Impresiones, Poesías · Unidad 3 de 6

INTRODUCCION — parte 1

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MELANCOLÍA.

Yo padezco, lector, frecuentemente, --sin que sepa la causa verdadera ni si es cosa del cuerpo ó de la mente,-- una tristeza amarga, que inclemente me domina, me rinde y desespera.

La sangre que en mis venas comprimida caminaba en raudal impetüoso, parece detenerse en su carrera, y sin calor, sin fuerza, empobrecida, se desliza con paso perezoso como si en mí la vida se extinguiera. La luz no hiere con su lumbre pura mis ojos apagados donde ántes su fulgor resplandecía, y á través de una niebla siempre oscura miro la alegre claridad del dia.

No hay eco que hasta mí llegue distinto, ni idea que despierte mi entusiasmo; no hallo placer que excite en mí el instinto, ni dolor que me saque del marasmo. Dios, la gloria, el amor, la patria, el arte, ídolos de mi ardiente desvarío, sólo me inspiran pesaroso hastío; que parece domar mi sér inerte la calma precursora de la muerte.

Un remedio á mi mal buscando en vano, ya me siento al piano y recorro con mano perezosa las teclas de marfil de uno á otro extremo, modulando en su marcha caprichosa extrañas melodías en las que siempre va del alma parte, llenas de extravagantes fantasías, sin hilacion, sin formas y sin arte, brillantes una vez y otra sombrías; canto salvaje que mi mente eleva sin que el arte lo cubra con su manto, que el viento nunca lleva á donde yo lo envío; notas de una oracion ó de un lamento que nadie escuchar quiere, y que van á perderse en el vacío ignoradas y solas, como el grito del náufrago que muere en el rumor de las revueltas olas.

Ya el exánime cuerpo abandonando á la extraña inaccion que le avasalla, los tristes ojos á la luz cerrando, sin que la voluntad le oponga valla, dejo á mi pensamiento libre vuelo; mas de un sueño imposible en pos se lanza, y vaga en loco anhelo de un recuerdo á un dolor ó á una esperanza, de una idea á otra idea, sin conseguir hallar lo que desea. Ya queriendo fijar mi pensamiento, sobre el blanco papel la mano puesta, expresar con palabras mi ánsia intento; y comienzo novelas y canciones, y poemas, y dramas, y cien cosas que no pasan jamás de tres renglones. Fragmentos que conservo en mi cartera, que leo con el alma estremecida, porque en esos fragmentos está entera la historia de mi vida.

Mas todo en vano: ni en los dulces sones de la rica armonía, ni en las anchas regiones donde mi pensamiento desvaría, llenas de luz, de amor y de belleza, puedo encontrar alivio á mi tristeza.

Si vuelvo á Dios el ánimo contrito y piedad de mi pena le demando con humilde fervor y acento blando, el aliento maldito de la duda cobarde y acerada á envenenar mis pensamientos viene, y en mis labios detiene Una oracion apenas comenzada.

Vuelvo entónces los ojos á la tierra y de mí se apodera horrible espanto al ver los séres que en su seno encierra. Unos con rabia atroz, otros con llanto, alzan al cielo punzador gemido, y el de unos en el de otros confundido, en concierto infernal, que crece y crece como el mar al alzarse enfurecido, hacen llegar sin tregua hasta mi oido un grito de dolor que me enloquece.

Por fin, tras largas horas de ignorado martirio, el mal se aleja trocándose en hondísima amargura que ya nunca me deja.

Entónces, á mi afan suelto la llave y escribo, sin pensar adquirir gloria ni de fama ó de títulos ansioso, --que esa ambicion en mí fuera irrisoria. Escribo, como llora el desgraciado, como canta el alegre; porque el pecho es para el hondo sentimiento estrecho y se desborda el duelo ó la alegría, ésta con expansiva carcajada, aquél en una lágrima sombría. Escribo sin buscar otra ventura, sin anhelar más precio á mis canciones que desahogar un poco mi amargura.

No busques pues, lector, en mí al poeta ni al hablista galano, ni al pensador severo: Dios me negó favor tan soberano y yo que fiel su voluntad venero, á mi modesta inspiracion me allano. Dotes tan altas, ni fingirlas puede el mortal á quien Él no las concede.

Mas no por eso cesará mi canto, que en el concierto inmenso, de la tibia mañana que la dulce y alegre primavera con aromas y flores engalana, del grillo entre las yerbas escondido el ingrato chirrido, se une al canto de amores regalado del _pardo ruiseñor enamorado_, y al zumbido monótono y constante del insecto infeliz, el tierno arrullo de la tórtola amante y del arroyo el plácido murmullo; y de unos en la de otros confundida la voz, ésta apacible, aquélla ingrata, forman, por atraccion desconocida, el himno poderoso de la vida que en los aires fermenta y se dilata.

¿DÓNDE ESTÁ?

¡Oh! sí: para vivir, yo necesito lucha, esperanza, amor. Los instantes de dicha y de abandono, ciclo de la pasion; la duda inquieta del desden fingido, tormento abrasador, que con lágrimas baña las pupilas y de ira el corazon; el tembloroso afan de la respuesta y del primer favor; el nervioso delirio de los celos, que turba la razon. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Mas ¿dónde hallar una mujer que sepa comprender mi dolor? ¿Dónde encontrar una mujer, esclava del mismo afan que yo? ¿Una no habrá en el mundo que me escuche, que sienta así el amor? ¿Una no habrá en el mundo, que me quiera mentir por compasion?

¡SOLO!

Solo... Solo... Siempre solo, siempre solo con mis penas! Solo mientras dura el dia, solo en la noche serena, solo cuando pienso en Dios, solo al pensar en la tierra, solo cuando canto alegre, y solo con mi tristeza!... Solo siempre... Mas ¿por qué, esa soledad eterna? Es ¡ay Dios! que el alma mia no ha hallado su compañera, y siento que me hace falta la mitad de mi existencia; es que soy un pobre loco, ó la humanidad entera es ménos buena que yo, y que su maldad me aterra; es que el mundo me rechaza, ó que mi alma le desprecia, porque en él, ¡ay! no ha podido encontrar su compañera.

* * * * *

Es que yo adoro las lágrimas y el mundo se rie de ellas; es que es mi ambicion muy grande ó que mi alma es muy pequeña: es que siempre, combatido por encontradas ideas, fluctúa mi pensamiento por que la verdad no encuentra; es que no tengo la fé del mártir ni del poeta; es que todos mis dolores son despreciables miserias que no levantan el ánimo y que las fuerzas enervan; es que anhelo un imposible, delirio de mi tristeza; es que me falta un apoyo á que asir mi mano trémula; es ¡ay Dios! que el alma mia no ha hallado su compañera.

* * * * *

Es que me siento vencido en esta lucha suprema, y no hallo un amante seno donde apoyar mi cabeza, y á cuyo tibio calor resuciten mis ideas; es que veo, á mi pesar, cerradas todas las puertas, y sólo me ofrece asilo la muerte... Quizás en ella, al otro lado del manto que la eternidad nos vela, mi alma que triste y doliente su camino hace en la tierra, podrá conseguir su anhelo: encontrar su compañera.

ÁNSIA.

Y qué ¿de esta inquietud jamás postrada, de esta lucha sin tregua que en mí siento, de este loco y altivo pensamiento, ¿no habrá de quedar nada?--¡Nada!...--¿Nada... La pobre flor en el pensil tronchada, deja sus hojas y su aroma al viento; la ola al besar la playa, su lamento deja, y la linda concha nacarada. Yo tambien dejar quiero mi memoria; aunque agostado como débil lirio, quiero esculpir mis huellas en la historia. Quiero que un dia el mundo con delirio orne mi tumba con laurel de gloria... Laurel de gloria, ó palma de martirio.

SÚPLICA.

¡Ay Dios! ¿No quereis decirme dónde la podré encontrar? Largos dias há, su huella busco con ardiente afan... Yo quiero verla un instante... Un instante nada más. Yo ahogaré en mi pecho el grito de inmensa felicidad que al volverla á ver de nuevo el amor me arrancará. Yo la dejaré camino viéndola, triste, pasar sin pedirle una sonrisa que calme mi ardiente afan. Yo me esconderé en la sombra cual medroso criminal... No buscaré su mirada... Su voz no me arrastrará... La veré como un delirio irrealizable y fugaz... Mas... quiero verla un instante, un instante nada más. --Por Dios, ¿no quereis decirme dónde la podré encontrar?

DIOS.

Lucha tenaz; mi espíritu se aterra, y en vano busca el insoluble arcano tras de el que en pos, el pensamiento humano, riñe consigo mismo cruda guerra. ¡Dios! ¡Un tiempo tirano de la tierra! ¡Terrible agitador del Occeano que sumerge azotándola inhumano la pobre nave que en su seno encierra! Mas nó; los elementos obedecen sólo una ley, y ante ella, cual el suelo, los infinitos mundos se estremecen. Mintió quien en tu sér forjó su anhelo... --Mas... ¿por qué mis pestañas se humedecen al levantar los ojos hácia el cielo?

SOMBRA EN LA LUZ.

I.

A mi ruego tenaz por fin rendida, ella, oculta en la sombra, me esperaba, y yo, de orgullo y gozo el alma henchida, buscándola, en la sombra caminaba.

Sólo la tibia luz de las estrellas mis pasos alumbraba: su pálido fulgor me parecia aún más alegre que la luz del dia.

II.

Al dejarla, sus tintas de oro y grana esparcia en el cielo la mañana, y cuando el sol se alzó en el horizonte, pensando en la victoria que al dulce amor debia, yo no sé qué sentia que en medio del recuerdo de mi gloria triste la luz del sol me parecia.

Á CÁRLOS COELLO.

NOSCE TE IPSUM.

¡Rey de la creacion, hombre! Despierta. Sál del letargo en que sumido vives, abre una vez á la verdad tus ojos, si á resistir su luz tu vista acierta. Despierta contemplando los despojos de tu pobre grandeza, mezquino sueño de tu sér soberbio. Despierta con presteza, baja del trono de oropel y harapos que rico solio en tu locura crees. Suelta el cetro de caña con que riges el engañoso mundo que posees, y sombras vanas con afan diriges. Deja caer la máscara arrogante con que encubres tu bajo pensamiento de bien y de grandeza vergonzante. Hipócrita insensato, que de soberbia en insondable abismo, en tu loco arrebato te mientes la grandeza áun á tí mismo.

* * * * *

¡Ah! no es ciego extravío la fuerza poderosa que arrebata la templada razon, y se apodera del pensamiento mio. Nó; no es la duda ni la envidia artera, no es la fiera afliccion de la amargura, ni el débil grito del herido esclavo. La envidia mata, si la duda altera, la amargura tan sólo el llanto funde, la cobardía besa al que la azota. Yo vivo y pienso, y, al error atento, del tirano el poder no me confunde ni doblego á su antojo el pensamiento; pues sé que ante la voz conmovedora de la santa verdad, en su flaqueza caerán, sobre su asiento mal seguros, como de Jericó los anchos muros, sus sueños, su poder y su grandeza. Y esa verdad sus alas me ha prestado, á su cielo de luz me ha conducido, y ora desesperado, ora preocupado ó divertido, al ver el hombre desde allí he llorado, y volviendo á mirarle, me he reido.

* * * * *

Envidia ó egoismo; ese es el hombre por más que luche en disfrazar su anhelo con un hermoso nombre. Llama amor al deseo disoluto á que rinden tributo, sin la inmunda torpeza á que él se entrega, el ave, el pez, el bruto, la misma flor inmóvil que despliega su cáliz á la brisa y al rocío. Llama ambicion á la locura ciega que tenaz le persigue hasta en sus sueños sin que olvido ó reposo se demande, no por ser él más grande, sino por ver á los demás pequeños. Llama equidad á la ruïn codicia, llama heroismo al crímen más sangriento, saber á la malicia, redencion al tormento, y á la venganza bárbara, justicia. Ciencia al enmarañado laberinto en que su limitada inteligencia se pierde errante sin hallar salida; alma á su ciego instinto, al vil temor prudencia, fé al fanatismo ciego, ley al hierro homicida, y á la inaccion estúpida, sosiego. Caridad á la dádiva avarienta, migaja de su mesa suntüosa, que presta, haciendo cuenta de recobrar crecida de la mano potente y dadivosa de un Dios que se ha forjado en otra vida. Y se cree un sér grande porque siente afectos que orgulloso diviniza, cuando acaso los miente. ¡Amor de patria! dice, imaginando que es privilegio la atraccion sagrada que hace al ave viajera amar á la enramada donde elevó su voz por vez primera, donde pasó el estío, donde vuelve á anidar la primavera. ¡Razon! exclama con acento grave, y áun blanquean al sol en la llanura las osamentas de cien mil soldados que asesinó su bárbara locura; el paso de la fiera muchedumbre áun destroza la miés de la campiña, y cadáveres mil ensangrentados alimentan las aves de rapiña. ¡Arte!... Tal vez tan sólo ese deseo es en él verdadero y grande y puro... Tal vez... Mas, ese mismo sentimiento, ¿no es acaso el altivo desvarío de hallar de Dios el ignorado asiento, adivinar su imágen escondida, sorprender su existencia en un momento, y robarle el secreto de la vida?

LA VUELTA.

--Cuando tras tanto penar llegas, cubierto de gloria, á gozar de la victoria al amor de nuestro hogar, dime: ¿Qué negro pesar turba, hermano, tu alegría? ¿Qué negra melancolía te entristece á nuestro lado? --¡Ay, Julián! ¡Que me ha olvidado la mujer que yo quería!

--Hijo, ¿y por eso abatido al dolor te rindes ciego? ¿Perdiste el valor y el fuego con la sangre que has perdido? ¿Lloras?... Mas dime, ¿qué ha sido del valor que yo sentia cuando tus cartas leía ansioso y entusiasmado? --¡Ay, padre! ¡Es que me ha olvidado la mujer que yo quería!

--Hijo: tu dolor me mata, ven y reposa en mi seno, de amor para tí está lleno, en él tu llanto desata, ¿Qué te importa si una ingrata de sus brazos te desvía? Toda es tuya el alma mia, reposa en mí confiado. --¡Ay, madre! ¡Que me ha olvidado la mujer que yo quería!

¡REBELDÍA!

No, ya no quiero consolar al triste, ni con mis manos enjugar su llanto: ya mi alma, endurecida, se resiste hasta del bien al goce sacrosanto. Ya el dolor me arrebata y desespera, sin que consuelo á la paciencia pida: ya aborrezco el dolor... ¡el dolor, que era la ilusion más hermosa de mi vida! Espíritu rebelde, á Dios me atrevo, y de su fé rompiendo ya los lazos, como reproche, ante sus ojos llevo de mi alma destrozada los pedazos. Si al escuchar mi queja en la agonía, de la lucha feroz al fin rendido, me echa en cara mi osada rebeldía, yo le podré decir: «Tú lo has querido. Tú me marcaste de la vida el paso, tú un cuerpo débil para mi alma diste: si era para el licor frágil el vaso, ¿por qué no lo cambiaste ó lo rompiste? ¿Dónde está tu justicia, que no acudes un remedio á aplicar á los dolores del que siente la fé de las virtudes y el gérmen del amor de los amores?» . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡Ah, no sabeis vosotros, desdichados, que acaso oís riendo mis gemidos, los momentos de angustias ignorados que guardan estas letras escondidos! Con los años de vida que se aleja, una ilusion tras otra desparece, y hasta el rastro de fuego que en mí deja tambien año tras año palidece. Una sola, no más, conservo entera, refugio fiel donde mi fé se escuda, y esa ilusion bendita, la postrera, hoy viene á arrebatármela la duda. ¡Dios! ¿Dónde está? Mis ojos le veian en un tiempo feliz, yo no sé donde; pero siempre encontrarle ellos sabian... ¡Hoy no le encuentro ya! ¿Dónde se esconde?

A...

Suave el dorado virginal cabello, puros y azules los rasgados ojos, blanca la tez, enrojecido el labio, lánguido el talle.

¡Cuántas bellezas por mi mal nacidas! ¡Cuántos tesoros, para mí vedados! Tiemblo, mujer, al recordarte ausente, tiemblo y suspiro.

¡Sabes que sólo gozo cuando sueño (cuando en mí la existencia se interrumpe!) al dar mi mente á los recuerdos vida, sér á tu imágen!

¿Sabes amar, sin esperar siquiera ¡triste placer! que tu pasion conozcan? ¿Sabes llorar... pero llorar de celos? ¡Ay! no lo sabes.

Sigue, sigue inocente tu camino, piensa una vez, y compadece al triste; ruede una vez por tu sereno rostro lágrima ardiente.

Y cuando al seno de la madre tierra vuelva tu cuerpo, en mármol convertido, unjan tu frente de olorosas flores suaves aromas.

Tiemble al contacto de la forma pura dándole abrigo, la feliz arena, muera yo luégo, y del sepulcro frio repose al lado.

EL ANOCHECER.

La tarde muere; la sombra se extiende por todas partes, y con el dia concluyen los gorjeos de las aves. Sólo alguna que tardía cruza tristemente el aire, á buscar allá en la aldea nido donde refugiarse, exhala un débil gemido triste, dulce, inexplicable; tal vez un adios al dia que no volverá á alumbrarle, tal vez murmullo de pena al verse sola y errante. Y pasa cual leve bruma que en sí misma se deshace, y entre la sombra se pierde desvanecida su imágen. Calla la naturaleza que, tambien del dia madre, enmudece en la agonía de la moribunda tarde. Y el religioso silencio del triste y supremo instante, deja inmóviles y mudas á las hojas de los árboles, que, embebecidas, esperan que la noche les ampare, ó vuelva á lucir el dia para volver á besarse. Llegan en alas del viento melancólicos cantares, y el eco de la campana que á un tiempo en la aldea tañen... Y es que los hombres tambien al ver el dia alejarse, sienten la misma tristeza que los campos y las aves, y cantan ó rezan...--¡Ay! ¡quién pudiera acompañarles, y cantar con los dichosos y orar con los miserables!

Á UNA LÁGRIMA.

Rueda, bañando mi mejilla helada, lágrima temblorosa y vacilante; pára al tocar mis labios un instante, y refresca su piel seca y quebrada. Contigo va de la mujer amada el último recuerdo delirante; contigo va de mi ambicion gigante la ilusion ántes muerta que soñada. Mas no sigas... Detente... Si supieras que al sentir en mis labios tu frescura, me dá vida el dolor, te detuvieras... Tánta es la hiel que en tí mi labio apura, que tornándose dulce el mar, pudieras tú sola devolverle su amargura.

NUBE DE VERANO.

Iba cayendo el dia, y ella y él, caminito de la fuente que entre los olmos murmurar se oia, marchaban vivamente; ella lloraba y él palidecia. Y con ira creciente los dos se denostaban, y «aleve» el uno al otro se llamaban, apurando el atroz vocabulario que tiene el amoroso diccionario para tales combates, precursores de más estrecha paz cuanto mayores. Ella, con las mejillas cual la grana y cortada la voz por cien suspiros, llorosa le decia llena de rabia insana: --«¡No te he querido nunca, no te quiero!»-- Y él tambien, á porfía, --«Tampoco yo te quiero»--le decia. Y al cabo, tantas cosas se dijeron, un odio tan eterno se juraron, que uno y otro su paso detuvieron y sin decirse adios, se separaron.

* * * * *

Tambien moria el sol al otro dia, y ella y él, caminito de la fuente que entre los olmos murmurar se oia, iban pausadamente; ella lloraba y él se sonreia. Él, con ánsia creciente, --«Me quieres, vida mia?»--le decia; y ella, alzando la frente, donde el santo pudor resplandecia, le miraba á los ojos fijamente, y mil veces--«¡Te quiero!»--repetia.

EFECTO DE ÓPTICA.

Porque no te veia, una vez maldiciendo, otra llorando, la vista dirigia á la arboleda umbría, sólo de ruiseñores habitada, que, la intensa pradera atravesando, termina en el umbral de tu morada. Ya se iban apagando del ciclo azul los tornasoles rojos... Yo, el rostro contrayendo de rabia y de dolor, cerré los ojos y... ya nunca te aguardo maldiciendo.

EL ÁGUILA.