Hombres y glorias de América · Unidad 23 de 33
CAPÍTULO XII. — parte 6
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Esas opiniones, que cauta y reflexivamente abrazó después de largas meditaciones y estudio detenido de las obras originales de los filósofos más eminentes, son en su esencia las doctrinas de John Locke, creador de la metafísica moderna, como dijo D'Alembert; pertenece, pues, Luz á la gran escuela cuyo método es proceder siempre por medio de la observación directa, para edificar únicamente sobre la base de la experiencia. Siguiendo por donde navegaron tanto Locke mismo como sus continuadores franceses é ingleses del siglo XVIII, sabe no sólo evitar muchos de los escollos y las falsas corrientes que alargaron innecesariamente el viaje, sino que se guarda bien de quedarse inmóvil, estacionado en las aguas á que los otros llegaron. Utilizando los progresos de la investigación científica en todas direcciones, va intrépidamente más lejos, é indica á sus alumnos cuanto había que aprender por medio de la fisiología del cerebro, tanto en el hombre como en la serie de los animales, avanzándose hasta afirmar que el sistema de las localizaciones cerebrales era "la tendencia irresistible de todo el andar de la ciencia", y que "la patología es ahí la experimentadora, el instrumento de la fisiología".
Respecto de las cuestiones religiosas se hallaba probablemente muy de acuerdo en el fondo con lo que expuso Locke sobre "la infalibilidad de las Escrituras y la racionalidad del cristianismo"; pero ya en ese mundo, ya dentro de esa atmósfera, su sangre latina, su temperamento meridional, desarrollaron un fervor de convicción, un acento apasionado de que no hay rastro en las producciones del escritor inglés, y que sirvieron para dar salida al tropel de sentimientos de amor y caridad anidados en su pecho, conciliando la ternura con el misticismo.
Es sabido que fué el eclecticismo la última, la más abigarrada, aunque la más tenue, entre las muchas vestiduras con que se cubrió la reacción europea del siglo XIX contra las teorías filosóficas del XVIII; debió la mayor parte de su éxito y predominio temporal al carácter literario y erudito que desde luego asumió, bajo la dirección de Victor Cousin, el cual fué filólogo, anticuario, bibliófilo, literato, orador académico, jefe de secta, todo menos pensador original ó investigador desinteresado de verdades filosóficas. Los desequilibrios de la política francesa y el régimen de híbrido monarquismo, de oligarquía y libertad, que se estableció al impulso de la insurrección popular de 1830, convirtieron á Cousin en una especie de pontífice puesto á la cabeza de la instrucción pública del país; y á la filosofía que había enseñado desde su cátedra de profesor de la Sorbonne en doctrina oficial, transmitida por la falanje disciplinada de maestros, que ocupaban todos los empleos en escuelas, liceos y universidades. La novísima filosofía, cómoda, especiosa, albergaba y acariciaba en su seno las cosas más heterogéneas, aliando la claridad y simetría oratoria de la literatura clásica francesa al idealismo relativo de la filosofía escocesa, á la crítica de Kant, al idealismo absoluto de Hegel, amén de otros ingredientes, sin olvidar los precursores y antepasados que contó Hegel muchos siglos antes en Alejandría. Había hallado pronto en la Habana excelente acogida, lo mismo que en casi todas las naciones latinas de Europa y América. El carácter de disciplina oficial, que tan impregnado traía desde Francia, le sirvió desde luego de pasaporte, y es lo cierto que al reformarse en la isla de Cuba los estudios universitarios se sentaron como catedráticos de la Facultad de Filosofía, por nombramiento del gobierno, sin preceder concurso ni oposición, cuantos en la ruidosa polémica con Luz habían combatido del lado del eclecticismo, quedando de ese modo determinado el sistema filosófico que allí debía enseñarse, bajo los auspicios de las autoridades, que en otras cosas eran, sin embargo, opuestas á toda innovación.
Todo era á Luz antipático en la nueva filosofía: la forma y el fondo, el método y las ideas, el abuso de la retórica y el vago idealismo. Su constante anhelo de inculcar á la juventud otra clase de principios lo decidió á combatirla con todas sus fuerzas, aceptando la discusión pública como un deber ineludible, y emprendiendo, casi enteramente solo, una cruzada contra lo que juzgaba pernicioso charlatanismo. La campaña en definitiva fracasó; no pudo él prever ni la coalición de los intereses particulares, más poderosa que el amor de la verdad, y que contra él logró congregar toda una hueste en torno de los hermanos González del Valle, principales campeones eclécticos; ni la suspicacia de un gobierno despótico, que miraba con mal encubierto recelo toda discusión sobre cuestiones abstractas, y que nunca había contado á Luz entre sus paniaguados; ni por último la fatiga física que la lucha violenta tenía que producir en organización tan nerviosa é impresionable como la suya, y que ya entonces presentaba signos de prematuro decaimiento.
Quedó, pues, la tarea incompleta, la polémica súbitamente interrumpida; suspendida también después, á la segunda entrega, una _Refutación_ en que destruía uno á uno los cargos de Cousin contra Locke. Todo ello difícilmente pudiera hoy interesar á los lectores. El largo medio siglo transcurrido y los progresos de las ciencias encaminadas por otros rumbos han minado para todo tiempo construcciones tan artificiales, caprichosas y endebles como el espiritualismo ecléctico de Cousin. De Cousin mismo como filósofo muy pocos se acuerdan ya en su propia patria; apenas se oye pronunciar su nombre, ni aún en la famosa _Sorbonne_, donde tronó y fulminó como el Júpiter omnipotente de la filosofía; se han alterado en puntos esenciales sus doctrinas, descartando de ellas lo que él más apreciaba, y haciendo imperar casi exclusivamente el criticismo kantiano; y ni siquiera se usan ya los textos que, por orden suya y bajo su inspiración, escribieron sus discípulos.
Siempre será de lamentarse la parte de Luz en esa polémica, porque en ella consumió sus fuerzas inútilmente, y se condenó á no hacer otra cosa en el período mejor de su vida, en el único en que corrieron parejas la salud del cuerpo y la madurez de sus facultades. Fué provocado y, en su carácter de profesor libre de filosofía, no podía declinar el reto y rehuir la lucha; pero si no hubiese malgastado su tiempo de esa suerte, habría quizás podido presentar al público sus doctrinas en "una obra propiamente sintética," como se proponía y lo anunció al principio de la _Impugnación_; sabríamos entonces con precisión hasta donde seguía la metafísica de Locke, y desde donde se apartaba de ella para armonizarla con los adelantos de las ciencias positivas, y habría en la bibliografía cubana un libro más, de alto valer, suficiente él solo para demostrar que, á pesar de sus infortunios y mísera situación política, se cultivaban y ricamente prosperaban en Cuba estudios que en otras regiones del continente estaban en la infancia todavía.
V.
Hasta 1868 que comenzó la insurrección, ninguna pluma cubana había acometido la empresa de consignar en un libro la historia de la vida del maestro, de estudiar sus escritos y su influencia como filósofo y como educador; y después de esa fecha el libro no podía salir de la Habana, donde durante diez años debía vivirse bajo la ley marcial más terrible, como dentro de plaza sitiada; ni mucho menos del territorio insurreccionado, donde la lucha encarnizada y sin cuartel no daba á los combatientes punto de reposo. Ese primer homenaje era natural que viniese de los Estados Unidos, porque allí estaba reunido un gran número de cubanos, familias enteras, aguardando ansiosas la hora de volver á sus hogares abandonados.
Residía entonces emigrado en Washington José Ignacio Rodríguez, distinguido abogado y profesor de ciencias en la Habana, que si no había sido discípulo de Luz en su juventud, había desempeñado clases en el colegio, había recibido largo tiempo la influencia del maestro que le inspiró siempre ferviente admiración. A pesar de la distancia y de lo revuelto de la época, reunió en la capital norteamericana gran copia de datos, y añadiéndolos á sus recuerdos personales compuso, primero que nadie, una detallada é interesante biografía. Ni por las circunstancias excepcionales en que se daba á la estampa, ni por las condiciones personales del autor, había motivo de esperar un trabajo crítico definitivo; pero una emoción tan sincera anima toda la narración, y domina de manera tan comunicativa el entusiasmo al escritor, que ha podido decirse con exactitud que recuerda su libro por lo sencillo y reverente las Actas de los Apóstoles ó las vidas primitivas de los Santos.
Hubiera bastado en cualquiera otra época el nombre de Luz para hacer circular abundantemente entre cubanos la nueva obra, pero en el año de 1874 las peripecias de la guerra embargaban los ánimos, indiferentes á todo lo que no hablase de la lucha que ensangrentaba el suelo de la patria. Cuatro años más debía durar la guerra, sin embargo de que, para quien hoy estudia la historia de ese doloroso período, es evidente que en 1874 la insurrección, como empresa militar, estaba virtualmente vencida y se mantenía, tanto á causa de la obstinada ferocidad española fusilando prisioneros y buscando la sumisión sin condiciones, como en virtud de la legitimidad del programa cubano, del derecho de sus pretensiones, de la verdad de sus agravios, que en tan desigual campaña inspiraban á sus defensores denuedo y constancia suficientes para arrostrar por todo, hasta el fin, sin desfallecimiento.
La paz se restableció en 1878, cuando la metrópoli consintió reconocer á la colonia algunos derechos políticos, de los que durante todo el largo reinado de Isabel II tenazmente había rehusado, y los insurrectos, salvado el honor, depusieron las armas, abriéndose de nuevo para todos las puertas de la patria.
Puede decirse que junto con los combatientes, con los emigrados, con los pregonados tantas veces como reos de muerte que volvían á sus casas, volvía también á su país Don José de la Luz, terminado el ostracismo impuesto tan duramente á su memoria.
Fué un gran cambio, mas no se realizó desde luego de una manera completa; necesitóse aún tiempo para que, suprimido el régimen de la censura previa, no estuviese la libertad del pensamiento á la merced de empleados subalternos é ignorantes, ansiosos de obtener el favor de la sección irreconciliable del partido hostil á toda reforma susceptible de arrancarle el poder, que nunca hasta entonces había salido de sus manos.
Uno de los primeros que elevaron la voz para ensalzar á Luz fué Enrique José Varona, que por sus vastos y profundos conocimientos, la energía de sus convicciones, el esfuerzo incesante por mantener su espíritu en perfecta comunidad con todas las manifestaciones del pensamiento científico moderno, era algo muy semejante á lo que en su juventud había sido Luz para Cuba: personificación, por así decirlo, de la filosofía, esperanza del país bien deseoso en tan crueles condiciones de albergar en su seno hijos dignos de cultivar y trasmitir á los demás esas formas elevadas de la ciencia. En la conferencia inaugural del curso libre de filosofía, que abrió en 1879, al tratar de lo que habían sido esos estudios en la isla, condensa Varona en breves y brillantes frases los trabajos de Luz, lo llama "el pensador de ideas más profundas y originales con que se honra el Nuevo Mundo", y añade que fué, entre nosotros, "en este ángulo remoto del mundo civilizado, un verdadero precursor de ideas que hoy se predican con aplauso en los centros de la cultura humana". Nada más justo y oportuno que, al iniciar el joven y docto filósofo, ante un auditorio de cubanos, su magistral exposición de las sólidas y fecundas doctrinas científicas que han renovado las bases de la enseñanza filosófica contemporánea, reservase algunas de sus vigorosas pinceladas para trazar rápidamente el elogio del maestro, del que primero había estudiado y desarrollado ante alumnos cubanos las grandes enseñanzas de los sabios del siglo XVIII.
Apenas aflojaron un tanto las trabas que aprisionaban la imprenta y cohibían con freno de bronce todo impulso capaz de aunar y encaminar hacia un fin patriótico el sentimiento público, se organizó por Gabriel Millet y Raimundo Cabrera una suscripción popular para trasladar á mejor terreno los restos de Luz y erigir en el nuevo cementerio, pues en otra parte de la ciudad las autoridades no lo permitían, un modesto monumento. Las cuotas afluyeron pronto de todas partes, y el mármol, labrado en París, quedó colocado en 1887.
La biografía escrita por J. I. Rodríguez había ya en esa fecha llegado á su destino y encontrado sus lectores, su verdadero público, como lo prueba el haberse agotado la edición, é impreso una segunda al año de concluída la guerra. Llegó al mismo tiempo la hora de someterla á examen crítico, tarea á que ninguno podía considerarse mejor preparado que Manuel Sanguily, alumno del Salvador, que si bien era sólo un niño de trece años á la muerte de Luz, había siempre guardado y cultivado con amoroso empeño su recuerdo, precisándolo y avivándolo en el colegio, que después fué su casa largo tiempo, y donde todo, profesores, discípulos, tradiciones, costumbres, hasta los objetos mismos inanimados, traían á la mente sin cesar la imagen del venerado maestro. Al volver del campo de la insurrección, donde había sacrificado en servicio de su patria lo mejor de su vida, leyó con ávida curiosidad el libro de Rodríguez; éste también había sido su maestro en el colegio, y en la triste situación política, fracasadas las esperanzas patrióticas, era quizás el único consuelo posible buscar otra vez dulces y solemnes impresiones de períodos ya lejanos, ciertamente más gratos y venturosos.
Sorprendió en extremo á Sanguily en la obra de Rodríguez el propósito de encarecer la perfecta ortodoxia de las opiniones de Luz, muerto, según afirma, "dentro del seno de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana"; y más aún el presentarlo, en cuestiones políticas, como dominado por el temor de favorecer la lucha armada, y si bien ansioso del más alto grado de libertad para su país, queriendo todo progreso "como se consigue en Inglaterra, sin sacudidas, sin violencias, sin ruina, sin trastorno, sin efusión de sangre".
Demuestra Rodríguez la primera de esas dos afirmaciones con la partida de defunción, suscrita por el Cura de la parroquia, en que se dice que recibió Luz "el santo sacramento de la Penitencia", y que el biógrafo considera "prueba oficial y completa", olvidando que habla de un país donde ni existía ni se reconocía más que un solo culto, donde los actos más importantes de la vida estaban por fuerza subordinados al cumplimiento de sus ritos y sacramentos, y donde, por consiguiente, certificados de ese género carecían de valor absoluto, y se redactaban y expedían por fórmula á menudo, como se expedían billetes de confesión en Roma pontifical, cuando sin ellos no era posible obtener del Secretario de Estado ni siquiera un pasaporte. Luz, que positivamente era tenido, y se tuvo él mismo, por católico, no podría hoy calificarse rotundamente de apostólico romano; fué un católico liberal, sin duda: Rodríguez así lo dice en otro lugar del libro, pero los que en su tiempo se llamaban liberales quizás pasarían hoy por heterodoxos, y en ese sentido iba Luz tan lejos como el que más.
En cuanto al suceso objeto de la controversia, al hecho concreto de la confesión final, la verdad unánimemente asegurada por los que en los últimos días le rodearon, es que ningún sacerdote se acercó á su lado en todo ese período final de su existencia[66].
[66] No prestar fe á esos documentos es cosa más frecuente de lo que Rodríguez parece figurarse. La partida de defunción del conde de Aranda, el que fué ministro de Carlos III, dice textualmente que "recibió los Sacramentos de Penitencia, Santo Viático y Extremaunción". Sin embargo católicos tan firmes y ortodoxos como don Vicente de la Fuente y don Marcelino Menéndez y Pelayo concuerdan en no darle valor alguno y en creer que el famoso volteriano murió sin recibir tales sacramentos, persistiendo, por el contrario, hasta el fin en la impenitencia. Véase la Historia de los Heterodoxos Españoles ya citada, vol. III, pag. 204.
Respecto á su posición en cuestiones políticas del país, es cierto, como dice muy bien su biógrafo, que, "no permitió jamás á sus discípulos una expresión de crítica, una caricatura, un sarcasmo, una alusión siquiera, contra el gobierno y las instituciones existentes." Su influencia en la historia del país, en los trágicos sucesos ocurridos después de su muerte, se encuentra más bien en las ideas de viril energía, de resistencia inquebrantable á todas las formas de la opresión y la injusticia, de sacrificio en las aras del deber, de incesante abnegación, en una palabra, que inculcaba en sus lecciones y con su ejemplo. No era, no, el individuo asustadizo que sugieren las expresiones de Rodríguez, quien, en la página blanca de la portada del libro de Mazzini, _República y Realeza en Italia_, traducido al francés por George Sand en 1850, caracterizaba al revolucionario italiano con estas palabras: "el Lutero de la nueva época... en su corazón y en su lengua de fuego, en su fe y esperanza, infinita como el porvenir;" y corrigiéndose él mismo en seguida, agregaba: "pero no sólo es el Lutero, porque es cabeza, corazón y brazo," vituperando expresamente como ajeno al caso el tono quejumbroso del prólogo de la traductora. No era precisamente Mazzini el hombre á quien arredraron las violencias ni la efusión de sangre para conquistar la libertad de su noble país.
Improcedente también es, y Sanguily oportunamente lo indica, la alusión á Inglaterra, pues demasiado sabía Luz que ni en Inglaterra ni en parte alguna se ha logrado la posesión completa de la libertad y la independencia nacional sin sacudidas y sin efusión de sangre.
Algo más que aplicar al trabajo de Rodríguez el escalpelo de la crítica hizo también Sanguily; sin empeñarse en componer narración tan abundante y minuciosa, quiso á su vez trazar con sus propios recursos un retrato del maestro, de cuerpo entero; acumular sus vigorosas pinceladas en el centro luminoso de su cuadro, poner el dulce y meditabundo rostro en enérgico relieve y hacer brillantemente resaltar los rasgos esenciales. La obra es digna de todo aplauso; el estilo, lleno de calor, de concentrada energía, revela el hondo interés que el asunto le inspira y el ardiente deseo de no decir más que la verdad.