La azucena silvestre: leyenda religiosa del siglo IX · Capítulo real 5 de 5
CAPITULO OCTAVO -
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
CAPITULO OCTAVO-
LA AZUCENA SILVESTRE.
Cual marinero errante, que perdido su sobervio bajel , contra las olas lucha, á los restos del bajel asido cercana viendo la ribera ya ; cual golondrina errante que los mares cruza eslraviada, y la cansada pluma agita conociendo los lugares donde á anidar acostumbrada está;
Cual cierva que en la fuerza del estío sedienta vaga por el bosque espeso, y el agua oyendo del cercano río hacia él se lanza cuando el agua ve : asi impaciente el padre de Maria en las alas de una última esperanza partir á Monserrate apetecía con paternal y religiosa fé.
«De entre las yermas rocas se levante su despojo mortal ! y en sitio digno salmos la iglesia á su memoria cante , y ore por su alma al compasivo Dios. Bajo las anchas bóvedas del templo sus funerales místicos resuenen , y las campanas su recinto atruenen y álcese al cielo mi oración en pós.»
Asi decía el piadoso Conde
transido de dolor, con tamaños intentos emprendiendo
su peregrinación.
Y del florido abril una mañana al despuntar el sol
con Guarino y escasa comitiva de la ciudad salió.
Unos pocos ginetes enlutados
seguíanle en montón , y unos cuantos obreros que la tierra
á cavar destinó.
Un monje, que al hallar el cuerpo, su alma
encomendara á Dios, iba al par en silencio en medio de ellos
envuelto en su ropón.
La multitud encima de los muros en silencio á mirarlos se agolpó, rogando ansiosos por el triste padre y por su hija al Señor.
Asi de Monserrate enderezaron
al áspero fragor, y en la distancia del camino largo la triste comitiva se sumió.
Un punto aun desde los altos muros
como leve vapor, el polvo de sus pies se percibía pero también al fin se disipó.
A Monserrate van. ¿Pero quién sabe
lo que les guarda en su honda soledad
el que posee del corazón la llave,
el que puede medir la eternidad ?
Sí : Dios es Dios ; y Dios tan solo puede
romper el velo á la futura edad;
solo á sus ojos el destino cede;
Dios es la luz, la fuerza y la verdad.
Rayaba en el oriente
la claridad temprana
del alba trasparente
de la fresca mañana
del dia á aquel siguiente,
cuando el Conde á la falda de las rocas
de Monserrat llegaba con su gente.
El penitente Juan sus pasos guia
humillado al recuerdo vergonzoso
del delito que al ii cometió un dia,
y como iban subiendo
al conde el monje se acercó diciendo:
Señor, desde este cerro, que testigo
fue en dia mas dichoso
de la piedad de Dios para conmigo
de mi crimen después y mi castigo,
solos ambos quisiera
que subiendo siguiéramos
y solos cabo á nuestra empresa diéramos.
Entre estas cavidades
penitente primero y luego fiera,
escándalo de aquestas soledades
largos años viví, y la edad futura
pluguiérame que nunca conociera
el sitio de mi horrenda desventura.
Resto de orgullo humano,
que el mor al corazón mísero encierra
sea tal vez, mas me dará tormento
saber que se hace público en la tierra
mi culpa, mi castigo y mi aislamiento.
Temo la tentación del diablo astuto
y sé por esperiencia
el trecho que marcó la omnipotencia
del racional al bruto.
Wifredo su caballo deteniendo
y al monje con respeto contemplando,
asi le dijo con acento blando:
Sea como queráis ; vos que ante el trono
de Dios sois perdonado,
no habéis de ser por mí mas castigado,
ni pasará de aqui con vos mi encono.
Secreto es vuestra historia
que de mi labio no saldrá, escondida
viviendo eternamente en mi memoria.
Diré que el cielo de mi triste vida
tal vez compadecido,
á mí os ha conducido
para templar del alma la amargura ,
el lugar escondido
mostrándome en que está su sepultura.
Pues si por vuestro crimen inaudito
debiérais ser de mi venganza objeto,
por la mano de Dios estáis bendito
y lo sois para mí de honra y respeto.
Guiad y solos vamos,
solos su sepultura cavaremos,
y si algo de sus restos encontramos
hasta aqui á conducirlos bastaremos.»
Y asi diciendo el Conde y al instante
mandando detener alli la gente,
solo siguió adelante
en pos del milagroso penitente,
á los ojos de todos se perdieron.
Sereno estaba el dia;
el sol que por los cielos avanzaba
con purpurada luz resplandecía
y la tierra en sus luces se bañaba
y todo por la tierra sonreía.
El tomillo oloroso,
la madreselva espesa,
la ancha amapola en su capullo aun presa,
el silvestre jacinto
que á la margen sonora
crece del arroyuelo
y en su fresco color apenas tinto,
el áspero majuelo,
la todavía verde zarzamora
y el enredado endrino,
compañero del boj y del espino,
el retorcido enebro y la retama
que en medio crecen de la amarga grama
aromaban los valles silenciosos ,
y prestaban colores y verdura
á los lomos fragosos
de aquellos montes , cuyas hondas grietas
en las piedras escuetas
labra el agua que cae desde la altura.
La tierra por do quier juvenecida
por el sol fecundada,
de nueva y creadora primavera
se tornaba á mostrar con nueva vida
y con nuevo vigor robustecida ,
con verdura mayor engalanada.
Nueva generación de mariposas
y de varios insectos zumbadores
ensayaban su vuelo en las hojosas
matas espesas de silvestres flores.
Los blancos conejuelos,
los alegres y libres cervatillos,
de su fuerza primera
iban ya haciendo alarde en la carrera;
triscando entre las zarzas y majuelos,
despuntando la grama y los tomillos
y horadando las faldas arenosas
de los secos y blandos montecilfos,
al instinto cediendo que se encierra
en su naturaleza montesina
de socavar la tierra. —
En la enramada verde
que á una fuente vecina
que entre las peñas al brotar se pierde
toma jugo en la linfa cristalina,
la nueva cria de ligeras aves
silba, gorgea y trina;
y el ronco cuervo , que con vuelo lento
se cierne mansamente sobre el viento,
grazna con notas ásperas y graves la estación de las flores presintiendo contento. Naturaleza entera brillante resplandece ufana por do quiera anunciando la hermosa primavera. Y todo en ella juventud y vida todo en ella armonía, luz y aroma solo al placer convida.
Y desde la ancha y verde y fresca loma
donde está detenida
la comitiva de Wifredo entera ,
por la vega estendida
y escarpada montaña
goza la perspectiva placentera
que desde allí se alcanza embebecida.
En tanto su señor vá lentamente
por las peñas trepando detras del silencioso penitente, que por la soledad le vá guiando, el sitio en que pecó triste buscando. La luz y la alegría de la naturaleza
de ambos se aviene mal con la tristeza y la razón que allí les conducía; y sumido en sus propios pensamientos marchaba cada cual á pasos lentos. Sube el monge la diestra asegurada en nudc"^ bastón con que se ayuda, y cruza el Conde la hojarasca ruda báculo haciendo de su larga espada. Así por senda que tortuosa lleva de un aislado peñasco hasta la cima, llegaron al lugar en que su cueva labró Guarino , y cuyo centro estima en mas que los palacios colosales que labraron del mundo los señores, y que vienen á ser tan solamente los nichos y las cifras sepulcrales que sus nombres mortales guardan un dia mas entre la gente. Entre los huecos cascos de los hendidos lomos de dos duros peñascos que las lluvias hendieron de intención de minarles con asomos una grieta se abría,
que caverna de fieras parecía. Un pico del peñón algo avanzado • sobre su ancha abertura, del viento y de la lluvia resguardado un trozo de terreno mantenía, que de tupido césped alfombrado de la gruta á la entrada se veía. Y de la estéril roca por estrecha hendidura i bajaba de la cueva hasta la boca un rico manantial de agua tan pura, que á través de sus líquidos cristales de la piedra en que cáuce se formaba se contaban las vetas transversales, que el paso de la linfa había ido puliendo en su caida , de manera que en vez de piedra tosca se dijera que en la concha mejor se habia bruñido. La sonora corriente de esta escondida fuente hallando entre los céspedes descanso en el llano terreno que estaba de ellos lleno, formó entre aquellas yerbas un remanso; y entre ellas á su curso abriendo calle, dejando aquel lugar verde y fecundo iba á perderse en la mitad de un valle de los montes formado en el profundo. De este remanso el centro formaba un montecillo
por el agua cercado
seco, verde y aislado
por aquel manantial fecundizado,
que de las altas rocas guarnecido
cubierto por el pico adelantado
sobre la cueva oscura,
por la fuente regado
y en la pendiente rauda concluido,
era un bello paisage en miniatura.
Y de aquel montecillo en el altura
cubierta de verdura ,
fresca, olorosa, amena,
brotaba una porísima azucena ,
la cual aunque era flor sola y silvestre,
mas que en jardin cuidado
brillaba hermosa eri su rincón campestre
que estaba con su aroma perfumado.
Sus blancas hojas á la luz tendidas,
su simiente encerrada en los martillos
que de su centro se alzan amarillos,
su tallo verde , fresco, alto , flexible,
mecido por el aura que perdida
á aquel rincón llegaba imperceptible
dándola oculto movimiento y vida,
hacían de la Cándida azucena
un animado ser, solo habitante
solo genio y señor de aquella escena.
Al llegar de lá gruta ante la boca, en que aquella hendidura escondida en la roca
guardaba de este sitio la hermosura,
y do la entrada de la cueva toca
postróse de rodillas Juan Guarino;
y absorto el noble Conde
Tiendo el primpr que esconde
aquel sitio desierto y campesino,
se detuvo un momento
embebido en gozar el suave aroma
de la flor de aquel grato apartamiento.
«Hé aquí (esclamó Guarino derramando
lagrimas) el lugar en que escondido
mi delito lloré, sobre la tierra
do fué mi doble crimen cometido.
Hé aquí, señor , la tumba en que reposa
la hija de que os privé : bajo la altura
de ese montón de tierra y de verdura
duermen los restos de la mas hermosa
é inocente criatura:
y esa blanca azucena
tal vez del jugo de su sangre pura
el jugo bebe que su cáliz llena.
Cuando en fiera tornado, á esta montaña
me volví desde Roma peregrino
á cumplir penitente mi destino,
habia aquí brotado
el manantial builente y cristalino
que tenia cercado
el lugar á su tumba señalado.
La azucena sobre él ya abierta estaba,
y cual lugar sagrado
que el Señor me vedaba
por mí en mi penitencia respetado
fué, y con m* Hamo de dolor regado.
Yo he visto en esa flor siempre inmarchita
una futura prenda de esperanza
por el cielo bendita:
y en esa flor á quien jamás alcanza
el fin que á todas dió naturaleza,
de la muger á mi maldad rendida
el símbolo miré de la pureza,
atropellada sí, mas no perdida.
Unico amor del triste solitario,
su única compañía en el desierto,
única luz del tenebroso osario
del mundo para el cual vivía muerto,
único paso á mi esperanza abierto
mi corazón en ella ha concentrado
cuanta fé y cuanto amor ha conservado,
Unica prenda que me liga al mundo,
solo recuerdo de la edad pasada
Iras del amor á Dios es el segundo
en mi alma con mis lágrimas lavada
el amor á esa flor inmaculada.
Yo creo ver en ella
vivir á la hija que lloráis, yo ereo
que su alma pura y bella
vive dentro del cáliz conservada;
y entre sus hojas su semblante veo;
y oigo sonar su voz cuando se mece
entre sus blancas hojas,
y si el tiempo á mis ojos la agostara,
tanto cuanto lloré por el pecado
que dentro de esa tumba la encerrára,
sobre el tallo truncado
de esa azucena mística llorára.
Y así diciendo, el infeliz Guarino por tierra prosternado de aquel último bien se despedía tanto tiempo por él idolatrado, la sepultura en que raiz tenia á destruir él mismo preparado. Y el Conde embebecido en lo que al labio de Guarino oia, en pié junto á él seguía inmoble , silencioso y distraído.
Wifredo de repente de esta meditación saliendo , dijo con decidida voz al penitente: «No perdamos , hermano, el tiempo neciamente; esa tumba cavemos
y apartemos de aqui su resto humano j> ¡
Y obediente Guarino,
resignado con calma á su destino,
con la azada en la mano
resuelto se llegó á la verde altura
do la hermosa azucena
marcaba la campestre sepultura.
Y Wifredo á su vez , la aguda pena
del corazón paterno
desahogando en dos lágrimas espesas,
gotas que lanza al manantial interno
que inestinguible en sus entrañas. mana,
de otro azadón asiendo se dispuso
lo que resta á buscar de lo que un dia
fué de sus ojos luz, fué su Maria.
Con el secreto intento
de que aquella azucena perfumada
quedara, á ser posible, respetada
en el lugar en donde tiene asiento,
por el opuesto lado comenzaron
del fúnebre montón do está arraigada;
mas apenas hundieron
en tierra el azadón , de ver echaron
que el verde montecillo que creyeron
tierra compacta y dura,
blanda y recientemente removida
estaba , y seca y leve mantenida
entre el agua , y debajo la verdura
que la tienen cubierta y circuida:
y cuanto con mas tiento la tocaban,
mas fácilmente por entrambos lados
sus golpes á la par desmoronaban,
la tierra, y los arbustos que arraigados
en ella vejetaban.
Lejos de sí los instrumentos rudos
arrojaron , y á impulso de un instinto
igual , hundieron en la blanda tierra,
y á apartarla empezaron cuidadosos
con sus dedos desnudos.
Pronto dieron sus manos
con un oculto objeto
de la tierra distinto :
mas suave al tacto, con calor , con vida,
no era el objeto oculto el esqueleto
de enterrada muger, á quien los años
y la tierra tendrían consumida.
El secreto terror y afán interno
heló la voz en su garganta , y ambos
apartando en silencio el polvo leve
descubrieron , y entrambos asombrados ,
dos pies , que como el ampo de la nieve
mantenía la tierra conservados.
Un ligero color rosado y puro
bajo su piel se percibía apenas f
y á través de la piel el trazo oscuro
se via de sus venas
cual si la vida aun de sangre líquida
las mantuviera llenas.
De aquellos pies purísimos la planta
verticalmente inmoble,
que siempre en los cadáveres espanta,
lejos de dar horror, á la mirada
solamente esponia
la perfección , pureza y hermosura de una obra de escultura
diestramente pulida y acabada.
El grato anhelo, la interior zozobra
que ambos á dos sintieron ,
seguir les hizo la empezada obra ;
y apartando los céspedes y tierra,
en silencio siguieron
hasta que el tronco entero descubrieron,
que envuelto en sus vestidos
apenas por el agua humedecidos,
y apenas arrugados
por la tierra en que estaban enterrados
envolvían el cuerpo de María ,
que dormida y no muerta parecía.
Escondida no mas de su belleza
quedaba la bellísima cabeza
y la garganta blanca,
donde una herida fresca se descubre
desde la cual arranca
la raiz de la candida azucena,
que sobre el sitio en que descansa brota :
y que fuerza será cuando el semblante
descubran , que la flor se arranque rota.
Comprendiéndolo al par ambos, á un tiempo
las manos detuvieron
y arrasados en lágrimas los ojos
ante aquellos para ambos
sagrados y bellísimos despojos
gran trecho sin acción se mantuvieron.
Mas el Conde por fin , de irresistible
voluntad impelido,
con un postrer esfuerzo despejando
el rostro aun escondido
de su Maria hermosa,
vio de la virgen la figura entera
cuyo labio animaba
dulcísima sonrisa placentera:
cuya tez inmarchita coloraba
animado color de nieve y rosa,
y en cuyos tenues párpados cerrados
transparente se via
la pura luz que á su través lucia
en sus ojos aun iluminados
con la lumbre vital que dentro ardía.
Mas en tanto la. flor fragante y pura
que sobre ella crecía ,
y de la muerta virgen en el cuello
sus raices asía
por el suelo truncada
por entre el césped húmedo yacia
roto su tallo pero no manchada.
Tendió el Conde sus manos
á la prenda de su alma idolatrada,
y á la caida flor el penitente ,
cuando esta de repente
por invisible mano arrebatada
se perdió en el azul del manso ambiente ,
y la pura región del vago viento
armonizó una música divina
que venia del alto firmamento
detras brotando de su azul cortina.
El celestial compás de aquella santa misteriosa armonía, llamó al cielo la atención de Wifredo y de Guarino; y al ver el cuadro májico y divino que les mostró su descorrido velo se borró de María en la garganta la señal de su herida ; y á ver la aparición en luz radiante que en medio de los aires suspendida de su vista mortal está delante, tornó á su corazón la dulce vida.
Por el sol coronada , de las estrellas fúlgidas vestida, de la luna calzada , y de ángeles en hombros conducida , la Madre del cordero inmaculada sonreía á los tres, que arrodillados y absortos contemplaban la divina visión embelesados. La Purísima Madre del Dios niño en sus manos mas blancas que el armiño la azucena silvestre mantenía, y con celeste acento que empapó la montaña en armonía de son mas apacible, grato y lento que el murmullo del bosque, el mar y el viento, con sonrisa hechicera dijo , vuelta á los tres de esta manera : «Donde no hay voluntad tampoco crimen;
»!lesa pues la virginal pureza »Maria conservó, y en la aspereza «de los montes siete años penitentes «de otro castigo al matador redimen »en los juicios de Dios omnipotentes. »En medio de estas peñas se levante «sombrío monasterio , »qu „del Señor las maravillas cante: »otra vez á arraigar esa azucena «vuelva en las rocas de perfume llena , «prenda y señal de celestial misterio. »Y cuando en el sepulcro preparado «vuestro despojo corporal se suma, «sobre el sepulcro de los tres cerrado «la azucena silvestre se consuma.»
Espiró de la virgen el acento , y cesando la célica armonía la mística visión deshizo el viento. Volvió á brotar la flor, y á un tiempo ante ella cayeron bendiciendo su destino, el noble Conde, la feliz doncella, y el santo penitente Juan Guarino. * : oJrmc oJaabo no o ■