Juanita La Larga · Unidad 19 de 22

PROLOGO — parte 19

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Yo me inclino a presumir que, ofendido el boticario por las burlas de Serafina sobre el mencionado negocio, divulgó contra ella lo que voy a contar como me lo han contado, sin responder de que sea verdad, exageración o mentira.

A lo que parece, don Alvaro Roldán, que andaba antes extraviadísimo, lejos de su casa, muy a menudo en otras poblaciones entregado a mil liviandades y francachelas y gastándose los dineros con doncellitas andantes que hospedaba en sus caserías, se había vuelto sedentario, casero, morigerado y mucho más económico. El pícaro del boticario colgaba a Serafina el milagro de esta conversión, y aun se atrevía a sostener que la señora doña Inés hacía la vista gorda y no se percataba de tal milagro, cuya comodidad y baratura no podía menos de celebrar en el fondo del alma.

Como quiera que fuese, la verdad es que Serafina, que jamás notó que don Andrés persiguiese a Juanita, aunque si lo hubiera notado no lo hubiera dicho, porque no le convenía decirlo, notó muy bien los atrevimientos de don Alvaro y sus persecuciones a Juanita, y enojada y temerosa de una usurpación de atribuciones, acudió a doña Inés con el soplo.

Al principio no dio doña Inés grande importancia a la acusación; pero en aquellos últimos días la renovó Serafina con tal vehemencia e insistencia, que doña Inés se puso sobre ascuas.

Se puso como se pondría apasionada jardinera si viese que un sapo u otro bicho feo y viscoso tratara de deshojar o marchitar la planta florida que más la deleitase.

Doña Inés estaba furiosa contra el sapo y llena de miedo también de que, interviniendo el diablo, que todo lo añasca, pudiese conseguir el sapo su detestable propósito. La misma inocencia de Juanita y la libertad y el abandono en que vivía, sin el arrimo y el consejo que suele prestar la prudencia de una madre, aumentaban el sobresalto de doña Inés. De aquí que ahora estuviera impaciente por consumar su sacrificio de separarse de la muchacha enviándola a un convento cuanto antes mejor.

XLI

De harto mal talante, y a fin de no faltar a la costumbre convertida ya en deber, Juanita acudió a casa de doña Inés para las lecturas y coloquios que ambas tenían a solas.

Aquella tarde no hubo lectura, a pesar de los nuevos libros devotos que doña Inés había recibido.

La agitación de la ilustre señora no le consentía leer ni tratar de nada que no estuviese en inmediata relación con el punto o que no fuese el punto mismo que la traía tan inquieta y azarada.

Lo que hizo doña Inés fue extremarse con Juanita en demostraciones de cariño. Ella misma se calificó de pastora y apellidó a Juanita inocente cordera, dándole a entender, casi con lágrimas y con entrecortados suspiros, el fundado temor que la afligía de verla entre las uñas y los dientes del lobo. Persistiendo en su metáfora pastoril, exclamó:

--Sí, hija mía; mi dolor sería inmenso si por imprevisión y descuido te dejase yo caer entre las garras de la infame bestia que anhela devorarte y viese el cándido vellón de la cordera teñido en sangre y manchado con la impura baba del monstruo. Es menester que yo te defienda y te ponga en salvo. Por mí sola no puedo vigilarte. Lo que puedo hacer, y haré, es conducirte pronto al redil, donde irás dócil y estarás segura. No acierto a encarecer, ni tú acertarás a figurarte cuan inmenso será mi sacrificio al separarme de ti, porque eres mi consuelo y mi encanto. Pero Dios quiere que nos separemos y tendré que conformarme con su voluntad.

Juanita, más sorprendida que asustada, abría mucho los ojos y no sabía qué responder ni qué pensar de todo aquello. Seguía silenciosa y sólo decía para sí:

«¿Qué monstruo será este que, según doña Inés, trata de devorarme? ¿Sabrá ella que don Andrés me persigue y me solicita, y le llamará por eso monstruo e infame bestia? Como quiera que ello sea, yo no me atrevo aún a decirle que no me da la gana de ir al redil y que fuera de él, y sin pastora ni nada, ya cuidaré que no me coma el lobo. Lo mejor, por lo pronto, es callarme y aguantar sus majaderías. El redil está lejos aún y ya tendré ocasión de sublevarme, de arrancar el cayado de manos de la pastora y hasta de sacudirle con él sí se obstina en guiarme y en disponer de mí a su antojo.»

Con esta bien meditada resolución, Juanita iba, sin embargo, agotándose. Bien podríamos asegurar que a Juanita no le quedaba ya paciencia ni para veinticuatro horas. Mucho le dolía no sacar al fin la menor ventaja de su sufrimiento y de su disimulo durante año y medio, y tener que retroceder al estado de guerra y a la situación en que después del sermón del padre Anselmo se había colocado. Por esto determinó sufrir aún y esperar hasta el siguiente día.

Después de despedirse de doña Inés a las siete de la noche para volver a su casa, Juanita se encontró en la antesala con el señor don Alvaro, el cual vino hacia ella con suma galantería, y le dijo:

--Ingrata, cruel hechizo de mi vida, ¿por qué eres tan tonta y tan terca? Quiéreme y amánsate. No sabes lo que te pierdes con no quererme.

--¿Qué he de perder yo, so peal?--contestó Juanita dándole un bufido, porque allí no había la menor razón para que ella refrenase su cólera.

Bajó las escaleras, y antes de salir a la calle se encontró en el zaguán con don Andrés, que estaba aguardándola en acecho y que intentó retenerla asiendo su cintura.

Con ligereza se escapó Juanita sin que don Andrés la tocara, y se puso en la calle de un brinco. Don Andrés la siguió.

--Déjeme en paz vuecencia--dijo ella--; no sea pesado, no sea imprudente. Mire que puede salirle mal este juego.

--¡Hola, hola! ¿Te me vienes con amenazas?

--No son amenazas, son advertencias amistosas, señor don Andrés. Yo no pretendo asustarle, sino persuadirle de que tiene ya dueño lo que vuecencia pretende poseer por un liviano capricho o por antojo de un momento.

--No quiero yo--replicó don Andrés con insolencia--privar al dueño de su propiedad. Imagínatela como un hermoso jardín. ¿Dejará de ser suyo y perderá el jardín su lozanía y sus primores porque un forastero de buen gusto y sigiloso entre en él por algunos momentos o de cuando en cuando y goce de sus flores, de su verdura y de sus galas?

--Señor don Andrés, el jardín de que aquí se trata no tiene verduras ni flores sino para su amo. Para los demás, sin excluir a vuecencia, sólo tiene ortigas, aulagas, cardillos y cardos ajonjeros. Conque así no suene vuecencia con entrar en él para deleitarse, porque se expone a quedar preso y pegado con el ajonje, y a salir respingando, picado por las ortigas y todo cubierto de pinchos y de púas.

Mientras hablaba así y mortificaba a don Andrés, Juanita apretaba el paso, y cuando estuvo ya cerca de su casa dio una carrerita, llegó a ella, abrió a escape con la llave que guardaba en el bolsillo y cerró la puerta de golpe.

Tratando de distraer su mal humor, Juanita se puso a coser con precipitación, como si tuviese que terminar una tarea.

Rafaela, la vieja criada, entraba y salía con frecuencia en la sala baja, donde se hallaba Juanita, y abandonando la cocina dejaba ver que tenía mucha gana de enredar conversación con la joven. Le habló varias veces, pero distraída Juanita por sus pensamientos, sólo respondía con monosílabos, sin dar pábulo a la conversación, y la conversación expiraba.

Rafaela se quedó una vez mirando en silencio la costura de la joven, y luego dijo:

--¡Ay, niña, qué pena me da de verte tan afanada trabajando siempre! Tu madre también trabaja mucho. ¿Y qué ganan ustedes con esto? Muy poco. El trabajo de las mujeres está muy mal pagado. Es casi imposible el ahorro. Lo comido por lo servido. Vienen las enfermedades y la vejez y traen consigo la miseria. Entonces solemos arrepentimos de no haber sabido aprovecha la juventud y de haber desperdiciado las buenas ocasiones.

--Veo que estás muy sentenciosa, Rafaela--interpuso Juanita--. ¿Qué quieres indicarme con eso?

--Pues quiero indicar que tú vives con mil apuros, te cansas la vista y te estropeas las manos trabajando, y dejas que tu madre trabaje también como un azacán. Y todo ¿para qué? Para vivir pobremente, comer mal y andar por esas calles hecha un guiñapo, cubierta la cabeza con un mantoncillo de mala muerte, cuando si tú quisieras podrías ir vestida como una reina y ser la envidia de las más encopetadas y ricas señoras de este lugar, sin que la propia doña Inés dejara de contarse en el número de las envidiosas.

--¿Y cómo he de hacer yo ese milagro?--preguntó Juanita.

--Nada hay más fácil--contestó Rafaela--. Estamos solas y te hablaré sin rodeos. Hay un hombre, el más poderoso del lugar, que se pirra por tus pedazos. Con tu sandunga le tienes embobado, y con tu desdén le tienes frito. Todo depende de ti. Deja de ser arisca, pronuncia una sola palabra y tendrás cuanto quieras.

Disimulando su enojo con una sonrisa, dijo entonces la muchacha:

--¿Y qué palabra es esa que he de pronunciar? ¿Qué conjuro es ese que ha de poner en mis manos por arte mágico tan pasmosas riquezas? ¿Quién es el hechicero que acudirá a mi evocación y que será tan generoso conmigo?

--¿Pues quién ha de ser, niña?--contestó Rafaela al ver o al imaginar que se recibían sin enojo sus insinuaciones--, ¿Quién ha de ser sino el propio excelentísimo señor don Andrés Rubio?

--¿Y por dónde lo sabes tú? ¿Quién te encomendó que me vinieses con ese recado?

--Me lo encomendó..., nada más natural..., el confidente de don Andrés. Me lo encomendó Longino.

--Ahora lo comprendo: como Longino es tan bromista ha querido darnos una broma, porque supongo que no me tomará por Cristo ni pensará en darme la lanzada.

--Ni lanzada ni broma. Longino te mira con el mayor respeto porque eres el ídolo de su señor, y pretende con toda seriedad, que recibas a su señor en tu santuario.

--Pues mira, Rafaela--contestó Juanita--, di a Longino con toda seriedad también, que es un galopín sin vergüenza, y que él y su amo vayan a escardar cebollinos.

--No te alteres, hija; no te subas a la parra--dijo Rafaela al ver enojada a Juanita--. ¿Qué se pierde ni qué ofensa se te hace en tentar el vado?

--Mejor será que tiente usted al diablo, tía bruja. ¡Arre, fuera de aquí; móntese usted en el escobón y transponga al aquelarre!

--No es para tanto furor. Yo te lo proponía por tu bien y sin interés alguno. De desagradecidos está el infierno lleno.

Rafaela se fue a la cocina refunfuñando.

Juana volvió poco después de casa del cacique.

Juanita siguió guardando silencio, sin decirle nada de lo ocurrido.

Aquella noche estuvo Juanita inquieta y desvelada. Su orgullo, en su sentir humillado, le hería el corazón y no le dejaba dormir. ¿Conque no podría ella, por sí misma y libre, hacerse respetar? ¿Sería menester acudir a don Paco para que la defendiera, comprometiéndose? ¿Tendría razón doña Inés en aconsejarle que fuese monja? ¿Eran tan viles sus antecedentes que no podría ella ser estimada y acatada sino bajo la protección y tutela de un hombre generoso que le tendiese la mano y la sacase del fango en que al parecer había vivido?

Estas y otras semejantes reflexiones atormentaban horriblemente a la muchacha y espoleaban su soberbia.

Triste y ojerosa se levantó apenas fue de día.

Dos o tres horas estuvo cavilando, rabiando y formando distintos proyectos.

Varias veces pensó en ir a ver a don Paco, a quien había prohibido venir a verla hasta las diez y media de la noche, y a quien se había propuesto no ver antes. Pensó contarle la insolente pretensión de don Andrés para que don Paco le tuviese a raya; pero pronto desistió de tan cobarde propósito.

Al fin, como Juanita era muy devota, tomó su mantón y se fue a rezar a la iglesia, esperando encontrar allí inspiración y consuelo.

Juana se había ido ya de nuevo a casa de don Andrés a continuar sus ocupaciones culinarias y sus preparativos de la gran cena.

No ya esta vez en la iglesia de la Soledad, que está en lo alto del cerro, sino en la nueva parroquia, antiguo convento de Santo Domingo, donde fue tan maltratada por el sermón, Juanita estuvo rezando fervorosamente durante mucho tiempo.

Al salir de la iglesia para volver a su casa se encontró con Longino de manos a boca. Longino se acercó a ella, la saludó con socarrona finura y le dijo en voz baja, casi al oído:

--No sea usted tan dura y tan sin entrañas. No deje morir a quien se muere por usted de mal de amores. Déle la cita que humildemente le pide.

Juanita dio un paso atrás, como quien se aparta de objeto que le inspira asco, y lanzó a Longino una mirada de soberano desprecio.

Longino no la comprendió.

Después, con todo sosiego y con toda la frescura de quien ha tomado una resolución firme y sabe lo que dice y lo que hace, Juanita contestó:

--Diga usted a su amo que le aguardo esta noche en mí casa, a las ocho en punto. Rafaela abrirá la puerta. Yo estaré sola en la sala alta.

XLII

Don Paco pasó varias veces aquel día por la puerta de la casa de Juanita, pero no se atrevió a entrar en ella antes de la hora convenida.

Aunque Juanita le vio no quiso llamarle ni hablarle, tal vez por temor de revelar involuntariamente cosas que quería tener calladas.

Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de casa, cosiendo con la mayor tranquilidad.

Entonces llamó a Rafaela y le dijo:

--Oye, Rafaela: he mudado de opinión. Tus razones me han convencido. Esta noche recibiré al señor don Andrés. Ya está avisado, y creo que no faltará. Estáte a la mira tú; ábrele, si es posible, antes que llame, y dile que suba a la sala alta, donde yo le aguardo. Tú no subirás ni acudirás, suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi madre ha de parecer como si no hubiese nadie en esta casa, sino yo y el señor Andrés. ¿Me has comprendido?

--Te he comprendido, y haré como lo dices--contestó Rafaela.

En seguida se marchó Juanita a pasar la tarde con doña Inés, según tenía por costumbre.

Con gran devoción y serenidad leyó a su madrina no pocas devociones y rezos propios de la Semana Santa, en que estaban.

Quiso en seguida doña Inés preparar y adoctrinar a Juanita para el monjío, y echando mano a las obras del padre maestro Juan de Avila, a que ella era muy aficionada, le leyó, con comentarios y anotaciones de su cosecha, párrafos y aun capítulos enteros del muy edificante tratado que el mencionado padre escribió para una monja, explanando profusamente aquellas palabras del santo rey David, que dicen: «Oye, hija, e inclina tu oreja y olvida tu pueblo y la casa de tu madre--aquí ponía doña Inés madre en vez de padre, para que viniese mejor a cuento--, y codiciará el rey tu hermosura.» Claro está que este rey era Cristo con quien quería doña Inés que Juanita se desposase.

En extremo alabó y ponderó doña Inés los elevados pensamientos de Juanita; pero añadió que, a pesar de esos pensamientos elevados, podían brotar en su alma imaginaciones feas, de cuyas importunidades y peligros debía defenderse.

El engreimiento y la soberbia son muy malos, enojan mucho al Cielo y tal vez hacen que el Cielo, para castigarnos, para humillarnos o para probarnos mejor, permita que los enemigos del alma le den feroces ataques en la parte baja, mientras que su porción elevadísima se cree punto menos que glorificada y en íntimos coloquios y en unión estrecha con lo divino. Así Moisés, para ejemplo de esto, se hallaba en la cumbre del Sinaí conversando con el Altísimo, y la plebe, entre tanto, se le alborotó allá abajo, y se puso a adorar los ídolos y se entregó a liviandades y torpezas. En vista de lo cual doña Inés aconsejó a Juanita que desconfiase de sus bríos y que no se juzgase muy aprovechada y segura de su poder sobre la plebe sediciosa ni muy adelantada en el camino de la perfección, pues aunque siguiese el camino, bien podían estar emboscados cerca de él y salirle al encuentro ladrones, que intentasen robarle la joya de la castidad. Para la custodia de esta joya, tanto más que la fortaleza, importan la modestia y el constante cuidado.

Conviene no desechar el temor de perderla, y conviene huir del peligro, porque quien ama el peligro en él perece.

Como doña Inés era muy elocuente, y los puntos susodichos se prestan a variadas amplificaciones, el discurso de doña Inés, interrumpido a trechos por Juanita, más que para acortarlo para avivarlo, duró hasta después de las siete, que era lo que Juanita deseaba.

Cercana ya la hora en que había citado a don Andrés, Juanita consideró indispensable hacer a su amiga gravísimas revelaciones.

--He oído con la debida atención--dijo la muchacha--todo lo que acabas de decirme, y te confieso que estoy atribulada y amedrentada.

--¿Y cuál es la causa, hija mía, de tu tribulación y de tu susto?

--Pues..., fuera vergüenza...; a ti, que eres mi guía, debo confesarlo todo. Tus consejos y advertencias de hoy vienen ya tarde. El engreimiento y la soberbia se han apoderado de mí y me han hecho pecar acaso mortalmente.

--¿Y cómo es eso?--interrumpió doña Inés, sorprendida y sobresaltada.

--Te diré la verdad--contestó Juanita--. Yo no he querido huir del peligro, sino buscarlo y arrostrarlo para triunfar de él. No he querido siquiera considerarlo peligro y lo he despreciado. Es más la necia y constante amenaza me ha hecho perder la paciencia, y yo misma, para acabar de una vez, he emplazado, citado y llamado a singular combate al enemigo, que me tiene ya frita y harta de oír sus bravatas y provocaciones.

--No te entiendo, explícate bien. ¿De qué bravatas hablas? ¿Quién es el enemigo que te provoca?

--Es el enemigo un caballero principal, tan audaz como rico, el cual entiende que no debe haber obstáculo que se le oponga ni voluntad que se resista.

Muy poética y elevada idea daban las palabras de la muchacha del caballero su enemigo; pero doña Inés supuso que la elevación y la poesía eran obra de la imaginación de la muchacha, y despojando el concepto de las mencionadas cualidades, pensó reconocer en él, sin la menor duda, a su marido, don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya informada por Serafina y de cuyos atrevimientos andaba recelosa. Por algo a modo de pudor no excitó a Juanita a que pronunciase el nombre del atrevido. Ella creía saberlo sin que Juanita lo pronunciara.

Inquieta doña Inés, procuró investigar lo que más le importaba y dijo:

--Pero ¿qué cita es esa a que aludes? ¿A qué duelo, a qué singular combate te preparas?

--Haré un esfuerzo--replicó la muchacha--; todo, todo lo sabrás, aunque me condenes por audaz o me tengas por loca. El hombre de que te he hablado me asedia, me acosa y viene a mí en la calle, en la iglesia y en tu misma casa y me hace las más insolentes proposiciones. Espera deslumbrarme y seducirme y que le rinda mi albedrío. La fatuidad con que él presume y se jacta de lograr todo esto, me ha humillado, me ha vejado y me ha ofendido. Quiero vengarme y me vengaré. Quiero desengañar a ese hombre y le desengañaré con el más duro desengaño. Por sí mismo y por medio de viles terceros se obstina en que yo le reciba a solas en mi casa, y me pide una cita. Cansada yo de negársela, sin conseguir que desista, que me respete, que forme de mí la opinión que debe y que me trate como se trata a una mujer honrada, he accedido a la cita para que venga y vea y sepa quién soy, y para tratarle como merece.