Hombres y glorias de América · Unidad 18 de 33

CAPÍTULO XII. — parte 1

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La Víspera de la guerra civil.

¡Terrible la situación de los Estados Unidos, desde el triunfo electoral del partido republicano en Noviembre de 1860 hasta que pudo Lincoln aplicar, por fin, en Marzo del año siguiente, sus robustos brazos á la desamparada rueda del timón, é imprimirle las primeras vueltas para sortear el abismo á que corría la nación, en que iba á hundirse positivamente!--¿Qué país se encontró jamás en trance tan extraordinario?--Una mitad de los habitantes disolviendo por su propia voluntad el pacto nacional, desmontando la máquina gubernamental; la otra mitad inmóvil, absorta, contemplando, sin darse cuenta exacta, la obra de destrucción que estaba consumándose, sin medios tampoco de evitarlo. La capital de la república, los centros todos de donde irradiaba la acción federal, ministerios, hacienda, el ejército, la marina, las posiciones artilladas de las costas del Atlántico, del golfo de Méjico y del Pacífico, en manos de hombres en completo acuerdo ó en íntima simpatía con la fracción más valiente, más audaz, mejor disciplinada del partido vencido en las urnas electorales; y esos hombres, dueños del poder, árbitros de la situación, se mantenían á la cabeza de los negocios públicos, bajo la sombra del presidente Buchanan, para que sus correligionarios y amigos en los estados del Sur impunemente, sin que nadie lo impidiese, pudieran realizar la empresa nefasta de dividir la nación y crear la Confederación del Sur, antes del momento crítico de entregar el mando á los nuevos elegidos.

La indecisión que en Octubre sintió parte de los estados del Sur, al aprestarse á las violentas resoluciones, se transformó en el mes de Noviembre, al anuncio del triunfo de los amigos de Lincoln, en febril impaciencia de romper los lazos que los unían á la grande y famosa nación republicana creada en 1787, desprenderse y formar una nueva república, más pequeña sin duda y menos fuerte, pero homogénea y en condiciones de proteger y fomentar el régimen interno, causa verdadera del rompimiento.

A mediados de Diciembre, una Convención, convocada según las formas de la legalidad, acordó por unanimidad disolver "la unión existente entre la Carolina del Sur y otros estados con el nombre de Estados Unidos de América", y el primero de Febrero inmediato habían ya hecho lo mismo otras convenciones reunidas en Mississipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Tejas. Tres días después, la nueva Confederación de esos siete estados quedaba provisionalmente organizada, y el 18 fueron instalados Jefferson Davis y Alejandro Stephens como su presidente y su vicepresidente. La constitución, promulgada acto seguido, era en sustancia la misma de los Estados Unidos, con sólo diferencias de detalle y el encargo especial de "reconocer y defender" la institución de la esclavitud de los negros, "tal como actualmente existe en los Estados Confederados de América", nombre que asumía la nación acabada de fundar. Todos los edificios, aduanas, casas de moneda, arsenales, fortalezas, sobre los cuales flotaba la bandera con las estrellas y las bandas, izaron la nueva insignia; los individuos que los custodiaban, ó los pequeños destacamentos que los guarnecían, los entregaron ó capitularon; ni otra cosa hubieran podido hacer, perdidos y sin recursos como se encontraban, cubiertos como isletas en el mar, por las oleadas de la vasta y formidable insurrección. Solamente los fuertes de la bahía de Charleston, de Pansacola y los cayos de la Florida permanecieron en poder del gobierno federal.

Esos siete estados no hacían más que aplicar las doctrinas políticas por ellos predicadas y sostenidas constantemente, que ya en 1831 y 1832 la Carolina había invocado dando los primeros pasos en la senda de la separación, y que lógicamente se desprendían del principio superior de derecho que Calhoun había tantas veces definido, precisado y elocuentemente defendido, que sus discípulos habían enérgicamente mantenido. Según ese principio, la constitución era un pacto entre estados soberanos, independientes entre sí para todo aquello que no estuviese expresamente delegado al gobierno general, y esos estados recobraban su absoluta independencia y soberanía, cuando se consideraban lesionados en sus derechos é intereses, porque no sólo no los habían enajenado, sino que eran el fundamento, la razón de su existencia antes de formar la Unión.

Mientras tanto el presidente Buchanan, que había toda su vida militado bajo las mismas banderas y compartido todas las ideas y sentimientos dominantes en esos siete estados irreconciliables, que se hallaba entonces rodeado de ministros y consejeros en perfecta simpatía, en confesado acuerdo con los jefes esclavistas, afirmaba oficialmente, al abrirse las sesiones del Congreso, que si bien carecían á su juicio los estados del Sur del derecho de abandonar la Unión, ni él como Presidente, ni el Congreso, ni nadie, tenía otorgadas por la Constitución facultades de oponerse con la fuerza de las armas y compelerlos á permanecer dentro de la Unión. Esto, que semeja una paradoja, y envuelve positivamente una contradicción, era no obstante la opinión de un crecido número de personas en el Norte. Contando precisamente con ello y con la inacción del Presidente, procedieron los conjurados, y aprovecharon los tres ó cuatro meses que la suerte les ofrecía para organizarse y prepararse á hacer frente á quienquiera que se opusiese.

Años después, decidido ya por las armas el conflicto, proclamaba Buchanan todavía las mismas opiniones; y en la defensa que escribió y publicó de los últimos actos de su administración, reconoce con satisfacción que la guerra no fué iniciada por el gobierno de su sucesor con el objeto de sujetar por la fuerza á los estados, sino aceptada para hacer cumplir y ejecutar en el territorio rebelado las leyes vigentes, pues tal era el deber ineludible del poder ejecutivo. Lincoln, en efecto, á pesar de representar ideas tan diferentes, política tan opuesta, siguió durante varias semanas, en la apariencia al menos, el mismo sistema de contemporización y espectativa que su predecesor, y aguardó que los confederados de Charleston cañoneasen y tomasen el fuerte Sumter, arriasen la bandera nacional y alzasen otra en su lugar, para romper el silencio y convocar las milicias ciudadanas en defensa de la Unión.

La cuestión de legalidad es, empero, muy poco interesante ya á estas horas; en esa ocasión, como en tantos otros momentos críticos de la historia de la civilización, las circunstancias llevaron á los individuos y, sin saberlo, muchos se encontraron arrastrados por los sucesos más allá de líneas en que hubieran querido confinarse. Ocioso también sería ya discutir si cometieron delito político de traición los que desmembraron la república y organizaron la Confederación. La conducta del vencedor, nunca bastante encomiada, absteniéndose de procesar criminalmente, después de la victoria, á ninguno de sus adversarios, consintiendo el sobreseimiento de la causa abierta contra Jefferson Davis, demostró que, calmadas las pasiones, la nación entera convenía implícitamente en que no era posible perseguir como traidores á quienes, después de todo habían ajustado su conducta á opiniones siempre y por doquiera pública y abiertamente proclamadas. Su fe política, nunca renegada, ordenaba prestar obediencia y acatamiento, en primer lugar al estado de que eran ciudadanos, en segundo á la Unión, vigente sólo mientras durase el consentimiento de los estados que la habían creado. Eso hicieron, y casi todos ellos abandonaron la patria común con el alma desgarrada, esperando salvar derechos esenciales, que juzgaban en peligro y consideraban del número de aquellos que no se consienten perder ni se dejan arrebatar, antes de haber consumado el último sacrificio para defenderlos.

"En vuestras manos, descontentos compatriotas, en vuestras manos y no en las mías, está la tremenda resolución de si ha de haber ó no guerra civil. Para que la haya, es preciso que vosotros mismos seais los agresores", dijo Lincoln la primera vez que habló como Presidente al pueblo de los Estados Unidos.

Y la guerra vino, y duró lo que nadie había podido imaginar. Todavía, al inaugurarse la segunda presidencia de Lincoln el 4 de Marzo de 1865, parecía en situación de durar algún tiempo más, acaso "hasta que desapareciese toda la suma de riqueza acumulada durante doscientos cincuenta años por el trabajo esclavo, ó hasta que cada gota de sangre, arrancada por el látigo, fuese compensada por otra igual arrancada por el hierro". Por fortuna, cuando pronunciaba Lincoln estas últimas palabras de su segunda oración inaugural, faltaban pocas semanas para el desenlace final, para que por siempre quedase decidido que la unión de los Estados era un pacto perpetuo é indestructible.

Pero la historia de la sangrienta guerra civil es materia demasiado grande para los límites reducidos de este bosquejo; si ha de tener éste algo de completo en su inevitable brevedad, debe poner punto final al ascender Lincoln á la presidencia de los Estados Unidos, al terminar el conflicto en el terreno pacífico de la palabra hablada ó escrita, al comenzar la guerra devastadora.

JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO

I

Ningún nombre llegó á tener en la isla de Cuba, antes del período de guerras libertadoras que comienza en 1868, tan gloriosa resonancia, de un extremo al otro del país, como el de José de la Luz; todavía hoy, á pesar de que el ciclo de acción y de lucha que comienza en ese año fatídico ha producido otras reputaciones acaso más brillantes, no se ha deslustrado la corona en torno de su frente, nadie ha olvidado al filósofo, al maestro, al educador de esas generaciones que supieron luego desplegar tanta energía y tanta constancia en la dura, desigual contienda contra la nación opresora.

La historia de su vida, desnuda como se halla de incidentes extraordinarios, es el cuadro donde mejor resaltan sus virtudes y servicios eminentes á la patria, porque el hombre valía mucho más de lo que pueden significar las obras reducidas ó incompletas que de él nos han quedado, porque fué en su tiempo para la isla de Cuba el hombre superior, "el grande hombre, causa de muchas filosofías", para aplicarle palabras de Federico Nietzsche.

II

En el año último del siglo XVIII, 11 de Julio de 1800, nació José Cipriano de la Luz en la Habana, en la antigua casa solariega que ya entonces daba nombre á la calle donde estaba. La calle se llama siempre de Luz, pero en el solar se eleva una vasta hostería, que ocupa toda la manzana de casas é incluye el terreno del antiguo Teatro Principal, en aquella época el más importante de la ciudad, derribado por el ciclón terrible de 1846. Fué su madre doña Manuela Caballero, mujer de grandes virtudes, cuya memoria quedó indeleblemente impresa en su alma desde muy temprano como insuperable modelo de la práctica constante y austera del deber más estricto, y de ella probablemente heredó la lucidez de la inteligencia y el puro vigor de su carácter. El público cubano, para distinguirlo de otros del mismo nombre, le agregó siempre el apellido materno, aunque él hasta el fin firmó solamente con el de su padre.

Corrió tranquila su niñez educado por eclesiásticos instruídos, y por algún tiempo acarició el proyecto de entrar en el sacerdocio, siguiendo el ejemplo de su tío carnal el P. Agustín Caballero y otros miembros de la familia; idea que no abandonó tan pronto, pues al graduarse de bachiller en jurisprudencia, ya de veinte años de edad, vestía aun hábitos religiosos conforme á las órdenes menores que tenía recibidas.

Pero en un país cuyos habitantes formaban dos clases opuestas, libres y esclavos, negros y blancos, y donde se creía naturalmente indispensable un código terrible de leyes penales y una multitud de costumbres feroces para mantener quietos y anuentes al yugo á los oprimidos, los sacerdotes, como encargados del registro de la población y de los varios detalles prácticos del único culto consentido, tenían que ser instrumentos activos de la perenne iniquidad de que eran víctima esos seres desvalidos. No podía Luz avenirse á ejercer en tales condiciones un ministerio de paz y caridad y al cabo lo renunció, como más adelante renunciaría al ejercicio de la abogacía, convencido de que la organización de los tribunales y la especie de jueces que en ellos se sentaban, venidos de España, sin arraigo en el país y amovibles al capricho de los ministros que entraban y salían tan á menudo por las oficinas de Madrid, no consentían independencia y apenas dignidad profesional en el abogado.

Cuando salió del Seminario Conciliar, más versado en teología que en otros ramos del saber, necesitó completar por su propia cuenta su educación; hizo profundos estudios científicos y literarios, coronados desde principios de 1828 por un viaje de más de tres años por los Estados Unidos, la Gran Bretaña, Francia, Alemania é Italia. Iba de antemano provisto del conocimiento teórico perfecto de los idiomas de esos países, adquirió luego tal dominio del acento, la entonación peculiar con que se hablan en las capitales de cada uno de ellos, que fué siempre causa de maravilla oirle pronunciar tan correctamente lenguas extranjeras. De las antiguas conocía bastante el griego; el latín le era, gracias á su primera educación eclesiástica, casi tan familiar como el castellano.

Al volver á la patria, completada su peregrinación, no tardó en decidir, ante el estado del país, cual debía ser la ocupación de toda su existencia. La educación primaria y secundaria, la instrucción pública en general, se encontraba entonces en el más miserable estado, de todas las necesidades del país la menos atendida, á pesar de la gran prosperidad material que desde principios del siglo había ido lográndose.

Cuba no era ya la poco importante factoría, el simple punto de escala de las escuadras ó convoyes que iban y venían de Méjico y el mar Caribe. Todos los desastres sufridos por las metrópolis europeas en América, por la Gran Bretaña lo mismo que por España y Francia; es decir, la fundación do los Estados Unidos, el alzamiento de los negros en Santo Domingo, el ingreso de la Luisiana y la Florida en la nueva república angloamericana, la derrota final de la dominación española en el continente desde San Francisco hasta el estrecho de Magallanes, fueron para Cuba como un beneficio particular, que contribuyó poderosamente á aumentar su población, desarrollar su agricultura y su comercio. Apenas fueron suprimidas las trabas absurdas é inicuas que le prohibían todo género de relaciones mercantiles con las regiones vecinas, la que había vegetado pobre y abandonada como una pordiosera al lado de sus opulentas hermanas, Méjico, Guatemala, Venezuela, Nueva Granada; la que con gran dificultad y sólo gracias al socorro que de Méjico le mandaban podía equilibrar sus gastos y sus ingresos, vió en muy poco tiempo tiempo duplicada y triplicada la cifra de sus habitantes, aumentado su tesoro hasta el punto de no requerir más limosna de nadie, de satisfacer ampliamente ella sola sus cargas y poder pronto atender á las llamadas "necesidades de la Península", remitiendo á Madrid desde 1827 un millón anual de pesos fuertes, que penetró en el presupuesto español bajo el título de "sobrante de Ultramar". Ese millón estaba también destinado á crecer rápidamente, y en 1861 mandaba Cuba á España más de cinco millones de pesos anuales en efectivo, amén de muchas otras partidas especiales que nada tenían que ver con los intereses de la isla, como el déficit del presupuesto de la colonia africana de Fernando Poo, ó la abortada reconquista de Santo Domingo, cuyos gastos se liquidaban en la Habana[45].

[45] Para los datos incluídos en este párrafo y el siguiente, véanse: _Pezuela_, Necesidades de Cuba. Madrid, 1865.--_Saco_, Papeles sobre Cuba.--Id. Papeles póstumos, Habana, 1881.--_Zaragoza_, Insurrecciones de Cuba. Madrid, 1872.

Ninguna parte de las sumas producidas por la isla se invertía en favorecer la instrucción pública. Los conventos de frailes y de monjas eran los encargados oficiales de repartirla, y sus escuelas mal instaladas vivían lánguidamente, sin estímulo, sin ser por nadie vigiladas, dedicadas sobre todo á enseñar á rezar. El Ayuntamiento, sin iniciativa, con recursos escasísimos, sin facultades ni aun en asuntos locales, se reducía á pagar una mezquina anualidad de ocho mil pesos á la Sección de educación de la _Sociedad Patriótica_, como se llamaba primero, ó _Sociedad Económica_, como dispuso la suspicacia de las autoridades que debía titularse, asociación puramente privada que, por medio de las cuotas de sus miembros y auxilios buenamente conseguidos entre los amigos, sostenía escuelas gratuitas y luchaba sin cesar por extender su influencia educadora más allá del recinto de la capital. Luz fué desde luego miembro de la Sociedad, después durante nueve años su director, y prestó en el puesto grandes servicios á la instrucción pública.

Dió á luz en 1833 un libro para servir de texto en clases primarias de lectura, con objeto de propagar el método explicativo en las escuelas, y desterrar el absurdo sistema de forzar la memoria con perjuicio del armónico desarrollo intelectual, de hacer á los alumnos repetir de coro palabras y frases de cuya significación no tenían la menor idea. Al año siguiente redactó el informe sobre la creación de un Instituto cubano ó escuela práctica de ciencias y lenguas vivas, proyecto muy estudiado y detallado, de que más adelante trataré, y cuya realización hubiera llenado mucho mejor y mucho más temprano el vacío que incompletamente ocupó la _Real Universidad Literaria_, establecida en 1842. Sucedía ésta á la que con el nombre de _Pontificia_ había estado exclusivamente en poder de los Frailes Predicadores, en cuyas inhábiles manos vegetaba como institución de la Edad media en beneficio de preocupaciones anticuadas. El instituto proyectado y descrito minuciosamente por Luz hubiera, sin duda, sido menos literario de lo que fué la Universidad de la Habana, organizada para formar únicamente médicos, abogados ó farmacéuticos; hubiera adquirido muy distinta eficacia práctica y dotado al país de ingenieros, navegantes, químicos, arquitectos, librándolo de la triste necesidad de traerlos del extranjero, como era preciso hacer para sus minas y ferrocarriles, para las diversas atenciones de su agricultura y su incipiente industria.