Hombres y glorias de América · Unidad 7 de 33
CAPÍTULO IV. — parte 1
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Formación del partido republicano.--Convenciones nacionales.--Frémont, Douglas, Buchanan.--Elecciones de 1856.
Cuando se aproxima un cambio profundo en la opinión general de un país, los primeros signos son como ruidos locales de volcanes diseminados por toda la extensión del territorio, cuya íntima conexión pocos reconocen, ni adivinan su carácter de precursores de la gran explosión que se prepara. Así sucedió en los Estados Unidos durante los seis años que van desde que empezó á aplicarse en 1850 la ley de persecución de los esclavos, hasta 1856 que brotó súbitamente el partido "republicano", numeroso, enérgico, lleno de esperanzas, al que reservaba el porvenir la gran tarea de arrancar la esclavitud del suelo de la república.
Los acaecimientos del mes de Mayo de 1856, esto es, el asalto contra Sumner y el incendio y saqueo de una población de Kansas por los colonos esclavistas alentados desde Washington por el Presidente y su ministro de la guerra Jefferson Davis, sucesos ambos que independientemente ocurrieron á pocas horas de intervalo, encontraron al nuevo partido en vías de su definitiva organización, y vinieron muy á tiempo á infundirle el grado de vigor y cohesión que en esos momentos requería. Puede decirse que el partido recibió el bautismo en Pittsburg el 22 de Febrero, aniversario del nacimiento de Jorge Washington, día en que se congregaron allí los adversarios principales de la política imperante en los consejos de la nación, y acordaron proclamar la necesidad de admitir á Kansas como Estado libre y declarar la guerra por todos los medios legítimos contra la extensión del régimen de la esclavitud más allá de los límites donde existía, proscribiendo en lo adelante todo género de transacción ó compromiso. Al efecto convocaban para una Convención en Filadelfia con objeto de nombrar candidato para la presidencia de la república y abrir en seguida animosamente la campaña.
Es sabido que conforme á la Constitución y leyes del Congreso, el pueblo de los Estados Unidos no vota directamente en las elecciones de Presidente de la República, sino escoge cada cuatro años, en un día fijado del mes de Noviembre, compromisarios especiales encargados de formar un colegio electoral y designar el agraciado. En la realidad estos compromisarios obedecen á un mandato imperativo de que jamás se apartan, y nombran siempre á los designados de antemano por el partido político á que ellos pertenecen. El trámite capital, por tanto, es la elección de los candidatos en la junta ó Convención general del partido, candidatos que seguramente serán los escogidos por el colegio electoral y ocuparán el poder, si el partido logra triunfar en el escrutinio general. Llámanse Convenciones nacionales, reúnense por pocos días cada cuatro años, en una ciudad diferente por lo general, y se componen de delegados en número proporcional al de senadores y diputados que cuente cada Estado, delegados escogidos por las agrupaciones permanentes que los partidos tienen siempre organizadas en todos los distritos ó pequeñas circunscripciones políticas, que como mallas de inmensa red cubren el vasto territorio nacional.
Mecanismo tan complicado puede funcionar armónicamente si son perfectas á un tiempo la organización y disciplina de sus elementos, condiciones que sólo el tiempo y la práctica pueden llevar al grado de eficacia indispensable. Infinitas y de la más difícil solución tenían que ser, por tanto, las dificultades del nuevo partido en el primer período de su existencia, y todas ellas venían á añadirse á la otra mucho mayor y formidable de entrar inmediatamente en lucha contra el antiguo partido demócrata, fuertemente organizado, dueño del poder, engreído todavía por el completo triunfo obtenido cuatro años antes y bien persuadido de renovarlo una vez más, confiando en la abundancia de sus recursos, sus tropas bien disciplinadas, sus jefes acostumbrados á vencer é igualmente diestros en el ataque y en la defensa.
Los obstáculos, empero, fueron allanándose por sí mismos, un impulso de genuina y entusiasta simpatía suplió á la falta de tiempo y ejercicio para la rápida y metódica movilización de las fuerzas que de todos lados corrían á incorporarse, y el día fijado reunióse en Filadelfia la Convención Nacional Republicana. Tuvieron mucho sus sesiones de tumultuosas y desordenadas; era inevitable, y, comparada con asambleas del mismo género, fué más bien una reunión tan informe como numerosa, un _mass meeting_, como se le ha llamado.[16] Concurrieron más delegados de lo que se esperaba, buena parte de ellos irregularmente nombrados, todos empujados por el torbellino de entusiasmo que agitaba al país y le inspiraba la idea de abrir una nueva era, iniciar una verdadera revolución, como envueltos en atmósfera encendida por los más variados y vivaces sentimientos. Recuerda en cierto modo la Convención, aunque en otro mundo, bajo otro clima moral, con resultados más inmediatos y prácticos, el célebre Concilio que á la voz del papa Urbano inauguró en Clermont el vasto movimiento de la Europa contra el Asia, en la Edad Media.
[16] Bryce, The American Commonwealth vol. II pag. 69. (1889).
La tarea primera de los delegados demandaba, no arranques de entusiasmo sentimental, sino sólido y profundo razonamiento, y, por fortuna, fué cumplidamente desempeñada: redactar el programa ó manifiesto, lo que en el lenguaje especial de la política norteamericana se conoce con el nombre de "plataforma", sobre la cual, á manera de base ó pedestal, solicitan los candidatos el voto del pueblo. Importaba proclamar en el documento, sin causar escándalo, una decidida hostilidad á toda extensión de la esclavitud, porque esa y no otra era la razón de ser del nuevo partido, é hiciéronlo declarando sin ambajes: 1º que ni el Congreso federal ni ninguna Legislatura particular ni individuo alguno ó asociación de individuos podía impartir existencia legal á la esclavitud en los Territorios: y 2º que el Congreso tenía en virtud de la Constitución el derecho y el deber de prohibir allí la poligamia y la esclavitud, "reliquias gemelas de la barbarie". Pero era también indispensable que el programa no asustase á los tímidos ni ahuyentase á los moderados, sugiriendo medidas violentas ó procedimientos revolucionarios; así lo previeron, contentándose con pedir la admisión de Kansas como Estado libre y evitando aludir al derogado compromiso del Missouri y á la ley sobre los huídos, sin duda porque juzgaron suficientes á realizar sus votos esenciales las dos mencionadas resoluciones, robustecidas con la frase en que invocaban los principios de la inmortal Declaración de Independencia, y anunciaban la decisión inquebrantable de aplicarlos siempre, fuera cual fuese el resultado, y no obstante toda amenaza de disolver la Unión. Precisamente habían sido hasta entonces esas amenazas el arma de doble y cortante filo con que los Estados del Sur infundían terror y mantenían su predominio; ahora por primera vez bajaban á la arena intrépidos combatientes, dispuestos á provocar y afrontar la lucha sin miedo á ninguna consecuencia.
Salvado tan felizmente ese paso preliminar, pidió su desquite el entusiasmo, y avasallando á la razón fué unánimemente elegido por la Convención como candidato á la presidencia, en medio de vivas y aplausos, no un hombre político de establecida reputación, no un tribuno de notoria habilidad, sino un personaje novelesco, héroe de extraordinarias aventuras. Llamábase John C. Frémont, contaba cuarenta y tres años nada más y gozaba de gran popularidad; su nombre había corrido de boca en boca antes de 1850, en la época en que todos volvían los ojos hacia la dilatada extensión de tierra al occidente, más allá del Mississipi y sus afluentes, región casi completamente desconocida, donde era ya fácil adivinar fascinante porvenir de grandeza para la república. A la cabeza de pequeñas partidas de exploradores se había lanzado Frémont en varias ocasiones á visitar esa región de indios salvajes, había atravesado desiertos, escalado ásperas cordilleras, descubierto á costa de trabajos y sufrimientos inauditos los desfiladeros, por donde era únicamente posible llegar hasta los aledaños del continente; y las narraciones de sus aventuras habían sido leídas apasionadamente y admiradas en todo el país. Al declararse la guerra contra Méjico, se hallaba al término de una de sus excursiones: con su gente se puso al frente de una insurrección contra el gobierno mejicano, y pronto muchos le dieron el título de conquistador de California. La anexión de esos territorios halló en él después ardiente favorecedor, y fué uno de los primeros senadores enviados á Washington, cuando en 1850 se verificó la entrada de California como Estado sin esclavos en la federación. Desde esa fecha se le tenía por acérrimo y declarado enemigo de la esclavitud.
Otros actos de su vida parecían de propósito combinados para excitar la atención. Era hijo de un francés profesor de idiomas en los estados del Sur, había nacido en el de Georgia, y se había educado solo, por no doblegarse á la disciplina del colegio á que su madre viuda lo mandó. En Washington después se casó secretamente con una distinguida joven, de la mejor sociedad, y contra la voluntad de su padre, que era Thomas H. Benton, representante durante treinta años en el Senado del estado de Missouri y autor de dos gruesos volúmenes, siempre útiles de consultar, titulados "Historia de la marcha del gobierno americano por espacio de treinta años". Aunque más adelante se reconciliaron suegro y yerno, fueron siempre de muy encontradas opiniones y en las elecciones de 1856 no votó Benton por su hijo político para Presidente. A causa de un incidente de sus afortunadas aventuras en el Oeste fué el explorador acusado de insubordinación y desobediencia, y condenado por un consejo de guerra; aunque el presidente Polk levantó la pena impuesta y ofreció devolverle su grado en el ejército, desdeñó orgullosamente Frémont el indulto, por no consentir una sentencia que consideraba injusta; todo ello contribuyó fuertemente á su popularidad[17].
[17] Life of Th. H. Benton by Th. Roosevelt, page 354. La obra de Benton es la misma citada antes bajo su primer título: Thirty years view.
Juzgado á la luz de sucesos posteriores (mal modo de juzgar, pero la consideración se impone como caso de interés histórico), es evidente que la Convención expuso á grave peligro su propia causa y la suerte del país, al designar á Frémont como candidato. Si hubiera ganado la elección la guerra civil habría comenzado en 1857, y se hubiese hallado dirigiendo la cosa pública en tan crítica y formidable situación un hombre que era, como se vió luego demasiadamente claro, extravagante, obstinado en el error, del todo incapaz de moderar sus impulsos ó plegarse á las circunstancias, y que ni siquiera tenía el talento militar que se le suponía.
El partido republicano reunió más de un millón trescientos mil votos de los cuatro millones emitidos esa vez: resultado prodigioso si se tiene en cuenta que la organización se hizo en plena lucha, enfrente mismo del enemigo. Llenó de gozo y de las más halagüeñas esperanzas á cuantos deseaban borrar en el próximo porvenir la negra mancha de la esclavitud, pues ese número de votos representaba la mayoría en once de los treinta y un Estados de la Unión. No faltaron quienes pensasen que con un candidato menos romántico, de más peso en política que Frémont, el desenlace de la campaña hubiera podido ser muy diferente[18].
[18] Véase: Von Holst ut ant. volume V. pag. 373.
El partido demócrata, es decir, la masa compacta de los Estados del Sur, menos uno, y la fracción de hombres del Norte que Douglas conducía, triunfó nuevamente, pero por la última vez; bien lo indicaba inequívoca y ominosamente el no haber alcanzado mayoría absoluta y haber ganado la elección, á causa de la división de fuerzas producida por un tercer partido con su candidato, Millard Fillmore, que recogió cerca de novecientos mil votos, venidos de todos lados, del Norte y del Sur. Mas ese partido debía desaparecer en seguida, dejando apenas rastro. Gastó en esa acometida toda su energía, como la abeja que pierde su aguijón dentro de la punzada. Era el partido apellidado Americano ó nativista, vulgarmente _knownothing_, porque envolvía en profundo secreto su organización y afectaban sus adherentes responder que "nada sabían" cuando se les preguntaba; duró en suma corto tiempo y murió por carencia de vitalidad, de razón de ser; el problema de la esclavitud era la preocupación universal, el alma de los partidos, y pasarlo en silencio no facilitaba en sentido alguno su solución.
En la Convención del partido demócrata, que se celebró en Cincinnati pocos días antes que la del republicano en Filadelfia, sufrió Douglas la amarga pena de no ser á pesar de sus esfuerzos el candidato preferido. Su carácter de representante del gran estado de Illinois, el talento y la infatigable actividad con que se alzó y mantuvo á la cabeza de la mayoría del Senado, sus grandes servicios de creador y defensor del plan conforme al cual pudo ser derogada la limitación de la línea del Compromiso y abierto á la expansión de la esclavitud el suelo de Kansas y Nebraska, justificaban bien esa recompensa, objeto incesante de sus afanes. En vano todo; sus amigos tenazmente abogaron por él; fueron necesarios muchos escrutinios antes de que se confesasen vencidos, antes de que cediesen la vía, que hubieran podido obstruir indefinidamente, á James Buchanan, anciano de sesenta y cinco años, en quien la perspicacia de algunos jefes esclavistas había adivinado dócil y complaciente servidor de ulteriores designios. Los seguidores de Douglas se consolaban con la idea de que contaba éste de edad cuarenta y tres años solamente,--lo mismo por cierto que Frémont,--y podía aguardar con paciencia la próxima revancha: él sentía en el fondo de su espíritu que la oportunidad mejor quedaba perdida, que las nubes bajaban rápidas á encapotar su horizonte.
Fué Douglas un demagogo en el mejor sentido de la palabra; aunque había sacrificado mucho y estaba probablemente dispuesto á sacrificar más todavía por obtener aplausos y votos del partido dominante, probó en una hora crítica, cuando sus antiguos amigos se resolvían á la guerra civil, que siempre nutría vivísimo amor y respeto por la patria, por su engrandecimiento y prosperidad, y que jamás consentiría ser cómplice de su desmenbración. El miedo que los sagaces aristócratas del Sur, los mismos que aceptaban sus servicios y seguían su bandera en el Senado, tenían de verlo instalado en la presidencia, era un homenaje que rendían á su inteligencia y al vigor de su temperamento, pues parecían temer que una vez en el alto puesto no pudiesen más contar seguramente con él y desease aplicar sus propias ideas é imponer su voluntad. Reunía muy raras y notables cualidades: enérgico, atrevido, se erguía y brillaba en medio de la controversia y de la lucha, sin que lo acobardaran los fracasos, convencido siempre de que su influencia personal y la prontitud de sus recursos bastarían á transformar la situación en los trances más difíciles. Así á menudo aconteció. Cuando hizo pasar por ambas ramas del Congreso el _bill_ sobre Kansas y la abolición del Compromiso, fué tan hostil la impresión por varias partes que, como dijo él mismo con imagen bien aventurada, había viajado de Washington á Chicago á la luz de las hogueras en que quemaban su propia efigie. A pesar de todo continuó en auge constante su prestigio popular, día llegó en que ninguna otra persona en el partido le excedía en habilidad parlamentaria, en número de adherentes y en popularidad.
Para haber subido más alto y dejado en la historia americana nombre ilustre, tanto por lo menos como los de Madison ó Calhoun, halló por desgracia obstáculos invencibles nacidos de las condiciones en que fatalmente se encontró desde el principio de su carrera y le impidieron adquirir ese grado de educación, de refinamiento moral é intelectual que, salvo en naturalezas privilegiadas, sólo se adquiere durante la juventud. Como _selfmade man_ fué un tipo característico, aun en esa tierra donde surgen con más frecuencia que en otras hombres formados y elevados por su propio esfuerzo; huérfano de padre y madre desde muy temprano, apenas asistió á escuelas en su niñez y á los diez y seis años ejercía un oficio mecánico, carpintero en el estado de Vermont, donde había nacido. Resuelto á abrirse camino á través de las dificultades, emigró al Oeste de la república, á los nuevos Estados que rápidamente crecían y prosperaban. Una vez fijado en Illinois, donde había entrado solo y con treinta y siete centavos en el bolsillo por único capital, progresó su fortuna en la misma medida que adelantaba el estado en riqueza y población, y fué á los pocos años ocupando uno tras otro los cargos más importantes del servicio público, llegando á ser Senador en 1847, posición encumbrada que hasta su muerte conservó y admirablemente llenó.
Acaso debió Buchanan el triunfo en la Convención de Cincinnati á los méritos mismos de su competidor, pues por lo demás era personaje muy inferior en todo. Pero así como tenía Douglas numerosos amigos, contaba enemigos y envidiosos dentro del partido, auxiliares más ó menos tibios, que había ofendido y llevádose de encuentro en las reñidas batallas políticas en que había figurado y triunfado; el resentimiento de éstos y los temores que en otros inspiraba su nombre, bastaron para echar al suelo su candidatura. Buchanan no tenía malquerientes personales, había pasado varios años fuera del país en el servicio diplomático, era obsequioso, cortés, de fácil palabra, muy estimado en Pennsylvania, su Estado natal, pero débil de carácter y de inteligencia no más que mediana.
El público siguió las diversas fases de esa campaña electoral excepcionalmente ruidosa y agitada con palpitante interés, con más ansiedad que ninguna de las anteriores. Pronto se observó que la calculada desigualdad de fuerzas entre los dos grandes partidos se compensaba por medio de la inesperada simpatía que el nuevo programa antiesclavista despertaba. El partido demócrata disponía de las sumas que las cotizaciones exigidas á los empleados públicos producían; Fillmore contaba de su lado las clases mercantiles, los más ricos capitalistas, que no escatimaron sus contribuciones; pero los republicanos, circunscribiendo sus esfuerzos á los Estados libres, lo cual por sí era una ventaja, sin gastos inútiles, sin estímulos extraordinarios, vieron las masas acudir al simple llamamiento. Miles de individuos, sacudiendo inveterado torpor, contemplaron fijamente por primera vez las consecuencias del plan político de la extensión de la esclavitud, resolvieron, con la tranquila resignación de quien busca la paz de su conciencia, que la esclavitud quedaría enclavada dentro de los límites reconocidos por la Constitución, y que de ahí no debería pasar jamás.