Hombres y glorias de América · Unidad 27 de 33
CAPÍTULO XII. — parte 10
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
De esa manera un río clásico, el río de Esparta, viene á sustituir al Garona, el río de Burdeos, que tan impertinentemente se pretendió hacer correr por esa región de pura poesía. Lo mismo acontece con la visión absurda de _cándidos cristales_, que eran y debían ser _cándidas vestales_, como había escrito Olmedo. _Et sic de caeteris._
Bello no caerá en el olvido ni como gramático ni como filólogo; en Chile es seguro que no se borrará su fama de legislador: pero los timbres indelebles de su gloria estarán siempre en sus obras poéticas. Es por consiguiente el más interesante de los tomos de esta edición el tercero, en el que por primera vez se encuentra completo, reunido cuanto de bueno, de mediano y de insignificante compuso ó tradujo en verso, hasta donde ha sido posible sacarlo de sus casi ilegibles manuscritos. La colección es muy superior á la que en 1881 apareció en Madrid en la _Colección de Escritores castellanos_, aseméjanse ambas solamente en el número considerable de erratas, pero esto es cosa corriente: el corregir erratas de imprenta parece un arte perdido, ignorado de casi todos los que en Europa y América publican libros en español.
Esa edición de Madrid tiene el mérito de llevar al frente un estudio biográfico y crítico por Don Miguel Antonio Caro, pero comete el crimen de mutilar lastimosamente al poeta suprimiendo hasta cuarenta y seis versos de una de sus mejores obras, la _Alocución á la poesía_, simplemente porque aluden á España, á las crueldades de la conquista y de la guerra de independencia. El trabajo de Caro es muy notable, elegantemente escrito y de sólida doctrina, salvo en alguno que otro lugar en que el distinguido literato colombiano afirma en forma demasiado concluyente é imperiosa su gusto y su impresión personal. Por ejemplo, cuando en marcado son de vituperio llama intemperante el lirismo de Quintana, como si templanza y lirismo casi siempre no se excluyesen, y como si el lirismo mientras más genuino y más sincero no pudiese correr el riesgo de parecer intemperante, sin perder por eso su valor poético ni aminorar la intensidad de su efecto artístico. En otra parte celebra un poco más de lo justo una oda juvenil de Víctor Hugo, _Moisés en el Nilo_, para poder mejor dar al traste con todo lo demás que compuso el autor de _Las Contemplaciones_. Pero el punto de vista en que agrada aquí á Caro colocarse es el más propio y oportuno en un juicio crítico[70] de las poesías de Bello, é indisputablemente las juzga con íntima simpatía y tino singular.
[70] Don M. Menéndez y Pelayo reprueba la expresión "juicio crítico" y débese á él sin duda que muchos en España se abstengan ya de emplearla. Tal vez sea vano empeño proscribir á estas horas lo que han usado numerosos escritores que sabían muy bien lo que decían. Es un pleonasmo, pero tan admisible como admitido. "Juicio crítico" quiere decir una disertación en que se _juzga_ un autor ó una obra conforme á las reglas de la _crítica_. La Academia Española misma define al crítico en su Diccionario de esta manera: "El que _juzga_ según las reglas de la _crítica_". Hay diversas maneras de juzgar como hay diversas maneras de emplear la palabra juicio.
Cuando Bello en 1810, á los veintinueve años de edad, salió de Caracas, su patria, que nunca debía volver á ver, formando parte de la primera misión diplomática que se mandó á Europa, en la que entre otros iba también Simón Bolívar, nada había escrito todavía digno de ser puesto hoy en parangón con sus obras posteriores. En el curso de la segunda mitad del período de su dilatada residencia en Inglaterra publicó en la _Biblioteca_ y el _Repertorio_, las dos revistas en cuya dirección tomó parte principal, las _Silvas Americanas_, maravillosa obra maestra de toda la literatura en lengua castellana, pues por su magnífica é intachable dicción se eleva hasta igualar lo mejor que jamás se escribió en España, y por su asunto, sus imágenes y la amplitud de sus ideas lleva el sello profundo de la grandeza y novedad del mundo americano. Esas dos composiciones, los fragmentos que constituyen la _Alocución á la Poesía_ y la silva á _la Agricultura de la zona tórrida_, exceden á todo lo que escribieron Olmedo y Heredia, sus grandes rivales en América, aunque por otra parte esos dos poetas brillantemente le superen por la espontaneidad, el vigor y la variedad de la inspiración lírica.
Bello es un admirable poeta didáctico, didáctico á la manera del autor de las _Geórgicas_, y basta á determinar bien la cifra de los quilates de su mérito recordar que la comparación, hecha y repetida infinito número de veces, no es un simple manoseado lugar común, un consorcio vago y caprichoso de nombres ó una indulgente concesión de apasionados; quiérese realmente con ella significar que creó el autor americano, á ejemplo y en libre imitación de Virgilio, algo casi tan bueno como muchos buenos trozos de los cuatro libros de esa célebre producción latina, que la recuerda y á menudo la iguala tanto en la parte puramente descriptiva como en los admirables episodios; salvo por supuesto la enorme desventaja que consigo trae la inferioridad literaria de la lengua moderna al lado de la antigua. Pero Bello, es claro, considerado bajo otro aspecto dista demasiado de Virgilio. Las Geórgicas anuncian, preparan, no en el estilo, ya perfecto, sino en el conjunto de las otras cualidades, al futuro cantor de la Eneida, y Bello, superior igualmente como erudito y como perfecto versificador, no podía aspirar á las alturas de poesía épica desde donde fulgura eternamente el genio del vate famoso de "la alta Roma".
Analizar ahora esas producciones de la época mejor de Bello sería empresa inútil, ya muy bien desempeñada por Amunátegui, Cañete, Pombo y varios otros distinguidos escritores, y en primera línea por Caro y por Menéndez y Pelayo.
En 1829, como va dicho, se estableció Bello en Santiago de Chile; entregado inmediatemente á monótonas y apremiantes ocupaciones cultivó poco la poesía, publicó menos aun de lo que á ratos perdidos escribía para su propio solaz. La necesidad de congraciarse el afecto de la nueva patria lo movió á cantar dos veces, con once años de intervalo, el _Diez y ocho de Septiembre_, fecha oficial de la independencia de la república; y es bien de admirar que esas dos odas así tituladas y nacidas en condiciones tan de poeta cortesano, sean lo que son: dignas de Fray Luis de León por su tono solemne y elevado. Imitan claramente las producciones del gran lírico castellano y ascienden sin desfallecer al mismo nivel de estilo y entonación. En la primera, la de 1830, es de notarse la siguiente estrofa por la energía de la expresión, aunque la imagen sea conocida, por el mismo Bello y por muchos otros usada ya:
Vano error! Cuando el rápido torrente Que arrastra al mar su propia pesadumbre, En busca de la fuente Retroceda á la cumbre, Volverá el que fué libre á servidumbre.
En la segunda, de 1841, más extensa y variada, hay un hermoso símil magistralmente desenvuelto, aunque abusa ya un poco de la transposición, rasgo característico de su dicción poética:
Pero del rumbo en que te engolfas mira Los aleves bajíos, Que infaman los despojos miserables ¡Ay! ¡de tantos navíos! Aquella que de lejos verde orilla A la vista parece, Es edificio aéreo de celajes Que un soplo desvanece. Oye el bramido de alterados vientos Y de la mar, que un blanco Monte levanta de rizada espuma Sobre el oculto banco. Y de las naves, las amigas naves, Que soltaron á una Contigo al viento las flamantes velas Contempla la fortuna. ¿Las ves, arrebatadas de las olas, Al caso extremo y triste ¿Apercibirse ya? ... Tú misma cerca ¡De zozobrar te viste!
Es perder el tiempo ahora lamentar la interposición de ese largo y estéril espacio de once años en que nada más hizo ó publicó el poeta; en que la dura necesidad de asegurar el sustento lo forzó al silencio, rodeado por una sociedad donde no hallaba ni auditorio ni estímulo ni esperanza para la poesía; y que la inclemencia del destino así lo persiguiese, cuando se acercaba ya al dintel de la ancianidad, para que inútilmente se consumieran las últimas llamaradas de su genio poético sin dar á nadie calor ni luz. Estaba entonces á punto precisamente de operarse en él marcada transformación, un rejuvenecimiento de sus facultades poéticas acompañado de nuevo rumbo impreso á su gusto y aficiones literarias: prueba del grande y raro vigor de su talento, pues iba ya á cumplir sesenta años.
Fueron frutos de ese momento propicio, que comienza en 1841 y dura tres ó cuatro años más, unas siete composiciones que son después de las Silvas sus obras más características. Además de la canción ya citada, de un efecto monótono de propósito buscado, pero algo fría, escribió las bellísimas quintillas de _El Incendio de la Compañía_, en que sin dejarse dominar demasiado por las melodiosas seducciones del metro imprime al todo el acento de tristeza profunda, sobria, resignada que el asunto requería:
Noche oscura, muerta calma: ¡Solemne melancolía!
La primera parte describe poderosamente, sin exceso, sin inútil exageración de horror el incendio de la antigua y venerada iglesia de los Jesuitas en Santiago: la segunda representa las ruinas del edificio visitadas después de la catástrofe por una procesión de sombras y fantasmas. Para esta pintura no apela á largas enumeraciones como Espronceda en _El estudiante de Salamanca_ ó al vago delirio de Zorrilla en varias de sus leyendas; condensa el efecto en pocas estrofas limadas, correctas, en que ni falta ni sobra una partícula. Sirvan de ejemplo estas dos, en que la precisión de la sobria descripción apenas permite tildar la repetición de los consonantes verbales:
Va á su cabeza un anciano, (Una blanca mitra deja Asomar su pelo cano). Cantan, y el canto semeja Sordo murmullo lejano.
Mueven el labio, y después Desmayados ecos gimen; La luna pasa al través De sus cuerpos, y no imprimen Huella en el polvo sus pies.
El vivo color romántico que distingue al _Incendio de la Compañía_ indica ya bien claramente que la musa de Bello tendía á emprender vuelo por regiones nuevas. Dan de ello testimonio decisivo las cinco imitaciones de Víctor Hugo que en seguida publicó; su hermosa dicción, su rico lenguaje se amoldan en ellas sin deterioro á los vastos espacios, á los libres arranques de la nueva escuela de poesía. No se reduce al Víctor Hugo clásico todavía de las _Odas_ en el _Moisés salvado de las aguas_, sigue el desarrollo de su genio en las resplandecientes _Orientales_ para pedir luego otros dos motivos de inspiración á las _Hojas de otoño_ y á _Las Voces Interiores_, libros en que ya brilla con todo su vigor el genio lírico del gran vate de Francia. Las cinco son muy buenas, modelo perpetuo de lo que puede ser la verdadera transcripción en verso, de la manera única quizás de verter un poeta á otro gran poeta en idioma diferente, sin que en ninguno se deslustre ó amengüe la inspiración.
Bello escribió poco en verso, un volumen de los quince que forman esta colección; su gloria reposa en unas diez ó doce composiciones todas notables, aunque en grados y cualidades diferentes. La historia de su vida explica por qué le faltó en realidad tiempo para más, á pesar de la crecida cifra de años que alcanzó. Pero aumenta en muchos puntos la admiración que arranca el conjunto de sus obras poéticas, cuando se piensa que el anciano autor de esas quintillas líricas de _El Incendio de la Compañía_, ó de las caprichosas y elegantísimas estrofas de los _Fantasmas_, ó del ascenso y descenso habilísimo del metro en _Los duendes_, es el mismo que en plena madurez compuso la majestuosa y severa silva á _La Agricultura de la Zona tórrida_ Y renovó la inspiración del cantor de las Ruinas de Itálica en el final del primer fragmento de la _Alocución á la poesía_. Esa feliz y brillante oposición entre los extremos de su carrera de poeta, entre la pureza clásica del principio y el esplendor romántico del fin, constituye su mayor originalidad, la verdadera razón que podría haber para colocarlo encima de Olmedo y Heredia, aunque sea verdad que en poesía subjetiva la palma debe siempre corresponder á la altura del vuelo lírico y á la impetuosidad de los movimientos.
Hubo, además, otra faz en el talento de Bello: de ella hay en esta edición muestras abundantes, póstumas casi todas y quizás por lo tanto mal copiadas de sus manuscritos: una vena jocoseria ó "humorística" que desde el principio se hizo sentir, como lo indica su traducción del _Orlando Enamorado_ conforme á la refundición burlesca de Berni, y que persistió hasta lo último, como se ve por los cinco cantos de _El Proscrito_, publicados por primera vez ahora tales cual quedaron á la muerte del autor. Era de esperarse también que la elegancia natural de su estilo, la riqueza de su vocabulario y la precisión de su lenguaje condujesen á un alto grado de distinción en este género, y efectivamente hay en los dos poemas numerosas octavas tan buenas como las mejores de _La Mosquea_ de Villaviciosa, aunque ni en facilidad ni en chiste lleguen á las de Batres, el poeta heroico-cómico de Guatemala. Es lástima que no nos haya quedado nada definitivo, bien acabado en este género, pues _El Proscrito_ no es más que un esbozo incompleto, y en el _Orlando_ sólo son originales los exordios de algunos de los cantos. Produce efecto particular en _El Proscrito_ la mezcla de un gran número de chilenismos en la pura trama castellana de su lenguaje.
Quizás se descubra todavía alguna otra composición, algún otro fragmento olvidado, pero nada importante agregarán á lo que ya poseemos, y el monumento literario está para siempre elevado. Débese á la gratitud de la república de Chile, y toca ahora á los hispanoamericanos agradecerlo á nuestra vez.
UN "REPORTER" DE COSAS DE AMÉRICA
EN EL SIGLO XV
PEDRO MÁRTIR DE ANGLERÍA
_Pierre Martyr d'Anghera, sa vie et ses oeuvres._ Par J. H. Mariéjol, Paris (Hachette).
Es este libro una tesis ó conclusión de examen para el grado de Doctor en letras. El autor, catedrático en universidad de provincia, vino á París antes de la colación de su grado en busca de un tema para su discurso, que no estuviese demasiado manoseado, susceptible todavía de algún interés, de cierta novedad, y uno de sus futuros jueces le sugirió, según cuenta, la idea de estudiar la vida y los escritos del famoso Pedro Mártir, cuyas obras aun conservan valor para la historia de España, y serán siempre de suma importancia para la de América en la época del descubrimiento y primeros años de la conquista. Esa oportuna sugestión dió origen al presente volumen de lectura en extremo amena é instructiva.
No es ahora tan común en Francia como antes este género de trabajos relacionados con la historia ó la literatura de España y la América española. Después de la guerra con Alemania en 1870 la curiosidad de los sabios franceses ha cambiado de rumbo y abandonado estudios que en los días del Imperio, para no ir más lejos, estaban muy generalizados. Algo probablemente influyó antes en ese interés por España la procedencia de la Emperatriz. Se le hacía un poco la corte, como era natural, tratando de cosas de su país. Damas-Hinard, su secretario particular, pudo gracias á ella ver salir de la Imprenta Imperial una magnífica edición del Poema del Cid con traducción, notas y comentarios, al mismo tiempo que Antonio de Latour, secretario en Sevilla del duque de Montpensier, del marido de una Infanta de España, escribía y animaba á muchos á escribir sobre asuntos españoles, y se mantenía así la tradición y el ejemplo de Mignet, Viel-Castel, Próspero Merimée, Rosseew Saint-Hilaire, de tantos otros. Existen hoy, es verdad, dos revistas exclusivamente consagradas á la península ibérica: la _Revue Hispanique_ dirigida en París por el erudito M. Foulché-Delbosc y el _Bulletin Hispanique_, publicado en Burdeos, en cuya redacción figuran literatos de tanto talla como Ernesto Merimée, autor del trabajo más completo que se conoce sobre Quevedo, y Alfredo Morel-Fatio. Pero ambas publicaciones son trimestrales y la _Revue_ á veces reúne bajo una sola cubierta dos y más entregas. Morel-Fatio se queja en alguna parte del abandono en que hoy se encuentran en su país los estudios españoles, y nadie sin embargo hace tanto por ellos como él mismo, que posee perfectamente el castellano, el catalán, el dialecto gallego tan cultivado al fin de la Edad Media, así como el portugués y el italiano; que ha hecho una edición admirable comentada y anotada de _El mágico prodigioso_, de Calderón, escrito las interesantes monografías de sus _Etudes sur l'Espagne_ y varios otros trabajos de gran mérito.
Volviendo á la tesis de M. Mariéjol, no hay duda que es Pedro Mártir de Anglería, como en España se le llama, personaje muy interesante, y por fortuna no escasean los datos para componer su biografía. La colección de sus cartas, impresa poco después de su muerte con el título de _Opus Epistolarum_, comprende nada menos que ochocientos diez y seis números en un espacio de treinta y siete años, desde 1488 hasta 1525.
"Un literato italiano en la corte de España" es el primer título de este libro. En efecto Pietro d'Anghera, milanés, residente en Roma y discípulo del gran Pomponio Leto, tenía treinta años de edad cuando se le abocó el conde de Tendilla, embajador de los Reyes Católicos, á pedirle que fuese á establecerse en España y propagar allí los inmensos adelantos que en ciencias y letras habían realizado los sabios italianos del Renacimiento. Propuesto el viaje fué inmediatamente aceptado. A España llegó en 1487, de España no salió más, salvo una breve excursión diplomática en Egipto, y en Granada murió en 1526 á los setenta años próximamente, pues no se conoce con certeza la fecha de su nacimiento.
Apenas llegado asistió en el séquito de la reina Isabel á varios episodios de la campaña de Granada, y permaneció en el terreno de ese último duelo entre la cruz de Covadonga y la Media Luna hasta ser testigo de la dramática escena de la rendición del Zagal y penetrar luego con los Reyes Católicos en el palacio del monarca moro, en La Alhambra, cuya magnificencia arranca un grito de admiración extraordinaria á ese italiano, que había pasado en Roma muchos años de su vida: "¡Qué palacio, Dioses inmortales! ¡No hay otro que se le parezca sobre la superficie de la tierra!" Allí concibió admiración todavía mayor por los dos soberanos españoles á cuyo servicio se consagraba, por la reina especialmente, de quien recibiría muestras repetidas de favor y de quien hablaría siempre en los términos más exaltados como en la carta del 26 de Noviembre de 1504, día mismo del fallecimiento de Isabel, carta número 279 del Epistolario, que citan Prescott, Lafuente y otros historiadores: "El mundo ha perdido su ornamento más precioso; era el espejo de todas las virtudes, amparo de los inocentes y freno de los malos. No sé de otra heroína ni en los antiguos ni en los modernos tiempos que merezca ponerse al lado de esta mujer incomparable".