Impresiones, Poesías · Unidad 2 de 6
PRÓLOGO. — parte 2
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No puedo dejar de hablar de Ramos sin nombrar al que, unido constantemente á él, lo completa como la postdata á la carta en que falta algo. Me refiero á cierto estudiantillo de taquigrafía, asturiano de profesion, de alma de niño, de corazon de hombre, nacido para tener un amigo, y á quien todos desean tener por tal. Toribio Granda idolatra á Miguel Ramos como la madre quiere á su hijo, y le admira sinceramente y le gruñe sin cesar, y sufre más que él, que es cuanto se puede decir, la noche en que estrenan alguna obra,--obra que la noche del estreno es tan de Toribio como de Miguel;--que tiene tanta influencia sobre Ramos, que, á veces, hasta le hace trabajar.
Al _nido_ pertenecia tambien otro pájaro que despues ha tomado vuelo por las regiones de la política, y sabe Dios hasta dónde llegará. Hasta donde quiera, porque, hoy como entónces, todos sus compañeros reconocen en él más talento que en ninguno y ménos discrecion para emplearlo y convertirlo en otra cosa que en un perro que muerde á su amo. Adolfo Malats era, al formarse el _nido_, cuando él no habia aún soltado el cascaron, un muchacho rubio, largo, paliducho y ojeroso. En su mirada lánguida se veia contínuamente prematuro cansancio: en su frente cubierta de pelo no se adivinaba la inteligencia, pero allí estaba, y esto es lo principal; en sus labios desdeñosamente plegados, una sonrisa fria helaba de pena á sus amigos, que le miraban harto del mundo sin conocerle, incrédulo sin creerlo él mismo, holgazan con terrible trabajo, murmurador sin interés y perdiendo lastimosamente el tiempo con la serenidad del que se las echa á correr con un chiquillo y le dice:--«Anda, llévame un cuarto de hora de delantera, que yo te alcanzaré ántes de cinco minutos.» Adolfo Malats, la memoria más feliz, el juicio más hábil para tropezar en una cosa con el defecto, la imaginacion más ingeniosa del mundo, uno de los hombres que tienen más talento para encerrar un tomo en una frase, para estarse una semana contando cuentos que nadie sabe, era el año de la fundacion del _nido_ un hombre de mucho talento que no habia encontrado todavía el sentido comun. Hoy sus palabras y su conducta parecen anunciar á la vez el hallazgo. Adolfo Malats era el aficionado á todo (pero el aficionado inofensivo, el que _no ejerce_); nuestro consultor, el que con un elogio, rarísimo en su boca, nos hacía felices. Hombre de condiciones buenas y malas más diversamente mezcladas, dudo que haya existido jamás; mejor amigo de sus amigos, corazon más noble para gozar con la felicidad ajena, alma más libre (y se comprende bien) de envidia por nadie ni por nada, eso sí puedo afirmar rotundamente que jamás ha existido.
Tipo bien opuesto al de Adolfo, es Andrés Ruigomez, el autor de _Silvestre del Todo_, que no sé cuándo acabará una preciosa novela de costumbres que en Francia haria su reputacion y su fortuna; que hoy, alejado de la literatura, entregado á las nobles tareas del foro, quizá le reserva la suerte una existencia más desahogada y tranquila que la de sus compañeros, si bien todos éstos la mirarán siempre como propia y creerán que en su querido Andrés han mejorado de fortuna. Andrés era el padre grave de la reunion; el padre grave por la seriedad de su cara, por lo reposado de su voz, por la entonacion verdaderamente forense con que ya entónces explanaba sus originales teorías sobre arte, sobre política, sobre religion y sobre todo. Andrés se las echaba de hombre de mundo, y apenas era hombre mundano; Andrés se las echaba de hombre libre de preocupaciones, y hasta mucho despues de aquellos venturosos dias no ha logrado verse libre de la preocupacion de no tener ninguna; Andrés se las echaba de hombre formal, y él era el único que mientras hablaba conservaba la cara séria, resalte el mejor de sus chistes. Talento sólido y bien nutrido, sagaz observador y pintor felicísimo de costumbres, Andrés Ruigomez hubiera alcanzado en Francia, con aliento para sus primeros pasos y recompensa para sus primeros merecimientos, una reputacion no menor que la de Paul de Kock, á quien vence en la profundidad de las ideas y no cede en la fuerza del chiste.
Tipo bien opuesto tambien al de Adolfo, era el de otro personaje que no quiero bosquejar, para irme directamente á la figura principal de mi cuadro, que tambien se crió al calorcillo del _nido_: el autor del presente libro, mi querido amigo Campo-Arana.
III.
_Don Quijote_ le llamaban sus compañeros; y hoy, que ya es todo un guapo mozo, no parecerá imprudente confesar que el mote le estaba como anillo al dedo. Y Campo recordaba á D. Quijote por algo más que por lo seco y desgarbado de su cuerpo, lo avellanado del rostro y el rumbo de los bigotes: por lo exaltado de su imaginacion, pronta en hacerle recibir como realidades sus sueños de cada momento, infatigable para persuadirle á creer que está en verso nuestra existencia, contra la opinion de un personaje de comedia del pobre Luis Eguílaz. Campo se ha pasado, y se pasa, y se pasará la vida (porque es el individuo del _nido_ ménos sujeto á cambio), tomando por gigantes los molinos de viento, y por castillo la venta tan justamente antipática á Sancho Panza.
Campo era, de todos sus compañeros, el que ménos versos hacía y el más poeta sin duda alguna. Si el que escribe estos renglones no creyera firmemente que el artista es echado al mundo por Dios, ni más ni ménos que el ave, que siempre encuentra las yerbecillas que han de alimentarla mejor, creeria con no ménos seguridad que Campo-Arana era un talento perdido á quien habian faltado favorables condiciones de desarrollo. Pero quien repare un poco en la vida de los hombres notables que honran á la humanidad, comprende desde luego que Shakespeare, con una vida más tranquila, con una instruccion más sólida, quizás hubiese escrito dramas ménos gigantescos; que Moratin, nacido en el siglo XVII, acaso no hubiera tenido un talento bastante enérgico para salir de la oscuridad; que Hartzenbusch, ménos sabio y despues de arrojar en _Los Amantes de Teruel_ todo lo que un hombre solo puede inventar, acaso hubiese valido ménos, mientras la musa inquieta y viva de Narciso Serra probablemente se habria muerto de fastidio en la fria, aunque sana atmósfera de una biblioteca. Campo es poeta de impresion; ha recibido impresiones, posee el don de expresar de una manera siempre clara y á menudo elegante sus pensamientos: Campo es lo que puede ser. No hay que indignarse con el pez porque no ande, si sabe nadar bien, ni echar en olvido la fábula de Iriarte, que nos presenta al ganso haciendo de todo un poco, y haciéndolo todo como quien era.
Campo no es un sabio; pero con que nadie se lo conozca en sus escritos, con que posea la principal sabiduría del hombre de letras (la de saber bien qué es lo que no sabe, para no hablar de ello), él tiene bastante y el lector de sobra.
Su primer maestro ha sido el mejor: la naturaleza vista á través del sentimiento propio. Algo ha modificado esa espontaneidad la influencia que sobre él ha ejercido la lectura frecuente de los poetas alemanes: influencia ménos perjudicial en Campo que en otros escritores, por ser ménos opuesta á la índole del talento de nuestro autor, á cuyo espíritu soñador y vago ha debido sucederle con las odas y baladas del inmortal autor del incomparable _Wallensthein_, lo que al viajante que hallándose en tierra extranjera, oye por azar palabras del habla nativa de labios de un natural del país.--Poeta dramático Campo, de no vulgares condiciones, siempre valdrá cien veces más como poeta lírico: así se nos presenta en su primera obra de importancia, el presente tomo de poesías, y así debe juzgársele. Bien ha hecho en bautizarlo con el nombre de _Impresiones_; difícil sería encontrar otro que le sentára mejor. Porque la poesía de Campo es eminentemente individual, verdaderamente lírica. Así como en el drama el autor no debe aparecer nunca (mas que al final, cuando el público le aclame), el soneto, la oda, la elegía, son como la máscara por que hablaban los actores griegos y latinos con la voz natural, pero aumentada para que llegase á todos los ámbitos del anchuroso coliseo. Las impresiones de Campo-Arana, producirán impresiones en el lector. Casi cuantas contiene el tomo están inspiradas por un suceso real siempre, cuando ménos en la mente del poeta; con lo cual basta para que nazcan con la vida que sólo de la mente del poeta han de recibir. Por eso unas podrán leerse con ménos agrado que otras, pero ninguna con indiferencia: por eso tambien nos sorprenderá la diversidad de su género, nos extrañará y hasta nos disgustará la diversidad, la oposicion de juicios y opiniones que se observa en ellas. Este tomo es la vida de su autor, cuyos sucesos pasan rápidamente á nuestros ojos, como cincuenta figuras distintas se reflejan á la vez una tras otra, en los contínuos, diversos y paralelos espejos de un café. El autor no nos engaña; en su introduccion nos lo dice bien claro: allí hace su programa, y más adelante lo cumple... El lector debe darse por satisfecho: ¿qué más podria pedir un pueblo á su gobierno ó un distrito á su diputado?
He dicho ántes, y vuelvo á afirmarme en ello, que nadie leerá con indiferencia este tomo de poesías. Todos los que han vivido la existencia agitadísima de nuestra sociedad, donde los sentimientos se tropiezan, se chocan, se confunden en el corazon, como la gente á la salida de un teatro, encontrarán aquí á cada paso la expresion exacta y concisa de sus propios sentimientos. Muchos dirán: «¡Qué bien dice el autor lo que tan bien he sentido yo!» Y ¿cómo no ha de apreciar el público un libro que le parecerá escrito por él? Este es, á mi pobre juicio, el triunfo más completo del poeta lírico. Después de publicar Becquer sus admirables _Rimas_, que han hallado eco en todas las almas, y Nuñez de Arce sus robustas inspiraciones, que ya saben de memoria todas las personas de buen gusto, la poesía que consiste en la pulcritud, en el _aseo_, por decirlo así, de los versos, ha muerto ya y está enterrada para siempre. En literatura, la forma y el fondo son lo que en la humanidad el cuerpo y el alma; el cuerpo es la hermosura, el alma la bondad, y ésta, sólo ésta, es inmortal. Si aquél sobrevive en las obras del ingenio, es porque todo se vuelve _alma_ en ellas, como en el hombre cuando traspasa el umbral terrible de la insondable eternidad.
¿Será esto querer sostener que las poesías de Campo son perfectas? Nada más léjos de mi ánimo. Acercáranse más á la perfeccion y estarian, tales como son ellas y la índole del talento poético de su autor, más léjos de la belleza artística. El lector encontrará en las _Impresiones_ estilo frecuentemente incorrecto, versos flojos y desaliñados, imprudencias de asunto y de frase, falsedad y contradiccion en los juicios; todo mezclado y compensado con bellezas de primer órden, de esas que saltan á la vista del lector ménos perspicaz, como ciertas mujeres hermosas, de provocativa belleza, se nos entran por los ojos, atrayéndonos con sus miradas.
Campo, que posee una facilidad, á veces lamentable, para expresar sus pensamientos, paga á menudo una licencia poética, que pudiera haberse excusado, con mil primores; á la manera (y perdóneseme lo vulgar de la comparacion por lo que tiene de expresiva), á la manera del niño que promete á su madre no salir de casa en todo el domingo si le perdona media hora de escuela para ir á bañarse al rio con sus compañeros... donde de milagro no se ahoga y de seguro se resfría.
Otra ventaja hay en los versos de Campo: rara vez deja de acudir la inspiracion á su llamada. Para nuestro amigo, es siempre la poesía una amante esposa que se entrega con tranquila felicidad á su marido: nó la pobre mujer que fuerza un soldadote brutal y feroz.
Campo, esto no se puede negar, canta tan á menudo lo que siente como lo que no siente, y creo en conciencia que él mismo no lo distingue: el poeta cantará siempre mejor lo que cree sentir que lo que siente en realidad... ¡Ay! Si expresáramos bien lo que á veces sentimos, ¿qué poeta no sería gran poeta? La verdad del sentimiento no logra nunca salir por entero del corazon: ha echado en él raíces: al exterior brotan únicamente las ramas, ¡y éstas son tales que parecen árboles! Campo escribió indudablemente la hermosa poesía que me hace la honra de dedicarme (una de las más defectuosamente bellas de la coleccion) un dia que habia sostenido una discusion con un clérigo carlista, enterádose del asesinato legal de Reus y leido algun tratado de filosofía alemana...
Pero aquí han terminado mis observaciones sobre su libro. En literatura, divido yo los críticos (¡cuántas veces me han dividido y me dividirán ellos á mí!) en dos clases. Pertenecen á la primera los que acogen sin prevencion, con benevolencia, las primeras obras de un jóven, saben y comprenden lo difícil que es ponerse, sólo ponerse, en el camino de la perfeccion artística, y censuran lo malo sin acritud, ensalzan lo bueno con expansion, y hacen con el principiante en tan difícil carrera lo que el hábil doctor con el enfermo de que se encarga: lo animan, lo confortan, le prescriben el régimen más propio para su restablecimiento, y le hacen confiar en la conquista de la salud.
Pertenecen á la segunda clase, los críticos para quienes todo es malo, para quienes nadie sabe nada, para quienes nadie debe escribir; que vierten hiel sobre las primeras ilusiones de un alumno de las Musas, que mutilan sin piedad sus composiciones, ensañándose en ellas con tanta fé como alevosía, como cristiano contra moro. A éstos no les llamo yo críticos, sino verdugos de los que en tiempos de triste recordacion atenaceaban el cuerpo, sacaban los ojos y cortaban las orejas á los delincuentes... todo con el objeto de decidirlos á la enmienda.
Sin ciencia ni entendimiento para lo primero, me encuentro con demasiado buen corazon para lo segundo, y dejo el libro de mi amigo querido á los que de una clase y de otra no faltan en nuestra república literaria: á los primeros se lo abandono con alegría y confianza; á los segundos... por fuerza se lo entrego.
IV.
Llego aquí fatigado, jadeante, como el que ha hecho una larga jornada, con gusto, pero con precipitacion excesiva, y conozco que he dicho muchas impertinencias, algunas verdades, y varias cosas que podria haber reservado para mejor ocasion... Sin embargo, ya es costumbre (y costumbre mala, de dificilísimo destierro por lo tanto) que al frente de toda nueva publicacion vayan unas cuantas páginas escritas con el objeto de que nadie las lea: Campo ha puesto empeño en que el prólogo de sus versos lleve mi firma; yo he dejado hablar por cuenta propia al corazon y á la fantasía: y comprendiendo, aunque algo tarde, que mi prólogo podria carecer de interés, por lo ménos, una reflexion me consuela de todas las demás. Si el prólogo no se ha de leer, más vale que sea mio que de una persona autorizada.
CÁRLOS COELLO.