Juanita La Larga · Unidad 18 de 22

PROLOGO — parte 18

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Calculaba don Andrés que él podía prestar dos muy importantes servicios: uno, a doña Inés, impidiendo que su padre la avergonzase casándose con una muchacha de tan ruin y humilde clase, y otro a don Paco, abriéndole los ojos, para que al fin comprendiese que Juanita no le quería sino por interés, y que él no debía casarse con ella por ser indigna de su cariño.

El desengaño sería cruel para don Paco; pero don Andrés se disculpaba la crueldad recordando aquello de «quien bien te quiere te hará llorar» y lo otro de «la letra con sangre entra».

Al prestar estos dos servicios no se le ocultaba a don Andrés lo mucho que él se exponía. Se exponía, por una parte, a que doña Inés llegase a saber que él quería seducir o había seducido a Juanita, lo cual enfurecería a doña Inés por dos razones: porque contrariaba sus planes místicos de que Juanita fuese monja y porque deslucía o manchaba el amor, sin duda platónico, con que el propio don Andrés la estaba, hacía más de siete años, complaciendo, tal vez poetizándole la vida y consolándola de tener un marido tan perdulario. Y se exponía, además, a que don Paco no quisiese aguantar la lección, prescindiese de todos los favores que le debía y le buscase camorra.

Don Andrés no se arredraba ante la previsión de un duelo. Manejaba bien la espada y la pistola, y don Paco no sabía de esgrima y jamás había tomado una pistola en la mano; pero bien podía don Paco, como lugareño que era y nada acostumbrado a perfiles y a ceremonias, perder un día la cabeza y rompérsela a él, porque tenía la mano pesada y manejaba bien el garrote, de lo cual, aunque pacífico, había dado ya diversas pruebas, además de la que salió tan cara a Antoñuelo.

La primera vez huyó don Paco porque se juzgaba desdeñado de Juanita y razonablemente no podía darse por ofendido ni de que ella favoreciese a otro, ni tampoco del amante favorecido.

El caso era muy diferente; don Andrés, aunque no lo sabía, sospechaba que Juanita y don Paco se verían o se habrían visto y estarían de acuerdo. Cualquier favor, por consiguiente, que a él hiciera Juanita sería una infidelidad de esta, y para don Paco un agravio, que probablemente no se resignaría a sufrir y del que resolvería tomar venganza.

A pesar de tales inconvenientes, don Andrés no se arredraba. Se sentía picado de que a él, omnipotente en Villalegre, se le desdeñase de aquel modo. El mismo desdén estimulaba más su deseo. Hasta por amor propio quería a toda costa triunfar de Juanita. Ardua era la empresa, pero él no se la figuraba tan ardua. Juanita había coqueteado con él y le había provocado. Era cierto que, cuando la besó en la antesala, ella le rechazó con furia; pero ¿no fue, acaso, furia fingida porque entró don Paco y le vio entrar ella? Don Andrés dio por seguro que fue furia fingida.

«Ya veremos--decía para sí--si me rechaza donde y cuando esté ella segura de que no entrará don Paco a interrumpirnos.»

A pesar de su momentánea rivalidad, don Andrés quería de corazón a don Paco, reconocía todo su mérito, apreciaba todos sus servicios y distaba mucho de querer hacerle el menor daño. Lejos de eso, lo que anhelaba era desengañarle en sazón y oponerse a su absurda boda.

De todos modos, a fin de precaverle contra el peligro de que don Paco no gustase de ser desengañado, y de que en un instante de celosa locura llegase al extremo de apelar al garrote, don Andrés, que de ordinario no llevaba armas, tomó un pequeño revólver de seis tiros y se lo guardó en la faltriquera.

Antes de salir de casa, a eso de las diez de la mañana, habló don Andrés con el criado de mayor confianza y más listo que tenía. Era su secretario, su ayuda de cámara, su confidente favorito y al mismo tiempo su bufón, porque tenía mucho chiste: baste decir que hacía de Longino en las procesiones.

Don Andrés, recomendándole el más profundo sigilo y la mayor cautela, hubo de hablarle así:

--Deseo y necesito tener una entrevista a solas con cierta persona, que de seguro no querrá venir a mi casa, al menos la vez primera, aunque después aprenda el camino y venga con gusto. Posible es también que dicha persona se niegue a recibirme si yo directamente, o valiéndome de ti, pido a ella que me reciba. Importa, pues, que tú te dirijas a la criada de dicha persona y ganes su voluntad, con presentes o comoquiera que sea, para que ella hable con su ama y la convenza y la incline a darme la cita. Quiero que esto sea en todo el día de hoy o en el de mañana, hasta las nueve de la noche. Durante este tiempo la ocasión es propicia y conviene no perderla. Acaso ocurra que la persona que yo pretendo me cite no se preste a confesar que accede a la cita y gusta de aparentar que yo, por traición de su criada, entro, a pesar suyo, en su casa y la sorprendo. Para que nadie se entere, porque no quiero disgustar ni ofender a nadie, debe ser la cita, y debo ir yo a ella, después de anochecido.

--¿Y quién es la persona que ha de citar a vuecencia y que gasta tanto melindre?--se atrevió a preguntar Longino.

--Pues la persona--contestó don Andrés bajando más la voz--es Juanita la Larga.

Muy sorprendido se mostró Longino al oír esto, lo cual agradó sobre manera a don Andrés, porque era prueba evidente del misterio y del disimulo con que él hasta entonces había perseguido a la muchacha. Cuando Longino no había sospechado lo más leve, era indudable que nadie en el lugar lo sospechaba, y que el secreto hasta entonces se había guardado entre don Paco, él y ella.

Muy satisfecho Longino del encargo delicadísimo que su señor acababa de confiarle, prometió hacer prodigios de destreza para que nada se divulgase y para que todo se lograse. Informó, además, a su amo de que Rafaela, la criada de ambas Juanas, a quien él conocía, era muy callada, muy lista y muy experimentada, porque frisaba ya en los cincuenta años y la había corrido en su mocedad, y si bien la Fortuna siempre le había sido adversa, ella sabía dónde le apretaba el zapato.

--Otro gallo le cantara--dijo Longino--y no estaría de fregona si la Fortuna no fuese tan caprichosa y tan ciega.

Terminado este coloquio, todavía antes de salir de casa tuvo don Andrés otra conversación interesante.

Quien habló con él fue una mujer que entraba a verle con frecuencia y que le traía y llevaba recados de la señora doña Inés López de Roldán, sin duda para los negocios y obras de caridad que ellos trataban y hacían juntos.

La interlocutora de don Andrés, ya comprenderá el lector que fue Serafina.

Venía a decirle que su ama quería hablar con él y que le rogaba que fuese a su casa a la hora de la siesta.

Tan preocupado estaba don Andrés que, por más que el menor deseo de doña Inés fuese para él soberano mandato, se excusó de ir por la multitud de quehaceres que le agobiaban y sólo prometió ir a la tertulia por la noche.

Para que doña Inés se entretuviese en su soledad o en compañía de Juanita la Larga, dio don Andrés a Serafina dos bellísimos libros devotos que acababan de reimprimirse en Madrid, y que el librero Fe le enviaba, sabedor de las inclinaciones ascéticas y místicas de la señora principal de Villalegre. Eran estos dos libros _Tratado de la tribulación_, de fray Pedro de Ribadeneyra, y _La conquista del reino de Dios_, de fray Juan de los Angeles.

Serafina dio a entender a don Andrés que su ama tenía grandísima curiosidad de saber quién había apaleado a Antoñuelo y por qué motivo. Y juzgando don Andrés que la verdad era el mejor disimulo en este caso, contó a Serafina, para que se lo refiriese a su ama, que don Paco, después de haber vagado por extravagancia y capricho, descubrió el secuestro del tendero murciano, y que para libertarle, y aun para defender la propia vida, tuvo que apalear al hijo del herrador, sin conocerle hasta después, porque llevaba carátula. Todo se explicaba así con la misma verdad, y don Andrés alejaba de la mente de doña Inés hasta la menor sospecha.

XXXIX

Juanita, después de haber declarado su amor a don Paco y después de tener por seguro que no procesarían a Antoñuelo, se puso tan contenta y se aquietó de tal suerte, que desistió de todo propósito de venganza contra doña Inés, a pesar de lo mucho que doña Inés la había molido. Se arrepintió también de su prolongado disimulo y se propuso, sin retardarlo ya más que hasta el día siguiente, miércoles, entre diez y once de la noche, hacer público su noviazgo y su futuro casamiento con don Paco.

Hasta entonces tenía ella una vaga esperanza de poder preparar el ánimo de doña Inés, a fin de evitar su enojo; pero si esto no se lograba, Juanita estaba decidida, contando con la decisión de don Paco, a arrostrar el enojo de doña Inés y el de todo el mundo y a hacer su gusto casándose, aunque ella, su futuro y su madre tuvieran que abandonar por insufrible el pueblo de Villalegre, perdiendo la posición que en él gozaban.

A Juana la había visto un breve instante; pero confiaba tan poco en su circunspección y en la serenidad de su juicio, que no se atrevió a decirle nada ni a informarla de sus proyectos de repente y sin preámbulo alguno. Aguardó, pues, hasta el día siguiente, cuando su madre volviese ya de casa de don Andrés después de concluido su trabajo, a la hora en que había citado a don Paco, para que él también hablase a su madre y los tres se pusiesen de acuerdo.

Entre tanto, Juanita creyó prudente y decoroso no ver a don Paco, y violentándose, le impuso la condición de que no la buscase ni tratase de verla. Juanita tenía tantos negocios que arreglar y tantas cosas en que pensar y que hacer, que no quería que por lo pronto la distrajesen de ello sus amores. Era Juanita devotísima de la Virgen de la Soledad, y subió a la iglesia que está cerca del castillo y donde se venera su imagen a darle gracias por los beneficios ya recibidos y a rogarle fervorosamente para que le fortaleciese en sus propósitos, que ella creía santos y buenos.

Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana de la villa. La parte alta, donde está el castillo y la antigua iglesia, se hallaba aquel día muy solitaria.

Juanita oró largo rato en el templo, casi desierto. Al salir de él tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse con don Andrés, que la había espiado, que la había visto subir, que la había seguido, y que la aguardaba a la puerta.

Grandes fueron la desazón y el sobresalto de la muchacha. Aunque ella creía haber disipado todos los celos de don Paco y haberle inspirado confianza bastante para que no la vigilara, todavía temió que don Paco, o la viese en compañía de don Andrés o supiese por alguien que iba en su compañía, y aunque contra ella no formase queja, acabase por ofenderse de la obstinación con que don Andrés la perseguía y rompiese con él de una manera estruendosa.

Su desazón y sus temores se acrecentaron al ver que don Andrés se acercó a ella; la acompañó mientras bajaba la cuesta, la requebró con más fervor que respeto, le recordó los besos de la antesala y le hizo las más atrevidas proposiciones. Como don Andrés ignoraba el concierto de Juanita con el tendero murciano, venció su repugnancia a dejar impunes ciertos delitos, y entre otras ofertas, hizo a Juanita la de dar los ocho mil reales para que no fuese acusado Antoñuelo.

--Ya no necesito el dinero, señor don Andrés--dijo Juanita--. Don Ramón ha recuperado lo que se le debía y ha prometido callarse. Ahora yo suplico a vuecencia que me deje y no me persiga, y que no me ofenda proponiéndome lo que no puede ser. Y si vuecencia no se retrae de seguirme por mí respeto, porque yo se lo suplico con humildad, retráigase por el temor de ofender a personas que le son queridas.

--Yo no temo que esas personas se ofendan.

--Pues yo sí lo temo. Temo que se ofenda mi señora doña Inés, a quien bien quiero y a quien debo mil favores. Y temo más aún que se ofenda don Paco, quien..., fuera disimulo, ya es tiempo de que lo sepa vuecencia si no lo sabe..., es mi novio.

--¿Y cómo--dijo don Andrés--recelas tú que don Paco se escape otra vez y se vaya a vagar por esos andurriales?

--Mucho me pesaría--replicó Juanita--de que hiciese tal cosa; pero en esta nueva ocasión no sería eso lo que él haría, sino algo que yo lamentaría mil veces más. Yo quiero que él y vuecencia, a quien debe él tantos favores, sigan siendo buenos amigos. Para ello es indispensable que se reporte vuecencia y no me falte.

--Al contrario--dijo don Andrés sonriendo con sonrisa algo forzada--. Quien me falta eres tú. Dame una cita para verte en tu casa a solas y ya verás cómo no te falto. Todo será con recato y sigilo. Nada sabrán ni don Paco ni doña Inés, y no tendrán de qué quejarse ni de ti ni de mí.

Llegaban en esto a la plaza, después de haber bajado la cuesta. Juanita, sin hacer atención a las últimas palabras de don Andrés, y temerosa de que la vieran con él, porque allí había mucha gente, exclamó con cierta angustia:

--Por amor de Dios, señor don Andrés, déjeme vuecencia en paz y no se comprometa ni me comprometa.

Don Andrés conoció sin duda que tenía razón la muchacha; cedió a su súplica y se apartó de ella. Juanita volvió sola a su casa, afligidísima, descorazonada y humillada al ver cuan poco respeto infundía.

Era mayor su humillación al considerar que en aquellos dos días últimos hasta el idiota de don Alvaro, a pesar de los sofiones de que había sido objeto, había vuelto a las andadas, mostrándose con ella insolente y atrevido.

Luego que entró Juanita en su cuarto, cerró los puños con cólera, se echó boca abajo en la cama y sollozó con; amargura.

XL

Era doña Inés López de Roldán personaje de carácter tan enrevesado y complejo, que a menudo me arrepiento de haberla sacado a relucir como una de las dos heroínas de esta historia, porque hallo difícil describirla bien y transmitir a mis lectores concepto igual al que tengo formado de ella, investigando y dilucidando con claridad el móvil de sus pasiones y de sus actos.

Ella misma, como era reflexiva y pensadora, y como en sus ratos de ocio, que no eran pocos, había leído y aprendido bastante, se afanaba por lograr el propio conocimiento y lo encontraba harto oscuro.

Las doctrinas de esto que llaman teosofía, novísima en Europa, aunque antiquísimas en la India, no habían aportado aún por Villalegre, y doña Inés no podía, fundándose en ellas, suponer que su ser íntimo constaba de siete diversos principios; pero doña Inés sabía que Platón daba, poco más o menos, tres almas a todo ser humano. Haciéndose, pues, platónica, se puso a sospechar que ella tenía tres almas.

Confirmó sus sospechas y casi las convirtió en certidumbre el ver que, lejos de tener algo de mérito aquel pensamiento, concordaba en cierto modo con la más sana y católica filosofía.

Uno de los libros que con frecuencia y gusto leía doña Inés era el que escribió el iluminado y extático varón fray Miguel de la Fuente acerca de _Las tres vidas del hombre_. De aquí que no titubease doña Inés en compaginar que tenía tres vidas. Yo también lo imagino, y casi me atrevo a darlo por seguro. Sólo de esta suerte atino a entrever el tenebroso enigma de su figura moral y de su extraña condición y naturaleza.

Había en doña Inés tres energías o poderes distintos, escalonados y sobrepuestos, ora de acuerdo los tres, ora independientes y en guerra, aunque formando, durante esta vida mortal, la unidad inseparable de su singular individuo.

Para cada uno de estos poderes se había buscado doña Inés un ministro, o si se quiere, una ministra. Para su alma sensual, que entendía y se empleaba en las cosas y negocios corpóreos y vulgares, tenía a Crispina, que la ponía al corriente de todos los sucesos del lugar sin elevación ni trascendencia. Para su alma sentimental, concupiscible, irascible y discursiva; para su facultad y aptitud de aborrecer, amar y calcular, sobre todo en relación con lo temporal visible, tenía a la discreta criada Serafina. Y para el alma pura o ápice del alma para la suprema porción de entendimiento y del afecto, porción toda espiritual y divina, simple inteligencia o mente, había estado doña Inés sin ministra durante largos años, hasta que por último la había hallado o la había creído hallar en Juanita la Larga, a quien tan injustamente despreció y odió de oídas y al verla por vez primera.

Fue como perla que se descubre en un muladar y que se estima más cuando el que la descubre se persuade de que es fina. Fue flor como hallada en tierra inculta, fuera de la cerca del huerto que se cultiva, por eso mismo sorprende y enamora más, celándola quien la posee por el temor de que la huelle y pisotee a su paso algún animal inmundo.

Así se comprende, en mi sentir, el amor y celoso cuidado con que doña Inés miraba a Juanita, que era ya para ella lo más ideal de cuanto podía concebir en lo humano.

Tal vez doña Inés reconocía con dolor que su propia alma suprema se había inficionado e impurificado un tanto por culpa de circunstancias exteriores que habían hecho prevalecer y triunfar en varios puntos las otras dos almas, inferior y media. Y a fin de que no se le inficionase también el alma pura y superior de la amiga y ministra que había encontrado y que era su regalo y consuelo, quería doña Inés que Juanita fuese monja, o sea, transplantar la flor del campo abierto y sin defensa al huerto cerrado y defendido; pero como al propio tiempo se complacía y deleitaba con tener a Juanita cerca de sí, vacilaba aún y retardaba el día en, que pensaba obligar a Juanita a retirarse al claustro.

En el momento presente de nuestra historia prevalecía en doña Inés el empeño de empujar a Juanita hacia el monjío. Preveía para ella peligros inminentes y ansiaba salvarla, aun a costa de privarse de su agradable presencia y de su dulce trato.

Se comprenderá qué clase de peligros temía la señora de Roldán si echamos una ligera ojeada retrospectiva y ponemos al lector en antecedentes.

Dios me libre de ser calumniador y de pecar de malicioso. Quizá fuesen ponzoñosas hablillas de la malvada lengua del boticario, a lo que parece, acérrimo enemigo de Serafina.

Serafina, que era también burlona y maldiciente, murmuraba, y haciendo mucha befa había referido por todas partes que la hija menor del escribano, de cuya mala salud y ruin catadura se ha dado ya cuenta, estaba prendada del boticario y le deseaba como marido, aunque sólo fuese para no ser menos que su hermana mayor, doña Nicolasa, la cual iba pronto a casarse con Pepito, el hijo del albardonero, famoso doctor en leyes. Sólo se aguardaba para celebrar la boda que el diputado sacase al novio un empleo de diez o doce mil reales que le habían pedido hacía más de un año. Doña Nicolasita estaba más impaciente que nadie; echaba mil maldiciones al diputado, decía que no servía de nada y conspiraba para que en las próximas elecciones eligiesen a otro que sacase empleos con más facilidad y prontitud.

Entre tanto, o de veras o fingiéndolo, había enfermado su hermana menor, y el boticario, que con permiso del médico visitaba también y tenía bastantes igualas, era quien asistía a la enfermita, y tenía que visitarla dos veces al día o por lo menos de diario.

Don Policarpo no se daba por entendido de la verdadera enfermedad y distaba mucho de querer aplicarle el conveniente remedio.

La iguala que tenía con el escribano era de las más cuantiosas del lugar: cada año cincuenta reales. Esto, no obstante, le parecía muy poco para pagar tanta visita, por lo cual, según Serafina, el boticario buscaba compensación recetando mucho y obligando al escribano a gastar su dinero en potingues de los que él elaboraba en su casa.