Hombres y glorias de América · Unidad 19 de 33
CAPÍTULO XII. — parte 2
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En seguida se encargó temporalmente de la dirección de un colegio ya establecido[46], luego abrió clases privadas en su casa, hasta que obtuvo autorización de profesar públicamente filosofía, é inauguró un curso libre en el edificio del extinguido convento de San Francisco, curso que duró hasta 1843. Estos trabajos, emprendidos por amor de la enseñanza, no acompañados por idea alguna de lucro, pues la posición de fortuna de su familia lo mantenía libre de ese cuidado, eran para él la más agradable ocupación, pero le acarrearon disgustos. Publicaba programas muy detallados de las materias filosóficas que enseñaba, con ocasión de los exámenes públicos en que mostraba los adelantos de sus alumnos, y originóse de esos programas una polémica ardiente en los periódicos con futuros profesores de la Universidad, ya próxima á establecerse, á propósito de las doctrinas del entonces celebérrimo profesor francés Victor Cousin, sobre cuyas contradicciones y superficialidad formulaba Luz juicio tan severo como exacto y profundo. En otras controversias apasionadas se vió envuelto por la misma época sobre asuntos de interés público relacionados con el primer ferrocarril establecido en la isla por el patriotismo de sus habitantes desde 1837, sin auxilio de la metrópoli, donde no los hubo sino en fecha posterior. A consecuencia de tales luchas, de los desabrimientos personales que le trajeron, de la exaltación á que á veces lo arrastraba el ardor de sus convicciones, cayó víctima de una afección del sistema nervioso, y se vió forzado á suspender todo trabajo y embarcarse para Europa.
[46] Colegio de San Cristóbal, llamado habitualmente de Carraguao, nombre del barrio en las afueras de la ciudad donde se encontraba.
En una casa de salud de París vivía á mediados de 1844, al cuidado de un facultativo sobrino del famoso doctor Pinel, cuando le llegó la noticia inesperada de que un tribunal militar de la Habana lo citaba por edictos como reo ausente de atentado contra la seguridad del estado. Tratábase de una supuesta conspiración de negros esclavos contra sus amos, y los fiscales inmediatamente envolvieron en el sumario á muchas personas respetables, nacidas en el país, con objeto de hacerlas impopulares por el horror que en todos despertaba el recuerdo de lo que había pasado en Santo Domingo, y sin más pretexto que el considerar las hostiles á la trata de África, que tan descarada como ilegalmente se practicaba todavía en la isla con la sanción tácita de los gobernadores. Sentíase Luz tan inocente de lo que se le achacaba, tan ajeno de toda culpa, que sin vacilar determinó, no importándole las consecuencias, volver á la Habana y responder personalmente al llamamiento; resolución bien aventurada pero bien digna de su intrépido corazón, pues sabía demasiado que el régimen político de la colonia no brindaba garantías de equidad; porque la causa se instruía conforme á los duros é inquisitoriales preceptos de la ley militar, y porque gobernaba la isla en esa fecha más despóticamente que ninguno el general Leopoldo O'Donnell, duque futuro de Tetuán, quizás en todo el universo el hombre de armas que ha ostentado mayor desprecio de la legalidad, en Cuba lo mismo que después en España, y que joven entonces, provisto de omnímodas facultades, no obedecía siquiera al freno de la experiencia ni soportaba la menor contrariedad.
No conocía Luz personalmente á O'Donnell que había tomado posesión de su destino después de su salida: en cambio era muy probable que el nuevo procónsul estuviese fuertemente prevenido contra él, pues uno de sus primeros actos al presidir como Capitán general una sesión de la Sociedad Económica había sido ordenar verbal y ásperamente que la Sociedad borrase del número de sus miembros á un inglés, antiguo cónsul de la Gran Bretaña, David Turnbull, expulsado de la isla como abolicionista. Y precisamente había debido ese animoso extranjero el continuar inscrito á la intervención de Luz que, como Director, aunque ausente á causa de sus males, había propuesto y obtenido por medio de enérgica y elocuente comunicación que la Sociedad anulase el acuerdo de la expulsión de Turnbull, tomado con atropello de artículos terminantes de su reglamento. Cuantos figuraron votando contra la ilegal é innecesaria afrenta dirigida á un hombre que ya no residía en la isla, eran tenidos por el gobierno como partidarios, si no de la abolición de la esclavitud, por lo menos de la supresión sincera del tráfico de negros con África; uno y otro cargo eran igualmente decisivo indicio para los que buscaban cómplices, directos ó indirectos, de la imaginada conspiración.
En Agosto estaba ya de vuelta Luz y en su casa de la Habana. No fué llevado á la cárcel pública merced al notorio mal estado de su salud, que debió no obstante, dejar comprobar por la visita de tres médicos designados por el fiscal[47], y quedó arrestado en sus habitaciones. Al cabo de un año largo de preguntas, repreguntas, confesión con cargos y demás trámites del procedimiento criminal, se mandó reunir el Consejo de guerra; ante él compareció Luz por medio de un militar encargado de su defensa, al que dió como única instrucción la orden de reducirse solamente á pronunciar las siguientes palabras: "Don José de la Luz y Caballero libra su defensa en el mérito de los autos y la justificación del tribunal". Así en efecto lo hizo el oficial escogido, que fué Andrés Foxá, teniente en un cuerpo especial llamado de Voluntarios de Mérito y miembro de una familia distinguida de poetas y literatos nacidos todos en las Antillas.
[47] José de la Luz Caballero, Estudio crítico, por Manuel Sanguily. Habana, 1890. Págs. 375 y 376.
En Octubre de 1845, á los catorce meses de vuelto á su país, se falló la absolución libre, no de él únicamente sino de las demás personas, ó de su amistad ó del círculo de sus relaciones, que habían sido procesadas al mismo tiempo. Desenlace distinto por fortuna, del que tuvieron los procesos del año anterior, de las numerosas escenas trágicas, las sangrientas hecatombes de negros y mulatos infelices, tanto libres como esclavos, que ordenaron y ejecutaron esas mismas comisiones militares ante el país aterrorizado.
Corrió Luz de todos modos el peligro de sufrir larga prisión preventiva, lo que en su situación podía haberle costado la vida, como sucedió á un respetable letrado amigo suyo, Martínez Serrano, fallecido en el calabozo. Si por dicha evitó esa prueba, tuvo que soportar la humillación de las visitas del fiscal, del miserable Pedro Salazar, condenado más adelante á presidio por sus desmanes y desafueros, que venía una y otra vez á tenderle lazos groseros por medio de preguntas capciosas, dudando insolentemente de su franqueza y de su veracidad.
Mucho mejor, por consiguiente, hubiera sido en interés de su salud comprometida que, desdeñando la absurda acusación, hubiese permanecido en París y no vuelto hasta que todo hubiese estado terminado. Pero un hombre como él, de su categoría moral en el país, no podía proceder así, aunque fuese lo más prudente ó lo más práctico; el apóstol de la verdad y la justicia en aquella pobre tierra víctima de tanta mentira y tanta iniquidad no debía aparecer un solo instante como si tuviese algo que ocultar, como si huyese despavorido de sus jueces, aunque fueran éstos injustos ó venales ó feroces conocidamente.
Su retorno inesperado fué un servicio patriótico, que sirvió no solamente para engrandecer su ya extendida reputación de intachable rectitud, sino para aclarar la situación general, disipando nieblas de propósito acumuladas por la encarnizada persecución; para fijar la opinión pública extraviada por la perversidad de los acusadores[48]; para facilitar en fin la defensa de inocentes que yacían todavía en las prisiones con la garra de los fiscales siempre encima. Esa fué la impresión general al circular la nueva de que, á pesar de sus padecimientos, venía Luz desde Europa á ponerse enfrente de sus acusadores.
[48] ...fijó la opinión pública que desde su llegada absolvió á los acusados absolviéndolo á él.--_Bachiller y Morales_, artículo publicado en La América, Madrid, 1862.
La imagen de ese año siniestro de 1844 se destaca en la historia de Cuba y en la memoria de los cubanos como una gran mancha negra en el centro de un lago de sangre. El delito, la explotada conjuración de negros y mulatos contra blancos, si acaso tuvo alguna existencia, fué como idea muy vaga ó proyecto sin comienzo de ejecución, mientras que la represión fué de la más bárbara crueldad, ejecutada contra toda ley y toda razón. Centenares de individuos perecieron, pasados unos por las armas, muertos otros en el suplicio de azotes que se les aplicaba para forzarlos á confesar, prueba del tormento resucitada en virtud de autorización expresa de O'Donnell[49]. Había en la Habana, Matanzas y demás ciudades un cierto número de mulatos libres, ricos y generalmente considerados; casi sin excepción todos fueron encausados, algunos perdieron la vida, ni uno solo salvó su fortuna.
[49] Oficio del Capitán general de 6 de Mayo de 1844, cuya frase principal se cita en la biografía de Luz, por J. I. Rodríguez, de que se habla después. Pág. 144.
Entre las primeras víctimas se contó el mulato conocido en literatura bajo el nombre de _Plácido_, que se llamaba Gabriel de la Concepción Valdés, hijo natural de una bailarina española y de un peluquero de color. Conforme á la condición de la madre nació libre, pero su aspecto físico lo hacía de la raza legalmente inferior, y de nada valieron para ayudarlo á salvar esa insalvable barrera las facultades poéticas de que estuvo dotado, el estro poderoso que á ocasiones lo eleva tan alto. Tenía treinta y cinco años cuando lo fusilaron en la ciudad de Matanzas.
Es coincidencia bien extraña que entre los cargos principales que se hicieron á Luz en el proceso, de todos, el más preciso, se funde en una alusión de _Plácido_[50] en su declaración instructiva, alusión de un todo inexacta, de que Luz ni siquiera dignó defenderse, pues nunca conoció personalmente á _Plácido_, y cuando él llegó á la Habana hacía ya tiempo que el pobre vate había sido ajusticiado. Pero sobre esa declaración, lo mismo que sobre las demás de los condenados entonces á muerte y sobre otras actuaciones de la causa, pesa y eternamente pesará la sospecha de ser una suplantación infame de los fiscales, que en el secreto del sumario las tomaron y redactaron.
[50] _Sanguily_, Estudio crítico. Pág. 226.
III
Tres años más de reposo y de cuidados necesitó antes de pensar poner en práctica sus antiguos proyectos; pero á la primer vislumbre de mejoría se dedicó con perseverante preferencia á luchar contra las dificultades que la hostilidad del gobierno y la apatía de sus compatriotas le suscitaban y lograr el fin de sus anhelos: el establecimiento de un colegio cuya dirección se reservaba, para organizarlo conforme á sus ideas, acercarlo en lo posible al modelo filosófico que llevaba en la mente desde mucho tiempo atrás, tal como lo había esbozado en la proposición última del elenco de sus lecciones públicas de 1840; "escuela de pensamientos y virtudes, no queremos filósofos expectantes ni eruditos de argentería, sino hombres activos de entendimiento y más activos de corazón".
La soberbia frase de su empresa de educador, el hermoso apotegma que condensa todo su programa: "educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida", no podía realizarse enseñando en clases más ó menos públicas, ni escribiendo libros de texto ó tratados teóricos; era preciso crear una gran escuela, primaria y superior, de la que no saliesen los alumnos durante la semana, y donde fuese, por tanto posible, educarlos en el verdadero y más lato sentido de la palabra.
Así, por fin, lo consiguió; dióle el nombre de _El Salvador_, por el barrio de la ciudad donde estaba, aunque luego la voz pública asignó otro origen al título y le atribuyó un sentido literal en pro del porvenir del país, cosa en que primitivamente no se pensó. La casa, antigua vivienda privada, se modificó para adaptarla en lo posible al nuevo objeto, y sobresalía por la preciosa cualidad de tener detrás jardines extensos, un vasto prado cubierto de césped, de arbustos floridos, de frondosos árboles seculares que por diversas partes formaban pequeños bosques, y allá en un extremo un arroyo de cauce artificial, una zanja, que por accidente del terreno se precipitaba á guisa de minúsculo torrente, y se ensanchaba después entre orillas cubiertas de grupos espesos de "cañas bravas", gramíneas gigantescas cuyas ramas, semejantes á las de ciertos sauces, tamizaban por la tarde á la hora habitual del recreo de los alumnos los rayos del sol poniente, y mantenían en continua y misteriosa alternativa de luz y sombra la plácida superficie, sobre la cual se reproducían y se borraban, en rápida sucesión, las líneas de las ramas hojosas, de los verdes y anillados tallos, imagen poética de la vida efímera de seres y cosas sobre la tierra. Toda esa abundancia de luz y de espacio era inestimable allí, porque los discípulos, según el reglamento, volvían á sus casas solamente los días de fiesta, y entraban siempre en el colegio los domingos por la noche, hasta el sábado siguiente.
Por desgracia había que subordinarse en cuanto á la enseñanza y clasificación de las materias al Plan de estudios oficial, redactado en Madrid para la Universidad única de la isla; de otro modo no hubieran venido al colegio alumnos de más de doce años, mínimum de edad exigida para comenzar los estudios universitarios del bachillerato en Filosofía, paso primero é indispensable hacia las carreras liberales, esto es, hacia la licenciatura en jurisprudencia, medicina y farmacia, únicas abiertas en el país, no existiendo escuelas especiales de ninguna otra, estando la política y las armas absolutamente vedadas, y no acostumbrando la metrópoli, salvo excepciones contadas, proveer en hijos de Cuba cargos importantes del orden judicial ó de la hacienda pública. Ese plan de estudios que fué, sin embargo, como ya indiqué, prenda de progreso, porque retiró de manos de los frailes de Santo Domingo el monopolio de la enseñanza superior, dividía en cuatro cursos anuales los estudios de filosofía, acumulando asignaturas á razón de siete ú ocho en cada año; y cuenta que entre ellas no se incluía ni la aritmética ni la gramática ni aun la lengua latina, porque se suponían aprendidas y bien sabidas, antes de los doce años; ¡como tampoco las lenguas vivas, completamente desdeñadas por el legislador, en un país donde los negocios tendían á hacerse casi únicamente con el extranjero! Plan insensato en todas sus partes; para acabar de juzgarlo, basta tener presente que en sólo el primer curso exigía de niños de doce á trece años el conocimiento cabal de todas las materias siguientes:
Toda el álgebra y toda la geometría; bajo el título de "Introducción á la historia natural", un curso de anatomía y fisiología elementales; un curso de mineralogía á otra hora y con otro profesor; primer año de física; la geografía y cronología completas; y por último toda la historia antigua hasta la caída del Imperio romano.
En los otros tres años era idéntico el hacinamiento de materias, y todo ello, en el tiempo y orden dispuestos, tenía que enseñarse en el colegio, amén de lo demás indispensable en la instrucción ordinaria de un adolescente. Si el alumno entraba en el colegio de doce años, se quedaba por lo común cuatro más solamente, y á los diez y seis, edad del bachillerato, se encontraba convertido precisamente en lo que, como decía Locke, nunca debiera llegar á ser: un pequeño pedante. Si había sido aplicado y pundonoroso y luchado con todas sus fuerzas por satisfacer á cuanto se le exigía, salía de ese cuarto año, como del cuarto círculo de un infierno, debilitado, entontecido por el exceso de trabajo mental en tan peligroso período de la existencia.
En terreno tan desfavorable, en condiciones tan adversas, había que trabar el combate; en él y con ellas emprendió Luz su espinoso apostolado.
Para triunfar hasta donde las circunstancias lo permitiesen; para cultivar el corazón de la juventud y hacer brotar sentimientos bastantes á compensar el influjo esterilizante del pernicioso régimen intelectual impuesto por los programas oficiales, contaba con dos elementos poderosos: su genio de educador por una parte, y por la otra el prestigio de su carácter, su influencia personal, la aureola que á los ojos de todos, grandes y pequeños, le creaba esa tan feliz combinación de un saber extraordinario con la más ardiente y previsora caridad. En el ejercicio del arte de la educación, lo mismo que en todas las aplicaciones de la ciencia, el hombre superiormente dotado de las facultades especiales, decidido á emplearlas sin tasa en su ministerio, basta á menudo para contrapesar los errores del peor sistema, para salvar los inconvenientes de la más escabrosa situación.
Lo verdaderamente admirable en José de la Luz era el conjunto de sus cualidades morales, y de ellas, por desgracia, solamente vestigios, leves huellas, pueden quedar en la historia de su patria, ó un perfume que necesariamente se desvanece en sus _Aforismos_, en las áridas páginas del _Informe_ sobre el Instituto Cubano, en su correspondencia privada, si llegara ésta á reunirse y publicarse. Los que tuvieron la dicha de conocerlo é íntimamente tratarlo saben bien cuan irrealizable tarea sería pintarlo y explicarlo hoy á los que en Cuba han venido al mundo después, y con pena se dirán que la hermosa figura ha de ir menguando y esfumándose en el horizonte de la historia cubana á medida que van desapareciendo de la escena sus discípulos. Yo debo á la fortuna el privilegio de haber vivido á su lado los doce años mejores de mi existencia, de haber sido contado entre sus hijos predilectos, y para mí Luz más que un escritor, que un filósofo, que el jefe de un gran colegio, fué un prodigio de bondad y abnegación, un ser completo, seductor, lleno de mansedumbre y rectitud, como acaso ningún otro he conocido jamás. A pesar de haber estado tanto tiempo en constante intimidad con él, viéndolo en todas las situaciones, en buena salud y durante penosas enfermedades, en la alegría y en la tristeza, en sus horas de satisfacción mayor, rodeado de sus hijos espirituales, en períodos amargos cuando la ingratitud ó la injusticia disparaban contra él saetas envenenadas, ó bien cuando la imagen dolorosa de cada uno de los varios desastres de su vida doméstica atormentaba su corazón, jamás sorprendí en aquel noble espíritu un instante de desaliento, un rasgo de cólera, una palabra descompuesta, una queja de amor propio herido.
Ante las frecuentes contradicciones entre las apariencias y la realidad de la vida de algunos personajes célebres, se han preguntado varios si no son muchas veces los moralistas simples actores que representan un papel distinto, y á ocasiones hasta opuesto al que en la vida real desempeñaron. Es lo cierto que á menudo así sucede; pero los discípulos de Luz conservan viva siempre la memoria de un hombre de cuyos labios brotaban los preceptos de la moral más elevada, en cuyo rostro nunca hubo máscara ninguna, á quien nadie superó en la pureza y austeridad de sus costumbres.