Hombres y glorias de América · Unidad 30 de 33

CAPÍTULO XII. — parte 13

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Entre las numerosas biografías de Lincoln publicadas en los Estados Unidos la que con la firma del editor de la colección de volúmenes titulada _American Statesmen_ ha salido de las prensas de Cambridge en Massachusetts, y cuyo título va al frente de estas líneas, se distingue por la armonía de sus proporciones y la amenidad de su estilo. Debe á estas cualidades rango especial entre todas, á igual distancia de la voluminosa y densa que, con más altas pretensiones y el nombre de "Historia", han escrito dos que fueron secretarios particulares del Presidente, John Nicolay y John Hay, y del trabajo utilísimo aunque informe y poco literario de Herndon, amigo y antiguo socio en la capital del estado de Illinois, cuando los dos ejercían juntamente la profesión de abogados. "_Lincoln and Herndon_" era una razón social inscrita en la nómina de los attorneys y jurisperitos, y la firma no se consideró disuelta cuando fué escogido el jefe de ella para la presidencia de la república, continuó vigente y como en activo servicio hasta el trágico asesinato de la noche del 14 de Abril de 1865 en el teatro de Washington. El socio sobreviviente ha tenido la buena idea de contar á la posteridad lo que personalmente sabía de la vida del grande hombre. Del mismo modo Nicolay y Hay, en virtud de sus íntimas y constantes relaciones con el Presidente, pudieron recoger y comunicar ahora al público hechos y noticias de la mayor importancia, y de cuya exactitud responden la posición que ocuparon y la veneración profunda con que guardan y cultivan la memoria del jefe esclarecido.

Lo cierto es que ya poseemos cuanto importa saber de la vida privada de Lincoln y de los móviles de los actos de su vida pública, tanto antes como después de la peripecia esencial de su existencia, del momento en que comienza su nombradía nacional, la cual parte de la campaña electoral en que tan enérgica y brillantemente disputó á Douglas el puesto de senador de los Estados Unidos.

Muy rápida, vertiginosa fué en realidad la carrera política de Lincoln. Acaso en los Estados Unidos solamente sea posible concebir otra tan grande y en tan breve espacio de tiempo realizada. Antes de 1858 era un personaje oscuro, absolutamente desconocido de la inmensa mayoría de sus compatriotas, mas allá de un estrecho círculo; en ese año fué candidato de uno de los dos grandes partidos, en que estaban afiliados los ciudadanos del estado de Illinois, para la senaduría de la república; luchó con la mayor actividad, desplegó en la campaña suma extraordinaria de elocuencia, sagacidad y energía; pero quedó derrotado. Sin embargo, por medio precisamente de esa campaña, desgraciada en cuanto al resultado inmediato, hizo resonar su nombre por todo el país, y á los dos años obtuvo el favor más grande de que podían disponer sus compatricios, la primera magistratura de la nación.

Si á muchos pareció cosa estupenda, inexplicable, que ganase tan alto premio, se sentase en el elevado puesto y empuñase las riendas en tan crítica y formidable coyuntura, una persona de tan triste figura, de tan extraños antecedentes y con todos los hábitos y maneras del hombre rudo del lejano Oeste, del _Far West_, cuánto más raro y asombroso no debió haber sido para esos mismos el triunfo colosal que mereció al término de los cuatro años de su presidencia, éxito portentoso debido no enteramente al azar y á la constancia, sino también y en cantidad muy apreciable á eminentes cualidades personales, á la habilidad con que se acomodó á la nueva situación, con que atendió á sus extraordinarias exigencias, haciendo cabalmente en las más angustiosas estrecheces lo que el caso, la ocasión, las circunstancias demandaban al jefe de una gran nación discorde, revuelta, destrozada.

Nombrado candidato para un segundo período fué elegido por número de votos mucho mayor que la primera vez, consumó en los pocos meses de vida que le quedaban la obra de gigante á que se había consagrado, vió la guerra virtualmente terminada, la ciudad de Richmond abandonada, el hasta entonces invencible general Lee rendido, y cuando nuevas dificultades asomaban ya con aspecto de monstruos erizados, cuando sus ideas y planes personales para la reconstrucción política de la república anunciaban ya conflicto quizás irresoluble con las intenciones del Congreso, con las duras garantías que para asegurar el porvenir exigía la vencedora mayoría radical, vino la suerte á librarlo del tumulto de dificultades, desaires y desengaños inevitables, "fué con él misericordiosa", como dijo Larra al llorar la muerte del conde de Campo Alanje; lo salvó de la nueva lucha de palabras, de papeles y miserables transacciones discutidas hasta lo infinito, y lo arrebató del mundo del modo que pedía y obtuvo Julio César de la fortuna, en repentina, inesperada catástrofe.

Desempeñó solamente unos cuantos días, seis semanas, su segunda presidencia, pero fueron días incomparables de íntima, profunda satisfacción al ver desmoronarse piedra á piedra la Confederación y surgir la paz y renacer la prosperidad y ensancharse los corazones. No gozó de dicha igual el fundador de la república, el grande y puro Jorge Washington en las postrimerías de su vida pública. Si subió al poder acompañado de unánimes y ruidosas bendiciones, pudo antes de deponerlo oir y leer en periódicos y folletos injurias y denuestos que muy probablemente contribuyeron á la firme negativa con que rechazó las ofertas é instancias de sus amigos[76]. A Lincoln los hados le apartaron de los labios esa hiel emponzoñada. Al contrario de Washington, los insultos, las desdeñosas profecías de vergonzosa insuficiencia para la magna obra ocurrieron al principio[77]; los aplausos poco á poco fueron creciendo de volumen, y su cadáver conducido con pompa inusitada de Estado en Estado hasta la capital de Illinois pudo oir, si tal cosa concedieran los dioses á los despojos de los hombres, el concierto de loores más grandes y lamentos más sinceros que acaso han subido de los pechos y los labios de la multitud hasta la bóveda del firmamento.

[76] Las injurias y calumnias dirigidas á Washington, al final de su segunda Presidencia, pueden verse extractadas y reunidas en McMaster, _A history of the people of the United States_, vol. II, págs. 225, 230, 249, 261, 289, 291, 305, etc.

[77] Véase J. F. Rhodes, _History of the United States from--the Compromise of 1850_, vol. III, págs. 303, 305, 378.

No es, pues, una paradoja afirmar que la vida de Lincoln considerada de esta manera y bajo este aspecto fué singularmente afortunada, digna de envidia en todo lo esencial, no obstante la expresión tan patética, tan de honda melancolía, rasgo característico, predominante de su fisonomía, rasgo tan marcado que, como muy bien dice Morse, su biógrafo, se observa en todos los retratos que de él se tomaron en vida, aun en los menos artísticos y de más vago parecido. En ninguno, dicho sea de paso, está esa expresión tan fuertemente acentuada como en la muy inferior reproducción fotográfica que ha insertado el editor bostoniano al frente de la citada biografía.

Esta última, lo mismo que antes la de Nicolay y Hay, descubren una explicación parcial de la tristeza de Lincoln en las dificultades de toda su juventud laboriosa y en suma poco ó nada divertida; en la vida ordinaria que á la fuerza hacían los pobladores primeros del oeste de los Estados Unidos, donde el futuro Presidente nació y siempre vivió, (excepto el breve término que estuvo en Washington como miembro de la Cámara de Representantes), mal alojados, mal alimentados, en lucha incesante contra una naturaleza montaraz, que sin grande y continuado esfuerzo no era posible dominar. Estas condiciones físicas, con su séquito habitual de enfermedades, afecciones dispépticas, intoxicación palúdea y accesos intermitentes de profundo abatimiento, ejercieron fatal influencia en el temperamento naturalmente reservado y meditabundo de Lincoln, y cubrieron su rostro de ese tinte de melancolía que nunca se desvanecía del todo, ni aun las veces frecuentes en que gustaba de repetir gravemente cuentos y chascarrillos.

Esa tristeza constitucional, en ningún caso signo de vulgaridad ó grosería, combinóse con una instrucción incompleta, con la lectura incesante de la Biblia, base principal junto con los _Elementos_ de Euclides de toda su educación por los libros, resultando un producto singular, mezcla de estricto razonamiento matemático con la vena poética del fondo; creando un tipo humano en extremo interesante, cuyo originalísimo vigor se manifestó hasta en la estera literaria. En esta, á despecho de las incorrecciones iniciales de su gramática y del mal gusto inherente al género oratorio que privaba en Illinois tanto en los meetings políticos al aire libre como ante el jurado en los tribunales, llegó á adquirir una gran maestría, capaz de producir obras imperecederas, como el breve discurso al consagrar el terreno donde yacen los que perecieron en la batalla de Gettysburg, como los dos mensajes al inaugurar sus dos períodos presidenciales, que contienen pasajes sorprendentes de elocuencia sencilla y penetrante, frases luminosas y repletas de concentrada significación á la manera de versículos de la Biblia.

Tipo angloamericano perfecto, de la raza novísima, tal cual la amasaron y modelaron la atmósfera y el suelo en las vastas soledades al oeste de los Alleghanis, reúne en sí lo adverso y lo favorable de las cualidades que constituyen la originalidad de la nación. No debe ser, por tanto, tarea imposible ó excesivamente difícil el aislar y analizar cada uno de sus componentes, y causa verdadera sorpresa que en su libro declare John T. Morse una y otra vez que es un enigma el carácter de su héroe, que es Lincoln tipo sin semejante, solitario, excepcional, que su alma no se ha explorado, ni descifrado todavía el enigma satisfactoriamente.

Es verdad que á los rasgos comunes á todos los norteamericanos agrega Lincoln en alta dosis cualidades eminentes, inapreciables acaso en su justo valor, unas por no haber tenido tiempo de desplegarlas, otras por haber estado siempre comprimidas por las circunstancias: mansedumbre de espíritu inagotable, simpatía profunda y amplia bastante para comprender la humanidad entera, bondad sin límites, sin que el más leve sentimiento de vanidad ofendida y mucho menos de rencor apareciese perturbando la inalterable ecuanimidad, á pesar de haber vivido envuelto en luchas políticas, siempre feroces é implacables. Todo esto había en Lincoln y otras cosas más, pero no es suficiente para que un historiador, un crítico bien armado, declare tan pronto hallarse ante un abismo insondable y se reconozca impotente.

Es muy grande é intenso el entusiasmo de Morse, aunque ni con mucho llega al de los dos secretarios, que van naturalmente hasta hacer de Lincoln un dios; pero todo en el héroe lo atrae y lo fascina, toma de él hasta el misticismo fatalista, supersticioso de que estuvo siempre poseído. Ejemplo curioso se encuentra en otro lugar de la obra, en que buscando explicación á la expresión desolada de la fisonomía de Lincoln desde la juventud, cita el conocido verso de la balada de Campbell:

_Coming events cast their shadows before,_

y atribuye esa tristeza de facciones á una vaga y prematura conciencia de los deberes y responsabilidades abrumantes que le preparaba el porvenir:

"Al que como nosotros conoce el horrible acto final del drama, parécele natural buscar su impresionante unidad en cierta influencia remota, futura, que actúa desde las primeras escenas y nos lleva por fuerza instintiva á creer que una oculta condición moral é intelectual existía de antemano, desde la juventud, aunque su esencia profunda estuviese en lo porvenir, en años remotos todavía" (Tomo I, pag. 47).--Es correr peligro innecesario internarse por tales dificultades de análisis, con tal hipótesis por punto de partida; es, como en el caso presente, soltar los estribos, perder el equilibrio.

Hubo otra causa para acrecer la melancolía de Lincoln; aunque pertenece exclusivamente á la vida privada, no hay razón para pasarla en silencio, desde que biógrafos como Herndon, y sobre todo antes Lamon, la descubren y relatan minuciosamente: el carácter duro, porfiado, difícil de conllevar de su mujer. Caprichosa, sarcástica, altanera, no fué nunca la persona á propósito para embellecer y suavizar la vida doméstica de un hombre engolfado en negocios públicos que producían y requerían extraordinaria tensión de espíritu, ni mucho menos la compañera que tanto llegó á necesitar después, abrumado por tan graves responsabilidades, por tan devorante actividad intelectual durante los años de la guerra civil.

Lincoln se casó con Mary Todd, joven de excelente familia y distinguidas prendas personales, de posición en ese período muy superior á la suya por su educación y la fortuna de sus parientes, en Noviembre de 1842, contando él treinta y tres años y ella veinticuatro. El matrimonio debió haber sido celebrado mucho antes, el 1º de enero de 1841, pero completados los preparativos, ordenada la fiesta, reunidos los convidados y vestida de boda la novia, se suspendió todo porque el novio no apareció. Según unos fué víctima de un rapto sin precedente de locura que nubló de súbito su memoria; según otros no más que de un acceso de su habitual melancolía. Un amigo lo llevó inmediatamente consigo á viajar por el vecino estado de Kentucky, donde había nacido, para distraerlo; volvió al cabo de algún tiempo, renovó sus relaciones con la misma señorita, y sin grandes preparativos esta vez, sin previo aviso, celebraron repentinamente la ceremonia en presencia de unos cuantos amigos citados á última hora. Con estos antecedentes y dado el genio poco dúctil y amable de la esposa, no era de preverse una larga era de paz doméstica. Lincoln soportó con calma las consecuencias de su error, pero era claro que de ahí en adelante debía contar como adversidad irreparable de su existencia con la índole de su compañera, sus caprichos y constantes punzadas de alfiler.

¡Qué extraña coincidencia, qué antojo de la suerte hacer morir violentamente á los cincuenta y cuatro años un héroe de ese temple, dotado de tan extraordinaria suma de humanidad y mansedumbre, en el momento mismo en que recogía el tan anhelado fruto de afanes y angustias incesantes! ¡Cuando lo tenía ya entre las manos, cuando, unos días más, y todo quedaba completamente terminado! Después de la muerte del famoso Dictador el día de los idus de Marzo al pie de la estatua de Pompeyo, en los momentos en que reanimaba y reconstituía el poder romano para infundirle cinco siglos más de vida, no ofrece quizás la historia escena más trágica, más desastrosa para todos los que en ella tomaron parte, que el asesinato de Lincoln en un palco del teatro de Washington el viernes de la Semana santa del año de 1865.

La población de Washington era conocidamente hostil á los poderes supremos de la república en ella establecidos, la mayoría de sus habitantes simpatizaba abiertamente con la causa de la Confederación del sur, la ciudad misma pareció más de una vez á punto de caer por sorpresa en manos de los Confederados, y al principio la zozobra general demandaba ciertas precauciones. Pero fueron poco á poco calmándose los temores, y el Presidente y los miembros del gobierno habituándose al peligro y á no curarse de él. Lincoln, sin embargo, recibía con frecuencia anónimos amenazantes ó cartas de amigos anunciándole tramas y asechanzas, y se encontró después sobre su mesa de trabajo una cubierta llena de papeles con este rótulo: _Assassination letters_; mas él circulaba á pie ó en carruaje por las calles, como cualquier ciudadano, y después de la ocupación de Richmond y la capitulación del ejército de Lee, ¿quién podía seguir pensando en asesinos ó conspiradores?

En esos momentos mismos un joven y gallardo actor de melodrama, oriundo de los Estados del Sur, víctima del abuso de bebidas alcohólicas y de las vanidades del falso mundo de teatro en que vivía, logró combinar casi enteramente solo, tomando como instrumento unas cuantas personas oscuras, vulgarísimas, disipadas, el plan de matar en una misma noche al presidente y Vicepresidente, á los ministros de Estado y Guerra y al general Grant, dejar acéfalo el gobierno y permitir á los numerosos simpatizadores de la expirante causa rebelde realizar un golpe de mano en las primeras horas de desconcierto. El plan carecía de base sólida, no tenía ramificaciones fuera de la ciudad, no contaba con el apoyo de hombre alguno de importancia política ó militar, y sólo un corto número de imbéciles empujados por el frenesí de un ebrio consuetudinario fué capaz de ponerlo en ejecución.

Lincoln tenía dispuesto asistir esa noche del 14 de Abril de 1865 al teatro Ford donde se representaba la excéntrica y popular comedia del inglés Tom Taylor titulada "Nuestro primo de América" (_Our American Cousin_). Debía acompañarlo el general Grant, pero éste á última hora se excusó y salió de Washington con rumbo hacia el norte aquella misma tarde. El Presidente ocupaba un palco al nivel del proscenio, acompañado de su esposa, un joven militar llamado Rathbone y una señorita hija del senador Harris. Poco antes de las diez, hora escogida por Booth, porque era la de la salida de la luna, que debía alumbrarle el camino de su fuga, llegó el asesino á caballo junto á la puerta falsa del teatro, dejó su montura al cuidado de un muchacho, tomó en la taberna próxima la última copa de licor, entró en el coliseo en que como actor tenía paso franco y donde había estado durante el día con objeto de agujerear un tabique del palco y alterar el cierre de la puerta. Mostrando y dando desdeñosamente su tarjeta al único ujier sentado en el corredor, como si fuese un invitado del Presidente, penetró silenciosamente en el salón trasero sin que nadie lo sintiese, ni siquiera cuando aseguró la puerta de modo que no pudiesen abrirla desde afuera.

Los que por casualidad dirigían la mirada en ese instante hacia ese lado del proscenio vieron, al oir la detonación de una pistola, que el Presidente inclinaba la cabeza como dormido, y que un hombre puñal en mano atravesaba el palco, saltaba el antepecho, caía sobre el tablado y desaparecía corriendo, no sin manifestar antes lo teatral de su acción blandiendo el cuchillo y recitando con voz ronca el mote del escudo del estado de Virginia: _Sic semper tyrannis_. El tirano esa vez era el más dulce y compasivo de los hombres, y el vengador un comediante en cuyo nublado cerebro no habían penetrado las consecuencias del acto insensato que ejecutaba.

Murió Abraham Lincoln á las siete de la mañana siguiente sin haber recobrado el sentido, ocupó el Vicepresidente el puesto vacante y todo siguió el orden previsto por la ley constitucional. Pero el pronto restablecimento de la prístina armonía entre los Estados, precedido por completo y generoso olvido de lo pasado, había perdido en la catástrofe el más sincero y poderoso de sus defensores. Las Furias, suspendidos sus quehaceres en los campos de batalla, iban ahora á buscar aliados en las salas del Capitolio.