La azucena silvestre: leyenda religiosa del siglo IX · Capítulo real 4 de 5
CAPITULO CUARTO
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 5 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO CUARTO.
Donde verá el lector un capricho que tuvo el autor al escribir la presente leyenda.
¡Ay triste del viagero, que pierde su camino
por el espeso bosque donde estraviado fué!
jAy triste del que el cielo de su feliz destino
con negros nubarrones encapotarse vé!
¡Ay triste del que siente que airado torbellino
la lámpara le apaga de su dudosa fé!
Y ;ay triste del que sufre cual sufre Juan Guarino
tribulaciones tales de la montaña al piel
El día entretanto pasando declina cercano al dudoso crepúsculo ya:
con rayos postreros el sol ilumina la faz de Guarino , que inmóvil está.
Cualquiera que de léjos le mirara tan inmoble yacer sobre el peñón, por efijie sin vida le tomara,
por sueño vano, ó ideal visión.
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El, sus ojos sombríos errantes fijos tiene en ocaso, sin ver los destellos del sol fulgurantes, que se va el horizonte á sorber.
Y la pena de su alma embrutece su razón , y en siniestra y fría calma paraliza el corazón.
Cual suele tras sombrio espeso nubarrón brotar en el estío mefítico vapor, que deja nuestro espíritu sin fuerza ni vigor; cual pesadilla odiosa f que en sueños nos acosa girando en fatigosa perpetua confusión,
sin que podarnos débiles ealmárrsu agitación :
Ta] su ánimo al peso . de crímeii secreto prensado y sujeto con miedo se vé, y á impulso de asombro que infúndele pánico el soplo satánico ni espera ni cree.
Y solo y sombrío, inmóvil callado, al borde sentado del peñón está, la sima profunda mirando indeciso , por sino preciso teniéndola ya.
Y en tanto que siente pesada la vida, y al ánima olvida y a\ cielo quizá,
Sepultando su áurea lumbre tras la cumbre el sol va, „ .
* * *' 1 J
sus postreros resplandores tembladores dando ya.
Sobre el cárdeno
horizonte
á que el monte
pone fin,
se despide
de la tierra
que há en la sierra
su confín.
Y se mira
la ancha hoguera de su esfera vacilar: mas radiantes y mas bellos sus destellos al finar.
Y sus rayos por las crestas de las cuestas al tender, del prado hacen
por la alfombra1 su ancha sombra negrecer.
Rojas nubes Je coronan, que amontonan en redor los vapores , que pasanda va creando su calor.
Y sus pliegues, mas espesos y mas gruesos cada vez , entoldando en masa densa van su inmensa brillantez.
Poco á poco su cerrado y agrupado nubarrón, en su centro da al sol puro un oscuro
pabellón. Poco á poco descolora y devora su arrebol, y asi el día roba al orbe cuando sorbe todo el sol.
Queda envuelto de este punto todo junto en luz igual. Y en el cárdeno horizonte sobre el monte cardinal,
Girón rojo desgarrado del cerrado pabellón, queda suelta v nube roja que acongoja al corazón.
Banda torba, que tendida
74:
por. la corva loma hendida de las peñas va rasando por las breñas de la cumbre, y apagando las centellas de la lumbre que dá el sol.
Lienzo rojo que demuestra de alto enojo la siniestra señal santa: y en pós suya se adelanta y en pós suya se levanta; con él viene, con él jira
cuando nace,
cuando espira:
con él hace
su camino
matutino
ó vespertino
de él perpétuo
girasol.
Nube hermosa que se inclina ia colina á trasponer, circundando su camino purpurino rosicler.
Nube errante
pasajera
vagarosa
dó contempla
Juan Guarino
el destino
que le espera.
Que espirante
congojosa
é indecisa
á su labro
la sonrisa
postrimera
le arrancó;
y el agravio
á su Dios hecho en el fondo de su pecho con su luz iluminó.
Luz postrera
da esperanza ,
que ir lijera
Juan alcanza desde el monte, su alma agena no de pena mas de fé.
De la cresta de la roca mas enhiesta puesto ai píe, contemplando cual con blando movimiento surca el viento se le vé: mientras rota informe, vaga, su derrota vá acortando pié tras pié.
Palidece, se enrarece, se consume, desparece... Ya se sume ya se fué.
Y noche sombría.
tras día fugaz aleja su alma de calma y solaz.
Y feas, y varias, contrarias ideas están su mente quemando, doblando su afán.
Y el cielo, y el suelo velando se vá: la noche se cierra; la tierra pavura de oscura le dá.
Y en tanto que acude al llanto
quizá., .
cuanto
existe
niebla
triste
puebla
Las sombras mas densas y estensas dó quier, sus velos desplegan y ciegan el ver.
Y la tierra toda inunda la profunda lobreguez;
montes, valles y collados sepultados á su vez.
Espesas nubes que apiña el viento al firmamento robando van su luna pálida; las luces belias de sus estrellas muertas están.
Y en vez de los ojos sirviendo el oído ya solo es el ruido quien guia los pies, al alma infundiendo sus vagos rumores estraños temores de mundo que no és.
Y se oye por las peñas sonar en las montañas de fieras y alimañas los pasos ó la voz, mostrando en sus sonidos sus cóncavos gruñidos, sus ásperos graznidos ya agudos y ya graves las fieras y las aves su natural feroz.
Y á cada ténue lamento,
á cada salvaje son
de ave ó fiera, de agua ó viento
se estremece el corazón.
¿Y quién podrá en tal momento
dar del desierto razón?
¿Quién puede los pasos seguir de Guarino por medio tan denso nocturno vapor? ¡Quizá entre las peñas perdido el camino sepulcro escondido le dió su fragor! Porque ¿quién los senos abrir del destino podrá, ni del crimen medir el horror?
¡Lenta, amarga, terrible es la agonía que su remordimiento al hombre dá! Quizá á Guarino al despuntar el dia sentado en el peñón le encontrará de sí mismo espantado todavía, muerto al impulso del dolor quizá.
La noche entretanto ge pasa. Sumido monte, llano, rio, desierto y ciudad en lóbrega noche, do quiera dormido cobijan al mundo el silencio y la paz.
Ni de hombre ni de fiera, gemido ni lamento resuena por los senos de las montañas ya. Y solo tal vez se oye el susurrar del viento ó el ruido del arroyo que murmurando va.
Rayó el siguiente día y la rosada lumbre de la aurora tornó á ahuyentar la umbría nocturna oscuridad: encantadora con nueva juventud, con nueva vida, tornó naturaleza
á mostrarse de nuevo enriquecida
con doblada belleza.
Y el dia entraba apenas, cuando á lento
cansado caminar, por la aspereza
subía la montaña
Wifredo, y de María á la cabana
llamó llegando con pausado acento.
Mas nadie dentro respondió: María
ausente estaba de ella.
Llamó á la de Guarino
mas ¡ayl estaba sola como aquella.
Siguió el conde á la altura
subiendo. Desde allí se descubría
gran trecho de montaña y de llanura,
mas no alcanzó á Guarino, ni á María.
A voces los llamó, mas á sus voces
respondieron no mas ecos lejanos,
cuyos sones livianos
se llevaron las ráfagas veloces.
A su gente llamó desesperado,
corrió el pueblo exhalado:
sus siervos, sus vasallos, sus amigos
por do quiera los montes recorrieron:
en lo espeso del monte se metieron,
pero en vano en los montes se cansaron;
¡ay! con el rastro de ninguno dieron.
Presa el conde de amargo sentimiento
y de fiebre ardorosa
cercano de su muerte vió el momento,
y á manos de su horrenda desventura
lleváronle á su corte populosa
su enfermedad rayando en la locura.
Y el vulgo maldiciente
se perdió de una en otra conjetura
haciendo cada uno mas oscura
la historia y la razón de este accidente,
y cada uno á su antojo
á Dios ó á Satanás atribuyendo
la oculta causa del suceso horrendo.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.
SEGUNDA PARTE.
CAPITULO QUINTO.
De ¡a extraordinaria alimaña que los monteros del conde de Barcelona cazaron en las peñas de Monserraie.
Un día y otro dia de púrpura y de grana entre vistosos grupos de nubes y arrebol íg&a), indiferente nacer cada mañana para el alegre vemos y para el triste al sol,
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Antorcha, que ilumina la creación entera en torno de ella vueltas infatigable dá, mas cuanto con su lumbre fecunda en la postrera tornándolo en estéril en la siguiente va.
Él cubre los vallados de flores y verdura: él hace escaso arroyo lo que ancho rio fué : él dá á los secos árboles fructífera espesura: él cria el gusanillo, que les corroe el pié,
Y al que hoy dejó llorando en abandono y duelo,, mañana encuentra alegre y venturoso ya : y al que dejó olvidado en su placer del cielo mañana vé que hundido en el dolor está.
Las unas tras los otros los (lias y las horas del mísero Vifredo pasando van asi: las últimas acaso de calma precursoras, que el bien ni el mal eternos jamás serán aqui.
Que en la mudable tierra por diferentes modos concluye todo luego, varia sin cesar, y al cabo en nuestros males nos consolamos todos de lo que ya ha pasado con lo que va á pasar.
Seis años se pasaron ? y con la edad se fueron si bien de sus pesares los torcedores nó, los males que al sepulcro cercano le pusieron y aun sus recuerdos casi el tiempo adormeció.
Sí, que aunque guarda enteras el alma de Vifredo las lúgubres memorias de su pasado mal, no vienen como un dia ministros de ira y miedo á perturbar sus sueños en círculo infernal.
No lloran ya sus ojos con lágrimas ardientes, que abrasan sus mejillas la prenda que perdió: cesaron sus estremos esfuerzos impotentes en pós de lo que airado su Dios le arrebató.
Profunda, aunque templada , tenaz melancolía le prensa el amoroso paterno corazón : mas grata si mas triste le aduerme cada dia, memoria , no esperanza , recuerdo, no ilusión.
Y asi la vida pasa pacífica y tranquila en medio de su pueblo que idolatrando en él á distraer sus penas en derredor apila atenta á su consuelo su muchedumbre fiel.
Y en vítores y aplausos , en danzas y cantares los senos del palacio llenando sin cesar, de su señor ahuyentan los íntimos pesares , que solo puede el tiempo rodando consolar.
Con corazón sencillo leales los pecheros sus brazos y sus tierras le vienen á ofrecer: y estrañas fieras y aves le cazan sus monteros que de lejanas tierras le vienen á traer.
De su señor amigos los graves cortesanos ancianos peregrinos le salen á buscar, que el ocio y el fastidio del corazón tiranos con májicas leyendas le vengan á ahuyentar.
Y asi la vida pasa pacífica y tranquila en medio de su pueblo que idolatrando en él para atenuar sus penas en su redor apila atenta á su consuelo la muchedumbre fiel.
Y un día que en sus memorias el buen conde adormecido yacia en silencio hundido en un cómodo sillón, contemplando vagamente en la inmensa chimenea la llamarada que humea con el húmedo tizón;
Vino á distraer su oido hiriéndole de repente confuso rumor de gente de su casa en lo interior, y confusión y tumulto y pasos y griteria, que se iba acercando oia por vecino corredor.
Dejó el sillón azorado, y á aquel son estraño atento la puerta del aposento abriendo, al dintel salió deteniéndose asombrado al ver que sus corredores gente en tropel, con clamores tan sin respeto invadió.
Las damas y las payesas , los artesanos y arqueros, los nobles y los pecheros , en revuelto pelotón avanzaban lentamente por sus estancias adentro , fija la vista en el centro de la inmensa reunión.
¡Qué es esto? esclamó Vifredo un paso á ellos avanzando. ¡Quién entra aqui asi turbando la quietud de mi mansión? Hablad: ¿qué sucede ahora? ¿Hay en el puerto enemigos? ¿ó es vuestra turba traidora una osada rebelión?
¡Vive Dios! ca, esplioaos. A cuyas voces airadas quedaron paralizadas las voces, quietos los pies. Y el Conde viendo que nadie contestaba, de un montero asiendo que iba el primero le dijo: esplícate pues.
Señor, dijo este turbado la rodilla hincando en tierra: no es movimiento de guerra lo que veis, no es rebelión : es que en Monserrat cazamos tres dias há una alimaña, que creímos por lo estraña digna de vuestra atención.
Miradla. Y asi diciendo, la multitud dividiendo, ante los ojos del Conde la alimaña presentó. Y en redor de ella y Vifredo círculo estenso formando la alimaña contemplando la muchedumbre quedó.
Jamás miraron sus ojos una bestia mas estraña, ni en los ámbitos de España la halló hombre alguno jamás, ni de su forma recuerdo guardó nadie en su memoria, ni de ella en escrita historia habló algún sábio quizás.
Era del jerbo y del mono término, ó compuesto acaso: del jerbo tenia el paso del mono la formación. La mirada melancólica su interior pena esprimia, y sus miembros encubría largo y espeso vellón.
Ni mostraba á los amagos ruda y salvaje fiereza, ni á los hombres estrañeza ni á las caricias placer, Mas de pavor con estreñios constantemente esquivaba su mano , si la llegaba á halagarle una muger.
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Absorto miraba el Conde aquel sér desconocido dentro la jaula encogido insensible al parecer; y por mas que le miraba y por mas que discurría la raza desconocia más de que pudo nacer.
Mandó luego á sus monteros que en su salón le pusieran y allí libertad le dieran para ver su condición : pero ia bestia su jaula uo abandonó un solo instante , permaneciendo constante en la misma posición.
CAPITULO SESTO.
De la estraña meta mor fosis del enjaulado monstruo.
Y fue por la ciudad de boca en boca
la relación cundiendo
de aquel monstruo cazado en una roca;
y asi se fue estendiendo
por Cataluña entera,
relato estraüo haciendo,
quitando y añadiendo
del caso cada cual á su manera.
Y de todo el condado
por ver el monstruo á la ciudad venia
el pueblo apresurado;
y el Conde permitía
que el palacio invadiera ,
y el monstruo contemplara,
y su curiosidad satisfaciera.
Llegaba, le veia,
se admiraba en silencio
el vulgo: se salia
y á su hogar se volvia
ó absorto, ó satisfecho,
y contaba después á sus vecinos
lo que en la capital habia hecho,
jurando que era el monstruo
de los mas peregrinos.
El buen Conde entre tanto
conservaba al tal monstruo en su aposento,
y á su tranquila condición atento,
la jaula noche y dia
abierta le tenia:
pero jamás el monstruo la dejaba, aunque claro Wifredo conocia que cuando él de su cuarto se ausentaba de su jaula salia ,
y por el cuarto en derredor andaba. Consideraba el Conde cada vez con mas duda y estrañeza su incógnita para él naturaleza. Su forma casi humana ,
su sobriedad estrema y mansedumbre,
la adquirida costumbre
de estar al parecer de buena gana
en su jaula metido
y acurrucado siempre y encogido:
su inteligencia rara
y la espresion de su velluda cara;
sus manos y sus pies á los del hombre
semejantes, traían confundido
al Conde, que de el ser desconocido
no podia marcar raza ni nombre.
Ni caricias y halagos,
ni castigos y amagos
pudieron arrancar de su garganta
ni en su esterior marcaron
un gesto de amenaza ni un gemidd.
Los criados tal vez le maltrataron,
y los perros de caza
que alguna vez á donde estaba entraron
con ademan furioso
á la jaula llegaron.
El empero, ni hostil, ni temeroso
se mostró: indiferente
sufria y silencioso
tranquila y mansamente. —
Poco á poco esta calma
y estraordinaria abnegación hicieron
de Wifredo en el alma
incomprensible sensación , y al cabo
de curiosa estrañeza
pasó á ser compasión; hízola luego costumbre la continua compañía, y ai cabo la costumbre pasó á ser afición, luego cariño; y vino al fin un dia ,
en que el Conde pensó con pesadumbre
que apartarse tal vez fuerza seria.
La monstruosa alimaña
por su parte también mostraba al Conde
una afición estraña.
Sumisa á sus antojos
admitia contenta sus caricias,
y á veces notó el Conde
lágrimas desprendidas de sus ojos.
Mostraba claramente su alegría
cuando el Conde hácia ella se llegaba ¿
y tristeza en sus ojos se veía
si de ella se apartaba ;
y cuando el Conde hablaba
como si ie entendiera le atendia.
Mil veces la memoria
de la hija que perdió tan tristemente
le asaltaba la mente;
y el amoroso corazón transido
con el pesar de tan amarga historia
ponia al Conde mustio y abatido ,
y lloraba á sus solas tristemente.
Contemplábale el monstruo de hito en hito
y lloraba también , y su semblante
mustio bañaba en espresion doliente.
Muchas veces delante
de sus nobles amigos
de su desdicha y su dolor testigos
recordaba aquella hija malhadada,
encanto de su vida,
por él tan ciegamente idolatrada
y á su paterno corazón perdida.
El monstruo entonces trémulo, encogido
en medrosa postura
y en el hueco mas lóbrego escondido
de su jaula, mostraba una amargura
que natural hubiera parecido
en otro ser que comprender pudiera
del paterno dolor la causa entera.
Y en aquellos momentos, su dolor espresando
con sones guturales
semejaban su voz y sus lamentos
ayes de una persona que llorando,
las palabras ahogando
exhalara suspiros, naturales
en quien está su angustia sofocando.
Esta rara tristeza,
que afinidad secreta y misteriosa
con la tristeza paternal tenia
entre el Conde y el monstruo , fácil cosa
de entender es, que entre ambos
vino al fin á doblar la simpatía»
Y acostumbrado el Conde de la sumisa fiera
á la salvaje sociedad, tenía entre los animales destinados á su servicio ó diversión el puesto é importancia primera.
Y por temor que alguno la ofendiera los lebreles estaban atrahillados,
los neblíes y aleones enjaulados.
Y de aquesta manera ,
su casa y su condado manteniendo
en paz con sus cuidados,
iban dias y meses trascurriendo.
Una mañana fresca y luminosa del florecido mayo
en que el sol de su luz en cada rayo un hilo vibra de color de rosa, y el trecho que su luz abarca y ciñe, de este color purísimo se tifie en una galería
que da al jardín de su palacio, y tiene
para él una escalera, y comunica
del Conde con el gótico aposento
en un hondo sillón arrellanado,
el buen Conde Wifredo
goza el ambiente puro y perfumado,
tranquila el alma y el semblante ledo.
Las hojas de los árboles frutales
orean susurrando los botones
do las flores tempranas
señalan el lugar en que mas tarde
brotarán odoríferas manzanas,
rojas cerezas y ácidos limones.
Y al manso soplo de la errante brisa
tomando movimiento
sobre los tallos las abiertas flores,
embalsaman el aura, y el aliento
que Wifredo respira
se inunda en salutíferos olores.
Los nuevos ruiseñores
generación de aquella primavera
sus alas y sus picos ensayando
le regalan la vista y el oido
tímido vuelo alzando
en derredor del nido,
y en la garganta armónica probando
el canto no aprendido.
Las leves mariposas
sus alas de colores
estremecen vagando entre las flores; y las pardas abejas codiciosas el néctar de sus cálices livando vuelan en torno de ellas susurrando. Mil insectos distintos, mil diversos reptiles conforme cada cual á sus instintos llenan auras y céspedes á miles :
y el agua que se escapa
del estanque horadado
en trasparentes hilos
y en gotas cristalinas
los pies fecunda de frondosos tilos.
Lilas blancas y rosas purpurinas
que orlando los linderos
de los anchos senderos
en cauces desiguales
con las fuentes vecinas
van á mezclar sus líquidos cristales.
Y á esta del mundo incógnita armonía y vida universal y movimiento
el Conde en el sillón en que yacía allá en su puro corazón sentía nueva vida bullir y nuevo aliento.
Y en dulces esperanzas divertido, del porvenir oscuro en las regiones, tenia el pensamiento entretenido
en pos de mil quiméricas visiones;
é iba de ellas en pós tan abstraído
que ni aun sintió á sus pajes,
que llegando uno á uno
su servicio á ofrecerle, uno tras otro
en silencio quedaron,
y á distraerle sin osar ninguno
detrás de su sillón se colocaron.
Sus miradas tendían
la dirección buscando
que las miradas del señor seguían,
y en las ramas y flores se perdían,
objeto alli de admiración no hallando.
¡ Ay triste del que necio sus miradas
por un jardin en primavera estiende,
y que sea á otros ojos
de admiración objeto no comprende!
En tal instante, el Conde rodeado
de sus callados pajes, y tendido
sobre su ancho sillón : junto á la puerta
del corredor traído
el monstruo acurrucado
en su jaula entreabierta,
apareció por el jardin viniendo
á su señor la joven jardinera,
un ramo hermoso á su señor trayendo
de las primeras flores
que hizo dar al jardin la primavera.
En casilla apartada
y en una punta del jardin alzada
á aquella jardinera daba el Conde
con su esposo morada.
Rústico el jardinero inteligente
cultivaba el jardin , eternamente
asido de la azada,
del hacha y de la corva podadera ,
dejando á su muger mas despejada
de los demás negocios encargada.
Ella pues aunque pobre y campesina
cuando moza soltera,
dulcificó sus rústicos modales,
y era lo cortesana
que pudo ser jamás una villana.
Agradecida á su señor, y atenta
á mantenerse de él siempre en la gracia
su obligación tenia en mucha cuenta.
Y los primeros frutos
y las primeras flores
á su señor venían en tributos,
ya en primorosos ramos y hacecillos,
ya en pintados y frescos canastillos;
y en dulce paz y en íntima armonía
esta pareja asi feliz vivía,
y á sombra del palacio
ornaba mas y mas y enriquecía
del jardín el espacio,
donde á par de las plantas de cultivo
su rubia prole sin afán crecía
en sus dos revoltosos muchachuelos
de su madre á la par retrato vivo.
De ellos con umfen brazos,
que apenas meses seis aun no cumplía,
la jardinera al corredor subia,
tendiendo él sus rosadas manecitas
á las flores del grueso ramillete ,
y ella sonriendo
«míralas qué bonitas»
junto al rostro al ponérselas diciendo.
Contemplábala el Conde complacido
llegar á él con el infante en brazos
y el ramo de sus manos admitido
tendió los suyos al hermoso niño
con espresion de candido cariño.
Mas el alegre infante
sin fijar en el Conde su mirada
tornó atento el semblante
á la fiera en su jaula acurrucada.
Dormía el monstruo al parecer, sumido
en su quietud estúpida,
y el niño le miraba distraído
sin que de la afanosa jardinera
ni del risueño Conde á los halagos
el parvulillo su atención volviera.
A la tenacidad de esta mirada
en el monstruo clavada ,
la suya al par siguiéndola tendieron
cuantos en torno había
á la fiera enjaulada.
Ya el monstruo no dormia :
como si la mirada del infante
en la suya inflamara oculto fuego
sus ojos abrió luego :
y en los del niño los clavó anhelante
permaneciendo inmobles sus pupilas
cual si ante el niño se sintiera ciego.
Entre ambos atracción tan misteriosa
llamando al punto la atención entera
del Conde y de los suyos, en silencio
aguardaban el fin á que vendría
esta atracción del niño y de la fiera.
Mas á pocos momentos
de estar el uno sobre el otro fijo
contemplándose atentos
¡cuánto el asombro universal seria
oyendo al niño, mudo todavía
que con sonora voz al monstruo dijo :
«Levántate , Guarino : harto le abena
»en el juicio de Dios y tu conciencia
Tbíu larga penitencia.
^Vuelve pues á tu ser: Dios te perdona.»
Y el monstruo su prisión abandonando y su salvaje estupidez perdiendo,
la antigua humana forma recobrando
se arrodilló, á los cielos estendiendo
los brazos penitentes
^omnipotencia del Señor mostrando
á la faz de las gentes ;
y asombrados dejando
á cuantos hubo en la ocasión presentes
la estraña metamorfosis mirando.
Luego á los pies del conde
postrado humildemente
herid, señor, decía ;
la justicia de Dios omnipotente
quiere sin duda que la culpa mia
espié á vuestros pies : hollad mi frente.
Y el buen Conde que apenas comprendía lo que decir quería, respetüosamente
la mano le tendía
diciendo: levantad, que en quien Dios obra
prodijio semejante
cualquiera humillación será de sobra
de otro mortal delante.
Mas viendo que obstinado
permanecía ante sus pies de hinojos
llanto vertiendo de sus tristes ojos
mandó que todo el mundo despejara:
y cuando todos estuvieron fuera
diálogo en soledad y cara á cara
se entabló entre los dos de esta manera :
Mas lo que dijo al conde el penitente relatará el capítulo siguiente.
CAPITULO SÉTIMO.
EL CONDE.-GUARINO,
Quien quiera que seáis, vos en quien tales prodigios obra omnipotente Dios, alzaos, y este que alcanzar no puedo esplicadme.
Pues bien, oid, señor»
Teníais una hija hermosa y pura, fruto gentil de vuestro casto amor, fragante flor que embalsamaba el vaso de vuestro amante y noble corazón. Un rayo que en la atmósfera nublada el infernal espíritu inflamó en sus ojos ahogó la luz del dia : y en nombre del altísimo Hacedor con esperanza de milagro fácil un monje en Monserrate os señaló, por cuyas oraciones vuestra hija tornó á ver y gozar la luz del sol. De fundar un suntuoso monasterio con piadosa y rectísima intención del ermitaño á cargo vuestra hija en la fragosa soledad quedó. ¡Mas ay ! en vano en el siguiente dia buscóla alli vuestro paterno amor, ni ella ni el eremita en sitio alguno fueron de nadie vistos hasta hoy.
¿Mas á qué renovar en mi memoria el manantial oculto de dolor, que las corrientes hasta entonces puras del mar de mi existencia envenenó?
¡ Ay de mí! vuestra historia con la mia
mantiene tan estrecha relación, que para hablaros de mí mismo, fuerza ha sido que os hablara antes de vos. Aquel santo eremita que los ojos de Maria á la luz á abrir volvió, aquel á cuyas férvidas plegarias tan singular prodigio obró el Señor, en lugar de velar por la ovejuela que á su cuidado inerme se entregó, lobo inhumano se tornó contra ella en su sangre bañándose feroz.
¡ En su sangre !
Vertida gota á gota fue, y el vil asesino he sido yo.
¡ Miserable de tí I toda la tuya saciar no puede el vengativo ardor en que la mia oyéndolo se abrasa.
Tal vez para saciarla quiso Dios
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ponerme en vuestras manos , exigiendo la venganza de crimen tan atroz.
I Monstruo ! ¿qué fue lo que instigarte pudo á delito tan viH
OUARINO.
Oid , señor, y antes de dar mi sangre por la suya sabed toda mi horrible confesión , y doble la vergüenza de contárosla la pena que la culpa mereció.
Habla, y abrevia ta relato infando; y calma para oirte me dé Dios.
GUAMNO.
Vos en la soledad de las montañas me dejasteis vuestra hija : pensé yo que diez años de duras penitencias habrían de mi frágil corazón hecho castillo inespugnable, y ciego confié de mi mismo en el valor. La misma santidad de vuestra hija,
su noble y celestial resolución , y el gran milagro que por mí reciente obró Dios, me sedujo y me animó. Santa, pero muger , joven y hermosa, debí de encomendarla al Salvador que la guardara bien, y huir en ella la infernal escondida tentación; mas yo, necio de mí, con falso orgullo , con inútil y estúpido fervor, en la fé y la virtud por mantenerla mi virtud y mi fé Satán hundió. Permanecí Junto á la hermosa niña, dando á su fé primero admiración, y después admirando su hermosura que alli el infierno por mi mal envió. Mi vista que en el trecho de diez años en los cielos no mas en la oración, ó en la tierra con llanto penitente fervoroso ó humilde se fijó, á contemplar su terrenal belleza tornóse con impúdica atención, y el fuego de infernal concupiscencia dentro de mis entrañas se inflamó.
¡Basta, basta I Comprendo el fin horrible de esa historia fatal.
GUAR1JÍO.
Santo temor ,
soplo espirante de virtud dos veces de la inocente hermosa me apartó, y otras dos veces me arrastró hácia ella la astucia del demonio tentador ; y al vértigo carnal de su apetito sucumbiendo mi imbécil corazón víctima de mi torpe desvario su virginal pureza sucumbió.
¡Revelación horrenda!
Horrenda, pero todavía la culpa fue mayor.
¿Has hecho mas aún?
GüA»mo.
Cometí el crimen , y en cuanto mi maldad le consumó sus consecuencias en tropel bullente aglomeró en mi mente la razón , y Satanás poniéndose á mi lado me hizo entender y calcular su horror.
Los otros penitentes solitarios
que habitaban las peñas como yo
me trajo á la memoria, y que inocentes
de mi culpa á ser iban de ella en pos
solo objetos de escándalo, y del mundo
á cargar con la injusta execración.
«Vé, me dijo el demonio, mira infame
»á dónde tu maldad te despeñó.
»A1 acusarte esa muger, entera
«traerá la raza humana en derredor
«á maldecir la hipócrita malicia
»que en tu impúdico pecho fermentó.
«Ese milagro real , que por tus manos
«piadoso Dios y omnipotente obró
»á diabólica májia atribuido
»va con razón á ser. ¡ Mira el baldón
«con que cubres, infame, estos desiertos,
«santuarios otro tiempo del Señor.
«Esconde de los ojos de los hombres
«ejemplo de tan vil profanación ,
«al menos porque en todos no recaiga
«la pena que uno solo mereció:
«ó al renegar de sus ministros viles
«renegará su santa religión.
«Cubra al menos tu crimen el misterio,
«engaña al universo por tu honor;
«no escuses otro crimen si te salva
«y haz penitencia luego por los dos.»
Esto el infierno me inspiraba, y esto
que yo escuchaba de su falsa voz,
de una falsa vergüenza en mi conciencia hizo brotar el humo embriagador. Un pensamiento atroz, pero seguro á mi mente febril se presentó; y por sino fatal yendo arrastrado á ponerlo en sangrienta ejecución privé de la existencia á la inocente á quien privé primero del honor.
¡Bárbaro!
Y en las rocas enterrándola huí de Monserrate cuando el sol sumiendo en el Occéano sus rayos el velo á las tinieblas desplegó.
En vano te busqué por las montañas. Mas hoy...
Fui de mí mismo con horror á la sagrada capital del mundo mendigando mi pan ; cruzé veloz
i ios y montes, y llegando á Roma
del rebaño de Cristo ante el pastor
[jostrado, de mis crímenes nefandos
hice entera y contrita confesión,
£1 pontífice santo del Eterno
en la tierra vicario, mi dolor
y mi arrepentimiento contemplando
con estas condiciones me absolvió.
«Vuelve (me dijo) á Monserrate; peí o
» vuelve á morar en su áspero fragor
«cual bestia, no cual hombre: dobla ai sucio
«tu frente como bruto; y posición
«manteniendo de tal, de cuatro remos
«sírvete para andar en vez de dos.
«Y en penitente soledad tu vida
«pasa en el monte en tal degradación,
«hasta que un tierno infante de seis meses
«de ello te absuelva en nombre del Señor. «
Yo obediente al pontífice supremo
me volví como bruto á mi mansión
de Monserrate: de velludas lanas
m¡ macilento cuerpo se cubrió,
y destruida en mí la humana forma
cual monstruo me trajeron ante vos:
ante quien el milagro prometido
para fin de mi pena, se cumpiió. —
Ahora señor, pues aplaqué á los cielos,
que escarmienten en mí será razón
los hombres, y en la tierra á su justicia
aplaque, quien su ley atropelló.
Postró el penitente humilde su venerable cabeza hasta el suelo, en que sus plantas el Conde ofendido asienta, y asi en silencio quedaron uno en pie y otro por tierra ; uno al castigo ofreciéndose y otro apreciando la oferta. Pero al cabo el noble Conde pesando allá en su conciencia la justicia de su causa, la inmensidad de la pena, la razón de su venganza y la prez de su nobleza, rompió el silencio diciendo con voz conmovida y trémula: «Alzad, Guarin, que no es justo que se muestre mas severa que la justicia del cielo la justicia de la tierra. Mi honra habéis ultrajado, alli dó con mas pureza se anidaba ; con mi sangre habéis regado las peñas
de Monserrate, mas de ambas la mancha injuriosa y fea lavado habéis con las lágrimas de cristiana penitencia. Yo os perdono como el cielo; volveos á las desiertas montañas , y vida triste pasad penitente en ellas. Mas quiero una sola cosa rogaros, única prueba que exijo de vos, Guarino, del perdón en recompensa. Mostradme el oculto sitio de aquellas fragosas sierras en donde yacen los restos que de mi Maria quedan. Los que de mi estirpe nacen su tumba tienen dispuesta en mas suntuoso lugar que el que sus restos encierra. — Vuestros criados, señor, mandad que conmigo vengan que en el lugar en que yacen tengo cavada una cueva donde cual fiera he vivido lamentando mi fiereza. Sobre el césped que la cubre brotó, y entre él se conserva de los tiempos respetada una silvestre azucena,
símbolo de su desdicha y pendón de su inocencia , por los cielos levantado, mantenido en nombre de ella. — Yo mismo iré allí á llorarla. — Señor, pues que pronto sea. — Partamos al punto.
— Vamos.
Y antes que una aurora nueva vuelva á alumbrar el oriente saldréis con tan santa empresa.»