganza y á la suerte de Mohamed, que no pudo, sin embargo, dejar de llo¬ rar ante la cabeza de D. Ñuño, que le remitió su aliado (i).

(i) Añaden algunos autores árabes que hizo Mohamed llenar la cabeza de al-

Fernando, el hijo de Alfonso, que, después de haber llamado á las armas á todos los ricos hombres y pueblos de Castilla, ha¬ bía salido de Burgos é iba incorporando consigo cuantas tropas y mesnadas encontraba al paso, enfermó al llegará Ciudad-Real y falleció á los pocos días dejando tras sí el abatimiento y la dis¬ cordia. D. Sancho, hijo segundo de D. Alfonso, que lleno aún del valor que desplegó en su juventud había reunido por su par¬ te un ejército considerable y acudía apresuradamente á las fron¬ teras de Granada, supo antes de entrar en esta la muerte del primogénito, y lejos de seguir la senda gloriosa que le trazaban los intereses de su patria, retrocedió impelido por su ambición al centro de Castilla, esperando hacerse proclamar sucesor y heredero de la corona en perjuicio de sus sobrinos. D. Sancho, arzobispo de Toledo, que, no pudiendo ver con indiferencia los progresos de los musulmanes, se había procurado una bula del Papa, y después de haber pregonado la cruzada había tramon¬ tado Sierra Morena é iba recorriendo las cercanías de Jaén y Martos, entró á poco en batalla con un ejército de africanos y andaluces y perdió no sólo el campo, sino también sus mejores caballeros, su propia libertad y poco después su vida (i). Don Lope Díaz de Haro, que venía detrás del arzobispo, deseoso de vengar esta derrota renovó luégo el combate; pero, si no salió vencido, no salió tampoco vencedor, ni pudo impedir que los árabes se retirasen con su presa. Estaba en tanto Yakub talan¬ do el país hasta las mismas puertas de Sevilla, y todo eran des¬ venturas para los cristianos.

No por esto obtuvo Mohamed los resultados que esperaba de tan feliz campaña. Llegado Alfonso á Toledo, partió para Córdoba su hijo Sancho, que ya se había hecho reconocer in-

mizcle y alcanfor, y la envió en un cofrecito de plata primorosamente labrado al infante D. Sancho, que se hallaba á la sazón en Córdoba, para que la enterrase ho¬ noríficamente. (Romev. t. 3.“ capítulo 8.°)

(i) Hemos hablado ya de esa desgraciada muerte de D. Sancho al consignar los principales hechos de la historia de .Martos.

fante heredero; y viendo dentro de poco Yusuf muy hostilizadas por una parte sus tropas y atajado por otra eficazmente el paso del Estrecho, creyó indispensable pedir á- la corte de Castilla una tregua de dos años, que fué desde luégo otorgada y firma¬ da por las dos partes. Despidiéronse los walíes de los africanos con ánimo de continuar en su rebeldía apenas el emir llegase al África ; y le hubo entre ellos que considerando nociva la tardan¬ za procuró desde aquel momento reanudar sus relaciones con el monarca castellano, haciéndole vivas protestas de que sólo la prepotencia de Yusuf y las leyes de su religión le habían podi¬ do inducir á tomar parte en aquella guerra santa. Volviéronse los africanos á la costa opuesta; pero sin soltar ya las plazas de Tarifa y de Algeciras, que eran nada menos que las llaves del reino de Granada. Quedó Mohamed solo, enteramente aislado, sin más ventaja que la de haber alcanzado una tregua y la de haber hecho ver á los cristianos que le bastaba dirigir un grito de socorro al África para envolverlos en guerras sangrientas y derramar sobre las tierras recién conquistadas torrentes de sol¬ dados. No obtuvo otro beneficio de cinco meses de talas y com¬ bates; no ganó ni una ciudad, ni una villa, ni un pueblo misera¬ ble ; no ganó, y aun sólo por momentos, sino campos cubiertos de cadáveres y montes que enrojecieron el cielo con las llamas del incendio. Parece imposible, verdaderamente imposible, que con un ejército aguerrido, compuesto de millares de combatien¬ tes y mandado por jefes audaces acostumbrados á vencer en cuantos combates emprendieron, en cinco meses largos, estando fuera de su reino Alfonso, muriendo el primogénito, viniendo luégo la ambición de D. Sancho á complicar los negocios de Castilla, parece verdaderamente imposible, repetimos, que no se pensase siquiera en restaurar á Sevilla, Córdoba, Jaén ú otra ciudad cualquiera de las fronterizas á Granada para, puesto en ellas el pié, ensanchar ó cuando menos dejar más asegurado ese Estado reciente, esa pequeña monarquía, último asilo de un pueblo sobre el cual parecía estar pesando de algún tiempo

acá la maldición del cielo. Para una simple guerra de algarada ¿se habían de poner en movimiento dos naciones y latigar el suelo granadino con el paso siempre asolador de tantas tropas extranjeras?

Retiróse Mohamed á Granada después de estas luchas, de¬ seoso menos de otras guerras que de aprovechar la tregua para robustecer el gobierno, mejorar la suerte de sus pueblos y con¬ tinuar hermoseando esa ciudad de Granada que ya á la sazón parecía brotar sobre sus hermosas colmas de entre frondosas alamedas y olorosas flores. Hizo proseguir la construcción de la Alhambra, á cuyo cuerpo añadió dos alas que han hecho des¬ aparecer )'a el descuido y la ignorancia; procuro hacer de su corte un emporio del comercio ; y, deseoso de convertirla á la vez en depósito del saber humano, cultivó en medio de sus ta¬ reas la elocuencia y la poesía, abrió su alcázar á todos los hom¬ bres aventajados en ciencias y en literatura, y reunió en breve á los mejores filósofos, poetas, médicos y astrónomos, no sólo de su nación, sino también de las naciones africanas. Estaba aún poseído del espíritu de su padre, y no perdonaba medio para hacer florecer en los ámbitos de su reducida monarquía todas las artes que directa ó indirectamente podían contribuir á la felicidad de los súbditos.

Siguió dedicándose así á los cuidados del gobierno, aún des¬ pués de los dos años de tregua. A pesar de la vuelta de Yakub á España en el verano de 676 (Julio de i 277), permaneció im¬ pasible y no se incorporó con él hasta que, derrotado Alfonso junto á Sevilla, taladas las cercanías de Jerez y ganada por asalto Alcalá de Guadaira, fué llamado á tomar parte en la gue¬ rra y asistió al largo sitio de Córdoba, en que no pudieron ha¬ cer más que pasar á fuego y sangre la campiña. Vió luégo im¬ posible apoderarse de aquella ciudad de los califas, que recor¬ daba, aun en medio de su degeneración, el brillante poder de los Abd el-rhamanes : levantó el sitio, taló con el emir africano toda la tierra que media entre ella y Jaén, se hizo dueño de

Hisn-ben-Yeschir, y fué tal el desaliento que logró introducir en los cristianos, que, no encontrando Alfonso medio de salvación sino en la paz, la solicitó por medio de una embajada de cléri¬ gos y monjes. Recibió á los embajadores después de haberlos

Adarga árabe

despedido Yakub, que alegó no debían entenderse con él por ser un simple auxiliar del rey de Granada; les hizo jurar sobre la cruz la paz que pedían, y firmó á continuación un tratado que ratificó el vencedor emir de Marruecos á fines del mes de Ramadán de 676 (Febrero de 1278).

Mohamed, sin embargo, gozó también muy poco de ios be-

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G R A x\ A D A

neficios de esta segunda campaña. Al ver que en el mismo año de 1278, deseando Alfonso reparar el honor de sus banderas, ha¬ bía caído sobre Algeciras con todo su ejército y su armada en ocasión en que los aguaceros y los huracanes impedían el paso del Estrecho ; á pesar de sentirse sin fuerzas contra tanto poder, sintió de tal manera que hubiese de caer en manos de su ene¬ migo una plaza que, aunque no suya, era uno de los mejores desembarcaderos para sus auxiliares los africanos, que apenas supo ya en Tánger al hijo de Yusuf con una escuadra de sesen¬ ta naves, le envió doce embarcaciones armadas en Málaga, Almuñecar y Almería. Supo en breve que Algeciras estaba ya li¬ bre de cristianos, y se había retirado al África la escuadra ma¬ rroquí, de la que necesitaba Yusuf para emprender la guerra contra el rey de Tremecén, nuevo aliado de Granada; mas no queriendo darse aún por satisfecho, recogió su pequeña escua¬ dra, entró en Castilla á la cabeza de su ejército, taló los alrede¬ dores de Ecija y Córdoba, cogió al infante D. Sancho en una emboscada, y llegó á matarle hasta tres mil hombres, entre los cuales se contaron distinguidos capitanes é ilustres caballeros. Recibió al año siguiente noticia de que se adelantaba hacia su reino el mismo infante ansioso de venganza ; y libre ya de todas las consideraciones que antes le detenían, salió de Granada acaudillando cincuenta mil combatientes, se arrojó con ímpetu sobre él, y alcanzó otra victoria, en nada inferior á la primera, á consecuencia de la cual hasta logró apoderarse de los reales enemigos.

Tan sangrientas batallas no impidieron, sin embargo, que Mohamed se hiciese aliado de ese mismo infante, cuando poco después estalló una guerra escandalosa entre éste y su padre el rey Alfonso. Ayudólo con todo el poder de sus armas al verle sitiado en Córdoba por las tropas de Castilla y África ; y no contento con hacer levantar el cerco, persiguió á los cristianos hasta que logró derrotarlos en Úbeda con la flor de su caballe¬ ría. Salió nuevamente de Granada apenas le vió vencido por los

ejércitos reunidos de Abu Yusuf y el walí de Málaga, que aca¬ baban de hacerse aliados del rey Alfonso; dirigióse sin temor contra tan poderosos enemigos, y como si estuviese seguro del triunfo, procuró, aunque sin éxito, empeñarlos en una batalla decisiva. No pudo trabar con ellos sino continuas escaramuzas; pero aun así favoreció mucho la causa de D. Sancho. Mal inter¬ pretadas por los castellanos esa falta de energía de Yusuf y la blandura con que trataba á los pueblos granadinos, logró, si no romper, cuando menos entibiar las amistosas relaciones entre Alfonso y el africano, y dió lugar al infante para que se repu¬ siera de su derrota, y á Yusuf motivo para que se retirase á Algeciras y de allí á Marruecos.

Muerto á poco Alfonso, en el trono Sancho, y concluidas las guerras civiles de Castilla, creyó Mohamed llegada la hora de volver á dejar tranquila por algún tiempo la espada y pensar en los negocios interiores de su reino; pero no tardó en verse amenazado de nuevas y más terribles guerras que, á haberse empezado, hubieran tal vez destruido su monarquía. Al tiempo que mandó una embajada á Sancho felicitándole por su ad¬ venimiento al trono, envió Yusuf á éste al arráez Abdelhac para que le ofreciese en su nombre continuar con él la alianza que había tenido con el rey difunto. Contestó Sancho tan desabrida¬ mente al arráez, que irritado el marroquí, entró de repente en España, corrió y taló á Sidonia, Alcalá y Jerez como si fuera el mismo genio de la tormenta, y no retrocedió hasta que algo sa¬ tisfecho su encono y viendo cerca de sí á su enemigo con pode¬ roso ejército, se replegó á Algeciras. No intentó ya Yusuf abrir otra campaña contra los de Castilla. Recordando la enemistad del rey de Granada, ardía en tan vivos deseos de vengarla, que habría invadido ya entonces las fronteras á no haberle detenido su hijo Yakub, á cuya instancia, probablemente, convocó á vis¬ tas á Mohamed y á los walíes de Málaga, Guadix y Gomares, que abierta ó descubiertamente siguieron siempre tenaces en su rebeldía. Acudió Mohamed al punto á la ciudad de Algeciras,

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deseoso como el que más de poner término á las pasadas dis¬ cordias y obtener la paz aunque fuese á costa de grandes sacri¬ ficios; mas por mucho que habló Yakub en la conferencia que tuvieron invitantes é invitados, no pudo lograr ninguna avenen¬ cia por la terquedad de los walíes, que, según dijeron, no habían ido allí para abjurar sus derechos y sujetarse al rey de Grana¬ da, sino para tratar con él de una concordia que pudiera ser ventajosa á los intereses de todos y especialmente á los del isla¬ mismo. Despidiéronse todos más despechados y enemigos que antes, como quizá deseaba en su interior Yusuf, que no aspiran¬ do más que á la ruina de unos y otros, se fué como aliado con el walí de Málaga y le despojó á poco del reino, dándole en cambio Cartama y otras posesiones en Marruecos.

Mohamed, que había salido ya muy disgustado de la confe¬ rencia de Algeciras, se afectó en extremo al saber este último suceso. Conoció lo difícil de su posición, y no se aventuró aún á promover la guerra, ni á concebir esperanzas de mejor suerte hasta que, muerto Yusuf, subió al trono de Marruecos aquel bondadoso y magnánimo Yakub, que tanto deseaba la concor¬ dia de todos los muzlimes. Apenas supo que Yakub, ya procla¬ mado rey, había desembarcado de nuevo en España, salió de Granada para visitarle, se adelantó hasta Mirtola, y, después de haberle felicitado, le pidió cuán encarecidamente pudo que bajo ningún pretexto ofreciese su generosa mano á los walíes. Al¬ canzólo y volvió á su corte con ánimo de emplear por de pronto todos los medios pacíficos para reducir á su obediencia á los re¬ beldes; pero como no pudiera ver sin sentimiento ni sin temor la ciudad de Málaga en manos de reyes tan poderosos como los del África, y creyera por otra parte imposible que Yakub qui¬ siese en ningún tiempo restituírsela, tenía tan fija la atención en ella, que dejando á un lado todas las consideraciones de amis¬ tad y los resultados funestos que podía tener su proyecto, se dirigió al walí que la gobernaba y no paró hasta que le hizo dejar el waliato por la tenencia en propiedad del castillo y ciu-

dad de Salobreña. Creyó y no infundadamente que Yakub ha¬ bía de venir á España al recibir la noticia de tan inesperado acontecimiento: envió al alcaide de Andarax á negociar por él con el rey Sancho, obtuvo tropas y cuantos auxilios necesitaba, púsose en pié de guerra, y no bien supo que estaba sitiada Béjar por los africanos, salió para esta ciudad con tal energía y tan numeroso ejército, que obligó á Yakub á que se embarcara pre¬ cipitadamente para Tánger. Logró así salvarse de la venganza del marroquí sin derramar una gota de sangre, pero irritó mu¬ cho con esta humillación á Yakub, y tal vez habría debido su¬ cumbir más tarde, si la armada de Castilla no hubiese pegado fuego á las naves que había en Tánger al tiempo de ir Yakub á embarcarse para la Península con doce mil caballos .

Libre Mohamed de los africanos, ya por sus propios esfuer¬ zos, ya por los de Castilla, que les tomó á Tarifa y les derrotó poco después frente los muros de esta plaza, cuando más pare¬ cía tener segura la paz, provocó por no querer combatir á los walíes, una guerra peligrosísima que supo no obstante prose¬ guir con valor y no dejó hasta la muerte. Pidió Tarifa á San¬ cho so pretexto de que le había sido usurpada por los africacanos ; y como recibiese por toda contestación que si debía darse valor á derechos antiguos, se podía reclamar de él todo el reino de Granada, lleno de cólera ó quizá deseoso de ensanchar sus estados, mandó al frontero de Vega que penetrase en Mur¬ cia, y á los que lindaban con el reino de Jaén que entrasen á fuerza de armas en tierra de cristianos. Enfureció con estas al¬ garadas á D. Sancho, que, puesto á la cabeza de numeroso ejército, tomó en breve tiempo á Quesada y Alcaudete pasán¬ dolo todo á fuego y sangre ; pero recobró estas plazas luégo de muerto Sancho, que falleció inmediatamente después de esta rᬠpida campaña. Partió á la frontera al frente de su caballería, empezó una guerra de talas continuas é incesantes luchas, y á mediados del 697 se apoderó de Quesada, que pobló de muzlimes y gente de Alhama, puso cerco á Alcaudete, derribó los

muros, la entró por asalto, acometió y venció el alcázar, y con¬ siguió uno de los mayores triunfos de su reinado.

Recibió en este tiempo de Yakub por cierta cantidad de mitkales de oro la ciudad de Algeciras, de que pensó deshacerse el africano con el objeto de no volver á España; y con esto acabó de ganar tal prepotencia, que pudo al fin obligar á los walíes á doblar bajo sus soberanas leyes la cabeza. Favorecido de este modo por la suerte, volvió á pensar al punto en el recobro de Tarifa, dirigióse al príncipe Enrique, que gobernó las fuerzas de Castilla durante la menor edad del sucesor é hijo de D. Sancho, y ofrecióle veinte mil doblas de oro por ella y algunos castillos de la frontera; y al saber que, si bien convenía en ello el príncipe, se negaban á sus deseos los ministros de la reina gobernadora y el alcaide de la ciudad, cuya restitución pretendía, no vaciló en dejarse caer sobre ella después de haber derrotado en una batalla al mismo Enrique y á Guzmán el Bueno. Combatió á Tarifa con todo género de máquinas de guerra; pero no logró ganarla. Pasó lleno de despecho á Jaén, que cercó también sin fruto, pasó á Baeza, cuyos arrabales entregó á las llamas, pasó á Velmar y logró apoderarse por fin de esta im¬ portante fortaleza. Rebosaba aún de brío á pesar de ser anciano; y como viese apagada por una parte en lo interior de su reinóla discordia y sumergida por otra Castilla en el cieno de las pasiones y las revueltas, creía llegada la hora de obrar rompiendo por todos los obstáculos que se oponían al progreso de sus armas.

No respeta, sin embargo, la muerte los altos pensamientos ni la vida de los héroes. Poco después de tan gloriosos hechos estaba Mohamed en oración, cuando bañadas de repente sus mejillas en copiosas lágrimas exhaló su último suspiro. Murió el domingo 7 de Jabán del año 671 (9 de Abril de 1302) no menos llorado ni con menos razón por todos los buenos ciuda¬ danos que su antecesor el Ahmar, el fundador del reino (i).

(i) (cFué enterrado, dice Conde, en sepultura aparte del cementerio de sus mayores en la parte oriental de la gran mezquita, en las huertas contiguas á las

3II

Fué también, como manifiestan los hechos referidos, un gran príncipe: supo estimar siempre en su justo valor todas las cir¬ cunstancias, aprovecharlas y llevar casi incólume la nave del Estado entre contrarios vientos y recias tempestades. Cercado por todas partes de peligros, supo arrostrarlos y vencerlos, acabó las guerras interiores, y como si esto no bastase para lustre de su reinado, entró en tierra de cristianos con gloria de sus armas. De dos ciudades que dió apenas hubo subido al trono, rescató al fin la una; y ¿quién sabe si hubiera logrado algo más tarde el recobro de Tarifa á no detenerle la muerte en su marcha vencedora Hemos visto ya los esfuerzos que hizo para unir de nuevo esta ciudad al reino : rompió á poco con los generales de D.^ María de Molina, que gobernaba á Castilla durante la menor edad de D. Fernando, y se presentó por fin él mismo frente los muros de la apetecida plaza. No se podía exigir más de él: á pesar de los rudos tiempos que le tocaron, dejó el reino como no lo pudo dejar ninguno de sus sucesores; lo dejó en paz, casi íntegro, próspero y temido.

No fué de mucho tan afortunado su hijo Mohamed-AbuAbdala á pesar de las brillantes dotes que también tenía. Abu-

casas que edificó su nieto descendiente, el sultán Abul-Walid, y después le dejó en ruinas el más generoso de su estirpe, el sultán Amir de los Muzlimes AbulHegiag, hijo de su hija: Dios los haya á todos en su misericordia y en su gracia amplísima con felicidad de sus descendientes. Dejó el rey Muhamad tres hijos: el sucesor y socio de su imperio, de que hablaremos á honra de Dios ; Ferag, el que conspiró contra la vida de su hermano, y Naser el Amir después de su hermano, depuesto por el mismo. Su~principal Wazir ya se ha dicho que fué Abu-SultanAzir-ben-Ali-ben-Abdelmenam de Denia. Sus catebes y secretarios los de su padre y los hijos de aquellos Abu-Becar-ben-Juzef de hoja el-Yahsabi, después los otros dos hermanos Abu-Ali-Alhasen y Abu-Ali-Husein, hijos de Muhamad-ben-Juzef de Loja, que sucesivamente le sirvieron: ambos eran de mucha erudición y de exce¬ lentes prendas.» Sigue el mismo autor dando noticia de otros muchos catebes y del cadí de los cadíes Abu-Abdala-Muhamad-ben-Hisen. Casirí habla, además, de los jueces que hubo durante su reinado, y hace especial mención de Abu-BakerMohamed-ben-Phath-ben-AIi vulgo Alaschbaroni, natural de Sevilla. Is, continúa, morum jam Censor ita ad omnes casus erat paratus, ut quum militem quemdam in foro ebrium simulque insolentius in populum circunfusum inuentem offendisset, ipse unus accurrerit mox in illum arreptum captumque severissime animadverterit (Conde, par. 4. cap. i 3.: Cassirí, Bibl. drab. hisp. esc. t. 2.“).

Abdala, conocido con el nombre de Mohamed 111, estaba ya al ocupar el trono muy versado en los negocios de gobierno. No le faltaba ni prudencia ni valor; y reunía á gran perspicacia de ingenio constancia infatigable. Trabajaba noche y día, sin que el sueño llegara muchas veces á cerrar sus ojos ni aun durante las horas indispensables para reparar su cuerpo de quebrantos y fatigas. Era hermoso y gallardo, grande orador y esclarecido poeta, y tan amigo de los sabios, que no contento con abrirles las puertas de su alcázar, se complacía en tenerlos á la mesa para aprender y platicar con ellos. Tenía, según cierto histo¬ riador árabe, rasgos de cruel, pero no, según otros, que pon¬ deran su buen corazón, su afabilidad, su cortés trato (i).

Empuñó Abu -Abdala las armas apenas se hizo cargo del gobierno. Dirigióse á la ciudad de Almandhar, y la combatió con tal fuerza que la entró en breve por asalto y cautivó toda la guarnición enemiga. Volvió á Granada lleno de despojos, y llevando tras sí en un carro magnífico á una cautiva de incom¬ parable hermosura, que fué más tarde reina de una de las monarquías africanas ; y como si no hubiese hecho la campaña sino para hacerse respetar y temer de los cristianos, no pensó en otras guerras hasta que la rebelión de un walí de Guadix, pariente suyo, vino á distraerle de las tareas administrativas á

( [) Trasladamos á continuación la descripción que el Khattib hizo de este prín¬ cipe. Mohametus 111, princeps nominis cclebritate et solertia omnium clarissimus, forma etiam insignis, rex sane incomparabilis, tum consilio tum ingenio felicissimus. Is, patre rege atque duce, optimam nactus cst disciplinam; quippe ad imperii administrationem eruditos rerumque jam expertus rempublicam una cum ipso tractavit: cui postea in regnum succesit ejus vestigiis omnius insistens. Gravissimis regni curis, id postulante iniqui illius temporis ratione, distentus ad multam usque noctem praelucentibus funalibus de reip. et domus regiae commodis cogi¬ tando frequenter vigilare solebat, excubantibus quibusdam qui transactas horas annotarent, unde epiphora laborare coepit, Caeterum res illi omnes, fortuna comité, ad nutum lluebant: quippe qui hostes non semel vicerit, pacemque cum regibus inierit. Poeta ille erat insignis et orator; adeo ut poetis materiem proponeret multiplicem ac versibus etiam alternis contenderct. Viros eruditos penitus noverat ac plurimi faciebat, cum principibus convivari solitos crat. Ad haec accedunt summa qua eminebat rerum scientia, ingenii acumen, scribendi peritia et exarandi litteras elegantia: Rex quidem optimus nisi fuiset natura crudelis. (Casirí, loe. di.)

que con tanto afán se dedicaba. Si hemos de dar crédito á ciertos escritores musulmanes, sabedor de que estaba el walí fraguando una conspiración en su misma corte, le llamó y le hizo matar á su presencia con el objeto de cortar el paso á una guerra desas¬ trosa; mas, según otros, salió contra él ál frente de su caballería y le dió una batalla sangrienta en que le dejó sin ejército y le obligó á la fuga (i).

Escribió en este mismo año, que era el de 703, al rey de Castilla pidiéndole encarecidamente la ciudad de Tarifa que deseaba adquirir, bien en cambio de otras plazas, bien á precio de oro; pero considerando imposible recobrarla, fijó al año siguiente los ojos en la vecina costa de África, envió contra Ceuta con numerosas tropas á su cuñado Ferag ben-Nasar, walí de Málaga, la sitió por mar y tierra, y la combatió con tanto ahínco, que el rey Abu-Taleb-Abdala, que la poseía, tuvo que abandonarla dejándola á merced de sus enemigos. Entró en Ceuta la luna de Shawal del año 705 (Abril ó Mayo de 1306), se apoderó de los más nobles habitantes, recogió los inmensos tesoros que había acumulado Taleb, y después de haber hecho suyas algunas fortalezas del contorno, regresó á Granada con ricos despojos y gran muchedumbre de cautivos (2). Entró en

(1) Los autores traducidos por el Sr. Gayangos explican este hecho como sigue: En el año 703 (14 de Agosto de i 303) disgustado (Mohamed 111) de Abu-1- hejaj-Ybn-Nasr, gobernador de Guadix, le destituyó de su gobierno. Abu-l-hejaj, que estaba á la sazón en Granada, empezó á formar un partido en su favor, ya en Guadix, ya en la capital: súpolo Mohamed, y llamándole, le hizo matar inmediata¬ mente (Gayangos, History of Mahom. Dinast. t. 2.°). Los historiadores traducidos por Conde suponen que la rebelión de Abu-l-hejaj tuvo lugar inmediatamente después de haber subido Mohamed al trono, y añaden que se negó ya á asistir á la solemne jura á que se presentaron los demás walíes. Según ellos, en el año 703 no empezó la rebelión, sino que fué ya castigada por el rey en la batalla de que hablamos en el texto (Conde, part. 4.“ cap. 14). No tenemos datos para preferir una opinión á la otra; pero sí extrañamos que estos últimos escritores árabes no nos dén noticia alguna sobre la suerte que deparó Dios al walí después de la derrota referida.

(2) Sobre estos cautivos leemos el hecho siguiente en los autores árabes del Sr. Gayangos: Los principales habitantes (de Ceuta) fueron llevados á Granada, donde al empezar el mes de Moharram del año siguiente 706 recibieron orden de presentarse al monarca. Recibiólos éste de ceremonia rodeado de sus guardias y

la ciudad aclamado por el pueblo; y deseoso de consignar el recuerdo de tan singular victoria, mandó levantar con los tesoros del rey vencido una suntuosa mezquita llena de mármoles y jaspes, pintada toda de oro, y sostenida por columnas con basa y capitel de plata (i).

Estaba aún Abdala labrando este y otros monumentos, entre ellos unos baños cuyos réditos junto con muchas tierras y huertas aplicó á la conservación y culto de la mezquita, cuando supo que Soleimán pretendía alzarse con la ciudad de Almería, de que era walí, y andaba para ello en secretas negociaciones con D. Jaime de Aragón, señor ya de todo el reino de Valencia y Murcia. No esperó siquiera á que estallase la rebelión del walí, salió preci¬ pitadamente y tomó el camino más corto de Almería; pero no pudo ni aun con esta actividad apoderarse del rebelde, y pasó de la prosperidad y la paz á un período borrascoso, lleno para él de dolor y de amargura. Soleimán se acogió al rey D. Jaime y le movió á emprender la conquista de la ciudad que había gobernado; el rey de Castilla, de acuerdo con el aragonés, entró con poderoso ejército en tierra de Granada y fué á poner cerco á Algeciras; y vióse así el desgraciado Abdala entre dos enemigos á cual más temibles, entre dos campos de batalla separados entre sí, y establecidos en los dos límites del reino. Armó por de pronto su caballería y voló al socorro de Alge¬ ciras; pero nada pudo adelantar impedido por el furor de copiosos aguaceros y rudos temporales. Tuvo que permanecer allí impasible viendo cómo Soleimán le atacaba por un lado la ciudad de Ceuta , y por otro los castellanos se apoderaban de la villa de Gibraltar sin dejar otros recursos á los vencidos que

ministros. Habiendo alguno de los cautivos recitado versos en su alabanza, se conmovió y los soltó á todos, dándoles casa en que viviesen y señalándoles una pensión que bastase para cubrir sus necesidades. (Gayangos, loe. di.)

( I ) Ex magnificis illius monumentis posteritati relictis est Templum máximum quod in regia urbe (vulgo Alhambra) pereleganti forma extruxit, musivo opere pictum, columnisque magnis mira quidem arte elaboratis, capitulo insuper et basi argéntea insignibus suffultum. (Casirí, loe. di.)

doblar la frente ante la servidumbre ó trasladarse al África; y acosado por todas partes, abatido, sin esperanzas de vencer tan grandes obstáculos , no encontró para salir de tan terrible angustia otro medio que enviar el arráez de Andarax al rey Fer¬ nando, ofreciendo darle cuatro fortalezas y cinco mil doblas de oro si levantaba el sitio de Algeciras y desistía de la guerra. Lo alcanzó y respiró; pero no en¬ contró agradecimiento ni por su buen celo ni por la poderosa, aunque desgraciada, energía con que velaba por los intereses del Estado.

Al volver Abu-Abdala á Gra¬ nada tenía ya contra sí una cons¬ piración que no tardó en estallar y obligarle á que abdicara la co¬ rona. Amaneció el día de Alfitra del año 708 (Abril de 1309), cuan¬ do reunidos los conjurados pasa¬ ron á la habitación del príncipe el Nasr , hermano de Abdala , Vaso árabe, granadino

y se dirigieron á la del vizir

el Lachmi, mientras rodeando el pueblo el alcázar aclama¬ ba á Muley-Nasr. Agolpóse luégo parte de la muchedumbre á la casa del vizir, que había escapado al primer asomo de la tormenta, la entró por fuerza, robó armas, alhajas y oro, que¬ mó muebles y libros preciosos, y esplayó su cólera en cuanto encontró á mano. Bajo el pretexto de que no se había hallado al vizir y estaría en palacio, se invadió por otra parte la Alhambra, se atropelló la guardia del rey, se maltrató de muerte al Lachmi, se robó y despojó los salones á presencia del mismo

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Abdala, que no infundía ya el menor respeto. Pasaron al caer de la tarde á palacio los caudillos de la sedición, cercaron al rey, le intimaron que abdicase en favor de su hermano si no quena ser víctima del furor de la muchedumbre, y reuniendo á la ma¬ yor brevedad á los jueces y á los dignatarios del Estado, hicie¬ ron que aquella misma noche renunciase solemnemente la coro¬ na, y saliese de Granada, por de pronto para el palacio del príncipe y pocos días después para Almuñecar (i).

Sucedió á Mohamed III el Nasr, que al día siguiente paseó á caballo por la ciudad entre las aclamaciones estrepitosas de sus favorecedores. Era también el Nasr de prendas eminentes, resuelto y audaz, aunque muy enemigo de la guerra, sabio, pru¬ dente, cortés, de tan buen corazón y simpática figura, que ga¬ naba con sólo su presencia las más agenas voluntades. Pero empezó mal, muy mal su carrera: con dar oídos á rebeldes, con permitir que se le encumbrara sobre la ruina de su hermano, con tolerar y sancionar un destronamiento, y un destronamiento del todo injusto, abrió la puerta á gravísimos males no sólo para sí, sino también para su dinastía, para su reino, para la causa del islamismo. Rompió el freno que la legitimidad imponía á la ambición y á la codicia, y fué él, fué él quien dió pié no sólo á las pacíficas deposiciones de monarcas amantes de sus pueblos, sino también á los impíos asesinatos que más tarde mancharon

(I) Difieren muy poco acerca de este hecho los historiadores árabes que he¬ mos consultado. El Khattib está casi del todo conforme con lo que decimos en el Texto: Die paschat.s anni egiriani 708 (dice) Regni proceres

tium fautores qui regi insidias dudum moliti erant, imminente )am fatal, illus hora, iBdem reglam müites insede.-unt : mox in primarium ilhus admmistrum Ab - Abdalla-ben-Abdelhaklm irruentes ejus domum opibus inmens.s, armis, suppelleetilibus refertam una cum ampia bibliotheca diripuerunt; Nasserumque e)usdem réiSs Resem consalutarunt. I.aqua aumore clivalgato, ad mop.natua, casum magnus fit populi tumultus qui catervatim et licentius ad A hambram convo-

lans, omnia miscet, domos exp.lat, manus etiam in Visirum i^^o Tn Arcem

vesperem tándem e)usdem diei rex, imperio coram )udicibus abdicato, in Arcén Principis extra Granatam ad tempus per breve, inde in urbern ^ '

tur. Ilujusmodi regis casus mahometanis quam acerb.ssis.mus accid.t (Casiri,

loe. cil. )

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la historia de los reyes de Granada. Tocó ya él mismo, como veremos, las consecuencias de su obra.

Subió el Nasr al trono, mientras los castellanos se estaban apoderando de un castillo de la frontera y Soleimán ocupaba la ciudad de Ceuta. Sabedor de que el ejército de D. Jaime estaba ya sobre Almería, salió de Granada, le presentó batalla y le obligó á levantar el sitio. Volvió á su corte, pidió en vano tre¬ guas al rey de Castilla, y no pasó muchos días sin verse ame¬ nazado por rebeldes, que aspiraron nada menos que á derribar¬ le del trono. Quiso cortarles el vuelo mandando prender al que los acaudillaba, es decir, á su sobrino Abu el-Walid, hijo de su hermana y de Ferag-ben-Nasr, walí de Málaga; pero no pudo ya ver llevado á ejecución su decreto ni alcanzar la ayuda de Ferag, que no contestó á sus cartas sino para echarle en cara su vil manera de proceder con Abu-Abdala, su hermano. Pre¬ ocupóse; y no pensaba sino en hallar medio de atajar el paso á su sobrino, cuando atacado de un accidente de apoplegía, llegó á pasar por muerto, dando lugar á que para mayor complicación de los negocios del reino, fueran algunos á Almuñecar, y traje¬ ran precipitadamente á Granada al príncipe á quien tan injusta¬ mente se había arrebatado la corona. Al recobrar la salud se encontró inesperadamente con él ; pero no tardó en verse libre de tan bondadoso hermano que murió sin mancha sobre su fren¬ te á principios del mes de Shawal del año 713 (i).

( I ) Los historiadores árabes de Gayangos explican la muerte de ese Mohamed III de modo muy diverso que los de Conde. Dicen los primeros : Por orden del Nasr Mohamed fué llevado de la casa en que se había alojado al palacio de su hermano Ferag-, y á principios del mes de Shawal del mismo año 7 lo ( Febrero de 1311) corrió el rumor de que había muerto. No faltaron quienes aseguraron que había sido asesinado y arrojado dentro de un estanque en el jardín del mismo palacio. Los segundos suponen que el Nasr le mandó volver á Almuñecar, donde murió tres años después á principios de la luna Shawal del año 713. Estamos por estos : y nos mueve á ello el lárgo epitafio puesto sobre el sepulcro de Mohamed, al fin del cual se leía según los árabes del mismo Conde : Nació, complázcase Dios de él, en dia miércoles tres de Jaban honrado del año 65 5 ; y murió, santifique Dios su espíritu y refrigere su sepulcro con las copas suaves de su benignidad, en dia lu¬ nes tres de Jawel del año 713. Llévele Dios á las más altas mansiones de los justos.

Libre ya el Nasr de temores por parte de Mohamed III, pudo luchar frente á frente con Abu el-Walid; pero luchó per¬ diendo. Tenía por vizir al ambicioso Mohamed-ben-Alí-el Hagí, hombre altanero y sin corazón que lo sacrificaba todo á la idea de tener exclusivamente la confianza del rey, astuto, suspicaz y pérfido hasta el punto de urdir asechanzas á la virtud más acendrada, tan audaz é inicuo con sus inferiores, como aparen¬ temente humilde y bueno con su soberano. Knajenose con la insolente conducta de este vizir la voluntad de los que más podían en Granada; y tuvo en breve la guerra dentro de las mismas puertas de su corte. Temeroso del pueblo, que se amo¬ tinó pidiéndole á voz en grito la cabeza del vizir, hubo de de¬ poner por de pronto al valido, y como siguiera gobernándose secretamente por sus interesados consejos, vio crecer de día en día con gran número de descontentos el partido de su sobrino, ya bastante fuerte para ir allanando pueblos y fortalezas y ade¬ lantarse hasta el mismo campo de Granada. Conoció entonces el mal; pero ya tarde. Al saber que estaba cerca Abu-el-Walid, púsose toda la ciudad en movimiento ; unos salieron para incor¬ porarse á sus banderas, otros para combatir la plaza, y los que se quedaron, ya llevados por sus propios sentimientos, ya so¬ bornados por el oro, se levantaron é intimidaron á el Nasr has¬ ta el extremo de moverle á encerrarse con los suyos en la Alhambra. Dividióse la ciudad en bandos : y hubo robos y atrope¬ llos y muertes, nacidas de resentimientos y venganzas; y cansados al fin todos del desorden, abrieron las puertas á las tropas de Abu-el-Walid, que ocuparon en seguida la alcazaba sita enfrente del alcázar. Escribió apresuradamente el Nasr á Pedro de Cas¬ tilla manifestándole su peligrosa situación y pidiéndole socorro; pero estrechado más y más por su enemigo, y viendo á los su¬ yos descontentos, amedrentados y dispuestos á rendirse, conoció

por la verdad de la ley, y bendiga á los que quedan de su casa. Bendiga Dios a

nuestro señor y nuestro dueño jVluhamad y á los suyos con bendición cumplida

( Conde, parte 4. cap. i 5).

los graves riesgos que corría, y se resolvió á capitular bajo la condición de que se le diera Guadix y su comarca, y se conce¬ diese perdón completo á todos sus parciales. No podía desear más Abu-el-Walid: convino en todo, y mientras se le estaba aclamando con ese entusiasmo pasajero que suele infundir la novedad al pueblo, salió el Nasr para su destino, recordando tal vez que, como su vencedor, había acibarado con un destro¬ namiento, no ya á un tío ambicioso, sino al mejor de sus her¬ manos.

Fué, sin embargo, después de este suceso tan filósofo y prudente como había sido arrebatado y audaz al querer con¬ quistar un trono. Miró con la mayor impasibilidad el triunfo de su sobrino, cerró el oído á cuantos le aconsejaban que aspirase á recobrar el solio, y manifestó interesarse sinceramente por la prosperidad de su pueblo. Supo á pocos días de estar en Gua¬ dix que D. Pedro acababa de entrar en tierra de Granada con escogida gente de á caballo para darle la ayuda que esperaba; pero ni se apartó un punto de su resolución, ni sintió el más leve arrepentimiento de haber capitulado, ni abrigó por lo más re¬ moto la idea de dar por nulo el convenio, como arrancado por la necesidad y á fuerza de armas. Vivió en Guadix no sólo tran¬ quilo, sino también contento de ver que Alá le hacia expiar en vida el delito que había cometido con Mohamed el Bueno; y murió en la misma ciudad el miércoles 6 de la luna de Dilcada del año 722. Fué llorado de pocos; pero no dejó por esto de ser trasladado á Granada, donde con mucha pompa y solemni¬ dad se le enterró en el cementerio de su padre por orden del mismo Abu-el-Walid, que rezó la oración de Alajar sobre su fé¬ retro (i).

(i) Llevaba también el sepulcro de este rey un largo epitafio, al fin del cual se leía en verso : ¡ Oh sepulcro del generoso ! sobre tu polvo caigan nubes celestes de amparo, de misericordia y de paz: en tu estrado se oiga siempre la bendición á un rey noble, generoso de los más generosos, delicia del género humano, bondad de corazón sobre todas las criaturas, caridad, manantial perenne de gloria; sé fe¬ liz con Nazar el cuarto de los reyes de Beni-Nazar defensores del Islam. Desde la

salida del lucero de la religión, desde el alba de la ley fue su trono de ellos el me¬ jor amparo de las criaturas : Oh señor de la bondad y de la humanidad, tu casa fué mina de juicio, de prudencia, de virtud y de beneficencia, y hallaron en ti lo que deseaban cuantos tuvieron la suerte de conocerte y acercarse á ti : la nobleza y excelencia del orbe, el resplandor de la bondad en su cara como la luz del día que quita las sombras. Nunca estuvo la luna en más perfecto y hermoso plenilunio: los altos méritos de Abul-Giux dan de sí olor vivo como el mosco precioso se descu¬ bre aun en sellado bote. Cúbrale Dios con su misericordia, con la cual se sirva po¬ nerle en eterna morada de delicias (Conde, parte 4.” cap. i 6.)

del año 713. Mostróse codicioso del poder y lo conquistó á punta de espada; pero ya dueño de él supo conservarlo brillantemente en batallas peligrosas y aventuradísimas empresas. Tuvo que luchar durante su reinado con un enemigo resuelto, audaz y temible más que por sus ejér¬ citos por una fuerza de voluntad incontrastable; y luchó, si no

siempre con ventaja, con un denuedo y una constancia que impu¬ sieron á sus mismos vencedores. De gran corazón, sobre todo de firmes creencias y hasta de un ciego fanatismo por su ley, amaba y provocábalos combates, se encarnizaba en ellos y se arrojaba con tanta fiereza sobre los vencidos, que raras veces llevaba consigo más despojos y cautivos que cadáveres había dejado en el campo y ruinas cubiertas de sangre en las ciudades. Según sus propias expresiones, no creía más que en Dios y su acero (i); y era implacable para los cristianos, en quienes veía no sólo á sus propios enemigos, sino á los enemigos de Alá, á los infieles de Dios que impedían se estableciese sobre la tierra el reino del Profeta. Respetaba y quería en cambio á los creyentes ; pero los trataba severamente, sobre todo respecto á la observancia de las prácticas muzlímicas. Prohibió el uso del vino; y para que en ningún caso pudiesen los verdaderos musulmanes confundirse con los judíos, obligó á los judíos á llevar cierto distintivo exterior que bastase á distinguirlos.

Era jefe de los ejércitos de Castilla el príncipe D. Pedro; y apenas supo Abu-el-Walid-Ysmail que éste mandaba víveres al Nasr con buen número de cristianos fronteros por escolta, hizo salir pára escarmentarlos toda la flor de su caballería. Lejos de alcanzar lo que pretendía, recibió la noticia de haber sido ven¬ cidas sus tropas en la batalla de Fortuna, y á poco la de que los cristianos, enardecidos por el buen éxito de esta primer campaña, se habían apoderado de las fortalezas de Cambil y Alhawar y estaban talando en derredor la tierra. Salió lleno de cólera con numeroso ejército; y al ver que estos se retiraban apresuradamente á sus fronteras, partió, deseoso de represalias, á Gibraltar, que consideraba no sin razón como la principal llave

(i) Era Ysmail, dice Conde, fervoroso en la creencia, ardiente y arrebatado defensor de ella, y como en cierta ocasión se tratase delante de él de los funda¬ mentos y verdad de ella, cansado de oir sutilezas de los Alfaides y Alimes que disputaban, se levantó y dijo : Yo no conozco ni entiendo otros principios ni quiero más razones que la firme y cordial creencia en el omnipotente Alá, y mis argu¬ mentos están aquí, y empuñó su espada. (Conde, parte 4.= cap. i 8.)

de su reino. Tuvo que retroceder ante los fronteros de Sevilla que fueron á socorrer la plaza; y apenas cerró la campaña, cuando vió otra vez dentro del reino al rey de Castilla, que tuvo la audacia de acercarse á tres leguas de Granada, pasar á Isnalloz, entrar en el arrabal de Pina y talar y quemar toda la huerta de Montegicar. Más despechado que antes, volvió á dejar la corte y correr contra su enemigo ; pero no pudiendo tampoco alcanzarle, regresó á Granada, donde tuvo á poco el desconsuelo de saber la nueva entrada del príncipe cristiano y los sangrien¬ tos asaltos de Vélmez y Tiscar, que después de una defensa heróica, sucumbieron faltas de socorro. Irritado hasta no más, reunió y organizó cuantas gentes pudo ; miró en tanto impasible cómo talaba el enemigo la Vega desde Alcaudete hasta Alcalá la Real; le vió sobre Illora y sobre Pinos; y no manifestó deseos de atacarle, ni movió su ejército hasta que le tuvo á las puertas mismas de Granada. Lleno entonces de resolución, encarga el mando de sus tropas á Mahragián, sale con su gente de reserva , entra en batalla , rompe y desbarata á los cristianos, los envuelve en una nube de lanzas y de alfanges, hunde en el polvo la ensangrentada frente del príncipe D. Pedro y la de D. Juan su hermano, da el alcance á los fugitivos, y venga con creces en una sola jornada todas las derrotas anteriores. Manda luégo enterrar en el mismo campo todos los cadáveres, los de los cristianos desnudos, los de los muzlimes con la armadura para más honrarlos; y entra en la capital en medio de grandes aclamaciones y festejos públicos.

Alcanzó Ysmail esta victoria á fines del año 718 (1319). Salió otra vez, corrió la tierra, recobró las fortalezas perdidas, envió el cadáver de D. Juan á Córdoba, concedió las treguas que se le pidieron, mandó romper la guerra por la parte de Murcia y se hizo dueño de Huéscar, Ores y Galera, pueblos del Ade¬ lantado de Cazorla. Mas no fué aún entonces, sino después de concluidas las treguas , cuando mostró todo su ardor guerrero y su arrebatado celo por la fe muzlímica. Salió con gran hueste

G R A N ADA

contra Baza, la combatió noche y día con máquinas de guerra, y la obligó en breve á doblar ante sus armas la cabeza. Diri¬ gióse al año siguiente á Martos, se apoderó al pronto de la fortaleza, escaló las murallas, peleó sin tregua hasta que pudo rechazar á los cristianos, entró en la ciudad, pasó á cuchillo hasta las mujeres y los niños, y rezó la Azala de x^lmagreb (oración de la puesta del sol) sobre un campo cubierto de cadᬠveres y sangre. Era difícil ganar entonces la ciudad de Martos. Mirada por los cristianos como el principal baluarte de sus fronteras, estaba bien defendida, y ya en otro tiempo había inutilizado los esfuerzos del mismo el Ahmar, que en todas sus campañas parecía llevar delante de sus banderas la victoria. Próxima á Jaén y sentada en la falda de una peña escarpada y ceñida de muros y torreones, parecía inexpugnable; pero Ysmail la venció, y, viendo que no podía conservarla en sus manos, la pasó á sangre y fuego como si se tratase de una ciudad rebelde.

Regresó á Granada con muchos despojos y hermosas cautivas, entre las cuales sobresalía por su belleza una muy joven que había arrancado de mano de la soldadesca uno de los más esclarecidos jefes muzlimes, el generoso Mohamed, hijo del walí de Algeciras. Fué recibido con entusiasmo frenético: no pasó por calle que no estuviese cubierta y entoldada de oro y seda, ni oyó en toda la ciudad más que Víctores de triunfo, ni respiró mientras no llegó á su palacio sino el perfume de suaves aromas que ardían por todas partes en ricos y numerosos pebe¬ teros. Llegó á la Alhambra rebosando de júbilo, y también de amor á la cautiva; mas ¡ay! en medio de su ventura y de sus transportes de alegría, ¿cómo pudo olvidar á Mohamed, á quien había arrebatado aquella peregrina hermosura? Tres días des¬ pués de la entrada en su capital, no bien acababa de salir de las puertas de la Alhambra acompañado de su vizir, vió brillar sobre sí la hoja de una daga, y cayó en el suelo heridas cabeza y pecho á puñaladas. ¡Traidores! exclamó: y tuvo la desventura

de reconocer en medio de las sombras de la muerte al ofendido Mohamed y á sus parciales, que, veloces como el rayo, se arro¬ jaron sobre el vizir al verle desnudar la espada, le dejaron en¬ vuelto en sangre, y escaparon antes que los eunucos y guardias pudiesen haber oído los gritos de las víctimas (i).

Acaeció este regicidio el día 27 de Regeb del año 725. Fué efecto de unos celos, de una venganza particular; pero no tar¬ daron en nacer crímenes no menos graves de pasiones más bastardas, de ambiciones desmedidas y tal vez injustas. El Nasr abrió la puerta á los destronamientos ; Mohamed la abre ahora al asesinato. No hay ya esperanzas de mejor suerte para ese infeliz reino de Granada: el peso de sus triunfos quedará casi siempre contrabalanceado por el de sus delitos y el de sus discordias; y todos los días marchará con más rapidez á su fatal destino.

Recogieron á poco los ministros al desgraciado Abu-el-Walid-Ysmail, y le llevaron á la cámara de su madre. Se le curó; pero en vano, porque eran de muerte sus heridas. Fueron tan cortos los momentos de vida que le quedaron, que ni pudo arre¬ glar la sucesión del reino : hecho que, á no haber sido por la prudencia del segundo vizir, habría envuelto quizá en otras guerras civiles esa trabajada monarquía. Apenas se tuvo en la ciudad noticia del inesperado suceso, subió el pueblo al palacio, deseoso de saber si peligraba la vida del monarca ; se alborotó la guardia, empezó á agitarse el caudillo Ozmín, que estaba al parecer de acuerdo con los conjurados, y todo hacía presagiar que no tardarían en rugir al rededor del moribundo Ysmail las desenfrenadas voces de la ambición y la discordia; mas el se¬ gundo vizir detuvo este movimiento asegurando en alta voz que las heridas del rey eran leves, y confirmándolo constante¬ mente hasta los instantes en que éste exhalaba sus últimos sus¬ piros. Al ver muerto á Ysmail, llamó al alcázar á Ozmín y á los

(i) Véase la pág. 197.

G R A NADA

alcaides, jeques y caballeros principales de la corte, bajo el pretexto de que el rey deseaba hablarles; y ya que les tuvo reunidos en un salón, les presentó á Mohamed, hijo mayor de Ysmail, é hizo que le reconocieran y juraran por sucesor al trono, diciendo terminantemente que tal era la voluntad del rey, y que si éste no se la manifestaba por su propia boca, era por¬ que se sentía malo y no podía hablar á causa de sus heridas. Cuando todos hubieron jurado obedecer al príncipe, les anunció la muerte del monarca. El mismo Ozmín, viendo ya frustrados sus planes y disipados del todo los temores que abrigaba de que el rey difunto no conociese su perfidia, al oir las últimas palabras del vizir, fué el primero en dar el grito de ensalce Dios á 7iuestro 7'ey Muley-Molia^ned-be^i- Ysmail: grito que fué repe¬ tido con entusiasmo y por toda la nobleza. Bajaron guardias y caballeros á la ciudad, recorrieron las calles dando las mismas voces, y quedó proclamado en todas partes Mohamed benYsmail el IV.

Subió Mohamed al trono el día 26 de la luna de Regeb del año 725. Era todavía niño, y durante algún tiempo hubo de gobernar el reino por medio de sus vizires y caudillos. Quiso al principio su buena estrella que los encontrara celosos y leales en Abu-el Hasán-ben-Mazud y en Otmán, jefe de la caballería de los Algarbies ; pero después de la muerte de Hasán acaecida á los pocos meses, dió con uno que llegó á comprometer la suerte de su corona. Llamábase éste Mohamed-Almahruc y era natural de Granada. Tenía tan grande ambición y tan ciego exclusivismo, que no sabía mirar sino con odio á cuantos veía en derredor del trono, y hasta á los hermanos del rey procuró alejar de la corte fingiendo á cada paso ridículos temores. Des¬ terró al príncipe Ferag á Almería y al príncipe Ysmail al África; y cuando vió enteramente aislado al rey, le enajenó la voluntad del caudillo Otmán, que abandonó el reino para volver espada en mano y sediento de venganza. Tenía al fin tan movidos con¬ tra sí los ánimos de los nobles y tan irritado el pueblo, que

apenas había ya quien no desease un nuevo monarca que los librase de tanta tiranía; pero pudo afortunadamente atajar el curso de los sucesos la inesperada energía de Mohamed, que conociendo por sí el peligro en que se hallaba, depuso al vizir y le encerró en el fondo de una cárcel.

Granjeóse Mohamed con esta primera resolución las simpa¬ tías de todos los buenos ciudadanos de Granada. Infundió áni¬ mo á los humildes y temor á los poderosos, y fué desde luégo la esperanza de todos los muzlimes. Reveló á poco sus nobles y generosas prendas, y no tardó en hacer enteramente suya la vo¬ luntad del pueblo. Era tan esforzado como prudente, humano, liberal, magnífico y elegante en sus costumbres, de buen cora¬ zón, de sutil entendimiento, de habla fácil y agradable, y de tanta hermosura que pasaba por el más gallardo de su reino. No había quien le aventajase en fortaleza, ni en agilidad de cuerpo, siendo tan buen jinete, que, según la expresión de el Khattib, difícilmente se le podía seguir con la vista, cuando, suelta la brida al caballo, emprendía por monte y valle su veloz carrera. Gustaba mucho de justas y torneos y sobre todo de la caza, ejercicios á que se entregaba con ahínco cuando no podía lucir en sangrientos combates su destreza en el manejo de ar¬ mas y caballos. Á nada tenía tanta afición como á la guerra; mas no por esto olvidaba ni dejaba de cultivar las ciencias y las artes, cuyas ventajas llegó á preferir un día á las que da de sí la toma de una ciudad y las victorias conseguidas en los campos de batalla. No protegía menos á los doctos y á los de aventa¬ jado ingenio que á los que más se distinguían por su ardor y su intrepidez en la pelea ; y logró así hacerse digno de su siglo no sólo por sus virtudes militares, sino también por las de su co¬ razón y de su espíritu (i).

( 1 ) Mohamed-Ben-Y smail-Ben-Pharagi-Ben-Y smael-Ben-Joseph-Abu-AbdalIa Nuncupatus, Hispaniae rex qui regum praestantissimorum nulli solertia, viribus, munificentia, oris forma, atque morum eiegantiaest posthabcndus. Ad haec accesserc ingenium mite, humanitas,sermo facilis et acer, summaque liberalitas. Robo-

Con tan brillantes dotes, sin embargo, vióse Mohamed en grandes apuros al principio de su reinado. El caudillo Otmán con su hijo Ibrahim pasó á Andarax, concitó á la rebelión á mu¬ chos pueblos de la Alpujarra, é hizo proclamar por rey de Gra¬ nada á Mohamed-ben Ferag-ben-Ysmail, que estaba en Tremecén y se temía que entrase en España con numerosa hueste de africanos. Salió apresuradamente Mohamed contra tan temibles enemigos ; y aunque les venció en algunas jornadas, quedó en otras vencido, y debió al fin convencerse de cuán difícil era ani¬ quilarlos dirigidos como estaban por expertos capitanes y en¬ riscados como se hallaban en sierras fragosas, defendidas por castillos y cortadas por espantosos precipicios. Para colmo de mal recibió en tanto la noticia de que los cristianos de Sevilla acababan de invadir el Reino y estaban corriendo la comarca de Vera: por de pronto nada pudo tampoco contra estos adversa¬ rios. Tuvo que dividir su ejército y distribuirlo de manera que pudiese soportar á la vez la guerra en tan distantes puntos; por acelerado que anduvo en operación tan peligrosa, no pudo llegar á vista de los contrarios cuando había perdido ya la ciu¬ dad de Vera y los pueblos de Olvera y de Ayamonte. Alcanzó¬ los en las riberas del Guadalhorce junto á Córdoba, y se arrojó sobre ellos con valor capaz de asombrar á sus mismos enemi¬ gos; pero ni aun así pudo evitar una derrota que le obligó á re¬ tirarse confuso y aturdido á su corte de Granada.

Llegó á Granada Mohamed con tal ira que aquel mismo día hizo descabezar en la cárcel á su antiguo vizir Almahruc, á quien consideraba, no sin razón, como autor de tantas desven-

re sicvaluit ut ejus fortitudo in proverbium abieril. Eques erat insignis sed plañe temerarius: quippe in hippodromo, nulla habita diseriminis ratione, effussis equi habenis eoncitatissimo ac rapidissimo cursu, qui oculorum aciem faeile fugeret per acciivia et declivia juxta loca ferebatur ; idque máxime si gloria vel certamine accenderetur. Qua quidem equitandi arte peritissimus, ómnibus palmam eripuit. Venatum in amore ac dcliciis habebat. In nobilium equorum stirpe dignoscenda versatissimus ; nec minus poetices quam rhetorices extitit studiosissimus (Casiri, Dibl. árab., Hist. Ecc., t. 2.°).

turas. Reunió luégo con gran precipitación gran número de tro¬ pas; pero rodeado de enemigos, no sabía á dónde con preferencia dirigirlas. Además de los cristianos de Sevilla y los rebeldes de las Alpujarras tenía ya en campaña á un ejército africano que acababa de apoderarse de Algeciras, Marbella y Ronda; y los veía á todos y á cada uno de por sí tan poderosos, que contra ninguno esperaba obtener victoria. No se acobardó, sin embar¬ go, ni fué á mendigar como otros ni un tratado de paz ni un momento siquiera de tregua; tomó una resolución desesperada propia de su gran corazón, y como si nada tuviese que temer de tantos enemigos, lejos de dirigirse contra ellos, se dirigió á las fronteras de los cristianos, cayó sobre Cabra y Priego, los tomó arrebatadamente á fuerza de armas, y tuvo la audacia de pre¬ sentarse nada menos que ante los muros de la ciudad de Baena. Baena era plaza fuerte, y los mas entendidos jefes árabes juzga¬ ban difícil conquistarla ; mas él no desistió, antes viendo que salían á acometerle los cristianos, les dió batalla, se abrió paso á lanzadas, los dispersó y les siguió al alcance hasta las mismas puertas de la plaza. Entró en Baena y pasó luégo á Casares, que habría quizá tomado, sino hubiese diferido hasta otro día ganarla por asalto. Sabedor de que un ejército cristiano venía á socorrerla, levantó el cerco que le tenía ya puesto, se dirigió contra el enemigo, y le atacó tan de improviso, que le desbarató y rompió al primer ímpetu la caballería. Siguióle con la punta de la lanza en la espalda durante algunas horas ; y ya que se vió cerca del Estrecho, acometió la empresa de reducir de nue¬ vo á Gibraltar, ocupada á la sazón por los cristianos. Con las escasas tropas que llevaba no le habría sido fácil la conquista de esta plaza; pero la encontró sitiada por los ejércitos reunidos del rebelde Otmán, Mohamed-ben-Ferag y Abu-el-Hasán de Fez, y, reconciliándose con todos, logró al ñn ganarla.

No podía á la verdad Mohamed esperar mejores resultados de su inesperada y audaz política. La idea de llevar sus tropas á tierra de sus enemigos, mientras éstos recorrían y talaban las

fronteras de su reino, no sólo le bastó para detener su ruina, sino que también le proporcionó la conquista de plazas impor¬ tantes y la de un partido que auxiliado por los reyes de África amenazaba sumergir en sangre el trono de Granada. Si en vez de acudir á tan extraordinario remedio se hubiese limitado á seguir la guerra en la Alpujarra, cortar el paso á las tropas invasoras de Castilla, ¿qué hubiera podido alcanzar después de largas y sangrientas luchas sino el descrédito de sus armas y treguas más ó menos estériles ya con los muzlimes, ya con los cristianos.? Ni aun con los más heroicos actos hubiera logrado imponer nunca ni á unos ni á otros, como les impuso con el solo hecho de haber tomado al primer embate la ciudad de Cabra.

Dueño ya de Gibraltar y celebrada la paz con los rebeldes, no tardó en recobrar Ronda , Marbella y la misma Algeciras, que le había sido arrebatada poco antes por los cristianos. Defendiólas y volvió á Granada; mas no para gozar mucho tiempo de la paz, sino para abrir pronto una nueva campaña en que no fué muy afortunado á pesar de su valor y su constante arrojo. Recibió á poco noticia de que iban los cristianos sobre Gibraltar, y aunque hizo con su sola presencia levantar el sitio, no pudo evitar la pérdida de otros pueblos, tales como Teba, Priego, Cañete, La Torre, las Cuevas y Ortejícar. Apenas supo el cerco de Teba, movió el campo hacia Turón y atacó parcial¬ mente al enemigo. Armóle una celada en lo hondo de un valle, y viendo la ineficacia de este medio , le acometió decididamente peleando como un héroe; pero si no perdió del todo la batalla, quedó tan quebrantado que los muzlimes de la plaza no tuvieron más recurso que el de capitular con los cristianos. Perdió des¬ pués de Teba los pueblos ya referidos, y en tanto se vió en la dura necesidad de ceder á Abu el-Hassán la fortaleza de Gibral¬ tar, uno de los fuertes que más quería. Abu-el-Hassán era uno de los que más habían contribuido á su conquista; y creyéndose con derecho para reclamarla, pasó el mar, y, lleno de la resolu¬ ción con que había sabido apoderarse del reino de Fez contra

SU hermano Omar, hijo y sucesor del buen príncipe Abu Said, la sitió, la combatió y la tomó en muy corto tiempo á fuerza de armas. Súpolo Mohamed y lo sintió en el alma ; pero atacado sin cesar por los cristianos y conociendo cuán peligroso era romper con tan poderoso príncipe, lejos de protestar contra el hecho, le escribió una carta en que, además de cederle la for¬ taleza, se declaró su amigo y su más generoso aliado. Quería reparar de algún modo tantos males, y cercó y combatió de día y de noche á Castro del Río, del cual hubo de regresar sin cumplir ese buen deseo á su corte de Granada.

Los cristianos entre tanto fueron otra vez sobre Gibraltar, que miraban justamente como la fortaleza más importante de Andalucía. Sitiáronla por tierra con numeroso ejército y por mar con una escuadra que recorría sin tregua el Estrecho y tenía ce¬ rrado el paso á las naves de África. Hallaron mucha oposición en los sitiados, súbditos todos del rey de Fez Abu-el-Hassán; pero á fuerza de días y con riguroso bloqueo llegaron á ponerlos en tales apuros, que ya casi contaban con decidir á favor suyo la vic¬ toria. No dejaban salir un solo soldado de la plaza; mas aunque procedían en esto con mucho rigor, no pudieron impedir que algu¬ nos se fugasen y fuesen aceleradamente á pedir á Mohamed que bajase á socorrer á los cercados en virtud de la alianza que con el Hassán tenía. Mohamed, que acababa de llegar á Granada, dispuesto aún en medio de sus mayores desgracias á emprender cualquier hecho de armas por aventurado que fuese, lejos de ne¬ garse á la demanda, accedió con tan buena voluntad y tal entusias¬ mo, que reuniendo con la mayor rapidez á sus mejores jinetes, salió y sin vacilar un punto pasó á Algeciras , se dejó caer sobre el campamento cristiano, entró en batalla, y frustr-ó en un solo com¬ bate todas las esperanzas concebidas por las armas de Castilla.

Cara pagó, empero, tanta gloria ese desgraciado rey de Granada. Cuando entró en Gibraltar quiso hacer alarde de sus proezas delante de los africanos y les acusó en tono festivo de cobardes, cosa que les ofendió hasta el punto de obligarles á

pensar en la muerte del Príncipe. Deseoso de pasar al Africa para visitar á su amigo Abu-el-Hassán, despidió su ejército dejando consigo un reducido número de sus mejores caballeros, salió al día siguiente á. correr el monte, y al estar en lo más fragoso, se vió acometido de repente por asesinos implacables, que, no contentos con matarle á lanzadas, le precipitaron desde lo alto de una peña (i). Llevaba escolta; pero era tan angosta la vereda en que se ejecutó el crimen, que ninguno de sus guardias pudo hacer más que prorrumpir en vanos alaridos. Murió el día 13 de Dilhagia del año 733 (24 de Agosto de 1333) y estuvo el infeliz al pié del monte, desnudo, magullado y hecho el escarnio de los mismos que acababa de salvar de la muerte, hasta que su hermano y sucesor Yusuf mandó que recogieran su cuerpo y le llevaran á Málaga. ¿Podía darse mayor desven¬ tura para rey tan magnánimo y guerrero? ¿Merecía ser víctima de tamaña ingratitud un príncipe que sólo por favorecer á sus aliados levantó contra Castilla una espada abatida, si no por su flaqueza de ánimo, por su mala estrella? ¡Y no hubo siquiera quien tratase de vengar su sombra! Ninguna historia árabe ni cristiana refiere que reclamase entonces ni el mismo Yusuf contra los asesinos ; ninguna historia árabe ni cristiana refiere tampoco que Abu-el-Hassán los castigase. La alianza, el espíritu de nacionalidad, el parentesco, nada hicieron para dejar satis¬ fechos los manes de Mohamed ; satisfaciéronle todos con hacer grabar un pomposo epitafio en la losa de su sepulcro (2).

( 1 ) La noticia ele haber sido Mohamed despeñado del monte después de muerto á lanzadas no la encontramos en los árabes de Conde, pero sí en los de Casirí (Véase).

(2) Este epitafio es-como sigue: Este es el sepulcro del noble rey, fuerte, mag¬ nánimo, liberal, esclarecido Abu-Abdala-Muhamad de feliz memoria, de la real prosapia, prudente, virtuoso, insigne guerrero, vencedor, caudillo de vencedoras huestes, de la antigua é ínclita familia de los Nazares, príncipe de los fieles, hijo del sultán Abul-Walid-ben-Ferag-ben-Nazar, á quien Dios haya perdonado y tenga en descanso. Nació (el Señor se complazca de él) día 8 de Muharram del año 7 i fué proclamado rey por muerte de su padre á 26 de Regeb del año 7 2 5 , y murió (Dios le perdone) á i 3 de Dilhagia del año 733. Loor y gloria á Dios altísimo é inmortal. (Conde, parte 4.“, capítulo 20.)

CAPITULO XYI

Yusuf-Abu-el-Hagiag. — Mohamed V. — Ysmail II. — Abu-Said

lEN pronto se supo la muerte del rey Mohamed en el ejército que iba de Gibraltar á Granada. La tarde del mismo día 13 de Dilhagia fué ya proclamado por estas tropas á orillas del Wadalsefain Yusuf-Abuel-Hagiag, hermano del rey difunto. Era Yusuf esforzado también, pero sin tener de mucho los instintos gue¬ rreros de sus antecesores. Amaba de

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corazón la paz, y no se sentía dispuesto á quebrantarla, sino cuan¬ do se lo exigiesen imperiosamente el honor y la defensa de sus pueblos. Viendo aquejado el reino de males gravísimos, creyó más glorioso remediarlos que tentar empresas peligrosas; así que se consagró casi por entero á restablecer las creencias, reformar las costumbres, corregir las leyes, hacer más pronta y fácil la administración de justicia, y extirpar por fin todos los abusos á que habían abierto paso la codicia de algunos, la ignorancia de muchos y las sutilezas de Alcatibes y Alcadíes. El principal sentimiento que abrigaba era el de la rectitud ; no podía ver ni oir sin disgusto la menor injusticia ni el más leve desafuero. Era, además, hombre de ciencia, y como tal modesto y tímido: escuchaba con atención á sus vizires y acogía con benevolencia los consejos que le daban, aunque sin dejarse llevar siempre por ellos cuando los creía interesados ó contrarios á los súbditos. No desatendía nunca las quejas de nadie por más que fuesen encaminadas contra aquellos en quienes tenía mayor confianza: les otorgaba lo que en ellas pedían si eran fundadas, y llegó no pocas veces al extremo de atenderlas aun antes de que se las formulasen. Reunía á tan nobles prendas una imaginación viva y poética, mucho ingenio, grandes fuerzas, gravedad sin afecta¬ ción, gallardía de cuerpo, carácter apacible y cortés trato ; dotes todas que contribuyeron á que á pesar de sus desgracias en todas las guerras que tuvo, se le quisiese en vida y se le llorase muerto.

Su primer cuidado al ocupar el trono fué negociar una tregua con los reyes castellanos. Envió cartas y mensajeros á Sevilla, donde estaba Alfonso XI, y obtuvo bajo condiciones ventajosas un tratado que le aseguró la paz por cuatro años. Libre ya como deseaba de todo temor de guerra, empezó á reformar las leyes y prácticas del reino, creó fórmulas más sencillas para los documentos públicos, y animó á los alimes á que escribieran para que se las entendiese y apreciase mejor en todos los pueblos de la monarquía. Persuadido de que en los adelantos de las

artes estribaba principalmente la grandeza de las naciones, mandó componer tratados sobre cada uno de los ramos de la industria, protegió con eficacia la publicación de los conocimien¬ tos científicos, y no perdonó medio para difundirlos en las clases fabriles. Propuso ricos premios para cuantos sobresaliesen en su carrera, sobre todo para los jefes militares y empleados civiles que ejerciesen con más celo y pureza su destino. Amante de las bellas artes y entusiasta por su religión, edificó al mismo tiempo en su Corte la Aljama mayor, obra de gran magnificen¬ cia de que desgraciadamente no quedan ya ni ruinas, y en las cercanías de Málaga un suntuoso alcázar cuyo plano se le atri¬ buye, como á el Ahmar el del palacio de la Alhambra.

Empezó á dedicarse á tan útiles tareas ayudado por el vizir Reduán, que ya lo había sido de Mohamed su padre. Le perdió en el año segundo de su reinado, y tardó en hallarle un sucesor que supiese seguirle en sus altas miras y no vejase ni ofendiese al pueblo. Llamó á su lado á Abu-Yshac-ben-Abdelhar, uno de los más ricos caballeros de Granada; pero tuvo que deponerle dentro de pocos días á instancias de los nobles y caudillos de la ciudad, que le acusaron de orgulloso y vengativo. Nombró en su lugar al Hageb-Abu-el-Naim, hijo de Reduán; pero tampoco pudo sostenerle por mucho tiempo, aunque era hombre en quien no cupo jamás mancilla. Era Abu-el-Naim virtuoso, pero de un carácter tan duro que no había quien no temblase al presentar¬ se ante él en juicio. Oía poco, fallaba con rapidez, y veía tan exageradamente las faltas que se atribuía á los reos, que aun por causas leves los condenaba con frecuencia á muerte. Aun¬ que no lo hacía llevado de mal corazón, sino por el vehemente deseo de extirpar el crimen, era tal en esto su ceguedad, que no pocas veces confundió al inocente con el más culpable. Sú¬ polo Yusuf, que, como llevamos dicho, no se desdeñaba de oir ni aun las quejas de los que menos valían en su reino; conven¬ cióse de que muchos fallos habían sido dictados más por la có¬ lera que por la justicia; y no contento con destituirle, le hizo

encarcelar el día 22 de Regeb del año 740. Puso en lugar de Abu-el-Naim, á Abu el-Hassán-Ali ben-Mul; pero no encontró un sucesor digno de Reduán mientras no dió con Abu el-Hassánben-Algiab, khattib que había sido de su hermano Mohamed, hombre que reunía un gran sentimiento de justicia, una circuns¬ pección nada común y mucha ciencia.

Tuvo Yusuf, mientras estaba en estos cambios, el placer de recibir en Granada más de mil cautivos cristianos recogidos por el caudillo de la frontera oriental y el arráez de la caballería del Algarbe en una atrevida y venturosa algarada que hicieron por la parte de Murcia; pero se sentía tan inclinado á la paz, que no hizo sino celebrar con fiestas y zambras la victoria. No proyectó por esto ninguna expedición formal en país enemigo; sólo se dispuso á salir en campaña al saber que el rey de Fez había derrotado en el Estrecho la armada de los reyes de Cas¬ tilla. Después de haber celebrado la noticia con iluminaciones, fuegos y otras fiestas públicas, reunió á sus alcaides y sus me¬ jores caballeros, salió con la más brillante comitiva que pudo nunca llevar monarca alguno, y se dirigió hacia el de Fez, que estaba acampado á la sazón en la comarca de Algeciras. Cau¬ tivó mucho al africano con tan espontáneo é inesperado soco¬ rro, comieron los dos juntos con los principales caudillos que cada cual traía, y convinieron para no tener ocioso el ejército en emprender inmediatamente el cerco de Tarifa. Parecieron á la vista de esta plaza, que tanta sangre había costado á los mu¬ sulmanes, el día 3 de la luna de Rabiah del año 741, sentaron allí sus reales y no tardaron en empezar á combatirla, como dice Conde, con máquinas de truenos que despedían balas de hierro grandes con nafta, causando gran destrucción en los bien torreados muros. A pesar de su mucha infantería y caballería conocieron que sólo después de muy largo bloqueo podían es¬ perar la entrega de ciudad tan defendida, y creyendo que era perder tiempo no acometer en tanto otra empresa con que dis¬ traer é infundir pavor al enemigo, destacaron algunas compa-

ñías de zenetes, mazamudes y gomares para que al mando de dos caudillos africanos fuesen á correr la tierra de Jerez, Sidonio, Arcos y Lebrija. Lograron por de pronto lo que pretendían, pues quedó talada toda esta comarca como si hubiese pasado por ella la más feroz tormenta; pero al fin pagaron cara esta victoria, porque atacados de repente por una hueste de caballe¬ ría dejaron muertos sobre mil quinientos soldados, y sólo pu¬ dieron escapar con vida los que recurrieron á la fuga.

Yusuf y el Hassán se conmovieron al saber la derrota: en¬ viaron por nuevas tropas á Granada y África y sin levantar el sitio de Tarifa acometieron á los cristianos en las orillas del Wadacelito. Rayaba apenas el alba, cuando hacían ya estreme¬ cer el campo alaridos de guerra y confusos sonidos de lelilíes, cornetas y atabales. Diéronse las primeras lanzadas al querer pasar el río los castellanos. Yusuf, al frente de su caballería, se arrojó sobre ellos sediento de venganza; pero mientras luchaba con un valor que imponía á sus mismos enemigos, se dispersa¬ ron algunas cábilas alárabes al ver sobre sí caballos cubiertos de hierro, acometieron de improviso el campamento los cercados en Tarifa, y no tuvo más recurso que el de retirarse en buen orden á Algeciras, cuyo camino regó con la sangre de sus sol¬ dados.

Embarcóse para el África Hassán y para Almuñecar Yusuf, á quien por tierra habían cortado ya la retirada. Era este rey tan desgraciado en la guerra, que casi podía contar por el número de derrotas sus batallas. Perdió en esta jornada á Calayaseb, Friega y Ben-Anexir; y no había aún transcurrido un año cuan¬ do supo que en la embocadura del Guadalmecí habían sido que¬ madas gran cantidad de naves suyas y africanas y sepultados en el fondo de las aguas los almirantes que las gobernaban. Abrió otra campaña al recibir la noticia de que los cristianos se habían dejado caer sobre Algeciras ; pero, á pesar de su estrategia y el arrojo de sus tropas, tampoco alcanzó más que ver morir á sus más bravos caballeros en las puntas de las lanzas enemigas. En

vano llamó de nuevo á su socorro á los Beny-Merines, en vano se dirigió al rey Alfonso, que se negó á entrar en negociacio¬ nes antes de haber recibido las llaves de la plaza: apremiado por su triste situación y las instancias de los mismos sitiados, tuvo que entregar finalmente la plaza de Algeciras y solicitar como singular favor una tregua de diez años.

Era en cambio Yusuf durante la paz uno de los mejores príncipes. Deseoso de reformar las costumbres y las leyes, hizo construir mezquitas hasta en las alquerías de doce hogares, prescribió la separación de hombres y mujeres en el templo, prohibió ciertas prácticas ridiculas y supersticiosas, formuló para mejor evitarlas las oraciones con que debía implorarse el auxilio de Dios en tiempos de sequía y la gracia del Profeta sobre los difuntos, recomendó para la celebración de las grandes fiestas religiosas la limpieza y la limosna, anatematizó el lujo en los ca¬ dáveres, trabajó sin cesar para que predominara el culto del corazón sobre el de los sentidos. Al paso que hizo del valor un deber imponiendo pena de muerte al que sin orden de su jefe volviese la espalda al enemigo, prohibió que los campeadores y los almogávares matasen á niños, mujeres, ancianos, enfermos y anacoretas que no ayudasen directamente á los cristianos. Dio mayor fuerza á la autoridad de los padres sobre los hijos, mo¬ dificó las sangrientas leyes del hurto y el adulterio, perfecciono la policía de las ciudades creando wacires y estableciendo rondas nocturnas, decoró por fin los monumentos públicos con relieves y pinturas de azul y oro, animando con su ejemplo á los parti¬ culares, que embellecieron desde entonces sus voluptuosas mo¬ radas con ricas techumbres de alerce, pavimentos de azulejo, menudas labores de estuco y patios perfumados en que mur¬ muraba la brisa entre los árboles y el agua entre las flores.

Amaba tanto la paz, que después de los diez años de tregua no vaciló en pedir prórroga á Alfonso de Castilla, y tuvo un vivo sentimiento al saber que codicioso éste de gloria, ejos de oir sus humildes proposiciones, se dirigía sobre Gibraltar con

gran golpe de gente y de caballos. No pudo menos de volver á desnudar la espada ; pero <iCÓmo no habría de blandiría con des¬ confianza después de sus muchos descalabros.^ Tuvo la suerte de que muriese Alfonso en la jornada y debiesen los sitiadores levantar el cerco; de no, difícilmente hubiera podido resistir á huestes tantas veces vencedoras con ejércitos tantas veces ven¬ cidos y humillados.

Regresó á Granada, no ya para proseguir sus reformas, sino para descender pronto al sepulcro. — En el día de Id-Alfitra, i.° de Shawal del año 756, estaba orando tranquilamente en la mezquita cuando vió de repente sobre sí á un árabe furioso de cuyos ojos brotaba el fuego de la cólera. Quiso luchar, pero no pudo. Se dejó quitar el puñal que llevaba en el cinto y cayó un momento después sobre su propia sangre. Ya herido, dió un grito y logró que acudiera gente en su socorro ; pero ¡ en vano ! Sostenido por sus más fieles servidores, no bien hubo llegado á los salones del Alcázar, cuandó exhaló su último suspiro (i). — Se le enterró al anochecer del mismo día en el cementerio de la Alhambra; se descuartizó y quemó á la vista del pueblo á su asesino; y fué luégo proclamado rey su hijo Mohamed, no menos bueno que él ni menos desgraciado.

Mohamed V no contaba veinte años al subir al trono. Tenía hermoso el cuerpo, pero más hermosa el alma: no podía oir ajenas desventuras que no llorase. Era de rostro grave, de apacible trato, modesto en la prosperidad, resignado en la des¬ gracia, amante de su patria, enemigo de la adulación y el lujo, dadivoso sin prodigalidad, misericordioso sin dejar de ser justo, tan severo en sus costumbres que nunca se permitió otras

(i) Así refiere este hecho el Khattib que fué testigo ocular de estos sucesos... homo quidem perditus irarum plenus in eumirruens pugionequo erat instructus latus transfodit. Claniat Rex sancius interpellatur supplicatio. Ad insolitum casum omnes districto ense convolamus, regemque jam exanimem atque haesitante lingua murmurantem humeris vectum ad regias aedes detulimus ubi continuo efflavit. Interea sceleris auctor captus discerpitur ; flammisque mox coram populo frequentissimo traditur (Bih. Arab., t. 2.“)

diversiones que la lectura y los ejercicios de caballería. Como su padre, amaba tanto la tranquilidad del corazón como la paz del reino; como él y más que él fué en un principio blanco de la adversa suerte (i).

Lleno de solicitud por el bienester de su familia, apenas hubo ceñido la corona de Granada cuando cedió á sus hermanos y á su madrastra un palacio contiguo al suyo, de no menos suntuosidad y magnificencia; y á pesar de tan generosa conducta tuvo en sus mismos allegados enemigos encubiertos que traba¬ jaron incesantemente por su ruina. La sultana madre, que se proponía entronizar á su hijo Ysmail y había sacado con este objeto inmensos tesoros de la Alhambra el día en que murió Yusuf su esposo, empezó desde luego á fraguar contra él una conspiración en que hizo entrar á su yerno Abu-Abdala, uno de los príncipes de la sangre; y aunque lenta en sus operaciones, no tardó cinco años en privarle del trono y ponerle al borde del sepulcro.

No había Mohamed experimentado aún más contratiempo que la rebelión de un walí de Gibraltar llamado Isa-ben elHassán, que, preso por sus mismos súbditos, fué á Ceuta á morir en medio de los mas bárbaros tormentos , asi que estaba tan seguro del amor de sus pueblos , que ni por lo más remoto podía sospechar la existencia de tan fatal peligro. Villanamente

(i) Mohamed-ben-Joseph-ben-Ysmael-ben Faragi. Is quas in aliis dispersas reperies virtutes, in se unum collegit, bumanitatem videlicet, probitatem, animi pacem tranquillitatemque, fidem ac summam cum eximia oris specie integritatem. Post obitum patris adolescens annum prope vigessimum adeptus ob matris jiidicii laudem imperio plañe dignus babitus est. Quamobrem rex dcleclus renunciatusque boris vespertinis diei Pascbatis anno Egirae 755 setatis defectum studet virlutum copia supplere. Itaque gravitatem, prudentiam, modestiam, temperantmm adbibuit, tantam praeterea morum lenitalem et animi clementiam ut miseroi um vicem lacbrymis vel obortis doleret; suosque sibi et beneficiis et amore devinxent. Regnum pacatum ab omni ambitione alienum ct undique tutum nactus est. llinc ille cum aliis equitibus in bippodromo ad corpus exercendum cursu et viribus decertare consueverat. Eo denique rege luxus omnis atque adulatio ab aula exulebat. Quae sane res effecit ut ejus familiaritate populus mansuesceret, optimates vero comitate deliniti morem ei libentius gererent; omnes denique ejus^bumanitatem ac prudentiam summis laudibus extollerent. (Dib. Arab. htsp. t. 2.°)

sorprendido, ni tiempo ni lugar tuvo siquiera para luchar con tan pérfido enemigo. Al amanecer del 28 de Ramazán del 760 tenía ya dentro de su alcázar cien conjurados provistos de lanzas y puñales ; é ignorándolo todo vivía retirado y libre de todo temor y sobresalto. Oyó al cantar del gallo gritos desaforados de venganza, y vió brillar sus salones á la luz de teas que llevaba en la mano una turba frenética y osada; pero ni aún entonces habría quizá llegado á creer el riesgo en que se hallaba á no ver á sus leales servidores cayendo entre el destrozado mueblaje de sus ricas cámaras. Convencido del peligro, quiso huir; pero entraba ya Abu- Abdala proclamando á Ysmail, y no era fácil evitar la muerte. Corrió á su harem, vistió un traje de esclava que le deparó una de sus doncellas, salió con ella y un hijo de Yusuf en ligeros caballos que encontró al dejar los jar¬ dines del palacio, y logró ponerse á favor de la oscuridad de la noche fuera del alcance de sus enemigos.

Llegó sin peligro á Guadix, y vió en medio de sus desven¬ turas camino á la más hermosa restauración y á la más brillante gloria. Escribió por de pronto Mohamed á Abu-el Hassán de Fez y á Pedro de Castilla pidiéndoles socorro. Viendo que ni uno ni otro satisfacían sus deseos, pasó á Marbella, se embarcó para África, pidió y obtuvo tropas de Hassán y volvió con dos ejércitos á España. No tardó por su desgracia en verse aban¬ donado de estos mismos auxiliares. Murió el rey de Fez, llamó el sucesor las tropas expedicionarias; y tuvo que retirarse á Ronda el desventurado príncipe, fugitivo, casi solo, desalentado, con pocas esperanzas de mejor fortuna. Imploró en vano el socorro de D. Pedro y el dé Mohamed-Abu-Zeyán, recién pro¬ clamado rey de Fez; no tenía en favor suyo sino algunos pueblos que no bastaban á protegerle, y con sobrada razón empezaba á creerse condenado á languidecer y morir en el destierro. No sentía solamente su desgracia; sentía la de todo el reino, gober¬ nado por un príncipe voluptuoso, débil, arrastrado á los más torpes actos y á los más infames delitos, parte por sus propios

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vicios, parte por su falsa posición, parte por el dominio que ejercía sobre él Abu-Said, hombre pérfido, que no satisfecho con mandarle como un esclavo y obligarle á que condenara á muerte al mejor de sus vizires, le destronó, le hizo matar á traición por sus propias gentes, y después de haber paseado por las calles de Granada la cabeza del príncipe y la de su hermano Cais, se hizo proclamar rey por sus parciales con escándalo del pueblo. Sufría terriblemente Mohamed al ver su imperio á merced de tan bárbaros monarcas. Volvió á suplicar á D. Pedro que le prestara auxilio, y se lo suplicó tanto y con tanto ahínco, que en 763 (1362) logró al fin tenerle en Ronda al frente de una numerosa hueste de caballería é infantería. Unidos musulmanes y cristianos, partió sobre Casares y de allí sobre Hins Azara, plaza que atacó con tal denuedo, que la tomó por asalto á pesar de los muros y la alcazaba que la defendían. Rindiéronsele al verle vencedor muchos pueblos de la comarca, y todo parecía favorecer su intento de recobrar el trono; mas ni aún la victoria pudo ahogar la voz de sus genero¬ sos sentimientos, ni hacerle olvidar lo que debía á su reino y á su patria. No podiendo sobrellevar la idea de que sus pueblos, sólo por él, se vieran entregados á los horrores de la guerra, rogó al rey D. Pedro que abandonara su empresa, y se lo rogó con el mismo ardor con que antes había solicitado su apoyo. «Por ningún imperio del mundo debo sacrificar mi patria, le dijo: prefiero vivir en la emigración á reinar sobre un montón de ruinas:» rasgo generoso y sublime que probará á los ojos de algunos escritores debilidad de ánimo en Mohamed, y no revela á nuestros ojos sino grandeza de alma, heroísmo. No es héroe sólo el que arriesga su vida y la vida de sus hijos; es héroe también el que sabe sacrificar por el bien común la satisfacción de la venganza, de la codicia de mando, del orgullo, de todas las pasiones que devoran y pervierten el corazón del hombre.

Ganó Mohamed con esta noble acción lo que difícilmente habría alcanzado con derramar la sangre de sus súbditos en

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cien campos de batalla. Cautivó de día en día á sus mismos adversarios. Hizo resaltar más y más á la vista de los pueblos la tiranía de Abu-Said, que desconfiando de sus propias fuerzas y deseoso de granjearse la amistad de D. Pedro, le envió sin rescate al maestre de Calatrava y á otros ilustres castellanos que acababa de vencer en la frontera. Fué proclamado aquel mismo año en Málaga y saludado todos los días por nuevos adoradores que se iban acogiendo á la sombra de sus banderas; y puso al fin en tal turbación al usurpador, que no creyéndose éste seguro ni aun en su reino, fué á entregarse en brazos de su mortal enemigo el rey de Castilla, llevando consigo las más ricas joyas y los mejores jaeces, armas y caballos. No tardó en verse libre para siempre de Abu-Said, que murió alanceado en Sevilla por el mismo D. Pedro, después de pasados á degüello en aquel alcázar los nobles que le acompañaban ; entró en Gra¬ nada, en medio de las ardientes aclamaciones de todos los ciudadanos, y aun de los mismos parientes de las víctimas sacrificadas á traición en la corte de Castilla.

Gobernó desde entonces el reino con la misma confianza que á la muerte de su padre. Tuvo á los pocos meses contra sí al walí Alí-ben-Alí-ben-Ahmed-ben-Nasr, individuo de su propia familia; pero bastó que llamara en su socorro á los mismos pueblos para vencerle en cuantas batallas aceptó y reducirle á huir y vagar errante y sin asilo. Era más fuerte que nunca, y no dió ya en la vida con quien se atreviese á disputarle un poder que le había dado no la violencia, sino el derecho, no las armas, sino el amor y los sentimientos de justicia de todo el reino.

No pudo, sin embargo, gozar de completa paz. Había tenido un verdadero amigo en D. Pedro de Castilla, y habría merecido la calificación de ingrato si le hubiese abandonado á sus propias fuerzas cuando estalló la guerra entre él y D. Enrique, aquel conde de Trastamara que no temió pedir en defensa de sus derechos el apoyo de Aragón y Francia. Envióle por de pronto al mando del esforzado Reduán seiscientos caballeros de los

mejores de su reino; envióle á poco siete mil caballos y gran número de infantes que llegaron á tomar el alcázar viejo de la ciudad de Córdoba y talaron las campiñas de Jaén, Ubeda, Baeza y otros muchos pueblos del norte de Andalucía; y cuando vió que ni aún esto bastaba para salvar á su aliado, reunió todas sus fuerzas y salió de Granada al frente de un formidable ejército. No había aún traspasado las fronteras cuando supo la muerte de D. Pedro; mas lejos de retroceder se metió en Cas¬ tilla rechazando la alianza con que le brindaba D. Enrique, y asoló cuantos pueblos encontró sin muros que pudieran detener sus pasos. Dirigióse al año siguiente á Algeciras, á la sazón mal defendida, la tomó por asalto, y temeroso de que no vol¬ viera á caer en poder de cristianos, la entregó á las llamas y derribó los muros hasta no dejar piedra sobre piedra. Habría podido hacer aún mucho más ; pero quería la paz, y cuando consideró que había ya dejado vengada la muerte de D. Pedro y bien puesto el honor de las banderas musulmanas, otorgó al nuevo rey de Castilla las treguas que pedía, y regresó á Granada, deseoso de cicatrizar las heridas que había abierto en su reino la insensata ambición de Ysmail y de Abu-Said y su alianza con un rey cruelmente justo y más cruelmente desgraciado.

Un príncipe que sentía tanto las desventuras de los súbdi¬ tos, ¿á quiénes mejor que á los desventurados podía consagrar sus primeros trabajos administrativos? Trató de edificar una casa de asilo para pobres y enfermos, y la levantó desde los ci¬ mientos en poco más de un año. Construyó un edificio magnífi¬ co, y llevó su buen corazón al extremo de adornarlo con fuentes y estanques rodeados de alegres alamedas para que pudieran los tristes divertir mejor sus penas y su melancolía. Fomentó la industria en todo el reino, y llevó las artes á su más completo desarrollo. Hizo en pocos años prosperar tanto su corte, que, como dice el Khattib, autor contemporáneo, no parecía Granada sino el emporio del comercio, la metrópoli de todas las ciudades

del Mediterráneo, la patria común de todas las naciones. Re¬ uníanse entonces en Granada, ya como mercaderes, ya como via¬ jeros, musulmanes, judíos, cristianos, hombres de todas las re¬ ligiones y de todos los imperios, siendo tanta la tolerancia que en ella había, que al jurarse por sucesor á Abu- Abdala- Yusuf, hijo de Mohamed, y sobre todo al venir á Andalucía el príncipe de Fez para dar su hermana á Abu-Abdala y casarse con Zahira, hija de una de las principales familias de la nobleza grana¬ dina, fueron á tomar parte en las justas y torneos que se cele¬ braron caballeros de Egipto, Castilla, Francia y otros reinos de África y Europa. Mucha, muchísima había de ser entonces la vida de Granada, cuando después de tan asoladoras guerras ci¬ viles, en cortos años de paz se reponía de todos sus quebrantos y recobraba el esplendor perdido; pero es también indudable que fué afortunada en medio de sus desdichas, puesto que tuvo por contrapeso del débil Ysmail y del bárbaro Abu Said á un príncipe tan sensato, tan generoso y tan esforzado como Moha¬ med V, uno de los pocos reyes de Granada que bajaron al se¬ pulcro sin mancha en el corazón, sin una herida abierta por mano de súbditos, sin llevar consigo el odio del pueblo, sin re¬ mordimientos (i).

Falleció Mohamed en 694 (1391), once años después de haber muerto en Castilla el rey Enrique, con quien había pro¬ longado las treguas convenidas, y uno después de haber subido al trono Enrique III por muerte de D. Juan I. Fué general el sentimiento producido por la noticia de tan irreparable pérdida. Acompañáronle al Generalife, donde se le enterró, todas las

(i) El Khattib, contemporáneo de Mohamed, de quien fué vizir, decía ya en¬ tonces de Granada; «Estautem Granata urbium máxime maritimarum metrópolis, superbum totius regni caput, nobile mercatorum emporium, classiariorum militum óptima parens, peregrinorum undique terrarum confluentium receptaculum, perpetuos fructuum sibi mutuo succedentium hortus, gratissima hominum remo¬ ra, publicum aerarium, agris, locisque munitissimis celebérrima civitas, inmensum tritici mare et leguminum praestantissimorum necnon serici atque sacchari ferax fodina... Inter singulares illius dotes ea in primis est censenda quod nullo anni die sementes vireta ac laeta pascua desideres.» {Bib. Arab. hisp. esc. t. 2.°)

clases del Estado ; y fué proclamado luégo Abu-Abdala-Yusuf, á quien besaron la mano en señal de vasallaje los nobles y los principales walíes y cadíes de las tahas próximas á la corte gra¬ nadina.

CAPÍTULO XYII

Yusuf II. — Abu- Abdala. — Mohamed VI. — Yusuf III

De 1391 Á 1423

RA también Yusuf II noble de corazón, pero débil hasta con sus mismos hijos, y tan amante de la paz , que ni aun después de la victoria se sentía arrebatado á aco¬ meter las aventuradas em-

3-lí^

presas de otros reyes (i). Escribió á los monarcas españoles pidiéndoles prórroga de las treguas, y para mejor obligar al de Castilla puso espontáneamente en libertad á los cautivos, y se los mandó junto con seis caballos cubiertos de ricos jaeces y adornados con armas y excelentes paños de oro. Fué á poco calumniado de infiel y combatido por su mismo hijo Mohamed, que amotinó contra él parte del pueblo ; mas lejos de arrojarse contra la muchedumbre y castigar espada en mano la ambición del rebelde, se mostró dispuesto á abdicar, y habría abdicado á no salir en su defensa un embajador de Fez, que re¬ curriendo á la elocuencia y desplegando á los ojos de los con¬ jurados el cuadro de las desgracias á que habían de llevar á la patria las continuas discordias civiles, no sólo las contuvo, sino que los animó á volver contra los cristianos las armas que em-

( I ) Nos falta ya la relación de el Khaltib, uno de los más célebres historiado¬ res árabes de los reyes de (granada, á quien hemos seguido hasta ahora escrupu¬ losamente. ¡ Lástima que no podamos seguirle hasta el (in de nuestra historia ! LI Khattib es uno de los hombres que más figuraron en el reinado de Mohamed V, y merece por esta sola circunstancia mayor crédito y consideración que ninguno de los que historiaron la dinastía de los sultanes nazaritas. Escribió hasta el reinado de Mohamed V inclusive, pero no lo concluyó: «Mahometus autem ctiamnum in llispania regnat ad annum videlicet Egirce 7Ó5 incuntem quo Chronologiaj hujus quam perennem fontem verc dixeris linem facimus.» leemos al fin de su obra. Mu¬ rió antes que Mohamed, y, lo que es más raro, por orden de ese mismo Mohamed, que durante muchos años tuvo depositada en el toda su confianza. Fué el Khattib, como todos los hombres de posición muy elevada, el blanco de la envidia de casi toda la nobleza, que se sentía ofuscada por su talento, por sus virtudes, y sobre todo por la brillantez del puesto que ocupaba junto á la persona de su soberano. Temió ser víctima de la intriga á pesar de lo mucho que Mohamed le honraba ; y un día, socolor de visitar las fronteras, salió con su primogénito Alí y algunos ca¬ ballos para la fortaleza de Gibraltar, donde se hizo á la vela para el Africa. Fué re¬ cibido en Ceuta muy obsequiosamente por su amigo Abdelaziz, rey de Fez, á quien había sostenido en la lucha que tuvo éste con Abdelrhamán, pretendiente á la corona de aquel reino; pasó á Fez, se estableció en la capital, y vivió en ella tan querido como respetado.

■Mohamed, al saber su fuga, no pudo menos de convertir en odio todo el amor que le tenía ; mas, cuando se le dijo que había pasado al África con ánimo de mo¬ ver á Abdelaziz á que emprendiera la conquista de la Andalucía, juró vengarse cruelmente, y no paró hasta que concitándole en Fez enemistades y protegiendo á los que se manifestaban contrarios á los que le protegían, logró que le ahogaran en la cárcel los verdugos de un príncipe africano. Á tales extremos llevan á los monarcas las intrigas y calumnias cortesanas, ((jayan'gos, The Ilist. of mah. dyn. t. 2.0)

(; R A N A D A

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puñaban contra un rey que se desvelaba por la salud del reino. Comprometido entonces por las palabras del embajador, y obli¬ gado por la conveniencia de apartar de sí la nota de infiel con que le había manchado su hijo, salió al frente de un ejército á correr los campos de Murcia, y azotó la frontera con todos los estragos de la guerra; pero no tardó en renovar las treguas, ya porque se las pidiese el enémigo, ya porque las solicitase él se¬ cretamente, como dicen los autores árabes. No hubo entre sus antecesores ninguno que más amase la paz: ofrecíale ocasión para brillantes campañas el estado singular del reino de Castilla, gobernado por un príncipe falto de salud, de dinero, de fuerzas capaces de resistir serios empujes de sus enemigos, y no cesaba de hacer dádivas á Enrique, como si fuese él quien debiese tem¬ blar ante las armas de Castilla.

Si hemos de dar crédito á crónicas cristianas, llegó Yusuf á verse retado por D. Martín Yáñez de la Barbuda, maestre de Calatrava, á quien cegaron las palabras de un ermitaño que en nombre de Dios le prometió grandes victorias contra infie¬ les. Ni contestó á tan imprudente desafío, ni al ver al maestre sobre la torre de Egea hizo otra cosa que mandar contra él un ejército de veinte mil infantes y cinco mil caballos. Le derrotó en una batalla, dejando tendidos en el campo á él y á cuantos no recurrieron á la fuga luégo de empezada la pelea; y ni después de tan soberbio triunfo quiso meter fronteras adentro de Casti¬ lla sus huestes vencedoras. Recibió cartas de Enrique III en que echaba de sí la responsabilidad dé haber entrado el maestre en tierra de Granada por no haber mediado orden ni consejo suyo, se dió por satisfecho, mandó recoger las tropas, y restableció la paz por que tanto suspiraba.

Murió Yusuf el año 798 de la Egira dejando en comple¬ ta tranquilidad el reino, pero con sobrados motivos para luchas desastrosas que sólo pudo contener el bondadoso carácter de su hijo primogénito Ysmail, más amigo de los placeres de la vida privada que de los deslumbradores goces del trono á que le lia-

maba su padre, la ley y la justicia. Mohamed, el mismo que ya en vida de Yusuf había pretendido usurpar la corona de Gra¬ nada, apenas le vió moribundo, se dirigió á la nobleza y logró á fuerza de promesas y de intrigas hacer prevalecer sus deseos sobre los derechos de su hermano. Fué proclamado rey ja an¬ tes de que sepultaran á su padre, é inauguró desde aquel mismo día un reinado que empezó por un acto el más despótico y aca¬ bó por una orden fratricida que no fué afortunadamente eje¬ cutada.

Mohamed VI no era, con todo, un tirano. La ambición le hizo criminal sólo para su hermano Yusuf, no para su pueblo, cuyo amor cautivaba con rasgos de nobleza y de valor que ha¬ cían recordar en él al generoso el Ahmar, al bravo fundador del reino. Reunía á la hermosura y robustez del cuerpo pasio¬ nes grandes y ardientes, ánimo varonil, tendencia á todo lo que podía parecer heróico, y allá donde veía más obstáculos, allá se arrojaba con más ardor y aliento. Temió á Yusuf para el caso en que tuviese que salir de Granada, y le mandó encerrar en el castillo de Salobreña; temió que el rey de Castilla no le acome¬ tiese confiando en que la guerra había de ser origen de funestas discordias para los muzlimes, y acompañado de sólo veinte y cinco caballeros, se dirigió á la frontera socolor de recorrerla, y pasó en calidad de embajador al mismo centro de Castilla, á Toledo, donde sorprendido Enrique le recibió con la mayor cor¬ dialidad y le entregó las treguas que con razón deseaba. Cuan¬ do poco después vió invadidas sus fronteras por los Adelantados de Andalucía, sin quejarse al de Castilla del rompimiento de las treguas, salió al frente de su ejército, acometió el Algarbe, taló campos y alquerías y no volvió á Granada sino después de ha¬ ber tomado por asalto el castillo de Ayamonte, una de las más temidas fortalezas. Recibió embajadores castellanos que fueron á reclamarle la plaza conquistada; mas se negó á devolverla hasta que se le resarcieran los perjuicios ocasionados por las talas de los fronteros ; y al ver de nuevo al enemigo dentro de

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SU reino, salió y fué á combatir encarnizadamente con él en la batalla de los Collejares, batalla sangrienta que sólo pudieron terminar las tinieblas de la noche, no el temor ni el cansancio de unos ni otros combatientes. Al advenimiento al trono de D. Juan II fué atacado en las fronteras de Murcia y derrotado cerca de Jijena, perdió Pruna por la traición de un moro, y no sufrió sino derrotas aun en las escaramuzas que le presentaron; pero armado de valor y cólera, no tardó en romper por medio de sus mismos enemigos, atacar, aunque sin fruto, á Lucena, caer sobre Baeza y volver á Granada si no con la victoria, con ricos despojos, armas, cautivos y caballos. Á poco tuvo contra sí á un enemigo temible, al tenaz infante D. Fernando, regente de Castilla durante la minoría de D. Juan II. No pudo impedir la pérdida de Zahara, que se entregó capitulando honrosamen¬ te, ni la de Ayamonte, que cayó bajo los repetidos ataques de Pedro de Zúñiga, ni la de Lacobín, Priego, ni Ortegicar, pero detuvo la caída de Setenil, y no llevándole socorro, sino arro¬ jándose osadamente sobre Jaén y llamando así sobre este punto la atención del infante castellano. Quemó y taló todas las cer¬ canías de la ciudad, sostuvo gran número de refriegas con los que se atrevieron á extender sus correrías á Málaga, y no había aún transcurrido un año, estaba ya sobre Alcaudete con doce mil infantes y siete mil caballos. No pudo con Alcaudete; pero introdujo el espanto en toda Andalucía, hizo poner en pié de guerra tres ejércitos cristianos que por otras tantas partes inva¬ dieron el reino de Granada, dió acá y acullá batallas sangrien¬ tas, y Cuando ya cansado de la guerra, pudo aún obtener de D. Fernando una tregua de ocho meses.

Era Mohamed VI intrépido, uno de esos corazones que cre¬ cen con el peligro, una de esas almas orgullosas que se rebelan contra la ley de su destino. Veía cuán desigual era la lucha, pero porque era desigual la sostenía; creía que tras la inercia había de seguir la humillación, y habría sacrificado para evitarla no sólo su propia vida, sino también la de su reino. Consideraba,

Ci R A N A D A

por otra parte, la guerra un medio de hacer olvidar su vicioso encumbramiento, de acallar el grito de las pasiones, de ahogar la voz de la discordia. No es extraño que desease luchar casi sin tregua : dominado por la sed de gloria, y sobre todo por la ambición, la guerra era su vida, la paz su muerte.

¡Lástima que esa ambición le hiciese manchar con otro cri¬ men el fin de su reinado ! Al verse moribundo, teme Mohamed que Yusuf ocupe el trono destinado á su hijo; y preocupado por la misma idea que le armó contra su padre, manda al alcaide de Salobreña una carta en que le ordena que luégo de recibi¬ da acabe con su bueno y desdichado hermano. ¿Puede concebir¬ se más espantoso crimen á las puertas del sepulcro?

¡Ese fratricidio no llega á consumarse! Alá, que vela sin cesar sobre los buenos, dicen los autores árabes, salva casi mi¬ lagrosamente á Yusuf y le lleva desde el borde de la tumba al trono. — El arráez, portador de la carta, llega á Salobreña en ocasión de estar jugando al ajedrez el príncipe y el alcaide del castillo. Lee el alcaide la carta y se estremece. Adivina Yusuf que se trata de su muerte, recorre con sus propios ojos su sen¬ tencia, y no pide sino horas para despedirse de sus doncellas y disponer de sus alhajas. « No es posible, replica el arráez, está medido el tiempo de mi vuelta á Granada, y no he de salir de aquí que no haya recogido vuestro último suspiro. » Hielan de terror estas palabras al alcaide, pero no á Yusuf, que dice con la mayor calma: «dejadme cuando menos concluir esta parti¬ da; » y sentado en sus almohadones de oro y seda continúa el juego. Queda confundido al ver la tranquilidad del príncipe has¬ ta el mismo arráez, y el alcaide se conmueve de modo que no acierta á mudar pieza ninguna ; pero él no sólo atiende á su jue¬ go, sino también al del contrario, y le va advirtiendo las faltas y corrigiendo las jugadas. Llegan en tanto dos caballeros que anuncian la muerte de Mohamed y la aclamación de Yusuf en Granada, suspéndese la ejecución, vienen unos tras otros nume¬ rosos cortesanos, y el que poco há contaba por minutos el tiem-

po de su vida, ve abierto ante sí el camino del poder y de la gloria. No se inmuta tampoco Yusuf: monta á caballo, vuela á Granada, y entra con entusiastas aclamaciones por el pueblo, que ha adornado ya las calles con arcos de triunfo, cubierto de ricos brocados las fachadas de sus monumentos y sembrado de flores la carrera. Ni á la vuelta del más victorioso de sus reyes se ha engalanado conio ahora la émula de Bagdad y Damasco: conocedora de cuánto merece el que tan resignadamente sufrió la usurpación y el destierro, apenas sabe cómo manifestarle ni su agradecimiento, ni su placer al verle repuesto en el trono de sú padre. Los pueblos suelen ser tarde ó temprano justos.

Yusuf III era el reverso de Mohamed. Consideraba efímera y de ningún valor la gloria de las armas, y aborrecía la guerra como gravosa hasta para los mismos vencedores. No la admitía sino como una necesidad ; y aun en medio del estrépito de los combates deseaba y pedía la paz, á sus ojos la única base de la felicidad de los pueblos. No bien había subido al trono cuando pedía ya la renovación de la tregua; no bien había espirado el plazo por que se la otorgaron, cuando enviaba á Castilla á su hermano Alí en demanda de nueva prórroga. Cuando vió que no podía obtenerla sino á costa de duras humillaciones, la re¬ chazó; pero ni aun entonces fué el promovedor de la guerra, fueron los cristianos, fué el esforzado infante D. Fernando, que ardía en deseos de renovar las heróicas y aventuradas campa¬ ñas del Rey Santo.

Amaba D. Fernando la guerra tanto como Yusuf la aborre¬ cía; y deseoso de provocarla, no quiso conceder treguas como no se declarase feudo de Castilla el reino de Granada. Reunió un ejército en que brillaron las lanzas de los más esforzados ca¬ pitanes, entró en Andalucía, atravesó el Yeguas que á la sazón separaba los dos reinos, y se dejó caer con rapidez sobre Antequera. Puso en alarma todo el reino de Granada, puso en alar¬ ma al mismo Yusuf, que creyó deber pregonar la guerra santa; pero no pudo llevar fácilmente á cabo tan arriesgada empresa.

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Considerada Antequera como palenque por muzlimes y cristia¬ nos, fué pronto teatro de las más reñidas escaramuzas, de los más formidables asaltos, de las más sangrientas batallas. Pelea¬ ron allí unos y otros como tigres devorados por el hambre; y ni la muerte de los mejores caudillos, ni los campos cubiertos de cadáveres, ni los fosos inundados de sangre, ni el espectácu¬ lo de la ciudad envuelta en ruinas pudieron entibiar su ardor frenético. Empleóse por una y otra parte la estrategia, el cañón, armas de punta envenenada, los medios y los instrumentos más terribles. En nada se escaseó la sangre del soldado; por nada dejaron de aventurar su vida ni aun los príncipes que goberna¬ ban las dos huestes. Hubo en unos y otros actos de valor, ras¬ gos de heroísmo (i); desgraciadamente ninguna generosidad, mucha barbarie. Los soldados de Yusuf fueron dos veces ven¬ cidos y mordieron en número de más de treinta mil el polvo de la tierra: y cuando sonó al fin para Antequera la hora de su caída, ni á capitulación fueron admitidos los pocos que después del asalto se retiraron al alcázar. Alkarmen, el héroe de aquel sitio, tuvo que rendirse con un puñado de valientes sin alcanzar de sus enemigos sino la libertad y la vida. Hubo alguna gene¬ rosidad, pero después de la victoria, cuando la vista de los ven¬ cidos extenuados por el hambre no pudo menos de despertar sentimientos de compasión en los cristianos. No escaparon con vida de aquel montón de ruinas sino dos mil seiscientas treinta y ocho personas; y ¿cómo no habían de conmover á sus enemi¬ gos aquellos escásos restos de una ciudad que había sido una de las más populosas del reino de Granada? Salieron todos la¬ mentando amargamente la pérdida de sus familias, derramando

(i) Cuentan que durante el sitio, que fué muy largo, se hubo de llenar de es¬ combros un ancho loso que impedía el acceso de las tropas castellanas á los mu¬ ros, y viendo D. Fernando que los soldados á quienes se había impuesto este de¬ ber lo hacían con miedo por ser más los que morían que los que escapaban con vida, les arengó, cogió una espuerta, la vació en el foso, y les dijo: avergonzáos y haced lo que yo. D. Fernando tomó la conquista de esta plaza con mucho empe¬ ño, y no sin razón se le conoce en la historia con el nombre de Fernando de An¬ tequera.

cada cual lágrimas de dolor y de vergüenza, no atreviéndose ninguno á pedir al cielo ni para las víctimas perdón ni para sí consuelo. Alcanzaron al fin permiso del vencedor para retirarse unos á Archidona y otros á Granada, donde fundaron el barrio de Antequeruela ; y pudieron cuando menos ir á llorar en el re¬ gazo de un monarca bondadoso, en el seno de una ciudad amiga.

Quedó aterrado Yusuf; pero no tardó en cambiar de suerte. Alcanzó las tan deseadas treguas luego de llamado el infante al trono de Aragón (i), y no las vió rotas sino momentáneamente durante el resto de sus días. Tuvo que llamar otra vez á las armas á sus súbditos para castigar la rebelión de Gibraltar, que cansada de la tiranía de su gobernador, enarboló la bandera de los Beny Merines de África; y aun en esto encontró un sólido elemento de paz. El rey de Fez, á cuyo amparo se acogieron los gibraltareños, comisionó para que tomase posesión de la plaza á su hermano Abu-Said, á quien envidiaba y en secreto aborrecía; y al verle delante de las tropas de Yusuf fingió apoyarle y le dejó á merced del enemigo. Rindióse Abu-Said, pasó á Granada, y apenas había empezado á sentir la genero¬ sidad de Yusuf, cuando recibió de manos de éste una carta en que su hermano el rey de Fez solicitaba que le envenenasen á fin de asegurar mejor la paz de los Estados de África. Brama de cólera Abu-Said al ver tanta perfidia, pide armas á Yusuf, obtiene soldados y oro, parte á Almería, corre á Ceuta, penetra en lo interior de África, engruesa al paso su ejército, cae sobre Fez, derrota á las puertas á su hermano y pasa en hombros de la muchedumbre del campo de batalla al trono. Rey ya de Fez, ¿cómo no había de manifestar su agradecimiento á Yusuf, á quien debía esa misma corona que acababa de recoger entre el polvo del combate.? Le envía armas, caballos, joyas, oro; le ofrece su perpetua amistad, y le hace temible á los castellanos.

(i"» Ese D. Fernando fué el elegido por el parlamento de Caspe después de la muerte de D. Martín el Humano. (Véanse los tomos de Cataluña y de Aragón.)

que desde entonces deben tomar ya en cuenta para sus con¬ quistas no sólo las huestes granadinas, sino también esas tropas africanas que tantas veces han hecho estremecer el suelo de la vieja Europa.

Renovó Yusuf por tercera vez las treguas; y, libre ya de todo temor de guerra, se dedicó con tanto ahínco á restaurar el reino, que á poco no quedó en toda Granada ni huella de las pasadas luchas. Restableció en todas partes el orden, la calma y la confianza, animó las ciudades con la frecuente celebración de justas y torneos, y logró hacer atractiva su corte hasta para los mismos castellanos que no pocas veces la visitaban, ya por deseo de hablar á los mismos con que habían cruzado en el campo sus espadas, ya por tomar parte en los ejercicios caba¬ llerescos de Bib-Rambla, ya por satisfacer eñtre sí deudas de honor á juicio de caballeros y damas moras (i). Dábales para esto jueces y estacada, siendo tal la influencia que ejercía sobre los pechos nobles, que aun en el mismo palenque no era raro que pusiese amigos á los que un momento antes habían roto contra sí sus armas sedientos de sangre y de venganza.

Dos veces vió aún comprometida la paz por los fronteros que disputaban eternamente sobre los mal determinados linderos de uno y otro reinos ; otras tantas logró cortar el paso al incendio procurando conciliar los ánimos y recurrir antes que á la guerra al arbitraje. Ni un solo punto descuidó la tranquilidad y el esplendor de su reducido imperio; y alcanzó así llevarlo á tal altura, que á pesar de la caída de Antequera ha sido consi¬ derado justamente su reinado como el último término del

(i) De resultas de haber muerto alevosamente un escudero de D. Iñigo de Estúñiga á Antonio Bonel, diestro adalid á quien estimaba mucho D. Juan Rodrí¬ guez de Castañeda, señor de Fuentidueña, cuéntase que hubo entre éste y el Estúñiga ciertas contiendas que creyeron no poder terminar sino en duelo. No pudieron celebrarlo los dos bravos caballeros en Castilla, y obtuvieron de Yusuf permiso para celebrarlo en Vivarambla, donde aunque llegaron á romper las lanzas, no á verter su sangre, merced á los nobles deseos del rey y á la declaración que hicieron los jueces moros de haber quedado ambos como buenos en el primer combate (Crónica, de D. Juan II, cap. 262).

encumbramiento de Granada. Murió en 1423 de un ataque de apoplegía que le derribó cuando menos esperaba sobre las losas de uno de los salones de la Alhambra; y no sin razón fué llorado de todo el pueblo, presa ya en adelante de discordias civiles que le arrojaron por fin abatido y ensangrentado á los piés de los monarcas de Castilla.

•y*

^3ucedió á Yusuf III su hijo Mohamed VII, conocido en la historia con el sobrenombre de el Izquierdo, ya por ser zurdo, ya por la siniestra fortuna que le acompañó en la paz como en la guerra. Reunía este príncipe muchas cualidades que

le hacían aborrecible : era colérico, altivo con los que más inte¬ resados estaban en sostener su trono , déspota hasta el punto de no querer oir ni á sus walíes, tan amigo de esclavizar y hacer sentir la esclavitud al pueblo, que hasta le privó de las zambras y torneos que contribuían bajo otros reyes á dorar los hierros con que se le oprimía. Amaba como su padre la paz; pero no con el fin de procurar mayores beneficios á sus súbditos, sino con el de poder reinar más á su antojo en medio de los placeres de la Alhambra. No tenía más amigo que su wizir Abu-Zeragh, uno de los caballeros más ilustres de los abencerrajes; y ni aun con este poderoso privado supo cautivar el ánimo del pueblo, antes sublevó contra sí las demás tribus, ya de mucho tiempo rivales y enemigas.

No tardó mucho en ser destronado por los granadinos. A pesar de su alianza con los reyes de África y las treguas que alcanzó de Juan II perdió gran número de gente y de caballos junto á Antequera y Archidona; y mientras no se ocupaba sino en calmar los belicosos arranques de los fronteros, única causa de tamaños males, se vió acometido tan de improviso por turbas de conjurados y asesinos, que, sólo saltando las tapias de un jardín, pudo escapar de manos de los agresores. Saltó, se dis¬ frazó, ganó la costa y no tuvo más recurso que dirigirse al África y ponerse á la sombra de Aben-Farix de Túnez.

Volvió al trono á los dos años; pero no por sus esfuerzos, sino por los de su antiguo wizir y otros abencerrajes de alta cuna; no por sus virtudes, sino por los vicios de su rival Mohamed VIII, que se lanzó como él en brazos de una tribu y armó contra sí millares de enemigos. Mohamed VIII, llamado el Zaguer (el Joven), era príncipe resuelto, de valor, de genio; pero encumbrado por una revolución temía sucumbir ante otra, y no sabía encontrar término entre la tiranía y la lisonja. Deseoso de granjearse el afecto de las turbas, mandó por de pronto celebrar su triunfo con zambras, justas y torneos: bajó, á fin de entusiasmar al pueblo, á la estacada; y apenas perdió ocasión

en mucho tiempo de lucir al par de los demás caballeros su destreza en revolver el potro y manejar la lanza. Procuró hala¬ gar las tribus vencedoras convidándolas á danzas y banquetes, distribuyéndoles joyas, distinguiéndolas con bellos rasgos de amistad y grandes cargos; pero no supo hacer suyos á AbuZeragh y á su familia, condenada todos los días á devorar en secreto un nuevo ultraje, y provocó al fin una rebelión en que salió vencido. Cansado Abu-Zeragh de tanto sufrimiento, sale una noche de Granada con quinientos caballeros, pasa á Lorca, vuela á Castilla, de Castilla á Túnez, de Túnez á Orán, de Orán á Vera, y con ayuda de Juan II empieza á proclamar de nuevo al destronado Mohamed, á quien lleva en su mismo campamento. Sabedor á poco de que el hermano del Zaguer que se dirigía contra él se ve abandonado por los suyos, se adelanta á Guadix. Corre luégo á Granada, entra, sitia desde la Alcazaba al rey, que está en la Alhambra, y logra que los mismos cercados le entreguen al Zaguer y su familia. Hace matar al usurpador por orden de Mohamed; manda que sepul¬ ten á los hermanos y á los hijos en sombríos calabozos, y con¬ sigue vengar á un tiempo sus ultrajes y los de su monarca.

Repuesto ya en el trono Mohamed VII, no fué más dichoso que en su primer reinado. Al manifestar su agradecimiento á Juan II por el socorro que había recibido, le pidió la paz, y ni treguas obtuvo por negarse á satisfacerle las parias vencidas y los gastos de la campaña y poner en libertad á los cautivos. Vió invadido de repente el reino por los Adelantados de Jaén, Ronda y Cazorla, pasada la Vega á fuego y sangre, saqueada Igualeja, taladas las campiñas que baña el Guadalhorce. Mató en el camino de Riogordo al alcaide de Antequera, y humilló y deshizo en el Vado de las Carretas á Rodrigo de Perea y al alcaide de Quesada; mas perdió en cambio un escuadrón de abencerrajes y allá en la frontera de Cazorla el castillo de Jimena, asaltado una noche por García de Herrera entre alaridos de cólera, estrépito de armas y cornetas y el espantoso bramido

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del trueno y la tormenta. No paró aquí su desventura. Acome¬ tido hacia Alhendín y Alcalá la Real por cincuenta mil infantes y tres mil caballos que acaudillaba el condestable D. Alvaro de Luna, no acertó siquiera á detener la marcha asoladora de tan grande ejército ; y tuvo que contemplar impasible desde sus torres de Granada la terrible tala de los campos de Illora, el orgulloso avance del enemigo por las riberas del Genil y el Darro, el incendio de los cármenes de Aynadamar y el Soto, el ataque de Tajarja, cuyos soldados se atrevieron á resistir á un guerrero que acababa de enviarle un cartel de desafío. Los vió retirar en buen orden devastando lo que se les ofrecía al paso; supo que estaban talando las huertas de Loja, entregando á las llamas el Salar, destruyendo las atalayas y molinos de los alrededores de Archidona; recibió noticia de que acababa de sublevarse contra el condestable toda la infantería que llevaba; pero nada hizo ni para castigo de los invasores, ni para pre¬ venir la tormenta que estaba fraguando en Córdoba el poder de Juan II y amenazaba sumergir en ignominia y sangre el trono de Granada. Parecía que la fatalidad le tenía atadas las manos: preparábase en tanto en el seno mismo de su corte otra conju¬ ración que había de complicar de lamentable manera la situación del reino.

Yusuf Ebn el-Ahmar, descendiente de Aben Hud y nazarita, empezó á pretender el trono confiando en su propio valor y el de los mejores caballeros de su tribu. Conspiró largo tiempo aguardando ocasión de levantar abiertamente sus pendones, creyó llegada la hora al saber que iba á pasar la frontera Juan II, salió de Granada, mandó de embajador de Córdoba á Venegas, ofreció su brazo y dió ochocientos jinetes por el apoyo de Cas¬ tilla, y, ya obtenido, se unió con el rey cristiano. Animó con esto á D. Juan, y no tardaron' en cubrir la Vega cristianos y muzlimes, enemigos todos de Mohamed el Zurdo.

Mohamed, al considerar el peligro en que estaban su trono y el reino, llamó á la guerra á todo creyente, y se vió pronto

rodeado de numerosos escuadrones y tribus armadas de flechas y puñales que acababan de despeñarse de la sierra de Baza y las vertientes de la Alpujarra y Ronda; mas ¿qué había de poder contra todas las fuerzas de Castilla, contra un ejército de setenta mil infantes y diez mil caballos, en que figuraban un Alvaro de Luna, un Suero de Quiñones, un Diego Ponce de León, un Venegas, un Yusuf-Ebn el Ahmar que llevaba consigo la flor de la caballería musulmana? Fué el primero en romper el fuego, aventurándose primero en escaramuzas sangrientas, y obligando luégo al ejército castellano á empeñar una batalla decisiva; pero le sirvió de poco su valor y el desesperado arrojo de algunas de sus tropas. Encarnizado, tremendo fué el combate: toda la Vega se estremeció al choque de las lanzas, al crujir de las ar¬ maduras, al relinchar de los caballos, al bárbaro alarido de los combatientes, al agudo gemir de los heridos. Derramóse la sangre á torrentes; combatióse al fin sobre un suelo de cadᬠveres, y ¡no hubo por mucho tiempo quien abandonara su puesto sino con la vida!

Tuvieron que ceder los granadinos. Las mal armadas tribus de las cercanías quedaron arrolladas al primer embate; y los cerrados escuadrones de caballería, aunque llenos de heroísmo y destreza, vieron sucesivamente sobre sí .tantos y tales ene¬ migos, que acosados por todas partes y cansados de tan desigual pelea, no' tuvieron más recurso que la fuga. Huyeron unos á Sierra Elvira, otros á la ciudad, y fué tal el ardimiento de don Alvaro, que llegó á perseguir á los últimos hasta las mismas puertas de Granada.

Afortunadamente los rencores que poco há estallaron en Castilla renacen en el campamento después de la victoria : temen D. Alvaro y D. Juan, y siendo vencedores no pueden menos de levantar el campo. '

Respiró Mohamed ; pero hasta la naturaleza pareció suble¬ varse contra tan desgraciado príncipe. Dió la tierra espantosos bramidos; tembló todo el suelo de Granada á impulso de vio-

lentos terremotos; cuarteáronse torres y mezquitas, y cayó con grande estrépito hasta un lienzo de los muros de la Alhambra. Añadióse el terror á la aflicción y al desconsuelo, cundieron de boca en boca funestas profecías, y se empezó á temer la caída de todo el reino.

¡Sobrevino después de todo una guerra civil! ¡Ah! está ya roto en Granada el freno de la ambición, débil y embrutecido el pueblo : ¡ cuán poco ha de sobrevivir el trono al buen Y usuf III ! — Irritado Ebn-el-Ahmar al ver la imprevista retirada de D. Juan, y al considerar cuán inútilmente ha ido á derramar por él su sangre, prorrumpe á cada paso en amargas quejas que no pueden menos de llegar á oídos del príncipe cristiano. Recuerda á D. Juan las promesas que le hizo al abrirse la campaña; y después de haberse sujetado á las más duras condiciones, entra de nuevo en su patria apoyado por los fronteros de Castilla. Logra al pronto interesar en su favor á los alcaides de Cambil, Alicún, Montefrío, Illora, Ronda, Archidona, Setenil, y otros pueblos de Córdoba y Sevilla; vuela á Loja, donde se ha suble¬ vado el pueblo y retirado el alcaide á la alcazaba; acometido por un escuadrón de abencerrajes, se arroja con furor sobre ellos y logra dar muerte al caudillo; se dirige á la capital, asoma por las cumbres de Sierra Elvira, y amenaza y llena de espanto la corte de Granada. No tiene amigos en la ciudad; pero la ve triste, abatida, desmayada, y hace que los mismos ciudadanos obliguen á Mohamed á huir de la Alhambra y le abran las puertas que habían de conducirle al trono. Mientras Mohamed sale en dirección á Málaga con toda su familia, con los hijos del Zaguer y con todas las joyas y el oro de su alcázar, entra él en la ciudad con sólo seiscientos caballeros, llega á la Alhambra en medio del mayor silencio, y consigue al fin ceñir su frente con la corona que tanto ha codiciado.

Es ya rey Yusuf, ¿pero qué rey? Un rey feudatario de Cas¬ tilla que ha de entregar todos los años á D. Juan veinte mil doblas de oro, que ha de seguir los pendones cristianos con mil

quinientos caballeros, que ha de asistir á las cortes que se cele¬ bren aquende de Toledo, que ha de poner en libertad á todos los cautivos, que ha de ser toda su vida un servidor de otro rey, un mal vasallo. ¿Qué simpatías puede tener en su pueblo? Aca¬ ban de recibirle en la corte oprimido el corazón, muda la boca: los empleados y los nobles son los únicos que suben á felicitarle, y aun no por afecto; el rey de Túnez habla contra él á D. Juan; Mohamed despierta entusiasmo en Málaga ; y él fuera del recinto de su alcázar apenas ve más que la indiferencia ó el desprecio. Si queda aún en su corazón algún resto de dignidad, ¿qué puede hacer más que abdicar ó dejarse morir de vergüenza y de me¬ lancolía? Muere á los seis meses y deja otra vez abierto el camino del trono al príncipe legítimo.

Fué aclamado Mohamed por tercera vez rey de Granada á fines del año 1432. No cometió los desaciertos que la primera, ni se ensañó como la segunda contra su rival, cuyos hijos res¬ petó hasta el punto de dejarles sus títulos y haciendas y enla¬ zarlos con hijas de su mismo linaje; pero ni aun así pudo asegurar su corona contra los embates de la ambición ni contra los rudos ataques de revoluciones fraguadas bajo su mismo trono á la sombra del misterio. Todo pareció sonreirle en un principio. Con la ayuda de su wizir Abdhelvar, uno de los más prudentes caballeros de la tribu abencerraje, fué extinguiendo los odios, reparó aunque lentamente los males de la guerra, arrancó al rey de Castilla treguas por dos años, é hizo bendecir su restauración hasta por los mismos que habían contribuido á destronarle. Aún después de estallar la guerra fué sino querido, cuando menos respetado por el ardor con que sostuvo tantas luchas, por la constancia con que en medio de funestísimos azares supo vender caras al enemigo las victorias. No fué tan desgraciado como en otras guerras. Perdió después de sangrien¬ tos rebatos á Huesear, primera conquista de aquel D. Rodrigo Manrique que fué más tarde conde de Paredes y maestre de Santiago; perdió á Galera y Castilleja después de talados á

hierro los vecinos campos; perdió tras cuatro días de pelea á Huelma, combatida por el famoso marqués de Santillana; perdió las fortalezas de Vélez Blanco y Vélez Rubio, que se dieron á partido cansados de talas y saqueos; perdió el castillo de Solera, que cayó en poder de D. Fernando de Ouesada, comendador de Bedmar; pero supo tomar cumplida venganza de estas de¬ rrotas en Illora, donde murió el adelantado de Andalucía tras¬ pasada la boca de un flechazo que le disparó el alcaide; en las laderas de Archidona, donde rodaron á lo más profundo de un abismo arrastrados por rocas despeñadas de las vecinas cum¬ bres más de mil quinientos soldados, muchos valerosos capitanes de Ecija y gran número de caballeros y comendadores de la orden de Calatrava; en los campos de Guadix, donde sólo pu¬ dieron ser vencidos los muzlimes después de haber hecho sentir el peso de sus armas á millares de cristianos ; en Gibraltar, donde pereció ahogado el conde de Niebla al querer escapar de mano de sus vencedores; en los alrededores de Castril, en que cayó el adelantado de Cazorla y casi todos los suyos bajo los terribles golpes del hijo de Aben-Zeragh y sus abencerrajes. Logró indudablemente dejar bien sentado el honor del reino de Granada, si no por sus esfuerzos, por los de sus caudillos.

No salió nunca de la corte, no salió hasta que otro usurpa¬ dor, su sobrino Aben-Osmín, vino á arrojarle otra vez de la Alhambra, que era para él su corte, su reino, su único campo de batalla. Aben-Osmín era tan ambicioso como intrépido ; y al sa¬ ber que irritado su primo Ysmail por una injusticia del monarca se acababa de retirar á Castilla con la flor de sus abencerrajes, partió secretamente á Granada, derramó oro á manos llenas, ex¬ plotó en su favor el odio de todo el pueblo, se apoderó en un momento de la ciudad y de la Alhambra, puso preso á Mohamed, y fué proclamado rey por todas las tribus enemigas de la fami¬ lia del príncipe vencido. Apenas hubo subido al trono vió rebe¬ lada contra sí una hueste abencerraje que partió secretamente á Montefrío; pero la despreció, levantó el mayor ejército posi-

ble, salió contra cristianos, pasó á fuego y sangre Benamaurel y Aben-Zulema, y regresó á Granada, lleno de gloria, de armas, de cautivos. En una segunda campaña se apoderó de Huéscar, de los Vélez, de Castilleja, de Galera, de casi todas las plazas que habían conquistado después de tremendos combates los más ilustres castellanos ; y no hubo en breve fortaleza, ejército ni caudillo que bastasen á detener sus asoladoras incursiones. Pasó junto á los fronteros de Lorca, Fajardo y Ribera, y no los vió salir de sus castillos ; pasó por Hellín y Jurnilla, donde resi¬ día á la sazón Alvaro Téllez, luchó con él y pasó á todos sus enemigos por el hierro de la lanza. No estuvo tan feliz con el conde de Arcos, que le atacó y deshizo en Mataparda; pero de¬ seoso de vengarse en Murcia, no tardó en mandar á esta fron¬ tera lo mejor de los soldados de Granada al mando del valiente Abdhelvar, hijo del wizir de Mohamed, gallardo y arrogante mozo, de quien el amor de una mora de otra tribu hizo un león en justas y torneos y un abencerraje indiferente por la causa de los que se habían retirado con su padre á Montefrío. Hizo tem¬ blar por de pronto á Lorca y Cartagena; pero hubo de temblar á su vez al recibir sólo cien soldados de tan numerosa hueste. Los demás perecieron casi todos en la batalla de los Alporchones, una de las más reñidas que llegaron á trabarse entre mo¬ ros y cristianos.

Ciego de cólera Aben-Osmín, conocido con el nombre de Mohamed IX, mandó matar al desgraciado Abdhelvar que ha¬ bía logrado escapar de la pelea (i) : se hizo tiránico, cruel, y se entregó en brazos de la maldad y el crimen. Depuso á sus más leales servidores para emplear arrayanes, instrumentos de sus odios ; condenó á muerte á cuantos sospechó que pudieran serle

(1) Al ver Aben-Osmín á Abdhelvar, le reconvino, según Conde, con la mayor amargura, y le dijo al fin con tono airado : «Ya que no has sabido morir en la ba¬ talla como valiente, morirás en la cárcel como cobarde.» Apoderáronse luégo de! desgraciado caudillo unos verdugos, le llevaron á una mazmorra, y le decapitaron inhumanamente (Conde, tomo 3.° Dom. de los Arab. )

enemigos. Turbó á cada momento la paz de las familias llaman¬ do á su harem á las más hermosas doncellas, obligando á los padres á casar las hijas con sus favoritos y privados, rompiendo con intención las más honestas relaciones entre ilustres mance¬ bos y señoras de alta cuna. Llevó su despotismo hasta el ex¬ tremo, y concitó tan de repente el furor de todo el pueblo, que no bastaba á poco Montefrío para contener á los nobles y ple¬ beyos que salían con armas de Granada.

Fijáronse todos en Aben-Ysmail, que al verse apoyado en Montefrío de una parte por D. Juan y de otra por los mismos granadinos, acudió como un rayo al llamamiento. Bajó Ysmail á la Vega, metió por las puertas de la ciudad á los que se atre¬ vieron á salirle al paso, é infundió tan súbita alarma en el áni¬ mo de Osmín, que desalentado éste, no supo recurrir más que al terror, al asesinato, á la perfidia. Fueron llamados bajo pena de muerte á las armas todos lo que fuesen capaces de empuñar¬ las ; fueron asesinados villanamente en la Alhambra los princi¬ pales caballeros de Granada, reunidos por orden del rey para la abdicación que fingía querer hacer de su corona; fueron co¬ metidos los más horrendos crímenes; pero triunfó al fin Ysmail sobre el tirano Osmín, que escapó de la muerte saliendo por una puerta falsa, subiendo por las colinas del Cerro del Sol, é internándose por los amenos valles que fecunda el Darro.

Mohamed X, Aben-Ysmail, sobrino de Mohamed el Zurdo, era de mejor alma. Lejos de pretender como su primo AbenOsmín hacer olvidar al pueblo el despotismo con que se le oprimía teniéndole ocupado en incesantes guerras, no abrigaba otro deseo que el de llamar á la agricultura los brazos, destina¬ dos antes á las armas, ni se llevaba otra mira que la de cautivar el amor del pueblo procurándole los beneficios de una adminis¬ tración bien entendida. Pidió desde el momento treguas á Juan II; y al ver talada la Vega y asolada Estepona por Enrique IV en venganza de la pérdida de Garcilaso, que murió herido por la flecha envenenada de un abencerraje, no vacilo en humillarse

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al Duevo rey y adquirir la paz á costa de las más duras condi¬ ciones. Sujetóse á pagar anualmente doce mil doblas de oro, á poner en libertad seiscientos cautivos, á dar en rehenes otros tantos moros cuando no tuviese en sus mazmorras soldados de Castilla.

Creía escaso todo sacrificio para conseguir la paz ; pero tuvo la desgracia de vivir casi siempre en guerra. Era el término de Jaén, en virtud de la misma tregua, paso franco á las tropas invasoras de uno y otro Estados; y puesto en la alternativa de atacar ó ser atacado, no quiso contrariar los instintos belicosos de su liijo' Muley-Hacén, que ardiendo en deseos de manifestar su valor, salió aí frente de dos mil caballos, se adelantó hasta Baeza, luchó mano á mano con el conde de Castañeda y el obis¬ po D, Gonzalo, y los trajo cautivos á Granada después de ha¬ ber puesto eo fuga las huestes que llevaban y dejar tendidos en el campo los bravos escuderos que los deíendían (i). Pagó cara

(i) Sobre la batalla y prisión de ese obispo D. Gonzalo de Zúñiga creemos oportuno transcribir el romance siguiente ;

Ya repican en, Andújar

Y en la Guardia dan rebato : .Dia es de S. Antón,

Ese santo señalado.

Ya se salen de Jaén Cuatrocientos hijos-dalgo ;

Y de Ubeda y Baeza Se salían otros tantos. Mozos deseosos de honra

Y los mas enamorados,

Eli brazos de sus amigas Van todos ¡oramentados De no volYcr á Jaén

Sin dar moro en aguinaldo. La seña que ellos llevaban Es pendón rabo de Gallo. Por capitán se lo llevan A ese obispo D. Gonzalo, Armado de todas armas En un. caballo alazano. Todos se visten de verde,

El obispo azul y blanco.

Al castillo de la Guardia

El obispo había llegado; Sáleselo á recibir Megía el tan noble hidalgo :

Por Dios te ruego, el obispo, Que no pasedes el Vado, Porque los moros son muchos, A la Guardia avian llegado. Muerto me han tres cavalleros, De que mucho me ha pesado : El uno eratiomio',

El otro era primo hermano,

El otro es un pagecico,

De los mios mas preciados. Demos la vuelta, señores, Demos la vuelta á enterrarlos ; Haremos áDios servicio, Honraremos los cristianos. Ellos estando en aquesto. Llegaba D. Diego de Haro: Adelante, cavalleros,

Que me llevan el ganado :

Si de algún villano fuera,

Ya lo huvierades cobrado

la acción, porque perdió en aquel mismo año al famoso alcaide Aliatar en manos de Fernando de Narváez; vio al siguiente de¬ rrotado á su hijo Muley en la batalla del Madroño, perdió a Gibraltar, perdió á Archidona, reina de las fortalezas musulma¬ nes, guarida del formidable Ibrahim, de ese león que al verse vencido se arrojó á caballo en lo más profundo de un tajo abier¬ to al pié del cerro. Mas ¿habría logrado evitar de otra manera tan frecuentes invasiones cuando á pesar del mismo rey de Cas¬ tilla se lanzaban adelantados y fronteros á las más difíciles em¬ presas y rivalizaban entre sí sobre quién podría contar hechos más temerarios y sangrientos? ¿Quién podía contener ya los briosos ímpetus de un Pedro Girón, ese terrible vencedor de Archidona, que se atrevía á pretender el mismo trono de Casti¬ lla? ¿ni el arrollador empuje de D. Juan Alonso de Guzmán, ese intrépido duque de Medina Sidonia, que se hizo dueño de Gibraltar, donde tantos y tan bravos caballeros sucumbieron? ¿m el indómito valor de D. Rodrigo Ponce de León, que en la ba¬ talla del Madroño se atrevió á combatir solo, á pié y sin lanza ni escudo contra un puñado de moros que cargaron sobre él con todo el furor de hombres á quienes desespera el vencimiento?

Empero alguno está aquí Que le place de mi daño.

No cabe decir quién es,

Que es el del roquete blanco. El obispo que lo oiera Da de espuelas al cavallo.

El cavallo era ligero,

Saltado avia un vallado.

Mas al subir de una cuesta,

A la asomada de un llano, Vido mucha adarga blanca. Mucho albornoz colorado,

Y muchos hierros de lanzas Que relucen en el campo.

Metídose avia por ellos Como león denodado.

De tres batallas de moros La una ha desbaratado Mediante la buena ayuda Que en los suios ha hallado.

Y aunque algunos de ellos mueren Eterna fama han ganado.

Los moros son infinitos,

Al obispo avian cercado.

Cansado de pelear.

Lo derriban del cavallo,

Y los moros victoriosos

A su rey lo han presentado.

este obispo : sus prendas miMurió en Gra-

Son muchos los romances que hacen referencia á itares le hicieron uno de los personajes más populares de su época, lada y fué luégo trasladado á la catedral de Baeza.

¡Ay! esa generación de héroes es ya un torrente que no pueden contener ni los mismos reyes cristianos.

Pudo, sin embargo, Ysmail volver aún á restablecer la paz. Sabedor de que Enrique IV se proponía entrar de nuevo en la Vega, le pidió una entrevista, le recibió á las puertas mismas de Granada, y recabó de él no sólo una tregua, sino también una alianza. Enrique, contrariado sin cesar por grandes faccio¬ nes, era débil; y pudo fácilmente persuadirle Ysmail de cuánto convenía la paz á entrambos. No trabajó desde entonces poco por el deseo de conservarla.

Dedicóse por entero Ysmail á mejorar la situación del Reino; y á los pocos años Granada parecía haber recobrado toda la hermosura y grandeza de otro tiempo. Volvió á estar cultivada la Vega, y llegaron á cubrir las mieses hasta las yermas faldas del Cerro del Sol por donde hizo pasar ese buen rey el Darro. La industria puso otra vez en movimiento sus talleres y surtió á España de brocados tejidos de oro y seda, telas de lino y cáñamo, armas y otras mil manufacturas. Cruzaron la costa del Mediterráneo buques de todas las naciones, reanimóse el tráfico entre moros y cristianos, y fué pronto Granada uno de los ma¬ yores focos de la civilización de España. ¡Lástima que mientras más próspero estaba el reino viniese á sumirlo de nuevo en el caos de la guerra la muerte de Aben Ysmail!

Murió Ysmail en Almería el año 1465 : ¡ay! ¡y murió con él la paz y empezó con su hijo esa bárbara y desgarradora agonía que suelen sufrir los imperios antes de bajar al sepulcro! No he de pintarla aún : después de tantos horrores como llevo des¬ critos, siento embotadas la fantasía, la pluma, el corazón. Una ojeada rápida á los lugares que fueron teatro de los sucesos referidos puede servirnos de descanso : recorrámoslos ; podrán estar faltos de monumentos, no de recuerdos.

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