Hombres y glorias de América · Unidad 22 de 33
CAPÍTULO XII. — parte 5
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Ese ardiente y puro entusiasmo que, durante unas horas, todos los años, en esa sala del colegio del Salvador, arrebataba á unos cuantos centenares de cubanos, transformaba, por así decirlo, la fiesta privada en ceremonia patriótica de importancia trascendental; convertía la tranquila casa de educación en templo solitario donde, siquiera una vez, de año en año, se rendía homenaje á la virtud desinteresada, á la verdad, á la justicia, que todo eso simbolizaba el nombre de Luz; donde se protestaba, indirecta pero eficazmente, contra las iniquidades de aquella sociedad esterilizada por el mercantilismo, corrompida por la úlcera de la esclavitud doméstica, humillada por la férrea mano que la doblaba y explotaba. Pero de todos modos la protesta, aunque nada más que murmurada, en un rincón de la ciudad, por unas cuantas familias y unos pocos fieles discípulos, tenía que llegar á los oídos de la autoridad como un desacato, é influyó sin duda en el Gobierno, cuando en 1869 suspendió al colegio la autorización de la enseñanza secundaria, para forzarlo á cerrar sus puertas, como en efecto tuvo que hacerlo.
Mas ya en esa fecha las cosas habían sufrido en la isla cambio profundo. El movimiento revolucionario iniciado en 1868, pronto se había extendido, repercutiendo en la Habana como formidable y misteriosa perturbación subterránea, pues el gobierno ocultaba ó alteraba las noticias. Cuando con certeza se supo que la insurrección propagada por todo el Camagüey corría hacia las Villas, varios de los profesores abandonaron la capital para incorporarse á las filas revolucionarias, otros emigraron al extranjero, y desorganizado el colegio de esa manera, puede decirse que el decreto hostil no hizo más que apresurar el inevitable desenlace.
Horas amarguísimas habría tenido Luz que pasar si le hubiese tocado en suerte la misma cifra de años que á otros compañeros de su juventud, hasta ser testigo de las escenas terribles en que finalmente se disiparía el hermoso sueño de gloria y de fortuna que había imaginado para todos y cada uno de sus discípulos. Para él la muerte temprana fué también, como para Agrícola, según las palabras de Tácito, favor que lo libró de mayor desgracia: _ita festinatæ mortis grande solatium_.
De esa manera evitó al menos, ser testigo de la dispersión y clausura del colegio; la guerra desencadenada con todo el refinamiento de crueldades de las contiendas civiles; el país aterrado; las nuevas de tantas hecatombes en los campos de batalla, el eco de tantas descargas asesinas en la ciudad; tantos alumnos y profesores del colegio, Luis Ayestarán, Zenea, Honorato Castillo, los estudiantes del primer año de medicina, otros muchos, bárbaramente condenados y sacrificados. La muerte fué esta vez también consuelo piadoso de la fortuna.
IV
Designó Luz en su testamento las personas á quienes debían ser entregados sus manuscritos, para que hiciesen, con ellos y los demás de sus trabajos sueltos y ya impresos que considerasen merecedores de ser salvados del olvido, una edición de sus escritos, si la juzgaban oportuna ó útil. Fueron: en primer lugar José María Zayas, su ya mencionado continuador en el manejo del colegio, abogado, literato y muy distinguido profesor de humanidades; en segundo lugar, Antonio Bachiller y Morales, el eminente erudito y americanista, advirtiéndoles que podían servirse de los auxilios de sus discípulos José Bruzón y Jesús B. Gálvez. Los papeles nunca llegaron á manos de Bachiller, no salieron de poder de Zayas, y éste murió algún tiempo después sin haber emprendido la tarea. Uno de sus hijos comenzó la publicación en 1890, titulándola así: Obras de don José de la Luz Caballero coleccionadas y publicadas por Alfredo Zayas y Alfonso; aparecía por entregas y desgraciadamente quedó interrumpida hacia la mitad del tomo segundo[61].
[61] Merece todo aplauso el editor, por el acometimiento de la empresa y muy de desear es que pudiera llevarla á término, aunque la corrección del texto ha sido muy descuidada y las erratas numerosas. Sobran notas por innecesarias, pues lectores capaces de seguir con interés artículos sobre filosofía no han menester que se les diga por el editor quienes fueron Feuerbach, ó Laplace ó Gioberti; y faltan otras, pues no se nos dice quienes fueron los que con Luz contendieron en las polémicas firmando; _El Adicto_, _El Ecléctico_, etc.
Choca bastante la sección inicial: "Varias opiniones acerca de don José de la Luz". Las dos primeras citas, sobre todo la segunda, parecerían una burla insertadas en otra parte y por otra persona; mientras que algunas otras hostiles, tomadas de periódicos poco serios ó de escritores políticos, disuenan y causan desagradable impresión.
Además ¿qué puede hoy á nadie importar que la condesa de Merlín haya dicho que Luz era "un químico de primer orden"? La condesa fué una brillante mujer de sociedad y amena autora de memorias, pero su voto en materias científicas pesa muy poco. Luz no fué químico de primero ni de segundo orden: conocía el mecanismo de la ciencia y podía enseñar sus elementos: nunca pretendió otra cosa.
Durante su primer viaje á Europa hizo Luz imprimir en París el año de 1830 una traducción del _Viaje por Egipto y Siria_, de Volney, que salió de casa de Didot en dos hermosos volúmenes en cuarto. Luz no dió su nombre, la portada dice: "obra escrita en francés por C. F. Volney, y traducida al castellano con notas y adiciones por un habanero". Conforme advierte en el prólogo, tenía comenzado ese trabajo desde 1821, y en París lo completó, agregándole notas y apéndices curiosos é interesantes. Haberse dedicado desde muy joven á trabajo de esa especie y rematarlo tan cumplidamente en medio de las distracciones de su excursión, da buena idea de la temprana gravedad y constancia de su carácter. El _Viaje_ es en concepto universal lo mejor que escribió Volney, en un tiempo tan famoso como autor de _Las Ruinas de Palmira_; nada tiene de lo mucho de exagerado y declamatorio que con razón se tilda en esta última obra, es una descripción tan minuciosa como exacta y erudita de las dos regiones, escrita en un estilo sobrio y hasta seco. La traducción es excelente, modelo de elegante fidelidad. Las adiciones, de la más sólida erudición.
Entre los escritos originales de Luz, tanto impresos como inéditos al tiempo de su fallecimiento, descuellan dignos realmente de interés los siguientes: 1° Los _Aforismos_ sobre diversas materias, en número de más de trescientos: 2° La _Oración fúnebre_ en elogio de Nicolás Escovedo, llena de unción, de elocuencia y de ternura, lo mejor como obra de arte de todo lo que escribió, aunque no sea el arte sino emoción pura y sincera lo que en ella predomina: y 3° á despecho de su carácter técnico, el extenso trabajo sobre la creación del Instituto Cubano, proyecto muy completo, estudiado hasta en sus mínimos detalles, en algunas cosas semejante al que realizó en su provincia natal Jovellanos, "el genio y perseverancia de nuestro inmortal Jovellanos", como dice; pero acomodado con suma habilidad y juicio á las circunstancias especiales de la isla en 1833, cuando los pocos estudios que había en toda ella organizados languidecían, sometidos al clero regular ó secular, y era forzoso no ir en son de guerra contra la poderosa organización.
Consta este Informe de dos partes[62] que abrazan: las enseñanzas, los medios de establecerlas y aprovecharlas, reglamentos, cuestiones prácticas; ambas secciones precedidas de una disertación general, escrita con claridad y vigor, en que plantea y resuelve rápidamente, con gran precisión, algunos espinosos é interesantes problemas de pedagogía. Esta introducción recuerda, sin serle inferior, el tratado que con el título de "Ideas respecto á educación" _Some thoughts concerning education_, escribió Locke; mas si en esta materia, lo mismo que en las demás disquisiciones filosóficas de Luz, es evidente, reconocida y confesada la influencia del célebre pensador inglés, obsérvase siempre, tanto en el plan y pormenores como en los consejos que dirige á los maestros, (no desaprovechando ocasión de agrandar las cuestiones de educación, y de elevarse al más alto punto de vista para mirarlas por todas sus fases) que no trabaja el filósofo cubano para la aristocrática Inglaterra del siglo XVIII, como Locke; que no olvida un instante que en aquella especialísima sociedad cubana, con los negros (esclavos entonces en su inmensa mayoría) constituyendo las capas más bajas, y con la burocracia militar española en la cúspide, no podía existir ni sombra de aristocracia, pues los pocos "títulos de Castilla" que se oían pregonar, eran un vano y hasta humillante oropel; la masa de los habitantes de raza blanca formaba, por tanto, en cuanto á las relaciones sociales de la vida, una verdadera democracia, aunque en lo político por de contado sin fuerza ó autoridad de ninguna especie. La ambición pedagógica de Luz seguía, por consiguiente, rumbo muy diverso del de Locke; de acuerdo con la fecunda transformación inspirada por el _Emilio_ de Rousseau, que tan felizmente aplicaron y agrandaron Basedow, Pestalozzi y demás continuadores, tendía á formar no grandes señores ni atildados académicos, sino hombres de acción enérgicos, preparados á bastarse por sí solos; así lo declara explícitamente: "hombres más bien que académicos es lo que trata de formar el Instituto Cubano"; y en otro lugar, fija siempre la vista en las necesidades peculiares de la patria, agrega que sólo con ese sistema podrían llegarse á "curar algunas dolencias morales que le aquejan"; es decir, aunque por prudencia no lo advierta, la esclavitud y su secuela de males infinitos.
[62] "Informe presentado á la Real Junta de Fomento, de Agricultura y Comercio de esta isla en sesión de 11 de Diciembre de 1833, en el expediente sobre traslación, reforma y ampliación de la Escuela Náutica establecida en el pueblo de Regla, refundiéndola en un Instituto científico con arreglo á las necesidades del país. Por la diputación inspectora del mismo establecimiento. Imprímese por acuerdo de la misma Junta". Habana, 1834.
Lo demás que nos ha quedado de Luz, compuesto en su mayor parte de artículos de polémica sobre cuestiones filosóficas, improvisados en pocas horas las más de las veces para salir en papeles diarios, conserva menos valor; la "Impugnación á las doctrinas de Victor Cousin" combate el análisis amañado y hostil que hizo este profesor francés del Ensayo de Locke sobre el entendimiento humano; es un simple fragmento,[63] en extremo minucioso, que no concluye nada, y cuyo propósito real está mejor, más clara y vigorosamente presentado, en forma aforística, en dos elencos anteriores, que contienen las materias filosóficas sobre que debían ser examinados sus discípulos en 1839 y 1840.
[63] Impugnación á las doctrinas de Victor Cousin. Primera parte. Imprenta del Gobierno. Habana, 1840.--Son pliegos sueltos que terminan bruscamente en la página 144.
Propendió siempre el talento de Luz á expresarse en forma sentenciosa; y en numerosos aforismos, escritos á veces en tiras sueltas de papel, en viejos sobres de cartas, en el margen de sus libros, depositó su profunda sabiduría, su larga experiencia, la tristeza que le producía el convencimiento de la inutilidad de sus esfuerzos en aquella colonia esclavizada, y también algún hondo y secreto dolor de su corazón. "Hay pensamientos (dijo en uno de ellos, fechado: 1847) que al surgir son como raíces maestras que se quieren llevar todo el terreno", frase desgarradora que descubre al hombre detrás del pensador, que vívidamente trae á la memoria el recuerdo de aquel grave y melancólico rostro, abstraído ó atormentado en una de sus horas de fatiga.
Es esencia de todo aforismo comprimir en una frase ó párrafo breve una suma de pensamientos ó de observaciones; como ha dicho un escritor inglés,[64] es lo contrario de una disertación ó de una declamación; nunca debe ser enigmático ni vulgar, no caer en el "truísmo" ni en el acertijo. Todas las literaturas ofrecen numerosos ejemplos, desde el libro apócrifo de la Sabiduría, atribuído á Salomón hasta muchos otros en nuestros días, y los aforismos de Luz reúnen á veces muy felizmente todos los caracteres enumerados en esa excelente definición.
[64] _John Morley_, Aphorisms. An address. London, 1887.
Algunos, brevísimos, abren con una sola línea vasto horizonte, como éste que, semejando á primera vista simple juego de palabras, sugiere todos los horrores de la trata de África, tal como en Cuba impunemente se practicaba:
"En la cuestión de los negros lo menos negro es el negro".
Otras veces, extendiéndose un poco más, encierra en unos cuantos renglones una profunda observación histórica, condensa toda la conducta de España hacia sus colonias de América durante siglos en cuatro breves sentencias, estrechamente ligadas entre sí, como eslabones de una cadena:
"Al fundar una nueva familia, para animarla y fomentarla es preciso concentrar en ella todo nuestro calor vital.
"¿Por qué las madres-patrias han sido una excepción á esta ley?
"Decir que porque han sido madrastras más que madres es una petición de principio, como dirían los escolásticos.
"La razón verdadera es que las colonias no tuvieron su origen en el amor sino en el interés. Las metrópolis, señoras y no madres".
Este otro admirable apotegma es como trasunto de la existencia toda del hombre lleno de bondad inagotable que lo trazó:
"Toca á algunos atesorar virtudes para distribuir consuelos."
Entra también en la naturaleza del aforismo, y lo advierte el mismo eminente publicista ya citado, que la idea más trillada sea á veces susceptible de encerrar tanta fuerza como si se acabara de descubrir, cuando se presenta de una manera original, aguda, exenta de trivialidad. A esa categoría corresponden los siguientes que á granel inserto aquí:
"La buena y la mala fortuna, los dos escultores de la naturaleza para el pulimento de la materia humana."
"Esperar que las aguas del interés dejen de seguir su natural cauce suele ser la ilusión de los buenos y los patriotas. Mas para mejorar el mundo se necesitan esas ilusiones."
"La infancia gusta de oir la historia, la juventud de hacerla, la vejez de contarla."
"Existen almas generosas que quieren las alas no tanto para volar con ellas como para cubrir á los demás."
"Piedra filosofal que convierte en oro todas las escorias, una mujer amante."
Era tanto esa forma la vestidura natural de sus ideas, que casi siempre sus arengas de fin de año en el colegio, muy á menudo sus pláticas semanales, empezaban y acababan con aforismos. "Sembremos fe y brotarán á raudales la esperanza y la caridad," fué el principio de una de ellas, mientras otra, en que había aludido á los triunfos de Napoleón III, vacilante á veces sobre su trono á causa de las antinomias de su política, del terrible pecado original de que nunca pudo librarse, concluía de esta manera: "Antes quisiera yo que se desplomasen, no digo tronos de emperadores, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral".
En el mismo tono, no ya solemne, antes bien humilde, pero igualmente breve y expresivo, se le oía, pocos días antes de morir, cuando fijando sus ojos de águila mortalmente herida en el pariente que le sugería, según la frase vulgar, la oportunidad de ponerse bien con Dios, replicaba: "Siempre, durante toda mi vida, hijo mío, he estado bien con Dios". Y acaso nunca se habrá pronunciado con más sincero fervor el nombre de la Divinidad; de la Divinidad comprendida en su más amplio sentido, sin sombra de fanatismo ni de hipocresía, como tampoco de estrechez dogmática, por un hombre puro, que sin esfuerzo, cediendo al rumbo natural de su inteligencia, al impulso poderoso de su carácter, de su temperamento, había logrado conciliar dentro de su conciencia las doctrinas de austera filosofía científica, fundada en la experiencia, con la fe más robusta en los auxilios de una religión consoladora. La fe, la mística confianza en un poder sobrenatural, era la atmósfera en que vivía, en que se ensanchaba su corazón atribulado, y sin vacilar lo proclamaba: "El misticismo es el refugio de las almas puras contra esta podredumbre que llamamos mundo", escribía en 1852; y en 1856, como sintiéndose más firme, más seguro, agregaba: "La filosofía es el misticismo de las almas fuertes". Pocos quizás habrán desplegado fortaleza mayor, confianza más plena y reflexiva en la divinidad así considerada, sin caer en el quietismo, ni en la indiferencia por los detalles de la vida cotidiana, sin abandonar uno solo de los deberes prácticos que su posición demandaba, y que tan abnegadamente desempeñó.
Haber logrado conciliar dos tendencias intelectuales, tan distintas no es caso en extremo raro, y en todo el siglo XVIII, lo mismo que á los principios del XIX, no faltaron espíritus sagaces que, partiendo del empirismo fecundo de la escuela analítica creada en Inglaterra por Locke, y manteniéndose dentro de los límites de la experiencia, guardaban fe profunda en el Supremo Hacedor, y creían, como lo expresó Luz en el lenguaje figurado, á veces pomposo y en él tan natural que "las ciencias eran los ríos que nos llevan al mar insondable de la Divinidad."
Pero su misticismo conserva bien el sello de su generosa personalidad; sobrepone siempre la caridad á la fe y aun á la esperanza; no es, como felizmente se ha dicho[65], de los que por conducir á Dios apartan de la humanidad; es, por el contrario, de aquellos que cifran su anhelo en acelerar el progreso de la civilización, por medio de la difusión de las luces y el mejoramiento de la vida social.
[65] _J. M. Guardia_, Revue Philosophique, Paris. Février 1892.
Ni el dogma, ni el misterio indescifrable le importan tanto como la función social y el interés de la especie humana. "La religión," predicaba, "es una potencia armonizadora, consuelo de los desgraciados y freno de los favorecidos de la fortuna: _sperate miseri, cavete felices_". Este pensamiento bajo diversas formas aparece en varios de sus escritos.
Con ardor igual pregonaba y defendía sus opiniones filosóficas, y en la reñida polémica que sostuvo con los partidarios habaneros de las doctrinas de Victor Cousin, desplegó la más impetuosa energía, arrollando y desbaratando al adversario, aunque sin apelar por supuesto en ocasión alguna al denuesto ó á la injuria, bien que contra él no hubo empacho de esgrimir esas armas.