Impresiones, Poesías · Unidad 4 de 6
INTRODUCCION — parte 2
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Alza su vuelo el águila altanera ráuda cruzando pueblos y naciones, y hace con sus despojos y pendones arco triunfal á su triunfal carrera. Tiembla aterrada y muda Europa entera por su acerada garra hecha girones desde las frias, árticas regiones, hasta la Italia donde el sol impera. Quiere herir al Leon envanecida, mas, de su roja crin tendiendo el pelo, su zarpa clava en ella y cae vencida. Duda, vacila alzándose del suelo al sentirse en Bailén de muerte herida, y abate en Waterlóo su incierto vuelo.
DESEO.
Eras tú: mi deseo adivinaba tus rojos labios, tu mirar de fuego, de tu amor las histéricas caricias, el ardiente perfume de tus besos. Eras tú, que surgias en mi mente envuelta entre la niebla de mis sueños, radiante y bella, cual la luna surge del horizonte entre el celaje denso. Eras tú, realidad de una quimera, demonio tentador, terrible y bello, que venía á encrespar con la tormenta de mi existencia el mar triste y sereno. Al eco de tu voz, como las olas se elevan hostigadas por el viento, despertando del tímido letargo, se elevaron en mi alma cien recuerdos. Sentí la vida en mis hinchadas venas cual lava ardiente discurrir de nuevo, y esperanzas, y dichas, y temores germinar en mi oscuro pensamiento; aspiré de la dulce primavera áuras y aromas en el triste invierno; la existencia encontré fácil y hermosa y de morir me abandonó el anhelo; me sentí renacer cuando ya estaba para el amor y la esperanza muerto, bajo la enorme losa de la tumba que levanté para mi amor primero. El fantasma dorado de la gloria, el de fortuna deshechado empeño, ante mis ojos, por su brillo atónitos, plácidos otra vez aparecieron. Tímido como el niño adolescente, te persigo doquier; y hallarte espero, cual el que sueña dichas y dormido á sí mismo se guarda el dulce sueño, temiendo, al despertar, todo el encanto de su delirio contemplar deshecho. ¿Quién eres? ¿Quién á mí te ha conducido? ¿Acaso el ánsia de carnal deseo? ¡Ay de mí! No lo sé, que áun no te he hablado; áun si mientes ignoro... y ya lo temo. No es el instinto el que hácia tí me arrastra, más noble es la pasion con que yo sueño; pero ¿qué importa si una impura llama á pesar tuyo te calcina el pecho? Yo tengo para tí raudal sin fondo de casto amor y nobles pensamientos, y al enlazar mis manos con las tuyas, al oprimir tus labios con mis besos, el perfume de amor que mi alma llena, trocará el vil calor en santo fuego. Beberás ese amor en mis miradas, lo absorberás al respirar mi aliento, te lo trasmitiré cuando mi mano acaricie amorosa tu cabello. Te envolveré en su atmósfera divina, como en nube de aromas y de incienso, despertaré tu corazon dormido, te volveré al amor y al sentimiento. Tú acaso pagarás con la sonrisa mi amor sin mancha, aspiracion del cielo; yo lloraré, mi bien, y tántas lágrimas ablandarán tu loco menosprecio. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡Y al fin me olvidarás! Llegará un dia, en que acaso con odio nos veremos... ¡El deseo en tu sér se habrá extinguido! ¡Este amor que me inspiras habrá muerto!
¿POR QUÉ?
¿Por qué? Yo te he cubierto con mis besos; el párpado süave, el fresco labio, la blanca frente y el nevado pecho, tu garganta, tus rizos y tus manos... ¡Todo, de amor en el delirio ardiente, mis dedos con afan lo acariciaron! Y tú, rendida al ruego, y al instinto que en el hombre engendró quien le ha creado, beso por beso, loca me volviste, buscando, al esconderte entre mis brazos, oprimiéndome á un tiempo con los tuyos, tu cabeza en mi pecho sepultando, camino de llegar hasta mi alma para buscar en ella tu retrato, ó el fuego de la llama abrasadora del amor y el placer ¡crímenes santos! Y fundidos en uno nuestros séres, sin idea del tiempo ni el espacio, sin que tanto placer y dicha tanta pagára ningun hombre con su llanto, secreto como el génesis del mundo, grande, amada mujer, como el espacio, creamos un momento de ventura de nuestra vida en el trascurso amargo. Momento que era un mundo... ¡cuán distinto del mundo miserable que habitamos! Todo era amor y dicha, saturada con la miel regalada de tus labios. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¡Y tal felicidad era un delito! ¡Tanta dicha, mujer, crímen nefando! ¡Por qué? Yo no lo sé; pero es un crímen... Por tal el mundo entero lo ha juzgado... ¿Qué importa? Yo desprecio su sentencia, y en tus caricias y en tu amor soñando, sólo sé que me arrastras en pos tuyo, sólo sé que eres bella y que te amo.
EN EL ÁLBUM DE ELISA.
Nacida bajo el sol de Andalucía, bella, jóven, discreta... ¡Dios mio! ¡Cuántas cosas te diria si fuese yo poeta!
* * * * *
Y áun sin serlo, mirándome en tus ojos, de inspiracion venero, á Byron y Petrarca diera enojos... si estuviera soltero.
* * * * *
Mas ¿qué quieres, Elisa, que te diga, si, aunque de mente inquieta, no soy, por mi desgracia, hermosa amiga, soltero ni poeta?
DEBILIDAD.
Me sentía morir, y quise verla, darle mi maldicion; y... vino... y ví sus ojos, y... le dije... «¡Que te bendiga Dios!»
AYER.
«¡La amo!» yo me decia loco, embriagado en su recuerdo hermoso, y «¡la amo!» repetia. ¿Dónde se fué el ensueño venturoso que en su amor me forjé? Fué no más vago sueño mentiroso; hoy me digo: «¡la amé!»
Á UNA ROCA.
A través de los siglos que han pasado, inmóvil en tu asiento; bañada por el mar desenfrenado que ruje turbulento ó seca por el viento que azota tu semblante descarnado, miras llegar tranquila la ola hirviente que rugiendo avanza, se recoge al llegar, duda, vacila y contra tí con ímpetu se lanza. Choca, gime, se rompe, y agitada te envuelve con furor en densa bruma, y murmurando, vuelve al mar cansada dejando su impotencia en tí marcada, dolor y rabia, lágrimas y espuma. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¿Y estarás siempre así, muda y sombría, recostada en la arena? Es imposible. Nó; llegará un dia, que acaso en el reloj del tiempo suena, en que la fuerte mano del hombre llegue en tí á posarse ardiente, y entónces, á su impulso soberano, una existencia en tí quizás aliente. Entónces, ya con vida, tal vez tu masa para el mundo sea muro de una prision aborrecida, humilde signo de potente idea. Tal vez tendrás un nombre; tal vez, deshecha en trizas, serás estátua que eternice un hombre, pobre losa que guarde sus cenizas.
EL ÚLTIMO AMOR.
¿Lloras, mirando deshecho el encanto embriagador, que, de la vida al calor, engendró en tu tierno pecho el primer sueño de amor?
¿Lloras, por siempre perdida tu esperanza más querida, y la dicha y la ilusion ardiente de la pasion, aureola de la vida?
¡Entornas tus negros ojos, que oscuro círculo abraza, y contraes tus labios rojos, llenos de penas y enojos, de dolor y de amenaza!
--¡Que ese amor era el primero! --¡Que no hay otro verdadero! Triste error, yo te lo digo; escucha mi acento amigo, que yo consolarte quiero.
Tú amarás; mil y mil veces libarás hasta las heces de amor la inmensa ventura; ese llanto, esa amargura él te pagará con creces.
¿Sabes cuál es el amor, profundo, arrebatador, por el que ese olvidarás; pensamiento roedor que no se olvida jamás?
El último; amor nacido con el doliente gemido de la juventud cercana que se aleja, y que mañana por siempre se habrá perdido.
Ciega y ardiente ambicion que nada apaga en el mundo, que arranca del corazon la suprema convulsion postrera del moribundo.
¿Y sabes, de esos amores, cuál dá tormentos mayores; ¿Cuál, si la esperanza muere en quien realizarla quiere, causa más vivos dolores?
¿Cuál llena nuestra memoria sin consuelo que le cuadre? ¿Cuál es de la vida historia?... Para los hombres, la gloria; para la mujer, ser madre.
Á LA SEÑORA
DOÑA TEODORA LAMADRID
DESPUES DE ADMIRARLA
EN LA REPRESENTACION
DEL DRAMA
«LA LOCURA DE AMOR.»
Necio fuera, señora, en tal momento, rebuscando un concepto pretencioso digno de honrar sujeto tan glorioso, esforzar el indócil pensamiento. Permitid que, de tal martirio exento, vuele desatinado y caprichoso para expresar cuán grande, cuán hermoso es el placer que al escucharos siento. El ánimo os persigue embebecido, altérase el aliento acompasado y el corazon redobla su latido; una lágrima ensancha el pecho ahogado, surge, tiembla en el párpado encendido y cae... ¡Al alma se la habeis robado!
ILUSION.
Columpiarse veíala en mis sueños al blando soplo de la dulce brisa, y llegaba su voz hasta mi oido clara y distinta. Veíala en las nubes de la tarde dibujarse cual vaga fantasía, aspiraba su aliento en los aromas que el viento me traia. Sentia su contacto léjos de ella, y al sentirlo, mi sér se estremecia, y cerraba los ojos para verla más clara y más distinta. Conversaba con ella, en inefable dulce coloquio, como en otros dias; mirábala llorar de amor, y loco sus lágrimas bebia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Creia verla, entrándome en su alma, pura como mi amor, pura y bendita; creia que me amaba y que era buena... ¡Y era mentira!
REALIDAD.
Triste, marchita y harapienta y sola, ocultando su faz con extraño rubor, casi á mi lado hoy la he visto pasar. Al mirarla, mi sangre ha detenido su curso natural; he sentido la angustia de la muerte... No he podida llorar. ¡Ella pobre, marchita, sola y triste! ¡Oh! ¡Cuánto sufrirá! ¡Ella, que ayer en régias bacanales consumia su afan! El vicio y la impureza la han manchado arrugando su faz... ¡Dios mio! Al verla así, ¿cómo no puedo áun dejarla de amar?
RESIGNACION.
Cúmplase mi destino; yo no quiero luchar ya más contra la adversa suerte; el negro porvenir tranquilo espero, puestas mis esperanzas en la muerte. Siento que ya mis fuerzas agotadas, que mi mente, serena en otros dias, las unas por mis penas enervadas, la otra presa de horribles fantasías, ya nada oponen al terrible embate de ignota maldicion, que me persigue. Ya no espero vencer en el combate: ¿qué fuerza habrá que á combatir me obligue? Si es que merezco tal rigor, lo acato; quede vengado el crímen cometido: si es injusto placer de un Dios ingrato, goce en mi mal; ni compasion le pido. Yo volveré mis ojos anublados por un dolor mayor que mi arrogancia, no á los cielos sin nubes y azulados donde un Dios me mostraron en la infancia; yo de mi alma llevaré el desvío viendo á los hombres de pesares llenos, y buscaré, para consuelo mio, remedio no á mi mal, á los ajenos. Mi adios he dado sollozando y triste del amor á los goces inefables; ya la mujer que idolatré no existe sino en mis pensamientos implacables. Ellos me la retratan bella y pura como la flor al despuntar la aurora... --¡Sarcasmo horrendo! ¡Bárbara impostura! ¿Dónde estará la pobre pecadora? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Gloria, poder, serena paz del alma, tambien con su pureza habeis huido, y del mártir y el héroe la palma por siempre con vosotras he perdido. Ya ni gloria, ni amor, ni bien espero; y á tanto de mi suerte el odio alcanza, á tanto llega su castigo fiero... ¡que me deja vivir sin esperanza! Tal vez pensó la mano misteriosa que así á un suplicio eterno me condena, que al ver perdida mi ilusion hermosa, al verme entre las sombras de la pena, en justo desagravio del martirio que en un infierno convirtió mi vida, ciego, iracundo, presa del delirio fuese á buscar el arma del suicida... ¡Ah! nunca; suya fué la atroz sentencia que, dócil al capricho de mi suerte, me libró, sin pedirlo á la existencia, y ella no más ordenará mi muerte. Ella hará que este sér su afan soporte cercana viendo la entreabierta tumba, ni tan valiente que su vida corte, ni tan cobarde que al dolor sucumba. Como en la oscuridad busca el que ciega alivio de su bárbara fortuna, yo buscaré la paz que se me niega de mi propio dolor en la amargura. Veré pasar en juvenil cortejo tantos dichosos que envidiar debiera, y hallaré en su alegría algun reflejo del tiempo en que tambien dichoso era... ¿Envidiarlos?... ¿Por qué? ¡Yo me divierto ahogando en sus murmullos mi agonía... ¡Si aunque ellos la perdieran, sé de cierto que para mí su dicha no sería!
¡SE VAN!
¡Se van! ¡Qué triste me quedo! Apenas vencerme puedo, que, oprimido el corazon, infunde al alma afliccion con los fantasmas del miedo.
¡Se van! A mi pobre nido silencioso y escondido, no podrá prestar amor el dulce y tibio calor de su aliento bendecido.
Va á faltarle la armonía de sus gritos de alegría, de su voz, timbre de plata que la inocencia retrata y que inunda el alma mía.
¡Te has roto, dulce cadena! ¡Ay! En la noche serena le faltará á mi contento el murmullo de su aliento que arrulla y duerme mi pena.
¡Se van! Cual la golondrina que el frio invierno adivina, y guiando sus hijuelos breve y fugaz, por los cielos buscando la luz camina...
Mas luégo vuelve ligera cruzando la azul esfera, de amor su sér todo henchido, á buscar el mismo nido al volver la primavera. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Sí; cuando de gozo henchido oiga el canto bendecido de vuestra voz hechicera, será tambien primavera para nuestro pobre nido.
Á LA MUERTE.
¿Temes, acaso, que al sentir tu mano, tiemble asombrado el ánimo cobarde, y se estremezca el alma recelosa? Te engañas. ¡Temor vano! ¿Crees que te hablo en arrogante alarde, que la mente medrosa desmiente con terror? ¿Piensas acaso, que sabiendo que Dios únicamente puede cortar de la existencia el hilo, me rio de tu saña? ¿O que sintiendo robusto el cuerpo, el ánimo tranquilo, desprecio tu impotencia? ¿O que á grave dolencia rendido, busco en tí el alivio ansiado? Mas... ¡ah! Tal vez sospechas que abatido, sin fé, desesperado, sin calor en el alma, y ya deshechas mis ilusiones de ventura y gloria, busca en tí el alma herida que padece la sola realidad que el mundo ofrece. Te engañas: ni en mi pecho tiembla el miedo, ni confiado en Dios te reto osado; y si el cuerpo abatido, por males y dolores combatido, la dulce paz de tu retiro anhela, el alma nó, que con distinta suerte, busca el cuerpo reposo, el alma vida, y reposo no más hay en la muerte. La frïaldad con que el sepulcro hiela no puede codiciarla quien ansioso busca luz y calor, lucha y victoria. Si el corazon medroso teme hallar la verdad, porque al hallarla tal vez encuentre el mal, necio sería si en tí buscara alivios y consuelo, pues harto sé por desventura mia, que tú hieres la paz y la alegría y eres sorda á la voz del hondo duelo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . No: te busco y te temo. Te busco, como busca el peregrino un lecho hospitalario donde reposa un dia para seguir al otro su camino. Te busco, porque eres el «más allá» que loca el alma ansía cuando, al morir el dia, miro ocultarse el sol detrás del monte, ó cómo se confunden el mar y el cielo allá en el horizonte. Te temo porque ignoro lo que ocultas, mi mente no lo alcanza, y temo al encontrarme entre tus brazos, rotos por tí los mundanales lazos, perder en ellos mi última esperanza. Temo que con mi cuerpo dolorido muera tambien mi idea; temo que el alma sea un sér fingido, que sólo polvo, como el cuerpo, sea.
RECUERDOS.
Suelto el cabello en desatados rizos, que en caprichosas ondas sobre tu espalda mórbida se tienden, velando y no cubriendo sus hechizos; entornados los ojos, que se encienden absorbiendo el placer con sus miradas, tus hermosas mejillas sonrosadas por el calor intenso de la pasion ardiente; entreabierto el labio sonriente, y en lánguido abandono reclinada, altiva recordando con la mente inflamada, los pasados momentos de ventura, la idea de otros mil acariciando que guarda para tí lo venidero... ¡Qué hermosa estás así! ¡Qué feliz eres! ¡Cuántos tesoros guardas codiciosa! ¡Qué ignorados placeres promete tu mirada cariñosa! ¡Oh! pero... escucha y dí: ¿ya no te acuerdas de aquella niña hermosa é inocente, encanto de mi loca fantasía? ¿Acaso no recuerdas su tibia y pura frente?... Toca la tuya... ¿No es aquella?... ¿Abrasa, y no es ya trasparente como aquella?... Mas ¿qué importa si es bella? ¡Sigue escuchando, sigue!... ¿No recuerdas sus ojos apagados, grandes, suaves, serenos... --No me mires...--Los tuyos, entornados, de brillo y pasion llenos, son más hermosos... pero ya han perdido la tranquila mirada que lucia en la niña inocente que amé un dia. ¿Has dado ya al olvido aquellos labios rojos y brillantes, frescos y húmedos siempre, como la rosa que mojó el rocío?... ¿Por qué tocas los tuyos, amor mio? ¿Están secos? ¿Qué importa?... ¿Queman tánto?... No te aflijas por eso. Es el calor de la pasion ardiente, que les dá nuevo encanto... ¡Qué! ¿no recuerdas que me has dado un beso? Mas deja que te cuente cuánta locura me forjé de niño; deja que haga volver á mi memoria el delirio sin fin de aquel cariño. Deja que te retrate mis ensueños de gloria, deja que su recuerdo me arrebate. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Mira: tanto llegué á quererla un dia, tan loco y ciego estaba, que donde quiera que su pié ponia, su dulce huella con afan besaba. Absorbía el aroma de su aliento; sueño constante de mis sueños era; su hermosa imágen en mi sér vivia, y al sentir su contacto, de temor y placer me estremecia. Y guardo en mi memoria mil cantares que yo la oía, ó que escuché con ella; recuerdo con anhelo los lugares donde la ví una vez; y hasta las flores que su mano cuidaba, me han dejado recuerdo de su aroma y sus colores. Todo me la recuerda: el mar, la tarde, la luna con su luz vaga y dudosa; la primavera tibia y perfumada; la brisa juguetona y misteriosa; la noche oscura, el abrasado estío; el murmullo fugaz de la enramada; hasta de Dios la idea poderosa, funde con ella el pensamiento mio. ¡Oh! ¿por qué ha de pasar así la vida? ¡Cuánto, amor mio, diera, porque aquel tiempo y mi niñez volviera! Yo imaginaba... ¡loco desvarío! que acaso un tiempo fuera tan dichoso que junto á mí la viera unida en santo lazo, y me forjaba verla en mi hogar, partiendo mi destino, que mi nombre sus labios bendecian, que «hija mia» mi madre la llamaba, y que «madre» mis hijos la decian... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¿Lloras? Tu corazon he destrozado... --¡Si tú supieras lo que yo he llorado!...
¡YA NO!
Ya pasaron los dias, ya pasaron las horas de ventura en que al mirarme, amante sonreias con infantil ternura. Ya ha borrado la mano del olvido mi nombre de tu mente, ya no busca tu oido el tierno halago de mi voz ardiente. ¡Ya no piensas en mí! Ya cuando al cielo vuelves los claros ojos, pides calma á tu duelo, no paciencia á mi queja y mis enojos. Ya cuando pinta el éter la mañana con brillantes albores, no corres presurosa á la ventana, porque yo no la adorno con mis flores. Ya al esquivar el celo con presteza de importuno testigo, no vuelves la cabeza á ver si yo te sigo. De otros sitios respiras el ambiente que yo no he respirado... Ya no temes jamás entre la gente que pase yo á tu lado. Los goces que soñé en mis desvaríos puede decirme otro hombre que son suyos... ¡Tú tienes hijos ¡ay! y no son mios!... --¡Yo los tengo tambien, y no son tuyos!
¡IMPOSIBLE!