La calentura · Capítulo real 2 de 5
ESCENA II
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
ESCENA II
ROMANO y THEUDIA
¡Theudia!
Yo soy, buen anciano. ¡Qué os vuelvo á ver!
¡Ay de mí!
heud.
OMANO.
HEUD.
OMANO.
ÍTEUD.
MANO.
[IEUD.
1 1 ANO.
UD.
‘4 ANO.
Por imposible lo di, mas Dios me dio su mano. Decís bien, D#ios está en todo; y pues os trae á mi amparo segunda vez, está claro que es el mejor acomodo.
Ea, sentaos; tomad posesión de mi chozada;
(Siéntase Theudia á la lumbre.)
calentaos; ¿no os consuela esa llama?
Sí en verdad. Acercaos más; así.
¿Traeréis hambre?
De dos dias.
Viandas bay, aunque frías. Dadme; aun hay calor en mí que suplirá al de la lumbre, y comer frió no daña á quien trae de la campaña la privación por costumbre. Entrad, pues, á ese pastel como si fuera á una plaza enemiga.
¡Buena traza
tiene!
Pues firme con él.
Aquí teneis un vasijo con vino añejo de Oporto.
Padre, me dejais absorto.
¿Aquí vino?
Bebed, hijo;
(Theudia come y bebe.)
gozad el bien que os da Dios, y aprended que en él tan sólo no cabe falta ni dolo; y pues os crió, de vos cuida su paterna mano, porque sin su voluntad
TíIEUD.
no bulle en la inmensidad ni el átomo más liviano.
Anciano, teneis razón, y nadie en su gran poder mayor fe puede tener que Theudia en su corazón.
Sí, padre; yo he visto al hombre en su agonía mil veces, y siempre le oí con preces invocar su santo nombre.
No hay mercader tan infame ni tan blasfemo soldado que, por la muerte llamado, á Dios muriendo no llame.
Y tal vez ai pensamiento que puse una noche en Dios, debo el hallarme con vos aquí, y en este momento.
Os creo, Theudia; sin duda os creo, porque los males son recuerdos celestiales con que nuestra fe se ayuda.
¿No más? (Thoudia aparta la vianda.)
Soy sobrio, aunque godo; mas el hambre v el cansancio,
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por la pasta y por el rancio, me han hecho olvidar de todo.
Dios me perdone. Ahora, hermano, decidme...
No os fatiguéis en preguntas.
¡Oh! ¿Sabéis
de él?
Sí sé.
¡Dios soberano, gracias! Ya desconfiaba de volverle en vida hallar.
¿Qué es de él? ¿Qué hace?
Vegetar
como una planta que traba
raíces en un peñón
por un turbión producida,
y espera al peñasco asida1
que la arranque otro turbión.
¡Infeliz! ¿Cuánto há que vino*?
Tres meses ya. Todavía
era de noche, y dormía
yo aún, cuando un repentino
golpe en la puerta asentado,
estremeció la cabaña.
Tal visita era harto extraña,
y acudí sobresaltado.
Abrí, entró; sombrío, mudo,
avanzó con lento paso;
colgó, sin hacerme caso,
espada, casco y escudo
en el pilar; se metió
en la pieza que ocupaba
la otra vez, y como estaba,
sobre una piel se tendió.
Durmióse al punto. ¡Ay de mí!
¡Cómo venia el cuitado!
Herido, roto, embarrado...
lloré cuando tal le vi.
Llamóle, mas no dormía.
Fuerza febril le sostuvo
hasta llegar; mas cuando hubo
el fin que se proponía
tocado, le abandonó
su vigor calenturiento,
y en un aletargamiento
anonadado cavó.
La hambre, el pesar, la fatiga, que al par en él presa hicieron, vi que á la par le rindieron. Con solicitud amiga desnudóle, y le abrigué de unas pieles al calor;
Tiieud.
espirituoso licor vertí en su boca, y dejé que con el sueño cobrara las fuerzas que abandonado le habían; me eché á su lado, y esperé á que despertara.
¿Oh, buen amigo, dejad que os bese la noble mano!
Él infeliz, yo cristiano, cumplí con la caridad. ¡Bendígaos Dios!... Mas, seguid seguid.
El sol se ocultaba ya, cuando él se despertaba poco á poco.
¿Y qué hizo?
Oid.
Tendió una vaga mirada en torno de sí; me vio, v el infeliz sonrió
sin poder decirme nada; porque al hallar un amigo que lloraba junto á él, su suerte vió menos cruel, y echóse á llorar conmigo.
¡Oh! Se comprende muy bien. Vistióse; tomó alimento, y oramos por un momento. Hízolo él como quien pone en Dios una fe santa, y en alas de su oración, entero su corazón al trono de Dios levanta. Tranquilo después le vi, y tendiéndome la mano, dijo: Ya lo veis, hermano, vuelvo á vos, mirad por mí.
De entonces acá, ni aun tiene voluntad; orad le digo,
TlIEUD.
y se arrodilla conmigo; id 6 venid, y va ó viene.
¿Y nunca os dijo...?
Jamás;
como en el tiempo pasado, en silencio se ha encerrado, y yo nunca quise atrás la vista hacerle volver, por no renovar la herida que el recuerdo de su vida le debió en el alma hacer.
Mudo así, pero tranquilo vive, y tengo á buen consejo dejarle como le dejo vivir, quieto en este asilo.
Mi hospitalidad recibe con gratitud; no desdeña bajar al monte por leña, sacar agua del algibe, encender fuego, arreglar los trastos de la cabaña; nada le ofende ni extraña; conmigo vive á la par, y todo á ambos es común.
Para él pedí á mi convento
más nutritivo alimento;
so lo sirvo; pero aun
no ha dado señal ninguna
de ver si hay más que agua y pan;
come de lo que le dan,
sin notar mudanza alguna.
lilas á veces, como á impulso
de algún vértigo arrastrado,
sale desatalentado
de la cabaña, y le llamo
en vano; de risco en risco
huye montaraz, arisco,
como un acosado gamo
que huyendo va del ojeo,
y metido en la espesura se está, hasta que cierra oscura la noche. ¡Ay! Entonces veo en su cara macilenta y el cansancio que le abate, las huellas de la tormenta interior que le combate.
Le hago orar, y se^consuela; mas bajo el sajo eremita la sangre real se le irrita y el corazón se revela.
Hoy tarda ya. El desdichado, hoy como nunca sombrío, me dijo: «Orad, padre mió, por este desventurado.
Orad más que ningún dia hoy, porque yo os aseguro que es el dia más oscuro que hay en la existencia mia.»
¿Hoy?*¿Quie'n sabe el dia fijo a su recuerdo más cruel?
¡Son tantos! Padre, por él oremos.
Oremos, hijo.
(Al irse á arrodillar ambos, Theudla, que escucha, detle* ne al Ermitaño.)
Mas aguardad un momento, pues, ó me engañó el oido, ó á lo lejos he creído oir un grito.
Fue el viento de la tempestad acaso.
(Abre la puerta del fondo; se ve relampaguear.)
Ved cómo el nublado avanza.
Mi oido es fino, y alcanza de alguno que sube el paso.
Teueis razón; es su huella, la reconozco.
(Oyese muy á lo lejos un grito lúgubre.)
LA CALENTí RA
I lOD.
ÍOMANO.
.OÜ.
Komano.
IoD.
¡Dios santo!
¿Qué grito es ese?
Es de espanto,
de agonía.
¡Ah si se estrella algún barco!
Vanaos, pues, al mar; tal vez tiempo haya de atraer hacia la playa al náufrago, si lo es.
(Romano y Theudia van á entrar, Romano delante. — Don Rodrigo sale al mismo tiempo, y encarándose sólo con Romano, sin reparar en Theudia, le dirige la pala¬ bra. — Theudia permanece en el fondo.)