La abolición de la esclavitud en el orden económico · Unidad 3 de 46

Unidad 3 · LA ABOLICIÓN

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LA ABOLICIÓN

DE LA ESCLAVITUD

EN EL ORDEN ECONÓMICO

LA ABOLICIÓN

DE LA ESCLAVITUD

EN EILj ÓR.r>EIV ECONÓMICO

La cuestión

Si el lector espera hallar en este papel un estudio se'rio y detenido del principio de ]a libertad del trabajo en su fundamento científico y sus desenvolvimientcs históricos, aparte los ojos y tire el libro: que obra esta de batalla y en demanda de un momento de atención de los que andan hoy preocupados con las graves cuestiones políticas que nos rodean y los poderosos intereses que nos solicitan, no puede consagrarse á discutir los problemas en distinto terreno de aquel en que los contrarios plantean las (uestiones, ni le sería provechoso entrar en la esposicion de doctrinas, que, sinceramente ó con malicia, todo el mundo de antemano declara, que son tan simpáticas como incontestables.

No ya en la esfera superior del derecho, sí que en el terreno de la ciencia económica y aun en el n as bajo y mas accesible del intei éa corriente y de la Tulgar conveniencia, ¿qui^n niega hoy que la condición primera del trabajo es la libertad, como su mejor

regulador es la propia conciencia y su estímulo mas poderoso el interés personal? ¿Acaso hay, no ya entie los hombres que miran con perfecta despreocupación el problema de la servidumbre, sino hasta entre los mismos esclavistas, quien se oponga á la idea de que los progresos de la industria y los desenvolvimientos de la riqueza en Europa, coinciden, cuando menos, (si no tienen la relación de efecto á causa) con la sucesiva é inevitable desaparición de las leyes y costumbres que esclavizaban el trabajo, y con i? trasforma— cion del ilota en esclavo, del esclavo en siervo, del siervo en aprendiz y agremiado, del aprendiz en proletario y del proletario en obrero? ¿Acaso resiste alguno la consideración de que el esclavo, bestia para el trabajo, pero inviolable en su conciencia y dueño de toda la suspicacia y de la suficiente malicia, para sustraerse á la violencia de sus amos, trabaja poco, y de mal modo, hasta el punto de hacer necesarios, para el cultivo de los campos y la producción de los artículos coloniales, triples y cuádruples brazos de los que son verdaderamente precisos? ¿Hay por ventura quien discuta que la tranquilidad y el porvenir que ofrecen los pueblos en que la libertad del trabajo impera, son infinitamente superiores á los de aquellos otros en que la presencia del onccyoral, el chasquido del látioro y el lento y receloso andar del esclavo turban la serenidad de una naturaleza , cantada por los pájaros bulliciosos y felices en la fragante copa de los árboles y bendecida por las perfumadas brisas que de la América independiente y honrada llevan al corazón de nuestras Antillas el cántico de los pueblos libres? ¿Quizá, hay quien dude de que la esclavitud corrompe y que la ociosidad, el vicio y el crimen son su obligado cortejo, destruj'^endo no ya el principio fortificante del trabajo, si que la integridad de los

capitales y aquella misma riqueza formada por la sangre y el sador robados á los mártires del África?

No : nadie ha}»- que resista estas verdades. Oid á los émulos del famoso Pinto de Rio-Janeiro: oid á los mismos espíritus fuertes qtie se complacen en llamar 2)ura sensibleria^ á nuestros argumentos y nuestias protestas.

II La exeelsitud del principio la proclamamos todos. No hay comparación posible entre la libertad y la servidumbre, ni aun bajo el punto de vista de la grosera conveniencia... Pero no se trata de eso. El problema consiste hoy en pasar del estado de esclavitud vigente en nuestras Antillas al de libertad que es la aspiración de todos los hombres cristianos y civilizados. Lo que dobe ocupar es la elección de procedimiento, que á ser el violentísimo de la abolición inmediata, producirá el desamparo de las fincas, el ensoberbecimiento de los negros y la reproducción do las dificultades y los desastres de Jamaica, de Guadalupe, de la Luisiana y de las Carolinas."

Tampoco los poseedores de esclavos resisten la verdad de aquellas ideas. Francamente hablando, y allá en el secreto de su conciencia, aun cierta parte de los más discretos y más instruidos, no ven claro e; to de la conveniencia absoluta de la sustitución de ua negro, cuyo precio se desembolsa de una vez, cuya alimentación es económica y cuyo trabajo de toda la vida (y si se quiere sólo de los siete ú ocho años que en Inglaterra se señalaron en 1833. y para ciertos efectos legales, como la vida útil de un esclavo), es constante y gratuito, por un trabajador libre, cuyo jornal de un solo año es quizá la tercera parte ó la mitad del preció de un esclavo, al cual hay que alimentar bien y cuyos servicios pueden ser intermitentes.

El error de los dudosos está en atribuir á los abolicionistas la idea absoluta de que el trabajo libre ha de costar menos al Í7igsniero y al industrial que el trabajo esclavo, y que las ventajas de la sustitución de éste por aquel se han de hallar- pura y simplemente en la economía de los gastos de producción. Y no hay tal.

Por de contado que los abolicionistas sí piensan, que á la postre, el trabajador esclavo cuesta más quo el libre, aunque en los dos ó tres primeros años esto no parezca evidente; porque el obrero libre no ofrece para el ingeniero las contrariedades de la enfermedad, la inutilización y la muerte, que son obstáculos gravísimos en nuestras Antillas desde el momento en que suprimida la trata, y siendo escasa la reproducción de la raza esclava (1), no es fácil suplir los vacíos que en los ingenios y las vegas se producen por las caneas antedichas, verdadera fuente de infinitos gastos que hay que añadir al precio del esclavo y al tanto por ciento que impoita anualmente el capital representado por el siervo (2).

Pero donde está la superioridad del trabajo libre es, de un lado, en la economía ds brazos y de medios que supone, y de otra parte, y sobre todo, en el aumento de productos que con él se obtiene. La demostración del primer aserto ca?i puede referirse á la mera inspección de la interioridad de un establecimiento de esclavos. Que en todos ellos — hasta en el seno de las ciudades y en el hogar doméstico — hay una verdadera profusión de sirvientes y de trabajadores, y que esto se halla determinado así por el espíritu pródigo y derrochador que la esclavitud impone en ( 1 amo como por la poca energía y el escaso valor del trabajo individual del siervo, son cosas que pasan ya por axiomáticas entre todos los que, libres

de la preocupación local, han dedicado su talento observador á la ecoAomía social de los países esclavistas.

Respecto de la otra afirmación no puede caber la menor duda desde el instante en que es fácil comparar la producción, por ejemplo, de Cuba, cuya feracidad es notoria, con la de otros países de su misma zona^ pero que en condiciones naturales son tenidos por inferiores. Un eminente agricultor cubano (y en verdad no muy abolicionista) — el Sr. D. Juan Poey — en un Informe dado sobre uno de tantos proyectos de reforma de los aranceles de la Península sobre azúcares, consignaba hace siete años, que la caballería de tierra de Jamaica (seg-un Mr. Leonardo Wray) producía 5,755 arrobas de azúcar: la de Reunión, 7,425: la de Barbada, 9,609, mientras la de Cuba, apenas si pasaba de 2,109 (según D. Carlos Rebello, en 18G0). Pero ¡qué más! en la misma Península, en Andalucía, según D. Ramón de la Sagra, el marjal producía diez arrobas de azúcar purgado, lo cual arroja 2,470 por caballería cubana: (*)

Sin duda estas cifras sorprenderán á los que hechos á oir una constante alabanza de la riqueza de Cuba, no estáü al corriente de la realidad do las cosas, como les asombraría más la afirmación (perfectamente demostrada) del mismo Sr. Poey, de que la mayoría de los ingenios de Cuba no producen arriba del 4 lí2 por 100 del capital en ellos comprometido; pero las extrañezas y los asombros no son argumentos (3).

¿Y cuál es la causa de tal atraso? No la falta de feracidad y de condiciones naturales; el defecto está en los gastos que ocasiona una negrada sobrado crecida,

(*) Esta es la medida agraria de Cuba como en Puerto-Rico es la cuerda.

"cn los despilfarres de la administración y en la»demasía de terrenos que es preciso tener por el cultivo extensivo que es de rigor en todos los países esclavistas (*). Pero, al fin y al cabo, también los poseedores de esclavos (no los llamo esclavistas) también inclinan la cabeza ante la grandeza de los principios de la ciencia y la voz del mundo civilizado; también reconocen

la necesidad de abolir la esclavitud pero sus obser-

\' aciones y su oposición nacen en el momento de determinar el medio más á propósito para realizar la abolición. Yo he oido á más de uno, y del grupo de los grandes hacendados, protestar de sus simpatías ] or la abolición inmediata, si, le daban brazos. Otros, m'inos discretos, hacen notar la necesidad del negro para ciertos trabajos; pero todos insensiblemente formulan su parecer de que para la seguridad de los brazos es preciso algo como la servidumbre, siquiera por el tiempo necesario para que adquiera la masa liberta, costumbres de laboriosidad, y sobre todo, se realice en las Antillas una gran inmigración que dé recursos á los ingenieros para hacer frente ásus exigentes operaciones agrícolas.

(*) El Sr. Armas calcula que bastarían 15 caballerías de tierra y 74 hombres para producir lo que produce hoy un ingenio cubano, que por término medio ocupa 42'34 caballerías y emplea 142 hombres. {La Esclavitud en Cuba, pág. 2G1.)

Ija adscripción' del liberto

Desde luego conviene poner á un laclo una de las concesiones que muchos poseedores de esclavos hacen í\\ propio tiempo que se oponen á la abolición inmediata. Su pretensión se reduce á que se les garantice la seguridad de los brazos, por un plazo más ó méuos ilimitado, Pero esta pretensión era la de los fabricantes de Barcelona respecto de los obreros catalanes en 1848 y 1854, quo tanta sangre costó, tantas revueltas produjo y tan difícil hizo la gobernación del Principado hasta que en 1859 terminaron los estados de sitio y las autoridades reconocieron la necesidad de dejar la regulación de las condiciones del trabajo al acuerdo y buena inteligencia de obreros y fabricantes. Lo mismo pucedia en Andalucía con los hacendados, dueños de inmensos cortijos y montes, y los mozos de campo sin más recursos que sus brazos, y sin posibilidad alguna de hacerse propietauos. El fenómeno, pues, no es nuevo.

Pero, en ñn, va distancia de la esclavitud de Cuba á la organización del trabajo de Cataluña. En ambas partes el trabajo es sacrificado al capital: en ambas, se comete una enorme injusticia: en ambas, se pj)g-a tiibuto á un grave error económico: en ambas, se siembran odios y torpezas para cosechar tempestades... mas el obrero catdan no eia precisamente un

esclavo. Ganaba jornal, regulado por las que se decían eondiciones del mercado: podía ahorrar; podía abandonar su país — y sobre todo tenía familia y cierta participación en las garantías, las comodidades y los progresos sociales.

Había, pues, una gran diferencia. — En el camino de las negaciones de la propiedad del trabajo y de 'os agravios á la libertad individual siempre ha habido etapas y mojones. El esclavo no era lo que el obrero catalán, como este no era el hombre libre pero de color, de Puerto -Rico, sujeto á la libreta; esto es, obligado á tener siempre un amo, pero dueño, sin embargo, de fijar el precio de su trabajo y el tanto de su jornal.

¿Pretenden esto los poseedores de esclavos de nuestras Antillas? ¿Sólo desean que se les asegure temporalmente el trabajo? Pues no se olvide el dato.

Del mismo modo convendrá, antes de pasar adelante, hacer una observación, no falta de importancia. Esta limitación de la libertad del obrerojque se solicita, es pura y exclusivamente, al parecer, en vista de la continuación del trabajo agrícola y fabril — suponiendo que haya industria propiamente tal en nuestras Colonias. ¿Pero se ignora que en Puerto-Rico, donde la masa esclava no pasa de 31,042 individuos, apenas si llegan á 20,000 los esclavos dedicados al campo, y de ellos sólo 11,748 varones, y sobre 11,500 mayores de 12 y menores de GO años? (*) ¿Y se puede prescindir de que en Cuba, á la fecha de la última Estadística oficial (**), había nada menos que 75,977 esclavos dedicados al servicio de las poblaciones y que de

(*) Censo cíe esclavos de 1872.

(**) 1862. El Cuadro general de la población de 1869 no entra en ■estos detalles.

los 292,389 siervos rurales, 109,177 eran mujeres?

Porque sentada la premisa de la continuación del trabajo, es evidente que np debiera regir una misma ley para los esclavos domésticos, que para aquellos que hace indispensables la producción colonial: y entre estos no habrian de tener una misma importancia los de uno que los de otro sexo. Ya reparó algo en «lio el legislador inglés en 1833 cuando distinguió los ai^vendíces rurales de los de población-, y aun hizo diferencia entre los primeros.

Pero ¿sinceramente puede pensarse que serian posibles el orden, y la producción, y la vida, en PuertoRico ó en Cuba, decretando la inmediata y absoluta libertad de unos esclavos, mientras los etros, sólo por razón de oficio, quedaban constreñidos en los cafetales é ingenios? Locura es pensarlo. De modo, que tendríamos que venir á adoptar una regla común, sin reparar en el sacrificio, ante la ley de la caja de azúcar.

Pero es que á renglón seguido se alega la necesidad de la disciplina esclavista para mantener en la dependencia del capital al obrero. El procedimiento tampoco es del todo nuevo, y hasta hoy los efectos no son para excitar á su adopción.

Algo por el estilo hizo Inglaterra en 1833 decretando la libertad de todos los esclavos, si bien some;- tiéndolos á un aprendizaje de cuatro á seis años , aunque no reconociéndoles derecho á jornal ni otros provechos que los que pudiesen obtener por sí, en los dos dias que venían á quedarles libres á la semana .

Del mismo modo Dinamarca pretendió en 1847 proclamar la abolición de la esclavitud en sus colonias de San Tliomas, Santa Cniz y San Juan, pero sometiendo á los libertos á una especie de pcLtronato

de doce años, al mismo tiempo que reconocia la Z¿6eí*- tad de vientre 6 sea la libertad de los nacidos des - pues de la fecha de la publicación de la ley emancipadora.

También Portugal, por su decreto -ley de 25 do Febrero de 1869, quiso seguir el ejemplo de Inglaterra y Dinamarca, acordando la libertad de los 270,000 esclavos de Angola, Benguela, Mozambique, alta Guinea é islas del Príncipe }'■ Cabo Verde, si bien obligando á los libertos á prestar servicios gratuitos ásus antiguos amos, hasta 1878,

Como es fácil comprender, tres años no bastan pa^ a juzgar de los efectos de la ley portugue^Ja, máxime tratándose de pueblos situados fin el país de la esciavitud, en África; rodeados de esclavos por toda^ partes, apartados del movimiento general délos pueblos modernos y extraños á las palpitaciones del e&píritu de - mocrático, que á voces habla á blancos y negros en nuestras Antillas. Bastaría esta última consideración, además, para no comparar lo que puede suceder en Mozambique con lo que pasa en Cuba; como á nadie se le ocurriría (y aun el símil es incompleto) apreciar de un modo idéntico la esclavitud de las orillas del SenBgal y la servidumbre de las interioridades del BraBÍl. Así y todo, aún podría alegar en contra del ejemplo de Portugal, el estado de intranquilidad de las colonias lusitanas, que obliga al Gobierno de Lisboa á enviar tropas ídlende los mares y á no separar la vista, ansiosa y sobresaltada, de Majao y Timor, uno para fijarla en Calo Verde y la costa do África,

Quedan, pues, solos los ejemplos de Dinamai'ca é Inglaterra (*,: pues que á nadie se le ocurriría valerse

(*) He oido hablar á algunos del ejemplo de la isla de Reunión. El ejemplo es improcedente. Allí, ea 1848, sólo se exijió del liberto-

de otros de abolición gradual, que por su propia naturaleza niegan el principio redentor en aquellos desgraciados, para quienes no ha sonado la hora de la libertad en el reloj de las emancipaciones sucesivas y parciales.

¿Pero qué sucedió en Dinamarca? Que la ley de 29 de Junio de 1847 no pudo practicarse, porque los negros, sabedores de que se les habia reconocido el derecho á la libertad é influidos por la revolución francesa de 1848, cuyos acentos hablan llegado á las vecinas islas de Guadalupe y Martinica, alzaron la voz reclamando la emancipación inmediata; y si bien los amos y los esclavistas resistieron, y los esclavos apelaron á las armas, y la sangre corrió en abundancia por las calles de Santa Cruz, y los negros fueron vencidos, al cabo tuvo que proclamarse, en el mismo año do 1848 y apenas terminado el conflicto, la libertad absoluta é incondicional en las Antillas danesas. El ejemplo no puede ser más triste.

jY qué sucedió en Inglaterra? Que proclamado el aprendizaje, y puesto en ejecución en todas las ÁntiUas, con excepción de Antigua, — que optó sabiamente por la abolición inmediata — á los dos años la situación de Jamaica, de Bárbara y de Trinidad era de todo punto insostenible; y que las relaciones de amos y aprendices revestian un carácter verdaderamente alarmante para el porvenir de acuellas islas. Los amos hablan puesto todo su empeño en dificultar la enpancipacion de los aprendices, subiendo los precios de rescisión, y en explotarlos de todas las maneras imaginables, y, particularmente, prolongando las

que se contratase llbrermnte por espacio de dos años. Litego se e - tRblecid ]a libreta de Puerto-Rico: y al fin (desde 1851) cayó, como •Q Puerto-Rico, ea desuso la libreta.

horas de trabajo señaladas por la ley de 28 de Agosto de 1833. Los aprendices opusieron una resistencia pasiva á los amos, prevaliéndose de la prohibición de los oastig-os corporales; les suscitaron un múmero infinito de cuestiones y litigios, amparados de los síndicos yde los delegados de la Sociedad abolicionista británica; y utilizaron la subida del precio de redención, producida y defendida por los amos, para poner por los cielos el precio de los jornales, el dia después de su emancipación. Así es que, al fin, en 1838 Inglaterra tuvo que proclamar la abolición inmediata, á petición de las mismas colonias, que hablan resistido la ley de 1833, 6 sea la abo'icion aplazada.

Yerdad es que para ser perfectamente exactos y aplicables al caso que discutimos, los ejemplos de Inglaterra j Dinamarca, habría que agregar el jornal que hubieran de recibir los asdcriptos á los ingenios y los establecimientos industriales y agrícolas de Cuba— supuesto el propósito de algunos poseedores de esclavos. ^

Pero hablando sinceramente, ¿este detalle podría arectar á las relaciones del amo y del liberto? ¿Quizá no las complicaría en un sentido deplorable? Por que el interés del amo es claro: sacar el mayor provecho de los brazos que se le aseguran por un determinado período de tiempo. Y que en este aprovechamiento no habría d-3 pecar de considerado y longánimo, nos lo demuestra, no sólo la historia de la esclavitud, si que muy particularmente la de los e7)ianci'pados.