Hombres y glorias de América · Unidad 26 de 33

CAPÍTULO XII. — parte 9

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Apenas instalado Grant en la presidencia manifestó el más vivo deseo de anexar la república de Santo Domingo á los Estados Unidos, y al efecto firmó un tratado con Baez que entonces la presidía. Como todos necesitaba ese tratado para tener valor el voto favorable de las dos terceras partes de los senadores, y Sumner en su calidad de _Chairman_ de la Comisión de negocios extranjeros del Senado tenía en esos asuntos preponderante influencia, además del peso que daban á su opinión su antiguo prestigio y sus grandes servicios al partido republicano triunfante. Grant decía que Sumner le había ofrecido su voto en pro, y Sumner afirmaba que se había limitado á declarar que siempre consideraría con el mayor respeto y la más imparcial atención todo lo que viniese de quien era jefe de la nación y jefe del partido á que ambos pertenecían. Sumner, hombre muy orgulloso, que estaba muy engreído y nunca faltó á su palabra, no podía en realidad haber dicho otra cosa; el Presidente entendió probablemente lo contrario; los dos procedían seguramente de buena fe.

El caso fué que el senador, al presentar á discusión el tratado con el informe adverso de la Comisión, demolió uno por uno sus artículos en un discurso de cuatro horas atacando con su habitual vigor á Baez, á los que con él trataron y á todos los que "querían forzar un pueblo débil al sacrificio de su país"; y después de largos debates votó en favor de los proyectos del Presidente la mitad no más de los senadores, quedando, pues, el tratado rechazado.

Grant enfurecido, no pudiendo hacer nada personalmente contra Sumner, ordenó á Hamilton Fish, su Secretario de Estado, que destituyese en el acto á Motley de su cargo en Inglaterra, pues era hechura del senador. Fish obedeció prontamente; la votación del Senado tuvo lugar el 30 de Junio de 1870, y Motley fué destituído por telégrafo el primero de Julio siguiente.

Fué una afrenta inmerecida impuesta á un alto funcionario, que era al mismo tiempo hijo eminente del país, y Presidente y Secretario la llevan á la posteridad como cargo imborrable de su conducta política. Motley lo soportó virilmente sin promover escándalo, pero el golpe le hizo profundos estragos y creen quienes lo conocieron que abrevió su existencia.

Después de la destitución publicó la tercera y última de sus historias con el título "Vida y muerte de Juan de Barneveld", que se liga con los sucesos de las anteriores, y llega hasta donde ya se vislumbra el principio de la guerra de Treinta años. Conserva las mismas brillantes cualidades de las otras, pero el argumento no es susceptible del mismo género de interés palpitante, salvo algunos episodios, como la evasión de Hugo Grocio. Un crítico muy competente la tiene por la más clásica de sus producciones[68].

[68] El erudito holandés Groen van Prinsterer, citado por O. Wendell Holmes en la excelente biografía que, con el título de _A Memoir_, publicó después de la muerte de Motley, donde se encuentran pormenores sobre su vida pública y la brusca terminación de su carrera diplomática, puntos á que sólo incidentalmente se alude en la _Correspondencia_. Véase también la biografía "Charles Sumner by Moorfield Storey". Boston, 1900.

Hablando en esta última obra de un embajador holandés, Aerssens, á quien trató su gobierno en cierto modo como el general Grant lo había tratado á el, no desperdicia la ocasión de decir que ultrajes de ese género hieren profundamente y que no puede menos de sentirse oprimido de cólera y de dolor el que se ve deshonrado así ante el mundo después de haber cumplido escrupulosamente su deber y defendido los derechos y la dignidad de su patria. Luego agrega refiriéndose siempre á Aerssens, pero la alusión es transparente. "Sabía muy bien que los cargos contra él no eran más que pretextos y los motivos que impulsaban á sus enemigos tan indignos como los ataques mismos; pero no ignoraba al mismo tiempo que el mundo se pone por lo general del lado de los gobiernos contra los individuos, y que raras veces la reputación de un hombre es bastante á defenderlo en tierra extranjera, cuando su propio gobierno alarga la mano, no para protegerlo, sino para asestarle la puñalada".

Más de un pasaje impregnado del mismo sentimiento se encuentra en otras páginas de la obra y en algunas alusiones de la _Correspondencia_, revelando discretamente que la herida recibida en el pecho no cicatrizaba, que destilaba sangre sin cesar. Las letras, fieles consoladoras de los que en ellas buscan solamente la verdad ó la belleza, le trajeron el único alivio posible en su situación; pero el desengaño amargo le había sorprendido al caer ya la tarde, en período demasiado avanzado de su carrera, cuando los resortes vitales habían perdido mucho de su elasticidad, y el daño resultó irreparable. Quiso luchar, seguir sus estudios, registrar archivos, visitar lugares para la historia ofrecida de la guerra da Treinta años, con la que contaba cerrar dignamente su vida literaria, pero en vano. En 1873, dos años después del penoso desastre, aparecieron los primeros síntomas de la afección cerebral que lo arrebató en 1877. Un mes antes había cumplido sesenta y tres años.

ANDRÉS BELLO

Obras completas de _Don Andrés Bello_.--Quince volúmenes. Santiago de Chile.--1881-1893.

En el año de 1872 votó el Congreso nacional de Chile una ley para que se ordenase é imprimiese á costa del tesoro público la edición completa de las obras tanto publicadas como inéditas de Andrés Bello, en recompensa (dice el texto de la ley) á los servicios por él prestados como escritor, profesor y codificador. La edición, llevada á cabo bajo la dirección del Consejo de Instrucción pública, es sin disputa hermoso monumento elevado en honor del que es gloria reconocida de toda la América que habla la lengua de Cervantes: quince gruesos volúmenes en octavo grande, en condiciones tipográficas bastante buenas, precedidos todos de los datos y noticias necesarias, y acopiando, bien en el cuerpo de los tomos, bien á veces en esas mismas introducciones, cuanto se ha podido encontrar debido á la pluma del ilustre venezolano, tanto entre sus manuscritos como en los más antiguos y olvidados papeles periódicos donde escribió en el curso de su larga vida.

Invitado Bello por el gobierno chileno, fué á establecerse en Santiago el año de 1829; tenía entonces cuarenta y ocho años, una familia numerosa formada en Inglaterra, donde había residido diez y nueve años y se había casado dos veces. Durante esa larga estancia en tierra extranjera había sido secretario de las legaciones de Venezuela, de Chile y de Colombia en varias ocasiones, además periodista, profesor en casas particulares, traductor, descifrador de manuscritos, luchando de mil maneras para ahuyentar la miseria y sostener su familia. Pero el sueldo de diplomático era corto y siempre mal pagado, los otros trabajos inseguros ó mezquinamente retribuídos, y el pobre hombre, á pesar de su instrucción extraordinaria é infatigable laboriosidad, se acercaba en las más precarias condiciones al límite fatal de los cincuenta años, sin recursos de fortuna y agobiado por necesidades domésticas. No le era ya dado pensar en volver á Caracas, su ciudad natal; sobre no estar satisfecho del modo como en su ausencia lo habían tratado ni del aprecio con que sus jefes, Bolívar mismo incluso, habían correspondido á sus servicios, ya en ese año de 1829 se veía venir inevitable la disolución de Colombia y la anarquía propagarse terriblemente en Venezuela.

Aceptó, pues, las proposiciones, salió para Chile y halló aquello de que iba en busca: seguridad de la existencia material y campo donde ejercer sus grandes facultades de literato, periodista, educador del país, maestro de la juventud. Treinta y seis años más debía vivir, residiendo siempre en la ciudad de Santiago hasta su muerte en Octubre de 1865, á la respetable edad de ochenta y cuatro años. El gobierno chileno le confirió desde luego la categoría de empleo que había ofrecido, lo nombró al poco tiempo Oficial mayor del Ministerio de lo Exterior y gradualmente fué otorgándole cargos y honores: Rector de la Universidad, Senador, Comisionado especial de la redacción de códigos, etc. Después de su muerte se le han erigido estatuas, se ha celebrado con entusiasmo en 1881 el centenario de su nacimiento, se ha publicado en fin esta hermosa edición de sus obras, costeada por fondos públicos y regalada en parte á la familia, á los herederos de Bello.

Se ha mostrado, por tanto, la república de Chile noblemente agradecida al ilustre varón venezolano que la hizo su segunda patria. Pero antes de tocar al período de los triunfos tuvo Bello que pasar momentos muy amargos. Desde su llegada, encontrándose el país en situación bastante incierta, en vísperas de sangrientas discordias, se vió forzado por las circunstancias á colocarse, ó parecer colocado, del lado de uno de los dos partidos que se disputaban el porvenir de la república. Afortunadamente salió victorioso el partido á que se inclinó: de ahí que pudiese permanecer tranquilamente y dejar al tiempo traerle los honores y el respeto que sus grandes méritos justificaban; pero de ahí también surgieron enemistades y rencores que en seguida lo expusieron á rudos ataques, durante muchos años después á insultos y alardes enfadosos de desdén. Todavía en 1835, seis años después de su naturalización, un chileno distinguido, justamente llamado "patriota venerable" por Amunátegui en su copiosa é interesante _Vida de Don Andrés Bello_, calificó de _miserable aventurero_ al insigne autor de la silva á la Zona tórrida.

Recibir cara á cara tal expresión de vilipendio á los cincuenta y cuatro años de edad, después de haber escrito obras inmortales, y en un país, que si no es la patria, es lo más próximo posible, por la identidad de la lengua, de las costumbres, de las tradiciones y hasta de los infortunios, debe exceder al dolor físico más punzante. Huella profunda del efecto que ese y otros ataques le causaron aparecen en varios de sus escritos, á pesar de su calma y moderación ingénitas; señaladamente en una muy sentida octava de un apóstrofe al campo con que comienza el canto tercero del poema _El Proscrito_, que dice así:

¡Al campo! ¡Al campo! Allí la peregrina Planta, que floreciendo en el destierro Suspira por su valle ó su colina, Simpatiza conmigo; el río, el cerro Me engaña un breve instante y me alucina: Y no me avisa ingrata voz que yerro, Ni disipando el lisonjero hechizo Oigo decir á nadie: ¡_advenedizo_!

Pero dadas las condiciones en que se encontraba no debe extrañar sobremanera que fuese cruelmente atacado, ni sería justo deducir cargo demasiado severo contra Chile. En cualquiera otra parte probablemente le hubiera sucedido lo mismo, y es seguro que allí por lo menos obtuvo á la postre grandes y justas compensaciones.

Antes de fijar brevemente nuestra atención en la parte poética de la obra de Bello, haremos ligera indicación de los escritos coleccionados en los demás volúmenes, prescindiendo de los cinco últimos tres de los cuales comprenden exclusivamente sus trabajos como jurisconsulto y codificador, y los otros dos artículos ó científicos ó de viajes ó de algún otro asunto, pero todos de importancia mucho menor.

El tomo primero contiene la _Filosofía del entendimiento_, tratado póstumo de psicología y lógica, que el autor á su muerte tenía copiado en limpio y preparado para la impresión. Su principal importancia consiste en revelarnos las doctrinas que enseñaba Bello á sus discípulos; fuera de eso es materia completamente envejecida. Su larga estancia en Inglaterra lo impulsó á abrazar la filosofía allí entonces imperante, los sistemas de la escuela escocesa, muy en consonancia, además, con sus tendencias espiritualistas y con su modo práctico de considerar los problemas de la ciencia y de la vida. Entre los varios filósofos que escribían ó profesaban en ese tiempo parece haber preferido, aunque á veces refutándolo, á Thomas Brown, poeta también y prosista distinguido. Pero los libros de Brown están ya completamente olvidados aun en Inglaterra misma, y nada ó casi nada queda hoy de sus aplaudidas doctrinas filosóficas. El tratado de Bello se distingue por la claridad de la exposición y la excelente distribución de sus partes; es un libro de enseñanza, del género de los que compuso el presbítero Balmes, y si no escrito con la animación y brillantez que distinguen al polemista catalán, tiene en el fondo más solidez y más sinceridad en la discusión, y la forma es mucho más correcta, á pesar de que Bello distaba mucho de escribir en prosa tan bien como en verso.

El tomo segundo encierra el antiguo poema ó Gesta del Cid, conforme á una nueva versión corregida del texto publicado por Sanchez á fines del siglo XVIII, con más de cien páginas de notas repletas de erudición y muy sagaces conjeturas, dos apéndices sobre la lengua y literatura españolas de la Edad media y un glosario, no tan flaco y desprovisto como el de Sanchez y otros, después del de Sanchez, publicados en España.

Las materias de estos dos primeros volúmenes adolecen del mismo mal. Muy notablemente tratadas para la época de su composición tienen gran valor en la historia de la vida de Andrés Bello, pero menos utilidad é interés directo para filósofos ó eruditos al corriente de la ciencia de nuestros días. La psicología escocesa, aun mirada al través de los universitarios franceses, parece hoy una curiosidad histórica, una antigualla. El texto del poema del Cid descifrado por Sanchez no es ya la base para edificar una nueva edición; el códice del siglo XIV que ese benemérito literato tuvo la suerte de descubrir no ha sido bien transcrito hasta una época posterior, en uno de los últimos tomos de la Biblioteca de Rivadeneyra, y mucho mejor en la edición de Halle publicada por el sabio alemán Volmöller[69]. Careció por tanto Bello de los elementos indispensables, y es muy de admirar por lo mismo que á veces adivinase detrás de las mentiras de la copia del siglo XIV la versión probable del original antiguo. Otras veces sugiere cambios menos aceptables, dando por sentado respecto al metro y otros puntos dudosos soluciones difíciles de justificar. Si el trabajo se hubiese publicado cuando lo proyectó y comenzó á ejecutarlo, cuando acudía diariamente al Museo británico á reunir sus materiales y acopiar el inmenso número de extractos y apuntes que se llevó á Chile, hubiera ocupado inmediatamente ese modesto hijo de Venezuela el primer puesto entre los sabios de Europa dedicados al estudio de la literatura de las naciones latinas durante la Edad media. Ya en 1829 sabía Bello sobre los cantares de gesta, los romances, las crónicas y en general sobre la lengua literaria de España más de lo que llegó nunca á saber Amador de los Ríos, que en esas materias pasaba en su tierra por un pozo de sabiduría.

[69] Hay una transcripción más reciente, publicada en Madrid (1898) por D. R. MENÉNDEZ PIDAL.

La _Gramática castellana_ con las excelentes notas de Cuervo llena todo el cuarto; en el quinto están reunidos el compendio de la misma gramática y sus trabajos menores del mismo género: análisis de la conjugación, métrica, etc. En ese terreno no tiene rival. Su utilidad práctica puede ir disminuyendo con el tiempo, pero el nombre del autor, príncipe de los gramáticos españoles en el siglo XIX, no morirá.

El tratado de _Derecho internacional_, cuya primera edición data de 1832 y unánimemente se considera como un modelo de libro de texto, por otros imitado y no mejorado, ocupa el tomo décimo, así como el noveno los _Opúsculos jurídicos_. Ambos volúmenes revelan su profundo dominio de las teorías del derecho, tan hábilmente aplicadas luego en los cinco últimos á la redacción de las leyes, que rigen y regirán siempre, más ó menos modificadas, en Chile.

Cuantos documentos son necesarios para seguir su vida literaria se hallan bajo el rótulo de _Opúsculos literarios y críticos_ en los tomos cuarto, séptimo y octavo: ahí reaparecen sus artículos insertos en periódicos de Londres y de Santiago, en la _Biblioteca_, _El Repertorio_, _Los Anales_, _El Araucano_ y varios otros; sus discursos de la Universidad, sus memorias oficiales, y en los prólogos de don Miguel Luis Amunátegui, escritos para cada uno de los tomos, se encuentran hasta fragmentos de artículos no concluídos descubiertos entre sus manuscritos. Todos ellos por desgracia, los conocidos y los inéditos, confusamente amontonados sin orden de materias ni de fechas.

Amunátegui, prologuista infatigable, que antepone á cada uno de los diez primeros volúmenes de esta edición largas introducciones desaliñadamente escritas, pero repletas de datos y rebosantes en amor y admiración hacia el famoso varón que fué su maestro, ha tenido la suerte de extraer de los manuscritos fragmentos interesantes, y aun alguna vez trabajos completos y valiosos. Halló en ellos un verdadero filón, pero no fácil de beneficiar. Bello usaba forma de letra malísima y en los últimos períodos de su vida escribía en caracteres microscópicos, desiguales y borrosos, que ni con fuerte vidrio de aumento se dejan fácilmente descifrar y exigen gran dosis de paciencia y conciencia en el descifrador. Varias de las obras antes inéditas estarán probablemente en esta edición cuajadas de errores nacidos de esa causa, y el mismo Amunátegui lealmente lo advierte y nos facilita armas para atacarlo en su función de lector de los jeroglíficos de Bello.

Figuróse una vez haber encontrado versos en un papel, más cuidadosamente examinado resultó ser un viejo borrador de artículos para el Código civil. Otra vez en cambio tuvo la dicha singular de poner la mano nada menos que sobre el final perdido de la epístola á Olmedo, de los hermosos tercetos que en 1827 dirigió Bello á su amigo con el título de "Carta escrita desde Londres á París por un americano á otro", y de los cuales había publicado hasta completar el número de cincuenta y uno el mismo Amunátegui en su vida de Don Andrés, edición de 1882, deplorando que faltase el final ó no hubiese el autor llegado á escribirlo. Con muy legítima satisfacción, por tanto, procedió á insertar en la introducción al tomo de las poesías en estas Obras Completas nueve estrofas más: ocho tercetos y el cuarteto que definitivamente las cierra.

El primer hallazgo era una fortuna, resolvía una duda bibliográfica, pero nada añadía á la reputación del poeta: antes al contrario parecía bien extraño que en la fuerza de sus años escribiese Bello terceto tan áspero y rocalloso como éste:

Y en todos sus oráculos proclama Que al Magdalena y al Rimac turbioso Ya sobre el Tiber y el Garona ama.

O que poeta tan sobrio y conceptuoso echase á volar este verso insulso y palabrero:

Bella visión de cándidos cristales.

No había semejante cosa, tales adefesios no eran de Bello, eran mala lectura del manuscrito, y por dicha se pudo rectificar el verso.

La epístola acaba con una apoteosis á la antigua moda clásica. Olmedo se sienta en el Parnaso entre las Musas que entonan un himno en su loor; y para hacer más cumplido y delicado el elogio pone Bello en boca de las nueve hermanas versos del mismo Olmedo, versos tomados del magnífico canto á la victoria de Junín, donde se dice:

Que ni Magdalén y al Rimac bullicioso Ya sobre el Tiber y el Eurotas ama.