Hombres y glorias de América · Unidad 31 de 33

CAPÍTULO XII. — parte 14

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La suerte más negra pareció empeñarse en perseguir á cuantos estuvieron presentes ó contribuyeron á la sangrienta escena. Booth, con una pierna partida, por habérsele enredado las espuelas en la bandera nacional que ornaba el frente del palco presidencial, no pudo llegar á lugar de salvamento tan pronto ó tan lejos como hubiera querido; vivió diez días con la sombra de la muerte encima hasta caer herido como una alimaña por la bala de sus perseguidores. Quizás, según otros, se mató él mismo al verse rodeado y perdido dentro de un granero, incendiado con el fin de forzarlo á entregarse. De sus cómplices cuatro, incluso la mujer en cuya casa se reunían, fueron ahorcados; los otros expiaron en un presidio.

Entre los que se sentaban dentro del palco fué la suerte de Lincoln la menos cruel, pues expiró á las pocas horas sin haberle llegado desde el minuto en que estalló el arma asesina la menor vislumbre de lo que pasaba á su alrededor. La esposa pasó el resto de sus días enajenada, sumida en estupor profundo. El mayor Rathbone recibió de Booth, al intentar sujetarlo, una terrible cuchillada en el brazo, y esposo prometido de la hermosa joven sentada á su lado, acabó años después por ser su matador en un acceso de locura furiosa.

Tales fueron las consecuencias individuales. Las políticas, las que en suma modificaron la marcha general de la nación, son conocidas y no es posible exagerarlas. Como dijo el general Sherman á uno de los jefes adversos: «no sufrió la Confederación desastre más grande».

Pero aparte de la importancia histórica su interés dramático nunca disminuirá. Es muy de desearse que venga pronto el biógrafo definitivo de Lincoln, el que sepa aprovechar todos los detalles y presentar al ilustre mártir con sus rasgos y colores verdaderos, en un trabajo menos difuso y encomiástico que el de los dos antiguos secretarios, más seguro en sus juicios que el de Morse, más artístico y armónico que el de Herndon. Prescindo de propósito del volumen incompleto de Lamon, donde primero aparecieron muchos sucesos anteriores á la época de su engrandecimiento político, pero relatados con cinismo á veces desagradable, sin verdadera simpatía. Las demás biografías, bastante numerosas tienen menos valor como obras históricas.

EL "CENTÓN EPISTOLARIO" Y LA CRÍTICA AMERICANA

Ningún fraude literario se ha impuesto tan completamente á la credulidad pública como el que perpetró don Antonio Vera y Zúñiga, conde de la Roca, imprimiendo ó haciendo imprimir en tiempo de Felipe IV un libro con el título de _Centón Epistolario del bachiller Fernán Gómez_, y el siguiente pie de imprenta en la portada: "fué estampado. E correto por el protocolo del mesmo Bachiller Fernanperez (_sic_). Por Juan de Rei e a su costa en la cibda de Burgos el Anno M CD XCIX", es decir, en 1499.

Forma un volumen delgado, de ciento sesenta y seis páginas en cuarto menor, compuesto de ciento cinco cartas de muy amena lectura atribuidas á un tal Fernán Gómez de Ciudad Real, médico particular del rey don Juan II, personaje de quien no hay más noticias que las que en sus propias epístolas aparecen, lo cual ya hoy nadie extraña, pues nunca existió individuo conocido con ese nombre y profesión en la corte del rey don Juan.

El objeto de Vera y Zúñiga al concebir y ejecutar tan complicado engaño no fué entretener sus ocios de diplomático, ni cometer simplemente una ingeniosa travesura, como hizo, por ejemplo, en nuestros mismos días Adolfo de Castro, cuando escribió, publicó y atribuyó á Cervantes _El Buscapié_, que tanto ruido hizo en los momentos de su aparición, encontrando muchos, y varios hombres de letras entre ellos, que lo recibieran como obra auténtica. Vera y Zúñiga, que debió á Felipe IV el título de conde de la Roca y el empleo de embajador en Venecia, pertenecía á una familia distinguida, pero tenía la debilidad, bien común en su época y no excesivamente rara todavía, de no contentarse con tan poco, de picar más alto y pretender estar emparentado con la más encumbrada nobleza española; y como carecía de pergaminos ó papeles en comprobación de esa fantástica ascendencia, le asaltó la idea de forjar un libro en que constase su abolengo. Moviólo sin duda al decidir la época que debía minuciosamente estudiar para reproducir de algún modo verosímil sus usos y costumbres, el ser la Crónica de don Juan II entre todas las de los reyes de Castilla indisputablemente la mejor, la más puntual y segura, como dijo Mondejar. Cortando retazos de la Crónica, variando ligeramente los hilos de la trama, zurciéndolos con innegable habilidad, fabricó las ciento quince cartas, y salpicó aquí y allí como de paso pruebas de su linaje, mencionando sus abuelos, el Comendador Ruy Martínez de Vera, ayo y Camarero mayor del Infante, que supone emparentado con el condestable don Alvaro de Luna, así como su hijo don Juan de Vera. Escritas las cartas les inventó un autor, lo bautizó Bachiller Fernán Gómez, nombre que á nada comprometía y, como debía forzosamente ser una persona cercana al Rey, lo graduó de médico de cámara.

Era en seguida preciso exhibir al público el documento apócrifo de modo que no dudase de su procedencia. Un códice antiguo es muy difícil de imitar. No es muy aventurado suponer que aprovechara entonces el conde de la Roca su estancia en Italia, en Venecia, cuyos impresores eran tan hábiles y famosos, donde con la mayor facilidad podían á mediados del siglo XVII componer é imprimir un libro que en la apariencia datase de fines del siglo XV: de ahí probablemente salió el volumen del _Centón Epistolario_ con portada diciendo que lo habían impreso en Burgos á costa de Juan del Rey.

Vio la luz calladamente, como convenía, y fué sin ruido á las manos á que debía ir, colocándose en los estantes sin despertar sospecha de su procedencia, y contó en adelante como uno de los monumentos más curiosos del habla castellana al término de la Edad Media.

Las sospechas nacieron más tarde, pero sólo de parte de alguno que otro bibliógrafo, y fundadas únicamente en las condiciones tipográficas del tomo. La crítica literaria (ó lo que por tal pasaba,) continuaba apreciando como de buena ley la prosa epistolar de Fernán Gómez de Cibdareal, cuando era ya opinión corriente entre los eruditos al finalizar el siglo XVIII, según Bayer y Méndez, que la edición supuesta original no había podido ser impresa ni en el lugar ni en la fecha que en ella se declaraban. Las cartas del Bachiller seguían tenidas por obra de un contemporáneo de Juan II, tanto que el que desempeñaba en 1755 la secretaría de la Real Academia de la historia, don Eugenio Llaguno, publicó una segunda edición del Epistolario, añadiéndole una biografía del autor conforme á datos sacados de las mismas cartas, que de otra parte seguramente no podía sacarlos, pues el personaje, como va dicho, era puramente imaginario.

Así las cosas permanecieron hasta que en 1833, á los doscientos años poco más ó menos de cometido el fraude, dió á luz Quintana en Madrid el tomo tercero de sus _Vidas de Españoles célebres_. Escribiendo con su esmero y conciencia habituales la biografía de don Alvaro de Luna notó, al llegar al período del proceso y muerte en el cadalso del Condestable, suceso sin disputa el más famoso de todo el reinado, que la relación hecha por el Bachiller se hallaba en desacuerdo completo respecto á detalles importantes con varios documentos oficiales, auténticos, que se conservan, y como el Bachiller se daba por testigo presencial de lo que refería, depositó Quintana al pie de la página estas dos preguntas muy oportunas:--¿Existió verdaderamente semejante médico y semejante correspondencia?--¿Sería por ventura esta obra juego de ingenio de algún escritor posterior?--Era poner por primera vez el dedo en la llaga. Por desgracia el poeta historiador se redujo á expresar sus sospechas en esa forma de duda ó interrogación y dejar que otros la resolvieran.

Nadie empero volvió á ocuparse en el particular hasta que en 1849 publicó Ticknor la primera edición de su excelente Historia de la Literatura española, en uno de cuyos apéndices afirma que á su juicio todo el _Centón Epistolario_ era de la primera á la última línea una falsificación, y expone brevemente alguna de las razones históricas y filológicas en que fundaba su opinión. Esto no era ya tocar la llaga con precauciones como Quintana, sino atacarla _ferro et igni_ para cauterizarla y extirparla. Pero esas operaciones violentas aplicadas á males envejecidos arrancan siempre gritos, no sólo del paciente, lo que no podía ser en el presente caso, sino también de circunstantes horrorizados. El marqués de Pidal gritó el primero; no tenía inconveniente en admitir que la primera edición era espuria, y una superchería los pasajes referentes á la familia Vera; no negaba que hubiese otros errores inexplicables en el texto, pero creía á pies juntillas en la existencia del Bachiller y afirmaba que las cartas habían sido escritas en los días de don Juan Segundo, porque así lo revelaban su estilo y su lenguaje.

Don Adolfo de Castro intentó complicar la cuestión negando por una parte la autenticidad del libro, pero atribuyéndolo á un nuevo personaje, Gil González Dávila. La inesperada sugestión pasó casi inadvertida, no era más que una de tantas suposiciones aventuradas del ingenioso hidalgo gaditano.

Ticknor replicó reiterando la firmeza de su convicción, y en los mismos curiosos y eruditos datos suministrados por Pidal halló motivos nuevos de confirmar á Vera y Zúñiga la paternidad del _Centón_. Luego Gayangos añadió á esta solución el peso de su autoridad, logrando convertir por último al mismo marqués de Pidal.

El problema estaba, sin embargo, destinado á renacer, á ser planteado y tratado otra vez, como si nada antes se hubiese hecho en el sentido de su resolución. Amador de los Ríos en el tomo VI, publicado en 1865, de su _Historia crítica de la Literatura española_, entra magistralmente en la controversia, y con el tono de convencida suficiencia en él característico, como quien se siente más que de sobra capaz de fijarla para siempre, echa á un lado de idéntica manera á Quintana y á Ticknor, á Pidal, á Castro y á Gayangos, y pronuncia que el _Centón_ "es uno de los más fehacientes y genuinos monumentos del largo reinado de don Juan II". No agrega en realidad un solo nuevo dato positivo á la cuestión, sino deslíe en quince grandes páginas una serie de observaciones abstractas del género de la siguiente: "En ninguna obra de arte se revela con más verdad y fuerza el carácter vario, indeterminado y contradictorio de la corte de don Juan II", lo cual para decidir de la autenticidad de una obra no puede ser más "indeterminado", es decir, más vago y menos concluyente.

Amador de los Ríos en resumidas cuentas pretende resolver la incógnita con la incógnita misma, sin darse la pena de deducir sus elementos ni salir del círculo estrecho de sus apreciaciones personales. Para encomiar la frase del _Centón_ ensarta este rosario de adjetivos: limpia, clara, nerviosa, elíptica y salpicada de vivos pero naturales y agradabilísimos matices. Para enaltecer su dicción este otro: casta, sencilla, ruda á veces, mas siempre pintoresca y graciosa, siempre gráfica y adecuada. Y ahí está el _quid_ de la cuestión, porque lo que importa saber es si todos esos calificativos tan abundantemente regados se hallan bien aplicados á un texto especial del siglo XV, y para demostrar esto se requiere algo más que impresiones sin consistencia y tono de autoridad superior.

La "Historia crítica de la literatura española" es en verdad una obra impacientante; anunciada con grande alarde y golpes de caja, como un acontecimiento nacional; puesta "á los pies del trono constitucional de la Reina de España", la cual, como se nos dice en larga dedicatoria, "no solamente se dignó aplaudir con hidalguía de española mis difíciles tareas, sino que me honró con magnanimidad de Reina oyendo algunos capítulos", no pasa, sin embargo de todo ese honor y de la pompa y verbosidad del contenido, más allá de una muy moderada medianía. Su mayor mérito consiste en ser, y así en la misma dedicatoria se asegura, "la primera escrita por un español en lengua castellana", pero ni como obra histórica ni como obra de arte pudo satisfacer las esperanzas, el interés con que se la aguardó. El estilo no atrae, no encanta, y la sagacidad del crítico flaquea á menudo, extravía al lector, porque el guía no posee completamente la materia, porque le falta ingenio y agudeza y le sobra seguridad, confianza en su sabiduría.

No hay apenas error, acreditado por la rutina y por la superficialidad con que hasta entonces se había tratado en España la literatura de la Edad Media, que no encuentre inmediatamente en Amador nuevo defensor, tan obstinado como mal pertrechado para la discusión. Ya hemos visto como respecto del _Centón_ se extravía, y deslumbrado por sus propios adjetivos no acierta con su camino. Lo mismo le sucede con el _Libro de Montería_, que contra toda evidencia se empeñó en atribuir á Alfonso el Sabio. Lo mismo con las dos famosas octavas, supuestas únicas reliquias de las _Querellas_ de Don Alfonso, en que ya hoy no cree literato alguno un poco versado en la materia; Amador no sólo las acepta como realmente de la época, no sólo les confirma la fantástica paternidad, sino que las cita, las altera, las adereza á su gusto, y dice que son "la voz del cisne que preludia su triste fin".--El cisne es Alfonso el Sabio y el preludio unos versos apócrifos escritos varios siglos después. ¡Extraño ayuntamiento!

En toda cuestión insostenible, perdida de antemano, se mantiene aferrado á su parecer con una terquedad digna de mejor fortuna; por ejemplo, en la polémica en que discute de potencia á potencia con Fernando Wolf, quien sabía más que él de literaturas medioevales, sobre el valor literario de las _ee_ paragógicas añadidas á los romances antiguos por los cantores populares y que tanto los afean, añadidura que Menéndez y Pelayo con su tino habitual suprime en la _Antología de poetas líricos_ al incluir la _Primavera_ de Wolf tal como la publicó este gran crítico y este folklorista sin par.

Menéndez y Pelayo, sin embargo, llama la Historia de Amador "monumento que honra el nombre de su autor y la erudición española", aunque no se sabe si usa ese sustantivo por deferencia al que fué su profesor en la Universidad de Madrid, ó porque aluda simplemente á las proporciones materiales de la obra, á los siete grandes y compactos volúmenes que no van más allá de la época de los Reyes católicos. Tanta indulgencia de otro modo sería inexplicable al lado de la severidad, la injusticia conque trata en otro lugar la _Historia de la Literatura española_ por Ticknor, relegándola con desdén á la ínfima categoría de "un apreciable manual bibliográfico, de crítica puramente externa y vulgar por todo extremo"[78].

[78] Ambos juicios, el de Amador y el de Ticknor, se hallan á corta distancia uno de otro en la traducción de los _Studien_ de Wolf por Miguel de Unamuno--l v. Madrid, s. a. págs. 6 y 9.--Amador en la _Introducción_ de su grande Historia no trata más caritativamente la obra de Ticknor.

La Historia de Ticknor fué á los pocos años de publicada traducida al alemán, al castellano y al francés, acompañada en las dos primeras lenguas de notas complementarias escritas por sabios como Wolf y como Gayangos, que no creyeron desmerecer prestando su nombre y sus conocimientos para autorizar y propagar la obra. Aparecieron del original inglés cinco grandes ediciones en los Estados Unidos, todas retocadas y perfeccionadas cada vez, amén de otras en la Gran Bretaña. Millares y millares de personas la han leído y consultado y por todas ha sido tenida como la obra más completa y mejor sobre el asunto, honor que aun conserva, pues no existe ninguna otra hasta el presente que la pueda sustituir. Es el fruto de una vida entera de estudio constante, el resultado de un esfuerzo de muchos años, al que contribuyeron todos los recursos que el talento, la paciencia, la fortuna, los viajes, la posesión de rica y escogida biblioteca, cual en España misma era muy difícil reunir á ningún particular, la consagración en fin de todos los instantes, podían suministrar. Distínguese y es digna de todo encomio por la excelencia del plan, la seguridad del método, la claridad de la exposición, el análisis directo, personal de los autores, sobre todo por el anhelo de comprender, de mantenerse en viva é íntima simpatía con cuanto ofrece de peculiar y característico la civilización española. El autor era extranjero y era protestante, hijo de Boston, la metrópoli literaria y religiosa de la Nueva Inglaterra, y no es su menor mérito el espíritu de justicia, de inalterable tolerancia, de profundo respeto con que sigue y aprecia una literatura tan esencialmente católica, apostólica, romana, cual la que en España se formó y brilló durante los siglos XVI y XVII, edad de oro de su civilización y su cultura. ¿Existe acaso algún español que haya procedido de idéntica manera al ocuparse en estudiar vidas y escritos de protestantes? ¿Lo ha hecho por ventura el autor de la _Historia de los Heterodoxos españoles_? La tolerancia religiosa, la moderación en cuestiones que con la fe se rozan, la universalidad de sentimientos nunca han sido virtudes solicitadas ni apreciadas por la mayoría de los hijos de España; pero Ticknor al escribir en inglés sobre las letras españolas no pretendía dirigirse á los españoles, y fué para él tan grata como inesperada satisfacción que dos literatos lo tradujesen, y tradujesen muy bien, al castellano y le consiguiesen lectores donde ni por sueño esperó encontrarlos. Menos sorpresa probablemente le habría hoy causado saber que un crítico de la importancia de Don Marcelino Menéndez y Pelayo, influído tal vez por prejuicios, por preocupaciones más políticas que literarias, lo trata con tanta dureza[79].

[79] Ultimamente un escritor inglés, gran conocedor de España, Mr. D. Fitzmaurice Kelly, ha publicado en Londres una historia de la literatura española, que alcanza hasta nuestros días. Ha sido también traducida y dada á luz en Madrid, por cierto con prólogo muy favorable del Sr. Menéndez y Pelayo. Es un trabajo corto, un mero compendio, que no encierra tanta materia como cualquiera de los cuatro volúmenes del Ticknor en castellano, pero muy bien hecho y digno de aplauso.

La bibliografía está por Ticknor relegada á las notas, es una parte á que prestó sin duda minuciosa atención, cosa muy natural en toda buena historia literaria que por fuerza ha de versar principalmente sobre libros. Ordenada, clasificada, bien digerida como se encuentra aquí, es de la mayor utilidad para el lector y para el estudiante, que encuentran de esa manera en su lugar y muy á mano cuanto puede necesitar, precisamente lo que no acontece en el mare mágnum confuso y revuelto del _Ensayo de una Biblioteca_, que bajo el nombre de Bartolomé José Gallardo se extiende por las páginas de cuatro grandes volúmenes insondables.