Granada, Jaén, Málaga y Almería · Capítulo real 10 de 11
CAPITULO XIX
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CAPITULO XIX
Archidona. — ■ Antequera
I no son muchas aún las conquistas hechas en las provincias granadinas después de la muerte de Fer¬ nando el Santo, bastan, sin embargo, dos de ellas para hacernos interrumpir nuestro bosquejo histó¬ rico. Archidona y Antequera fueron dos sangrien-
tos campos de batalla, dos pueblos en que tuvieron lugar rasgos de amor y de caballería que dejaron oscurecidos los mejores de los siglos medios: no es posible dejar de arrojar sobre su pre¬ sente y su pasado una mirada poética.
Archidona fué antiguamente una fortaleza que extendió sus muros y torreones sobre las cumbres de tres cerros. Tenía su población en un hoyo formado por las tres alturas, y no sin razón llevaba el nombre de Arx Domina, reina de los alcázares.
_ Hoy no es sino una villa sentada en la vertiente de una sierra
á la sombra de un castillo árabe; pero impone aún por su po¬ sición, por los restos de esa misma alcazaba rodeada de preci¬ picios, por lo sombrío y montaraz de sus alrededores llenos de tajos, abismos y cuevas ensombrecidas por la tradición y la leyenda. Agrias cuestas, por donde tras grandes aguaceros se precipitan rugiendo los torrentes, constituyen algunas de sus calles ; es cada hogar un baluarte, como cada hombre un sol¬ dado ; y no sería aún fácil vencerla sin derramar raudales de sangre en las ásperas faldas de la sierra. Tiene á sus piés una vega que se extiende casi hasta Antequera, pero desigual, mon¬ tuosa, cortada á trechos por barrancos. Está por todas partes cercada de altos cerros que se cruzan en todas direcciones y dan origen á hondas cañadas y tortuosos valles; y si algo pre¬ senta á su alrededor de pintoresco, no son cuadros de flores ni sombrías alamedas, sino derrumbaderos como las laderas de su mismo nombre, sepulcro de tantos héroes de Calatrava, saltos como el del Moro, donde es fama que se precipitó su último alcaide, profundidades como la de Cea, cuyo fondo removido tal vez por el fuego de los volcanes desconoce y mira con terror el hombre. Un solo río atraviesa su término, el Guadalhorce; un solo arroyo, el del Ciervo ; y aun las aguas de estas dos co¬ rrientes, lejos de deslizarse tranquilas por entre campos de verdura, se las ve raudas y espumosas saltando en forma de cascadas de peña en peña, de quiebra en quiebra, de uno á otro barranco. Todo es salvaje en torno suyo, hasta el mismo arte.
hasta esa misma fortificación que ciñe como un doble cinturón de piedra el cerro cuyas faldas cubre. Los muros de sus dos cercas parecen estar desafiando aún el impetuoso furor de las revoluciones y la acción lenta de los siglos; los ennegrecidos cubos y torreones que defienden sus puertas se alzan aún á los ojos del viajero como fantasmas de un pasado horrible, como espectros que arroja de sí la tumba de los que murieron el día de la fatal caída en medio de alaridos de desesperación y de venganza. Levántase entre las ruinas una humilde ermita con¬ sagrada á la Virgen de la Gracia; pero no parece tampoco sino un altar sobre un sepulcro. La naturaleza, la historia, el arte, todo contribuye allí á presentar los objetos como velados por una niebla que forman los vapores de la sangre derramada. La vecina sierra del Conjuro excita con su solo nombre recuerdos misteriosos que dejó consignados la voz de las tradiciones po¬ pulares ( I ) ; la de la Cueva de las Grajas, sumerge la imagina¬ ción en esa poesía aterradora que audaces fantasías han hecho brotar del fondo de las profundidades de la tierra : las crestas de entrambas, ceñidas de restos de torres y murallas, permiten aún evocar las sombras de la antigüedad, que levantó la formi¬ dable Arx Domina sobre los gigantescos escombros de la pri¬ mitiva Escua, pueblo que encerraba en su mismo nombre la idea de superioridad y fué considerada por sus mismos fundadores como cumbre y cabeza de las demás ciudades (2). Las sombras digo, no los hechos, porque Escua y Arx Domina son casi un
(1) Hay en esta sierra del Conjuro un camino, ya medio borrado, que sólo se presenta claro y distinto á los ojos del que lo ve de lejos. Esto ha dado lugar á creer que aquel camino fué el que siguió la Virgen, cuando deseosa de ayudar á los cristianos que cercaban á Archidona bajó del cielo, y les animó á que bom¬ bardearan el castillo al abrigo de esta misma sierra. Aun lo de la misma Virgen no pasa de ser hijo de la tradición ; mas está tan arraigado en toda la comarca que apenas hay aldeano que no lo refiera candorosamente.
(2) La ciudad primitiva, que se supone haber sido de fundación cartaginesa, se llamó Escua, voz que en lengua púnica significa cabeza. Llamáronla luégo los romanos Arx Domina traduciendo, como no pocas veces hicieron, á su lengua su denominación primera. De Arx Domina ó Domna hicieron los árabes Arxiduna, que es lo que más se acerca al nombre de Archidona que ahora tiene.
misterio para nosotros (i); porque para nosotros apenas es histórica más que la Arxiduna de los árabes, y aun ésta no nos ha llegado en alas de la crónica sino en su época de decaden¬ cia, cuando ya los freires de Calatrava templaban contra ella sus aceros en la sangre de los que rodaron á las hondas simas de las Laderas bajo rocas precipitadas desde lo alto de los cerros y en la de los que cayeron bajo el alfange de Ibrahim, el más fiero é implacable alcaide de la fortaleza.
Ibrahim fué el héroe, el genio, el alma del castillo. No pa¬ rece sino que ni antes ni después haya existido otro hombre en el seno de estas ruinas, según viene resumida en él la historia de todo un pueblo.
Ibrahim, dicen las crónicas, era tan valiente como magnᬠnimo. Miraba con respeto al vencedor, con piedad al vencido, y ahorraba cuánto podía la sangre de sus soldados. Se le temía en el campo, nunca bajo las bóvedas de su castillo, donde era generoso con amigos y enemigos. Mas llegó día en que una herida incurable le llenó de amargura el corazón, y se convirtió en déspota y sanguinario el que ayer sabía tender la mano á cuantos sucumbían en los combates.
Tenía Ibrahim una hija llamada Tagzona, que era la luz y la esperanza de su vida. Ignorante de los secretos amores de la joven con Hamed-Alhaizar, uno de los moros más gentiles de la corte de Granada, la ofreció por esposa á un bravo alcaide de Alhama tan rico como viejo, y abrió sin saberlo el camino á una serie de amargas desventuras. Contrariados los amantes recurrieron á la fuga, partieron de la vecina fuente de Antequera sobre un caballo que parecía dejar atrás el viento, se adelanta¬ ron hasta el Guadalhorce, encontraron allí al ofendido Ibrahim
(i) La historia no refiere de la antigua Escua sino que fué el abrigo délos prefectos de las naves, que se insurreccionaron contra Asdrúbal cuando ya habían entrado los Scipiones en España. Fué tomada primero por los rebeldes y poco después por el mismo Asdrúbal, que vengó de unamanera cruel la traición de los prefectos.
y á sus soldados, se turbaron y desconcertaron, no supieron buscar su salvación sino en lo alto de una peña, y al verse per¬ seguidos hasta en aquel asilo, perdida toda esperanza y no po¬ diendo ya renunciar á una unión consagrada por el amor más puro, se abrazaron tristemente, volvieron al cielo y á su alre¬ dedor los ojos y se precipitaron monte abajo corriendo á buscar en el abismo su lecho nupcial y su sepulcro (i).
Ibrahim los vió rodar sin que pudiera detenerlos; los vió morir sin llegar á tiempo para oir una palabra de perdón ni recogerles más que el último suspiro. Quedó tan lleno de dolor, tan ebria el alma de amargura, que no pudo por mucho tiempo ni mover la planta, ni proferir una queja, ni arrancar una sola lágrima de sus ojos, fijos en el magullado cadáver de Tagzona. Sintió por de pronto embotado el corazón, sintiólo á poco sediento, de venganza; y como si el mundo entero fuese la causa de su desventura, trocó en crueldad y hasta en fiereza su antigua mansedumbre. Acechó desde sus torreones al enemigo como el águila desde las cumbres de los cerros; se arrojó sobre él como el rayo, y allí donde sentó la planta hizo sentir á buen número de cristianos el peso de su cólera y el hierro de su lanza. Ahorcó á muchos, dejó para pasto de buitres á los que más le disputaron la victoria, maltrató á los cautivos hasta hacerlos suspirar por la suerte de los que murieron en batalla, exigió por rescate la fortuna de las familias, y se mostró en todas ocasiones tan inflexible, que ni las piadosas súplicas de sus mismos soldados le movieron nunca al perdón de los ven¬ cidos. Cuando no tuvo fronteros que atacar dentro de la juris¬ dicción de su castillo, no hallando medio de borrar el doloroso recuerdo de su hija sino entregándose de lleno á los combates, se dedicó á la guerra de algarada, dió rebatos sangrientos, saqueó, abrasó, asoló cuánto pudo sorprender en sus inesperadas
(i) La pena en que se refugiaron los dos amantes se llama desde entonces Peña de los Enamorados.
excursiones, y se complació en ver entregados al hambre y á la desesperación los pueblos comarcanos. Fue, al fin, el terror del país, el formidable dragón de aquellos días, la fiera que tarde ó temprano había de excitar contra sí el religioso heroísmo de alguno de esos caballeros de la cruz que nunca temían arriesgar su vida en las más aventuradas empresas de su siglo.
No tardaron los pueblos en levantar la voz contra este azote. Clamaron al rey, apelaron de él á los caballeros de Calatrava, conmovieron con sus justas y sentidas quejas á Don Pedro Girón, maestre de la Orden, y hallaron al fin en ese esforzado adalid su paladín, su libertador, su héroe. Pedro Girón llamó á sí á todos los freires que defendían la frontera, y al eco de su poderosa voz no solo alcanzó poner sobre las armas á los cruzados de Calatrava, sino que hasta logro agrupar en torno de su estandarte los pueblos de Arjona y Osuna y al bravo Diego Fernández de Córdoba, segundo conde de Cabra, y al joven comendador de Santiago Fadrique Manrique, que llevó consigo doscientos caballos y cuatrocientos peones. Reunido ya el ejército penetró en territorio de Archidona, y aunque se vió á poco acometido por el terrible alcaide, fué tal el denuedo con que combatió, que le hizo volver por primera vez la espalda y llegó sin más obstáculo hasta el pié mismo del alcázar. Contentóse por de pronto con cercarlo é impedir á Ibrahim toda comunicación con la corte de Granada; pero al ver que tras un mes de riguroso sitio no había logrado que¬ brantar aún el ánimo de sus enemigos, mando á sus estados por máquinas de guerra, sentó sus baterías al abrigo de la sierra del Conjuro, derramó sobre los cercados bombas y proyectiles incendiarios, y les molestó con tan continuos ataques que ni tiempo les dejó para ir á cortar el incendio de sus hogares. Los puso en tal aprieto, que, acosados por la sed, no tuvieron más recurso que el de bajar á disputarle á punta de espada el agua de un pozo abierto á tiro de la fortaleza; mandó entonces sobre ellos á uno de sus mejores capitanes, tras éste al bravo conde
de Cabra, y á pesar del desesperado arrojo con que aquellos pelearon, los derrotó y persiguió hasta las puertas mismas del castillo, que no dejó en tanto de diezmar con incesantes fuegos las huestes castellanas. Cansado de refriegas parciales y de¬ moras resolvió el asalto; mas ¿quién había de ser el primero que se atreviese á escalar una fortaleza cercada de dobles muros y defendida por hombres resueltos á morir entre las ruinas de sus torreones antes que arrojarse en brazos de un cristiano? Tomó él mismo á su cargo tan peligrosa hazaña, y armado de una escala y de un acero, él, el maestre de Calatrava, el más poderoso feudatario de la corona de Castilla, el que se atrevía á pretender la mano de una princesa á quien se reservaba la posesión del trono, él fué quien empezó á trepar por la torre del Sol entre una espesa lluvia de piedras y saetas de punta envenenada. Rodó bajo el peso de una roca disparada al intento, y cayó al foso como si estuviese muerto ; mas su heroísmo pudo con los suyos más que su desgracia, y tuvo el consuelo de saber á poco la toma de la Torre del Sol. Treparon tras él los alcai¬ des y capitanes de su ejército; treparon tras ellos los soldados, y se pasó en corto tiempo más de quinientos moros á cuchillo. Hombres, mujeres, niños, todos perecieron, y los que se alber¬ garon en el segundo recinto cayeron en estado tal de confusión y abatimiento que pronto debieron también entregar sus cuellos al filo de las armas enemigas. Todos debieron sucumbir al fin bajo los esfuerzos de los cristianos; pero no Ibrahim, que, según fama, al verse vencido corrió al borde del tajo á que dió después su nombre, metió el acicate en su caballo hasta obligarle á saltar el abismo, y desapareció en las profundidades de la es¬ pantosa sima.
Así cayó al fin esa formidable Archidona contra la cual habían asestado inútilmente sus tiros Alfonso de Castilla y Fernando de Antequera. Arrastró en su caída á los guerreros más ilustres de los dos ejércitos; pero se hundió para siempre, y para siempre vió enarbolada la cruz en la más alta de sus
torres. No volvió á figurar en los anales de los pueblos, y á los pocos años hasta se vió abandonada á su destino. Quedó con algunas murallas y torreones que levantan aún al cielo sus sombrías coronas de almenas ; pero no los ostentó ya á los ojos del viajero como instrumento de defensa, sino como lúgubre cenotafio erigido á la memoria de Ibrahim, como monumento de gloria levantado para recuerdo de Pedro Girón. ¡Salud, muros y torres testigos de tantas hazañas! ¡Que jamás se borren los recuerdos consignados en vuestras imponentes ruinas!
¡Antequera es también un monumento! Un infante de Cas¬ tilla que fué después rey de Aragón conquistó allí sus únicos laureles; un caballero tan ilustre por su hidalguía como por sus proezas la escogió por teatro de sus brillantes hechos y vinculó en ella sus glorias militares, su fortuna y el nombre y la fortuna de todo su linaje. Ciudad antiquísima, como parece revelarlo su mismo nombre, gozó ya de mucha fama durante la dominación romana: se la declaró municipio, se la fortaleció con un castillo de que se conservan ruinas, se la decoró con templos y palacios sobre cuyos techos irguió su cúpula altanera el Panteón de los Dioses, construido por M. Agrippa y restaurado por los em¬ peradores. Tuvo como otras tantas ciudades la desgracia de ver asolados sus monumentos por las frameas de los bárbaros y el desconsuelo de no encontrar quien la levantara de los es¬ combros; vióse durante siglos abandonada, oscurecida, despre¬ ciada, muerta; mas no por esto dejó ni podía dejar de existir una ciudad puesta al abrigo de una sierra, cercada de una rica y espaciosa vega que bañan dos ríos y multitud de arroyos y llena de vida en sus alrededores. Convidados los árabes por la fecundidad del suelo y su constante afán en habitar risueñas campiñas regadas por caudalosas corrientes, la miraron con la predilección que los romanos ; y ya que no la enriqueciesen con magníficos templos ni alcázares suntuosos, la dieron los ríos y los arroyos por esclavos y un valle delicioso y fecundo por alfombra. Labraron en ella una mezquita y al parecer una casa
de armas; pero en su sistema de cultivo y riego dejaron prin¬ cipalmente perpetuado el recuerdo de su dominación benéfica.
Hoy es aún Antequera una de las ciudades más bellas y animadas del centro de Andalucía. Situada al pié de una colina en cuya cumbre no quedan sino los escasos restos de un castillo, salpicada de monumentos cristianos del siglo xvi que hierguen sus torres y sus cúpulas sobre las tres mil casas que cuenta en su recinto, animada por los murmullos de las aguas que fertili¬ zan sus contornos, dibujada á los ojos del que la mira desde el norte sobre la falda de la sierra del Torcal, sierra grave é im¬ ponente como todo lo grande, bella como todo lo que la na¬ turaleza cubre con sus más pingües dones, caprichosa y fantás¬ tica como esas misteriosas grutas formadas por las revoluciones de la tierra, tiene todavía un conjunto agradable y pintoresco no sólo para el que acabó de atravesar los ásperos cerros de la frontera septentrional de Málaga, sino también para el que vinien¬ do del Mediodía pudo admirar ciudades levantadas en vastos y risueños valles que limita por una parte el mar y por otra montes de cumbres desiguales coronados de torres y atalayas. No reúne grandes bellezas artísticas á pesar de lo numerosos que son en ella los monumentos con que la embelleció la piedad de reyes, barones y prelados, porque, sujeta como los demás pueblos á las vicisitudes del gusto, y no conservando casi nada de los templos en que doblaron las rodillas sus conquistadores, apenas deja entrever en el fondo de sus frías naves grecoromanas un solo rasgo del poético estilo de la Edad media; mas tiene en cambio recuerdos que no desaparecerán ni con la última de sus piedras y aun la embellecerán en sus ruinas si la borrase el destino de la faz de esa tierra que la ha visto en mejores tiempos cubierta de gloria y poesía. Donde estuvieron las an¬ tiguas casas del cabildo hay ahora un arco de sillería que no sin razón lleva el nombre de arco de los Gigantes; y este arco, hoy solo, es una historia, es un libro de piedra que tiene por hojas lápidas de la antigüedad romana, por leyenda firmas y
hechos de personajes cuyos nombres dispersos por las hetero¬ géneas creaciones de veinte siglos son el resumen, la cronología, la síntesis de una época. No sólo están consignados en ese álbum los principales sucesos de Anticaria; también lo están los de Singilia, los de esa antigua ciudad, sita en las márgenes del Guadalhorce, en lo alto de un monte cubierto aún de mármoles, alabastros, búcaros, sepulcros, algibes, ruinas de una vasta cindadela cuyos muros podían contener hasta cinco mil soldados, restos de una naumaquia y vestigios de uno de esos anfiteatros donde luchaban entre sí los gladiadores para diversión de un pueblo embrutecido. Los que libraron de algún azote á esas ciudades, los emperadores que las favorecieron, los que levan¬ taron templos en honor de los dioses del Olimpo, los que me¬ recieron bien de los municipios, hasta los que llenos de amor consagraron una memoria funeraria á sus familias tienen grabado allí para siglos de siglos el recuerdo de sus generosos senti¬ mientos. ¡Sería de sentir que desapareciera ese arco histórico! Ciudades que, como la mayor parte de las nuestras, no brillan sino por su pasado, deberían recoger con afán restos que tanto pueden favorecer su orgullo y tal vez explicar su caída.
Álzanse aún en la cumbre del monte, á cuyo pié está Ante¬ quera, viejos muros y sombrías torres, ruinas aún elocuentes del castillo. Nada tampoco hay que admirar en él, nada que pueda hablar á los ojos ni al alma del artista; mas ¡qué de re¬ cuerdos no brotan también de esos escombros, presa ya de una vegetación parásita que va minando hasta lo más hondo de sus cimientos! Contra esos muros hoy destruidos se estrelló el va¬ lor de Pedro de Castilla, ese monarca cuya voluntad de hierro vencía los más insuperables obstáculos. En el fondo de esos to¬ rreones que va desmoronando el tiempo profirió sus más enér¬ gicas palabras aquel severo Alkarmen, que no sucumbió sino ante la inflexible ley de su destino: aquí combatió y arrostró la muerte Fernando de Antequera y pelearon y vencieron los más grandes héroes de su tiempo; aquí logró al fin plantar la cruz
después de haber pasado sobre la ciudad, cuyos hijos yacían insepultos entre los escombros. Fué este castillo en los prime¬ ros tiempos de la conquista el más temido alcázar de los moros de Granada; vivían en él de alcaides los Narváez, y era espan¬ tosa en los combates la lanza de esos bravos caballeros. Rodri¬ go, el primero de esa familia que poseyó la alcaidía de Ante¬ quera, fué respetado hasta de los mismos árabes, que admiraban tanto sus proezas como los nobles sentimientos que desplegó al ver en sus manos la suerte de Jarifa y su desdichado amante (i).
(i) Ese rasgo de generosidad de Rodrigo de Narváez es una de las tradiciones más populares que tenemos en España. Nos ha sido transmitida por autores ára¬ bes y cristianos, ha sido cantada por muchos de nuestros romanceros, celebrada por Jorge de Montemayor, y referida con bello lenguaje y gran sentimiento por Antonio de Villegas, que la publicó con el título de Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa. Consiste en lo siguiente: — Rodrigo de Narváez, dicen, no dejaba de recorrer ni un solo día los alrededores de Antequera. Salió una noche con nue¬ ve hidalgos ; y movido después de una larga excursión, tanto por el cansancio como por el espectáculo que ofrecía la naturaleza bañada por la luz de la luna y dulcemente agitada por frescas brisas que perfumaba el aliento de las flores, se apeó, se tendió sobre la yerba y se entregó á las tranquilas emociones que suele despertar á tales horas la vista de campos risueños y de un cielo puro. Sintió á poco rumor de pasos, montó rápidamente á caballo, dividió á los suyos en dos gru¬ pos, y se dirigió en silencio á una encrucijada por donde creyó que había de pasar el que le había puesto en alarma, que era un gallardo moro como de veinte y tres años, montado en una yegua andaluza, tan ligera que apenas dejaba impresa en el suelo la herradura.
Venía el moro cantando una canción de amores llena de gracia y de poesía, tan preocupado al parecer por una idea, que pasó por junto á los cristianos sin reparar en ellos. No se dejó, sin embargo, sorprender por los del primer grupo que le aco¬ metieron ; enristró la lanza, derribó al que tuvo más cerca, y dando del acicate á su caballo, escapó como sombra dejándolos sin esperanza de alcanzarle. Corrió, voló, pero tuyo que detenerse al fin herida su yegua por un venablo que le arrojó Narváez, que apenas vió á los suyos en peligro, se disparó como un rayo contra el audaz mancebo. No bien se vió cautivo, cuando arrojando con gran desaliento la lanza, prorrumpió en lágrimas sin abrir los labios hasta que le hubo preguntado su vencedor quién era, á qué tribu pertenecía y la causa de su llanto, muy impro¬ pio en caballero que tan buena razón acababa de dar de su valor y de sus armas. Contestó entre sollozos que era abencerraje é hijo del alcaide de Ronda, y dió tan bien á entender que procedía su sentimiento de motivos mayores que el de su cautiverio, que Rodrigo no veía llegado el instante de oir de sus labios la historia de sus tristes aventuras.
Refirió el mancebo como hacía muchos años que no vivía sino por la hija del al¬ caide de un castillo inmediato, muy enemigo de su linaje. «Por mi Jarifa, añadió, he arrostrado la muerte en cien combates, y no siento más que no haberle podido conquistar una corona para cegar con ella los ojos de su padre. Hoy esperaba te¬ ner la ventura de conducirla á mi patria en la delantera de mi caballo : teníamos
Al verse amenazado por los infieles cuando subió Mohamed el Zurdo al trono de Granada, salió de ese castillo con un puñado de valientes, se emboscó hacia la Peña de los Enamorados, cayó de improviso sobre los enemigos, y no satisfecho con arre¬ batarles el botín que habían recogido en asoladoras incursiones, los persiguió é hizo en ellos tal estrago, que aún hoy se conoce el sitio de la batalla con el nombre de Torre de la Matanza, y al remover aquel suelo empapado en sangre se da aun con es¬ puelas, estribos, espadas y otras armas que hubieron de dejar allí con los vencidos. Su hijo y sucesor en la alcaidía, Pedro de Narváez, no fué tan afortunado, pero tuvo por su desgracia el mismo arrojo, la misma bravura que todos los de su linaje. Los abencerrajes de Mohamed estaban a las puertas de Antequera en tanto que él iba recorriendo los límites de Castilla : regresa corriendo á la ciudad, llega hasta cerca de Riogordo, da con un ejército de infieles y empeña sin vacilar la lucha. No tiene fuer¬ zas para combatir con tan poderoso enemigo; pero nada teme confiado en su Dios, su corazón y el valor de sus soldados. Pier¬ de á poco sus peones, que le vuelven sin rubor la espalda, pier¬ de á poco las dos terceras partes de escuderos que le acompa¬ ñaban, pierde al fin hasta los cincuenta que le quedaban de tan desigual pelea; mas ni aun viéndose solo quiere rendirse. Deses¬ perado, frenético al contemplar á los suyos, fugitivos unos, re¬
concertada la fuga, y estará la infeliz esperándome en vano entre las sombrías alamedas que crecen al pié de su castillo. No es el rigor de mi suerte el que me es¬ panta, es la amargura que ha de sentir ella al ver que asoma el alba y su amante no parece.» No pudo continuar, pero bastó lo dicho para conmover á Narváez, que le dió lanza y caballo y le permitió que fuera á ver á la bella Jarifa bajo juramento de que se presentaría al amanecer dentro de los muros de Antequera. Voló al cas¬ tillo, habló á la mora, la encontró resuelta á ser compañera de sus infortunios, la puso en su caballo adornada con sus ricas joyas, partió á todo escape hacia Ante¬ quera, se arrojó á los pies del generoso alcaide, y le ofreció por rescate las alha¬ jas de la sin par cautiva.
No paró allí la magnanimidad de Narváez : declaró libres á los dos amantes, embelleció con nuevas joyas la frente de Jarifa, la presentó á los caballeros y da¬ mas de la ciudad, intercedió por el moro al padre de la novia, y destacó una bri¬ llante escolta para que los pusiera salvos en las puertas de Ronda, patria del ena¬ morado abencerraje.
vueltos otros entre el polvo del combate, se precipita sobre las filas moras, y sólo con la vida suelta la espada. Día de luto fué este para la ciudad, y aiio más para el castillo en, que tantas veces animó sus tropas con palabras hijas de un corazón entu¬ siástico por la gloria. Era la tenacidad una de las cualidades distintivas de esta raza: Hernando de Narváez, digno hermano de ese infeliz D. Pedro, odiaba tanto la paz, que aun viéndose libre de enemigos, no sabía dejar quietas sus armas. Invadía las fronteras de otras alcaidías al recibir noticia de que habían en¬ trado en ella enemigos de Castilla ; y si por acaso llegaba á sus oídos la fama de alguna derrota sufrida por los cristianos, pen¬ saba luégo en tomar por sí mismo la venganza. Sabedor del cautiverio del conde de Castañeda y el obispo D. Gonzalo, sin respetar treguas, sin oir más que la voz de su ira, se armó, cayó sobre la hoya de Málaga, donde estaban los moros apa¬ centando tranquilamente sus rebaños, la taló del uno al otro extremo, y no vaciló en aguardar á sus enemigos, que en núme¬ ro de mil infantes y cuatrocientos caballos acababan de salir de Málaga á las órdenes del bravo alcaide Aliatar, uno de los más leales servidores que tenía á la sazón la corte de Granada. Avi¬ sáronle llenos de temor sus delanteros, y hasta hubo capitanes que le propusieron batirse en retirada ; pero no les contestó sino enristrando la lanza y acometiendo con furor al jefe moro, sobre cuyo cadáver pasó con todos los suyos entre un ejército ya sin cabeza. Imposible parecía que un Narváez volviese la espalda al enemigo: preferían morir á retroceder, como si temieran que ese mismo castillo que les servía de albergue se había de des¬ plomar sobre ellos en cuanto penetrasen vencidos en sus puertas cercadas de to.rreones.
La ciudad tiene también sus recuerdos ; pero no grandes monum,eEtos. Entre tantas iglesias como cuenta en su recinto, inútilmente busca ya el viajero la del ^ Salvador, tumba de sus bravos alcaides, lugar siniestro en que la astucia del joven Her¬ nando dominó el débil y vacilante carácter de Enrique IV le-
yantando sombras y espectros capaces de conmover corazones más bravos que el de un monarca afeminado por todo genero
de placeres (i).
Monumentos que contengan algún recuerdo importante no existen ya en Antequera si exceptuamos el convento de San Agustín, donde se conserva aún el blasón de Ruiz Díaz de Rojas y Narváez, padre político del segundo alcaide de la ciu¬ dad, caballero de los más bravos que hubo en Andalucía, a quien no sin razón llamaban en su tiempo el héroe de la gran lanzada. Ganó Ruiz diez y siete banderas á los moros, y entre tantas luchas como sostuvo se asegura que no salió nunca vencido. Consérvanse en el convento los blasones, no los estan¬ dartes suspendidos por la mano de su hijo en los arcos torales
( I ) Temiendo el joven alcaide que el rey pretendiera quitarle el destino d nadre con objeto de conferirlo al ambicioso Alonso de Aguilar, es fama que quiso recibirll en la ciudad con más de quince escuderos ; alzo tras ellos
l para .a.ped.r e, paso f ."ho a’ da ab.ñ
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agitadas loégo por una des.sparacón
recinto, vió con mayor sorpresa sepulcro de Rodrigo,
desaparecer frailes y plañideras y un irse , a „iQ gue no há mucho parecía
quedando bañado en luz en ^jlegrm el
el teatro de la muerte. Alonso de Ag , desoyó su reto el valeroso
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sin embargo, el escenario de tan singu meubre, hi'jo de la ambición, de la
que pueda la fantasía reconstruir ese cp el’trono de Castilla, del ver-
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de la iglesia. El siglo xvi quitó á la ciudad algo del colorido poético que le daban los humildes monumentos levantados por los conquistadores; los siglos xvii y xviii fueron arrebatándole uno por uno sus trofeos; el xix al fin sepultó con mano impla¬ cable en el olvido los postreros vestigios de su gloria, sus últimos recuerdos. Los templos que vinieron á sentarse sobre las ruinas de los antiguos presentan aún en su mayor parte belleza y majestad, elegancia y grandeza: las soberbias cimbras que sostienen sus bóvedas descansan sobre pilares cubiertos de arrogantes columnas; sus tabernáculos son ricos y suntuosos; sus pavimentos, de mármol; sus coros, muros de madera cubiertos de bellas esculturas; pero, fríos, monótonos y sin historia, ¿dónde podrá el artista fijar con placer sus ojos? ¿Dónde esplayar su imaginación el poeta? Antequera es ya ciudad que apenas puede llamar la atención sino por los favores con que la enriqueció la naturaleza. El viajero que corra en busca de grandes impresiones, que desee leer los sucesos en las mismas piedras que les sirvieron de teatro, que pretenda contemplar monumentos donde pueda ver reflejados el carácter y las instituciones de los pueblos, no puede hacer mas que echar sobre ella una mirada pasajera y seguirnos entre los ejércitos de cruzados que van á llevar la guerra al corazón de Granada y á sostenerla hasta que puedan doblar la rodilla ante el estandarte de la cruz enarbolado en una de las torres de la Alhambra.
De 1465 Á 1487
EMOS llegado al último período de la historia de Granada. Dos reyes van pronto á jurar la ruina de este imperio, y los mismos árabes van á precipitarla con terribles guerras